Origen de los reinos y condados cristianos

Historia de España. Reino astur leonés. Tributo de las Cien doncellas. Marca hispánica. Condados catalanes

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TEMA VIII. ORIGEN DE LOS REINOS Y CONDADOS CRISTIANOS.

  • EL REINO ASTURLEONÉS.

  • I.l. Covadonga y los orígenes de la Reconquista.

  • Características generales.

  • Con el término “Reconquista” se designa la actividad militar llevada a cabo por los núcleos políticos cristianos de la península Ibérica, en el transcurso de los siglos VIII al XV, con la finalidad de recuperar el territorio que, con anterioridad, había sido ocupado por los musulmanes.

    Tradicionalmente se ha puesto mucho énfasis en el sentido religioso de la Reconquista, presentándola como una cruzada de larga duración de los cristianos contra los infieles. Ahora bien, ese aspecto no estuvo presente de una manera efectiva en la Reconquista hispana hasta por lo menos la segunda mitad del siglo XI, época de la gestación de las Cruzadas en el Occidente cristiano. Otro rasgo peculiar de la Reconquista hispana es la pretensión puesta de manifiesto por los reyes y príncipes cristianos de reconstruir el fenecido reino visigodo, pues se consideraban sus legítimos herederos. Eso explica que se creyeran con derechos suficientes para repartirse el territorio de al-Andalus antes de haberlo conquistado, como se puso de manifiesto en los tratados firmados por Castilla y Aragón en los siglos XII y XIII. De todas formas en el fenómeno reconquistador, y en el proceso repoblador que le siguió indefectiblemente, intervinieron numerosos elementos, tanto demográficos como económicos, sociales y políticos.

    En efecto, el proceso reconquistador y la consecuente repoblación supusieron el trasvase permanente de contingentes humanos que se desplazaban desde las tierras septentrionales hacia las meridionales. En el plano económico, la incorporación de las tierras ganadas a los musulmanes significaba un incremento notable, a la vez que una diversificación, de las posibilidades productivas de los núcleos cristianos. Asimismo, la Reconquista y la repoblación desempeñaron un papel de primer orden en la formación de la sociedad de la España medieval cristiana, ya fuera a través de la participación en las campañas militares o en los procesos de colonización posteriores. No podemos dejar al margen, por último, el significado político de la “guerra divina”, como se denominó a la pugna mantenida con los musulmanes, motivo de permanentes encuentros y desencuentros entre los diversos núcleos de la España cristiana.

  • Orígenes de la Reconquista en el norte cantábrico.

  • Cuando se produce la invasión musulmana en el 711 la franja cántabro-pirenaica estaba jalonada de pueblos -astures, cántabros y vascones- cuya integración al dominio visigodo era escasa cuando no inexistente. Por otra parte los territorios de la Meseta norte, centrados en torno al valle del Duero, ofrecían una escasa densidad de población. Protegidos por las montañas y ante la poca presión musulmana, que se materializaba en la instalación de guarniciones asentadas preferentemente en la cadena de fortalezas que los visigodos habían instalado frente a ellos, estos pueblos montañeses, con una organización social de carácter tribal y matriarcal, mantuvieron o acrecentaron su independencia o, en el peor de los casos, se limitaron a pagar tributos como símbolo de dependencia respecto de Córdoba, sin que los emires tuvieran el control del territorio ni pudieran impedir los avances de estas tribus hacia Galicia y León.

    J.M. MINGUEZ hace hincapié en que quienes asumen el protagonismo de la gran expansión que se inicia en el siglo VIII y culmina en el XIII no son precisamente los pueblos que se habían incorporado plenamente a la romanización y que después se sometieron sin apenas resistencia al dominio político del Islam, sino que los principales protagonistas de ese proceso de expansión son los pueblos insumisos del norte peninsular que en los primeros siglos de nuestra era habían iniciado una etapa de transformaciones radicales que afectaban a su propia estructura económica y social. Es decir, “esa expansión que denominamos Reconquista debe relacionarse directamente con las transformaciones de las sociedades tribales asentadas en la cordillera Cantábrica y en los Pirineos más que con las directrices generadas por la civilización romano-visigoda. Esta pervive en los territorios sometidos al Islam donde va adoptando formas específicas que poco tienen que ver, al menos en la fase inicial de configuración de las sociedades septentrionales, con los procesos que se desarrollan en el seno de aquéllas”. La expansión, en definitiva, está ligada a la ocupación estable y a la colonización del territorio, provocando fisuras cada vez más graves en la compacta unidad de los grupos tribales y propiciando la aparición y consolidación de la familia conyugal. Este conjunto de transformaciones debió provocar un incremento decisivo de la productividad del trabajo y, consiguientemente, del volumen de los excedentes, lo que explicaría la aceleración del ritmo de crecimiento demográfico y la intensificación de las tendencias expansivas de los pueblos montañeses hacia las tierras llanas de las cuencas del Duero y Ebro.

    Hasta hace pocos años la batalla de Covadonga (718 según unos autores, 722 según otros) indicaba el comienzo de la recuperación o si se prefiere de la Reconquista de las tierras ocupadas por los musulmanes. A pesar de que la jornada ha sido magnificada por las crónicas cristianas (básicamente las llamadas crónicas del ciclo de Alfonso III, la Crónica Albeldense y las versiones rotense y ovetense de la Crónica de Alfonso III), a medida que se han ido conociendo las fuentes islámicas la tesis reconquistadora ha ido perdiendo fuerza y se acepta la idea de los cronistas del Islam de que Covadonga (término que parece proceder del de cova dominica, es decir, una antigua cueva dedicada al culto pagano utilizada ahora para el culto cristiano y que uniría a su carácter de centro religioso el estar vinculada a un jefe político local, de ahí el adjetivo dominica) fue una de tantas escaramuzas entre una expedición de castigo y los montañeses asturianos residentes en zonas de difícil acceso cuyo control directo no interesaba a los emires, que se conformaron con evitar las campañas de saqueo de aquellos asnos salvajes, y con el envío ocasional de expediciones militares encargadas de recordar la autoridad cordobesa y cobrar los tributos correspondientes. La importancia de Covadonga radica, pues, no en la acción en sí, sino en que es manifestación de una actitud secular de resistencia a cualquier tipo de dominación y de una tendencia expansiva que va cobrando nueva fuerza a medida que se van profundizando las transformaciones sociales internas. A partir de esas fechas se constituyó en las montañas cantábricas el primer núcleo político de resistencia al Islam que nacía en la Península, el reino de Asturias (o astur).

    Según cuenta la crónica de Alfonso III, entre los nobles emigrados y refugiados entre los astures se hallaban Pelayo, antiguo espatario (miembro de la guardia noble) del rey Rodrigo, y su hermana. Los astures pactaron sumisión al emir de al-Andalus y los musulmanes dominaron la región, estableciendo un gobernador y un cuerpo de tropas en la ciudad de Gijón (713). El gobernador islamita de Gijón, Munuza, compañero de Tarik, prendóse, al parecer, de la hermana de Pelayo y, deseando casarse con ella, decidiría alejar de Asturias a Pelayo, enviándole a Córdoba en una comisión (717), o acaso como rehén y en garantía de la obediencia de los astures y de los emigrados godos. De regreso a Asturias supo que Munuza se había casado con su hermana y, al desaprobar la boda, el gobernador intentó apresarle. Pelayo, perseguido, se declaró en rebeldía, estuvo a punto de ser apresado no lejos del actual Infiesto, acaso en Santa Cruz de Brez, cruzó el Piloña y se refugió en una cueva de los montes. Allí estableció contacto con los astures que acudían a una asamblea local, hizo entre ellos los primeros prosélitos, fijó en el monte Aseuva o Auseva su centro de operaciones, y recabó la ayuda de los vecinos de los valles cercanos. Estos le eligieron jefe en 718, y de esa decisión nacería el núcleo cristiano de Asturias, como reino rebelde al poder islámico. En todo caso, parece ser que Munuza, temeroso de las represalias, abandonaría Gijón precipitadamente en el mismo año.

    Cuando en el año 754 se escribe la Crónica mozárabe, para nada se habla de Pelayo, el héroe de Covadonga, y la única referencia a una posible recuperación-reconquista es de carácter personal: al mencionar el asesinato de Abd al-Aziz, hijo de Muza, se destaca la intervención de Egilona, viuda de Rodrigo y mujer de Abd al-Aziz, que habría aconsejado el asesinato para sacudirse el yugo árabe y recuperar para sí el reino de Iberia. Es a fines del siglo IX, agitado al-Andalus por las sublevaciones de muladíes y mozárabes, cuando comienza a entreverse una posibilidad de expulsar a los musulmanes y justifican la posible operación las crónicas escritas por los mozárabes llegados a Asturias en los últimos años, que reflejan en los textos no los intereses de los astures sino los de los mozárabes herederos culturales de los visigodos y obligados a abandonar sus ciudades después de la revuelta de mediados de siglo, del martirio-ejecución de muchos de sus dirigentes y de la pérdida de importancia de los cristianos al orientalizarse e islamizarse al-Andalus. Los astures se convertirán en sucesores de los visigodos a través de Pelayo, al que se presenta como espatario de los reyes Vitiza y Rodrigo, hijo del duque Favila o nieto de Rodrigo y cuya nobleza se realza al emparentar con el duque Pedro de Cantabria, descendiente del linaje de los reyes Leovigildo y Recaredo. Sólo ahora, establecido el lazo entre los reyes de Asturias y los visigodos, puede entrarse claramente en el proyecto reconquistador, de la “salvación de España”. A través de estos textos se afirma que Alfonso III y sus sucesores tienen el derecho y la obligación de expulsar a los musulmanes, y de extender su autoridad sobre todos los territorios que antiguamente habían pertenecido a la monarquía visigoda. La idea de la unidad de España bajo la dirección de los reyes astures-leoneses-castellanos tiene en Covadonga su punto de arranque y en los cronistas mozárabes del siglo IX los primeros defensores, cuyos pasos seguirán casi todos los cronistas medievales y numerosos historiadores.

    La realidad, sin embargo, es bien distinta. Sea cuál sea su origen -cántabro o visigodo-, no cabe duda que Pelayo (718-737) y su grupo familiar están firmemente arraigados en las sociedad cántabra y han impuesto, probablemente no sin luchas intestinas, una hegemonía estable que ha posibilitado la cohesión de distintos clanes y linajes que combaten al Islam bajo su dirección y sobre los que ha llegado a implantar una jefatura vitalicia. Esta fuerza de cohesión y el poder que ella implica es lo que hace posible que, tras la desaparición de Pelayo, la jefatura de estos pueblos recaiga siempre en un miembro de su estirpe, siendo el primero en sucederle su hijo Fáfila (737-739), de quien sólo se sabe que edificó la basílica de Santa Cruz, en Cangas de Onís, y que fue muerto por un oso.

    Otro elemento nuevo que ya se insinúa en este primer período y que esboza las líneas fundamentales de la dinámica del futuro reino astur es una enérgica expansión desde el originario núcleo de Cangas. En primer lugar, expansión hacia el oeste -sobre la Galicia marítima- y hacia el este -hacia la Liébana, las Asturias de Santillana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, la primitiva Castilla y el territorio alavés-. Las crónicas denominan a esta acción populare, es decir, repoblar. Sin excluir el asentamiento de algunos excedentes demográficos procedentes del originario solar astur, la acción de populare debe interpretarse, según MINGUEZ, como el intento por parte del sector más dinámico de la sociedad cántabra de imponer una nueva estructura social y económica -basada en la pequeña propiedad y la libertad individual- al resto de los pueblos de los valles cantábricos y de la franja litoral; estructura a la que le conducía su propia dinámica interna.

    Simultáneamente a esta expansión “colonizadora”, que tiene lugar bajo Alfonso I (739-757), según todos los autores el verdadero fundador del reino astur -pues las crónicas nos dicen que “fue elegido rey por todo el pueblo” y que “con la gracia divina tomó el cetro del reino”-, pervive la antigua actividad depredatoria, que se centra sobre las antiguas fortalezas fronterizas romanas y visigodas y sobre los núcleos habitados de la cuenca del Duero. La caída del Estado visigodo y, a partir del 740, la crisis social que azotó a la sociedad andalusí y el consiguiente repliegue de contingentes beréberes hacia el sur, garantizan una total impunidad. Estas acciones conducidas por Alfonso I y su hermano Fruela aportan riqueza y fuerza de trabajo al solar astur en una medida imposible de evaluar. Pero no se plantean como un intento de establecer un dominio ni político ni militar sobre los territorios de la cuenca del Duero. Astorga, León, Saldaña, Mave, Amaya, que serán algunos de los núcleos afectados por las expediciones de Alfonso y su hermano, no serán repoblados hasta cincuenta o cien años después. Sin embargo estas campañas ya insinúan una tendencia que marcará la historia militar, política y social de la sociedad astur y del reino asturleonés en los siglos siguientes.

    Tras la actividad repobladora y militar de Alfonso I y posteriormente de su hijo y sucesor Fruela I (757-768) sobreviene un período de 23 años (768-791) correspondiente a los gobiernos de Aurelio, Silo, Mauregato y Vermudo I. Los historiadores de este período, sin excepción, lo han considerado una etapa de oscuridad y postración, simplemente porque no se producen acciones militares contra al-Andalus, salvo la que se produce en el 791. Estamos, por el contrario, en una etapa de afirmación del reino astur, imprescindible para conocer sus orígenes y posterior evolución; las crónicas nos dan noticia escueta de graves tensiones sociales, como las revueltas periféricas de galaicos contra Silo y vascones durante todo el período, las rebeliones internas de magnates palaciegos -como la del hijo bastardo de Alfonso I, Mauregato, que expulsa del trono a Alfonso II, hijo legítimo del primero, obligado a refugiarse en Alava- y la rebelión de libertos que se produjo en la época de Aurelio.

    I.2. El tributo de las Cien Doncellas y Clavijo.

    El largo reinado de Alfonso II el Casto (791-842), algo mejor conocido a través de nuestras parcas fuentes, constituye un momento decisivo en la configuración del reino astur. Si Alfonso I fue el creador del reino, al segundo de los Alfonsos se debe el afianzamiento y la independencia que tienen su reflejo en el plano económico en la supresión de los tributos debidos a Córdoba, como el de las Cien Doncellas; en el plano eclesiástico, en la independencia de la iglesia astur respecto a la toledana, y en el político en la creación de una extensa tierra de nadie a orillas del Duero que separará durante dos siglos a cristianos y musulmanes. El rey establecerá su sede regia o capital en Oviedo, de la misma manera que su antecesor, Silo, lo hiciera en Pravia; esta traslación va en relación con el peso que van adquiriendo las zonas occidentales del reino.

    Según la tradición, entre los tributos debidos por los astures figuraba la entrega anual de cien doncellas, y si la leyenda no es cierta pudo al menos serlo pues sabemos, por ejemplo, que el conde barcelonés Borrell II lleva a Córdoba como presente para el califa un numeroso grupo de esclavos; es frecuente, incluso en épocas posteriores, la entrega de mujeres de la familia real como esposas o concubinas de los emires y califas, y los textos musulmanes hablan de un activo comercio de esclavos entre los reinos del norte y Córdoba. Nada se opone, por tanto, a que el tributo de las Cien Doncellas refleje una realidad: el pago de tributos cuyo cese sólo es posible si el reino tiene fuerza militar suficiente para oponerse a los ejércitos que los emires envían de vez en cuando para castigar a quienes se resisten.

    Alfonso II estaba en condiciones de negar los tributos gracias a las continuas sublevaciones de los muladíes de Mérida y Toledo, apoyados por beréberes y mozárabes, que impidieron a los cordobeses lanzar sus habituales campañas de intimidación contra el reino astur, protegido indirectamente por la revuelta de los muladíes del Ebro y por la intervención de los carolingios en apoyo de los montañeses de Pamplona, Aragón y Cataluña. Esta realidad ha sido explicada de modo providencial: el fin de los tributos habría sido posible gracias a la intervención milagrosa del apóstol Santiago -cuyo sepulcro se cree descubierto en estos años- que combatió al lado de Alfonso y obtuvo una resonante victoria en Clavijo, batalla legendaria sobre cuya fecha los historiadores que en ella creen no se ponen de acuerdo -la mayoría de los autores, sin embargo, considera que se trata de la batalla de Albelda (859), ya en época de su hijo y sucesor Ordoño I- pero cuyas consecuencias perviven en la actualidad: los estudios actuales prueban que el apóstol Santiago difícilmente pudo venir a la Península en vida, y las posibilidades de que su cuerpo fuera enterrado en Compostela son escasas, pero esto no impidió que los hombres medievales lo creyeran y actuaran en consecuencia convirtiendo Compostela en lugar de peregrinación, haciendo combatir a Santiago a favor de los cristianos para liberarlos del tributo de las Cien Doncellas y pagando, desde el siglo XII, el tributo de Santiago que perdura hasta el siglo XIX y del que es recuerdo la ofrenda que tradicionalmente hace al Apóstol el Jefe del Estado español. Si Asturias-León tiene un protector celestial, también lo tendrá Castilla cuando se independice haciendo combatir junto a Santiago a San Millán, a cuyo monasterio pagan tributo los castellanos hasta épocas modernas.

    Aunque mitificada, la independencia astur es una realidad que no se limita al campo político; se extiende al eclesiástico porque los hombres medievales son plenamente conscientes de que no hay independencia real mientras el clero esté sometido a otras fuerzas políticas, y ésta era la situación del reino astur cuyos clérigos siguen dependiendo del metropolitano de Toledo, en tierras musulmanas. La aceptación del adopcionismo por Elipando de Toledo ofrece a Alfonso la oportunidad de romper los lazos con la iglesia musulmana y lo mismo hará Carlomagno en la diócesis de Urgel. La ruptura eclesiástica, propiciada por los escritos de Eterio, obispo de Osma, y de Beato de Liébana, fue acompañada de una suerte de visigotización del reino, a la que no sería ajeno un cronicón, hoy perdido, escrito hacia fines del siglo por algún monje mozárabe del séquito de Alfonso, en el que aparecería por primera vez la identificación de los reyes astures con los visigodos, cuya organización se copia y cuyo código, el Liber Iudiciorum, es adoptado como norma jurídica del reino. La organización político-jurídica refuerza a la eclesiástica, que se manifiesta en el traslado de la metrópoli de Braga, abandonada, a Lugo, en la restauración de la sede de Iria-Compostela, en la creación de un obispado en la capital del reino, Oviedo, y en la erección de numerosas iglesias y monasterios.

    Afianzado el reino a pesar de los ataques musulmanes, Alfonso II inicia una política ofensiva: presta ayuda a los muladíes y mozárabes de Toledo y Mérida, ampara en sus tierras a los sublevados contra Córdoba, realiza ataques contra los dominios musulmanes llegando a ocupar, momentáneamente, Lisboa (794), y apoderándose de abundante botín que quizá no sea ajeno a las obras realizadas en Oviedo, donde se construyen palacios, baños, iglesias y monasterios, de los que se conserva la Cámara Santa de la catedral ovetense y la iglesia de San Julián de los Prados en las afueras de la ciudad.

    I.3. De Asturias a León.

    A la muerte de Alfonso II accede al trono Ramiro I (842-850), hijo de Vermudo I, pero todo parece indicar que también fuera rey Nepociano, cuñado de Alfonso II, y muy probablemente sería su auténtico sucesor dentro de la tradición indígena matrilineal. El triunfo definitivo de Ramiro I significaría también el triunfo de la tradición patrilineal y el de las zonas más avanzadas del reino. Efectivamente, vemos como se produce una lucha entre ambos, en la que Ramiro se apoya en las zonas occidentales de Asturias y Galicia, en tanto que Nepociano representaría más bien la tradición cántabro-astur de los territorios originarios del reino. Pese a estas revueltas, a los ataques de los vikingos a las costas gallegas (844) y a una ola de bandolerismo unido a las muy extendidas prácticas mágicas que en realidad constituían una reacción al creciente proceso de señorialización socioeconómica en los territorios del interior de Asturias, Ramiro pudo adelantar las fronteras y ocupar León, aunque su conquista definitiva es obra de Ordoño I (850-866), al que se debe la repoblación de ciudades como Astorga, Tuy o Amaya, tras cuyos muros se instala una población de campesinos de relativa importancia.

    Este avance, esta nueva consolidación del reino astur, se relaciona una vez más con las sublevaciones muladíes, complicadas ahora por la oposición de los mozárabes al poder musulmán; los rebeldes contarán con el apoyo de tropas astures que serán derrotadas en las cercanías de Toledo (854), pero cuya presencia tan lejos de sus territorios es prueba de la importancia adquirida por el reino. Aunque derrotados, los toledanos mantienen la revuelta y obligan a las tropas cordobesas a concentrar sus mejores hombres en la zona, con lo que el reino astur sólo estará amenazado en su frontera oriental por los muladíes del Ebro. En situación de una práctica independencia respecto a Córdoba y en connivencia con los vascones de Pamplona durante la primera mitad del siglo IX, los Banu-Qasi estrecharon sus relaciones con el reino astur a mediados del siglo. Ello no obsta para que en 859 el poderoso Musa ibn Musa, al que la Crónica de Alfonso III denomina el “tercer rey de España”, que dada la situación geográfica de sus dominios podía controlar los pasos hacia Alava, Navarra y Castilla, se enfrente con el rey astur, originando una incursión de éste en sus territorios que tendrá como resultado la victoria cristiana de Albelda, así como la apertura de una nueva línea de expansión leonesa hacia el valle del Ebro. Los hijos de Musa mantendrán en adelante una política de amistad y colaboración con los astures y servirán de freno a los cordobeses, que sólo en el año 865 podrán derrotar a Ordoño.

    La muerte de Ordoño I iba a dar paso al reinado de su hijo Alfonso III el Magno (866-910), que constituirá la culminación del reino de Asturias, la elevación de este a potencia de primera fila en el panorama. No obstante, sus primeros años fueron difíciles. El final del reinado de su padre no había sido afortunado desde el punto de vista militar, y este hecho pudo posiblemente incitar a ciertos miembros de la nobleza, ya muy poderosa debido a las conquistas de años precedentes, a intentar hacerse con el trono contra los derechos del joven hijo de Ordoño I. Nada más subir al trono, Alfonso I tuvo que vencer, con ayuda de la nobleza de la naciente Castilla fundamentalmente, a un usurpador gallego, Fruela Vermúdez, que había logrado el control de la capital, Oviedo. Sería también entonces cuanto tuviese que hacer frente a una sublevación de las zonas de poblamiento vascón de su reino.

    La historia exterior del reinado de Alfonso III -con la que está íntimamente relacionada la gran obra de expansión territorial y repobladora de su reinado- puede dividirse en dos fases bien precisas, abarcando la primera hasta el acuerdo de paz del 884. Esta primera etapa se caracterizará por el gran provecho sacado por el monarca a la dificilísima situación interna por la que atravesaba el emirato omeya, aquejado por las rebeliones de muladíes y mozárabes. Aprovechándose de esta especial coyuntura, Alfonso III inició ya en el 866 -fecha de la conquista de Oporto- un amplio movimiento de expansión y dominio por la zona norte del actual Portugal, expansión que ofrecía al mismo tiempo una válvula de escape a las ansias autonomistas de la nobleza gallega, que se había mostrado especialmente peligrosa para la monarquía a comienzos de su reinado. Los esfuerzos de Córdoba por detener el avance asturiano se mostraron infructuosos ante la política de Alfonso III de aliarse con los rebeldes muladíes de las fronteras inferior y superior. Cuando finalmente en el 879 Muhammad I se decidió a mandar un poderoso ejército al corazón del reino cristiano -León y Astorga-, Alfonso III lograba una completa victoria en Polvoraria, en la confluencia del río Órbigo con el Esla. En los años siguientes Alfonso III supo ampliar y afianzar sus dominios, obligando a pedir la paz al emir omeya a finales del 883. Es ciertamente en ese momento cuando el reinado de Alfonso III alcanza su cénit.

    Los años posteriores, hasta el final del reinado, verán continuar la expansión del reino astur por tierras de la Meseta superior, hasta lograr alcanzar en toda su longitud la frontera estratégica del Duero: en el 893 se ocupa Zamora, en el 899 Simancas y en 900 Toro. Poco tiempo después los condes castellanos llegaban asimismo al Duero, repoblando el año 912 Roa, Osma y San Esteban de Gormaz. En esta segunda etapa de su largo reinado, mucha más importancia que los hechos concretos de armas va a tener la labor repobladora y de fundación u ocupación de plazas fuertes y castillos, que habrían de constituir la base física y sociopolítica del dominio de las amplias llanuras castellano-leonesas. El sistema de repoblación puesto en práctica en la cuenca del Duero fue la presura, forma habitual de acceso a la propiedad de las tierras despobladas (bona vacantia), que se consideraban pertenecientes al fisco o al rey y que consistía en ocupar tierras y ponerlas en explotación. Ya en los años iniciales del siglo se habían producido las primeras ocupaciones o presuras a cargo de particulares que se apropian de tierras yermas y las ponen en cultivo, pero estas iniciativas están condenadas al fracaso si los campesinos no se hallan protegidos de los ataques musulmanes, si no hay una repoblación oficial, que se inicia con la reconstrucción de murallas y la creación de nuevas fortalezas desde las que defender el territorio y a sus campesinos. En otros casos los reyes ceden a nobles o eclesiásticos determinadas tierras con la obligación de ponerlas en cultivo, y de la modalidad de repoblación dependerá la organización social. La presura individual será otra y permitirá la existencia de numerosos campesinos libres y pequeños propietarios; la llevada a cabo por nobles y clérigos originará extensas propiedades cultivadas por colonos o siervos, y serán éstas las que acaben imponiéndose y absorbiendo a los pequeños campesinos, más o menos rápidamente según el número y la importancia de las grandes propiedades existentes en cada zona.

    También en el orden interno el reinado de Alfonso III iba a significar un cambio decisivo en la historia del antiguo reino de Asturias. Será entonces cuando la inmigración de elementos mozárabes al norte, fundamentalmente de clérigos, cobrará grandísimas dimensiones a consecuencia de la situación interna de al-Andalus y de la expansión territorial del reino cristiano. Esta inmigración mozárabe se dejará sentir profundamente en la ideología de la monarquía astur-leonesa. Por una parte, será entonces cuando en los círculos palatinos de Alfonso III cobrará plena vigencia la idea de la continuidad y herencia visigoda en el nuevo reino astur -es entonces cuando se redactan las llamadas crónicas de Alfonso III en sus dos versiones, y la llamada Albeldense-, al tiempo que se traza todo un programa político en el que se considera tierra “a reconquistar” la zona peninsular dominada por el Islam. Posiblemente en el contexto de esta reafirmación monárquica por intermedio de la herencia goda habría que situar el título de imperator que en ciertos escritos de origen palaciego se le asigna a fines de su reinado. Con él se querría sin duda resaltar la posición preeminente del soberano leonés sobre la fortalecida nobleza de su reino a consecuencia de la expansión, y frente a los reyes de Pamplona de la nueva dinastía Jimena. Esta última había debido su toma del poder, en parte, a la ayuda de Alfonso III. La influencia mozárabe también se refleja en las numerosas edificaciones eclesiásticas de su reinado, en las que se observa un claro retroceso del anterior arte particularista y autóctono de la época de Alfonso II y Ramiro.

    El título imperial y su significación han dado lugar a una interminable polémica entre los historiadores de las instituciones. Para unos, la denominación de emperador aplicada al rey Magno tenía como finalidad destacar su importancia ante la renacida monarquía navarra. Para otros, se trataría de trasladar al campo político el neogoticismo impuesto por los clérigos mozárabes: si el reino visigodo fue uno, sus sucesores estarían llamados a reunificar los antiguos dominios, serían reyes de hecho en su territorio y de derecho en todas las tierras ocupadas antiguamente por los visigodos, y lo indicarían a través de un título especial de mayor importancia y renombre que el utilizado por los demás príncipes cristianos de la Península.

    Otros historiadores piensan que la adopción del título obedece al deseo de imitar a Carlomagno o de afirmar la independencia asturleonesa frente al imperio carolingio y, más tarde, frente al sacro imperio romano-germánico. No faltan quienes relacionan el título imperial con una oposición decidida a la Santa Sede o como un medio de contrarrestar el título califal de los omeyas.

    En realidad, este título carece de valor oficial; no son los monarcas quienes lo usan, sino los súbditos -clérigos de la catedral de León, fundamentalmente- quienes se lo aplican, quizás para destacar la importancia de los reyes leoneses o, como afirma GARCIA GALLO, para designar al que tiene “la plenitud y efectividad de su poder en su propio reino”, pero en ningún caso es lícito deducir de este título imperial la existencia de una autoridad de los monarcas sobre los demás territorios peninsulares.

    Ciertamente, Alfonso III tuvo un papel decisivo en la instauración de la dinastía Jimena en Navarra, con lo que pretende y consigue fortalecer a la monarquía pamplonesa para que pueda hacer frente a los primeros ataques musulmanes y dé tiempo a organizar la defensa en León o la haga innecesaria, pero ambos reinos mantienen su independencia y no puede hablarse de una sumisión o del reconocimiento de la superioridad jurídica de León por parte de los navarros.

    Pero no obstante todos sus esfuerzos, su reinado acabaría de forma un tanto dramática y oscura. El aumento indudable de la fuerza y posición de la nobleza a consecuencia de la expansión territorial y señorialización creciente -sobre todo en las zonas galaico-portuguesas y leonesas-, favorecía las ya existentes tendencias centrífugas en el seno de su reino. Tendencias centrífugas que se veían, además, favorecidas por la diferente estructura socioeconómica de los varios componentes territoriales de su reino. Resulta sintomática a este respecto la supuesta repartición del reino en zonas diferenciadas de gobierno por Alfonso III entre sus tres hijos varones -Galicia, Asturias y León-Castilla-, que al menos se haría efectiva con la desaparición del viejo rey. Lo cierto es que, en el 910, Alfonso III sería preso de una no bien conocida rebelión, o más bien golpe de fuerza, nobiliaria que, conducida por su hijo mayor, García, contaría con el apoyo de su cuñado, el conde castellano Munio Núñez.

  • LA MARCA HISPÁNICA Y LOS CONDADOS CATALANES.

  • II.l. La intervención carolingia.

    El surgimiento de los primeros núcleos de resistencia cristianos al emirato cordobés en la zona pirenaica -reino vasco de Pamplona, condados del Pirineo central (Aragón, Sobrarbe y Ribagorza) y catalán- ofrece graves problemas para su análisis. En ellos aparece del todo imposible la fijación de una línea de evolución unitaria. A grandes rasgos podemos decir que su nacimiento es bastante más tardío que el cántabro-astur; en todo caso, nunca anterior a los últimos decenios del siglo VIII. Los estudios de ABADAL y LACARRA, fundamentalmente, han puesto de manifiesto que, para un correcto análisis de esta amplia problemática, se necesita tener muy en cuenta tres factores o series de hechos: 1, la modalidad de la ocupación musulmana de las varias zonas pirenaicas; 2, la estructura sociopolítica y económica de los valles pirenaicos y su relación con la de las tierras llanas del Ebro, y 3, las relaciones de los gobernadores islámicos del valle del Ebro y Cataluña con los emires cordobeses y con la aristocracia local de los altos valles pirenaicos, y de ambos con la corte carolingia, esta última en un claro proceso de expansión meridional.

    La conquista musulmana, tras algunos años de forcejeo, debió de lograr un cierto dominio de las zonas pirenaicas, salvo posiblemente la región navarra situada al norte de Pamplona. Ahora bien, en estos territorios los musulmanes debieron de contentarse con lograr la sumisión de los principales miembros de la aristocracia local -algunos de los cuales, como el conde visigodo Casio de Borja, llegarían incluso a abrazar la nueva religión- y situar guarniciones militares en las principales ciudades, como Pamplona, Zaragoza, Huesca, Lérida, Barcelona, Gerona, y en las numerosas fortalezas situadas en los pasos de los Pirineos orientales. Es decir, la conquista musulmana no habría significado ni el trasvase de masas de población foránea ni la destrucción de la aristocracia fundiaria allí preexistente. Con relación a los altos valles pirenaicos, donde no existían núcleos urbanos, los gobernadores islámicos se contentaron con ocupar algunos lugares de particular interés estratégico y obtener la entrega anual de tributos; cosa que se canalizaría, a ciencia cierta, a través de la aristocracia indígena. Por otro lado, la estructura socioeconómica y cultural debía de variar bastante entre la propia de los altos valles y la de la zona llana pirenaica, e incluso entre las más particulares y distintas de los primeros. En las zonas más llanas, junto con la vida urbana se había desarrollado también la gran propiedad agraria trabajada por campesinos dependientes; además, la romanización cultural y cristianización era prácticamente total. Incluso en las zonas media y baja de la actual navarra, CARO BAROJA ha podido distinguir en base a la toponimia lo muy extendido de la mediana y gran propiedad fundiaria de tipo romano.

    La situación en los valles pirenaicos debía ser muy distinta. Aquí, la propia geografía había facilitado la existencia de una pequeña y mediana propiedad libre preponderante, lo que no evitaba que en valles relativamente abiertos, situados al sur del Sobrarbe y Ribagorza, existiesen ya en el siglo VI muestras de la gran propiedad trabajada por campesinos dependientes. En las zonas más agrestes podían aún conservarse restos gentilicios en lo relativo a la organización social y política; la existencia de la familia extensa o linaje con lazos vinculativos especialmente relacionados con la propiedad fundiaria. Incluso podían subsistir resistencias a la romanización lingüística y a la cristianización, aún muy fuertes. Estos hechos habría que situarlos principalmente en las zonas occidentales en la alta Navarra actual y en Guipúzcoa, zonas que ya vimos que habían llevado una vida al margen, e incluso de oposición, al Estado visigodo de Toledo. Al realizarse la conquista musulmana era, pues, natural que la tradicional oposición socioeconómica y cultural entre el llano y la montaña se tradujese de inmediato en una diversa postura a adoptar frente al Estado cordobés; máxime si se piensa en la tradicional y secular autonomía y rebeldía de las poblaciones vasconas. Así, con anterioridad a la expedición de Carlomagno tenemos noticias de algunos focos de resistencia armada al gobierno cordobés en la zona pirenaica.

    Pero el panorama antes descrito iba a sufrir un giro decisivo a partir de la gran expedición de Carlomagno a la península Ibérica. Los reinados de Carlos Martel y Pipino el Breve se habían caracterizado por el avance del dominio franco en la zona del mediodía de la Galia, cosa que aparecía como de todo punto necesaria para asegurar en el futuro al corazón del reino de posibles penetraciones del Islam. Pipino el Breve había encontrado dificultades en su expansión por el reino de Aquitania y en Provenza, que sólo fueron ocupadas en los años 759 (Provenza) y 760-768 (Aquitania). Las poblaciones de una y otra comarca no aceptaron de buen grado el dominio franco, y su proximidad a los dominios musulmanes y a las tribus independientes de los Pirineos supuso siempre un peligro que Carlomagno se apresuró a conjurar llevando su acción más hacia el sur. Las campañas del 778, terminadas con la derrota de Roncesvalles cantada en la Chanson de Roland, son un claro intento de someter a los vascones de Pamplona, y serán éstos los que ataquen la retaguardia franca y consigan alejar a los carolingios de los Pirineos orientales durante 30 años. Unidos a los Banu Qasi del Ebro, los pamploneses mantienen su independencia frente a Córdoba y Aquisgrán, frente a musulmanes y carolingios, hasta que Amrús, valí de Huesca, pone fin a la revuelta muladí en el 806. Pamplona, aislada, acepta la presencia franca para protegerse de los ataques cordobeses, pero sólo hasta que sus aliados naturales, los banu Qasi, logran sacudirse la tutela omeya y ayudan a los pamploneses a expulsar a los condes francos en el año 824.

    La desastrosa campaña del 778 tuvo una compensación en los movimientos anticordobeses iniciados en Gerona y Urgel-Cerdaña, cuyos habitantes buscaron la alianza con los francos contra los musulmanes y aceptaron la autoridad carolingia en el 785. Si Abd al-Rahman I, ocupado en pacificar sus dominios, no pudo intervenir, su hijo Hisham I recuperó las comarcas sublevadas y saqueó los territorios francos entre Narbona y Toulouse. El peligro musulmán era demasiado grave y Carlomagno presionó militarmente sobre Urgel, donde la presencia militar carolingia fue acompañada de la renovación eclesiástica tras la deposición y condena del adopcionista Félix de Urgel en el año 798.

    Simultáneamente a los avances sobre Urgel, los carolingios ocupan Aragón, Pallars-Ribagorza, Vic, Cardona y Pamplona, y, controlada la barrera pirenaica, Carlomagno intenta dominar las ciudades de Huesca, Lérida, Barcelona y Tortosa como medio de mantener sus conquistas, pero fracasó en todas las expediciones excepto en la dirigida contra Barcelona, ciudad que fue ocupada en el 801. El gobierno de los nuevos dominios carolingios fue confiado a personajes francos o a hispanovisigodos refugiados en las tierras carolingias: el gascón Velasco en Navarra, los francos Aureolo en Aragón y Guillermo en Pallars-Ribagorza, los hispanos Borrell en Urgel-Cerdaña y Bera en Barcelona..., que no tardarán en sublevarse contra los carolingios, aceptados para liberarse de los musulmanes.

    II.2. La Marca Hispánica.

    El uso de la expresión marca hispánica por los textos del siglo IX y la posterior unión política de los condados de la zona catalana ha llevado a los historiadores a creer que las tierras catalanas controladas por los carolingios habían sido agrupadas en una entidad administrativa y militar con mando único, que sería el precedente de Cataluña. Esta marca (frontera) en sus orígenes habría incluido las regiones de Toulouse, Septimania y la actual Cataluña; se habría fragmentado en dos hacia el 817 con motivo de la división del Imperio realizada por Luis el Piadoso: al oeste habría quedado la marca tolosana (Toulouse, Carcasona y Pallars-Ribagorza) y al este la marca Gótico-Hispánica que comprendería Urgel-Cerdaña, Gerona, Barcelona, Narbona, Rosellón y Ampurias. Esta marca habría sobrevivido hasta el año 865, fecha en la que los condados de Narbona y Rosellón formarían la marca Gótica y los demás, los condados situados al sur de los Pirineos, integrarían la Marca Hispánica propiamente dicha con lo que, de alguna forma, podría decirse que las tierras catalanas estuvieron unidas, tendrían unidad desde el siglo IX.

    Frente a estas teorías, desarrolladas durante la revuelta catalana de 1640, los estudios de RAMON DE ABADAL han probado que marca hispánica sirve a los cronistas para designar una parte de los dominios carolingios, tiene un valor geográfico y no responde a una división administrativo-militar del imperio dirigida por un jefe único; la marca o el regnum hispanicum está dividida en condados no vinculados entre sí; cuando una misma persona se halla al frente de varios condados recibe el título de duque o de marqués, que realzan su poder, pero estos condados pueden ser divididos por el monarca y de hecho se disgregan y reagrupan continuamente de acuerdo con la voluntad del rey. Como norma general, cada condado tiene su conde y cada conde ejerce su autoridad sobre un solo condado, pero de esta norma se exceptúan pronto los condados sitos en zonas de peligro, donde para lograr una mayor coordinación en la defensa del territorio se acumulan, como sucederá en Castilla, los condados en una misma persona: en el 812, Bera es conde de Barcelona, y Gerona está regida por Odilón, y tres años más tarde, como consecuencia de un ataque musulmán, Barcelona y Gerona se unen en manos de Bera....

    La historia política de los condados catalanes durante el siglo IX resulta ininteligible si se ignora la historia del Imperio carolingio y si no se tiene en cuenta que dentro del Imperio cada conde, tanto hispano como franco, aspira a convertir en hereditario su cargo y las posesiones recibidas en él. Teóricamente, el emperador encarna toda la autoridad y todo el poder, gobierna por medio de asambleas anuales, a través de los administradores locales -los condes- y por mediación de los missi o delegados del rey con funciones de inspección. El centro de esta organización es el conde, al que se confía la administración, la justicia, la política interior y, en caso necesario, la defensa militar del territorio; su autoridad es prácticamente absoluta, pero es delegada, depende de la voluntad del monarca y en última instancia del poder que éste tenga.

    Las guerras civiles provocadas al dividir Luis el Piadoso el reino entre sus hijos obligan a los condes a tomar partido y, de acuerdo con las alternativas de la guerra, consolidan o pierden sus cargos. Al mismo tiempo, cada candidato al trono se ve forzado a hacer concesiones a sus partidarios con lo que la monarquía, sea quien sea el triunfador, sale debilitada de la lucha y no puede evitar la formación de clanes y partidos cuya fuerza puede ser superior a la de los condes oficialmente nombrados por el vencedor. En este contexto cabe interpretar la sustitución, el año 820, del hispanogodo Bera por el franco Rampón y el nombramiento posterior de Bernardo de Septimania (826-844); los condes francos, altos personajes de la corte carolingia, tienen una misión política muy concreta: poner fin a los afanes independentistas del conde de Barcelona-Gerona y de sus seguidores, que llegan a aliarse a los musulmanes contra los carolingios, sin que por ello pueda hablarse de independencia catalana sino de independencia del conde. Sometidos los rebeldes, Bernardo de Septimania recibe, en pago de sus servicios o para facilitar la defensa del territorio, el condado de Narbona y desde sus condados tomará partido contra el emperador al producirse la división del Imperio por Luis el Piadoso entre sus hijos Pipino, Luis el Joven y Carlos el Calvo. Vencidos, Bernardo y su hermano Gaucelmo, conde de Rosellón y Ampurias, perdieron sus condados a favor de Berenguer, conde de Pallars-Ribagorza y Toulouse. El nuevo conde no pudo mantener tan extensos dominios; el emperador premiaba a otro de sus fieles, Suñer, con el nombramiento de conde de Rosellón y Ampurias, y Bernardo de Septimania recuperaba los condados cedidos a Berenguer y unía a ellos el de Carcasona.

    Muerto Luis el Piadoso (840), Bernardo de Septimania apoyó a Luis el Joven contra sus hermanos Lotario y Carlos y con su apoyo perdió el condado al firmarse el Tratado de Verdún (843), por el que las tierras catalanas eran concedidas a Carlos el Calvo y, por delegación, a uno de sus fieles, a Sunifredo, conde de Urgel-Cerdaña y hermano de Suñer de Ampurias y Rosellón, que mantendrán su fuerza aunque los avatares políticos les hagan perder los condados. En la segunda mitad del siglo sus descendientes Vifredo, Mirón y Suñer II serán condes de Urgel-Barcelona-Gerona y Besalú, Rosellón y Ampurias. Con ellos se inicia la dinastía catalana que perdura hasta 1410.

    La tendencia a la hereditariedad de los cargos, visible en los intentos de los hijos de Bera y de Bernardo de Septimania de recuperar las funciones paternas, se observa igualmente en la política de los monarcas carolingios, que nombran condes a los hijos de Sunifredo y Suñer treinta años después de la muerte de éstos, quizá porque la función condal lleva consigo una serie de privilegios que no se extinguen con la deposición de los titulares, elegidos entre los grandes propietarios cuya riqueza y poder heredan sus descendientes. Para combatir a los rebeldes, el rey está forzado a basarse en las grandes familias, en las dinastías condales con lo que, indirectamente, contribuye a acentuar el carácter hereditario del cargo condal, tendencia que cristaliza a la muerte de Carlos el Calvo (877), al sucederse al frente del reino en un período de once años tres monarcas, ninguno de los cuales es capaz de hacer frente al peligro normando ni a los ataques musulmanes y, en consecuencia, los condes se ven obligados a actuar por su cuenta, a defender el territorio sin contar con el poder central. Uno de estos condes, Eudes, será elegido rey el año 888, y la ruptura de la continuidad dinástica proporcionará a los condes carolingios, a los catalanes entre ellos, el pretexto necesario para afianzar la independencia. El Imperio carolingio ha desaparecido, es sólo un recuerdo al que se refieren los antiguos súbditos fechando los documentos por los años del reinado del monarca franco al que, por lo demás, ignoran.

    La independencia se manifiesta en el reparto y distribución de los condados entre los hijos del conde; los condados no son ya bienes públicos sino propiedad del conde que, del mismo modo que distribuye sus tierras personales, reparte los condados entre sus hijos y llega, si es preciso, a crear nuevos condados o a confiar el gobierno a varios de sus hijos conjuntamente: Vifredo, el primer conde catalán independiente muerto el año 897, dejará a su hijo Sunifredo el condado de Urgel, a Miró II los de Cerdaña y Besalú, a Vifredo Borrell y Suñer, conjuntamente, los de Barcelona-Gerona-Vic, que se mantendrán unidos y serán el núcleo de la futura Cataluña.

    Como hemos podido observar, paralelamente a esta confusa evolución de los acontecimientos políticos se iría también desarrollando una ordenación del territorio en condados con límites bastante precisos que, a su vez, tenderían a agruparse en tres grandes núcleos en base a criterios de orden fundamentalmente geográficos: 1, zona pirenaica con los condados de Pallars-Ribagorza y Urgel-Cerdaña; 2, zona marítima centrada en torno a los condados de Ampurias y Rosellón, y 3, zona fronteriza centrada en torno al condado de Barcelona. En esta organización, en la que la unidad básica es el condado -susceptible en teoría de uniones personales diferentes-, no se puede en absoluto hablar, como ya ha sido indicado, de una única entidad administrativo-militar con un jefe único, pero, por otro lado, también es cierto que el carácter más fronterizo y necesitado de defensas mayores de tipo artificial y humano del condado de Barcelona, hacía a su titular ocupar con frecuencia una posición de preeminencia sobre el resto de los condados carolingios de la región.

    La independencia política es insuficiente si no va acompañada del control de los eclesiásticos, y los reyes carolingios dieron el ejemplo al sustituir al clero adopcionista por el franco e imponer en los monasterios de obediencia visigoda la regla benedictina; los condes catalanes intentarán, a su vez, tener el control de los eclesiásticos de su territorio sustrayéndolos a la autoridad eclesiástica franca y procurando evitar que obispos dependientes de otro conde tengan autoridad en sus dominios. El primer intento de independizarse eclesiásticamente tiene lugar el año 888 con la creación de un arzobispado en Urgel, del que dependerían las diócesis de Barcelona, Gerona, Vic y Pallars. Esta primera tentativa fracasa debido a la rivalidad entre los condes; aunque situada en los dominios de Vifredo, la nueva sede metropolitana beneficia sobre todo a Ramón de Pallars y a Suñer de Ampurias, el primero de los cuales logra la creación de un obispado propio para no depender ni de la iglesia carolingia ni de los demás condes catalanes, y el segundo logra que el nuevo arzobispo deponga al obispo de Gerona -del que depende Ampurias- y nombre para el cargo a uno de sus fieles. La negativa de Vifredo a aceptar esta sustitución lleva al arzobispo y a los obispos nombrados por él a reconocer como rey al monarca franco Eudes, e, inseguro en sus dominios y ante el temor a un ataque franco, Vifredo reconoce a su vez al monarca y, con la ayuda del arzobispo de Narbona, logra la supresión del arzobispo urgelitano y la destitución del obispo de Gerona, aunque no pudo conseguir que desapareciera el obispado de Pallars.

    La vinculación de los condados catalanes al Imperio no debe hacer olvidar la importancia del mundo islámico: por un lado, las aceifas musulmanas -que sólo se producen en los momentos más agudos de conflictividad interior y casi siempre en respuesta a la petición de ayuda de algunas de las facciones aristocráticas en lucha, como las de 826 y 827, coincidiendo con los violentos enfrentamientos entre Bernardo de Septimania y el depuesto conde Bera, o las de la mitad del siglo- hacen que la población apoye a los condes, sus jefes naturales por encima del rey, cuya lejanía e impotencia le resta importancia ante sus súbditos, especialmente cuando se producen ataques musulmanes que sólo el conde rechaza. Por otra parte, las disensiones musulmanas permiten la consolidación de los condados; gracias a ellas pudo Vifredo ocupar sin grandes dificultades la comarca de Vic, extensa tierra de nadie entre carolingios y musulmanes, y crear en ella el obispado de Osona y los monasterios de Ripoll y San Juan de las Abadesas, centros religiosos y de importante labor repobladora de las tierras ocupadas -mediante el sistema de la aprisio, similar a la presura asturiana- controladas por los hijos de Vifredo: en el primero ingresa como monje Adulfo, que aporta a Ripoll la parte que le corresponde en la herencia paterna, y la primera abadesa del segundo es Emma, hija del conde.

    A la muerte de Vifredo (897) y tras ser restaurada la dinastía carolingia en la persona de Carlos el Simple, los condes catalanes reconocieron de nuevo la autoridad monárquica pero ésta ya no fue efectiva. Vifredo Borrell, hijo del primer conde independiente, fue el último de los condes de Barcelona que prestó homenaje de fidelidad a los reyes francos: para conseguir el reconocimiento oficial de los derechos heredados y, posiblemente, para buscar ayuda frente a los musulmanes del valle del Ebro, que habían dado muerte a Vifredo I y habían obligado, incluso, a la evacuación de Barcelona. Después de su muerte, en el 912, la independencia de facto de los condes catalanes será prácticamente completa; con los soberanos ultrapirenaicos tan sólo les une hilo tan débil para aquellos tiempos como era la relación de soberano-súbdito.

  • CAROLINGIOS Y MULADÍES EN ARAGÓN Y PAMPLONA.

  • El valle del Ebro se sometió a los musulmanes, del mismo modo que el resto de la Península, sin oponer prácticamente resistencia; las escasas ciudades y los puntos estratégicos (Pamplona, Zaragoza, Huesca) recibieron guarniciones árabes o beréberes y se islamizaron rápidamente al convertirse a la religión de los vencedores los jefes visigodos; las zonas montañosas, aunque sometidas al Islam, no fueron ocupadas y sus habitantes se limitaron a pagar, cuando eran obligados, los tributos reclamados por los cordobeses. Las diferencias entre la montaña y el llano se agudizan tras la conquista musulmana: en la primera, sin una influencia directa musulmana, no hay islamización, y ésta es intensa en las ciudades y comarcas del llano por las ventajas de todo tipo que reporta el Islam. Los valles pirenaicos representan la libertad política dentro de una economía pastoril-agrícola basada en la propiedad individual; en el llano, de tierras más fértiles, abunda la gran propiedad heredada de la época romano-visigoda. Los intereses de uno y otro grupo humano son distintos, pero ambos tienen enemigos comunes en los carolingios y en los omeyas y se unirán en numerosas ocasiones contra unos y otros sin que por ello desaparezcan las diferencias que les separan y que irán acentuándose a medida que la población montañesa va haciéndose cristiana.

    Parece ser que hacia 753 los vascos de Pamplona se liberaron del dominio islámico, aunque poco después (en 756) volvieron a caer bajo él, si bien de forma precaria. Es posible que en 778 Pamplona estuviera gobernada de nuevo por los propios vascones, y serán éstos quienes ataquen la retaguardia franca y consigan alejar a los carolingios de los Pirineos orientales durante treinta años. Mientras tanto, los descendientes de un Casius y un Fortún de estirpe goda, convertidos al islamismo y conocidos por Banu Qasi, tomaban posiciones en el valle del Ebro y en los de sus afluentes Gállego, Aragón y Ara, erigiendo un principado musulmán caracterizado por sus ansias autonomistas frente a Córdoba. Frente a los carolingios y frente a Córdoba, frente a los dos poderes del llano, tendrán los montañeses de Pamplona la ayuda de los Banu Qasi del Ebro hasta que el valí de Huesca ponga fin a la revuelta muladí el año 806.

    III.1. Aragón.

    El primer conde aragonés del que tenemos noticia es un franco, Oriol o Aureolo, que pronto fue sustituido (810) por un indígena, Aznar Galindo, quizás para lograr la adhesión de los aragoneses, o, simplemente, dentro del juego habitual de nombramiento y sustitución de los condes por el emperador. Coincidiendo con los primeros enfrentamientos entre Luis el Piadoso y sus hijos, García -yerno de Aznar- expulsó del condado a su suegro (818) y con él, seguramente, a los partidarios de la vinculación con el Imperio carolingio, pues a diferncia de lo que ocurre en los condados catalanes, donde el dominio franco sustituye al musulmán, en Aragón -y también en Navarra- los carolingios son rechazados una vez que han liberado al territorio de la presencia islámica.

    Expulsado de Aragón, Aznar Galindo recibió del emperador el condado de Urgel-Cerdaña, al que su hijo Galindo uniría el de Pallars-Ribagorza; durante las guerras civiles carolingias de mediados del siglo, y por razones poco conocidas, Galindo I perdió el control de Urgel y Pallars y recuperó Aragón, donde, para hacer frente a la presión musulmana y carolingia, se vio obligado a buscar la alianza con el monarca navarro García Iñiguez.

    Debilitado el Imperio y fragmentados los dominios musulmanes por las sublevaciones muladíes de la segunda mitad del siglo IX, el mayor peligro provenía ahora del reino pamplonés, cuya expansión hacia el sur y hacia el este amenazaba con aislar a Aragón. Aznar II y su sucesor Galindo II conjuraron el peligro mediante el establecimiento de alianzas con los musulmanes de Huesca y con los condes de Gascuña. A pesar de ello, no pudieron evitar que Sancho Garcés I de Navarra (905-925), con la ayuda de los asturleoneses, ocupara las zonas situadas al sur de Aragón y sometiera al condado a una discreta tutela, que se reflejaría en el matrimonio de la aragonesa Andregoto Galíndez con el navarro García Sánchez (925-970), cuyo hijo Sancho Abarca unirá en su persona Aragón y Navarra.

    La unión político-dinástica de aragoneses y navarros no equivale a la integración o absorción de los primeros por los segundos. Políticamente, y aunque bajo la suprema autoridad del monarca pamplonés, el condado será dirigido por los barones aragoneses, que gozan de gran autonomía y que mantienen su unidad. Aragón mantiene sus características e incluso refuerza su independencia con la creación de un obispado propio que rompe la vinculación eclesiástica con el mundo carolingio. El influjo carolingio perdió fuerza al producirse una importante migración de clérigos mozárabes que, a mediados del siglo IX, sustituyeron la organización y cultura carolingias por las hisponogodas y crearon monasterios como el de San Juan de la Peña al que las crónicas atribuyen orígenes legendarios parecidos a los de Covadonga.

    III.2. El reino de Pamplona.

    Navarros y aragoneses se independizan al mismo tiempo de los carolingios, pero mientras los segundos, quizás por influencia visigoda -pudo haber allí un conde en siglos anteriores- o carolingia, se mantienen en un cierto estado de subordinación que se refleja en el título condal utilizado por sus dirigentes, los primeros forman una monarquía: sus jefes adoptan el título de reyes, con el que destacan su independencia frente a los carolingios y a los emires cordobeses. El carácter de esta monarquía durante el siglo IX nos es prácticamente desconocido, pero la escasa cristianización-visigotización del territorio y el rechazo de la influencia carolingia parecen indicar que los reyes no tenían otras características que las derivadas de su papel de señores naturales del país, que se oponen a toda injerencia extraña y lo consiguen mediante una estrecha alianza con la poderosa familia muladía de los Banu Qasi del Ebro, aunque si las circunstancias lo aconsejan no dudarán en oponerse a ellos.

    A fines del siglo VIII gobernaba Pamplona, en nombre del emir cordobés, un miembro de esta familia de conversos, Mutarrif, contra el que se sublevaron los pamploneses el año 798. Aliados a la familia pamplonesa de los Arista, los Banu Qasi recuperaron pamplona el año 803 y extendieron su influencia hasta Zaragoza, pero su excesivo poder y las tendencias independentistas observadas obligaron a intervenir al emir, que confió el gobierno de esta zona al valí de Huesca, Amrús, quien pocos años antes había puesto fin a la sublevación de los muladíes toledanos.

    Tras la muerte de Amrús, Carlomagno logró ocupar Pamplona, pero su dominio fue de corta duración; aliados nuevamente los Arista, dirigidos por Iñigo Iñiguez, y los Banu Qasi, bajo la dirección de Musa ibn Musa, expulsaron a los carolingios (816) y derrotaron a un nuevo ejército enviado por los francos ocho años más tarde. Debilitado el Imperio carolingio y defendido en el sur por los muladíes, el reino de Pamplona se afianza aunque sin gozar de total libertad; es en cierto modo un protectorado de Musa ibn Musa, quien alterna sus manifestaciones de independencia con la colaboración y sumisión a los emires cordobeses y arrastra en su política a los reyes de Pamplona.

    La ruptura entre navarros y muladíes se produce hacia el año 858, cuando una flota vikinga penetra por el Ebro hasta los dominios navarros y se apodera del rey García Iñíguez sin que Musa interviniera a favor de su aliado; libre éste tras pagar un cuantioso rescate, se une a los leoneses de Ordoño I y juntos vencen a Musa en la batalla de Albelda (859). Un año más tarde, los Banu Qasi vengaban su derrota permitiendo el paso por sus dominios de un ejército cordobés que hizo prisionero al hijo de García Iñiguez, Fortún, quien permanecería en Córdoba durante más de 20 años.

    La fragmentación del territorio muladí a la muerte de Musa (862) fue catastrófica para el reino astur, ya que el foco muladí representaba una defensa indirecta frente a Córdoba; los ejércitos musulmanes en sus campañas de primavera y verano contra el reino astur vivían sobre el terreno y evitaban siempre que era posible el valle del Duero, prácticamente desierto, en el que los soldados no podían encontrar alimentos suficientes; normalmente se dirigían al valle del Ebro para desde allí tomar la dirección oeste y penetrar en la frontera castellana de León. Pero estas campañas exigían la colaboración o la sumisión de los Banu Qasi y mientras éstos mantuvieron su fuerza y su oposición al emir, las campañas cordobesas fueron limitadas. Al desaparecer el escudo muladí, el reino astur queda expuesto a los ataques cordobeses y se hace preciso recrear una fuerza, un reino que impida o al menos debilite esta amenaza: tanto Ordoño I como su hijo y sucesor Alfonso III hicieron frente a los emires mediante una estrecha alianza con los hijos y nietos de Musa y cuando éstos fueron derrotados y sustituidos por los tuchibíes, dedicaron especial atención a reforzar los lazos de amistad con Pamplona, donde la ausencia de Fortún Garcés -prisionero en Córdoba- permitió el ascenso de una nueva familia, la de los Jimeno, cuyo jefe, Sancho Garcés I (905-925), subió al trono con la ayuda asturleonesa.