Persona y convivencia humana

Antropología. Formación y desarrollo personal. Moral. Dignidad. Individualidad. Comportamiento. Socialización. Hábitos

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Asignatura:

Educación Moral y Cívica

Curso:

4to. de Bachillerato A

Tema:

Fecha:

Viernes 24 de noviembre del 2000

Y

un hombre dijo: Háblanos del Conocimiento de Sí Mismo. Y él respondió diciendo:

Vuestro corazón conocen en silencio los secretos de los días y de las noches.

Más vuestros oídos ansían oír lo que vuestro corazón sabe.

Deseáis conocer en palabras aquello que siempre conocisteis en pensamiento.

Deseáis tocar con los dedos el cuerpo desnudo de vuestros sueños.

Y es bueno así deseéis.

La fuente secreta de vuestra alma necesita brotar y correr, murmurando, hacia la mar.

Y el tesoro de vuestras profundidades ilimitadas necesita revelarse a vuestros ojos.

Pero no uséis balanzas para pesar vuestros tesoros desconocidos.

Y no procuréis explorar las profundidades de vuestro conocimiento con varas ni con sondas.

Porque vuestro Yo es un mar sin límites y sin medidas.

El Profeta

(Gibran Khalil Gibran)

En nuestro tiempo se da como nota distintiva la revalorización de la persona humana. Todo cuanto mira al bien de la persona, al hombre mismo en toda su dignidad, como hijo adoptivo de Dios, salvado y redimido por el Creador mismo, es considerado como base y fundamento de la moral. Tenemos ya una moral personalista, que ha de regir al hombre en sus relaciones consigo mismo, con los demás hombres y con el Padre.

Ante esta realidad, nos hemos de preguntar ¿Cuál será la mejor forma de lograr la aceptación pública y del Señor sin dejar a un lado mis criterios? La respuesta a esta pregunta se encuentra en las páginas de este breve trabajo. En el mismo, hablaremos acerca de conceptos como “persona” e “individualidad” y el desarrollo de esta última. La proposición de técnicas o soluciones para mantener una buena convivencia, también forman parte del contenido de esta ponencia.

Al final, nuestra conclusión.

Iniciamos un tema que, quizás, es uno de los más debatidos por muchos y poco conocido por todos. Creemos que sabemos todo lo relacionado a nuestra persona, pero los años nos demuestran que cada día aprendemos algo nuevo de nosotros mismos. Este trabajo trata de reflejar este planteamiento, mediante la exposición de argumentos válidos que confirman nuestra postura.

Quisiéramos comenzar con una breve definición de “persona” que más adelante, será un inciso a desglosar. Llamamos “persona” a un individuo dentro de la especie humana. Todo hombre, por ser un individuo dotado de razón, responsable de sus actos, capaz de perfeccionamiento, es persona. Con este pequeño preámbulo, podemos iniciar el desarrollo de los aspectos a tratar en esta ponencia.

La definición de persona puede estudiarse desde dos ángulos: antropología y derecho. Veamos los conceptos:

Persona, en antropología, (del latín personam, `máscara') es un conjunto de componentes (atributos o cualidades) que constituyen un ser humano en su totalidad.

En la antigua Grecia y Roma los actores dramáticos utilizaban una máscara con una especie de bocina que aumentaba la voz con la finalidad de ser escuchados por los espectadores. En aquella época se denominaba `persona' al hombre o mujer que portaba esta máscara y al papel que representaba. Desde entonces, antropólogos, psicólogos y sociólogos han asociado el concepto de persona al rol o papel que cumple el ser humano en la sociedad. El psiquiatra Carl G. Jung remite al significado etimológico y define a la persona como “máscara de la personalidad”, lo que todo individuo aparenta. Para el antropólogo social Radcliffe-Brown, es el “componente de la estructura social ocupante de posiciones en la sociedad”.

En La mentalidad primitiva (1922), el antropólogo francés Lucien Lévy-Bruhl llegó a la conclusión de que la cualidad de persona en un individuo se caracteriza porque actúa según una `ley de participación', ya que no es un elemento diferenciado de las cosas que le rodean. Los estudios de su colega y compatriota Marcel Mauss se centraron en las variaciones de identidad y reconocimiento de la `persona humana', según los distintos estados o momentos sociales que atraviesa. En Do Kamo (1947), el antropólogo francés Maurice Leenhardt retomó ambas concepciones y definió a la persona como “conjunto de participaciones vividas con el entorno mítico y social”. La persona es un “centro vacío” que sólo adquiere sentido y significación en su relación con el otro.

Algunos autores diferencian los conceptos de persona e individuo. En la década de 1970 la noción de persona surgió como entidad unida al proceso social en evolución, es decir `como proceso en sí', concepción que se oponía a la de individuo como `entidad separada' pero que participa de la estructura social. Hoy ser una persona implica también reconocer su `derecho a los derechos humanos'.

Persona, desde el punto de vista jurídico, en sentido estricto es el ser humano, en cuanto se considera la dignidad jurídica que como tal merece. Hay un deber general de respeto a la persona que cuando se infringe, origina acciones declarativas (tendentes a exigir la identificación frente al desconocimiento), negativas (orientadas a reprimir o impedir confusiones con otras personas, falsas atribuciones y simulaciones) e indemnizatorias, es decir aquellas que persiguen el resarcimiento de daños ocasionados a la misma. Consustancial con la persona es la capacidad jurídica, entendida como aptitud para ser titular de derechos y obligaciones. Junto a las personas físicas se reconoce la existencia de personas jurídicas, como las corporaciones, las asociaciones y las fundaciones.

La individualidad es el conjunto formado por pautas de pensamiento, percepción y comportamiento relativamente fijas y estables, profundamente enraizadas en cada sujeto.

La individualidad es el término con el que se suele designar lo que de único, de singular, tiene un individuo, las características que lo distinguen de los demás. El pensamiento, la emoción y el comportamiento por sí solos no constituyen la individualidad de un individuo; ésta se oculta precisamente tras esos elementos. La individualidad también implica previsibilidad sobre cómo actuará y cómo reaccionará una persona bajo diversas circunstancias.

Las distintas teorías psicológicas recalcan determinados aspectos concretos de la individualidad y discrepan unas de otras sobre cómo se organiza, se desarrolla y se manifiesta en el comportamiento. Una de las teorías más influyentes es el psicoanálisis, creado por Sigmund Freud, quien sostenía que los procesos del inconsciente dirigen gran parte del comportamiento de las personas. Otra corriente importante es la conductista, representada por psicólogos como el estadounidense B. F. Skinner, quien hace hincapié en el aprendizaje por condicionamiento, que considera el comportamiento humano principalmente determinado por sus consecuencias. Si un comportamiento determinado provoca algo positivo (se refuerza), se repetirá en el futuro; por el contrario, si sus consecuencias son negativas —hay castigo— la probabilidad de repetirse será menor.

Formación y desarrollo

Herencia y ambiente interactúan para formar la individualidad de cada sujeto. Desde los primeros años, los niños difieren ampliamente unos de otros, tanto por su herencia genética como por variables ambientales dependientes de las condiciones de su vida intrauterina y de su nacimiento. Algunos niños, por ejemplo, son más atentos o más activos que otros, y estas diferencias pueden influir posteriormente en el comportamiento que sus padres adopten con ellos, lo que demuestra cómo las variables congénitas pueden influir en las ambientales. Entre las características de la individualidad que parecen determinadas por la herencia genética, al menos parcialmente, están la inteligencia y el temperamento, así como la predisposición a sufrir algunos tipos de trastornos mentales.

Entre las influencias ambientales, hay que tener en cuenta que no sólo es relevante el hecho en sí, sino también cuándo ocurre, ya que existen periodos críticos en el desarrollo de la individualidad en los que el individuo es más sensible a un tipo determinado de influencia ambiental. Durante uno de estos periodos, por ejemplo, la capacidad de manejar el lenguaje cambia muy rápidamente, mientras que en otros es más fácil desarrollar la capacidad de entender y culpabilizarse.

La mayoría de los expertos cree que las experiencias de un niño en su entorno familiar son cruciales, especialmente la forma en que sean satisfechas sus necesidades básicas o el modelo de educación que se siga, aspectos que pueden dejar una huella duradera en la individualidad. Se cree, por ejemplo, que el niño al que se le enseña a controlar sus esfínteres demasiado pronto o demasiado rígidamente puede volverse un provocador. Los niños aprenden el comportamiento típico de su sexo por identificación con el progenitor de igual sexo, pero también el comportamiento de los hermanos y/o hermanas, especialmente los de mayor edad, puede influir en su individualidad.

Algunos autores hacen hincapié en el papel que cumplen las tradiciones culturales en el desarrollo de la individualidad. La antropóloga Margaret Mead convivió con dos tribus de Guinea y mostró esta relación cultural al comparar el comportamiento pacífico, cooperativo y amistoso de una, con el hostil y competitivo de la otra, pese a tener ambas las mismas características étnicas y vivir en el mismo lugar.

Aunque tradicionalmente los psicólogos sostienen que los rasgos de la individualidad de un individuo se mantienen estables a lo largo del tiempo, recientemente se cuestionan este enfoque, señalando que los rasgos existían sólo en la óptica del observador, y que en realidad la individualidad de un individuo varía según las distintas situaciones a las que se enfrenta.

Tests

La entrevista personal, el método más utilizado para conocer la individualidad, es el medio para obtener un informe sobre el pasado, presente y previsibles reacciones futuras de un individuo en concreto. La mayoría de las entrevistas son desestructuradas, pero algunas emplean una serie de `preguntas tipo' siguiendo una secuencia dada. Los entrevistadores más experimentados ponen atención en lo que manifiesta verbalmente el individuo entrevistado, pero también atienden a otros elementos de expresión no verbal, como gestos, posturas, silencios, etc.

La observación directa, ya sea en su contexto natural o en laboratorio, trata de recoger sistemáticamente las reacciones del individuo ante situaciones cotidianas, y sus respuestas típicas hacia las personas, o bien de manipular experimentalmente situaciones artificiales para medir su respuesta frente a esas condiciones controladas en laboratorio. Como fuente de información, también son útiles los relatos de aquellas personas que han observado al individuo en el pasado.

Los métodos codificados de evaluación psicológica de la individualidad (los tests de individualidad), se basan generalmente en cuestionarios de preguntas cerradas sobre hábitos personales, creencias, actitudes y fantasías (pruebas psicométricas), o bien en técnicas proyectivas, en las que el individuo responde libremente ante estímulos no estructurados o ambiguos, a través de las cuales reflejará los aspectos más profundos y menos controlados de su individualidad. El test de Rorschach, la prueba proyectiva más famosa, consiste en una serie de manchas de tinta sobre las que el sujeto manifiesta sus percepciones. Del análisis de sus manifestaciones, a través de complejos sistemas de codificación y de interpretación, el analista deduce aspectos esenciales de la dinámica de la individualidad del individuo.

Trastornos

Los trastornos de la individualidad suelen ser afecciones duraderas, que se pueden caracterizar por falta de flexibilidad o inadaptación al entorno, que ocasionan frecuentes problemas laborales y sociales, y generan molestias y daños a la propia persona y a los demás. Hay muchos tipos de trastornos de la individualidad: la paranoide, por ejemplo, es característicamente suspicaz y desconfiada; la histriónica tiene un comportamiento y una expresión teatrales y manipuladores hacia los que conviven con ellos; la individualidad narcisista tiende a darse una gran importancia y necesita de una constante atención y admiración por parte de los demás; por último, las individualidades antisociales se caracterizan por su escasa conciencia moral, violando los derechos ajenos y las normas sociales, incluso sin beneficio para ellos mismos.

Las diferencias entre la persona y los demás seres vivos es, básicamente, una: la existencia del pensamiento lógico y racional. Sin embargo, hay otras diferencias que valen la pena estudiar. He aquí algunas de ellas:

Comportamiento

Las adaptaciones fisiológicas que hicieron de los seres humanos animales más flexibles que otros primates, permitieron el desarrollo de una amplia variedad de capacidades y una versatilidad en el comportamiento que no tiene comparación en el resto del mundo animal. El gran tamaño del cerebro, su complejidad y maduración lenta, junto con el desarrollo neurológico a lo largo de los doce primeros años de vida, proporcionó la base para que el comportamiento estereotipado e instintivo pudiera ser modificado a través del aprendizaje. Los cambios en el medio se afrontaron mediante ajustes rápidos y no a través de una selección genética lenta, con lo que la supervivencia se hizo posible en condiciones extremas y en una amplia variedad de hábitats sin necesidad de una diferenciación adicional de la especie; sin embargo, cada recién nacido, que nace con pocos rasgos innatos y con una gran potencialidad de desarrollo del comportamiento, debe tener un proceso de aprendizaje para alcanzar su desarrollo completo como ser humano.

Atributos culturales

La especie humana es la única que posee un espacio que conocemos con el nombre de cultura. Se entiende por cultura la capacidad de planificar y de desarrollar pensamientos conscientes, la transmisión de las técnicas y del sistema de relaciones sociales de una generación a otra, y por último, la capacidad de modificar el medio ambiente. Los modelos de comportamiento integrados requeridos para la planificación y creación de herramientas se desarrollaron hace al menos 2,5 millones de años; además, también pudo haber existido en esa época alguna forma de código avanzado para la comunicación verbal. La organización de cacerías, la utilización del fuego, el uso de ropa y los enterramientos con un cierto carácter ritual, estaban ya bien establecidos hace 350.000 años. Hay evidencias que datan desde hace 30.000 o 40.000 años algunos rituales religiosos, registros sistemáticos de datos y la existencia de un lenguaje avanzado y unas ciertas normas necesarias para la organización social. A partir de entonces, el género Homo comenzó a conformarse en el actual Homo sapiens.

El hombre es, por naturaleza, sociable, es decir, no está en condiciones de desarrollar su personalidad viviendo solo y aislado de sus semejantes. Esta es una realidad indiscutible, que adquiere carácter de verdad eterna cuando el mismo libro sagrado expresa así lo que el Creador determinó desde el principio, cuando formaba la primera pareja humana: “No es bueno que el hombre esté sólo”. (Génesis 2, 18)

La necesidad de asociación para suplir las necesidades de la vida, para perfeccionar nuestra personalidad y ayudarnos mutuamente en el desarrollo de una sociedad que nos permita realizarnos como personas, es el fundamento remoto de las relaciones humanas. Aun en las tribus más atrasadas y primitivas, esta necesidad se manifiesta de modo primario, para sobrevivir como grupos humanos y no sucumbir ante el embate de fuerzas contrarias de la naturaleza, por ejemplo. Así el salvaje, por primitivo que sea, busca la mutua ayuda para defenderse de la intemperie, de los cataclismos, de las calamidades. Surge por lo menos, como fuerza de unión, el instinto, que les mueve a asociarse para su conservación.

Pero si todavía quisiéramos seguir dando argumentos a favor de la respuesta a esta pregunta, podríamos dar a conocer un concepto básico que definirá por sí solo la esencia de la misma.

La interacción social es el comportamiento de comunicación global de sujetos relacionados entre sí. Las formas y convenciones de la interacción social están marcadas por la historia y sujetas, por tanto, a un cambio permanente. Son básicamente la expresión del grado de diferenciación del statu quo social.

En la interacción social los individuos se influyen mutuamente y adaptan su comportamiento frente a los demás. Cada individuo va formando su identidad específica en la interacción con los demás miembros de la sociedad en la que tiene que acreditarse.

La comunicación social ha sido ampliamente utilizada como sinónimo del concepto de interacción social, pero difiere de este concepto al estar considerada como un proceso no siempre simétrico.

Por lo visto anteriormente podemos concluir que la persona es un ser social por la necesidad de desarrollarse como ente de la sociedad, a través de la convivencia con sus semejantes.

La Socialización es el proceso mediante el cual el individuo adopta los elementos socioculturales de su medio ambiente y los integra a su personalidad para adaptarse a la sociedad. En psicología infantil, es el proceso por el cual la persona humana, en especial el niño, aprende a diferenciar lo aceptable de lo inaceptable en su comportamiento. La psicología social está interesada en cómo los individuos aprenden las reglas que regulan su comportamiento social. En antropología, es el proceso por el cual se transmite cultura de una generación a otra.

La primera infancia es el periodo en el que tiene lugar el proceso de socialización más intenso, cuando el ser humano es más apto para aprender. Sin embargo, la socialización del niño durante la infancia no constituye en sí una preparación suficiente y perfecta, sino que a medida que crece y se desarrolla su medio ambiente podrá variar exigiéndole nuevos tipos de comportamiento. Procesos de socialización de adultos pueden ser provocados por la movilidad social o geográfica, que implican la adaptación a nuevos modos culturales, sociales o profesionales.

El psicólogo suizo Jean Piaget estudió la influencia de la herencia biológica y del medio externo en el desarrollo psíquico e intelectual del niño, y señaló la existencia de diferentes etapas en su evolución. Los antropólogos comienzan a interesarse por el aspecto cultural de la socialización a partir de la publicación de la obra Tótem y tabú (1913), de Sigmund Freud, aunque algunos reaccionan en contra de la intromisión del psicoanálisis en el campo de la antropología. Sin embargo, en la década de 1920 esta influencia se hace patente en las investigaciones de algunos antropólogos como Margaret Mead, quien estudió las prácticas de crianza como única forma de asegurar la supervivencia de una cultura. En el campo de la sociología, George H. Mead y Talcott Parsons estudiaron el proceso de socialización y destacaron la importancia de los roles sociales que cumple el individuo en la sociedad.

Existe un viejo adagio que predica: “Ámate a ti mismo para que ames a los demás”. Podríamos tomar ese proverbio y adaptarlo al tópico que tratamos en este inciso. Quedaría de la siguiente manera “Respétate a ti mismo para que respetes a los demás”. Analicemos un poco esta frase.

Indiscutiblemente, es necesario comenzar por uno mismo para poder prodigar nuestras experiencias con los demás. Es una regla de causa y efecto que se aplica para todo en la vida. No podemos dar lo que no tenemos. Por esto, Dios nos ha concedido el libre albedrío para escoger la forma en que consideremos la más indicada para respetarnos a nosotros mismos.

La propuesta más común en estos casos es el cumplimiento de los deberes del hombre consigo mismo. Nadie duda que el hombre tiene para consigo mismo unos deberes que casi insensiblemente vamos aprendiendo y practicando conforme se desarrolla nuestra personalidad. Sabemos que tenemos un cuerpo y un alma que debemos cuidar y mantener en condiciones favorables para cumplir nuestra misión en la vida, que es responder al deseo del Creador de colaborar con Él en el dominio de las cosas de la tierra, usándolas para nuestro propio bien.

Cuerpo y alma son un verdadero tesoro a respetar. Nuestro cuerpo está formado de distintos órganos, cada uno de los cuales tiene una función muy definida. Sirven para cumplir esa función y contribuir al bienestar de la persona total. Cuanto estorbe esa función o la trastorne, dando al órgano del cuerpo un uso que no corresponda al señalado por el creador así como cualquier abuso de nuestro cuerpo que afecte la salud y el bienestar de nuestra persona, es ya una falta que produce en nosotros sus resultados negativos.

Lo que se dice del cuerpo, también se puede decir, de modo análogo, del alma. Ella es el principio de vida que nos anima y nos hace conscientes, racionales, diferentes de los iletrados. Cuerpo y alma están en nosotros unidos íntimamente, formando un todo que llamamos “persona humana”, actuando conjuntamente en armonía que, si se mantiene, produce en nosotros satisfacción y, si se rompe, produce desagrado y dolor. Esta íntima dependencia entre cuerpo y alma es tal, que la misma ciencia así hoy lo reconoce, como cuando la misma medicina moderna establece medios curativos de carácter espiritual para curar enfermedades del cuerpo.

Todo esto nos deja claro el concepto de que el respeto a nuestro cuerpo y alma es lo esencial para mantenernos sanos y, por supuesto, para respetar a los demás de la misma forma que lo hacemos con nosotros mismos.

Teniendo claro que el respeto a los demás empieza por el que tenemos por nosotros mismo, consideramos que tenemos la mitad del camino recorrido. El principio es sencillo: al igual que nosotros cuidamos nuestro cuerpo y alma y todo lo que sea de nuestra pertenencia, de la misma forma debemos cuidar de las posesiones del prójimo.

“El otro”, siempre será una interrogante, como lo indica el título de este apartado. No sabemos como este pueda reaccionar a cantidad indefinida de situaciones. No conocemos su personalidad completa. Tan solo conocemos el lado de ésta que la persona en cuestión nos quiera ofrecer, ya sea por conveniencia o para evitar ser vulnerable ante los demás. Por eso, es oportuno aplicar la simple ley del respeto para con los demás. De esa forma nos ahorraremos muchos problemas y nos limitamos a lo expuesto en la mesa de juego.

Y, para seguir con la costumbre de los adagios, para este inciso existe uno que le sienta perfecto: “El derecho del otro empieza donde el mío termina”. Dejamos a los lectores que obtengan sus conclusiones.

En el hombre civilizado, las tradiciones y costumbres, las motivaciones culturales y religiosas, sirven de base a la estructuración de una moral que regula la vida del individuo y de la sociedad, haciendo no sólo posible, sino más fácil la convivencia. La moral actúa en la vida del hombre guiando su conducta. Pera para hacerlo no dispone de recursos físicos que obliguen a la fuerza la voluntad del hombre, sino solamente de estímulos, de llamadas interiores al cumplimiento del deber. Para cumplir sus deberes personales, el hombre debe antes estimarlos debe apreciarlos, debe darles validez e importancia no sólo desde el punto de vista teórico, sino práctico. De ahí, que haya una estrecha relación entre la moral y los “valores” que motivan la conducta. Quien aprecia la honradez (un valor) será honrado. Quien estima la fidelidad (otro valor) será fiel.

Lo cierto es que un verdadero código de relaciones humanas sólo tendrá fundamento válido cuando se funde en los valores que le den fuerza y solidez, los que se manifiestan a través de nuestra adhesión personal a la vida virtuosa. No basta, por lo tanto saber, hay que hacer. Hacer el bien. Hacer lo justo. Cumplir los deberes que como personas que vivimos en sociedad debemos cumplir.

Cabe preguntarse: Si todos somos hijos de Dios, ¿por qué no podemos aceptarnos tal y como somos, así como lo hace Él con nosotros? ¿Quiénes somos para juzgar la conducta de los demás si ni siquiera podemos juzgar la nuestra? ¿Acaso no somos también aceptados por los demás con nuestros defectos y virtudes? Entonces ¿Por qué no podemos nosotros también aceptar a los demás?

Las respuestas se resumen en una sola: Es de esperarse que las relaciones humanas tengan una base sólida, capaz de crear un vínculo fraternal entre los hombres, siempre y cuando estos descubran su común origen; su dependencia de un mismo Padre, Dios; su común destino: Alcanzar la felicidad que se propuso darle el Creador, cuando dijo: “Hagamos el hombre a imagen y semejanza nuestra” (Génesis 1, 26).

Consideramos que el título de este apartado lo dice casi todo. Es necesario el diálogo entre dos personas para encontrar los problemas que tienen entre ellos y, de ese modo, dar paso a la búsqueda de soluciones que permitan que la relación entre los mismos sigua su rumbo sin más complicaciones.

Somos seres civilizados, dotados del pensamiento lógico y el razonamiento. Como tales, debemos emplear las técnicas propias de semejantes dones. El diálogo es una de ellas, o más bien, una de las más importantes, aunque no la mejor aplicada. Todavía falta mucho en la cadena evolutiva del hombre como para entender que con la violencia no se llega a nada, sino es a más conflictos.

El diálogo es la base en la que se apoyan los hombres inteligentes. ¿Por qué no empezamos a pensar como entes capaces de razonar e imitamos esa conducta? De otro modo, la humanidad será muy pronto cosa del pasado.

Este apartado está destinado a la búsqueda de soluciones que favorezcan la conservación de buenas relaciones con los demás. Ya hemos venido repitiendo que lo esencial es el respeto para con el prójimo y, por supuesto, el diálogo.

Sin embargo, se plantean otras claves alternativas que podrían ser de mucha ayuda a la hora de socializar. Estas son: el estudio y la interrelación de los otros y la sociedad.

El estudio facilita en gran parte la segunda alternativa expuesta anteriormente. Muchas veces, un grado de educación competitivo es el elemento fundamental para sostener una relación social. Recordemos que algunas páginas más arriba, mencionábamos el punto de que en la mayoría de las ocasiones la interrelación depende del status quo de la persona. Y esto lo aporta, sin lugar a dudas, el estudio y la posición económica-social.

Sin embargo, sostenemos nuestra postura inicial. El respeto y el diálogo son la base de la convivencia humana. Los años serán los responsables de que comprobarlo.

Todo lo que hacemos, nuestra vida y nuestra conducta, está vinculado a nosotros mismos, a nuestros semejantes y a Dios, principio y fundamento de todo cuanto existe. Por lo tanto, nuestras acciones tendrán sus consecuencias en todos los aspectos imaginables.

A veces nos anclamos en nosotros mismos y no nos damos cuenta del daño que le hacemos a nuestro “Yo” interno y a los demás. Cuando pretendemos quedarnos en un mundo virtual creado por nuestra mente ingeniosa, nos estamos quitando la oportunidad de crecer y se la estamos robando a los demás, puesto que todos aprendemos de todos.

Vale la pena, entonces, empezar a cultivar esa maravillosa relación de amistad que nos da vida y que la enriquece con la experiencia de nuestros semejantes. Pero antes, debemos tener en mente los aspectos básicos de toda relación social: Respeto, tolerancia y, especialmente, el diálogo. Después de todo, no es tan difícil, tomando en cuenta los enormes y cuantiosos beneficios.

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