Obediencia a la autoridad; Stanley Milgram

Psicosociología. Instituciones jerárquicas. Test. Conflicto motivacional. Experimento: New Haven. Enseñanza. Juicio metodológico. Situación. Estado agéntico

  • Enviado por: Anónimo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 17 páginas
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  • Introducción

  • La investigación de Milgram (1974) sobre obediencia a la autoridad ocupa un lugar relevante en el ámbito de la psicología social experimental. Incluye elementos de patente neoconductista (esquema básico S-R, variable interviniente del "estado agéntico"...), neolewiniano (enfoque de la situación experimental total, recurso a nociones como tensión, conflicto, distancia... etcétera) y cognitivista (atención a mecanismos de percepción social y de atribución de responsabilidad... etcétera).

    El autor incorpora al campo de análisis psicológico experimental el fenómeno de la sumisión a una forma de poder "legitimo" (contrapuesto al que Weber (1925) denomina poder "coercitivo" o "dominación") del tipo "racional-legal".

    Milgram no descubre nada nuevo al presentar la "autoridad" como un factor de control social y la "obediencia" como un motivo de conducta. La originalidad radical de su empeño consiste en su enfoque del "sistema de autoridad" como modo de transformación personal del individuo de la condición de sujeto autónomo a la de "agente" heterónomo.

    Con ello reactualiza una de las eternas cuestiones antropológicas a las que la sabiduría humana ha ofrecido las más diversas respuestas (desde Abraham y Platón a Hobbes y Bakunin, Marx y Weber, Freud y Skinner, Fromm y Delgado, Nietzsche y Foucault).

  • Objetivo

  • Milgram se propone trabajar científicamente el tema, haciendo abstracción metodológica del punto de vista moral; pero sin cerrar los ojos al contexto socioideológico en que se desenvuelve, ni reprimir la visión humanista de la vida, pero al tiempo convencido de las posibilidades de progreso cognoscitivo que ofrece el marco experimental de control de variables conductuales.

    El autor parte del supuesto implícito de la irreductibilidad del fenómeno de la autoridad a la dimensión psicológica de la obediencia; del mismo modo que considera insuficiente una explicación de la conducta obediente en base a una mera sociología de las instituciones jerárquicas. Por ello, no persigue tanto una aproximación a las características de personalidad del sujeto sumiso o una descripción de las formas de ejercicio de la autoridad en el seno de una sociedad como un análisis de la naturaleza de las relaciones jefe-subordinado. Según él, sólo este último enfoque proporciona los medios teóricos adecuados para la comprensión de hechos tan "normales" y contrarios al sentido común como el de que, en un régimen político "democrático", personas educadas y dotadas de un cultivado sentido "moral" ejecuten "responsablemente" acciones como el tráfico de esclavos o el bombardeo con napalm de civiles indefensos.

    Una vez ha orientado el punto de mira hacia la dimensión relacional del "sistema de autoridad", le cabe entonces adoptar la precaución de no limitar el análisis a la consideración de un simple circuito cerrado bipersonal (autoridad-súbdito) e incorporar al campo de observación tanto los factores estrictamente psicológicos del individuo obediente como las características de las relaciones sociales verticales reguladas institucionalmente y definidas ideológicamente.

    Las condiciones experimentales han sido diseñadas de cara a la medición del alcance y limites de la obediencia; lo que equivale a la evaluación del potencial de la autoridad como fuente de poder.

    La situación-estimulo, concebida como test de obediencia, consiste básicamente en la generación de un conflicto motivacional entre dos imperativos morales fuertemente arraigados en los individuos de todas las culturas: la obediencia a la autoridad (honor al padre, cuarto precepto de la ley mosaica) y el amor al prójimo (no matar, quinto mandamiento de Moisés, consejo evangélico)

    Con ella, Milgram pretende detectar el nivel observable de acatamiento a una autoridad que ordena la ejecución de una conducta tan contraactitudinal como la de dañar a una víctima inocente: ¿qué ocurre cuando el individuo Y recibe de la autoridad X la orden de dañar al prójimo Z?

  • La experimentación

  • Tiempo. La fase experimental se desarrolla básicamente durante el período comprendido entre 1960 y 1963. El final de la elaboración teórica acontece en 1973.

  • Lugar. El flamante Interaction Laboratory de la prestigiosa Universidad de Yale, New Haven.

  • Sujetos. Adultos (n = 500), de edad comprendida entre los 20 y los 50 años, de los más diversos status socioprofesionales (estudiantes de liceo y universitarios excluidos), procedentes básicamente de New Haven.

  • d) Reclutamiento. Mediante anuncios de prensa, se ofrece retribución por participar en un experimento sobre "Memoria y Aprendizaje", de unos sesenta minutos de duración aproximada. El interesado en el mismo podrá elegir el horario de su conveniencia.

  • Convocante. El profesor Stanley Milgram, del Departamento de Psicología de la Universidad de Yale.

  • f) Personal. En cada prueba, intervienen básicamente tres personajes: el "experimentador" (la autoridad), el "aprendiz" (la víctima) y el "enseñante" (el agente). Los dos primeros están casi siempre encarnados por las mismas personas, verdaderos actores especialmente adiestrados para ello. El último es el central de la investigación y está interpretado por cada uno de los sujetos experimentales.

    g) Preparación. (Según el patrón del experimento príncipe el n° 2). A la hora convenida, se reúne el "experimentador" con los dos sujetos que habían sido convocados para la prueba. Uno de ellos es el centro del experimento propiamente dicho (el "ingenuo") y el otro el cómplice que realiza habitualmente la función de "aprendiz". El "experimentador" expone brevemente los pretendidos objetivos de la investigación (un análisis minucioso de los efectos del castigo sobre el aprendizaje) e instruye a los sujetos acerca de las características de la prueba.

    Mediante un sorteo trucado, se asigna al sujeto ingenuo el papel de "enseñante" y al cómplice el de "aprendiz". Repartidos los papeles, se invita al aprendiz, a sentarse en una "silla eléctrica" colocada en la habitación contigua a la que ocuparán el enseñante y el experimentador. Se le ata con unas correas y se fija a una de sus muñecas un electrodo supuestamente conectado a un generador de descargas (la máquina de castigar) que habrá de manipular el enseñante.

    h) Instrumental. El tablero del "generador" electrónico está dotado de treinta teclas dispuestas en línea horizontal, con sendos indicadores numéricos de voltaje, ordenados desde 15 hasta 450 voltios. Cada serie de conmutadores va acompañada de un rótulo señalizador de la intensidad de los efectos correspondientes ("descarga ligera"; "choque intenso"; " peligro descarga intensísima"... etcétera).

    i) Tarea. Al enseñante le corresponde leer ante un micrófono la "lección" que el aprendiz debe memorizar, consistente en series de pares de palabras asociadas. A continuación, repite el primero de cada uno de los pares y formula cuatro alternativas de respuesta entre las que el aprendiz ha de elegir la correspondiente a la asociación realizada en la primera lectura y señalizar su decisión, apretando un botón que debe encender una de las cuatro luces indicadoras de la respuesta.

    Cuando cl aprendiz se "equivoca" (según un plan establecido por el investigador) el enseñante administra el "castigo" pertinente, de intensidad creciente después de cada respuesta errónea.

    El enseñante está persuadido de la autenticidad del generador, puesto que él mismo ha experimentado, a indicación del experimentador, antes del inicio de la lección, una "muestra de descarga" real de 45 voltios.

    Durante el desarrollo de la sesión, el experimentador asiste al enseñante ante sus eventuales vacilaciones, incitándole (ordenándole) a continuar la tarea, mediante consignas estándar como las de "por favor, prosiga", "el experimento exige que usted prosiga", etcétera, y pseudoaclaraciones a propósito de la tarea o del estado físico del aprendiz, como la de que "aunque las descargas puedan ser dolorosas, no producen daño permanente en los tejidos. Siga, pues".

    Asimismo, está previsto, además del feedback del experimentador, el del aprendiz, quien, en su papel de víctima de los castigos, emite respuestas orales (en realidad se trata de grabaciones) proporcionadas a la intensidad de la supuesta descarga, que oscilan entre los pequeños quijidos hacia los 75 voltios, los gemidos de dolor hacia los 135, los gritos de protesta y los alaridos de desesperación que crecen hasta los 315 y los silencios inalterables a partir de los 330.

    j) Medida. El grado de obediencia (acatamiento-resistencia; del sujeto experimental - el agente enseñante-a la autoridad del experimcntador, viene determinado por la descarga máxima administrada al aprendiz-victima.

    k) Terminación. Finalizada la sesión, se somete al sujeto ingenuo a un meticuloso tratamiento postexperimental, consistente en una entrevista con cl experimentador, en la que se le informa de que, en realidad, las descargas no han tenido lugar. Se tranquiliza su conciencia mediante un acto de "reconciliación" con la "víctima". Se le comenta que su actitud y su conducta han resultado de lo más "normal" y se le promete una posterior información detallada del resultado global de la investigación en curso, a la que ha prestado su valiosa colaboración.

    l) Variables. Entre los estudios-guía previos a la fase experimental y el experimento n° 18, Milgram manipula una gran cantidad de circunstancias, en orden a definir, con mayor precisión, las condiciones de la sumisión y de la resistencia del individuo a la autoridad.

    Los principales factores de variación entre los sucesivos experimentos se reducen a los siguientes: relación de proximidad enseñante-aprendiz (agente-víctima): feedback a distancia (1), oral (2), espacial (3) y táctil (4); otras condiciones, manteniendo constante el feedback oral: traslado de la sede del experimento a los sótanos del laboratorio (5), cambio del personal cómplice (6), lejanía del experimentador (7), mujeres como sujetos (8), contrato limitado de la víctima (9), cambio del marco constitucional (10), libertad de elección del nivel de descarga (11), petición de castigo por el aprendiz (12), órdenes impartidas por individuo ordinario (13), la autoridad como víctima (14), contradicción entre las órdenes emitidas por dos autoridades (15), dos autoridades; una como víctima (16), rebelión de dos iguales (17) y un igual administra las descargas, relegado el enseñante a una función subsidiaria (18).

  • Resultados

  • Si el sentido común induce a plantearse la cuestión acerca de si algún individuo corriente se atreverá a administrar descargas eléctricas a un semejante, la realidad de los experimentos muestra que nadie se resiste a ello.

    Las previsiones de muestras de psiquiatras, estudiantes y adultos de clase media coincidían en predecir que ningún americano iba a ser capaz de obedecer voluntariamente al experimentador hasta el final. Tan sólo una insignificante minoría patológica se acercaría a los 300 voltios mientras que la mayoría de los sujetos experimentales no iría mucho más allá de los 150; supuesta su fuerza moral, autonomía personal y solidaridad con toda suerte de víctima inocente.

    En síntesis, la obediencia total de los sujetos (la que les induce a llegar por tres veces hasta la cota de los 450 voltios) oscila, según las diversas condiciones de lejanía de la víctima en relación al agente, entre un máximo de un 65°/o en la condición de feedback a distancia y un mínimo del 30°/o en la de proximidad táctil.

    Los resultados de la investigación, calificados por el autor de "sorprendentes y desanimadores a un tiempo", no podrían resultar más extraños para la lógica convencional: la amenaza de agresión (peligro para la supervivencia colectiva) puede venir no sólo desde los "extremos" (radicales, desviados, perversos, anómicos... etcétera); sino también del propio centro, de la gente "normal", de ciudadanos educados, corrientes, ajustados al orden establecido. Las otras variables manipuladas en el resto de experimentos permiten precisar algunas importantes previsiones para el incremento o disminución del nivel de obediencia. Así, se confirma que la eficacia de la autoridad es función de su proximidad y vigilancia con respecto al agente (exp. 7), de su coherencia (15), de los atributos de la persona que los encarna más que del contenido de las órdenes que dicta (13, 14), de ciertas circunstancias concurrentes en la situación de la víctima (16), del contexto institucional (10), de la distancia psicológica de los actos del agente con respecto a las consecuencias de los mismos sobre la víctima, de los efectos de fragmentación de la responsabilidad moral implicados en la división técnica del trabajo dirigido por la autoridad (18).

    Por otra parte, se constata que el grado de obediencia guarda poca relación con las características personales del experimentador o de la víctima (6, 8, 9,12) o físicas del espacio marco de la investigación (15). También se observa que, ante la misma situación, la conducta del individuo puede variar en función de si se siente con facultad de decisión acerca de sus actos o bajo los imperativos de la autoridad de otro (11). Asimismo, se puede comprobar los efectos de desobediencia derivados de la presencia de iguales que se rebelan contra la autoridad (17).

    Cabe señalar, además, que los resultados de investigaciones paralelas realizadas en otras coordenadas geográfico-socioculturales, resultan significativamente próximos a los establecidos por Milgram.

    El autor considera que el fondo de sus observaciones viene reforzado no sólo por las expectativas que habían en cierto modo despertado ciertas intuiciones de la psicología de masa y por los resultados de recientes estudios experimentales (aquí podrían servir de ejemplo los de Latane & Darley (1970) sobre la "difusión de responsabilidad" o de Zimbardo (1969) sobre la "desindividualización"); sino también por la misma práctica cotidiana de la reciente guerra de Vietnam.

    Esforzándose en hallar puntos de coincidencia entre sus hallazgos y los de otro tipo de investigaciones psicologicosociales, Milgram cuenta que Allport aplica a su aportación la significativa etiqueta de "experimento Eichmann" (1974, 166). Asimismo, cita a Dycks (1972) quien observa ciertos paralelismos entre los mecanismos psicológicos detectados en miembros de las S.S. de un campo de concentración nazi y de unidades de la Gestapo y los del típico "enseñante"; a Elms (1972) que descubre una correlación positiva entre el nivel de "obediencia" de los sujetos de Milgram y la puntuación en la escala F de "Autoritarismo" de Adorno y colaboradores (1950); a Holfling et al. (1966) que constatan la sumisión acrítica de enfermeras a las prescripciones de doctores que ordenaban la administración de dosis excesivas de un medicamento peligroso, y a Kelman & Lawrence (1972), quienes en su análisis de las actitudes del público norteamericano a propósito de la masacre de My Lay, obtiene que el 51% de los encuestados reconoce que, de hallarse en la situación de los soldados de la tropa, habría obedecido las órdenes dictadas por el teniente Calley (lo que hace presagiar que, en la realidad, el número de los sujetos obedientes habría sido probablemente bastante mayor).

    De cualquier modo, el autor da por resuelto el tema al comentar que "el proceso básico de la combustión es el mismo cuando arde una cerilla que en el incendio de un bosque" (1974, 163).

    Elementos para una teoría de la obediencia

    Para Milgram, la "esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona viene a considerarse a sí misma como un instrumento que ejecuta los deseos de otra persona y que, por lo mismo, no se tiene a si misma por responsable de sus actos" (1974, 10).

    El estado agéntico. Sin minimizar el posible valor explicativo de ciertas hipótesis etológicas, funcionalistas, cibernéticas, conductistas, cognitivistas y psicoanalíticas, y reconociendo explícitamente la deuda de su obra hacia aportaciones de la psicología social del poder y la influencia, el autor establece como piedra angular de su teoría la noción de "estado de agencia". Con ella remite a la condición de la persona incardinada a un "sistema de autoridad" en el que se percibe como agente (ejecutor) de la realización de los imperativos de otro (decisor).

    El "estado agéntico" es definido desde dos puntos de vista complementarios:

    "cibernético". "Cuando una entidad autorreguladora es modificada internamente de suerte que permita su funcionamiento dentro de un sistema de control jerárquico" (1974, 127). "fenomenológico". Cuando una persona "se define a sí misma en una situación social de una manera que la hace abierta a la regulación por parte de una persona de estado superior" (1974, 127).

    Desde ambos enfoques, la "clave" de la conducta de los sujetos de sus experimentos aparece en la "naturaleza de su relación con la autoridad".

    A la noción de "agencia" contrapone el autor la de "autonomía": una persona es "autónoma" en la medida en que "se considera a sí misma como actuando por propia iniciativa" (1974, 127).

    El paso de la persona del "modo autónomo" de actuación al "modo sistemático" de conducta en función de los fines establecidos por otro supone para ella una "mutación crítica" que, en el actual estado de la ciencia, resulta sólo analizable al nivel de su "expresión fenomenológica"

    La condición básica para la posibilidad de la "mutación agéntica" consiste en la práctica -usual en todas las estructuras socioculturales- de la inserción del individuo a un "sistema institucional de autoridad" (familia, escuela, iglesia, empresa, ejército... etcétera) que le proporciona modelos de acción, recompensas y la plataforma cognitiva para la internalización del orden social.

    El estado agéntico implica un previo reconocimiento de la autoridad a la que someterse libremente. Para el caso concreto de los sujetos de sus experimentos, Milgram atribuye a la ideología ambiental la legitimación institucional de un sistema de relaciones sociales en el que se asigna al científico-técnico el desempeño de un rol dominante y dentro del que aquéllos encuentran buenas razones para prestarle obediencia voluntaria.

    La capacidad de poder de una autoridad y la energía necesaria para motivar a un súbdito a la obediencia no pueden determinarse, desde esta óptica, en el vacío social; sino sólo mediante un análisis de la estructura de relaciones en la que jefes y subordinados se hallan inmersos.

    Las consecuencias más destacables del estado de agente en una persona, consisten en su aceptación de la definición de la situación que le dicte la autoridad, su asunción del rol de instrumento al servicio de los fines impuestos por el superior y en su transformación moral, por la que se siente responsable no tanto de las consecuencias de sus actos como del cumplimiento estricto de las órdenes que le han sido dadas.

    En otros términos, la obediencia no elimina la moral; sino que desplaza el centro de gravedad de la misma, en e1 contexto de una "reestructuración del campo social e informativo". De este modo, su componente cognitivo confiere mayor relevancia al imperativo ético de la subordinación y al aspecto técnico de la ejecución que al elemento interpersonal de la relación agente-víctima implicado en la acción.

    Esa nueva moralidad reduce el bien a la ley y el amor al deber; al tiempo que establece la sumisión como base de las virtudes cardinales.

    Otros mecanismos implicados en la situación experimental

    Defensa. Entre los hechos observados por el autor acerca de las formas de solución del conflicto al que se ven enfrentados los sujetos experimentales, destacan, además de las conductas simples de obediencia o desobediencia, aquellas que constituyen indicadores sintomáticos de un proceso "defensivo" (Milgram no se resiste a emplear una terminología freudiana cuando lo juzga oportuno) contra la ansiedad suscitada por la situación.

    Entre ellas, destacan las de evasión, negación, conversión física, sometimiento mínimo, subterfugio, búsqueda de afirmación social, juicio de la víctima, disensión puramente especulativa... etcétera.

    Compromiso. En un discurso que recuerda a la teoría festingeriana de la disonancia cognitiva, Milgram constata la hegemonía de la decisión de asumir la estructura total de la relación autoridad-agente sobre las opciones particulares relativas a la conveniencia de obedecer órdenes concretas en el marco del compromiso con la situación de subordinación, la disonancia derivada de efectos singulares de la misma se verá reducida.

    Entre los numerosos precedentes de la investigación de Milgram que podria traerse a colación a propósito de este punto, merece ser destacada la realizada por Frank (1944) sobre la resistencia a la autoridad.

    Una de las observaciones interesantes de ese trabajo es la diferenciación de IQS niveles de obediencia de los sujetos ingenuos al experimentador a propósito de consignas relativas a comer galletas: el grado de resistencia de los individuos aparece como cualitativamente distinto según si perciben la realización de la tarea que se les impone como parte del compromiso que han contraido formalmente al optar por la participación en el experimento o si se les antoja como un capricho arbitrario. En el primer caso, la obediencia es prácticamente absoluta (lo contrario equivaldría a una violación del pacto); mientras que en el segundo las manifestaciones de resistencia al imperativo se hacen notorias (acatar la orden equivale a sumisión gratuita).

    Distancia. Los experimentos sobre las condiciones de la lejanía de la víctima inducen a considerar que la sumisión o la rebelión contra la autoridad que ordena un acto "injusto" no depende tanto de la conciencia moral del agente cuanto de su estructuración del campo cognitivo en el contexto interactivo.

    En efecto, el grado de conflicto experimentado y expresado por el sujeto experimental ante la misma tarea fundamental resulta distinto según las diversas condiciones de su distanciamiento respecto de la víctima (en base a las cuales ésta aparece como más o menos abstracta ), por tanto, su dolor como más o menos real)

    Estos resultados ponen de manifiesto el contraste entre lo "lógico" y lo "psicológico", al tiempo que permiten identificar las diferencias en cuanto a experiencia personal y estructura del campo cognitivo entre el artillero de un superbombardero que apunta hacia un determinado "objetivo" y el soldado de infantería enfrentado a un "enemigo" cara a cara "desde un punto de vista meramente cuantitativo, es más perverso matar a diez mil personas, disparando obuses sobre una ciudad que matar a un solo hombre aporreándole con una piedra y, sin embargo, esta última acción es, con mucho, más difícil desde un punto de vista psicológico (1974, 148).

    Según el autor, las diferentes formas de distanciamiento entre el agente y la víctima, entre la acción y sus efectos, "neutralizan el sentido moral", desactivando los inhibidores que entran en funcionamiento sólo en interacciones cara a cara.

    A ese respecto, Milgram se une a la pléyade de científicos sociales que llaman la atención a propósito del "decalage" progresivo entre el nivel de desarrollo tecnológico del potencial destructivo humano y el de los mecanismos de inhibición biopsicológicos.

    En el mismo sentido, no puede dejar de sugerir el peligro para la misma supervivencia humana que encierra el propio "sistema de autoridad", ante el que el individuo autónomo deviene capaz de abdicar de su humanidad para reducirse al puro "estado de agencia".

  • Comentario

  • "...hemos podido comprobar un nivel preocupante de obediencia a las órdenes. Con una regularidad paralizante, veíamos que las mejores personas se sometían a las exigencias de la autoridad y realizaban acciones crueles e inexorables. Personas que en su vida cotidiana son responsables y honradas quedaban reducidas por la trampa de la autoridad, por sus arreos, por el control de sus percepciones y por la aceptación, exenta de toda critica, de la definición hecha por el experimentador de la situación que conducía a una realización de acciones inhumanas" (1974, 119).

    La perspectiva ofrecida por Milgram sugiere las siguientes consideraciones:

    • La "autoridad" no constituye una abstracción ni una cualidad personal, sino el conjunto de atributos de quien juega un rol definido en un sistema de relaciones sociales (en el presente caso, se ha tratado de un régimen de poder legítimo-racional). Por lo mismo, el alcance y los límites de la "obediencia" son también función de un sistema interactivo.

    • Los experimentos citados tienden a demostrar que cuando dos valores éticos como el del amor al prójimo y el de la obediencia a la autoridad entran en conflicto, en un contexto de interacción jerárquica, el segundo tiende a imponerse.

    • La diferencia entre las "previsiones" y los "resultados" obtenidos por Milgram indica que los mecanismos psicologicosociales de la obediencia se rigen por patrones que trascienden el ámbito estricto de la lógica convencional. Entre estos patrones normativos de la conducta obediente cabe destacar los siguientes:

    • cuanto más próximo, concreto y perceptible parece el dolor de la víctima, tanto mayor tiende a ser la resistencia a la autoridad que ordena incrementarlo.

    • cuanto más cercana y vigilante permanece la autoridad en relación al agente, mayor obediencia obtiene de él.

    • cuanto más solo se halla el individuo frente a la autoridad, menos probable resulta su resistencia a la misma. Por el contrario, si puede formar coalición con otros, ésta aumenta.

    • la "moral", la "razón", la "conciencia", la "responsabilidad"... etcétera, individuales, ofrecen relativamente poca resistencia a la autoridad establecida en un contexto de relaciones asumido, mediante un compromiso personal con la situación, por el propio individuo.

    El escándalo que suscitan las tesis extraidas por Stanley Milgram de los resultados de sus experimentos (tal vez sea más digno de escándalo la ingenuidad que haya dado pie a este tipo de reacción) le hacen aproximarse -como él mismo reconoce- hacia controvertidas, por igualmente provocativas, posiciones como las de Arendt (1963) acerca del perfil simplemente burocrático (con nada en común con el de un ser cruel, sádico, sanguinario... etcétera) de una personalidad como la de Eichmann o las sostenidas por psicoanalistas sociales sobre el carácter simplemente "autoritario" de ciertos ejecutores -"en cumplimiento del deber"- de acciones destructivas calificadas unánimemente de monstruosas y atribuidas, con la misma unidad de criterio, a factores psicopatológicos extremos y raros. "Acontecimientos como los de Holocausto pueden explicarse sin tener que atribuir a Alemania ninguna característica psicológica que no esté ampliamente en otras culturas; la nuestra incluida" (Simón 1981, 17). Tales barbaridades no serían ya necesariamente imputables a una banda de psicópatas, sino a una legión de burotecnofascistas: a un colectivo de ejecutivos eficientes y disciplinados, algunos con sólida formación "científica", bastantes con notable capacitación "técnica", muchos con profundas convicciones morales.

    Si individuos comunes se manifiestan capaces de realizar acciones convencionalmente diferenciales de monstruos inhumanos, pueden igualmente explicarse ciertas monstruosidades inhumanas como efectos del comportamiento de individuos comunes. Este sencillo razonamiento resta seguridad al presente y consistencia epistemológica a estrategias como la armamentista, basadas en la lógica racional de la disuasión y en el presupuesto de la capacidad humana igualmente racional de controlar la propia conducta. En este sentido, el eco y la resistencia suscitados por la obra de Milgram resultan equiparables a los provocados por otros "descubrimientos" que ponen de manifiesto la fragilidad de algún mito antropológico como el de la "racionalidad" humana (Freud, Festinger...) o el de la capacidad "autonómica" del propio hombre (Skinner, Delgado...).

    Milgram, por su parte, pone el dedo en la llaga de la ilusión acerca del carácter acentuadamente "moral" (en el sentido más sublime del término) del comportamiento humano. Por otra parte, su implícita afirmación de que las relaciones sociales sostenidas en el seno de una estructura de poder "legítimo"-"racional" (autoridad-obediencia) resultan significativamente próximos a los que el propio Weber atribuye al tipo "coercitivo" (dominio-sumisión) constituye otro atentado de primera magnitud contra el núcleo de la moderna miología acerca del progreso de la barbarie a la cultura.

    De cualquier modo, el autor invita a considerar con ecuanimidad sus conclusiones, que no inducen a descartar en absoluto la presencia de elementos racionales en la obediencia ni a la capacidad de resistencia humana (autonomía, libertad) a una autoridad cuyas órdenes contradigan normas morales de sus súbditos: la "auténtica posibilidad' de la desobediencia "en manera alguna queda excluida por la estructura general de la situación experimental" (1974, 183).

    En efecto, sus experimentos demuestran precisamente que, aun en las situaciones en que el individuo está solo ante la autoridad, el "estado agéntico" no elimina del todo la aptitud autonómica de una parte significativa de sujetos.

    Tampoco es razonable derivar de los resultados de la investigación la tesis de que el progreso cultural implique necesariamente un incremento de heteronomía. Tal vez resulta más de acuerdo con la perspectiva que sugiere el autor la idea de que el mejor conocimiento de las bases psicosociológicas de la obediencia a la autoridad proporciona los elementos teóricos adecuados para el desarrollo del componente racional que puede existir en las relaciones sostenidas dentro de un sistema de autoridad y, al tiempo, para reforzar la autonomía de los individuos hasta el punto de capacitarlos para la eventual resistencia a una autoridad que ordenara dañar a victimas inocentes.

    En síntesis, para el autor, la psicología social ha puesto de manifiesto que las relaciones de autoridad no constituyen el efecto social de simples predisposiciones personales al "autoritarismo" ni tampoco el puro resultado institucional de un régimen político "totalitario". Consisten, a su juicio, en un tipo de situación que puede afectar también el comportamiento de individuos "normales" y que es susceptible de darse en contextos "democráticos".

  • Valoración

  • Nadie ha puesto razonadamente en cuestión el hecho de que Milgram haya conseguido introducir en el ámbito del laboratorio un tema social de interés relevante, incorporar hipótesis y modelos interdisciplinares y extraídos de una pluralidad de orientaciones teóricas y combinar sugestivamente investigación y humanismo, rigor metodológico y apertura intelectual, en uno de los trabajos experimentales de mayor trascendencia en el campo de la psicología social.

    Como es lógico suponer, una aportación como la presente ha debido suscitar las más diversas reacciones, tanto por lo que se refiere a los aspectos ideológico y ético como epistemológico y metodológico. Así, algún que otro literato-moralizador se resiste a tomárselo en serio, a la vista de la distancia que separa sus contenidos de los propios mitos sobre la moralidad humana. Otras reservas apuntan hacia los problemas de la representatividad de la muestra de sujetos experimentales; de los efectos extraños que haya podido inducir el experimentador en el laboratorio o de los contrastes entre las situaciones artificiales observadas y los procesos reales de la vida social o hacia la cuestión de si el fenómeno investigado consiste propiamente en la obediencia individual a la autoridad o si se trata más bien (de un ejercicio de agresión en un contexto institucional.

    Son también frecuentes los comentarios deontológicos en torno al problema de la relación medios-fines, planteado a propósito del posible carácter "traumatizante" de la experiencia de tensión emocional a que son sometidos los sujetos ingenuos, quienes además son objeto de "engaño". A ello responde Milgram precisando la calidad del tratamiento pre y postexperimental que se da a los sujetos y presume del caso de uno de ellos (joven) que no dudó en llegar al límite máximo de la obediencia en el proceso experimental y que, a consecuencia de la reflexión a propósito de esta experiencia, persigue y consigue el estatuto de "objetor de conciencia" (1980, 187).

    Desde una posición sociológico-critica (Poitou, 1973; Mugny, 1980) se acusa a Milgram de no haber tomado suficientemente en cuenta el hecho de la inserción social de la institución científica en un sistema de autoridad, en el que el experimentador ostenta el rango de experto legitimado para exigir respuestas obedientes dentro del ámbito de su competencia. Ello suscita dudas acerca de la validez de un análisis de relaciones de poder realizado desde una situación de ejercicio de poder.

    Por su parte, Doise (1982) critica en la obra de Milgram un típico desfase en psicología social experimental: las "operacionalizaciones" se apoyan sobre variables "intrasituacionales", la "teorización" remite a procesos "intra e interindividuales" y la referencia al marco "ideológico" no va más allá de la mera "ilusión".

    Harre (1979) presenta el experimento de Milgram como un ilustrativo ejemplo de la dificultad de comprensión de los fenómenos observados en el laboratorio "cuando no se atiende a las interpretaciones y creencias de los actores". Desde un punto de vista etogénico, la situación experimental permite detectar no la "obediencia" a una autoridad, sino la "confianza" en un experimentador -que se establece, negocia y renueva a lo largo de la interacción sostenida entre el sujeto ingenuo y el que desempeña el rol de "investigador". Harre se apoya en la réplica experimental de Mixon (1971) a Milgram, según la cual la manipulación de las creencias e interpretaciones de los sujetos induce a demostrar el importante papel que juega la confiabilidad percibida en el experto (a través de sus gestos y actitudes) en orden a la determinación del nivel de obediencia manifiesta al mismo.

    En cambio, Aronson (1972) entiende que el experimento en cuestión, estando saturado de "realismo experimental" (en él, el sujeto se toma realmente en serio la situación; así como sus respuestas a los estímulos manipulados por el investigador), padece, sin embargo, de un importante déficit de "realismo mundano", al no existir -según ese autor- relaciones significativas entre la situación vivida por el sujeto en el laboratorio y las que vive en su medio social cotidiano. El valor predictivo de la teoría de la "obediencia a la autoridad" se restringiría a las supuestamente escasas ocasiones "reales" de estructura similar a la diseñada en el laboratorio milgramiano.

    Pero, aparte de las relaciones de poder y de confianza que lleguen a instaurarse :en los dominios del investigador, cabe considerar también las "reglas implícitas" de la interacción experimentador-sujeto experimental, que inducen a plantear razonables dudas acerca del grado de "validez ecológica" de los experimentos de Milgram; no por el mero hecho de haber sido realizados en el marco del laboratorio, sino por la estratagema que en ellos se ha empleado de cara a conferir "plausibilidad" y "realismo" a la situación.

    Orne & Holland (1968) sugieren que lo que tal vez haya demostrado Milgram en sus primeros trabajos (1965) no es tanto la "obediencia" del ciudadano común a la autoridad que reconoce como legítima, cuanto la "complacencia" del sujeto participante a las "demandas características" de la situación experimental.

    Orne (1962. 1969) demuestra que en el laboratorio los sujetos se someten a la realización de unas tareas extraordinariamente pesadas y absurdas, tratando de mostrarse serviciales ante un investigador que "bien debe saber lo que se trae entre manos". Según él, ello no supone ninguna garantía de que los mismos sujetos se comportarán de modo similar en su vida cotidiana. Consideradas las homologías estructurales entre la conducta antihedónica de sus sujetos y la antimoral de los de Milgram, sugiere que éste no debe extrapolar lo que ha observado en el contexto experimental a las situaciones de la vida real. (Quien comparte el punto de vista de Milgram podría arguir que la vida real está llena de casos de gente que, en contextos institucionales -"legitimados"-, realiza tareas penosas, absurdas, violentas y destructivas y que, si de algún modo la "obediencia" es reductible a "complaccncia" ¿por qué no ha de serlo, a su vez, el "efecto Orne" al "efecto Milgram"?)

    De cualquier modo, para Orne & Holland, la relevancia antropológica, politica y moral de la investigación de Milgram ha eclipsado la problemática metodológica que la misma plantea: "Gran parte de la aceptación depende de la medida en que los resultados se adecúan al 'Zeitgeist' y a los prejuicios de la actividad científica. El talento con que Milgram presenta sus resultados y los efectos que originan tienden a oscurecer serios problemas acerca de su validez" (1968, 242). La más seria de las reservas de procedimiento que suscita, a su juicio, es la de la "manipulación del engaño": "el engaño es un intento por parte del investigador por eludir aquellos procesos cognoscitivos del sujeto que interferirán con su investigación, pero cuando tal experimento se realiza, resulta vital que el investigador determine si es el sujeto o él mismo el engañado" (1968, 245).

    Orne & Holland, intentando ponerse dentro de la piel del sujeto experimental, consideran que lo que éste hace está en función de su modo de captar la situación, en virtud del cual realiza su composición de lugar atendiendo a las "instrucciones" que le proporciona el experimentador y a toda otra suerte de "indicios" (Garfinkel, 1967). Y que, cuando resuelve un conflicto situacional, lo que aparece en primer término como una respuesta a instrucciónes recibidas, puede resultar en realidad una conducta orientada por indicios percibidos.

    A ese respecto, la coyuntura más "incongruente" vivida por el sujeto experimental será la del contraste entre la gravedad de los acontecimientos desarrollados y el tranquilo comportamiento del experimentador. Ante ella, según los autores se comportará no sólo en función del reconocimiento explicito de la autoridad legítimamente ostentada por el director del experimento sino también convencido de la operatividad de la "regla implícita" de que nada grave puede acontecer en el marco experimental. En tal caso, la propia conducta del experimentador es captable como un comunicado expreso de que en realidad no es importante lo que está ocurriendo al aprendiz-víctima. Por ello, "el paradigma de Milgram desemboca en una paradoja inevitable. Existen algunas cosas que el sujeto no haria, pero hay comportamientos que sabe que el experimentador no le pedirá que realice; por tanto, cuando el experimentador le pide que emprenda una acción que conducirá a un serio perjuicio para él o para alguien más y le comunica que el sujeto va a realizar esos actos, le comunica también que esto no conducirá a sus consecuencias aparentes. Que el sujeto en un experimento ponga en práctica comportamientos que parecen destructivos para él mismo o para otro, refleja más su disposición de confiar en el experimentador y en el contexto experimental que lo que haría fuera de la situación experimental" (1968, 255).

    Orne & Holland concluyen que "los estudios de Milgram sobre obediencia, aunque no logran proporcionar un modelo viable para la investigación científica de la violencia, constituyen con todo una piedra miliar en la psicología social. Al demostrar que es posible permanecer dentro de convenciones actualmente aceptadas y, sin embargo, llevar al experimento psicológico más allá de sus limites, los estudios sobre la obediencia nos obligan a considerar cuáles son estos limites y a apresurar la llegada del día en que los problemas de validez ecológica recibirán la clase de atención cuidadosa que actualmente se dedica a la inferencia estadística. Finalmente, Milgram se ha atrevido a intentar el estudio científico sistemático de un problema urgente al que actualmente se enfrenta nuestra sociedad. Si bien se necesitarán nuevos medios para alcanzar esta finalidad, al concentrarse en los problemas vitales, Milgram ha dado un nuevo ímpetu a un campo sumamente atractivo" (1968, 257).

    El trabajo clásico de Milgram (1965. 1974) permanece como un camino abierto por el que se ha avanzado aún cortos pasos. Probablemente esto sea debido al hecho de que constituye una especie de momento álgido de la época dorada de la psicología social psicológica experimental. La "crisis" que ha caracterizado la autoconsciencia de la disciplina a lo largo de los setenta, avivada por las controversias en torno a la validez de los trabajos de laboratorio en las ciencias humanas y por cl creciente consenso en torno a la necesidad de incorporar a la investigación psicologicosocial una mayor dosis de variables cognitivas y macrosociológicas, ha frenado sin duda el empuje que el autor hubiera podido dar a las investigaciones en la línea por él emprendida.

    En ese sentido, los numerosos ensayos de validación transcultural realizados a propósito de los hallazgos de Milgram en suelo norteamericano no resuelven los problemas de fondo planteados por la crítica de que éstos han sido objeto. Resultan más bien dignos de mención ciertas aproximaciones a aspectos parciales del modelo original como los estudios sobre la relación del grado de obediencia con variables como personalidad (Elms & Milgram, 1966), inteligencia (Burley & McGuinnes, 1977j, sexo (Kilmam & Mann, 1974) o edad (Punch & Rennie, 1978); sobre el nivel de obediencia obtenido según si el sujeto desempeña el rol de agente "transmisor" o "ejecutante" de las órdenes recibidas del experimentador (Kilham & Mann, 1974); sobre la servicialidad del sujeto experimental (Crano & Brewer, 1977); sobre el efecto del engaño en el desarrollo del experimento (Bickman & Zarantonello, 1978) o sobre la ética de la investigación (Kelman, 1969) -tema al que vuelve el propio Milgram (1977).