Patricio Rey y sus redonditos de ricota

Rock and Roll argentino. Grupo musical de Argentina

  • Enviado por: Florencia Nieto Y Cecilia Patrone
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 10 páginas
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Trabajo Práctico de música

Tema: Patricio Rey y sus redonditos de ricota

Definitivamente los números extra musicales ya no tenían cabida en sus shows. “Cuando en entorno cambia se debe modificar la propuesta. Con la democracia ya no tenía sentido despotricar contra un sistema que estaba cambiando. Además se podía tornar reiterativo y perder el efecto de choque"” señaló el Indio Solari al hablar sobre la conclusión de la etapa inicial en la historia de Los Redondos. En el debut discográfico la corte de Patricio Rey la formaban el Indio, Skay (guitarra), Wily Crook (saxo), Fargo Daviero (guitarra rítmica), Piojo Abalos (batería) y Semilla Bucciarelli (bajo). El surco hacia la masividad ya estaba hundido en la tierra y, ahora, quedaba seguir sembrando con la sencillez, la mística y el punzante sentido del humor que iban encumbrando a Los Redonditos de Ricota. “Glup!” Había dejado registrado el particular proceso de gestación y evolución del grupo y, enseguida llegó la renovación.

En mayo de 1986, Los Redondos, con la consigna de presentar nuevo material, actuaron en Palladium. “Efímero” fue el nombre que eligieron para llamar a estas magníficas jornadas de rock and roll a su cargo. A fines del mismo año, volvieron a su palacio predilecto con la compañía de Andrés Teocharidis en calidad de músico invitado. Este era un tecladista, proveniente de la música clásica, que estuvo en los planes del Indio y Skay cuando decidieron implementar algunas modificaciones en la formación.

Después de que en los últimos meses de 1986 prepararan su segundo álbum -“Oktubre”- removieron la estructura, tras casi tres años de permanecer intacta, y volvieron a la vieja costumbre de intercambiar los integrantes. Lugo de la grabación de “Oktubre” abandonó la banda del guitarrista Fargo Daviero y lo mismo ocurrió con el baterista Patricio Avalos. A principios de 1987 el tecladista Andrés Teocharidis comenzó a ensayar como miembro estable de la banda pero, durante una estadía temporaria en el norte, sufrió un accidente fatal que terminó con su sueño episodio pararon unos meses y volvieron a tocar, esta vez sumando a Walter Sidotti en la batería y Sergio Dawie, quien reemplazó a Wily Crook por Los Abuelos de la Nada.

Al margen de estas modificaciones, cuando aún no todos habían deglutido los contenidos de “Glup!”, “Oktubre” vuelve a llevar a la agrupación al vinilo. De nuevo con absoluto manejo independiente, el segundo disco alcanza un mejor nivel de grabación y edición y Los Redonditos confirman su fuerza destructora de modelos preestablecidos, su espíritu combativo y el propósito firme de continuar con sus convicciones originales intactas, a pesar de las nuevas circunstancias que los arrimaban cada vez más a la masividad y sus contratiempos. En los shows, sumado al clásico repertorio, aparecen las nuevas canciones. La masa puja por entrar a los locales que parecen cada vez más chicos. Las presentaciones del álbum no fueron muchas y el suceso se repetía.

La muchedumbre invadía, se descontrolaba y, a veces, constituía el campo adecuado para que la policía siga marchando junto a Los Redondos. La nueva base de Semilla y Walter le dieron a la música la solvencia rítmica que más necesitaba y los temas de “Oktubre” ( “Semen Up”, “ Ji-Ji-Ji”) fueron recibidos tanto o mejor que los antecesores. Las letras se hicieron mucho más dolorosas y profundas que el álbum anterior. El Indio Solari afiló sus virtudes como sabio poeta y pudo así captar y transmitir la crisis urbana del siglo XX.

Por uno u otro motivo, Los Redondos continuaban su viaje hacia la gloria... aunque “los institucionales” no entendieran cómo.

Tras el éxito de “Oktubre” (siempre hablando en términos de corriente subterranea) y quizás para salvaguardar la solidez estructural del grupo, cada vez más desbandada por los avatares de la popularidad, Los Redondos coincidieron en decretar un armisticio. Se alejaron de los circuitos habituales y dejaron, no por mucho tiempo, un montón de huérfanos a la espera del retorno.

Skay y La Negra Poli cruzaron el charco hacia España. Allá, investigaron el ambiente, auscultaron el rock europeo y Skay puso la polenta criolla de sus cuerdas en apoyo de Los Toreros Muertos. Los acompañó en una gira nacional pero, cuando le ofrecieron un lugar permanente en su escenario, Skay entendió que su destino no estaba en alegrar gallegos o escuchar “Olé!”. Entonces volvieron a Buenos Aires donde, desde hacía un par de meses, el Indio estaba enclaustrado componiendo nuevas canciones y planeando la próxima arremetida. La expectativa que había dejado flotando “Oktubre” y el nuevo y prolongado silencio, desembarcaron en otra gloriosa fiesta redonda.

Ocurrió en Cemento. Los cruzados del rock and roll, a una década de su nacimiento, demostraban que estaban íntegros como siempre y dispuestos a seguir activando su aplanadora creativa y contestaría contra la fuerza injusta de la opulencia, el negocio y el mecanismo como lo habían manifestado los temas del último álbum.

Después del receso, llegó el tercer álbum. “Un baión para el ojo idiota” que significó la consagración sublime. Tal alternativo e independiente como sus sucesores, “Un baión...” llevó definitivamente a la banda convertirse en un objeto de consumo popular. Como nunca, en aquel fin de año de 1988, quedaba demostrado que Los Redondos conseguían satisfacer angustias y alegrías inalcanzables para algunos productos prefabricados, impuestos y manejados por la superestructura. Fieles a su creencia, habían llegado bien alto y enarbolaron para siempre un nuevo mito porteño.

Esa vez, lo presentaron en el Teatro Bambalinas en cinco shows con lleno absoluto. En este disco la banda sonaba “al palo” y descubría el buen manejo de las máquinas. Como lo habían hecho tantos hasta ahora, ellos mismos pagaron las horas en el estudio, eligieron los temas a su antojo, se autoprodujeron, inventaron el arte de tapa y se bancaron todos sus propios caprichos, sin un Mesías que los castigue ni los salve. De allí en más, la carrera hacia el “Gran Templo”, circuló con una velocidad vertiginosa. Cemento, Paladium, en el Cine Fénix y Satisfaction.

Cada ocasión exigía un lugar más grande para soportar el delirio creciente de los fieles antiguos y los novatos que también se incorporaban al rito. “Un baión...” era la mejor experiencia discográfica de Los Redondos hasta el momento. Sus temas (“Vencedores vencidos”, “Vamos las bandas”, ”Aquella solitaria vaca cubana”) lograron una completa síntesis de la esencia pop de la banda con toda su pasión rockanrolera.

En 1989 se presentaron en Halley con una repercusión sin precedentes paras un grupo que nunca había utilizado los mecanismos de difusión. Para ese entonces, ya no era necesario ser rockero de alma o de boca, ni odiar los aparatos y la música electrónica para unirse a la devoción de Los Redondos. El grupo comenzaba a concentrar una rica heterogeneidad en su audiencia y también aparecían las primeras opiniones sectaristas, por parte de algunos flancos de la prensa y el público, que se enojaba por eso.

En diciembre del mismo año, toda la historia de la banda se agolpó en un solo espacio. Por fin el templo, el Olimpo que guardaba desde siempre el recuerdo de las mejores noches para el rock vernáculo, encendió sus antorchas para recibir a los nuevos héroes (dioses para algunos) de la mitología nacional. La presentación de “Bang, Bang estás liquidado” en el estadio Obras Sanitarias resultó, por otro lado, un caótico delirio popular y puso en una encrucijada a Los Redondos sobre sus próximos pasos. El cambio parecía exigir una crisis dolorosa. en Obras, creció el pasto de alimento policial y la crítica de quienes habían juzgado negativamente esta inserción a los modos del gran espectáculo.

Sin embargo, no sin preocuparse por lo que podía volver a pasar, y tomando una iniciativa ejemplar -como aconteció en toda su “carrera”- Los Redondos decidieron que seis meses más tarde se repitiera otro multitudinario encuentro. En el estadio del Parque Sarmiento brillaron los furiosos sonidos de “Bang, Bang...”, en una fiesta memorable.

Entonces se sucedieron las noches de Obras en 1990, en las que Patricio Rey fue amo exclusivo de cada una de ellas. Los temas y álbunes alcanzaron una repercusión que jamás habían tenido. Su popularidad igualó a la de cualquier otro artista que se haya valido de medios más prácticos -pero no menores ni más eficientes- para obtenerla y, a través de una inigualable estrategia, accedieron a un lugar de privilegio que pocas bandas pudieron alcanzar.

Ya en 1990, despidieron el año (lógicamente en Obras) y mostraron algunos de los temas (“Nueva Roma”, “Toxi-Taxi”, “Fusilado por la cruz roja” y “un poco de amor francés”) que integrarían el próximo disco.

El año 1991 no comenzó bien para Los Redondos. Durante el mes de abril convocaron una vez más a “las bandas” al estadio Obras en una noche sumamente triste. Dentro del recinto todo se desarrolló con absoluta normalidad, pero fuera floreciendo los inconvenientes siempre ocurridos y nunca resueltos, la confusión y el viejo fantasma de la represión reaparecieron. Walter David Bulacio -diecisiete años y alumno de quinto año del colegio Bernardino Rivadavia- falleció horas después de haber sido detenido en uno de los numerosos operativos policiales realizados en la noche del 19 de abril en las inmediaciones del estadio de Obras Sanitarias. La autopista atribuyó la muerte a una hemorragia cerebral ocasionada por una neurisma.

De allí en más, las versiones contrapuestas (unas se refieren a una severa represión policial, otras niegan cualquier agresión posible) se sucedieron creando un controvertido debate cuyo resultado nunca podrá revertir la tragedia ocurrida. Cuando estos nefastos episodios parecían superados para siempre, reaparecieron para perjudicar a quienes deberían ser protegidos.

Después de aquella noche negra y con el hermetismo que siempre se caracterizó, el grupo se encerró en los estudios Del Cielito para completar la grabación de su quinto y ansiado disco, titulado “La mosca y la sopa”. La placa contó con diez temas, entre ellos los ya presentados en público “Toxi-Taxi”, “Fusilado por la Cruz Roja”, “Nueva Roma”, “Un poco de amor francés” y “mi perro dinamita”.

Completaron la lista de temas “Tarea fina”, “El blues de la artillería”, “El pibe de los astilleros”, “Salando las heridas” y “Queso ruso”. La grabación se llevó a cabo entre octubre del´91 y fue varias veces interrumpida por las actuaciones en Obras, las vacaciones -algunos redondos anduvieron de paseo por España- y el caso Bulacio. En aquel momento, muchos medios (y aún conocidos personajes) reprocharon a la banda su “falta de participación” en el tema, su negativa a integrar marchas o hacer declaraciones al respecto.

“El tema pasa por otro lado”, comentaba entonces La Negra Poli. “Pasa porque se quiere politizar el hecho y explotar a la banda en ese contexto. Nosotros no tenemos ni queremos tener nada que ver con la política, que es siempre el mismo juego sucio y en el que, lamentablemente, entran muchos músicos sin darse cuenta de que están siendo manoseados y usados”.

Así recluidos en los Estudios Del Cielito, Los Redondos predicaron con el ejemplo y siguieron trabajando firme “porque nosotros somos músicos y no predicadores o políticos y nuestra profesión es hacer música, arte, y no andar catequizando o dando discursos o servirle de escalera a alguien o usar de escalera otro”.

La producción, como siempre, fue de Patricio Rey, es decir de toda la banda. Gustavo Gauvry, Roberto Fernández y Mario Breuer fueron los técnicos de grabación mientras que Lito Vitali -aportó teclados en “Blues de la artillería”- y Luis “Mississipi” Robinson -de la Mississipi Blues Band- fueron los músicos invitados.

El arte de tapa, como no podía ser de otra manera, fue confiado a Rocambole, autor de las cuatro portadas anteriores, y el equipo dirigido por Guillermo Beilinson preparó un videoclip promocional, el segundo en la historia de Los Redondos, “pero con una técnica y elementos diferentes”, según aclaró Poli.

Durante el mes de Septiembre se editó en compacto disco el catálogo completo de los Redonditos de Ricota. Los discos láser de “Glup!”, “Oktubre”, “Un baión para el ojo idiota”, “Bang, Bang, estás liquidado” y por supuesto “La mosca y la sopa” fueron fabricados en Venezuela y permitieron a los fans acceder a las diferentes etapas de la banda con una calidad sonora muy superior.

En cuanto a presentaciones, quienes tuvieron la primicia de ver y escuchar a Los Redondos apenas terminadas las sesiones de grabación fueron los marplatenses. La banda se presentó el 10 de Agosto en el teatro San Martín de esa ciudad turística, frente a un auditorio ávido de rock and roll. En tanto “las bandas” porteñas tuvieron que aguardar un poco más para entrar nuevamente en contacto con Patricio Rey. Del 22 al 24 de Noviembre, el Indio y sus muchachos volvieron a los escenarios capitalinos para ofrecer una de las series más calientes de conciertos en la historia. El grupo congregó a casi 20.000 personas en tres funciones a sala llena, llevadas a cabo en Autopista Center, el nuevo “galpón” escogido por Poli y sus secuaces.

En cada uno de los shows, la agrupación presentó oficialmente el material de “La mosca y la sopa” movilizó a todos los nuevos himnos “Mi perro dinamita” y “Un poco de amor francés” y confirmó su intacto poder de convocatoria.

En aquellos días y después de varios años, la banda decidió salir de su caparazón y ofrecer un par de reportajes a algunos medios especializados donde reafirmaron su postura independiente. Fieles a su costumbre el Día de los Inocentes dijeron adiós al ´91 junto a su inseparable público en un show que marcó el regreso de Los Redondos a Obras.

El ´92 fue un año de escasa actividad para el grupo aunque continuaron con su espíritu nómade a la hora de las presentaciones en vivo. En mayo se llevó a cabo la ceremonia del reencuentro en el Microestadio de Lanús, deleitando al público con temas clásicos y otros nunca editados como “Un tal Brigitte Bardot”. La demanda de localidades fue tan grande que debieron agregar una nueva función al día siguiente.

Algunos meses después la fiesta ricotera continuó en el Microestadio de Racing -en Avellaneda- en el Centro Municipal de Exposiciones ante más de diez mil personas y en Stadium, un nuevo reducto dedicado al rock and roll ubicado en Almagro. En aquella oportunidad algunos de los que quedaron afuera sin poder conseguir entradas intentaron ingresar por la fuerza mientras que otros expresaron su bronca arrojando botellas contra los cristales de la entrada. Consecuencia: el lugar cerró sus puertas tan rápido como su inauguración, aunque meses más tarde fue reinaugurado.

Sorpresivamente y sin ningún aviso mediante, Los Redondos cerraron el año con “En directo”, grabado en vivo durante unas de sus tantas presentaciones en Obras, pero dueño de un sonido pobre dejó bastante que desear.

Durante el pasado mes de Diciembre, Los Redondos se instalaron nuevamente en los estudios Del Cielito para andar los últimos toques a su próximo trabajo discográfico, el sexto para ser más precisos.

Más tarde la banda sacó un disco que sorprendió, ya sea a los fanáticos de siempre, a aquellos que nunca mostraron un mínimo interés por su música, a los músicos y a la crítica especializada porque presenta una nueva etapa del quinteto, muy distinta a la crudeza que siempre los caracterizó. Con material más variado, ideas sorprendentes y un estilo más abierto, el nuevo disco de los Redondos constó entre sus temas al ya presentado “El arte del buen comer” (Pituca) y el tentativo “Etiqueta negra”, más todos los resultantes de una evolución musical y sonora. Su nombre fue “Lobo suelto cordero atado”, las grabaciones fueron realizadas en nuestro país.

Luego de este gran éxito surgieron dos más, ellos fueron “Luz Belito” y para finalizar su discografía “Último bondi a Finishterrer”. Actualmente todos sus compacs continúan siendo un éxito a pesar de su antigüedad, y los integrantes del grupo son una leyenda que la mitad más uno sigue a todas partes.