Platón

Filosofía griega. Escritos. República. Mito de la caverna. Biografía

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PLATON: el hombre y su mundo

Nació en Atenas el año 427 a. C. Y falleció en la misma ciudad en la plenitud de su vida intelectual en el 347. Pertenecía a una familia noble y de ancestral abolengo, cuyos orígenes pretendían remontarse a Codro, primer monarca ateniense y al sabio estadista Solón. Su nombre autentico era Aristocles, pero su maestro de gimnasia le puso por mote “Platón” que es mas como se le conoce por sus anchas espaldas. Fisicamente era bello y perfecto.

Desde la muerte de Pericles (429 a. C.) por la peste, en los inicios de la nefasta guerra del Poloponeso (431-404 a.C.), Platón sería coetáneo de la ruina de su patria, circunstancia que provocaría en él el deseo de un Estado mejor y más justo. Desengañado de la política, Socrates lo encaminó por el derrotero de la Filosofía que lo conduciría a la fama. Durante casi un decenio y hasta la injusta pena capital, quedó estrecha y profundamente vinculado a su doctrina y a su persona, y fue su más fidelísimo discípulo y continuador.

Como ejemplo de resignación y de acatamiento de las leyes humanas, Sócrates, obligado, bebió la cicuta en el 399 a.C., cuando podía haber huido. Platón denomina a sus maestros en el Fedón -el mejor hombre de su tiempo- y en el Gorgias, “el único estadista verdadero” porque intentó engrandecer su cuidado por la vía de hacer mejores, más virtuosos y críticos a sus ciudadanos y despreciando las riquezas y el mayor poderío militar. Los trágicos acontecimientos que provocaron la desaparición del gran precursor del pensamiento filosófico dejaron un impacto permanente en Platón, que decidió conservar su recuerdo y su doctrina a través de ese extraordinario monumento que fueron sus Diálogos.

Autoejecutada su sentencia condenatoria por el propio Sócrates tras el estruendoso escándalo de su proceso, cuya base fue en el fondo única y exclusivamente política, Platón abandonó un enrarecido ambiente de su ciudad y se puso en contacto con otras escuelas filosóficas, como la de Euclides de Meraga y quizá las de Cirene y Egipto.

Regresa a Atenas por poco tiempo, y después recorre la Magna Grecia o Italia meridional, estrechando relaciones con la escuela pitagórica de Tarento. Hacia el 390 a. C., nos lo encontramos en Siracusa, en la corte del tirano Dionisio, donde por espacio de tres años intentó poner en practica sus ideales políticos. La aventura por poco termina desgraciadamente, puesto que Platón, sospechoso de conspiración, termió por ser entregado como prisionero de guerra a un embajador espartano y a duras penas pudo conseguir la libertad.

De nuevo en su ciudad natal, funda alrededor del 388 la Academia de la que fue su alma durante cuarenta años. Dos nuevas tentativas políticas en Siracusa; a la muerte de Dionisio el Viejo y llegado al poder Dionisio el Joven (sobrino del anterior), vuelven a fracasar, y Platón se ciñó hasta su muerte a su genial meditación filosófica, a su gran labor de escritor y a la enseñanza viva en su querida Academia, emplazada en una finca con arboleda, próxima al río Cefiso, en el camino de Eleusis (la famosa ciudad de los misterios órficos) y cuyo nombre deriva del héroe Academo. Esta famosa escuela perduró hasta el año 529 d. C., en que la mandó clausurar el emperador Justiniano. Platón ejerció en ella su docto magisterio en colaboración estrecha y profunda con máximo discípulo, Aristóteles. La tradición nos ha conservado que a nuestro gran filósofo le sorprendió la muerte plácidamente, cuando asistía a un banquete nupcial.

ESCRITOS

Aunque con algunos problemas cronológicos y de autoría, la obra de Platón se conserva casi completa, siendo, con la aristotélica, los dos pilares de la filosofía griega. Su valor literario es quizá el más alto de la cultura griega, maravillándonos con el hallazgo de las expresiones y metáforas justas que dan a luz una nueva forma de pensamiento. Escapa a nuestra mente poder valorar, por inculpable, la aportación platónica a la formación del lenguaje filosófico de todos los tiempos. El genial ateniense escoge el diálogo como el género literario para expresar su doctrina, en estrecha relación con su sistema dialéctico o de difusión como método filosófico. Muchos de ellos alcanzan una sobrecogedora belleza poética.

De los 36 diálogos que han llegado hasta nosotros el protagonista principal es Sócrates, el inolvidable maestro que, a semejanza de su actuación en vida cuando provocaba con preguntas a sus interlocutores, lleva siempre el peso de la discusión. La clasificación más aceptada de los mismos es:

1º) Diálogos de juventud. Probablemente algunos de ellos fueron escritos en vida del propio Sócrates y por ello se hallan fuertemente teñidos de su doctrina; los más sobresalientes son: la Apología de Sócrates, el Critón y el Eutifrón.

2º) Diálogos polémicos. Contra los sofistas o falsos filósofos. Así el Protágoras, el Gorgias y el Eutifrón.

3º) Diálogos de la madurez. En los que se desarrolla los temas fundamentales de la filosofía platónica. Así el Fedro, donde se encuentra la teoría del alma; el Symposión o Banquete, acerca del amor; el Fedón sobre la inmortalidad del alma; y la República sobre las justicias y las ideas del estado.

4º) Diálogos de la madurez tardía o de la vejez: el Timeo donde se hallan referencias a la Atlántida, y el Filebo.. En este apartado hay que consignar la más extensa de sus obras en volumen, que contiene una segunda exposición de su teoría del Estado y en la que Sócrtes aparece. Se trata de la Leyes. Obra incompleta y resultado probablemente de apuntes de forma simultánea por alguno de sus discípulos.

Sus Cartas o Epístolas, sobre todo, algunas de ellas, como la VII, que doctrinariamente es de gran valor, son de discutida autenticidad en la época presente.

La trayectoria del pensamiento platónico a través de sus obras evoluciona desde la doctrina socrática hasta su genial descubrimiento de las ideas, y culmina en la discusión de las dificultades y problemas que las ideas plantean en dialogo con Aristóteles.

ESTUDIO ESPECIAL DE LA REPÚBLICA O EL ESTADO

Los desgraciados acontecimientos que habían conmovido a su patria y se habían abatido de forma irreversible sobre su maestro, movieron a Platón a la redacción de un tratado sobre la mejor forma de gobierno, así como sobre la justicia, que compuso entre el 384 y el 377 a. C. La obra rebasó con creces su título y la ya conocida abreviadamente como Politeia (o derecho civil de los ciudadanos) platónica, se transformó además en un tratado sobre política, en un ensayo y teoría de la educación, además de convertirse en el primer modelo de utopía que sirvió de punta para todas las posteriores.

La división de diez “libros” data de la Edad Media y es artificial. En realidad podemos distinguir cinco partes principales. En el libro I, que se considera escrito con bastante anterioridad a los demás y a manera de prólogo, se plantea el problema de qué es la justicia; en los libros II, III y IV se desarrollan los temas del gobierno, la magistratura y la educación propia de esta ciudad; en los libros VIII y IX se realiza un balance de las formas de gobierno y la estructura social de la polis o “ciudades-Estado griegas”, y de su evolución, que lleva a opinar al filósofo de que se hallan en un proceso decadente que indudablemente conducirá a la ruina; La democracia mal utilizada y la tiranía son los síntomas de este proceso. Por último, en el libro X , condena la poesía y las artes de la ilusión y evoca la verdadera sabiduría, la única de alcanzar con toda justicia el premio eterno.

Como es natural, Sócrates es el centro del jugoso “dialogo” que se desarrolla conversando con Platón y el resto de amigos y discípulos. El individuo justo es aquel usa su razón según los didácticos de la verdad, que es fuerte y valiente y moderado de sus deseos. De la misma manera el Estado justo debe de estar dirigido por gobernantes sabios, defendidos por valientes guerreros y compuesto por una mayoría de ciudadanos de costumbres moderadas. Sólo si los individuos guardan este equilibrio entre las potencias, el Estado será justo, y únicamente si éste equilibrio, los individuos serán justos.

Sin embargo, como los ciudadanos sólo pensaban en sí mismos y no en la comunidad, Platón dio mayor importancia a los intereses comunitarios que a los individuales. Por tanto habla más acerca de los gobernantes y guerreros, que unidos constituyen el grupo de los guardianes, que sobre los ciudadanos.

La vida de los ciudadanos es idílica, repartida entre el trabajo y el disfrute de los bienes. Por el contrario la vida de los guardianes será muy austera, a semejanza de la que llevaban precisamente los espartanos (rivales por aquel entonces de Atenas) y por ello parece justificar su triunfo singularmente guerrero.

Los guardianes dedicarán toda su vida a ser gobernantes y guerreros, mediante ejercicios de gimnasia, estudio de la música y de la filosofía. Los más sabios y prudentes serán después los que gobiernen. Entre ellos no habrá propiedad privada. Nada será suyo, para que no deseen amasar las riquezas que corrompen. Y este comunismo de bienes se aplica también a las mujeres y a los hijos, pues en el Estado ideal de Platón tanto las mujeres como los hijos serán comunes a todos los hombres. La mujer gozará así de una situación semejante a la del hombre, aunque dedicada a tareas más sencillas y ligeras. Los hijos serán educados por la comunidad, a fin de liberar a las mujeres de esta tarea.

El Estado utópico de Platón es pues comunista en todos los sentidos, por lo menos para los guardianes, basado en la razón y estructurado jerárquicamente, con unos gobernantes que mandan, pero que llevan una vida austera y sabia, y unos ciudadanos que obedecen, pero viven felices.

La ciudad-Estado se puede considerar, a semejanza del alma, según Platón, como un todo compuesto de tres partes, que corresponden a las psíquicas. Existe una correlación estrecha entre las tres y las facultades anímicas y, por lo tanto, a cada uno de los tres grupos sociales pertenece de modo eminente una de las virtudes. La virtud de las clases productoras o de los ciudadanos es naturalmente la templanza; la de los vigilantes o guerreros, la fortaleza; y la de los filósofos o guardianes, la sabiduría. También aquí la virtud capital como en el alma es la justicia, y de un modo todavía más riguroso, pues consiste en el equilibrio y una buena relación de los individuos entre sí y con el Estado, y de las de las diferentes clases entre sí y con la comunidad social. Es pues la justicia quién rige y determina la vida del cuerpo político, que es la ciudad. El Estado platónico no se aleja en sus dimensiones de la polis griega tradicional, relativamente pequeña y de escasa población. Platón no llega a imaginar otro tipo de unidad política.

Los filósofos son los arcontes o gobernantes encargados de la dirección suprema, de la legislación y de la educación de todas las clases. La función de los vigilantes o guerreros es la militar: la defensa del Estado y del orden social y político establecido contra los enemigos de dentro y de fuera. La tercera clase de los ciudadanos es la productora, con un papel más pasivo y sometida a las dos clases superiores, a las que tiene que sostener económicamente; recibe de ellas, en cambio, dirección educación y defensa.

La educación, semejante para hombres y mujeres, es gradual, y ella es quien opera la selección de los ciudadanos y determina la clase a la que habrán que pertenecer, según sus aptitudes y méritos: los menos dotados reciben una formación elemental e integran la clase productora; los más aptos prosiguen su educación, y una nueva selección separa los que han de quedar entre los vigilantes y los que, tras una nueva preparación superior, ingresan en la clase de los filósofos y han de llevar, por tanto, el peso del gobierno. El papel de cada ciudadano se halla rigurosamente fijado según su edad. La relación entre los sexos y la generación están supeditadas al interés del Estado, que las regula de modo conveniente. Así, para evitar el nacimiento de niños físicamente imperfectos, “los mejores de ambos sexos se ayuntarán con la mayor frecuencia posible y en menor grado los peores”. La autoridad se ejercerá de un modo energético y la ley fundamental será lógicamente, y como ya hemos señalado repetidamente, la Justicia.

EL MITO DE LA CAVERNA

En el libro VII de la obra cuenta Platón un Mito de fuerza sobrecogedora que se ha hecho famoso: se trata del “mito de la caverna”. Esta parábola imagina unos hombres que se encuentran desde niños en una caverna, que tiene una abertura por donde penetra la luz exterior; están sujetos, de modo que no pueden moverse ni mirar más que en fondo de la caverna. Fuera de ella, a espalda de esos hombres, brilla el resplandor de un fuego encendido sobre una encimera de terreno, y entre el fuego y los hombres encadenados, hay un camino con un pequeño muro; por ese camino pasan hombres que llevan todo genero de objetos y estatuillas, que rebasan la altura de la tapia, y los encadenados ven las sombras de esas cosas, que se proyectan sobre el fondo de la caverna: cuando los transeúntes hablan, los encadenados oyen sus voces como si procedieran de las sombras que ven, para ellos la única realidad.

Aquí Platón quiere señalar la relación entre la oscuridad de la caverna, la naturaleza del exterior y la el mundo de las ideas. Esto no quiere decir que la naturaleza sea triste y oscura, sino que lo es comparándolo con la claridad de las ideas.

BIBLIOGRAFÍA SOBRE PLATÓN

  • De los Sofistas a Platón. De T. Calvo

  • Análisis de las doctrinas de Platón. De J. M. Crombide

  • El concepto de epíteme en Platón. De J. A. Gil Caballero

  • Platón. De A. Gomez Robledo

  • El pensamiento de Platón. De G. M. A. Grube

  • El pensamiento vivo de Platón. De J. Guitton

  • Introducción a la lectura de Platón. De A. Koyré

  • Historia de la Filosofía. De Julián Marias

  • Platón. De J. Ortega Estevan

  • La República y El Estado. De Platón

  • Lo Platónico del siglo V. De E. A. Ramos

  • Platón. De G. Rodis Lewis

  • Teoría de las ideas de Platón. De D. Ross

  • Los hechos Políticos en Platón y Aristóteles. A. Tovar

  • Un libro sobre Platón. De A. Tovar

  • Aproximación analítica al pensamiento platónico. De E. Guisán y J. Vázquez

  • Génesis y evolución de la ética platónica. De J. Dives