Platón en relación con otras posiciones filosóficas

Historia de la filosofía. Ontología. Epistemología. Atropología. Ética. Política. Sofistas. Aristóteles

  • Enviado por: Giménez
  • Idioma: castellano
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RELACIÓN CON OTRAS POSICIONES FILOSÓFICAS

Relación con el pensamiento sofista.

· La realidad (ontología). Para los sofistas no hay una realidad objetiva e independiente del sujeto. El ser es fluir y continuo cambio. Se reduce a sus distintos «apareceres» o manifestaciones ante los sujetos: fenomenismo. Frente a ellos, el dualismo ontológico platónico establece que existe una única realidad verdadera, el ámbito inteligible, porque es universal, necesario e inmutable. El mundo sensible es un ámbito de segundo orden, consecuencia del inteligible del que recibe su esencia gracias a la participación.

· El conocimiento (epistemología). La posición sofista defiende que no hay conocimiento verdadero en términos absolutos, sino que depende del sujeto, cuyo conocimiento arranca de la experiencia sensible, que es siempre particular y privada: subjetivismo. También depende de sus características socioculturales e históricas: relativismo. Aunque existiera esa realidad objetiva, necesaria e inmutable, sería inaccesible, pues los sentidos sólo ofrecerían al sujeto un aspecto de esa realidad: fenomenismo. Por tanto, el conocimiento necesario y universal es imposible: escepticismo.

En cambio, para Platón, la verdad es universal y necesaria. Por tanto, sólo el conocimiento de los seres inteligibles es verdadero, ya que son universales y necesarios: idealismo. Del mundo sensible únicamente es posible una opinión o saber aparente. Este sólo es útil como medio para la reminiscencia. La verdad del conocimiento depende de la realidad de los seres: objetivismo. A ese conocimiento se llega a través del alma racional: racionalismo.

· El ser humano (antropología). Según los sofistas, cada ser humano es fruto de la sociedad en la que vive. En ella configura su personalidad y así se convierte en ciudadano. A través de la educación se le somete a un conjunto de normas (nomos) que son distintas y, a veces, opuestas a su naturaleza (physis).

El dualismo antropológico platónico defiende que la verdadera identidad del ser humano es su alma, de estructura tripartita. El alma racional, que es inmortal, es la fuente del verdadero conocimiento. Para alcanzarlo, el alma tiene que luchar contra el cuerpo y sus sentidos. La vida se convierte así en un camino de separación de lo corpóreo.

· La ética. La posición sofista defiende un relativismo y convencionalismo moral. No existe un Bien absoluto válido para todos. La vida del hombre no tiene que ajustarse a aquello que ha sido definido como Bien en términos absolutos. En cada cultura las normas y valores morales son distintos. Son fruto del acuerdo de los hombres, de su cultura y de su historia. Por tanto, tampoco existe la definición de hombre virtuoso, de justicia o de felicidad.

Frente al convencionalismo y relativismo sofistas, Platón sostiene que el Bien existe objetivamente. Las acciones y decisiones son buenas sólo si se ajustan a ese Bien. El bien del alma es volver a su vida inteligible separada del cuerpo. Para conseguirlo el ser humano debe ser justo y, para ello, cada parte de su alma debe ser virtuosa.

· La política. Para los sofistas la legitimidad (validez) de las leyes y estructura del Estado es consecuencia del acuerdo entre los ciudadanos. Por eso, la virtud política consiste en el éxito a la hora de persuadir a los ciudadanos sobre la bondad de las propias propuestas. Por tanto, convencionalismo político.

Para Platón la principal virtud política es la justicia. Sólo si los ciudadanos y gobernantes son justos se conseguiría un Estado justo. Los ciudadanos deben someter su vida al funcionamiento del Estado. Por eso, política y ética están íntimamente unidas. Las leyes y estructura del Estado serán justas cuando consigan que cada ciudadano siga la virtud que naturalmente le corresponde. Por tanto, el Estado debe estructurarse conforme a la naturaleza del ser humano.

Relación con Aristóteles.

· La realidad (ontología). El dualismo platónico prioriza lo inteligible sobre lo sensible. Aristóteles propone una posición bien distinta. Para él la realidad primera y fundamental es la sustancia primera, que es sensible. En segundo lugar, para Platón el mundo sensible existe gracias a la participación en el inteligible. Aristóteles modifica esa relación: si no hubiera sustancia primera (lo sensible), las sustancias segundas (lo inteligible) no estarían presentes en ningún otro sitio. No existe un mundo de sustancias segundas separado.

A pesar de las anteriores diferencias, no debemos olvidar que para Aristóteles la sustancia segunda es la forma de la sustancia primera. En este sentido, la sustancia segunda se asemeja a la Idea platónica: ambas son las formas de los seres sensibles y ambas son inteligibles. Sin embargo, hay una diferencia radical: las Ideas están totalmente separadas de lo sensible. Esta separación será duramente criticada por Aristóteles. Se preguntaba: ¿cómo la esencia va a estar separada de aquello de lo que es su esencia? Por eso, para el Estagirita la sustancia segunda está en la sustancia primera. No hay una división ontológica, sino un hilemorfismo, es decir, una unión de materia y forma en la misma sustancia.

· El conocimiento (epistemología). El dualismo y el hilemorfismo conducen a epistemologías opuestas: Aristóteles coincide con Platón al considerar que el verdadero conocimiento debe ser universal y necesario. Por tanto, el único saber verdadero es el conocimiento inteligible. Sin embargo, ambos se oponen al describir cómo se adquiere.

El dualismo platónico lleva a que la ciencia sólo se consiga superando lo sensible. Los seres sensibles quedan reducidos a un pretexto para que el alma recuerde las Ideas que ya conoció (innatismo). Para Aristóteles, el conocimiento de lo inteligible, las formas o sustancias segundas, sólo es posible si se conocen las sustancias primeras, pues es en ellas donde se encuentran. Por eso a la reminiscencia platónica, Aristóteles opone la abstracción, y recupera así el valor de lo sensible.

· El ser humano (antropología). Frente al dualismo antropológico platónico, que identifica al ser humano con su alma inmortal, Aristóteles define al hombre como un compuesto hilemórfico de cuerpo (materia y potencia) y alma (forma y acto), que es mortal. Por eso, la finalidad de la vida y, por tanto, de la educación, no puede encaminarse a la preparación del alma para su vida tras la muerte de cuerpo. Según el Estagirita, la educación no exige obligar al alma a luchar contra su cuerpo. Más bien, se trata de todo lo contrario, el alma necesita del cuerpo: sólo con los sentidos accedemos al conocimiento porque sólo en los seres sensibles se encuentran las formas que nos permiten elaborar conceptos.

· La ética. Coincide con Platón en que el conocimiento inteligible es el principal bien del ser humano, pues es su actividad específica. También coincide en que las virtudes más elevadas son las intelectuales. Actuando conforme a esas virtudes el ser humano alcanzará la felicidad, que es su fin. Pero Aristóteles se separa de su maestro. En primer lugar, critica la austeridad platónica: la virtud no garantiza la felicidad, los bienes materiales son también necesarios. En segundo lugar, critica el intelectualismo moral. Quien conozca el bien no actuará necesariamente bien. Aunque la prudencia y el conocimiento del bien permitan llegar a la elección adecuada, eso no implica ponerla en práctica. Para seguir la buena elección también son necesarias las virtudes éticas que guíen nuestra voluntad. En conclusión, no basta ser sabio para ser bueno, también hay que modelar el carácter.

· La política. Aristóteles coincide con Platón al señalar que el Estado debe adaptarse a la naturaleza del hombre y debe ayudarle a desarrollar sus capacidades específicas y a alcanzar la felicidad. En esa ayuda la educación también ocupa un lugar central. Como en Platón, la finalidad del individuo y la del Estado coinciden. Como en Platón, ética y política están íntimamente unidas, y la virtud política por excelencia que el Estado debe cultivar también es la justicia. Sin embargo, la concepción que ambos autores defienden del ser humano es muy distinta, lo que les lleva a políticas también distintas. El fin del Estado no es procurar ciudadanos justos para que salven sus almas, sino lograr la felicidad del individuo.