Pepita Jiménez; Juan Valera

Literatura española contemporánea siglo XIX. Realismo. Postromanticismo español. Narrativa. Novela. Técnica epistolar. Mujer española decimonónica

  • Enviado por: Pepe Ayala
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 14 páginas
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ÍNDICE

I. La 2ª mitad del siglo XIX

  • La 2ª mitad del siglo XIX

  • Contexto histórico

  • España se vio zarandeada por la crisis política. Los últimos años del reinado de Isabel II fueron de descontento generalizado.

    Debido a esto, la oposición política conspiró para derribar al gobierno, pero se les adelantó el estallido revolucionario de 1868: La Gloriosa. Era el comienzo del Sexenio Revolucionario (1868-1874): el Gobierno provisional, la Monarquía de Amadeo I de Saboya, y la Primera República (por orden cronológico), se sucedieron en este periodo, sin poder solucionar problemas como el carlismo, el cantonalismo, la insurrección cubana...

    El general Martínez Campos restauró a Alfonso XII. Muerto éste en 1885, se inició un periodo de regencia, en el que se perdieron, en 1898, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Era el cenit de la decadencia española que había comenzado en el Barroco.

  • Contexto social

  • En la segunda mitad del siglo XIX, gracias a leyes proteccionistas, se fortalecen las industrias siderúrgica, naval y textil en el País Vasco y Cataluña aunque el desarrollo industrial del conjunto del país puede considerarse escaso en relación con Europa. Junto al desarrollo industrial van cobrando importancia las asociacio­nes obreras: en 1879 se funda el PSOE. La población sigue siendo eminentemente agraria y, hacia finales de siglo, debido a las malas cosechas y a las epidemias, comienzan las migraciones hacia la ciudad o hacia el exterior, principalmente Ibe­roamérica. Las organizaciones campesinas también se dejaron sentir mediante su participación directa en insurrecciones o formando grupos de bandoleros en contra de los terratenientes.

  • Contexto cultural

  • En el aspecto religioso, se reconoció al catolicismo como religión del Estado, tolerándose la práctica privada de otras religiones. La intransigencia católica en cuestiones de opinión provocó graves conflictos y fue tema de muchas novelas. El clima conservador oficial impidió también la adaptación científica de los progra­mas universitarios, si bien permitió experiencias particulares renovadoras, entre las que destaca la Institución Libre de enseñanza.

    Las teorías del evolucionismo sobre la lucha por la vida y la selección natural de las especies animales, del marxismo, sobre la lucha de clases y la importancia de los factores económicos en la organización y desarrollo de las sociedades humanas y, por último, del positivismo, doctrina filosófica que propugnaba una sociedad regida por la ciencia y la técnica, influirán decisivamente en los escritores a la hora de observar la realidad y de tener en cuenta la importancia del medio en la forma­ción y el carácter de las personas.

  • El Realismo español: características generales

  • Conviviendo con la escuela romántica, se inicia en la segunda mitad del siglo XIX el realismo, corriente que se manifiesta sobre todo en el teatro y la novela y que se interesa por el estudio del ambiente, los tipos y las costumbres de la vida española. Las Escenas matritenses de RAMÓN MESONERO ROMANOS y las Escenas andaluzas de SERAFÍN ESTÉBANEZ CALDERÓN son las obras más representativas de los cuadros de costumbres. Pero fue la novela el género más cultivado. BENITO PÉREZ GALDÓS (1843-1920) está conceptuado como el mejor novelista español después de CERVANTES. Escribió más de cincuenta narraciones sobre la vida contemporánea, y sus Episodios nacionales son una de sus mejores obras, en las que recoge gran cantidad de material histórico. Otros representantes fueron PEDRO A. DE ALARCÓN, autor de una novelita graciosa de tema popular, El sombrero de tres picos, JUAN VALERA, que trata a sus personajes femeninos con un toque de vivacidad, y José MARIA PEREDA, que describe en sus narraciones la vida campesina y marinera de Cantabria.

  • Juan Valera (1824-1905)

  • Biografía

  • Un escritor español esteticista que polemizó con los realistas y naturalistas de su época.

    Nació en Cabra en 1824, en el seno de una familia aristocrática venida a menos. Realizó estudios universitarios en Granada y Madrid. Entró en el servicio diplomático como acompañante del duque de Rivas, embajador en Nápoles, donde se dedicó a la lectura y al estudio del griego. Estuvo también en Portugal, Rusia, Brasil, Estados Unidos, Bélgica, Austria. En 1861 ingresó en la Real Academia Española.

  • Estilo y obra

  • Constituye un caso especial dentro del realismo español. Para él la novela no es historia sino, ante todo, «poesía, cuyo único fin y objeto debe ser la realización de lo bello». Desde principios ataca las novelas de la época a las que acusa de ser «copia exacta de la realidad y no creación del espíritu poético».

    La idea de que las historias deben ser «bonitas y no deprimentes» la pone en práctica en su primera y más famosa novela: Pepita Jiménez. La ausencia deliberada del lenguaje coloquial, tan frecuente en las novelas de la épo­ca, es notoria. La idealización de la sociedad andaluza, donde no existen problemas serios, es evidente y, sin embargo, no deja de ser realista el minucioso análisis psi­cológico de los personajes. Juanita la larga y Genio y figura mantienen la tenden­cia de Valera hacia la idealización.

  • Lectura de Pepita Jiménez

  • Comentario

  • La breve introducción de la novela, nos habla de un legajo completo que D. Juan Valera, el autor, encontró entre los papeles del señor Deán, después de muerto éste, que está compuesto de tres partes: Cartas de mi sobrino, Paralipómenos y Epílogo; Cartas de mi hermano. Después de sintetizar cada una de ellas, afirma que su obra no es más que la transcripción íntegra del manuscrito.

    Este preámbulo responde a la llamada “técnica del manuscrito encontrado”. Esta técnica tiene su origen en el ciclo artúrico, de donde pasaría a las novelas de caballerías, y de éstas a la novela moderna a través del relato cervantino (también es utilizada en El Quijote). Con esta técnica, el autor puede relatar la historia desde otra perspectiva cuando proceda, para poder dar su opinión, reírse o lamentarse de los acontecimientos que se desarrollen.

    La primera, parte, Cartas de mi sobrino, está escrita, tal y como su título indica, en forma de carta. Don Luis de Vargas es quien escribe las cartas, dirigidas al señor Deán, su tío. Don Luis es un sacerdote recién salido del Seminario, con gran vocación religiosa. Es un hombre de buena familia e instruido, a diferencia de la mayoría del clero de aquella época, compuesto por personas pobres e ignorantes. Por esto, los razonamientos del joven son, a mi juicio, correctos. Y como todos los buenos clérigos, es un hombre ascético y virtuoso, que detesta los placeres excesivos e innecesarios que se da el hombre corrupto y desmedido. No obstante, él mismo admite su inexperiencia debido a su corta edad y a que está recién salido del Seminario. Por eso, es presumible que, a medida que vayan pasando los años y adquiera más experiencia, cambiarán ciertos aspectos de su forma de ser. Primeramente, cambia su forma de ver al clero, cuando conoce al Vicario, hombre no muy culto, pero buena persona. A lo largo de la novela va perdiendo inocencia, y de las tímidas referencias al amor que hacía al principio, pasa a alusiones claras a la posibilidad de un romance entre él y Pepita.

    Don Luis nos relata al principio de cada carta como es la vida en el pueblo. A su llegada, cuenta como no para de recibir visitas y no le dejan en paz, y se queja de la falta de intimidad, muy característica en la vida rural, en la que todo el mundo se conoce. Un ejemplo muy claro es la rapidez con la que se entera todo el mundo del último encuentro de Luis y Pepita, tal y como dijo el padre de Luis, don Pedro: “No hay ni perro ni gato que no esté ya al corriente de todo”, o como la gente entraba hasta en su cuarto sin permiso, y lo despertaban para llevárselo a donde fuera. De todas maneras, la forma de vida de la que habla, es de los ricos del pueblo, ya que su padre es el cacique del lugar. Sin desearlo, sólo por complacer a su padre, asiste a casinos, reuniones, convites, cacerías, giras, y todo tipo de diversiones campestres. Ese trajín diario no le deja tiempo para leer y meditar, y él mismo declara “mi vida intelectual es nula”. Cuenta también la grosería y la inmoralidad de las gentes del pueblo, y cuestiona la responsabilidad del clero en ello, aunque luego se retracta al conocer al bueno del señor Vicario. Es precisamente esta vida ajetreada la que, en un momento dado, le hace apreciar que, al rezar, no presta la misma atención que antes, que no mira exactamente las creaciones de Dios (el paisaje, las personas -las mujeres -, las huertas...) de la forma espiritual que las miraba antes, sino que aprecia en sí mismo una progresiva “materialización” que le preocupa. En efecto, se aprecia un paralelismo entre el enfriamiento del fervor místico de nuestro protagonista y la cada vez mayor integración en la vida del pueblo. Cada vez se ve más próxima de que “Luisito” ahorque los hábitos, y de hecho así lo hace, después del último encuentro con Pepita. En ese momento de le aclaran las ideas. Va al casino, y allí se comporta ya como cualquier joven del pueblo, e incluso se bate en duelo con quien había puesto antes en duda la pureza de su amada. Su mismo padre se lo dijo, cuando Luis le confesó que estaban enamorados, cosa que él ya sabía desde que su hermano, que es el señor Deán, le escribió una carta advirtiéndole de la nada inocente inclinación de Luis por la viuda: “En el lugar sólo se saben las cosas hace cuatro días, y la verdad sea dicha, ha pasmado tu transformación. ¡Miren el cógelas a tientas y mátalas callando; miren el santurrón y el gatito muerto, exclaman las gentes, con lo que ha venido a descolgarse! El padre Vicario, sobre todo, se ha quedado turulato. [...]”.

    Valera describe magistralmente los paisajes andaluces. Él también es andaluz, por lo que aprecia muy especialmente sus rasgos característicos: los campos, las deliciosas huertas, las lindas sendas, el agua cristalina y su grato murmullo, las acequias con sus hierbas olorosas, las distintas clases de flores... Todos estos sustantivos y adjetivos componen la primera descripción, al principio de la primera carta, y transmiten paz y felicidad al imaginar que se está en esos bellos parajes. Es evidente que la intención de Valera era conseguir que el lector experimentara esas sensaciones, pintando el paisaje sólo con rasgos de la naturaleza, omitiendo rasgos antropomorfológicos y/o meramente prácticos, para dar una visión idealista de los campos de su tierra. Esto responde a su idea de que las novelas han de ser “bonitas y no deprimentes”. Pero a don Luis le gustan, sobre todo, las huertas, de las que posee conocimientos que, al mostrarlos, la gente del campo queda sorprendida al ver que un estudiante de teología conoce las cosas del campo.

    Estos aspectos del paisaje, que se repiten en sucesivas descripciones que varían en extensión pero semejantes en forma, los toma, en la carta del 4 de abril, como representaciones de la hermosura de Dios: “si la amo con exceso, es idolatría; debo amarla como signo, como representación de una hermosura oculta y divina”; él busca un amor moderado y virtuoso frente al amor lujurioso y desenfrenado. Esta forma de ver las cosas justificaría un supuesto amor a una mujer.

    También, Valera introduce una perspectiva mística en la forma de mirar el paisaje (El autor realiza unas reflexiones filosóficas harto difíciles de comprender y sintetizar). Además, explica su manera de entender el acto de “amar”: admiración “por la belleza de las cosas creadas (por Dios)”; más adelante afirma: “Harto sé que no peco amando las cosas por el amor de Dios [...].”; Insisto en que esto justificaría sólidamente un posible amor a una muchacha. Su dilema está en que él no sabe si su amor a esas “cosas creadas” se produce debido a su sentimiento religioso o a una “pecaminosa distracción e imperdonable olvido de lo eterno por lo temporal, (olvido) de lo increado y suprasensible por lo sensible y creado.” (el subrayado es mío). Esta cita textual me sirve de excusa para hacer hincapié en el estilo místico de estas reflexiones; hace una distinción entre lo eterno (“increado y suprasensible”) y lo temporal (“sensible y creado”, que guarda estrecha relación con la oposición cielo-tierra a la que hacían referencia los escritores ascético-místicos (alude a la “contemplación esencial e íntima” o al carácter inefable de Dios). Pero todo este misticismo, tal y como concreto más adelante, no es sino una excusa para justificar la atracción sexual que Luis siente por la joven.

    Ya en la primera carta, nos habla de Pepita Jiménez. La típica muchacha de pueblo que es conocida por su hermosura: numerosos muchachos la pretenden después de morir su marido, don Gumersindo, sólo tres años después de casarse. Don Gumersindo era un buen hombre, desahogado económicamente y querido en el pueblo. Nunca se había inclinado seriamente por una mujer, pero un día pidió matrimonio a Pepita, en presencia de su madre, quien la obligó a aceptar, ya que ello resolvería todos sus problemas y le proporcionaría una vida tranquila. Cuando se casaron, la envidia se apoderó de las gentes, ya que, desde un punto de vista moral, el matrimonio de Pepita no era bien visto, ya que parecía clara su intención de quedarse con la considerable fortuna de su marido, al ser éste un anciano de casi ochenta años que, obviamente, moriría pronto. Pero don Luis se resiste a admitir esta reflexión, propia de las abundantes lenguas viperinas de los pueblos. Por el contrario, sugiere que la intención de la muchacha no era sino que ser la enfermera de don Gumersindo, y cuidarlo cariñosamente los pocos días que le quedaban. Por tanto, se nos pone a Pepita Jiménez como una joven inexperta, cándida y gentil. Y, efectivamente, cuando la conoce en un convite, ve corroboradas sus hipótesis sobre ella, pero además conoce más detalles de su personalidad: “Me parece una mujer singular [...]. Hay en ella un sosiego, una paz exterior, que puede provenir de su frialdad de espíritu, de estar muy sobre sí y de calcularlo todo, sintiendo poco o nada [...]; de la tranquilidad de su conciencia, de la pureza de sus aspiraciones y del pensamiento de cumplir en esta vida con los deberes que la sociedad impone [...] en esta mujer todo es cálculo [...] no hay en ella nada que desentone del cuadro general en que está colocada, y, sin embargo, posee una distinción natural, que la levanta y separa de cuanto la rodea. [...] Disimula mucho, a lo que yo presumo, el cuidado que tiene de su persona; [...], y todo el aseo y pulcritud con que está vestida [...] y sólo piensa en las cosas del cielo.” (Carta del 28 de marzo; el subrayado es mío). Luego, describe la casa de Pepita, la cual encaja con su carácter: limpia, ordenada, sencilla, con muchos animales y plantas, también sencillos, que llenan la vivienda de vida, y un pequeño altar con el niño Jesús. Siguiendo en la misma carta, habla después de su discreción, modestia, y naturalidad: “No se puede negar que la Pepita Jiménez es discreta [nos habla de que no dice ni una sola inconveniencia]. Habló conmigo de las cosas del lugar, de la labranza, de la última cosecha de vino y de aceite y del modo de mejorar la elaboración del vino; todo ello con modestia y naturalidad, sin mostrar deseo de pasar por muy entendida”. Finalmente, concluye con el juicio del señor Vicario sobre Pepita, quien le dice, en definitiva, que es “una santa”. Después de conocerla un poco más, el protagonista está encantado con que su padre se case con ella. En la carta del 8 de abril, Pepita los invita a ver una huerta, ya que ella sabe que a él y a su padre les gustan las huertas. Aquí, vuelve a describirla de la misma forma que en anteriores ocasiones: cándida, discreta, buena... Sin embargo, en esta descripción ya se aprecia que el seminarista mira con otros ojos a Pepita, ya que la conoce mejor y, además, debido a la “materialización” ya aludida en anteriores párrafos. Cuando recibe la contestación del señor Deán la carta que le contaba sus problemas espirituales, don Luis queda algo airado por lo que le plantea su mentor. Por, eso, cuando él contesta al señor Deán, plantea por primera vez la posibilidad de amor entre Pepita y él, pero afirma, como lo ha hecho anteriores veces, que su imagen de Pepita es como obra de Dios, como hermana, como amiga. También dice que él es demasiado insignificante para que ella lo ame. Todas estas elucubraciones representan el enfrentamiento entre el amor divino y el humano, que se resuelve tomando todo como bellas creaciones del Todopoderoso, y amándolas como hermanos/as, y como representaciones de la hermosura de Dios. Pero, esto sólo es la solución que se da don Luis para justificarse. El señor Deán aprecia pronto que este misticismo no representa más que una atracción por la viuda como la que podría tener cualquier mozo de por allí: totalmente terrenal y pecaminosa. Cuando se resuelve este conflicto de verdad e con el casamiento entre los dos jóvenes

    La atracción de Luis por Pepita es un hecho. Se nota prácticamente desde que la conoce, pero, en un principio, su fuerza de voluntad es capaz de controlar sus pasiones. Pero, en la carta del 12 de mayo, donde don Luis demuestra ser un experimentado jinete con las lecciones de su padre, es cuando se produce la atracción definitiva. Pepita le extiende la mano y don Luis la toma. Él toma la decisión de marcharse para estar lejos de Pepita y convence a su padre para partir el día 25 a unas fiestas. Pero, después el contacto entre los dos va aumentando, hasta que, tras un cruce de miradas, en las que el seminarista hacía entender su preferencia por el amor divino, por lo que a ella se le saltan las lágrimas, llega un momento en el que se besan. A partir de ahí, se declara la guerra entre la pasión y la razón en el interior de don Luis. Él determina irse con el señor Deán. Está muy confuso.

    Cuando Pepita se entera de la marcha de su amado (ya lo decimos con claridad), cae en una profunda desesperación. Tal es el varapalo que sufre, que vuelve a su habitual vida retirada y casta, cosa que no extraña a las gentes del pueblo, ya que siempre había sido así. Antoñona - de la que antes no habíamos hablado, que es la criada de Pepita -, se da cuenta de lo ocurrido y se dirige a la casa del seminarista para remediar lo ocurrido. Pero retrocedamos un poco. Mientras tanto, él estaba en el casino cuando el Conde de Genazahar comenzó a criticar a Pepita. Estos insultos molestaron al joven, y defendió a su “amiga” echándole un sermón al conde. Pero los allí presentes se burlaron de él y lo ridiculizaron: el que menos su primo Currito, que estuvo callado. Él, enfadado, se va su casa y empieza a reflexionar y piensa que ha obrado mal en dejarla. Piensa incluso en ahorcar los hábitos y se da cuenta de que se ha dejado llevar por la ira al echar el sermón al Conde. Textualmente: “- Yo he hecho muy mal -se decía -, en predicar allí; debí haberme callado. Nuestro Señor Jesucristo lo ha dicho: `No deis a los perros las cosas santas, ni arrojéis vuestras margaritas a los cerdos, porque los cerdos se revolverán contra vosotros y os hollarán con sus asquerosas pezuñas'.”. Sumido en estas meditaciones llega Antoñona. Tras una larga conversación, la criada logra convencerle de que vaya a despedirse de Pepita. Para conseguirlo, le ha dicho que debe ir para explicarle que la quiere, pero que la deja porque no tiene más remedio que sacrificarse para poder ser clérigo; también le hace un poco de “chantaje emocional”, explicándole con detalle lo enferma y afligida que esta su “niña".

  • Otras consideraciones

  • Valera da su opinión de los hechos que acaecen. Por ejemplo, muchas veces ironiza al propio protagonista, cuando le dice “el atortolado colegial”, o cuando lo trata de “niño”. Cuando él no se atreve a hablar con Pepita, juzga su comportamiento diciendo “como si de un monstruo se tratara”.

    El autor interrumpe la narración de Paralipómenos para dar su idea de cómo debe ser una novela. Resume tres categorías de relatos de aventuras: novela histórica, peripecias de bandoleras o relato de viajes.

    Con el Epílogo pretende dar más incertidumbre al relato. Nos cuenta la vida posterior de Luis y Pepita después de casarse, y de otros personajes secundarios de la novela.

  • La opinión

  • La novela me ha gustado mucho. Los pueblos me encantan, y como la novela se desarrolla en un pueblo, me recuerda. Pero es bastante reiterativa y eso hace muy pesada su lectura en algunos momentos, especialmente cuando don Luis se pone a hacer sus elucubraciones místicas.

    Pero no puedo evitar que vengan a mi mente ciertos pensamientos sobre la hipocresía que existía en el siglo pasado y que hoy, aunque menor y de otra manera, también existe. Aquí se demuestra que la castidad es algo muy difícil de conseguir: es algo antinatural. El clero, no contento de reprimir al pueblo con su religión, en gran parte inventada a su medida, o apoyando regímenes totalitarios, también se inmiscuye en algo tan íntimo como son nuestras relaciones sexuales. Y digo “nuestras”, porque hoy día, su principal preocupación parece que somos los jóvenes. Es irrisorio ver a un obispo recomendar la castidad para combatir el SIDA frente al preservativo. Me pregunto que pasará por sus cabezas cuando observen que sus sandeces no tienen eco en la sociedad, y que cada vez que abren la boca, les llueven las críticas desde los distintos medios de comunicación. Por desgracia, tenemos como herencia suya el lavado de cerebro de millones de personas, que, en mi opinión, es el causante de que todavía no se acepten cosas como el aborto o la eutanasia, y que ha llenado de hipocresía las sociedades humanas a lo largo de la historia.

    Los matrimonios de conveniencia, entre hombres viejos y muchachas jóvenes, no los veo bien hoy día, pero en aquellos tiempos en los que eran el único medio de asegurar un futuro digno, los admito, aunque a regañadientes. Además, si la moza en cuestión se acababa hartando de su marido, siempre habría apuestos mancebos dispuestos a “echar una canita al aire” con ella...

    Los antecedentes de la novela de caballerías deben situarse en la difusión europea, con gran influencia española, en tres ciclos épicos medievales: el artúrico, el carolingio y el troyano.

    El cacique era la máxima autoridad del pueblo. Una de sus funciones más conocidas era la de encargarse de llevar a buen término los "pucherazos” en las elecciones mediante coacciones a los votantes o compra de votos. También existían -y existen- los terratenientes: los propietarios de los latifundios (grandes extensiones de tierra). Lógicamente, el cacique también era terrateniente.

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