Platón

Filosofía griega. Pensamiento platónico. Diálogos. Teoría de las ideas, el universo y el hombre. Vida y obra

  • Enviado por: MaiTe Abadías Carbajo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 12 páginas
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* ÍNDICE

  • Índice

  • Biografía

  • Las obras

  • Diálogos :

- Diálogos de juventud

- Diálogos de madurez

- Diálogos de vejez

* BIOGRAFÍA

Platón nació en el 427 a.C. (aunque hay fuentes que apuntan que fue en el 428 a.C.). Nació en una familia nombre, algunos miembros destacados de la cual fueron gobernantes de su ciudad : Atenas, que le vio nacer y morir en el 347 a. C. Inicialmente estaba encaminado en la política (por causa de su nacimiento, las aptitudes que poseía y la educación que recibió, entre otras cosas). Pero cambió el rumbo de su vida una vez conoció a Sócrates y, especialmente cuando éste murió de manera injusta. Esto lo transformó en un crítico acerbo de la democracia ateniense.

Durante casi toda su vida, Platón (llamado así a por causa de sus grandes espaldas, ya que su nombre real era Arístocles), vivió en Atenas, dedicándose a la investigación filosófica y científica y a la educación de la juventud. Sobre todo una vez formada la Academia. Hizo cuatro viajes, casi siempre con fines políticos, excepto el primero. Este viaje fue en el 399, después de la muerte de Sócrates y se cree que fue para evitar posibles persecuciones. Su destino fue Megara, donde se hospedó en casa de Euclides. De allí viajó a Creta, Egipto y Cirene, volviendo a Atenas en el 396. El segundo viaje fue en el 388, y se dirigió a Tarento y Sicilia, donde se hizo amigo de la familia del tirano de Siracusa, Dionisio I el viejo, que pretendió y logró venderle como esclavo. Pero Platón fue comprado y puesto en libertad por un amigo. Más tarde regresó a Atenas donde fundó al año (es decir, en el 387 a. C.) la Academia. Su tercer viaje fue a Siracusa en el 366, hasta que fue nuevamente desterrado. Pero, pese al destierro, regresó allí una vez más en el 361, en el cuarto y último de sus viajes, acompañado por miembros de su Academia. Después de este cuarto viaje Platón volvió a Atenas, donde murió.

Platón fue, más que nada, un filósofo, durante toda su vida permaneció vivo en él el interés político. Aunque su concepción de la política no puede desligarse de la filosofía ; al contrario, debe apoyarse en ella.

La intención de Platón al fomentar estos estudios era la formación de hombres de Estado, es decir, de políticos y gobernantes.

* LAS OBRAS

Las lecciones de Platón en la Academia nunca se publicaron. Sus escritos fueron redactados casi todos como si fueran diálogos, en un lenguaje sencillo y muy didáctico, en el que intercala frecuentemente ejemplos y mitos para explicar más amenamente sus teorías principales. Por lo tanto, son adaptaciones escritas de los diálogos que tantas veces escuchó a su maestro Sócrates, que es, además, el protagonista de la mayoría de ellos. En los diálogos, Platón, expone su filosofía como una doctrina viva, no sistemática ; si en cada diálogo hay un tema dominante, ello no impide que aparezcan otros muchos y que se solucionen de modo distinto cada vez, apoyándose en nuevas razones. La doctrina platónica, especialmente en sus primeros años, esta también estrechamente ligada a las enseñanzas de Sócratres.

Muchas de las ideas que defiende éste, sobre todo en los últimos diálogos, son ya exclusivamente platónicas. En torno a él aparecen personajes de su tiempo, sofistas, filósofos, amigos y discípulos de Platón e incluso parientes.

Aunque cada uno de estos diálogos se centra en la investigación de un tema, normalmente una virtud o una idea, en casi todos ellos aparecen los problemas centrales de su pensamiento : su concepción del hombre y de la sociedad, su teoría del conocimiento y de la ciencia, el problema de la relación del mundo de la verdades era realidad con el mundo de la percepción sensible, etc.

* DIÁLOGOS

Diálogos de juventud:

Los primeros diálogos de Platón tienen un contenido fundamentalmente ético y es expuesto, además desde una posición enteramente socrática.

A este grupo de diálogos, escritos después de la muerte de Sócrates (399) y antes del 390, pertenecen, entre otros, la Apología de Sócrates, Cármides, Hippias menor y Protágoras. Los temas tratados hacen referencia a las principales virtudes, como la justicia, la sabiduría o la moderación. Igual que su maestro, Platón sostiene que la virtud puede ser enseñada como cualquier ciencia, y que la causa de las malas acciones es la ignorancia. Por el contrario, para obrar bien se precisa la verdadera sabiduría, que constituye la virtud propia del alma.

Después del 390 y antes del período de madurez, suele situarse un grupo de diálogos que, aún manteniendo una temática preferentemente ética, representa la etapa de maduración y el paso de la fase juvenil a otra más original. A esta época pertenecen, entre otros, el Lisis, Menón, Crátilo, etc.

En estos diálogos empiezan a aparecer las primeras alusiones a lo que será el centro de la especulación platónica: la doctrina de las Ideas.

Así, por ejemplo, en el Lisis, en el cual se pretende definir el amor o afecto, aparecen expresiones como «aquello que constituye el objeto último del amor, merced a lo cual llamamos dignas de afecto a aquellas cosas que para nosotros lo son»; el resto de las cosas que nos son queridas no son sino «imágenes de aquello que constituye realmente el objeto del amor».

Y en el Menón se menciona un "eidos" o Forma de la virtud (areté), merced al cual todas las virtudes son lo que son; se nos dice, además, que tal Forma es permanente e inmutable. Sin embargo, no constituye aún la realidad trascendente, separada, que será después.

Diálogos de madurez:

El segundo período de Platón supone el retorno a los antiguos problemas metafísicos, cuya solución era necesaria como fundamento de la ética. Las cuestiones sobre el hombre y su conducta no pueden quedar filosóficamente resueltas si carecen de una base metafísica. Sócrates construyó una ética apoyándose en su nueva concepción del alma, pero no supo ir más allá y dejó sin determinar su específica naturaleza, causa de su inmortalidad; y lo mismo podría afirmarse del Dios socrático, descrito de modo intuitivo, pero metafísicamente infundado.

Esta vuelta de Platón a la especulación sobre el ser real, sobre la naturaleza de las cosas, le permitirá descubrir y exponer definitivamente la realidad suprasensible, las Ideas, punto de apoyo firme de toda su filosofía.

La realidad trascendente al mundo sensible, reflejada de distinto modo en los diálogos de este período, lleva a Platón a revisar los antiguos problemas planteados por Heráclito y Parménides, a la vez que presenta otros nuevos de los que tratará y en los que profundizará tanto en este período como en el de vejez.

Entre los diálogos de madurez, escritos entre el 387 y el 367, los más importantes son: el Fedón, el Banquete, La República y el Fedro.

En el Fedón las Ideas se mencionan ya con existencia propia y separada de los fenómenos del mundo de nuestra experiencia. En este diálogo se presenta el auditorio de Sócrates como personas familiarizadas desde el principio con la teoría de las Ideas. Y se trata, además, de la única explicación sistemática de tal teoría que podemos encontrar en Platón, lo cual no quiere decir que sea completa.

Estas explicaciones elaboradas de la teoría de las Ideas en el Fedón nos han enseñado:

* que existen realidades como lo bueno, lo igual, lo bello, etc., que son absolutamente verdaderas, si bien no pueden ser percibidas por los sentidos. Sólo pueden ser captadas a través de un proceso de razonamiento (dialéctica) semejante al de las matemáticas, una vez librada la mente de los errores de los sentidos.

* que son realidades que la mente ha contemplado antes de nuestro nacimiento (tal como se describía ya en el Menón), y que las rememoramos porque los objetos de los sentidos nos las recuerdan, en la medida en que se parecen a ellas. Se conocen, pues, mediante un razonamiento abstracto que se inicia en la percepción sensible.

* que estas Ideas son únicas, permanentes y eternas. Queda claramente trazado el contraste que existe entre ellas y el mundo sensible.

En el Banquete la Belleza, que constituye el tema principal del diálogo, aparece descrita en términos idénticos a los que se aplican a las Ideas en el Fedón, si bien los términos más técnicos (eidos, idea o morphé) no le son aplicados en este caso. Esta idea de Belleza posee en este diálogo el reinado supremo, del mismo modo que el Bien en La República. Es la realidad suprema.

La teoría de las Ideas llega a su plenitud en La República. Como este diálogo será objeto de estudio detallado más adelante, nos limitaremos ahora a una sencilla mención de las principales aportaciones del mismo.

La teoría de las Ideas no aparece hasta el libro quinto. En el libro primero Sócrates intenta definir la justicia en la forma usual de los primeros diálogos, y nada en su vocabulario sugiere que el Fedón haya sido escrito con anterioridad. Ni siquiera se utiliza una terminología ambigua, paralela a la que encontramos en el Lisis o en el Menón. Tampoco aparece nada de este tipo en los tres libros siguientes, si exceptuamos una ocasión. No aparece ninguna referencia a las Ideas, ni implícita ni explícita, hasta el libro quinto, cuando Sócrates, a quien se ha instado una y otra vez a demostrar la

viabilidad de su ciudad, contesta finalmente que sí es posible, pero que las naciones nunca lograrán alcanzar la paz hasta que los filósofos sean reyes o los reyes filósofos; paradoja esta que su interlocutor teme ha de provocar estupor y mofa.

Instado a explicar qué es un filósofo, Sócrates recurre a la teoría de las Ideas, con la seguridad de que Glaucón la conoce y la acepta. A partir de este momento, la totalidad de la discusión se centra en la Teoría a lo largo de este libro y de los dos siguientes. No se trata de establecer la existencia de las Formas: se da por supuesta. Se trata, en cambio, de explicar los grados de conocimiento (conocimiento, opinión e ignorancia), explicados mediante el diagrama de la línea y la alegoría de la caverna; la supremacía de la idea de Bien, explicada mediante la analogía del sol; y otros temas relacionados con la teoría de las Ideas.

La Idea aparece como un desarrollo natural de la definición socrática. De este modo, ha de haber tantas Ideas como predicados generales: de ahí que no deba sorprendernos el encontrar una Idea de maldad en el libro cuarto o una Idea de cama en el libro décimo.

Por último, en el Fedro, al describir la naturaleza del alma (este es el tema principal del diálogo), aparecen las Ideas con ocasión del mito del Amor. Sin utilizar la palabra idea, Platón se refiere a la realidad que es objeto de verdadero conocimiento, y a la que sólo accede el auriga del Carro Alado. En el resto del diálogo, las formas son entidades lógicas, y el hombre ha de comprender según su ordenación. El método científico será la clasificación correcta de todas las realidades de acuerdo con las Ideas.

Diálogos de vejez:

Son los diálogos escritos entre los años 367 y 348. En ellos Platón aborda con más profundidad tres cuestiones: el problema metafísico de las Ideas, una cosmología que explique el mundo actual y los problemas políticos ya tratados en La República, que ahora reelabora en Las Leyes, el último de sus diálogos.

Platón había separado el mundo sensible del inteligible, cuya realidad suprema era la idea de Bien; la única unión entre ellos se establecía, de momento, sólo a nivel cognoscitivo. Queda por resolver, en el plano ontológico, la realidad del mundo físico y su relación con las Ideas.

En el Teeteto, Filebo y, sobre todo, en el Parménides, Platón irá planteándose las dificultades que encuentra para establecer definitivamente la teoría de las Ideas. En el Parménides, y en su continuación, el Sofista, reelabora la Teoría completamente, hasta dar forma a los Géneros Supremos.

Y de esta manera puede conservar la realidad del mundo sensible. La autocrítica llevada a cabo por Platón en estos diálogos es tan radical que ha llevado a algunos autores a pensar que, en sus doctrinas no escritas (dogmata ágrafa) renunció a la Teoría. Sin embargo, es muy poco probable que ocurriera así.

El Timeo, por último, contiene la cosmología platónica, explicada desde las Ideas y sirviéndose además de una materia eterna originaria y del Demiurgo, un semidios, agente ordenador de la materia.

* SUS TEORÍAS

Teoría de las Ideas:

En muchos diálogos Platón hace que Sócrates se pregunte sobre qué es la justicia, la belleza, el valor, etc. En varios lugares dice, por ejemplo, que no busca «qué cosa es bella, sino qué es la belleza».

En otro lugar (Hippias Mayor) escribe: «Si algo es bello lo es porque existe algo por lo cual son bellas todas las cosas que lo son». Ese "algo" es la Forma, la esencia, la Idea, aquello por lo que algo es lo que es. Las Formas no pueden conocerse por los sentidos, sino por el pensamiento en sí mismo (Fedón).

En este mundo terreno las cosas justas, buenas, y, en realidad, cualquier cosa, nunca lo son del todo. Lo son por imitación (mímesis) o mejor aún por participación (mízexis) de lo justo en sí, del bien en sí, y así de lo demás. Reaparece aquí, de otro modo, el dualismo parmenídeo entre ser y no ser, entre realidad verdadera y apariencia. Pero el Ser único, eterno, inmutable, etc. de Parménides ha sido sustituído por las Ideas, con las mismas cualidades o atributos. «Las cosas tienen ellas mismas una cierta esencia permanente, no relativa a nosotros, ni dependiente de nosotros, (...) sino que

existen por sí mismas según su propia esencia y naturaleza» (Crátilo).

Esa esencia está de algún modo en las cosas, haciendo que sean lo que son, pero la imagen no puede nunca reflejar totalmente el modelo. Esa esencia perfecta, por la que las cosas son lo que son, está en un mundo aparte, en el "mundo de las Ideas". En este mundo de lo sensible no es posible ver las Ideas directamente, cara a cara, como los hombres encerrados en una caverna no conocen la realidad, sino sólo sus sombras, que se proyectan en el fondo de aquélla.

A la antigua pregunta sobre el qué de las cosas (el arjé, la naturaleza), Platón responde con su metafísica, una metafísica del conocimiento. Conocer qué son las cosas es levantar los ojos para contemplar el tipo (arquetipo), el modelo, la forma, la Idea. «Levantar los ojos hacia cierta forma conduce a contemplar lo bello en sí» (Banquete).

Sin embargo, al hablar de Ideas no quiere referirse Platón al concepto, al universal, al que estaría otorgando la subsistencia. Más bien Platón piensa del modo opuesto: la Idea no es pensamiento, concepto, sino ser, lo verdaderamente real (ontos on), aquello a lo que el pensamiento se dirige cuando piensa y sin lo cual no habría pensamiento.

El objeto supremo del saber (y, por tanto, la suprema realidad) es la Forma o Idea del Bien, el Bien en sí, que es algo divino. «El Bien no es esencia, sino algo que está todavía por encima de aquella, en cuanto a dignidad y a poder» (La República). O, con otras palabras: «En el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea de Bien, pero una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas» (La República).

Esta causalidad es la participación. La doctrina de la participación es una idea que no desaparecerá ya del horizonte de la filosofía. «A mí me parece que si existe otra cosa bella aparte de lo bello en sí, no es bella por ninguna otra cosa sino por el hecho de que participa de eso que hemos dicho que es lo bello en sí. Y lo mismo digo de todo» (Fedón).

Las Ideas para Platón son múltiples: hay ideas de valores morales, estéticos, de todo lo sensible y hasta de los seres artificiales; existe una Idea de todo lo que es. Y por su participación en las Ideas se explica la multiplicidad del mundo sensible. Pero la multiplicidad de las Ideas quedaría sin explicar si no hubiera entre ellas una jerarquía. En La República la cumbre de todas ellas es el Bien, fuente de la verdad y del ser de todas las demás. Pero no se explica la relación que existe entre las Ideas, ni su

dependencia de una primera. Más que la solución concreta, Platón trasmite la presencia del problema, que se hará más agudo en los diálogos posteriores.

En el Sofista, para solucionar este problema, modifica su propia doctrina presentando los Géneros Supremos de las Ideas. Del examen de la doctrina platónica y los problemas que presenta, surge la necesidad de admitir estos géneros supremos: Ser, Reposo y Movimiento. El Ser, para ser aquello que es, lo mismo que el Reposo y el Movimiento, debe ser idéntico a sí mismo y distinto de los demás géneros. Para que sea de este modo, Platón introduce dos nuevas ideas: lo Idéntico y lo Diverso. Cada una de estas Ideas es diferente a las otras por participar de lo Diverso, e idéntica a sí misma por su participación en lo Idéntico.

Así, mediante la participación en estos cinco géneros supremos, Platón da cabida al movimiento. El movimiento es, por participar en el Ser, pero a la vez, por su participación en lo Diverso, se distingue del Ser, como de las otras Ideas, y, por consiguiente, de algún modo no es, es no-ser. «Por tanto, es evidente que el movimiento es realmente no-ser, aun cuando sea por cuanto participa del ser. (...) Así pues es necesario que haya un ser del no-ser, no solamente en el movimiento, sino en toda la serie de los géneros» (Sofista).

De esta forma, proclamando que el no-ser es, Platón supera la inmovilidad y la unicidad del ser de Parménides, al mismo tiempo que, por la noción de participación, supera también la no-realidad del devenir de Heráclito.

El origen del universo.

Explicada la naturaleza y estructura del mundo inteligible, debemos continuar el estudio de la filosofía platónica considerando ahora el otro plano de la realidad: el mundo sensible.

Lo sensible es para Platón un intermedio entre el ser y el no-ser. No es el ser, pero tiene ser, y lo tiene por su participación en lo inteligible, en las Ideas. Lo sensible es en la medida en que participa de las Ideas, pero no es en la medida en que participa de la materia. La materia, indeterminada e ininteligible, comunica al mundo sensible su indeterminación y su ininteligibilidad.

La cosmología de Platón está principalmente en uno de sus últimos diálogos, el Timeo. Se trata de una mezcla de mitos y de ciencia, la de su época, y el texto ha sido interpretado de modos diversos y contrapuestos.

Digamos lo esencial. En la cima de todo está el Bien, el Bien en sí, que es lo bueno en sí y también lo verdadero, lo que realmente es. Debajo de esto, Platón coloca un agente ordenador, el Demiurgo. Por impulso del Bien (que no puede no difundir su bondad), el Demiurgo ordena todo a partir de un receptáculo o "matriz" primordial: la materia eterna, caótica.

El Demiurgo ordena la materia imitando lo que ve en el mundo de las Ideas. Lo que resulta de la acción ordenadora, el mundo, tendrá un alma, porque ha sido producido a imitación de lo Inteligible. El alma del mundo es el Cielo. El Demiurgo puebla ese mundo de seres vivos: los primeros son los "dioses" (los astros); después «lo que vuela, lo que nada, lo que anda». El hombre es caso aparte, que se verá después.

En el Timeo, Platón habla también del futuro del Universo, una vez más acudiendo a los mitos. En el mundo se dan culturas que nacen, llegan al esplendor y se hunden (como la mitológica Atlántida). Al parecer es un proceso cíclico.

Resumiendo, este es el esquema de la cosmología platónica: hay un modelo, las Ideas; una copia, el mundo sensible; y un artífice que realiza la copia sirviéndose del modelo y de la materia.

El Demiurgo es, pues, para Platón un dios artífice, inteligente, pero que necesita de las Ideas y de la materia; un dios que «ha querido que todas las cosas sean buenas» (Timeo), y ésta es la razón última para Platón de la existencia del mundo.

El hombre.

Las cosas están compuestas de un elemento material y de un elemento espiritual, una cierta "alma". Eso se ve de una forma más clara en el hombre, ya que Platón está mucho más interesado por la antropología que por la cosmología.

¿Qué es el hombre? Puede decirse que la verdadera esencia del hombre es el alma; el hombre sería un alma "encerrada" en un cuerpo, como en una cárcel; es la idea pitagórica del soma (cuerpo) como tumba (sema).

¿Porqué el hombre es así? Desea lo inteligible, pero está encadenado en lo sensible. Platón recurre aquí al mito: las almas existen desde siempre, son eternas; alguna vez estuvieron en el mundo de las Ideas, contemplando lo que verdaderamente es. Pero hubo una "caída" (cuya naturaleza no se explica), y ahora el alma tiene que vivir en el mundo de lo sensible. Así se explica el íntimo desgarramiento que el hombre experimenta en sí mismo. Es la famosa metáfora del Fedro: el hombre es como un carro de

dos caballos dirigidos por el auriga, que es el intelecto. Uno de los caballos es «bello y bueno»; el otro, lo contrario. De ahí que la conducción resulte dificultosa. O, en otras palabras: en el alma que anima al cuerpo hay tres "partes": la racional (logos), alojada en la cabeza; la irascible (el valor), en el pecho; y la concupiscible (el deseo), en el abdomen. El intelecto debe servirse del valor para dominar los deseos y conducir al alma hacia su verdadero mundo: el de las Ideas.

El logos puede dar con el verdadero saber, que consiste en recordar lo que ya se vio en el mundo verdadero. El auténtico conocimiento se alcanza por el amor, por la atracción hacia el Bien. Conocer es amar el Bien y tender hacia él.

El alma preexiste al cuerpo: si conocer es recordar, el alma ha tenido que estar antes en contacto intuitivo con las Ideas. De otro modo, el conocimiento sería imposible.

Y el alma es también inmortal: no se destruye con la muerte. Entre los argumentos platónicos para demostrar esta inmortalidad destaca uno: sólo se descompone lo que tiene partes, pero el alma racional es simple, sin partes; y es simple porque puede conocer lo simple, lo inmutable, las Ideas. El alma no es visible con los sentidos, pero sí con la inteligencia. Otro argumento: una cosa particular no puede participar de una forma que le es opuesta. Pero todo lo que tiene alma tiene vida: luego no puede participar de la forma opuesta a la vida, que es la muerte. La inmortalidad del alma, según Platón, parece afectar sólo al alma racional.

Sobre el destino del alma después de la muerte del cuerpo, las ideas de Platón son pitagóricas: purificación, transmigración, reencarnación. Lo describe de distintos modos, pero haciendo intervenir siempre un juicio, un premio y un castigo, en conformidad con la vida en esta tierra (Cfr. La República). Así, por ejemplo, concluye el Fedón, después de exponer la suerte de las almas una vez separadas del cuerpo: «Pues bien, Simmias, por todas estas cosas que hemos expuesto, es menester poner de nuestra parte todo para tener participación durante la vida en la virtud y en la sabiduría, pues es hermoso el galardón y la esperanza grande. (...) Eso sí estimo que es conveniente creerlo, y que vale la pena correr el riesgo de creer que es así» (Fedón).