Origen y esplendor del Islam

Historia universal. Arabia preislámica. Califato omeya. Mahoma

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NACIMIENTO Y EXPLENDOR DEL ISLAM

DE ARABIA PREISLAMICA A LA MUERTE DE MAHOMA

Arabia antes del Islam

Afligida por un clima seco y caluroso, la extensa península solo había hecho sonar su nombre por la legendaria opulencia de su extremidad meridional. Salvo aquella “Arabia feliz”, regada suficientemente por el Monzón, y productora de “perfumes que exhalan divino olor”, el resto del país no tenía historia para sus vecinos. Constituido, en su mayor parte, por estepas sin agua y desiertos interrumpidos por escasos oasis, era patria de una población pastoril y nómada. Sus componentes, celosos guardianes de sus costumbres, sus dioses y su orgullosa independencia, se agrupaban en tribus, entre sus ocupaciones se contaban, con idéntica dedicación, el cuidado de sus rebaños, el asalto a los pueblos de los oasis y el saqueo de las caravanas. Conducidas éstas por mercaderes, recorren las rutas comerciales de la península, área de tránsito entre los mediterráneos y el Lejano Oriente.

Las actividades de los hombres

Pastores y comerciantes, ambos de la vida nómada, constituyen los tipos humanos del desierto arábigo. Los primeros, beduinos, se organizan en tribus, cuya unidad social no es el individuo, sino el grupo. Sólo en cuanto forma parte de él, tiene cada componente derechos y deberes; una fuerte unidad basada en la consanguinidad. Transmitida por la línea masculina, preserva internamente la cohesión de la tribu. Agrupados por este lazo social básico, los beduinos marchan tras sus rebaños, propiedad colectiva de la tribu, en un nomadismo incesante. Para tal actividad, teñida a veces de la sangre de prolongadas luchas a que obliga una rigurosa solidaridad tribal, bastaba una organización política rudimentaria.

Su cabeza, el jeque, elegido por todos los miembros, no pasaba de ser un miembro entre iguales, seguidor más que director de la opinión tribal. Como consejero suyo, aparece un grupo de ancianos, que integran los cabezas de familia. Jeque y consejo tratan de velar por la vida de la tribu, que regula la costumbre de los antepasados. Su género de vida, pastor nómada y bandido habitual, le pone en contacto, muy a menudo hostil, con el segundo tipo humano del desierto de Arabia: el mercader caravanero.

A su modo, era otro trashumante, aunque muchas veces se había asentado ya en los puntos más propicios a su actividad. Sus contactos con civilizaciones exteriores a la península le dotan de una historia conocida, de la que carecen los beduinos, A través de ellos, penetran influencias religiosas, judías y cristianas, y culturas, persas y bizantinas. Al socaire de estos dos grandes imperios, los sucesivos desplazamientos de los caminos comerciales fueron los determinantes de los cambios y revoluciones en la historia árabe. No importa el número de pastores beduinos, superior al de los comerciantes; Fueron estos mercaderes, traficantes por las rutas que atravesaban la península, quienes realmente conformaron su historia.

Y ningún sitio mejor para hacerla que La Meca, punto de parada en el camino de las especias que iba de sur a norte de Arabia. Allí se juntaban también las rutas que llevaban de este a oeste de la península. El lugar era idóneo para el intercambio de productos e ideas. Gobernada por una aristocracia mercantil de negociantes, La Meca constituía un auténtico centro político, cuya influencia irradiaba sobre las tribus cercanas. Nómadas hacía poco todavía, los habitantes de la ciudad mantenía la vieja solidaridad tribal: del pastoreo lo había trasladado al comercio, estimulando funciones de cooperación y organización, desconocidas entre los árabes. Facilitada su tarea mercantil por el emplazamiento, los mercaderes de La Meca supieron explotar para sus fines comerciales la existencia de un santuario local, la Caaba, el más universal de los de la península. Centro de peregrinaciones, la más importante de éstas, defendida por una tregua santa, se hacía coincidir con la más famosa de las ferias anuales. La ciudad se enriquecía y, a la vez, propagaba su culto local, que, poco a poco, va tomando su carácter nacional.

Las creencias religiosas

Esta universalización del culto de la Caaba sé sobreimponía a las abundantes tradiciones de cada una de las tribus. Diferentes por su nivel de vida, también se distinguían por su postura religiosa, tan primitiva como su género de existencia. Las condiciones físicas de la península, poco adecuadas para la rápida extensión de un credo determinado, facilitaron la supervivencia de la religión ancestral entre los nómadas. Especie de politeísmo relacionado por el paganismo de los antiguos semitas, reconoce el carácter sagrado de ciertas piedras, fuentes, árboles, aunque, por encima de ellos, admite la existencia de dioses cuya autoridad sobrepasaba los límites culturales de la tribu. El más importante de ellos, Alá, no tenía un carácter divino preciso.

Este primitivismo religioso, santificador de santuarios locales, se enriquecía en La Meca por obra de influencias judías y cristianas. Las comunidades de esas religiones y el contacto de los mercaderes con los habitantes de Siria, palestina y Persia facilitaron su introducción. Las más importantes fueron las cristianas, muchas veces en sus formas monofisitas y nestorianas. Todas ellas se amalgamaban en La Meca, donde los árabes adoraban la famosa “piedra negra”, aerolito que la tradición asociaba al nombre de Abraham. A través de ese culto, cada vez más generalizado, la creencia árabe cobraba una prolongada dimensión histórica al insertarse en la historia de la salvación descrita por los libros sagrados judíos.

Mahoma y su doctrina

En este medio comercial y cosmopolita de La Meca nació y se desarrolló Mahoma, el profeta del Islam. La población, pomposamente bautizada como ciudad, apenas era una aglomeración en el fondo de una depresión sin agua, expuesta al arrasamiento periódico de crecidas devastadoras. Por su dedicación mercantil, parecía un poco a salvo de la veloz hostilidad que enfrentaba a árabes del norte y del sur, demasiado profunda para no llevarla consigo en la fulgurante expansión del siglo VII. La hostilidad, testimonio de la complejidad de las mezclas étnicas del momento, se doblaba por efecto de una étnicas del momento, se doblaba por efecto de una población del país, capaz de explicar la inmediata expansión militar.

En este medio inestable, La Meca, refugio de refinamientos desconocidos en el desierto inmediato, constituía un auténtico centro del país. Por la situación y su reciente desarrollo económico, casi empezaba a jugar un cierto papel de jefatura política en el momento en que Mahoma comenzó sus predicaciones. Las condiciones físicas del territorio arábico y sus modos de vida no se prestaban al ejercicio de ningún criterio centralizador; pero inconscientemente, La Meca parecía jugar ese papel. Político apenas, económico bastante, religioso todavía más. Gracias a la Caaba, la ciudad se constituía en un foco centralizador; no sería imposible apreciar en ella, a final del siglo VI, un clima favorable a sustituir el viejo politeísmo nómada por tendencias monoteístas.

Enriquecida rápidamente por el tráfico caravanero, la unificación no abarcaba todas las clases sociales. La prosperidad comercial, acompañada de un desequilibrio creciente, rompía los viejos moldes de la antigua organización tribal. Incapaz de canalizar la nueva riqueza, daba paso a una desigualdad cada vez más pronunciada entre los ricos, que acrecentaba sus fortunas en el comercio de caravanas, y los pobres, condenados a un empobrecimiento irremediable. El terreno se hallaba abandonado para que un espíritu sensible denunciara esa crisis social y propusiera los medios de resolverla dignamente. Ese espíritu fue el de Mahoma. Su sensibilidad debía abarcar dos aspectos del problema: el religioso de un mundo de fermentación y, sobre todo, el de las dificultades materiales y morales con que se enfrentaban sus conciudadanos en una sociedad en plena transformación.

El profeta

Tampoco Mahoma lo fue en su tierra; la primera fase de la vida de todo creador, la crítica del sistema precedente, terminó en una huida. Las críticas se referían al modo de vida de sus conciudadanos de La Meca; la huída, la expatriación, se realizó a Medina, donde el ambiente parecía más preparado para recibir el mensaje del Profeta. La presencia de comunidades judías y cristianas así lo presagiaba. Tal hégira, del 16 de julio de 622, señalaba el punto de partida de una nueva era: la ruptura de la joven comunidad con su pasado mecano, la fundación del primer Estado musulmán, el comienzo del papel político del jefe de la nueva comunidad.

El estado no, pero la doctrina había comenzado a estructurarla Mahoma en su inicial residencia de La Meca. Temperamento medicativo, nerviosos y soñador, paricía preocupado tempranamente por ideas que aprendió en contacto con mercaderes judíos y cristianos. A través de llegó a un conocimiento no muy riguroso, de la Biblia. En especial la idea de una vida futura y los castigos que aguardaban tras la resurrección y el juicio final parecieron impresionarle. Relacionado, posiblemente con los hanifs, páganos, de La Meca, de que habla la tradición como descontentos de la idolatría dominante en su pueblo y ansiosos de una forma más pura de religión. Mahoma empezó a dar forma a su pensamiento.

Doce años antes de su marcha a Medina, cuando el Profeta se acercaba a los cuarenta años, sintio la primera llamada de la divinidad. Era el ángel Gabriel quien le confirmaba como profeta de un dios único, Alá y le urgía a convertirse en mensajero de una nueva doctrina. Como profeta y como apóstol, Mahoma era el único de una larga lista de judíos y cristianos a quienes Dios encargara una misión semejante. El ultimo y el destinado a resumir y completar los mensajes precedentes.

Entre sus paisanos de la Meca, el anuncio de una nueva misión no fue, precisamente, recibida con entusiasmo. Consideradas como inofensivas, sus predicaciones iniciales solo convencieron a algunos miembros de su familia y a determinados individuos de clase humilde. Los siguientes pasos más agresivos de Mahoma comenzaron a suscitar más enconadas resistencias. Sus revelaciones, centradas en una religión personal basada en el culto a un solo dios, que pronunciaría sobre los hombres un juicio final, exigían una regeneración moral. Poco a poco, el ataque del Profeta a las viejas creencias de la ciudad se hizo más abierto; la oposición entre él y sus fieles y los elementos gobernantes, cada vez más aguda. El enfrentamiento hundía sus raíces en la distinta concepción religiosa, pero los comerciantes de La Meca no trataron de ocultar sus temores de base económica el abandono de la vieja religión podía privar a la ciudad de su ventajosa situación como centro de peregrinación y comercio.

De la oposición al enfrentamiento, y de aquí a la persecución, el grupo de seguidores de Mahoma comenzó a buscar un escenario donde su creencia pudiera progresar sin tantas dificultades. La ocasión se la brindó la oferta de los habitantes de Medina, que invitaban al Profeta a residir en aquella ciudad. El ofrecimiento de los medineses no se dirigía tanto al enviado de Dios como al hombre que podía actuar de árbitro en el arreglo de sus disputas internas. Por ello, la hégira constituye un punto tan decisivo en la carrera de Mahoma y una revolución en el Islam. Desde aquel momento, el Profeta dejó de ser un ciudadano particular para convertirse en el primer magistrado de una comunidad. A su condición de cabeza del grupo de nuevos creyentes unía ahora la de jefe de un Estado. Autoridad religiosa y autoridad política siempre unidas en la misma persona será rasgo característico de la historia musulmana.

Sus revelaciones de época medinesa no fueron insensibles al cambio operado. Deshechas ciertas prácticas judías con que Mahoma había pretendido atraer a los miembros de esa comunidad, el Profeta comienza a dar a su fe un carácter estrictamente árabe y nacional. El viejo vínculo social y de sangre se sustituye por el que crea la sumisión (Islam) a Alá; él es, desde ahora, el elemento definidor de la comunidad. Su conformación política exigía también distintos planteamientos: el principal de ellos se refirió a una nueva concepción de la autoridad. La vieja autoridad condicional concebida y revocable por la tribu, desaparecía a favor de una concepción absolutista que le hacia conceder de Dios con un carácter de prerrogativa religiosa.

Religión y política se mezclaban en la mente de Mahoma. Dualismo inherente a la sociedad islámica, resultaba inevitable en aquellos momentos. Solo expresándose y organizándose políticamente, la nueva religión tenia probabilidades de vivir; inversamente, dado que, para los árabes, todo concepto de autoridad política era extraña, solo la religión podía proporcionar el aglutinante necesario para la creación de un Estado. El enriquecimiento mutuo de ambos conceptos y su fuerza tuvo ocasión de comprobarlos el propio Mahoma. Su comunidad, sometida a la voluntad de Dios y alentada por su profeta a la guerra santa contra los infieles, fue capaz de enfrentarse victoriosamente a los antiguos perseguidores de La Meca. Con su ayuda Mahoma hacia su entrada triunfal en la ciudad el año 630. los viejos ídolos fueron destruidos y el culto al dios único, establecido. Muchas tribus árabes y los principales jefes de La Meca se dieron por convencidos y se apresuraron a entrar en la pujante comunidad de creyentes.

La doctrina del Islam

Para Mahoma, que había insistido en la igualdad fundamental de todos sus seguidores antes las prescripciones divinas, esta sumisión de la orgullosa aristocracia de La Meca era el triunfo definitivo. El tiempo aclararía si la conversión de la oligarquía mercantil se debía a causas específicamente religiosas o, mas bien, a motivos políticos por el momento era un hecho la aceptación de la doctrina.

Religión relevada, el Islam es también una religión histórica. En su acepción medieval, gobierna todas las actividades del hombre, tanto su vida espiritual y moral como su actividad social y política. No exige solamente una adhesión a c9iertas verdades; impone un conjunto de prescripciones que reglamentan la organización de la comunidad de creyentes. Era inevitable que en esta segunda dimensión abundantes elementos de origen profano entraran a formar parte de su posición; en principio, las tradiciones de los pueblos conquistados. Pero tampoco el propio mensaje dogmático presenta rasgos monolíticos: el texto del Corán, que lo suministra, a sido objeto de precisiones sucesivas, origen de controversias y divergencias interpretativas en el seno de la comunidad.

Por debajo de ellas, es fácil presentar los principales temas de la predicación islámica. Un momento estricto es el punto central del nuevo credo: Dios, creador del mundo y de todo lo que vive y se mueve sobre la tierra, gobierna el universo y dirige los hombres según su voluntad. Dios único y personal, Alá es señor de cada criatura, a la que hace sentir sus tres poderes esenciales: omnipotencia, omnisciencia y clemencia. A Él se debe rendir todo culto, y de Él hay que temer el juicio final, en que cualquier acción humana quedará sentenciada por el premio o el castigo, el paraíso o el infierno, al quien llegará cada hombre después de su resurrección.

En su clemencia, Alá, al que sirven los ángeles, hechos de luz, con quienes lucharon los demonios, hechos de fuego, no ha abandonado hombre. Le ha dado la revelación, que le permite seguir el camino recto de la virtud, y está dispuesto a perdonarlo si se extravía. El príncipe de los demonios tiene poder para seducir a los humanos, pero Alá, que concluyó un pacto con los hijos de Adán, les ayuda a mantenerse en la vía de la salvación enviando mensajeros con revelaciones sucesivas. Noé, Abraham, Lot, Eliseo, Jesús algunos de los profetas del Señor, a quienes la humanidad, infiel y presuntuosa, no quiso reconocer. Mahoma es el último de esos mensajeros suscitados por Dios para la conversión de los hombres: su testimonio supera y completa el de los profetas anteriores; su doctrina no es una nueva religión, sino la misma de Abraham, que judíos y cristianos han prostituido. Los hombres tienen, ahora, la última oportunidad de renovar sus vidas: Mahoma vuelve a poner a su alcance todo el mensaje divino.

Tal mensaje se contiene en el Corán, donde su exposición poética, en el metafórico lenguaje de versículos comparables a las proclamas proféticas hebreas, se entremezclan con el enunciado de las prescripciones rituales. Las más generales son: la profesión de fe por la que se reconoce a Alá como el único Dios y a Mahoma como su profeta; la oración a horas fijas, dirigiendo la vista hacia La Meca; el ayuno durante el mes de Ramadán; la limosna para los fieles necesitados y los gastos militares que participa del doble carácter de caridad e impuestos; la peregrinación, al menos una vez en la vida, a La Meca, y la guerra santa. De todas ellas, la más importante para el fiel musulmán es la primera: la sumisión a la voluntad teológica hace necesario el desarrollo de una iglesia y un clero altamente organizado. Exige, en cambio, una explicación pormenorizada, si dichos principios y prescripciones han de convertirse en una verdadera regla de vida.

Su pormenorización fue obra del propio Mahoma: en el Corán, donde se contienen abundantes normas sociales referentes al matrimonio, herencia, esclavitud y, sobre todo, en la Sunna, reunión de tradiciones sobre la conducta del Profeta en casos concretos. Tal comportamiento correspondía a una situación social determinada, gobernada más o menos por las costumbres propias de la Arabia preislámica. Cuando al contacto con las civilizaciones bizantinas y persas el ámbito social se hizo más complejo, la comunidad musulmana encontró dificultades para aplicar las tradiciones de la conducta de Mahoma. Superarlas costó un buen número de crisis políticas y religiosas: Incapaz de hallar un camino de unidad, la reflexión de los primeros creyentes dio paso a soluciones divergentes, origen de las diversas y, en ocasiones, opuestas a escuelas de pensamiento teológico, jurídico o místico.

El califato ortodoxo y la primera época de conquistas

La muerte de Mahoma, cuando la unificación de la península arábica era incipiente, produjo una serie de problemas. El principal fue la inexistencia de un poder político fuerte que pudiese dirigir los destinos de la `umma.

La elección de Abu Bakr como califa dio origen al periodo conocido con el nombre de los califas electos. La figura de este personaje va unida al proceso de organización política interna del incipiente estado árabe. También sentó las bases para la expansión militar, que se produjo bajo el mandato de `umma ibn al-jattab.

Poco antes de la muerte de Abu Bakr (634) se inicia la conquista de Masriq (oriente medio), que culminó en la integración en el Imperio musulmán de Siria, Egipto y Persia entre 635 y 642. Las causas de la fulminante expansión son producto de la unificación de la península arábiga y su importante desarrollo militar y la debilidad de los imperios bizantinos y sasánida.

La victoria estuvo asegurada por el propio carácter de la expansión. Los árabes prefirieron pactar la rendición de las provincias antes que la destrucción que provocaría la guerra. Ello explícale rápido proceso de islamización que sufrió el Masriq en un corto periodo de tiempo. Así, quienes quisieran ´umma, lo hicieron abrazando la nueva religión. Por el contrario, las comunidades remisas a hacerlo, pagaron una serie de impuestos que les permitió conservar su antigua religión, como, por ejemplo, las comunidades judías o cristianas instaladas en Egipto o en el sur de Arabia.

El asesinato de ´Ummar en 644 quebró este proceso, justo cuando se iniciaba la penetración por el Magrib (Norte de África e Hispania), que se reinició con la consolidación de la dinastia omeya.

Quizás el ultimo hecho relevante de este primer periodo coincida con el ascenso a poder del ultimo califa electo, Alí (656) que no fue afectado por gran parte de la ´umma, ya que había asesinado a Utmàn (644-656). Ello provoco que el gobernador de Siria, Mu'wiyya, jefe de uno de los clanes mas importantes, el de los Omeya, se alzase en armas contra Alí. Así empezaba la primera fitna (“guerra civil”) dentro del imperio. Alí murió en 661 y se produjo la primera fisión en el Islam como sistema religioso y político, de la que surgen dos sectores: los chiitas, partidarios de Alí, intergristas radicales ortodoxos con respecto a los principios promulgados por Mahoma; y los sumitas, agrupados en torno a Mu'wiyya y que conforman la mayoría islámica.

El Califato Omeya, la creación de un estado árabe

Los buenos musulmanes acogieron su triunfo con reservas; el resentimiento suscitado no lo apagaron los años, y los islamitas piadosos continuaron pensando que la dinastía Omeya no era una sucesión de dignos califas, sino de simples reyes. La historiográfia, al recoger su opinión califico el periodo de monarquía árabe. Victoria de un clan, era también el triunfo de una política: la del hábil gobernador de Siria, Moawiya, que había adoptado una actitud de compresión y realismo hacia los problemas planteados por el dominio del Islam en regiones de alto nivel de civilización.

Mas realista y flexible que la de los círculos genuinamente piadosos, la actitud Omeya había parecido demasiado mundana cuando, durante el califato de Otmán, tuvo ocasión de explicarse. Con la llegada de Moawiya al trono, el año 661, tal actitud se convirtió en norma política valedera para todo el imperio musulmán; su puesta en práctica iba a caracterizar la tentativa de organización del Estado que desarrollaron él y sus sucesores.

¡Organización! La necesitaba urgentemente el dispar conjunto de tierras que habían ocupado los ejércitos del Islam. La existente resultaba, a todas luces, insuficientes: roto con la muerte de Otmán el lazo teocrático que había mantenido compacto el primer califato, el problema era encontrar una nueva base que diera cohesión al Imperio. Tratar de hallarla en una reafirmación de principios dogmáticos y morales pareció a Moawiya más difícil que encontrarla en la reorganización meramente técnica de los recursos con que contaba. El resultado del esfuerzo no se hizo esperar: la antigua teocracia islámica comenzó a transformarse en un Estado árabe secular: a su frente, una casta dominante dirigía los destinos musulmanes.

Su primera tarea se la impusieron las circunstancias: fue la centralización. Los últimos tiempos del califato perfecto habían presenciado la reaparición de la indisciplina y anarquía nómadas, que pusieron en serio peligro la pervivencia del Estado. Moawiya pensó que era preferible su laicización a su desaparición, y actuó en consecuencia. La centralización comenzó por el traslado de la capital de Medina a Damasco; convertida en la provincia metropolitana del Imperio, Siria aportó al Estado musulmán la tradición de gobierno bizantino, que Moawiya aceptó en todas sus dimensiones. Gracias a ella, el califato Omeya se organizó como una monarquía centralizada, lo que aseguró su existencia.

Al frente de ella, Moawiya, segundo fundador del Estado, aunque sobre bases muy distantes de la teocracia de Omar, ejercía una soberanía esencialmente árabe. Su autoridad pretendía ser resumen y extensión de la de los jefes de las comunidades preislámicas. La novedad la constituyó la introducción del principio del principio hereditario como medio legal de sucesión. Aunque aprobada por el consejo de jeques, la medida contó con una fuerte oposición, sobre todo entre los shiitas, viejos partidarios de Alí, que no daban por perdida la batalla de la legitimidad en el poder. La persuasión y el soborno, cuando no la represión brutal, se encargaron de dominarla.

La expansión conquistadora

¿Dominar la oposición? Los Omeyas no pasaron de silenciarla. A lo largo de sus reinados aletean viejas reivindicaciones que acabarán con la dinastía. Por el momento, triunfan los nuevos califas; porque, con Moawiya al frente, supusieron encontrar las bases adecuadas para la transformación necesaria del Imperio, y porque la prodigalidad de los nuevos gobernantes resultó altamente convincente. Las riquezas volvieron a aparecer al compás de las conquistas, saludable tubo de escape de las tensiones internas. Mientras la victoria sonrió el de los Omeya quedó asegurado.

La dirección de su empuje fue la misma del periodo precedente. En sus tres objetivos, hacia Oriente, Occidente y Bizancio, los árabes alcanzan ahora su máxima expansión. Hacia el este, sus ejércitos consiguieron llegar a la India donde dominan buena parte del Pendjab; por el oeste, siguieron la ruta continental, completan el dominio de la franja septentrional de África, para pasar luego a España y ser detenidos finalmente en Poitiers, el 732, más por la pérdida de impulso inicial, tan lejanas como se hallaban sus bases, que por la caballería de Carlos Martel. A su paso, bizantinos y visigodos fueron barridos; los fieros bereberes se incorporaron al carro del triunfador y convertidos rápidamente a su fe, forman parte importante de los contingentes que cruzaron el estrecho de Gibraltar.

Paralelamente a su esfuerzo en el oeste, los árabes realizaban el gran asalto a Constantinopla. Siendo gobernador de Siria. Moawiya había enseñado a sus súbditos la utilización del mar. Sus primeras flotas alcanzaron ya notables éxitos; sino se completaron más tarde con la toma de la capital del Imperio bizantino en sus ataques del 717, hay que atribuirlo a la inventiva helena. El fuego griego, especie de bomba incendiaria líquida, puso en fuga a la armada árabe. Fue el único consuelo: los bizantinos se dieron cuenta de que, por lo demás, había concluido su dominio del Mediterráneo. Desde entonces, los musulmanes tenían la última palabra sobre el mar, como la habían tenido sobre tierra. Cien años después de la muerte del Profeta, sus seguidores alcanzaban el corazón de Europa

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