Pío Baroja

Literatura española contemporánea. Generación del 98. Novela (narrativa)

  • Enviado por: Jesús Loma
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas

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Pío Baroja

" A mí me interesa mucho la raza, tanto en un hombre como en un

animal", escribió en sus Memorias Pío Baroja después de hacer la

enumeración de 5115 apellidos, todos ellos vascos, menos uno.

"He nacido en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872 en casa número 6

de la calle Oquendo, casa que había construido mi abuela, doña

Concepción Zormoza", prosigue en las citadas Memorias, en que se explaya

largamente sobre su familia y todas las circunstancias de su infancia y.

primera juventud. Su padre fue don Serafín Baroja, reputado ingeniero de

minas, músico y compositor, quien tuvo a su cargo la explotación de las

minas de cobre de Riotinto, antes de 1873, año en que el capital inglés,

atraído por la fabulosa riqueza del mineral, tomó posesión de la empresa.

Definiendo el carácter de sus progenitores, dice Baroja: "Mi padre era

hombre alegre y bondadoso, muy preocupado de la opinión de sus antiguos

amigos y bastante despreocupado para las cosas propias. Tenía fama de

original y era de temperamento bohemio y de carácter algo arbitrario... Mi

madre, Carmen Nessi y Goñi era de Madrid, y se casó a los diecisiete años.

Le llevaba, mi padre, nueve. Tenía un fondo de renunciación y fatalismo.

Había algo en su silueta de estampa italiana, y en su espíritu algo de mujer

educada en ambiente protestante y puritano

De niño, Baroja presenció los horrores de la guerra carlista y en sus pupilas

quedó grabado el espanto de las caravanas de presos, que, rodeados de

curas, de carabineros y disciplinantes, eran llevados al patíbulo. Obtenida

su licenciatura, estuvo un tiempo indeciso sobre qué carrera seguir, y se

resolvió finalmente por la medicina. Después de recibir su título en Madrid,

en 1893, ejerció por dos años su profesión en el pueblo de Cestona, en la

provincia de Guipúzcoa. Pero su temperamento nervioso no se avenía con

la tranquilidad monótona del lugar y, un buen día, se dirigió a Madrid,

decidido a abandonar su profesión. Allí se asoció con su hermano Ricardo,

quien llegó a ser más tarde un pintor de fama, para explotar un negocio de

panadería. Por aquel tiempo, había comenzado a apuntar en él la afición a

escribir, afición respecto de la cual comentó más tarde: "Soy un hombre de

acción que ha debido, a raíz de su fracaso como tal, contentarse con hacer

novelas, porque las novelas constituyen todavía un 'poco, de la vida de

aventuras.

En 1900 publicó sus primeras obras: "Vidas sombrías" y "La Casa de

Aizgorri". En 1901 apareció "Aventuras, inventos y mistificaciones de

Silvestre Paradox". Ninguna de las tres logró despertar comentarios que

dejasen traslucir la nombradía que más, tarde iba a conquistar el autor.

Pero, en 1902, la aparición de "Camino de Perfección" produjo de

inmediato un enorme revuelo. La crítica, unánime, destacó la presencia de

un nuevo valor literario, que inmediatamente fue solicitado por el

periodismo.

Azorín fue el primero que acogió con entusiasmo sus libros, y lo llevó como

crítico de teatros a "El Globo".

"Los compañeros de Baroja, escribió entonces Azorín, quisimos que el

escritor vasco se encargase de la crítica de teatros, porque conocíamos su

independencia inflexible y deseábamos que en la crítica de teatros- tan

sumisa frecuentemente a diversas influencias- se ejercitase el libre criterio

de nuestro compañero".

Baroja asumió su papel de crítico en medio de una expectación' general. A

poco, escribió, refiriéndose a un estreno .reciente de los hermanos Alvarez

Quintero: "Hay siempre en sus comedias y sainetes un fondo de moralidad

burguesa, un vuelo de fantasía tan corto, que molesta. Así como la

corriente íntima que anima las obras de los señores Quintero me parece

pobre y sin alientos, así también la parte exterior, la pintoresca, me resulta

muy agradable y entretenida".

Este juicio certero, frío y desprejuiciado, del periodista novel le consagró

como crítico incorruptible y acerbo.

En 1903 publicó "Idilios vascos" y "El Mayorazgo de Labraz", novela esta

última de la que se dijo que podía resistir victoriosamente cualquier

comparación con otra novela española o de otra nacionalidad de su época.

En 1904 apareció su célebre trilogía de "La Lucha por la Vida" compuesta

por la "'La busca", "Mala hierba" y "Aurora Roja", obras de tendencia

realista, en que el autor acusa una rebelión latente contra la organización

social del mundo y que le valió su fama de revolucionario y anarquista.

Después de un viaje por Europa publicó "La Dama Errante" (1,908), cuyo

tema le fue inspirado por el atentado cometido contra Alfonso XIII el día

de su boda, y "La Ciudad de la Niebla" (1909), cuyo escenario es Londres.

A ellas siguieron novelas como "La Feria de los Discretos" y las

relacionadas con las extrañas aventuras de "Silvestre Paradox" y de

"Zalacain el Aventurero", cuyo texto sirvió de lectura en la clase de español

en la Sorbona, de París. Al mismo tiempo, Baroja proseguía sus actividades

periodísticas con artículos en díarios madrileños como "El País", "El

Imparcial" y "El Globo", recopilados más tarde en varios volúmenes, bajo

los títulos de "El Tablado de Arlequín", "El Nuevo Tablado de Arlequín" y

"Vitrinas Pintorescas".

Trabajador infatigable, Pío Baroja acumuló, en los años comprendidos

entre ambas guerras mundiales, una extensa bibliografía,. en la que se

destacan: "Juventud, egolatría", "Idilios y fantasías", "Las horas

solitarias", "La caverna del humorismo", "Divagaciones apasionadas", "El

árbol' de la ciencia", "El gran torbellino del mundo", "César o nada", "El

mundo es así", "La Sensualidad pervertida" y "Las inquietudes de Shanti-

Andia", con que el autor' inicio una serie de volúmenes consagrados al

estudio de "El Mar", y entre los cuales se incluyen "El Laberinto de las

Sirenas", "Los pilotos de altura" y "La Estrella del Capitán Chimista", que

pueden considerarse por antonomasia, "las novelas de la raza vasca".

Aparte los nombrados, Pío Baroja es autor de "La leyenda de Juan de

Alzate", "Crítica arbitraria", "El nocturno del hermano Beltrán", "El

"cabaret" de la Cotorra Verde", "La casa del crimen" y "El horroroso

crimen de Peñaranda del Campo" y su serie de "La Selva Oscura", a la que

pertenece su magnífica novela "Los Visionarios" (1933), en que no hay

persona principal o, mejor dicho, el personaje colectivo es toda la

población rural de Andalucía con sus costumbres patriarcales y con sus

inquietudes sociales.

Otro grupo de sus novelas ha dado lugar a que, con un criterio superficial,

se parangone su obra a la serie de los "Episodios Nacionales", de don

Benito Pérez Galdós. Son sus' "Memorias dé un hombre de acción",

integradas por los títulos siguientes: "El aprendiz de conspirador", "El

escuadrón del Brigante"; "Los caminos del Mundo"; "Con la pluma y con

el sable"; "Los recursos de' la astucia"; "La ruta del aventurero"; "Los

contrastes de la vida"; "La veleta de Gastizar"; "Los caudillos de 1830";

"La Isabelina"; "El sabor de la venganza"; "Las furias"; "El amor, el

Dandismo y la intriga"; "Las figuras de cera"; "Humano enigma"; "La

nave de los locos"; "La senda dolorosa"; "Los confidentes audaces", y "La

renta de Mirámbel".

Pero en los "Episodios Nacionales" de Pérez Galdós vive una España épica,

heroica, con reminiscencias románticas. En cambio, Baroja, en sus

"Memorias de un hombre de acción", a pesar de pintar el mismo período

histórico que aparece en la obra de Pérez Galdós, hace surgir una España

sin aliños, apicarada y prosaica, en la que el personaje central, Aviraneta,

en vez de estar vestido con ropajes epopéyicos de heroicidad perdurable,

aparece perfilado con rasgos pintorescos y fríos que revelan una psicología

nacional borrosa y un ambiente social desprovistos de relieves

apasionantes.

En la vida española, la aparición de cada título nuevo de Baroja, el escritor

hispano que más adeptos ha tenido en los ambientes intelectuales de habla

hispana, significó inevitablemente, un acontecimiento literario.

En 1928 publicó su novela "Las mascaradas sangrientas", en la que puede

decirse que se revelan todas cualidades de su autor un clásico del idioma.

Azorín, al comentar esta obra dijo: "Pío Baroja es un gran artista; tiene la

firmeza, la penetración, la originalidad del artista, y en su prosa, sencilla,

precisa, podemos gustar toda la variada gama de arte literario: la ternura,

el sarcasmo, la ironía, la sentimentalidad delicada y sutil. En "Las

mascaradas sangrientas" encontramos todo lo mejor de Baroja. La vida

directa, la emoción profunda, el interés más franco y sincero brillan en

estas páginas que dentro de cien años, o de doscientos, se podrán leer del

mismo modo, con el mismo gusto que ahora". Más adelante agrega: "La

influenciá de Baroja en España es considerable; lo será cada vez más. Hay

autores como Baudelaire, como Stendhal en Francia, que se hallan por

encima de todas las incidencias y los viceversas de las modas literarias. El

prestigio de Baroja en España es del mismo orden; aun los mismos jóvenes

que puedan renegar de él, le deberán lo mejor, lo más íntimo de su

personalidad. No es el novelista vasco el creador de un género literario; eso

no sería gran cosa en comparación de lo que realmente ha creado Baroja;

su importancia estriba en haber suscitado todó un ambiente nuevo de arte y

de pensamiento'.'.

Como novelista, Barója tiene un concepto absolutamente personal,

exclusivo y típico, de la novela, que para é1 no está formada por un

conjunto predeterminado de sucesos y personajes escogidos previamente,

sino constituida por un desfile heterogéneo de seres humanos cuyos

antecedentes y circunstancias quedan expuestos en ~ libros del autor, al

mismo tiempo que los ambientes en que se desenvuelven. Sus novelas son

esencialmente anecdóticas. No existe generalmente en ellas un tema matriz

y Denominador. No hay tampoco personajes que sirvan de eje a la acción.

Los protagonistas se suceden sin interrupción y sólo raramente se destaca

alguna figura, en la que siempre transparenta la ideología y personalidad

del autor.

Sin cuidarse de la forma literaria ("Me repugna el estilo le confesó una vez

a Martínez Corbalán, el arte mismo es función de viejas con flato"), atento

únicamente a demoler ideas y hechos Baroja se ha hecho un estilo propio

que posee el vigor y la naturalidad del agua y brota, en tumultuoso desalño

con una repetición de palabras que, más de una vez ha hecho fruncir él

Ceño a los críticos. A pesar de ello, en 1935 fue incorporado a la Academia

Española de la Lengua.

Evocando aquel episodio, escribió Ramón Gómez de la Serna en sus

"Retratos Contemporáneos". "Yo, que he asistido a muy pocas

recepciones, asistí' a la de don Pío. Parecía ser una despedida al conato de

esperanza que fue ese hombre desarrapado tozudo y contestón. Fue el 12

de mayo de 1935 y recuerdo el acto como algo escalofriante, que logramos

desentumecer con nuestros aplausos dedicados a ese hombre que a

regañadientes consigue una penitencia admirable en la confesión".

Políticamente, Baroja fue siempre incrédulo, indeciso y contradictorio.

Odió el republicanismo español por considerarlo un amaneramiento

extranjerizante, una retórica vieja con la matriz estéril. Odió también el

socialismo obrerista, porque desprecia a los intelectuales y a la inteligencia.

Al estallar la guerra civil española, abandonó su famosa casa de Itzea, en

un hermoso lugar de la región vasca, cerca de la frontera y a 15 kilómetros

de Irún, llamado Vera de Bidasoa, afirmando que no simpatizaba con

ninguno de los dos bandos.

Relatando aquel episodio, cuenta Gómez de la Serna que mientras los rojos

y los blancos peleaban cerca de su casa por una altura cuya toma por los

carlistas él había descrito en uno de los volúmenes de las "Memorias de un

hombre de acción", Baroja se asomó a ver la refriega para saber si había

acertado en la estrategia vidente de la fantasía. Pero, al reconocerlo, los

carlistas resucitados que se habían puesto su boina antigua, lo señalaron al

furor de los soldados. Después de un día de cárcel, Baroja fue puesto en

libertad y resolvió cruzar la frontera.

-¿ Se puede pasar? -preguntó a dos carabineros, pensando que finalmente

iba a vivir algunos de los episodios novelescos que tantas veces había

descrito.

-Usted, sí, don Pío le dijo el carabinero, reconociéndolo, y lo mejor que

puede hacer es irse.

En París, Baroja fijó su residencia en la ciudad universitaria, desde donde,

magníficamente solitario, y c6n su acidez habitual, escribió crónicas y

artículos para "La Nación" de Buenos Aires. De este modo, se vio obligado

a volver, para subsistir, los ojos a esta Sudamérica a la que un día llamó "el

continente estúpido".

En París escribió sus dos primeras obras después de la revolución española:

"Ayer y Hoy"; "Historias Lejanas".

En la primera se declaró contrario tanto de las derechas como de las

izquierdas: "Nosotros no tenemos, en España un enemigo -escribe- sino

dos: los blancos y los rojos, que cada cual a su manera quiere hacer nuestra

completa felicidad metiéndonos en la cárcel". En realidad, la posición de

Baroja frente a las dos corrientes de ideas que se disputaron la conciencia

de España fue en un momento determinado bastante singular. Los

nacionalistas quisieron hacerlo suyo editando, durante la guerra civil, una

selección de sus obras que mostraba al escritor como una especie de

precursor de Hitler o de Mussolini. Los republicanos, por su parte,

pensaron en publicar un volumen similar, en favor de su tendencia. Muy

pronto, sin embargo, el gobierno nacionalista es pañol colocó en su Indice

prohibitivo todas las obras del irreductible escritor vasco.

En "Hostoria Lejanas", resurge el narrador de antaño con los mismos

defectos y cualidades de siempre. Los defectos son: el descuido en el decir

(es "el más novelista y el menor escritor en el sentido retórico, de la

generación del 98" como decía Gómez Baquero), su manera de dejar que

las palabras le fluyan por las comisuras de los labios, como humo de pipa

soltado a contratiempo, y sus cualidades, el amontonar sucesos.

En París escribió también su primera obra en francés: "Suzanne et les

chasseurs de mouches" (Susana y los cazadores de moscas), de la cual el

propio Baroja dijo en una entrevista concedida a "'Les Nouvelles

Littéraires": "Esta novela es una broma. Relata la vida de un español,

todavía joven, áspero y pesimista, quien conoce a una joven parisiense con

la cual inicia una "liaison" abandonando su actitud de salvaje. La

muchacha es hija de un pintor preocupado de la higiene y de las infecciones

provocadas por las moscas. El pintor rodea a su hija de cuidados excesivos,

pues la cree delicada de salud. La joven cae enferma y su padre la lleva a

pasar el invierno a Egipto. El español la aguarda, conformándose con sus

cartas en las que ella le dice que está bien. Pocos días más tarde, sin

embargo, él recibe un telegrama en que se le informa que ella ha perecido

en un accidente automovilístico. Entonces el español parte a la guerra".

La conclusión que el propio Baroja agregó a este comentario de su novela,

es la siguiente: "Nada vale la pena de preocuparse. El Destino manda".

Asimismo en París escribió Baroja "Laura o la Soledad sin Remedio",

editada en Buenos Aires (1940). En esta obra presenta, un poco en

caricatura, al círculo de los emigrados rusos y españoles y que él tuvo la

ocasión de frecuentar durante los primeros meses de su "destierro" en la

capital francesa, donde se encontraba cuando fue declarada la segunda

guerra mundial. En su libro ligeramente surrealista "El Hotel del Cisne"

(1946), evoca aquella etapa bajo las supuestas Memorias de un personaje

llamado Procopio Pagani, y en la segunda parte, como en casi todas sus

obras, hace digresiones sobre diversos tópicos, principalmente sobre los

sueños de Procopio, que no eran de carácter "pedagógico, como el sueño

del jardín (Somnium Veridari), ni poético, como el Sueño de una Noche de

Verano, de Shakespeare, ni filosófico, como el Sueño del Gallo de

Luciano", sino sueños vulgares más o menos absurdos y más o menos

mediocres". De paso, relata también Baroja algunos casos curiosos de

criminales famosos de la historia.

Terminada la guerra y con la aprobación del gobierno del General Franco,

resolvió regresar a su casa de Itzea, donde se dedicó a escribir sus

Memorias, en varios volúmenes y con el título general de "Desde la última

vuelta del camino". El primero se subtitula "El escritor según él y sus

críticos" y el segundo, "Familia, infancia y juventud". Aquí está Baroja en

su elemento, hablando extensamente sobre su tema predilecto: él mismo y

lo que los demás han escrito u opinado sobre él, y su propia posición frente

al arte, a la literatura, a la política, a las mujeres y, e~ general, frente a la

vida. He aquí algunas de sus conclusiones al respecto:

"A mí se me ha ocurrido escribir unas Memorias ahora que ya no tengo

memoria. Me he metido en esta tarea por la fuerza de la inercia. Leer, he

leído mucho, quizá demasiado; hacer, ¿ qué voy a hacer? No me voy a

poner a estudiar matemáticas ni a planear' negocios. No tiene uno la cabeza

bastante' fuerte para esto..."

"Yo no he podido nunca pensar en el presente ni en el porvenir de una

manera muy segura y tranquila. Siempre he vivido preocupado por alguna

cuestión de salud o de dinero, de mi familia o mía; así, naturalmente, no

soy un optimista. No hay en lo que he escrito ni serenidad ni confianza;

tampoco he conocido gente cuya amistad me haya inspirado esos

sentimientos o me haya animado a hacer algo...

"He vivido en tono menor y casi todo lo que he escrito está en ese tono. He

sido como el que va por un sendero resbaladizo, lleno de piedras y de

baches..."

"Yo no soy un hombre ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni muy rubio ni

muy moreno. A mí no me gusta nada llamar la atención de la gente que no

me interesa. ¿Para qué? ¿Va uno a pretender la admiración de todos los

hombres y de todas las mujeres aunque sean tontos y vulgares?...

"La verdad es que ninguno de los retratos que me han hecho sé 'parece a

mí; en unos soy muy gordo, corno inflado; en otros, muy flaco. Yo no he

tenido el pelo ni la barba rojos, sino más bien rubio amarillento; los ojos

obscuros, mirados desde cerca, castaños, con algunas estrías verdosas; pero

los que me han conocido han puesto que tenía los ojos negros..."

"A mí me han reprochado tener mal carácter; pero no creo que lo tenga

tanto. Mucha gente; la mayoría, identifica el carácter con las fórmulas de

cortesía..."

"No sé si se me puede catalogar como escritor romántico o como realista.

La verdad, no encuentro mucha diferencia entre una cosa y otra.

Realmente no sabría definir lo que es romántico. Lo que sí comprendo es

que yo no soy clásico, al menos en el sentido francés...

"Con relación a la moral; soy más bien pesimista. Respecto a las leyes, creo

que son en general, malas, porque el, hombre no es bastante inteligente y se

deja, llevar por fórmulas conceptuosas y vacías. Ya de viejo, considero las

revoluciones generalmente perjudiciales y creo que todo lo sistemático es

estúpido y calamitoso. La

experiencia, y aun, si se quiere, la rutina, cuando no es de una injusticia

evidente, es lo mejor..."

"Me ha gustado la vida ordenada y la exactitud en las horas... Yo he sido

completamente puntual. A la hora de la cita he estado siempre. Cuando

vivía con mi madre me marchaba a casa a las seis y no salía nunca de

noche.

"También se me ha atribuido un cierto odio por las mujeres y el no haber

pintado en los libros el amor como algo brillante y admirable... Al español

le indigna que se le diga que su vida amorosa es, en general, pobre, sin

dramatismo; pero así es ¡ qué le vamos a hacer! Yo creo que el país rural

que no es rico no tiene una ética libre. Solamente en los países industriales

y comerciales de clima blando es donde se destaca la personalidad de la

mujer y triunfa el amor apasionado.

"En cuestión de amores en un medio distinguido y aristocrático con pocos

prejuicios y lugares comunes, hubiera tenido yo más éxito que en un

ambiente medio burgués. Para esto me faltaba dinero y posición."

Por último, resumiendo su vida, concluye Baroja: "Soy un hombre curioso

que se aburre desde la más tierna infancia".