Perspectivas de los papeles que desempeñan Las Fuerzas Armadas de América Latina; Frederick Nunn

Historia de América. Militarismo. Tratado de Goltz. Cono sur. Perspectivas históricas y regionales. Papeles internos

  • Enviado por: Matías Manjarín
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 9 páginas
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Perspectivas históricas y regionales acerca de los papeles internos que desempeñan Las Fuerzas Armadas de América
Latina con
énfasis especial en el Cono Sur

SEÑOR FREDERICK M. NUNN

Las conclusiones y opiniones formuladas en este documento pertenecen al autor y están amparadas en la libertad de expresión que es propia del ámbito académico de la Universidad del Aire. Las mismas no reflejan el pensamiento oficial del Gobierno de los Estados Unidos, el Departamento de Defensa, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos ni la Universidad del Aire.

A MEDIDA QUE reflexionamos sobre los últimos cien años de la historia de América Latina, es fácil ver el significado del profesionalismo de las fuerzas

armadas dentro del contexto de las relaciones cívico-militares. A inicios del presente siglo se había desarrollado una etnia profesional dentro de algunas de las fuerzas armadas de la región al punto de que, al igual que eventos en el sector civil, impulsaba a los oficiales profesionales a que desempeñaran papeles dentro del gobierno y, a menudo, políticos. A pesar del legado idiosincrásico cívico-militar de América Latina, esto no era algo raro para la región. Los ejércitos de Francia y Alemania, que eran los modelos para los militares profesionales suramericanos, nunca estaban completamente protegidos de los efectos del gobierno y la política, nunca completam

Las fuerzas armadas de América Central y del Caribe organizadas por asesores estadounidenses, comenzaron a participar de manera activa en los asuntos civiles casi al mismo tiempo que los suramericanos europeizados, v.gr., en la década después de la Primera Guerra Mundial. Pero estos últimos evolucionarían profesionalmente más que sus homólogos caribeños entre las experiencias de profesionalismo militar engendradas por los germanófilos y los francófilos, a inicios del siglo, y las experiencias en golpes de estado institucionales y las manifestaciones de militarismo profesional que marcaron el cuarto de siglo de 1964 a 1989. Esto es especialmente cierto en Argentina, Brasil, Chile y Perú, es decir en el Cono Sur ampliamente delineado.

Si debemos comprender a cabalidad los papeles internos y políticos que desempeñaron los oficiales de los ejércitos de los países ABC durante este siglo, debemos enfocar nuestra atención completamente en la historia de la institución, ya que gran parte de lo que ha ocurrido en las recientes décadas tiene raíces profundas en el pasado. En el pasado (“pasados” sería más apropiado, en vista de la disparidad de la evolución histórica dentro de América Latina), los ejércitos siempre desempeñaban papeles políticos o gubernamentales. Una explicación rápida de la experiencia histórica del siglo XIX aclara esto. Pero no fue sino hasta que las fuerzas armadas se convirtieron en una profesión, con el ejército en calidad de fuerza principal, que dicho papel se convirtió en algo más que el poder armado empleado por razones personales o partidistas.

El autor, señor Frederick M. Nunn, es profesor de Historia y Estudios Internacionales y Viceadministrador de Asuntos Internacionales en la Universidad Estatal de Portland, Oregon, E.E.U.U.

Por lo tanto, el darle un carácter profesional a las fuerzas armadas de América Latina ocasionaría la “militarización de la profesión” desde fines del siglo XIX hacia adelante, en diferentes grados según el lugar. Aún tenemos mucho que aprender acerca de estos diferentes grados, según los lugares, al igual que de las similitudes en las relaciones cívico-militares latinoamericanas, tanto a nivel nacional, regional como temáticamente. Mientras más aprendamos acerca de estas diferencias y similitudes, más sabremos acerca de las influencias extranjeras en relación con los papeles internos que desempeñan las fuerzas armadas profesionales. Mientras más comprendamos las características históricas del profesionalismo en Sudamérica al estilo europeo, más comprenderemos las diferencias cualitativas del comportamiento político de los ejércitos de América Latina y sus aliados civiles.

Hace 35 años este escritor comenzó, humildemente, a estudiar la participación de los militares en la política y en el gobierno. Tal como quiso el destino, le tocó a él escribir una tesis doctoral acerca de las relaciones cívico-militares en Chile entre en el periodo de la guerra civil de 1891 y la victoria electoral del Frente Popular en 1938. Dicha tesis era acerca de las relaciones entre un ejército profesional (y una armada) y uno de los sistemas políticos más “democráticos” (y díscolos) de América del Sur dominado por civiles.1 Cuando el entonces director de la Biblioteca Nacional de Chile, un historiador por profesión, escuchó la explicación del tema de la tesis, la metodología, etc., contestó que el acceso a la biblioteca, por supuesto, sería concedido pero que la investigación generaría muy poco en cuanto a esencia erudita. En Chile no había ningún “problema militar”, ni un ejemplo importante de los papeles internos que desempeñaban los militares desde la independencia y muy poca sustancia en cuanto a la relación de causa y efecto entre la profesionalización y la acción política.

Una atención al pasado más reciente hubiese sido provechosa para ese chileno ya que, casi una década después, bien adentrada en la Guerra Fría, las fuerzas armadas chilenas derrotarían el gobierno de su país y su sistema político “democrático” y díscolo. Los líderes militares no sólo destruyeron un sistema político, sino que procedieron a imponer la creación de un nuevo sistema durante los próximos dieciséis años y medio, tratando de hacer alarde de sus “raíces” europeas todo el tiempo.

Entre los países de América Latina, solamente Brasil ha tenido una experiencia de larga duración con el profesionalismo militar. Perú ha tenido un régimen más militarizado (que quede dicho, bien arraigada en la teoría militar colonial francesa). Sólo Argentina ha experimentado una confrontación violenta cívico-militar más prolongada.

En otra parte, este escritor ha analizado los fenómenos del profesionalismo militar de estilo europeo y del militarismo profesional que diferencian a unos países de otros en América Latina y más allá, por lo tanto aquí se amerita una explicación.2 El profesionalismo militar es un estado, una condición con base en la educación y la experiencia, autoridad institucional autónoma, un sentido de la carrera y una misión de partidario explícita. El militarismo profesional es la voluntad y propensión a ofrecer soluciones a los problemas del país, ya sean económicos, políticos o sociales, con base en un carácter militar. Dicho carácter, a menudo conocido como mentalidad o espíritu, es un resultado del profesionalismo en conflicto con las tendencias socioculturales de los civiles, las cuales posiblemente se disciernen más en la esfera política de la mayoría de los países desarrollados de la región: los países del Cono Sur.

Sin profesionalismo puede existir un comportamiento y un pensamiento militarista, pero no un verdadero militarismo profesional. La diferencia entre un pensamiento y comportamiento militarista (militarismo profesional latente) y el proveer soluciones a la fuerza (manifestar militarismo profesional) depende en gran parte de las relaciones, tanto a corto como a largo plazo, entre los ejércitos y las sociedades y gobiernos de los cuales forman parte, al igual que de las percepciones, por parte de los militares, que dicha cultura nacional, valores e ideales se están atacando tanto desde adentro como desde afuera.3

Todos los ejércitos tienen que desempeñar papeles o misiones internas que los hace partícipes en el cambio sociocultural civil, o los hace enfrentar la falta de dicho cambio. Puede que dichos papeles o misiones sean mínimas. Pueden estar limitados a una “acción cívica”, “desarrollo nacional” muy definido, o algo por el estilo. En América Latina a dichos papeles se les conocía, sobre todo durante los primeros años de este siglo, como la “misión civilizadora” o “missão civilizadora”. Como mínimo o no, todos los ejércitos de América Latina han reclamado un papel social. Ya sea que estén bien articulados o no, los papeles sociales han exhortado a los oficiales de ejércitos a que presten más atención a los asuntos internos para poder garantizar la defensa nacional, más conocida recientemente como “seguridad nacional”. No puede haber una separación de defensa y seguridad de los papeles o misiones internas que desempeñan los ejércitos o las guardias civiles latinoamericanas, al menos no desde los inicios del profesionalismo hasta el presente. Tampoco éstas pueden separarse de las influencias extranjeras.

Antes de la Primera Guerra Mundial, antes del surgimiento de EE.UU. en calidad de potencia hemisférica, no sólo caribeña, si los latinoamericanos deseaban reformar, moder-nizar o profesionalizar un ejército, se dirigían al triunfador o al vencido de la Guerra Francoprusiana. Durante la década de los 1880, los chilenos, y en la siguiente década los argentinos, hicieron un contrato con los oficiales alemanes para que capacitaran, administraran, organizaran, adiestraran y crearan códigos; organizaran juegos de guerra, viajes en el extranjero e intercambios; crearan versiones europeas del titán militar en el Cono Sur.4 Durante la década de los 1890, Perú contrató a oficiales franceses, algunos de los cuales habían servido en África del Norte, para que reformaran el ejército según las pautas de los republicanos franceses.5 Había oficiales de adiestramiento en Bolivia, y una Escuela Politécnica en Guatemala al estilo francés. Cuando los modelos de los ejércitos europeos se fueron a la guerra en 1914, los chilenos prusianizados estaban adiestrando ecuatorianos, colombianos y salvadoreños.6 Luego de la Gran Guerra, los oficiales franceses comenzarían una tarea misionera en Brasil de 20 años de duración.7 Otros oficiales franceses fueron contratados en Paraguay y Uruguay. Unos cuantos alemanes prestaron servicio de manera privada (a menudo con el beneficio de pasaportes Danzig) en Bolivia y en otros lugares.8 Varios chilenos continuaron sirviendo al norte de América del Sur y de Centroamérica. Justo antes, y luego después, de la Primera Guerra Mundial, el personal militar de EE.UU. comenzó a organizar guardias civiles en el Caribe y los países del istmo con el propósito explícito de mantener el orden interno.9

Una vez que la guerra comenzó nuevamente en 1939, había dos esferas concretas de influencia militar profesional exógena en la región. La mayor parte de América del Sur mantuvo un legado militar europeo continental evocador de la Francia y la Alemania del siglo XIX, principios del XX. La mayor parte de la región circumcaribeña estaba bajo la influencia institucional de EE.UU., por lo tanto tendría muy poco sentido tradicional del estado de separación profesional del resto de la sociedad. Esto fue de poco valor positivo tanto para el sector civil como el militar en países como Cuba, Haití, Nicaragua y Santo Domingo. Ahí, el estado de separación de los uniformados representaba un poco más que una continuación de inmunidades tipo fuero militar, poco sentido de la misión o el papel que desempeñaban, ya sea social o civil, más allá del expresado superficialmente a sus aliados civiles, por escrito u oralmente, en ocasiones formales por los lacayos pretorianos de presidentes uniformados. Las influencias del extranjero no son todas iguales.

Para ese entonces, los ejércitos europeizados suramericanos habían expresado su profesionalismo de distintas maneras. Su orientación interna era evidentemente el resultado de su profesionalismo en conflicto con las costumbres políticas civiles y las realidades socioeconómicas, y no era simplemente el resultado de su tarea de mantener a la población en su lugar y proteger los intereses establecidos como en la región del Caribe. A menudo, los suramericanos llevaban a cabo funciones de tipo policial, mientras que los caribeños y los centroamericanos lo hacían con regularidad. Durante el transcurrir del tiempo, sería necesario que los suramericanos adoptaran un perfil interno más destacado, pero no hasta que transcurriera el tiempo para lograr que dicho perfil fuera más inextricable del profesionalismo. Esto ha sido de valor discutible para los argentinos, brasileños, chilenos y peruanos. Ahí, el estado de separación fue el resultado de una combinación minuciosa de compromisos profesionales para marcar la diferencia, no para inmortalizar las familias o clanes en el poder.

Desde inicios del profesionalismo en América del Sur, la defensa nacional llevaba consigo una imperativa interna. Las lecciones de la guerra aprendidas por los europeos en el siglo XIX fueron transmitidas a los suramericanos, quienes ya estaban familiarizados con la guerra y, que creyendo que podía ocurrir nuevamente, querían estar preparados. El extremo sur de América del Sur fue el escenario de tres guerras importantes durante el siglo XIX que implicaron a siete de los diez países del continente. En dos ocasiones Bolivia y Perú se unieron para atacar a Chile (1836-1839, 8179-1884). Argentina, Brasil y Uruguay se unieron para atacar a Paraguay (1865-1870). Disputas fronterizas, remanentes de los siglos coloniales, rivalidades de poder y geopolítica desempeñaron un papel en dichos conflictos y en la secuela los ganadores y los perdedores se percataron que no todas las disputas y rivalidades se habían aclarado o disipado. La cooperación internacional fue esporádica y limitada. En este sentido, América del Sur era muy parecida a Europa.

Las políticas de defensa suramericanas pueden discernirse claramente en virtud de las causas y resultados de cada guerra, especialmente aquellas pertenecientes a la segunda mitad del siglo pasado durante el cual porciones considerables de territorios pasaron a otras manos. Bolivia, Paraguay y Perú sufrieron un desmembramiento significativo en manos de Argentina, Brasil y Chile respectivamente. De los victoriosos, sólo Argentina y Chile, y de los perdedores, sólo Perú, contaron con los recursos necesarios para lanzarse por el camino de darle un carácter profesional a sus fuerzas armadas antes del fin del siglo. En cada caso, el receptor suramericano de misioneros militares sabía perfectamente que de surgir un conflicto, se necesitaría una fuerza combatiente bien adiestrada, competente y adoctrinada. Ni las gratificaciones, ni los subsidios, ni las promesas de libertad podrían convencer a los campesinos, trabajadores, indígenas o esclavos a que participaran en la defensa nacional. Además, para la década de los 1890, unos cuantos suramericanos habían leído A Nation in Arms (La nación en armas).

Hace escasamente 20 años atrás, el autor de este artículo estaba tomando el té en el estudio de un reconocido y proclamado general argentino retirado. La conversación giró en torno a la literatura militar argentina y la repetición en la misma de temas presentes en Das Volk in Waffen de Freiherr Colmar von der Goltz (1ra edición 1883).10 El general se incorporó, se dirigió a la repisa de libros y encontró una copia de La nación en armas (varias ediciones hasta la fecha), la hojeó y dijo: “Todos la leemos cuando somos cadetes u oficiales jóvenes. Es como la sagrada escritura”.

El tratado de Goltz de fines del siglo XIX, recalcaba las relaciones entre el pueblo y su ejército, aclarando que la seguridad nacional sólo se podría garantizar si el pueblo era capaz de servir los intereses del estado, de ser necesario. Quizás en conflictos futuros se necesitaría toda una nación en armas. Algún tipo de fuerza permanente siempre debe estar apresta. Con base en las lecciones aprendidas acerca de la movilización, mecanización y el servicio obligatorio durante la Guerra Franco-prusiana, el librillo de Goltz se convirtió en el estándar en América del Sur a inicios del siglo XX. El mismo, ayudó a inmortalizar una orientación continental con respecto al imperativo externo y le dio un carácter legítimo a la inquietud militar profesional con respecto a las condiciones internas.

¿Cómo pueden los suramericanos tener “buenos ejércitos” a menos que cuenten con “buenos países”? Un buen ejército significaba clases más bajas (de donde provenían la mayoría de los reclutas) que sabían leer y escribir; servicio militar obligatorio (a fin de que la nación pudiera participar como un todo orgánico); capacitación militar actualizada; adiestramiento avanzado; experiencia en el extranjero; pertrechos; infraestructuras de comunicaciones y transporte; y salario y beneficios propios de la profesión de las armas. Un buen país significaba un sistema político comprometido a defender la patria, una economía capaz de apoyar las demandas cada vez más crecientes de equipo nuevo, una cultura que consideraba al ejército como “la imagen más pura del estado”.11

De ahí que, años antes de la Primera Guerra Mundial los oficiales del ejército en Argentina y Chile reconocieron que existía una gran deficiencia entre sus aspiraciones y la capacidad y voluntad de los civiles de sostenerlos de una manera a la cual ellos querían acostumbrarse. Recordaban esto muy dramáticamente cada vez que tenían que sofocar las rebeliones y demostraciones de los trabajadores en Buenos Aires o de los mineros en los campos de nitrato de Atacama. A inicios del presente siglo comenzaron a preguntarse a sí mismos exactamente qué y quiénes eran los culpables de las condiciones miserables en que vivían la mayoría de los civiles. Dichos civiles no eran buenos soldados. Muchos civiles, cuyo nivel cultural y salud los convertía en personas aptas para el servicio militar, nunca usaron el uniforme, ya que el sistema del servicio obligatorio que estaba vigente desde inicios del nuevo siglo estaba lleno de pretextos. Dinero, conexiones, las prórrogas educacionales, las reglas de substitución — todas éstas hicieron posible que pudieran evadir el ser una parte integral de una nación en armas. Aparentemente, lo que los oficiales tomaban en serio, los civiles no.

En ningún otro lugar fue esto más obvio que en Perú, donde las misiones francesas trabajaron arduamente entre los años 1890 y 1939, haciendo un impase para la Segunda Guerra Mundial. Los franceses que llegaron a Perú trajeron consigo un compromiso con el papel social que desempeñaba el oficial y la misión civilizadora del ejército. Indudablemente, todos habían leído dos de las obras literarias francesas de más influencia nunca antes publicadas, a saber: Du rôle social de l'officer (El papel social que desempeña el oficial) y Du rôle colonial de l'armée (El papel colonial que desempeña el ejército) por Hubert Lyautey, “el monárquico que creó un imperio para la República”.12 Lyautey y Goltz constituyen la influencia intelectual más significativa en la historia sobre la orientación interna del cuerpo de oficiales del Cono Sur. Los ensayos de Lyautey, especialmente el que mencioné primero, han sido los más citados, aludidos y plagiados en portugués y en español que otras fuentes aludidas o expresadas claramente en la literatura militar latinoamericana. El libro de Goltz permanece en la lista de lecturas profesionales, ya que este escritor lo ha confirmado numerosas veces desde aquel agradable encuentro en Buenos Aires.

Los oficiales franceses, especialmente si habían servido en África o Indochina, opinaban que los oficiales tenían la obligación de civilizar a aquellos bajo su mando, de educarlos y ser sus mentores morales y culturales — formar parte de la gran misión civilizadora de Francia. Pero en Perú, los que estaban bajo su mando no eran franceses ni asimilados locales, eran campesinos e indígenas analfabetos, que a menudo no hablaban el idioma oficial de su propia nación en armas. Los franceses y sus discípulos peruanos conocían sus desventajas desde el principio. Ni Bolivia ni Ecuador, ni mucho menos Chile, sino la topografía, raza, clima, cultura, demografía e idioma eran los enemigos que confrontaban durante sus labores cotidianas. Para formar un ejército, tenían que formar una nación.

Ahora bien, hasta cierto grado los mismos enemigos existían en cada uno de los países ABC. Centroamérica y el Caribe no eran tan diferentes, tampoco México, a pesar de que la Revolución incidiría en su ejército de manera singular. De hecho, las actividades de prusianización de la segunda generación en Colombia, Ecuador y El Salvador lograron que los oficiales de dichos países llegaran a muchas de las conclusiones de sus mentores chilenos. Históricamente hablando, a menudo los ejércitos de América Latina se han considerado ejércitos de ocupación en sus propios países a inicios de este siglo.

El papel tradicional, externo de los suramericanos pronto se convirtió en inseparable del papel interno de civilizar, educar, inspirar y modernizar. Dondequiera que el profesionalismo inspirado por los europeos echaba raíces, incluso si era solamente dentro del cuerpo de oficiales y para los fines propios del ejército, siempre lo hacía con ramificaciones internas. Por supuesto, éste también era el caso en Europa, pero ahí los enemigos internos eran ligeramente menos formidables que en América del Sur porque los sistemas políticos estaban arraigados más firmemente (a pesar de que esto puede debatirse con respecto a Francia y Alemania después de 1930). En Europa, la supremacía civil era en sí una tradición, pero en América del Sur su credibilidad disminuyó desde al principio gracias al pensamiento y la percepción que de sí mismos tenía el cuerpo de oficiales. El republicanismo de Brasil de 1889 a 1930, el sistema parlamentario de Chile de 1891 a 1925, el radicalismo argentino de los años entre 1916 a 1930 y la ruina política peruana entre 1919 y 1930 obligaría a que los profesionales militares igualaran las deficiencias de un país con la democracia cuando la participación en masa se convirtió cada vez más significativa a través de los movimientos popular-reformista, socialista y comunista.13

Para 1930, momento en el cual los brasileños habían sido completamente apartados de la influencia de corta duración de los jóvenes germanófilos antes de la Primera Guerra Mundial, los líderes militares del Cono Sur ya sabían lo que era el desarrollo nacional. Sus papeles internos se habían expandido en proporción tanto a la disminución en el nivel de amenaza de la guerra como al incremento de la actividad política por parte del pueblo. Esto fue oportuno, ya que fue durante este largo período de paz suramericana, entre el fin de la Guerra del Pacífico en 1884 y 1932, cuando Bolivia y Paraguay finalmente pusieron a prueba sus lecciones alemanas y francesas en la guerra del Gran Chaco (1932-1935), en la cual los ejércitos participaron intensamente desempeñando una variedad de papeles internos que oscilaban desde romper huelgas, dispersar disturbios, controlar protestas políticas, colonizar fronteras y el interior, construir carreteras — y derrocar gobiernos. Durante esos años, ningún país suramericano podía jactarse de una organización de la policía nacional capaz de controlar disturbios civiles a gran escala, guiados por la política. El aclamado Cuerpo de Carabineros de Chile, una creación italiana de la administración del General Carlos Ibáñez del Campo entre 1927 y 1931, era lo que más se asemejaba a una institución armada profesional dedicada exclusivamente a una misión interna.14 A nivel estatal, las Fuerzas Públicas de Brasil tenían el mismo propósito. Por lo tanto, desde el principio los cuerpos de oficiales profesionales en América del Sur, desempeñarían papeles internos importantes en países con serios problemas económicos y sociales, bajos circunstancias políticas intensas. Si bien los ejércitos no tenían asignadas funciones policíacas específicas, el desorden civil — y esto puede tener varios significados — los obligaría a tomar acciones en contra de los enemigos internos.

No constituye una marcha demasiado intensa de las protestas y disturbios, y el desorden interno de una naturaleza política de los años antes de la Segunda Guerra Mundial, a las confrontaciones armadas con enemigos internos más tarde en este siglo. Al igual que el marxismo-leninismo no brotó milagrosamente en la vida latinoamericana en Cuba en 1959, las actividades internas del militar profesional no son sencillamente el resultado de las causas del periodo después de la Segunda Guerra Mundial. La Guerra Fría y la Revolución Cubana no provocaron la crisis cívico-militar de los países ABC durante la segunda mitad de este siglo. La pobreza, miseria, analfabetismo y el atraso no fueron eliminados ni por las experiencias democráticas ni por las tramas de profesionalización militar que comenzaron hace un siglo, y los ejércitos profesionales en América del Sur han acumulado casi un siglo de experiencia desempeñando papeles asignados o autoasignados en asuntos internos. Su propia vinculación de defensa nacional a un orden y progreso interno, al igual que la voluntad de las figuras políticas de manipular “los mejores de la nación” lo hubiese provocado, incluso si el marxismo-leninismo nunca se hubiese considerado una amenaza. Dicha conclusión tan arrolladora, aunque sea tentadora, necesita algo de reserva.

Hace tres cuartos de siglo, cuando la misión francesa llegó a Río de Janeiro, en la revista militar más leída en ese momento, “La defensa nacional”, se publicó un artículo titulado “La misión militar extranjera: Bienvenida sea”.15 A pesar de su germanofilismo previo a la Primera Guerra Mundial, con base esencialmente en una rivalidad entre la Fuerza Pública de Saõ Paulo, los oficiales del ejército brasileño, especialmente los más jóvenes, estaban entusiasmados porque los franceses victoriosos se dirigían a Brasil. Dicho artículo publicado en una revista influyente fundada por los germanófilos constituyó el primer ejemplar de literatura castrense jamás analizado por este autor. Aún constituye un ensayo fundamental en la evolución de la literatura del ejército brasileño. El ejército derrotado de 1871 (que por dicha razón había apelado a los propios perdedores del Perú de la década de los 1880) resultaba atractivo en victoria a la única gran potencia que carecía de una lazo europeo. La capacidad de Brasil de adaptarse al modelo francés ayudó a prolongar en América del Sur los intangibles concomitantes a un legado militar continental europeo. La Guerra del Chaco haría otro tanto. También la prusofilia argentina y chilena, incluso ante el incremento de la influencia diplomática y económica de América del Norte. Los peruanos también se aferraron a sus tradiciones francesas. Por lo tanto, los cambios dieron lugar a cambios y simultáneamente reforzaron la tradición. El profesionalismo al estilo europeo se benefició de cada cambio.

Si las dos últimas afirmaciones tienen sustancia, las mismas conducen a preguntas acerca de qué constituye un cambio y cuáles influencias podrían detener los efectos del transcurrir del tiempo con relación a las influencias extranjeras en el papel interno que desempeña un ejército. El hecho de que tanto los pretorianos como los profesionales han desempeñado estos papeles no nos debe conducir a pensar que ambos lo están haciendo por las mismas razones. Resulta igualmente difícil llegar a conclusiones sobre el tema de “las relaciones cívico-militares en América Latina” al igual que proveer una definición histórica extensa de toda la región. Sin embargo, al asociar ciertas tendencias en el sector civil con otras en la institución castrense, podemos obtener una idea de qué significan los papeles internos para los profesionales y civiles durante el transcurso de nuestro propio siglo. Al hacerlo, podríamos distinguir más fácilmente los resultados a largo plazo provenientes de una variedad de influencias extranjeras.

Los cambios culturales y sociales en aquellos países donde la influencia militar europea directa era relativamente de larga duración, o se mantuvo después de la partida de los franceses y alemanes, dieron lugar a que los ejércitos se adaptaran, si bien a regañadientes, a los tiempos cambiantes. Sin embargo, la prolongación de las dicotomías sociales más re-presentativas de la primera parte del siglo significaba que la policía y los ejércitos de los países circumcaribeños, ni siquiera tenían que comenzar a pensar acerca de adaptarse a los tiempos cambiantes sino hasta mucho más tarde que sus contrapartes suramericanas. Desde el lado externo, nunca fue la intención de Estados Unidos de crear los tipos de ejércitos en la zona del Caribe que los europeos alguna vez habían añorado para sus propios países discípulos. Además, la presencia europea se había pedido, la norteamericana, aceptada. En América del Sur se aceptó con resignación después de 1945, si bien con protestas ocasionales.

El desarrollo económico en los países ABC no se comparará con el de la zona circumcaribeña, el nuevo mundo mediterráneo permanecía — para mezclar metáforas geopolíticas — una región balcanizada.16 La diversificación, en nacionalismo económico, el advenimiento del sindicalismo, las complejidades políticas sistémicas, la sofisticación de los medios de comunicación y cosas por el estilo asociadas con los tiempos cambiantes en América del Sur, no tenían comparación en el norte, salvo el gran salto hacia adelante del México revolucionario. El experimento del Mercado Común Centroamericano no pudo igualarse a la expansión y diversificación económica que disfrutaron la mayoría de los países suramericanos, ya sea independientemente o, como en la actualidad, en conjunto. La expansión de los sectores medios contribuyó en gran medida a una mayor inestabilidad política en América del Sur que en el norte. Lo mismo sucedió con la expansión de los distritos electorales. Una sociedad previa a la Primera Guerra Mundial se mantuvo en la mayor parte de la zona circumcaribeña hasta después de la Segunda Guerra Mundial, momento en que las diferencias entre los suramericanos, con tendencias europeas, y los caribeños y centroamericanos, influenciados por Estados Unidos, fueron más obvias.

Si bien hubo un progreso hacia el profesionalismo en el norte, los recursos fiscales, la influencia estadounidense y los diferentes ritmos del desarrollo social, económico, político y cultural excluirían el lograr niveles de desarrollo profesional tan característicos, históricamente, del sur de América del Sur. Los retos a las capacidades de adaptación de las fuerzas castrenses no eran lo suficientemente fuertes como para producir un conocimiento militar amplio como el que prevalece en la actualidad en el Cono Sur.17 Superficialmente, tanto los papeles internos como los externos se definen de manera semejante, pero el hecho permanece de que en, y alrededor del Nuevo Mundo Mediterráneo, las organizaciones castrenses — con algunas salvedades —continúan desempeñando papeles similares a aquellos que desempeñaron antes de la Segunda Guerra Mundial.

La defensa nacional en el norte no ha conservado el sabor continental que prevalece en los países ABC. Los problemas propios de Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Panamá y de Haití y Santo Domingo, hacen que las fuerzas de defensa estén mucho más orientadas internamente que externamente. Lo mismo debe decirse, al menos contemplarse, con respecto a Cuba, a pesar de las aventuras africanas de las décadas de los 70 y 80. En un reciente análisis de la literatura castrense profesional, quedó demostrado que los programas de acción cívica y de mantenimiento del orden (misión civilizadora y un papel social con un pretexto moderno), de hecho, son funciones encomendadas y aceptadas en la zona circumcaribeña, pero en práctica el militarismo profesional a un nivel de Cono Sur es imposible, ya que las condiciones nacionales y la influencia extranjera sencillamente no son comparables. A pesar del hecho de que, en teoría, todos los ejércitos latinoamericanos desempeñan el mismo papel, influencias históricas y contemporáneas excluyen su práctica dentro de la esfera de influencia norteamericana. Los papeles internos, indistintamente de cómo se definen, aún se desempeñan según una mezcla de condiciones internas, influencias extranjeras y el pensamiento y autopercepción profesional. Este último factor es el ingrediente institucional e histórico imprescindible, y en los países ABC y Perú, el pensamiento y autopercepción del cuerpo de oficiales se pueden comparar aún más a los modelos franceses y alemanes que al modelo norteamericano.

Un día, sólo unas cuantas semanas después de su discusión acerca de Goltz con el general argentino, este escritor estuvo leyendo una tarde acerca del Centro de Estudios Histórico-Militar en Lima. En la misma mesa, un colega de ciencias sociales de Inglaterra también analizaba ejemplares de la Revista Militar del Perú. Durante el transcurso de conversaciones frecuentes, el escritor y su colega estaban comparando opiniones y datos ya que, aparentemente, ambos estaban buscando la respuesta a la misma pregunta: ¿De dónde provienen los orígenes intelectuales del golpe de estado peruano de 1968?

Aquella tarde, el colega manifestó que había encontrado un documento el cual contenía la respuesta. Era, según él, un artículo publicado en 1952 titulado “La función social del ejército”. Al analizar su hallazgo y discutir con él las ramificaciones del escrito, el autor llamó a un conserje y le pidió que trajera la edición de 1933 de la revista donde aparecía dicha revelación. Unos minutos más tarde, se pudo comprobar que el escrito de 1952 era una réplica de un escrito redactado antes de la Segunda Guerra Mundial que se derivaba de la asignación de Lyautey del papel social a los oficiales y un papel colonial a los ejércitos.18 Las raíces de los movimientos militares de 1968 eran más profundas que la Guerra Fría o la fundación del Centro de Altos Estudios Militares.

Una manifestación de archivos como ésta muestra que resulta difícil abandonar viejas costumbres. También ilustra el posible significado del pensamiento y autopercepción profesional de estilo europeo, tanto en el cumplimiento del desempeño práctico de papeles internos como teóricos. Las condiciones nacionales que exhortan a los ejércitos a desempeñar un papel interno existen a lo largo de América Latina. Las respuestas profesionales a dichas condiciones son esencialmente iguales en teoría pero, en práctica, son diferentes y no hay evidencias de algo que se asemeje al militarismo profesional peruano, latente en 1933, manifestado 30 años más tarde, que surja de la esfera de influencia estadounidense. Apoyando una dinastía civil, aprovechándose de la acción civil, librando una guerra civil, contra-insurrección y la captura del poder a intervalos casi predecibles, simplemente no iguala los intentos de crear regímenes concebidos para administrar un país entero con base a un carácter distintivo militar derivado de fuentes europeas. El mantenimiento de un orden existente no iguala la imposición de un nuevo orden, las funciones de la fuerza de policía no presagian la creación de un estado policíaco. La policía y la guardia civil no pueden poseer tradiciones institucionales arraigadas como las que le permiten a los profesionales militares a convertirse en militaristas profesionales. Las influencias extranjeras no son todas iguales.

Tanto la Guerra Fría — en muchos aspectos una era cuyo significado quizás es aún mal interpretado en América Latina — como la presencia militar estadounidense — cuyo impacto, de hecho, se ha exagerado — reforzaron las misiones de los papeles internos que datan a inicios de este siglo. En los países ABC y en el Perú, dichos papeles eran un modelo de aquellos relacionados con, pero raramente desempeñados por, los ejércitos europeos.

La influencia militar estadounidense de ninguna manera dio lugar en Sudamérica al interés en los papeles internos, salvo quizás en Colombia y Venezuela. Los papeles internos que se desempeñaron más frecuentemente en Argentina, Brasil, Chile y Perú se han basado en compromisos con la misión civilizadora y el papel social. A menudo resentidos por la falta de capacidad de la policía de mantener el orden, los sudamericanos europeizados al final culpaban a los civiles de casi todos los defectos de sus países. Temerosos de una policía profesionalizada en calidad de posibles competidores de los escasos recursos y el poder atractivo, los ejércitos no apoyaron de una manera abrumadora la modernización de las fuerzas policíacas. Evidentemente, en América del Sur, el papel interno que desempeña un ejército se podría convertir fácilmente en uno que traslapara y duplicara las funciones de la policía en circunstancias excepcionales. Las circunstancias excepcionales cargadas de ideología, caracterizan la segunda mitad de este siglo.

La era después de 1945 agregó poca sustancia a las definiciones extintas de los papeles en la zona circumcaribeña. Al negárseles un balance de las influencias europeas y estadounidenses, las fuerzas de defensa ahí tenían menos legado del que depender cuando los políticos civiles y presidentes uniformados hacían un llamado para que protegieran un statu quo que en parte era su creación. Esto es en contraste directo con la situación en América del Sur donde, para la década de los 60, los oficiales tomaron acción para alterar el statu quo o al menos alterarlo. Sencillamente, no hay ningún caso de una institución armada en la zona circumcaribeña que contemple algo similar a lo que los argentinos, brasileños, chilenos o peruanos intentaron entre 1964 y 1990.

La literatura profesional corrobora dicha aseveración. El resultado neto del conflicto ideológico de la Guerra Fría fue, en el análisis final, tanto la simplificación de los papeles internos en gran parte de la zona circumcaribeña, como su complicación en América del Sur. Salvedades a dicha conclusión se pueden hacer para Paraguay, cuyas relaciones cívico-militares se asemejan más a las de Nicaragua y Santo Domingo que a las de los países aledaños. Asimismo, México es una excepción a la mayoría de las conclusiones que se han llegado aquí, y Bolivia constituye un caso de profesionalismo caducado, influenciado por Europa a causa de trastornos internos y un vil subdesarrollo.

Hasta el momento, hemos empleado como ejemplos fracasos geográficos e históricos para examinar los orígenes y la naturaleza de las influencias extranjeras en los ejércitos de América del Sur y la zona circumcaribeña. Se han aludido otras dos perspectivas y las mismas deben tratarse antes de proceder a especular sobre las ramificaciones presentes y futuras de la influencia extranjera. Hay países que han pasado ya sea por una experiencia prolongada revolucionaria o una pretoriana.

Hace 23 años este autor tuvo la oportunidad de hacer una presentación acerca de la intervención militar en América Latina durante una reunión profesional.19 En su resumen, declaró que si la institución castrense podía hacer lo que había hecho (seis meses antes) en Chile, lo podía hacer en cualquier parte de la región. En la sesión de preguntas y respuestas inmediatamente después de los comentarios de los eruditos, uno de ellos entre el público preguntó si había sido la intención del escritor de incluir a México en su conclusión arrolladora. Cuando el escritor respondió afirmativamente, el presidente del panel (un partidario del mexicanismo) lo miró fijamente diciéndole con su mirada: “¡En México jamás!”. Tomando en cuenta todas las excepciones, México desde inicios de los años 1990, se ha convertido cada vez más como los demás países latinoamericanos que en ningún otro momento desde 1910. Antes, el Ejército de México era uno de ocupación al estilo pretoriano, semejante a los de la zona circumcaribeña. Lo que destaca a México por tanto tiempo durante este siglo es la Revolución, una experiencia única, prolongada, a través de las generaciones y que fomentaba el carácter, la cual seguía el estilo y la promulgación de la Constitución de 1917. En este sentido, México, sus relaciones cívico-militares y la orientación interna de su ejército tienen más en común históricamente con Bolivia después de 1952, Cuba después de 1959 y Nicaragua entre 1979 y 1989 que con Sur América o el resto de la zona circumcaribeña. Pero por otra parte es un rechazo a una influencia extranjera cercana (y dispuesta) que caracteriza el desarrollo de la profesión castrense mexicana. No todas las influencias extranjeras son iguales.

En Nicaragua Somozista (1937-1979), Paraguay Stroessneriano (1954-1989), Santo Domingo Trujillista (1930-1961) y Haití Duvallieriano (1957-1986), las dinastías familiares, los clanes y las pandillas controlaban a los ejércitos y a las guardias nacionales, burlándose del profesionalismo. Todos, salvo uno de estos ejemplos, cayeron dentro de la órbita estadounidense; la singular historia de Paraguay la coloca dentro, y a la vez fuera, de la esfera de influencia europea. Venezuela bajo Juan Vicente Gómez (1908-1935), luego Marcos Pérez Jiménez (1948-1958) y Panamá bajo Omar Torrijos (1968-1978) pueden ser igualmente considerados miembros de esta categoría pretoriana, como lo son Ecuador, Colombia, Bolivia y Uruguay del grupo europeizado sudamericano, y como lo son El Salvador, Guatemala y Honduras del grupo circumcaribeño influenciado por EE.UU. Por lo tanto, al analizar las influencias extranjeras sobre la definición y cumplimiento de los papeles internos, además de las aptitudes históricas y geográficas del profesionalismo, debemos tomar en cuenta el control pretoriano y revolucionario de las fuerzas armadas, al igual que un número de excepciones: Ninguna proeza mediocre para una región tan compleja como América Latina.

Sabemos que en el Cono Sur la profesionalización al estilo europeo ayudó a crear una identidad institucional, una separación con base en la educación, misión y el logro de más rango a través del mérito. El cuerpo de oficiales verdaderamente profesionalizado cuenta con una teoría base sólida con la cual se puede considerar parte de y, a la vez, apartado de la sociedad a la que sirve. Los sistemas pretorianos y los regímenes revolucionarios envuelven al militar. Pero éste convierte a las fuerzas armadas en parte de un proceso ideológico y revolucionario en el que la educación profesional y la orientación se basan alrededor de la defensa de la revolución como sinónimo a la defensa de la patria. Las razones históricas, políticas y económicas lo convierten en esencial, ya que las revoluciones son amenazadas tanto desde adentro como desde afuera. Las fuerzas de reacción y las influencias extranjeras antirrevolucionarias están por todas partes. Los cubanos pueden haber luchado en África, pero también defendieron su patria en contra de disidentes interno, exilados e “imperialistas Yankees”. Los nicaragüenses tuvieron que luchar los contras entre 1979 y 1989. Los bolivianos uniformados fueron finalmente absorbidos por la revolución casera de 1952, mediante la reconstrucción de su ejército, luego se convirtieron en intérpretes significativos de dicha revolución desde mediados de la década de los sesenta en adelante.

Indistintamente de los sucesos del futuro, no puede haber un retroceso completo del reloj en los logros revolucionarios significativos tales como la reforma agraria, el nacionalismo económico (en distintos grados y según el lugar) y la reforma social. El colapso de los esquemas marxistas-leninistas en Europa puede que constituyan o no un presagio para el desmantelamiento futuro de la estructura económica de Cuba. El fracaso de los partidarios de los esquemas socioeconómicos en América del Sur de ninguna manera constituye un presagio a la inminente privatización de la industria minera de estaño en Bolivia, al menos aún no. El desalojamiento de los Sandinistas en 1989 no significa que todo por lo que lucharon se desvanecerá.

La reconstrucción del ejército mexicano (llevado a cabo con aportes mínimos por parte de EE.UU.) que tuvo lugar a la par de la institucionalización de la Revolución, resultó en un acoplamiento eficaz del ejército al gran movimiento de México.20 Los papeles internos del ejército fueron definidos, ante todo, por su existencia en calidad de fuerza revolucionaria, parte de la “familia revolucionaria” dentro del partido oficial. Indistintamente de su nivel profesional, bien adentrado en este siglo el Ejército Mexicano se mantuvo incapaz de ofrecerle a los mexicanos ninguna alternativa preferible a la política y al gobierno revolucionario. La imagen del ejército aún depende, en gran medida, de sus lazos revolucionarios y sus capacidades de acción cívica, y no en ninguna influencia ideológica o profesional extranjera. Los papeles internos codificados — abundantes durante emergencias — no han exhortado a los líderes del ejército a imponerse a sí mismos en contra de los deseos del régimen. El hacerlo sería contrarrevolucionario y, a pesar de los problemas actuales de México, en contra del consenso popular.21 La proximidad del México revolucionario a Estados Unidos (después de todo, un enemigo del siglo XIX) no ha dado como resultado la creación de un establecimiento de la defensa concebido para contrarrestar la agresión desde afuera, a menos que se tomen seriamente en consideración las fuerzas ubicadas cerca de Guatemala. Los éxitos revolucionarios en los asuntos socioeconómicos han impedido todo movimiento de insurrección exitoso. El marxismo-leninismo nunca ha resultado ser una alternativa factible para la revolución casera. Por lo tanto, la alternativa imprescindible aún está estrictamente limitada en México. De más está decir que esto pueda cambiar ya que, según se afirmó anteriormente, desde 1910 México nunca se había parecido más al resto de América Latina.

Ni Cuba ni Nicaragua han gozado de la posición privilegiada del México revolucionario dentro de la órbita de influencia de Estados Unidos. La razón principal de ello es que no lograron una categoría de revolucionarios hasta que la Guerra Fría estaba bien avanzada, cuando el espectro del marxismo-leninismo cobraba mucha importancia en el Istmo y en el Caribe. Por lo tanto, la defensa de sus revoluciones en las etapas pre-institucionales críticas significaba una confrontación con una potencia mundial, no una confrontación cansada de la guerra, aislacionista, hemisférica y ambivalente como en el caso de México. Los papeles internos que desempeñan sus ejércitos han sido más limitados por la ideología y los mitos revolucionarios extranjeros que en el caso de México. El haberse opuesto a los Castros y Ortegas hubiera sido suicida al igual que contrarrevolucionario. Por lo tanto, los papeles internos en Cuba y Nicaragua, y en Bolivia y México han sido formulados tanto por dogma importada como interna en maneras muy diferentes a los países ABC y el Perú.

Evidentemente, el pretorianismo no ha sido limitado a la zona circumcaribeña. ¿Es posible que el personalismo prevalezca en una esfera europea donde, aparentemente, décadas de profesionalismo lo debería excluir? Los casos de la Argentina de Juan Perón (1946-55), el Perú de Juan Velasco Alvarado (1968-75) vienen a la mente. Al igual que el Chile de Augusto Pinochet Ugarte. La duración de una ocupación, excedida solamente por semejantes como Juan Vicente Gómez, Rafael Trujillo, Anastasio Somoza y Alfredo Stroessner logró que el ejército chileno pudiera evitar cobrar un matiz de personalismo. El cuerpo de oficiales de la década de los 90 es una creación de los años de Pinochet. Su educación, modo de pensar, sabiduría y definición de los papeles es un resultado de la catarsis nacional de 1973 y las medidas tomadas para asegurar y defender la patria en contra de todo enemigo interno. La profundidad y envergadura de la participación en asuntos internos le brindó a los chilenos una experiencia del militarismo profesional que durará por lo menos una generación. Las influencias extranjeras que datan de los días de los kayser tuvo un efecto en el ejército chileno de la Guerra Fría — y después.

Muchos uniformados consideran este legado como un resultado tanto del liderazgo a la fuerza a la Francisco Franco de Charles de Gaulle como de la experiencia y tradición profesional.22

Algunos resienten la falta de reconocimiento de los civiles, especialmente los antiguos aliados políticos, de las iniciativas de los ejércitos de modernizar la infraestructura y la tecnología de un país que lo necesitaba profundamente. Por dichas razones y otras, algo parecido a un culto rodeó a Pinochet durante sus últimos meses como comandante en jefe. Esto le dio una nueva dimensión al caudillismo militar, e indica que puede que no sea algo del pasado. Recientes acontecimientos en Argentina, Perú y Venezuela muestran que el caudillismo podría perdurar en nuevas formas en aquellos países donde está ocurriendo una redemocratización. De ser así, los papeles internos para los ejércitos profesionales quizás sean factibles. Y si lo son, las influencias externas de una naturaleza histórica merecen un examen a fondo continuo.

¿Y el mañana? En este momento resulta peligroso predecir el futuro. El fin de la Guerra Fría y los experimentos en la redemocratización sucedieron tan cerca al encuentro quincentenial que algunos observadores llegaron a la conclusión que la democracia es (una vez más) la ola del nuevo paradigma. Los acontecimientos en Europa destacan el peligro de dichas conclusiones. En los Balcanes, el Báltico, las repúblicas Cáucasas, en la misma Rusia, los ejércitos se están imponiendo como los garentes del orden. Las diferencias étnicas y religiosas, mudas durante la existencia de la U.R.S.S. y Yugoslavia — y anteriormente, los imperios Austro-Húngaros y Rusos — o vigilados permanentemente en el Medio Oriente antes de la Segunda Guerra Mundial — ahora amenazan con separar a las democracias novatas a través de Eurasia y continuar molestando a todos los estados autoritarios por todas partes. La democracia en su apariencia actual de ninguna manera es inevitable.23 Todo esto indica que los ejércitos en esas partes del mundo, ya sea que estén o no preparados, desempeñarán papeles internos de maneras significativas. Esto podría incluir las funciones de policía. Donde existe un fuerte sentido de la profesión, el militarismo y el caudillismo no pueden descartarse a la ligera.

Aparentemente, ni la democracia ni el control civil de las fuerzas armadas confrontan un futuro prometedor en África y Asia. Esto significa que probablemente los papeles internos no disminuirán allí. El camino tortuoso de un gobierno militar a uno civil que emprendieron los africanos durante la década de los 90 sirve como ejemplo de que el gobierno y la política africana en gran parte continuarán como lo han hecho desde la independencia: como un adjunto de las relaciones cívico-militares y no viceversa. Lo mismo podría decirse de Turquía, Pakistán y otros países del mundo islámico.

Durante los años inmediatamente después de la Guerra del Golfo, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, hasta ese entonces bastiones de las relaciones cívico-militares adecuadas, también estaban rodeadas de controversias. El diseño y la puesta en práctica de los nuevos papeles externos fueron lo suficientemente controversiales, y las sugerencias de que un papel interno experimental era adecuado se tomaron más en serio que nunca desde 1941. La involucración de las fuerzas armadas en controversias que tiene que ver con las mujeres en combate y los homosexuales en uniforme (mucho menos en combate) logró que el Ejército se acercara más a los asuntos socioculturales y políticos nacionales que lo que logró la guerra de Vietnam. El escándalo Tailhook logró lo mismo para la Armada. Durante esta década, controversias similares han plagado a la Fuerza Aérea y al Cuerpo de Infantería de Marina. En 1993, un nuevo presidente se involucró en controversias cívico-militares a causa de sus opiniones cuando era joven en contra de Vietnam y su apoyo a los derechos y obligaciones de los homosexuales uniformados. Dichos temas — nunca antes escuchados en América Latina — pusieron de relieve a las Fuerzas Armadas estadounidenses al criticismo y observación, y obtuvo el apoyo de los civiles. También lograron que algunos sudamericanos consideraran a EE.UU. como un aliado no confiable, y que personal estadounidense opinara acerca de las relaciones cívico-militares de una manera que se asemejaba al trato de asuntos controversiales en las revistas militares de América Latina.

Por ejemplo, en la edición de noviembre de 1992 de la Gaceta del Cuerpo de Infantería de Marina apareció un escrito titulado “Tailhook: El tema más importante”.24 En dicho artículo, el autor comparó la reacción de este episodio de hostigamiento sexual, que fue documentado durante una celebración de la Armada en el verano de 1992, a un asalto de guerra subversiva por parte de feministas en las Fuerzas Armadas. “El campo de batalla”, según el autor, “era la cultura y el campo de batalla estratégico radica entre la cultura judeo-cristiana occidental por una parte y una ideología en busca de la destrucción de la cultura por otra. El feminismo constituye un elemento en la coalición, y los feministas consideran a los militares como un bastión de la cultura occidental tradicional”, destacó. Tales opiniones se asemejan a aquellas de los escritores militares del Cono Sur que miran con nostalgia al antiguo profesional influenciado por Europa como parte de su bella época. Las influencias extranjeras pueden fluir en más de una dirección, ¿no es así?

El desempeño de los papeles internos militares no siempre tiene que fluir de un golpe de estado. No obstante, si a un ejército se le involucra en controversias de una naturaleza sociocultural y política, resulta sumamente difícil mantener las relaciones entre los oficiales y soldados, políticos y civiles en un statu quo ideal de confianza mutua. La mayoría de las partes del mundo están comenzando una nueva era de relaciones cívico-militares. De hecho, América Latina no es la excepción, ni tampoco EE.UU. Esto no significa la muerte de los militares en calidad de grupo de interés político. Tampoco disminuye la importancia de las influencias extranjeras históricas o contemporáneas en calidad de variantes en la evaluación del comportamiento político. Dichas observaciones tienen que ver con los países ABC y con Perú, al igual que en otros lugares.

Con el fin de la Guerra Fría y la revelación de los intentos frustrados de los experimentos en profesionalismo militar en el Cono Sur para imponer ideales y valores militares en la población civil resistente y fuerte, dos características diferencian el presente y el futuro cercano del pasado. Por primera vez en medio siglo, las transiciones latinoamericanas hacia gobiernos civiles, concebidos por voto popular, están ocurriendo en un ambiente ideológicamente neutral. Los oficiales de ejército adiestrados a temer y detestar el marxismo, como quiera que se le llame, no pueden mencionar a la “Amenaza Roja” como una justificación de sus acciones. Tampoco pueden justificar sus acciones alegando que sólo ellos cuentan con la experiencia para solucionar grandes problemas nacionales. Los fracasos del periodo del cuarto de siglo de 1964 a 1989, son testigo de ello en Argentina, Brasil y Perú: guerra, economías destruidas y disidencia interna. Intentos por parte de coroneles argentinos y venezolanos para derrocar líderes civiles y las posturas calculadas de los uniformados guatemaltecos y peruanos durante crisis recientes, han revelado que, por el momento, el apoyo civil a una nueva participación militar en el gobierno no es muy sólido en la región. Esto no significa que permanecerá así de manera permanente.

Puede que las instituciones civiles den muestras que no son capaces de lidiar con los distintos dilemas latinoamericanos. El hecho de que gran parte de dichos dilemas no son tan característicos de la región da lugar a dudas. Estrictamente hablando, quizás el mundo no es más chico, pero los problemas económicos, del medio ambiente y sociales pueden que, ahora más que nunca, se asemejen de continente a continente. Si los civiles vacilan en la redemocratización de América Latina y en mejorar las condiciones humanas, ¿qué sucederá? ¿Cuáles influencias extranjeras emplearán y cuáles rechazaran los líderes militares?

Incorporados a los sistemas constitucionales latinoamericanos y los presupuestos nacionales importantes para la restauración del gobierno y la política civil, se encuentran los posibles papeles militares profesionales aún más complicados que en el pasado.25 El desorden interno, indistintamente del tipo que sea, permanece bajo la jurisdicción final de las fuerzas armadas. Este es el caso en el Cono Sur, donde los argentinos, brasileños, chilenos y peruanos — los arquetipos europeizados — vigilan lo que ocurre en la esfera civil.

Reacios a implicarse demasiado en los intentos para frustrar el Sendero Luminoso, los oficiales peruanos comprendieron la “de-redemocratización” de la política civil y el gobierno por parte del Presidente Alberto Fujimori a inicios de esta década. Nunca tuvieron mucha fe en ninguno de los dos — ni tampoco estaban muy encantados con él. Ellos se atribuyen, mereciéndolo o no, el haber derrotado al Sendero Luminoso y por la resolución de 1997 relacionada con el incidente de rehenes en la Embajada del Japón provocado por los Tupac Amaru. Costa abajo, un consejo de seguridad nacional aún cuenta con amplios poderes sobre la actividad política chilena. Un comité principal de oficiales del ejército aún asesora a su comandante en jefe en todos los asuntos nacionales e internacionales. El ejército da muestras de gran interés en la sucesión presidencial del año 2000. A través de los Andes, escarmentados por su pobre rendimiento en la Guerra de las Malvinas y sus flagrantes abusos de los derechos humanos entre 1976 y 1982, los líderes militares argentinos están temporalmente en reposo. No es de sorprenderse que algunos a quienes se les conocía como “jóvenes oficiales”, coroneles como Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín, se mostraron impacientes con sus superiores y atacaron, estilo cuartelazo, en contra del liderazgo tanto civil como militar que estaba guiando a las fuerzas armadas hacia un papel internacional de mantenimiento de paz, lejos de uno interno y político. Y al norte, en Brasil, el ejército aún tiene mucho que perder en los laberintos del gobierno civil y la política mediante escándalo tras escándalo. La Interiorizaçao, uno de los sueños del ejército, se ha enredado en un desastre ecológico y medioambiental de proporciones mundiales. Las fronteras de Brasil aún tienen que defenderse, no en contra de los bolivianos, paraguayos o venezolanos, sino, según dicen algunos, en contra de organizaciones extranjeras, no gubernamentales y empresarios, tanto nacionales como internacionales, y sus aliados brasileños.

En pocas palabras, a pesar de los fracasos manifestados del militarismo profesional, los ejércitos en América Latina han surgido de la época de 1974 a 1989 en una posición más poderosa que la que disfrutaban durante las etapas iniciales de la Guerra Fría. Las técnicas disponibles a los líderes militares que consideran necesario brindar soluciones a los problemas nacionales, no incluirán (por ahora) el golpe de estado, pero esto no significa que no cuentan con los medios. Los medios conllevan a un fin, al igual que las medidas tácticas conllevan a metas estratégicas. América Latina, desde el Río Bravo hasta el Cabo de Hornos ya no es un campo de batalla de la Guerra Fría. Estados Unidos es un gigante hemisférico ambivalente.26 Los modelos europeos de todo tipo compiten de manera diferente con los modelos estadounidenses. Los medios de comunicación electrónicos casi erradican el aislamiento relativo de la región. El quincenial ha pasado. Se vislumbra un nuevo siglo.27 Más allá de las que hemos mencionado, ¿hay otras influencias externas concebibles que afecten a los ejércitos del Cono Sur, especialmente con respecto a sus papeles internos?

A inicios de esta década, durante tres años, el escritor le preguntó lo siguiente a ciertos oficiales chilenos de alto rango: “¿Quién es el enemigo ahora que el marxismo-leninismo ya no constituye una amenaza para su patria?” En 1991, las respuestas habían sido cautelosas: El comunismo aún puede resurgir. Pero en el quincenial y nuevamente en 1993, con el imperio soviético en un estado de desplome y Boris Yeltsin tratando de agarrarse bien (de una manera muy parecida a la de los fundadores hispanoamericanos de la nación del siglo XIX), las respuestas rodaron. Los enemigos de la patria eran sermoneados por oficial tras oficial, no siempre en el mismo orden. La pornografía, las drogas, la homosexualidad, el sexo premarital, el aborto, el feminismo (no los derechos de la mujer), la importación de culturas ajenas a través de los medios electrónicos, el consumismo y el materialismo, la destrucción de los valores familiares y el “internacionalismo”. La socavación de los valores nacionales por fuerzas tanto fuera como dentro del país constituye una amenaza identificable a la seguridad pública y nacional, a la existencia de la patria. Dichos “enemigos” no son de Chile solamente.28 La presencia de dichas influencias fomenta un papel interno tan complicado como cualquiera en el advenimiento de la era del profesionalismo militar durante la última parte del siglo pasado o durante el apogeo del profesionalismo militar 100 años después. Si bien resulta insensato descontar las influencias extranjeras en los ejércitos de los países ABC durante las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial, no sería muy sensato hacerlo ahora, basando nuestras esperanzas para el futuro en la influencia percibida de Estados Unidos en América del Sur.

A pesar de que el caso chileno es un extremo, el potencial para las influencias extranjeras en los ejércitos profesionales y sus papeles internos no ha desaparecido del Cono Sur. Más de un oficial alega que la subversión sí continúa, el desorden acompaña a la democracia y la libertad engendra el libertinaje. Las influencias extranjeras en el profesionalismo militar y en el militarismo profesional no son, de ninguna manera, algo del pasado en Latinoamérica.

NOTAS:

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