Pepita Jiménez; Juan Valera

Literatura española realista del siglo XIX. Novela y narrativa del Realismo e Idealismo. Argumento. Personajes. Narradores. Estilo

  • Enviado por: Alberto Glitter
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas
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I. Temas y contenido

El tema principal del texto es la confrontación entre el amor sacro y el amor profano que provoca las más intensas controversias dentro del protagonista, el seminarista Luis de Vargas, quien cree encontrarse en un perpetuo éxtasis vocacional religioso. Este personaje, que siempre había sido rígidamente fiel a sus valores morales claramente enraizados en la religión católica, al llegar a su pueblo natal, del que fue separado para estudiar en el seminario de la urbe junto con su tío, el señor Deán, personaje religioso, con motivo de visitar a su casi desconocido padre, don Pedro de Vargas, descubre la debilidad de los valores que él pensaba imposibles de balancear. Y esta nueva flexibilidad de valores en el beato protagonista se debe a una bella y bondadosa mujer, fanática también de los dogmas católicos, Pepita Jiménez, quien descubre al seminarista la belleza y el atractivo de lo profano. Así, en la primera parte de la obra, titulada Cartas de mi sobrino, a través de las epístolas de Luis descubrimos el progresivo enamoramiento, acompañado en todo momento del arrepentimiento que el personaje se veía obligado a sufrir debido a las duras prohibiciones religiosas que la habían sido implantadas en su educación. Además para ocultar sus pecaminosos pensamientos a su tío, a quien supone gran cumplidor de las normas religiosas, Luis de Vargas se empeña en definir su relación con Pepita Jiménez como pura amistad y buenos modales; pero estas excusas se debilitan y desaparecen con el tiempo como máscaras de cartón bajo la lluvia y el seminarista acaba por caer en los brazos de su amada. Y esta etapa de enamoramiento reconocido es relatada en la segunda parte de la obra, llamada Paralipómenos.

Además aparecen temas clásicos, aunque su relevancia es menor, como el amor entre el viejo y la niña y la rivalidad amorosa entre padre e hijo. Todo ello surge debido a que, antes de que llegase al pueblo Luis de Vargas, su padre, quien tenía fama de mujeriego y conquistador, ya se hallaba intentando enamorar a la joven Pepita Jiménez, quien desde que enviudó de su decrepito pero enormemente rico primer marido se hallaba en un continúo periodo de asaltos de pretendientes. Así, tanto con el primer marido de la joven como con don Pedro, se plantea el tema de los matrimonios de conveniencia, que el autor desaprueba, según deja entrever en ciertos comentarios, aunque no se detiene demasiado en el asunto.

También, al estar don Pedro de Vargas enamorado de quien seduce a su hijo se expone el tema de la rivalidad amorosa entre familiares. Esto supone otro sentimiento de culpa para Luis, puesto que cree estar traicionando a su padre a lo largo de todo el proceso de encandilamiento. Pero este conflicto se resuelve alegremente al final de la obra, cuando descubrimos que el padre de Luis, estando desde hace tiempo al corriente de los asuntos que existían entre su hijo y la mujer a la que hubo pretendido largo tiempo de forma tan insistente, no sentía ningún tipo de rencor hacia su hijo, sino que se hallaba contento y expectante ante la posible futura unión entre los amantes. Así, Juan Valera resta gravedad a los clásicos dilemas del honor personal, familiar y social.

II. Lección moral de la novela

La idea principal de la obra, según su autor y siguiendo la más extendida tendencia en la época de éste texto, el Realismo, es la creación de la obra artística que provoque el deleite reflejando la realidad, en este caso imitando los sentimientos y las pasiones humanas, y creando además de este modo una obra bella.

Pero además presenta una parte moralizadora y didáctica que atañe a los tres temas principales anteriormente nombrados. Respecto a aquello de menor relevancia se posiciona en una postura claramente moderna asegurando que los matrimonios de conveniencia entre personas de muy dispares edades no provocan en ningún momento la felicidad de los cónyuges y que no son de ninguna forma provechosos. También se posiciona en contra de las obligaciones de mantener el honor y el más recio y rancio decoro y clásico protocolo en las relaciones sentimentales y amorosa de los hombres; por ello don Pedro de Vargas no le otorga ningún tipo de importancia al hecho de que su hijo ame y haya conseguido camelar a la mujer que él anteriormente hubo pretendido sin ningún éxito.

La lección moral más importante en este libro es sin duda la liberación de los sentimientos religiosos y el relax de las obligaciones morales más retrógradas, haciendo así posible compaginar el amor divino con el amor más profano y terrenal, declarando que es totalmente posible seguir a Dios y cumplir con la bondad que su religión predica sin tener que apartar de la vida las relaciones sentimentales y amorosas con los seres terrenos. Y esta idea se halla enteramente encerrada en una declaración de Pepita Jiménez que aparece en el cese del libro:

“[…] el hombre puede servir a Dios en todos los estados y condiciones, y concierta la viva fe y el amor a Dios, que llena su alma, con ese amor lícito en lo terrenal y caduco”

En definitiva, la obra otorga una lección moral moderna y liberal.

III. Estructura externa e interna

En la estructura externa distinguiremos entre tres distintas partes que llevan por título: Cartas de mi sobrino, Paralipómenos y Epílogo. Cartas de mi hermano. Cada uno de estos apartados se halla representado por un nuevo título.

En cuanto a la estructura interna, a pesar de ser muy similar, haremos una leve distinción. La primera parte, el planteamiento, se corresponde con el apartado Cartas de mi sobrino; pero tanto el planteamiento como la conclusión se encuentran en la parte Paralipómenos. Así, el apartado Epílogo. Cartas de mi hermano, supone una función informativa extra.

En la primera parte tiene lugar el planteamiento del tema, durante las cartas que Luis escribe a su tío vamos conociendo su progresivo enamoramiento y también tenemos acceso a los fieros valores morales religiosos a los que se halla atados; en esta parte se presentan a prácticamente todos los personajes que aparecen en la obra, además es la parte más extensa y ocupa casi la mitad del libro.

Justo cuando se produce la crisis de la vocación sacerdotal, la forma epistolar se cambia por la narración en tercera persona. Y en este segundo apartado tiene lugar el desarrollo de la trama principal, que es el enamoramiento entre Luis y Pepita Jiménez.

El desenlace de la trama comienza con el fin de la discusión entre los enamorados que tiene lugar en el despacho de la casa de Pepita Jiménez, cuando ambos se han declarado abiertamente su amor y han acordado seguir adelante con él.

IV. Los personajes principales: Luis de Vargas, Pepita Jiménez y don Pedro de Vargas

Luis de Vargas, un joven apuesto y sobre todo muy elegante debido a que su distinción destaca enormemente al proceder de un ámbito urbano y culto y hallarse inmerso en un espacio rural, representa el choque entre la realidad y el ideal místico. Su personalidad se desdibuja en su análisis comparativo con Pepita Jiménez. Al vivir aislado del mundo rural y hallarse inmerso en la urbe durante toda su juventud, su llegada al pueblo supone un enormemente trascendental cambio y ejerce en él una singular influencia. Al principio sus rasgos más preponderantes son su juventud, su acérrima religiosidad, su rigidez moral y su poético entendimiento de la realidad; además posee enormes aspiraciones, teniendo como primordial objetivo devenir un gran apóstol de la religión allende los mares.

A su llegada al pueblo se ve enfrentado con la bella joven Pepita Jiménez, que supone todas las tentaciones que se oponen a su santa vocación. Debido a su extrema sensibilidad hacia la belleza, propiciada por su alta educación, Luis no tarda en verse atraído por la joven viuda; y esta atracción incrementa hasta convertirse en una pasión capaz de rivalizar con sus más latos ideales morales. Al final, acaba sucumbiendo a los irresistibles encantos de Pepita y renuncia al estado religioso y a todas sus aspiraciones dentro de la Iglesia para unirse con su amada. Todo este proceso de mutación y adaptación al nuevo ambiente que sufre el protagonista de la obra está claramente reflejado y ampliamente documentado a lo largo de la interminable y detallista correspondencia que éste establece con su tío.

Pepita Jiménez es una joven viuda, agradable, simpática, bella, cuyos rasgos corresponden al arquetipo de belleza femenina de la época. Toda la descripción de este personaje se agolpa en la parte epistolar en la que Luis, con el pretexto de considerarla su futura madrastra, describe de forma minuciosa y enaltecedora los innumerables atributos de tan completa mujer, calificándola como: hermosa, pulcra, distinguida, casta, serena, de purpúreos labios y tersa frente, ordenada, de tranquila conciencia, discreta, devota, caritativa, de dientes nacarados, manos cuidadas y ojos rasgados.

Esta mujer, de profundos sentimientos religiosos, tiene una enorme inclinación hacia las pasiones y es quien siempre lleva a cabo la iniciativa en la relación con Luis, y a lo largo del desarrollo de la misma se lanza más abierta y claramente hacia su amado. Y todo esto lo confiesa en su diálogo con el cura del pueblo, en el que asegura haber actuado con coquetería ante el seminarista, en esta conversación deja clara su voluntad de no dejar escapar a Luis del pueblo para conseguir enamorarlo. Al final lo recibe en su casa, lo envuelve con sus palabras, lo enternece con sus lágrimas, lo arrastra hacia e dormitorio y se le entrega apasionadamente, consiguiendo su corazón.

Don Pedro de Vargas supone la oposición a lo delicada y sentimental de su hijo. Es un hombre de campo, que ha vivido toda su vida en el pueblo, pero que además ha conseguido atesorar ciertas posesiones gracias al dominio de la tierra. Es un hombre muy unido al barro, es un hombre terreno, realista y que cree en lo palpable, en resumen, es tierra, es campo. Pero con el tiempo aprende a apreciar los dones mentales de su hijo, aunque se empeña en enseñarle lo que él cree imprescindible, como montar a caballo. Este ligero cambio de hace palpable en la aceptación del amor de su hijo con aquella a quien él hubo pretendido anteriormente.

V. Tipos de narradores

El tipo de narrador y todo lo referente a éstos tiene como objetivo dotar de mayor verosimilitud a la obra y de hacer parecer que ciertamente hubo ocurrido. De este modo se alude al Realismo, queriendo dar un reflejo de la realidad que parezca lo más concreto posible.

Así, el narrador cambia dos veces de narrador; siendo la primera y la última un narrador epistolar, en primera persona en el primer caso y en tercera en el último, y la segunda un narrador omnisciente en tercera persona.

El primer narrador es Luis de Vargas, quien relata a su tío en numerosas cartas todo lo que ocurre durante su estancia en el pueblo. Este narrador epistolar dota de gran realismo a los hechos, viéndose incrementada esta verosimilitud al declararse el autor del libro, Juan Valera, como simple transcriptor de cartas reales y verídicas. Este narrador epistolar es el óptimo para la temática de este apartado debido a que es el mismo sujeto paciente de los sentimientos quien los relata en primera persona. Todo estos e hace palpable en ejemplos como:

-El título ésta primera parte: Cartas de mi sobrino

-El encabezamiento de cada carta indicando la fecha: 28 de marzo

-La persona de los verbos: […] me voy […], […] confieso […],…

El segundo narrador en tercera persona también está dotado de realismo debido a que el autor vuelve a aclarar que encontró los escritos que él transcribe, asegurando que el señor Deán escribió en tercera persona debido a su conocimiento de los grandes relatos, sabiendo así que este es el mejor método para relatar acciones trepidantes, como las que ocurren en esta parte de la obra. Y precisamente debido a que acaecen estos hechos es la elección del narrador en tercera persona enormemente acertada. Además el narrador es omnisciente, y expresa los sentimientos de los amantes, que se encuentran en una etapa ampliamente sensitiva y sensible. Algunos ejemplos que lo demuestran son:

Verbos en tercera persona: […] hubieran podido extrañarse […], […] Antoñona no calló […],…

Expresiones de sentimientos: […] Pepita mostraba impaciencia […],…

El tercer narrador es don Pedro de Vargas, quien escribe varias cartas a su hermano para mantenerle al corriente del desarrollo del amor de su sobrino y Pepita. Este narrador se limita a narrar superficialmente los hechos posteriores a la boda y es perfecto para dar los más bien irrelevantes datos de esta parte del libro. Este narrador sigue manteniendo la tercera persona.

VI. Espacio y tiempo

El espacio de la obra es un pequeño pueblo andaluz de la época, es decir, de siglo XIX. Dentro de este pueblo los ambientes que más frecuentemente aparecen en la narración son espacios aristocráticos, así, las acciones se desarrollan en la casa de Pepita Jiménez, una vivienda noble perteneciente a un mujer muy adinerada. Esta casa es ampliamente descrita en los párrafos previos al relato de la conversación privada de Luis con Pepita en el despacho de la casa, zona considerada como la más importante del inmueble; algunos de los datos de esta descripción son:

[…] Todas o la mayor parte de las casas de los ricachos lugareños de Andalucía son como dos casa en vez de una, y así era la casa de Pepita […]

[…] el patio enlosado y con columnas, las salas y demás habitaciones señoriles […]

Pero también la casa de don Pedro es una casa lujosa debido a la disposición de dinero de este hombre.

Todo este espacio, aún siendo realista, se halla idealizado.

En cuanto al tiempo distinguiremos primeramente entre tiempo externo e interno. Del tiempo externo diremos primeramente que la obre fue escrita en el año 1874. En este año tiene lugar el pronunciamiento del general Martínez Campos, que conlleva la restauración de la dinastía de los Borbón en el trono español tras haber sido expulsados en 1868 por la Revolución liberal de septiembre, que acabó con el reinado de Isabel II, en que se sucedieron en el gobierno partidos liberales progresistas y moderados. Esta época de reimplantación de la monarquía borbónica es conocida como Etapa de la Restauración, que concluye en 1902, con el reinado de Alfonso XIII en su mayoría de edad. Como hecho más relevante desde el punto de las relaciones internacionales cabe destacar la escasez de recursos y la pasividad diplomática de España frente al expansionismo de Estados Unidos, que desembocaría en la guerra del 98 y la pérdida de las últimas posesiones oceánicas: Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

En esta época florece en literatura el movimiento del Realismo, que se opone al anteriormente acaecido Romanticismo, y que postula que las obras literarias han de ajustarse a la realidad para crear grandes y bellas obras de arte, alegando que en las clases medias se encuentra una fuente inexplorada de inspiración artística. Como e observa en esta obra, Juan Valera nos se ciñe al estudio de las clases medias pero si refleja hechos verosímiles y lucha por hacerlos parecer más verídicos.

Del tiempo interno diremos que se halla muy bien documentado y delimitado en la primera parte debido a la aparición de encabezamientos, que indican la fecha de envío, en cada una de las catas escritas por Luis de Vargas; por ello podemos afirmar con la mayor exactitud que esta primera parte comienza el 22 de marzo y concluye el 18 de junio del mismo año. En cuanto al resto del texto, los daos no son tan concretos, pero podemos dilucidar que se desarrollan dos o tres meses. Además, habremos de precisar que en la primera parte el tiempo avanza con mucha más lentitud, pero en el resto del texto la acción se acelera.

VII. Estilo

Juan Valera convive con múltiples corrientes literaria, como el fin del romanticismo, el realismo, el naturalismo y el comienzo del modernismo, y se sitúa entre ellas. Así, su estilo es moderno, escogido y cuidado, incluso algunas veces ligeramente arcaico, prestándole gran atención; y todas estas características son más propias del romanticismo, que da mayor importancia a la forma. Pero a su vez, a pesar de estar cuidado, el registro es estándar y en él no encontraremos grandes palabras incomprensibles, sino cuidado leguaje de loa más entendible.

Utiliza también la polifonía, aunque no es muy acuciada puesto que la mayoría de los personajes pertenecen a la misma clase aristocrática. Por ello no es demasiado destacable la vulgaridad del discurso de Antoñona.

VIII. Valoración crítica

Juan Valera mezcla a lo largo de toda su obra el esteticismo, que espolea la creación del arte por el arte, con el único objetivo de hacer obras bellas que hagan deleitarse y entretenerse a aquellos que disfruten de ellos, con el realismo, que le hace escoger ambientes reales y narrar hechos verosímiles. Y estos son los dos objetivos que persigue en la obra Pepita Jiménez.

En cuanto al esteticismo cabe destacar las características literarias y estilísticas de la obra. De este modo, Juan Valera se distrae en el estilo de los ideales más puramente realistas y le otorga mayor atención y cuidado. De este modo crea una obra de una gran belleza estética. Al carácter artístico de la obra también contribuyen los ambientes y los personajes idealizados; como la casa de Pepita que describe como “[…] patio enlosado y con columnas, las salas y demás habitaciones señoriles […]”, o la misma Pepita Jiménez, de quien dice que “[…] Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con uñas lustrosas y sonrosadas […]”, y “[…] las manos de esta Pepita, que parecen casi diáfanas como el alabastro, so bien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangre pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo, de dedos afilados y de sin par corrección de dibujo, parecen el símbolo del imperio mágico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el espíritu humano […]”, y que “[…] posee una distinción, que la levanta y separa de todo cuanto la rodea […]”.

Por ello y numerosos recursos estilísticos como el símil de las manos de Pepita Jiménez con el alabastro al que anteriormente me hube referido, podemos decir que esta obra cumple, sin excesos, los cánones del esteticismo.

Pero en lo referente al contenido la obra se aproxima más al Realismo, situando las acciones en lugares reales y verosímiles vistos por gran parte de los lectores. Además, en cuanto al ambiente, diremos que el detallismo, típico del realismo, con que describe la zona y los espacios se debe a que Juan Valera escoge Andalucía, tierra natal suya. Pero también los personajes son reales y reflejo de las personas existentes en la realidad. Y todo este realismo se ve acrecentado por ciertas características, como las detallistas descripciones, sobre todo las referidas a los pensamientos y sentimientos de Pepita Jiménez, y más exhaustivamente a los de Luis, en las que emplea extensos textos en que proliferan adjetivos relacionados con el tema de los propios sentimientos y pensamientos como: ingenuidad, preocupación, dolor, pesadumbre…

También dice el autor con objeto de otorgar mayor veracidad a lo que cuenta que él solamente ha limitado a transcribir cartas y escritos que hubo previamente descubierto, como expresa en el principio de la obra:

[…] El señor Deán de la catedral de…, muerto pocos años ha, dejó entre sus papeles un legajo, que, rodando de unas manos a otros, ha venido a dar en la mías, sin que, por extraña fortuna, se haya perdido uno solo de los documentos de que constaba. […]

[…] El mencionado manuscrito, fielmente trasladado a la estampa, es como sigue. […]

Por último, destacaremos el carácter neoclásico de las enseñanzas morales de la obra; abogando contra los matrimonios de conveniencia criticados tan fieramente por algunos como Leandro Fernández de Moratín, o en contra también de los caducos honores y honras familiares que dificultaban las disputas amorosas entre familiares, también criticado por el anteriormente autor. También aparece una crítica a los rígidos dogmas de la Iglesia que no permiten ningún tipo de disfrute profano y carnal.

Por todo ello, tanto en el estilo como en el contenido, es esta una obra ecléctica en cuanto a las corrientes literarias que la influyen, siendo este un dato característico de la obra de Juan Valera.