Origen y evolución de la democracia

Historia universal. Filosofía política. Sistemas políticos. Organización democrática. Poder Popular. Atenas. Aristocracia ateniense. República Romana

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I UNIDAD: INTRODUCCIÓN ¿QUÉ ES ESO QUE SE LLAMA DEMOCRACIA?

B. LA INVENCIÓN DE LA DEMOCRACIA

Aunque parezcan estar muy lejanos, los tiempos en que surgieron la democracia en Atenas y la república en Roma están llenos de enseñanzas para nosotros. No sólo encontramos en ellos, por primera vez, palabras como política, democracia, censo o comicio, que se utilizan cotidianamente en nuestros me­dios de comunicación, sino que, también, su estudio nos ayuda a reconocer la fuerza y los obstáculos que han condicionado y siguen condicionando todos los intentos por realizar el ideal de­mocrático. Veamos desde una perspectiva panorámica, cuá­les fueron las vías por las que llegó a concebirse, a inventarse, una organización democrática de la sociedad.

1. La crisis de la aristocracia ateniense

En su origen, hacia el año 1000 a.C., Atenas, como las pocas ciudades griegas que entonces existían, estaba gobernada por una realeza. El rey de Atenas, que tenía su palacio sobre la Acrópo­lis, era una especie de jefe supremo de otros tantos reyes que ejercían el mando en cada uno de sus respectivos clanes o tribus. Las relaciones entre el rey y el resto de los reyes parece ser que eran buenas y armoniosas hasta que el primero quiso acrecentar su poder, incorporando a su clan a las gentes extran­jeras que vivían en Atenas. Fue entonces cuando los demás se rebelaron y derrocaron al rey. A partir de ese momento, Atenas fue gobernada por el conjunto de nobles, o jefes de los clanes, que se mostraron hostiles al pueblo, es decir, a aquellos que no pertenecían a ningún clan. Fueron ellos los que ejercían el poder político, militar y religioso, reunidos normalmente en un conse­jo de arcontes, en el cual no podía participar nadie extraño a ese selecto grupo de familias atenienses.

Esa aristocracia que rigió en Atenas, sin ninguna oposición, durante más de dos siglos, cultivaba el sentido de la distinción y de la excelencia. Estaba orgullosa de sus dioses, en cuyo culto no podía participar el pueblo que tenía sus propias divinidades consideradas inferiores. El aristócrata mira siempre por encima del hombro a los representantes del pueblo a quienes considera débiles y cobardes. Se ha dicho, por tanto, que la moral de la aristocracia griega es una moral basada en un sentido competitivo de la vida, que sólo reconoce la fuerza, la belleza, el valor y el vigor físico, como criterios de poder político. Es lógico que con estos presupuestos surgieran los juegos panhelénicos, y entre ellos especialmente los juegos olímpicos, como el escenario idóneo para demostrar el verdade­ro valor. Las Odas triunfales que el poeta Píndaro consagra a los campeones de estos juegos son el vivo ejemplo de este senti­miento aristocrático. Aunque teóricamente los juegos es­taban abiertos a todos los ciudadanos, de hecho, fueron juegos de la aristocracia y para la aristocracia. La fortuna que exigía criar ca­ballos o prepararse durante todo el tiempo para participar en las pruebas atléticas sólo estaba al alcance de los nobles. Hay que señalar además que en la excelencia del campeón se solía resaltar una componente familiar, hereditaria. Cada familia tiene sus cualidades, y estas se transmiten por tradición. Se canta la gloria del vencedor por haber ganado una carrera y, al tiempo, se exaltan las hazañas de su padre y de su abuelo en esa misma prueba.

Según esa lógica aristocrática, es en la lucha donde resplan­dece la verdad y es el más fuerte el que dicta sus leyes, el que marca su territorio y el que ejerce el gobierno. El débil, el miem­bro del pueblo, el campesino, el artesano, apenas puede oponer otro argumento que no sea el de su propia miseria. La situación del pueblo era casi desesperada —esta situación fue percibida a tra­vés de todos los testimonios escritos de que disponemos. Pero el pueblo, en los primeros tiempos de dominio de la aristocra­cia, no tenía ninguna posibilidad de hacer oír su voz o conducir sus fuerzas. La fábula del halcón y el ruiseñor que nos cuenta el poeta Hesíodo, en el siglo VIII a.C. puede drnos una idea de la situación:

“Así habló un halcón a un ruiseñor de variopinto cuello mientras le llevaba muy alto, entre las nubes, atrapado con sus garras. Este gemía lastimosamente, ensartado entre las corvas uñas y aquel en tono de superioridad le dirigió estas palabras: `¡Infeliz! ¿Por qué chillas? Ahora te tiene en su poder uno mucho más poderoso. Irás a donde yo te lleve por muy cantor que seas y me servirás de co­mida si quiero o te dejaré libre. ¡Loco es el que quiere ponerse a la altura de los más fuertes! Se ve privado de la victoria y además de sufrir vejaciones, es maltratado'. Así dijo el halcón de rápido vue­lo, ave de amplias alas” (Hesíodo, Los trabajos y los días).

Aquellos debieron ser los argumentos que el pueblo escucha­ra de labios de los aristócratas, durante los siglos que perduró su situación angustiosa y miserable. Llegó el momento, sin embargo, en que la aristocracia ateniense no pudo seguir mante­niendo por la fuerza aquella situación y, a regañadientes, tuvo que pactar en medio de una auténtica guerra civil. Se acudió a una especie de árbitros o magistrados especiales. Los aristócratas esperaban que las cosas quedaran como estaban y el pueblo con­fiaba en ver cumplido su deseo de una justicia basada no ya en la fuerza, sino en la igualdad. Algunos de aquellos magistrados como Dracon, y sobre todo Solón, arconte de Atenas en el 594 a.C., dictaron leyes que supusieron una mayor igualación y un recorte de algunos de los tradicionales privilegios de la aristocra­cia. Para Solón, los excesos de la aristocracia no tienen ninguna justificación; la justicia es medida y exige dar al pueblo “lo que le basta”, es decir, no quitándole lo que le pertenece, aunque tampoco dándole más. La injusticia de la aristocracia —conclui­rá Solón— echa al pueblo en brazos del tirano. Y esto fue efecti­vamente lo que sucedió con Pisístrato con el cual, no obstante, comenzó una era de alivio y prosperidad para la ciudad. Los ciudadanos atenienses hicieron caso al consejo del tirano: se de­dicaron a sus negocios mientras él, con unos pocos colaborado­res, se ocupaba del Estado de una forma bastante juiciosa.

2. La democracia en Atenas

La democracia en su época más esplendorosa, bien entrado el siglo V a.C., es el resultado de un proceso de varios siglos de luchas, desórdenes, transiciones y vacilaciones. La idea de igualdad entre los ciudadanos se fue imponiendo, pero hacía falta alguien que le diera la forma y el impulso definitivos. Esta tarea correspondió a Clístenes y sobre todo a Pericles. En la persona de Pericles se encuentra la esencia de la democracia griega, las virtudes que hicieron de este sistema de gobierno un ejemplo para la posteridad. Pero curiosamente, Pericles, aunque creía profundamente en la democracia, era un altivo aristócrata muy lejos del demagogo y del que quiere conquistar al pueblo por sus maneras vulgares. Pericles se mantiene distante, cuida su com­postura, domina sus emociones e ignora las críticas. Inteligente y extremadamente cuidadoso en su oratoria, ama la belleza y la sa­biduría, por eso está próximo a los filósofos y artistas. Anaxá­goras, Protágoras, Heródoto, Fidias, Sófocles, eran sus amigos. Consiguió aglutinar a todos todos en torno a un proyecto político, a un ideal de convivencia democrático, influ­yendo decisivamente en toda su obra. Este talante que entronca con las ambiciones de excelencia de la más vieja aris­tocracia no fue obstáculo para que todo el pueblo ateniense lo ad­mirara y lo eligiera durante quince años ininterrumpidos. Veamos ahora cuáles son los rasgos más característicos de aquella democracia.

Los historiadores están de acuerdo en afirmar que la Atenas de Pericles tendría alrededor de unos cuatrocientos mil habitan­tes. Evidentemente el sistema democrático ateniense no permitía participar en los asuntos de la ciudad sino a un porcentaje muy reducido de esa población. Más de la mitad de los habitantes de Atenas eran esclavos, es decir, tenían una consideración muy próxima a la de un animal de carga o doméstico; 20% de aque­lla población estaba formada por metecos o extranjeros, dedica­dos normalmente a la actividad comercial e industrial, pero excluidos de la participación política; el 25% restante podía considerarse como ciudadano ateniense, pero las mujeres y los niños apenas tenían derechos civiles y políticos. Resulta, por tan­to, que de la población inicial sólo 7 u 8% de privilegia­dos ciudadanos podía dedicarse a los asuntos de la ciudad.

Esa minoría de ciudadanos estaba orgullosa de su condición, todos son hijos de atenienses y es esto lo que les hace iguales. Se trata de una igualdad ante la ley ya que todo joven mayor de dieciocho años que hubiera cumplido sus dos años de servi­cio militar, podía participar en la Asamblea del pueblo. Pero, tras esa igualdad legal se venía ocultando una desigualdad real. Seguían existiendo los viejos aristócratas que no estaban muy contentos con la nueva situación; junto a ellos se encontraba la clase media de los pequeños propietarios rurales y la clase más baja de los artesanos, marineros y tenderos que sería la gran benefi­ciada de las reformas.

3. El ejercicio de la democracia

Pese a las rencillas que se ocultaban entre los ciudadanos de dis­tinta procedencia social, el ejercicio de los derechos democrá­ticos tiene, en la Atenas de Pericles, un cierto sentido festivo. Para formarnos una idea de lo que era una sesión de la Asamblea del pueblo ateniense, podemos compararla con un acontecimiento deportivo en nuestros días. Una buena parte de los ciudadanos —porque también había abstencionistas—, se dirigía a la Asamblea provisto de comida y bebida para todo el día pues la sesión du­raba de sol a sol. Abarrotado el recinto por la muchedumbre, comenzaban a debatirse los asuntos bajo la dirección de un pre­sidente, asistido por algún suplente y un servicio de orden. Los asuntos que se trataban eran todos los que afectaban a la buena marcha de la ciudad: diplomacia, cuestiones económicas, direc­ción de la guerra y los asuntos militares, obras públicas, etc.

En la Asamblea del pueblo —conocida por el nombre de Eccle­sia— cualquiera podía tomar la palabra, y la opinión del más hu­milde podía imponerse teóricamente sobre la del más distingui­do aristócrata, si lograba convencer a la mayoría. Había, no obstante, ciertos mecanismos de control para evitar que se pro­pusieran ideas descabelladas. En primer lugar estaba el control de la propia Asamblea, proclive a abuchear a cualquier orador loco o torpe; y en segundo lugar, existía la costumbre de que cada ley llevase el nombre de aquel que la había propuesto, de tal manera que él era el responsable de las consecuencias que se producían al aprobarse. De esta forma, el autor de una ley que luego no se pudiera aplicar o que tuviera consecuencias funes­tas, se arriesgaba a ser condenado.

Aunque la mayoría de los ciudadanos fuera competente para tomar las decisiones, lo cierto es que la Ecclesia era demasiado numerosa y tenía que delegar algunas de sus funciones. Se re­unía pocas veces al año o en casos excepcionales siempre con­vocada a toque de trompeta. Por eso, para los asuntos diarios de la política, e incluso para decidir qué leyes debían ser some­tidas a la aprobación de la Asamblea del pueblo, estaba la Bulé o Asamblea de los quinientos, con competencias muy importan­tes. Se trataba de una especie de Cámara Alta, en la que partici­paban cincuenta miembros de las diez principales tribus o demos de Atenas, elegidos por sorteo. Cualquier ciudadano no podía, sin embargo, participar en la Bulé, era preciso, además, tener una cierta experiencia política en su tribu y pasar un riguroso examen de moralidad.

La misma exigencia de moralidad se exigía a los demás magis­trados que se elegían también por sorteo, como los alguaciles encargados de hacer cumplir las sentencias judiciales, los inspectores de mercados, los policías encargados de la limpieza y el orden de las calles, los recaudadores, los pagadores, etc. Asimis­mo, se designaban por sorteo, entre los ciudadanos mayores de treinta años, a los miembros de los jurados (seis mil para cada año). El tribunal supremo era también un tribunal popular: la Helía, con competencias sobre el resto de los tribunales.

Había otros magistrados, que por su importancia y los conoci­mientos técnicos que precisaban, no eran designados por sorteo, sino por elección. Tal es el caso de los principales cargos económicos o militares. Estos estaban también sometidos a un estricto control democrático y debían rendir, ante el pueblo, frecuentes informes sobre su gestión.

Por último cabe señalar que todos los cargos de magistra­dos elegidos o sorteados eran pagados con cargo a los fondos públicos.

4. La corrupción de la democracia

Hubo varios factores que contribuyeron a la decadencia de esa construcción política de la Atenas de Pericles. El más importante, sin duda, fue el inicio de la guerra con Esparta que duró casi treinta años (431-404 a.C.) y que tuvo para Atenas graves consecuencias económicas. Pero el inicio de la guerra tuvo mucho que ver con las propias contradicciones de la concepción democrática.

En su política exterior Atenas pretendió realizar los mismos principios que en la política interior: auxiliar al débil, prestar ayuda desinteresada a las ciudades perseguidas y sometidas al régimen oligárquico de Esparta, intentando que las ideas demo­cráticas fueran aplicadas por todos. Esta era, al menos, la justifi­cación oficial que pretendió hacer Pericles, aunque tras ella se ocultaban motivos menos generosos. Atenas era consciente de su poder, de su superioridad económica y cultural con respecto a todas las ciudades griegas. El marco de la ciudad, de la polis, se había hecho un poco pequeño y provinciano. Por necesidades económicas de expansión, de abrir nuevos mercados, de explo­rar nuevas rutas, Atenas intentó crear un imperio que agru­para a la mayoría de las ciudades griegas bajo su protección y el respeto de los principios democráticos. Ese imperialismo demo­crático contaba con el rechazo total de Esparta, que pretendía mantener, a toda costa, el sistema tradicional de autonomía de las ciudades helénicas que funcionaban como los estados actua­les y que por eso habían recibido el nombre de ciudades-estado. La mayoría de esas ciudades, y en especial Esparta, que era su mo­delo, estaban gobernadas por una aristocracia de naturaleza mi­litar.

Así, la guerra del Peloponeso, entre Esparta y Atenas, se planteó como un enfrentamiento entre dos concepciones polí­ticas diferentes, que tendría consecuencias funestas para la democracia. Se llegó a tomar conciencia de la contradicción que existía entre la pretensión de propagar su idea de igualdad democrática y los medios poco democráticos utilizados para hacerlo, que implicaban la afirmación de la propia superioridad. Ate­nas, la patria de la libertad, al querer arrancar la autonomía a las otras ciudades, provocó que éstas fueran defendidas por la autori­taria Esparta. Los atenienses, cuando iniciaron la guerra del Peloponeso como una guerra de conquista y de propaganda a la vez, mostraron, por primera vez en la historia, las contradicciones que acechan a todos los imperios que pretenden ser de­mocráticos.

El caso es que la guerra del Peloponeso supuso la lenta desintegración de la democracia, en la cual influyeron también otras circunstancias imprevistas. Una de ellas fue la terrible epidemia de peste que tiene lugar en Atenas al poco tiempo de iniciarse la guerra y que dejó diezmada a su población y a sus combatien­tes. La otra es la muerte de Pericles.

La desaparición del líder que había logrado llevar a cabo una política bien planeada de mejoras para el pueblo, sin por ello caer en la demagogia, fue fatal para la democracia. En su perso­na se había concretado una clara síntesis entre aristocracia y de­mocracia, una aristocracia que sabía convivir y decidir junto con el pueblo, y un pueblo que tenía pretensiones de elevación mo­ral y espíritu cívico. Pero la muerte de Pericles, unida a la crisis económica provocada por la guerra, hizo que cada clase buscara por separado su propio interés y que acentuara sus diferencias con respecto a la otra.

Los aristócratas y los ricos se quejaban de ser los únicos que soportaban el peso de la guerra y las sumas con las que se pa­gaban a los magistrados y cargos públicos. Al mismo tiempo desconfiaban de todas las instituciones democráticas, como la Asamblea del pueblo y los tribunales populares a los que veían llenos de insolencia y de deseos de revancha, ansiosos de decre­tar confiscaciones de sus bienes. Aunque en estas apreciaciones de los aristócratas se pueda descubrir un espíritu egoísta que no contemplaba en absoluto el bien común, lo cierto es que las clases populares se radicalizaron. De tener la igualdad legal, bus­caron una progresiva igualación económica, guiados frecuente­mente por un sentimiento de envidia y de sospecha con respecto a todo poder y a toda riqueza. En este ambiente la desintegra­ción de las instituciones democráticas era casi inevitable.

El pueblo estaba sujeto cada vez más a la manipu­lación de los demagogos, jefes populares que, sin tener ningún reconocimiento oficial en la constitución, ni ninguna responsabi­lidad en las decisiones que tomara la Asamblea, ejercían sobre ella una gran influencia. Por otra parte, los jefes que sucedieron a Pericles fueron notablemente inferiores a él, incapaces de adoptar alguna decisión que disgustara al pueblo, preocupados siempre por halagarlo. Esta situación llevó, en varias ocasiones durante la guerra del Peloponeso, a que la Asamblea tomara decisiones insensatas, provocadas por un ambiente de exaltación y de falta de serenidad. Los estrategas o jefes supremos militares tenían terror de presentarse ante la Asamblea y, en muchas ocasiones, tuvieron que actuar en contra de su propio criterio y de lo que consideraban el arte militar. También, repetidas veces, la Asam­blea se negó a firmar una paz bastante ventajosa con Esparta para tener que acabar aceptando condiciones muy poco favora­bles.

En lo que respecta a la administración de justicia, la corrup­ción fue imponiéndose progresivamente. En la situación de cri­sis económica, los cargos de magistrados que eran pagados con dinero público, fueron cada vez más desatendi­dos hasta llegar a ser retribuidos con cantidades simbólicas. Esto provocó un desinterés por parte de los jurados populares y una creciente tendencia al soborno. Estaban también los sicofantes, especie de acusadores o agitadores profesionales que eran temi­dos por las clases ricas y que contribuían a crear un clima de inseguridad.

No era de extrañar que en estas condiciones, en una situación de guerra civil en el contexto de una guerra con el exterior, se llegara a una definitiva crisis de la democracia. En el año 404, fecha en que fue derrotada, Atenas era gobernada por el régimen de terror de los Treinta tiranos. Aunque poco después la demo­cracia fue restaurada, se trató de una democracia que no tenía nada que ver con la primera. Era una democracia autoritaria que decide la muerte de Sócrates en el año 399 a.C. El número de los desencantados de la democracia y de la política fue aumen­tando. La idea de apartarse de una política corrupta y de refugiarse en el individualismo se iba imponiendo poco a poco. El espíritu cívico, la idea de un bien común y de una tarea co­lectiva por la que sacrificarse y trabajar se había esfumado casi por completo. Los ciudadanos se desvinculan de la defensa de la ciu­dad y encomiendan ese trabajo a los mercenarios.

5. La República romana

A lo largo de la historia de la Roma antigua, no encontramos, en ningún momento, el grado de democratización que se alcan­zó en Atenas. Sin embargo, es muy útil estudiar las institucio­nes políticas de la República romana ya que han proporcionado y siguen proporcionando una fuente de inspiración para las so­ciedades de la Edad moderna. Dieron origen a lo que algu­nos expertos en ciencia política han llamado el “modelo republicano”. Mientras el modelo democrático puro pone el acen­to en el gobierno del pueblo, el modelo republicano lo hace en la idea de equilibrio de poderes. No es que el modelo republica­no vaya en contra del principio de la soberanía popular. Repú­blica en latín quiere decir cosa (res) pública, es decir, asunto de todos y no de unos pocos. Por esta razón la República exige un espíritu cívico, una participación de todos los ciudadanos en unas instituciones que deben respetar. Esto no quiere decir que deba ser el pueblo el único que ejerza el poder, pues podría llegarse así a una tiranía. Se pretende que el poder popular se equilibre con otros poderes. En la práctica del modelo republicano aquel poder del pueblo puede llegar a ser mucho menor que el de las minorías aristocráticas. Así sucedió en la República romana y así sigue sucediendo en muchas sociedades contemporáneas que se llaman a sí mismas democráticas.

Roma, cuya fundación data del siglo VIII a.C., fue gobernada durante los dos primeros siglos por una realeza que ejercía una cierta función moderadora entre los patricios y los plebeyos. En el año 509 a.C., una revolución de las principales familias patri­cias destronó al monarca y se hizo con el poder, dando origen al período que se conoce con el nombre de República y que va a durar casi cinco siglos hasta el comienzo del Imperio en el año 20 a.C.

La República romana es esencialmente aristocrática y se cons­truye sobre el trasfondo de un fuerte conflicto entre patricios y plebeyos, que, sin embargo, no llegará a alterar de un modo se­rio la Constitución. Inicialmente los patricios ocuparon todos los cargos y ejercieron el poder de una forma casi absoluta. Los ple­beyos, por su parte, estuvieron a punto de separarse de Roma y fundar a sus puertas una nueva ciudad regida por leyes e insti­tuciones democráticas. Finalmente se llegó a un cierto compro­miso: los plebeyos decidieron integrarse en Roma y los patricios aceptaron algunas de las reivindicaciones del pueblo tales como la institución de los tribunos de la plebe. Pero, como sucedió en Grecia, las relaciones entre patricios y plebeyos no fueron muy buenas. Por parte del aristócrata existe siempre un desprecio hacia las capas populares. Ese fue el caso del patricio Coriolano (principios del siglo V a.C.) cuya vida re­lató Plutarco y Shakespeare transformó en una de sus más im­portantes tragedias. Coriolano, valiente y fuerte, no puede tole­rar el servilismo, la debilidad y la cobardía que observa en los plebeyos y en los tribunos de la plebe. El pueblo, a su vez, no puede aceptar las continuas provocaciones del patricio y logra condenarlo y expulsarlo de Roma. Coriolano se alía con los ene­migos del pueblo romano y, a su frente, llega hasta las puertas de Roma dispuesto a invadirla. Entonces aquellos que lo habían expulsado le suplican y se humillan ante él pidiéndole clemen­cia. Finalmente Coriolano, por la intercesión de su madre, se muestra indulgente y se retira, pero este gesto de debilidad es el que provoca su muerte.

A pesar de lo inconciliable de las actitudes y de las reivindi­caciones de la plebe y la nobleza, la República romana supo crear, sin perjuicio de su carácter aristocrático, un modelo de equili­brio y de convivencia que se prolongó durante varios siglos. Vea­mos sobre qué instituciones se alza ese modelo.

  • Instituciones aristocráticas: la principal de ellas es el Senado, una asamblea de trescientos nobles que además habían ejercido magistraturas importantes. Tenía una gran autoridad en las cues­tiones más fundamentales de la República como eran los asun­tos militares, internacionales, financieros y religiosos. Era, en de­finitiva, el órgano supremo de la República. Además del Senado, los patricios ocupaban las magistraturas más importantes liga­das a aquellas cuestiones.

  • Instituciones populares. Se encuentran las llamadas Asam­bleas populares celebradas en la tribu o en las centurias del ejér­cito. Estas últimas constituían la forma más alta de Asamblea popular, pero en ellas la participación plebeya era muy reduci­da. Los 193 representantes de que constaba eran elegidos por centurias clasificadas en cinco categorías, según el nivel de in­gresos de sus componentes. A los obreros o músicos militares sólo les correspondían cuatro representantes, es decir, cerca de 2%. Los comicios centuriados tenían como competencia fundamental la de aprobar las leyes constitucionales y la de elegir a los dos cónsules que ejercían el mando militar. Pero, sin duda, la institución plebeya por excelencia es la de las tribunas de la plebe. Estos debían ser plebeyos elegidos por plebeyos en las asambleas de tribu (de ahí la palabra tribuna). Los tribunas de la plebe eran diez y gozaban del privilegio de la inmunidad y de amplias competencias ante el resto de las insti­tuciones para velar por los intereses del pueblo.

  • Los cónsules o funcionarios más altos de la República. Eran dos y tenían en sus manos los más amplios poderes militares y civi­les. Ambos mandaban igual y por eso para adoptar cualquier decisión tenían que estar de acuerdo. Además, sus extensos po­deres estaban limitados al plazo de un año, al cabo del cual eran elegidos nuevamente por los comicios de la centuria.

  • El modelo de la República romana, según pudimos observar, fue marcadamente aristocrático porque las instituciones con ma­yor poder, como son el Senado y las principales magistraturas, estaban en manos de los patricios. Pero no existía desprecio por el pueblo, que también tenía sus procedimientos para hacer oír su voz. El pueblo se sentía vinculado a su ciudad y a sus instituciones: Roma es la patria y la virtud cívica lleva a desear, ante todo, su engrandecimiento y el bien común. En realidad la inspiración última de la República romana partía de la idea de equilibrio entre los muchos (la plebe), los pocos (los patricios) e incluso los únicos (los cónsules). En Roma es donde surgi­ó la idea de contrato, de transacción, por eso la constitución republicana hay que interpretarla como un gran compromiso en­tre patricios y plebeyos. Ninguno puede abusar ni llegar a ser tirano pues la mayoría de los cargos son temporales y, además, están contrapesados entre sí.

    Cuando la presión de las capas populares, fundamentalmente de los agricultores, se hizo muy intensa, un tribuno de la plebe, Tiberio Graco y más tarde su hermano Cayo, a finales del siglo II a.C., exigieron la aplicación práctica del principio de la sobe­ranía popular que en teoría reconocía la constitución republi­cana, pero la reacción de los patricios acabó sofocando en san­gre aquellas pretensiones del partido democrático. Fue tan sólo el principio de la decadencia de la República romana, de la des­moralización y la corrupción de la virtud cívica. La proliferación de los conflictos civiles entre patricios y plebeyos no podía lle­var a otra parte que a la destrucción de la República y a la apa­rición del Imperio.

    Por último hay que hacer notar que, al igual que en Atenas, la mayoría de los habitantes de Roma carecían del derecho de ciudadanía y no podían participar en las actividades políticas. Ni las mujeres, ni los niños, ni los extranjeros, ni mucho menos los esclavos tenían la consideración de ciudadanos. Poco a poco, a medida que Roma se fue haciendo imperialista, la ciudadanía romana se fue extendiendo también a los habitantes de las colo­nias. No fue así con los esclavos, que representaban cerca de 25% de la población de Italia y que siguieron teniendo la condi­ción de “cosa”. Revueltas de esclavos como la de Espartaco re­velaban un evidente malestar, unos deseos de extensión de la libertad y la ciudadanía que en el siglo I a.C. tenía un carácter utópico.

    6. Otros modelos

    Atenas y Roma son los dos grandes modelos de organización política democrática en la historia de Occidente. Desde la caída del Imperio romano hasta nuestros días no pueden citarse en Europa muchas sociedades en las que, de una u otra forma, se pretendiera construir una organización democrática. Ni bajo el feudalismo ni bajo la monarquía absoluta ha podido encontrar el pueblo vías de participación en la vida política. Al contrario, el feudalismo implica el grado más alto de sumisión y de servilis­mo para el pueblo. Entre el señor feudal y los siervos que culti­vaban sus tierras no existía ningún acuerdo que los uniera. El úni­co vínculo que existía entre ambos era la fuerza bruta del señor. En la monarquía absoluta el pueblo, aunque sometido, reconoce al rey una autoridad que emana de un principio religioso, mien­tras que al señor feudal se le consideraba como a un vulgar explo­tador que sólo buscaba sus propios intereses sin concesiones a nin­gún principio espiritual. Por esta razón se ha dicho que el régimen feudal, en cuanto el menos democrático, ha sido el más odiado por el pueblo.

    No obstante, pueden reseñarse en la Edad media y moderna, algunas prácticas democráticas centradas sobre todo en la administración de los municipios. A partir de los siglos XI y XII, algunos individuos se agruparon en comunidades y trataron de organizarse para prote­gerse de los abusos del señor feudal. Esto explica que los muni­cipios se constituyan como plazas fuertes amuralladas, en las cua­les sus habitantes, los burgueses, se armaban para tratar de defenderse e imponer sus condiciones. Algunos municipios ga­naron esta batalla y lograron arrancar al señor feudal o al rey un estatuto especial o “carta” por la que se regían. Otros munici­pios perdieron la batalla y tuvieron que ver cómo sus murallas eran destruidas. Aquellas comunas que alcanzaron un estatuto especial se dotaron a sí mismas de instituciones de autogobier­no. Los burgueses constituyeron su propio ejército, señalaron sus propios impuestos y designaron sus propios jueces y magistra­dos. En el interior del municipio los burgueses eran convocados cada cierto tiempo, a toque de campana, para participar en la asamblea general del municipio. En ella todos podían hablar y tenían derecho de voto para elegir a los funcionarios o magis­trados municipales.

    Especial importancia tuvieron las ciudades italianas. Puesto que en Italia el feudalismo fue muy débil, muchos nobles trasladaron sus residencias y se incorporaron a las ciudades. Esto tuvo el efecto de crear una riqueza y un lujo que aún hoy si­guen deslumbrándonos. Venecia y Florencia fueron los ejemplos más vivos de aquellas ciudades que, de la misma forma que sucedió en Grecia, se constituyeron en ciudades-Estado que adop­taron como modelo político la República de la antigua Roma. Estas repúblicas italianas del Renacimiento, a la vez que un ejemplo de genio artístico y de esplendor económico, fueron un mo­delo de inestabilidad política. Florencia, que según un notable historiador merece el título de primer Estado moderno del mundo, pasa en un período de tiempo relativamente corto por di­versas formas de gobierno en las que se mezclan en numerosas variedades la componente aristocrática y la democrática.

    Sin embargo, a pesar del reconocimiento del principio demo­crático, tanto las repúblicas italianas del Renacimiento como la mayoría de las ciudades libres de Europa fueron presa de una gran inseguridad y, en consecuencia, de una progresiva pérdida de libertad. En Florencia se concluyó con un despótico principa­do de los Médicis y en muchos municipios europeos fue imposi­ble garantizar el orden. Los funcionarios municipales elegidos solían actuar arbitrariamente y no tenían más control que los motines populares o las nuevas elecciones de la Asamblea del pueblo. En el interior de los municipios se llegó a padecer un clima de tanta inseguridad como en el tiempo del señor feudal. Si exceptuamos las comunidades suizas, en las cuales la nobleza se alió con la burguesía, dando lugar a un sistema democrático y seguro, en el resto de municipios de Europa se fue consuman­do la división entre las clases populares inferiores movidas por un espíritu democrático radical y la alta burguesía dispuesta a pactar con el rey o el señor feudal para conseguir un poco de orden y seguridad.

    A pesar de sus innegables defectos, el espíritu democrático y de independencia surgido en los municipios tuvo una gran importancia en el desarrollo posterior de la idea democrática. Los primeros colonos que partieron hacia América pertenecían a aquella clase pobre de los municipios imbuida de principios democráticos. Al mismo tiempo eran profundamente religiosos pero tolerantes, puesto que muchos de ellos habían huido de las guerras de religión que tuvieron lugar en Inglaterra durante el siglo XVII. Así, esos colonos llevaron al nuevo continente la semilla de la soberanía popular, de la tolerancia y de los há­bitos democráticos que luego se desarrollaron de forma especta­cular. Esas reuniones del pueblo, esos town-meetings, que esta­mos acostumbrados a ver en las películas del Oeste, donde se discuten todos los problemas de la comunidad y donde se elige al sherif, tienen su antecedente inmediato en las prácticas municipales del viejo continente europeo.

    Aparte de esos modelos “menores”, podemos considerar el ejemplo de la Constitución inglesa como el primer caso de aplica­ción de las ideas democrático-republicanas a un Estado de gran tamaño. En Inglaterra, a diferencia de los principales países eu­ropeos del continente, existían desde fecha muy antigua institu­ciones de libertad. De 1215 data la famosa Carta Magna, conjun­to de libertades que el rey Juan sin Tierra reconoció a los nobles. Por otra parte existían determinadas instituciones locales inde­pendientes, la institución del jurado, el reconocimiento del dere­cho de reunión y de llevar armas. Estaba el Parlamento, al que la monarquía necesitaba para poder establecer nuevos im­puestos. Todas estas instituciones entran en lucha a lo largo de casi todo el siglo XVII. Hay también exigencias y movimientos democráticos radicales como el representado por los levellers o niveladores que exigían, ya en 1650, el derecho de sufragio universal, el derecho de voto para todo inglés que respire —si bien se excluía a las mujeres, a los indígenas y a los domésticos. El movimiento de los niveladores fue sofocado por Cromwell y al final de siglo, en 1689, se llegó a un ordenamiento constitucio­nal equilibrado, una solución de compromiso y transacción entre rey, parlamento, partidos e iglesias, para vivir y dejar vivir. La esencia de la constitución: una monarquía controlada por un par­lamento sobre una base reducida de electores, realiza ese equili­brio entre uno, pocos y todos que inspiró a la República roma­na. Los súbditos ingleses encontraron en ese momento el más alto grado de libertad posible. Las exigencias de los niveladores tuvieron que esperar todavía casi dos siglos.

    7. Conclusión

    A lo largo de la historia de Occidente, hasta el siglo XIX, pode­mos comprobar que el sistema democrático de gobierno ha sido muy poco frecuente. El modelo más puro de democracia lo hallamos en la Atenas del siglo V a.C. Se trata de un modelo apli­cable sólo a una ciudad y que tuvo una vigencia muy reducida en el tiempo, mientras duró la influencia de Pericles. El otro modelo es el republicano romano, que puede ser considerado de­mocrático pero en el que, de hecho, el pueblo acepta el liderazgo de la aristocracia. La huella de esos modelos se puede notar en muchas manifestaciones de la Europa moderna, en los que la tensión entre democracia y aristocracia siempre se sigue mante­niendo.

    Fuente:

    Eymar, Carlos. (1997). El valor de la democracia: una visión desde la tolerancia. Madrid: San Pablo.

    Giner, Salvador. (1992). Historia del pensamiento social. 8ª. Ed. (Ariel Sociología). Barcelona: Ariel.

    González González ML. (1998). Valores del Estado en el pensamiento político. 2a. ed. Serie Jurídica. México: McGraw-Hill

    Marías, Julián (1993). Historia de la Filosofía. Madrid: Alianza.

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