Nutrición humana

Alimentación. Metabolismo. Necesidades nutritivas. Órganos de la nutrición. Estómago. Páncreas. Hígado. Sistema esquelético y muscular

  • Enviado por: Zeus
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 19 páginas
publicidad
publicidad

La nutrición es el conjunto de procesos que intervienen en el intercambio de materia y energía que se realiza entre cada ser vivo y su medio. En el interior de las células es donde se lleva a cabo la parte fundamental de la nutrición, es decir, todas las reacciones que transforman los nutrientes en energía y sustancias del organismo.

La nutrición humana abarca la adquisición del alimento y su asimilación o anabolismo, que consiste en un conjunto de procesos en los que intervienen varios aparatos del organismo. El aparato digestivo se encarga de la digestión y absorción de los alimentos y el aparato circulatorio los distribuye a todas las células. Los procesos inversos constituyen el catabolismo e implican la degradación de las sustancias y la expulsión de los materiales de desecho. En este proceso intervienen el aparato excretor, el circulatorio y el respiratorio, aunque este último aporta además el oxígeno necesario para el anabolismo.

Comienza en la boca, cavidad que está limitada lateralmente por las mejillas, y en su parte superior por el paladar óseo, constituido por los dos huesos maxilares. Se prolonga en su parte posterior en el paladar blando o velo del paladar, membrana mucosa que separa la cavidad bucal de las fosas nasales. De su centro pende la campanilla o úvula, que influye en el reflejo de la deglución. El suelo de la boca está constituido por membranas y músculos. La parte anterior se abre al exterior por el orificio bucal rodeado de los labios. El fondo de la boca comunica con la faringe. Todo el interior de la cavidad bucal se encuentra tapizado de tejido epitelial (mucosa) humedecido por la mucina que segregan los tres pares de glándulas salivares. Éstas son: a) las parótidas, situadas a ambos lados de la cara, bajo las orejas, que desembocan por el canal de Stenon a la altura del primer molar superior; b) las submaxilares, situadas en la cara interna del maxilar inferior, desembocando debajo de la lengua y c) las sublinguales, situadas en el suelo de la boca, en la parte anterior del maxilar inferior. Todas ellas segregan la saliva, líquido formado por un 99 % de agua y el restante 1 % por sustancias como: sales de Na, Ca, K, albúmina, mucina y la ptialina o amilasa salivar. La secreción de saliva es continua pero aumenta en la masticación de una manera refleja y en los instantes previos al comienzo de la comida a la vista del alimento.

En la boca se encuentran además los dientes y la lengua. La dentición en el hombre es heterodonta (formada por piezas de distinta forma) dada su alimentación omnívora. La dentición definitiva consta de 32 o 28 piezas que se adquieren progresivamente a partir de la dentición de leche que se posee en la infancia. La lengua es un órgano musculoso que interviene en la deglución, al empujar el alimento hacia el paladar blando; en la fonación, ya que contribuye a modular los sonidos; en la masticación, pues empuja los alimentos hacia los dientes y en la insalivación. Además, en los botones gustativos que la tapizan se localiza el sentido del gusto. En resumen, los procesos que tienen lugar en la boca son: la masticación (reducción y trituración) y la insalivación (mezcla), cuyo resultado es el bolo alimenticio, masa de alimentos triturados y mezclados con la saliva. A esta fase se la considera una digestión mecánica. También se produce una digestión química al hidrolizarse el almidón que se convierte en maltosa (azúcar soluble) por la acción de la ptialina o amilasa salivar. Por último se produce la deglución, inicialmente voluntaria y porteriormente refleja.

De la boca, el bolo alimenticio pasa a la faringe, órgano en el que confluyen el tubo digestivo y el respiratorio, pues en su parte superior conecta con las fosas nasales a través de los orificios de las coanas. A ambos lados de la faringe se sitúan las amígdalas, dos masas de tejido linfoide con misión inmunitaria. En la faringe se produce la parte involuntaria o refleja de la deglución, pasando el bolo alimenticio al esófago. Es éste un tubo de unos 20 ó 25 cm de longitud, que comunica la faringe con el estómago. Está revestido interiormente por una capa mucosa de tejido epitelial, a la que rodean externamente dos capas de tejido muscular: una de fibras circulares y otra de fibras longitudinales. Ambas contribuyen activamente, mediante los movimientos peristálticos o peristalsis, a que el bolo alimenticio progrese hasta el estómago.

El estómago es un saco o ensanchamiento del tubo digestivo de unos 25 cm de longitud, con una capacidad de 1,5 a 2 litros. El orificio de entrada está cerrado por un esfínter, el cardias y el de salida, que comunica con la primera porción del intestino delgado, por otro llamado píloro. El primero se abre de manera refleja según van llegando los alimentos, el segundo los va dejando pasar en pequeñas cantidades cuando ya están transformadas. Además de las capas de tejidos del esófago, en el estómago se encuentra una de musculatura de fibras oblicuas, por lo que sus movimientos peristálticos son más complejos permitiendo la mezcla total de los alimentos con los jugos gástricos. Todo ello está controlado por fibras del sistema nervioso autónomo. El tiempo que pasan los alimentos en el estómago depende de la naturaleza de los mismos, pudiendo ser de hasta tres horas o más, aunque los líquidos están muy poco tiempo. El factor que desencadena su paso al intestino es el grado de acidez. En el estómago los alimentos sufren la acción del jugo gástrico, que contiene una serie de sustancias producidas por diversas células secretoras de su pared: el ácido clorhídrico, que prepara el medio adecuado para que intervengan los enzimas y es antiséptico; el mucus, que actúa como lubricante y protector de la mucosa contra la acción del ácido, y los enzimas pepsina y cuajo. La primera se encarga de romper los prótidos complejos en polipéptidos más sencillos y el cuajo coagula la leche. En el estómago se produce un cierto grado de absorción de sustancias como el agua, alcohol y algunos medicamentos. La masa predigerida que pasa al intestino es el quimo.

A continuación del estómago se encuentra el intestino delgado, un tubo de unos 6 m de longitud y 2,5 a 3 cm de diámetro, que ocupa la mayor parte de la cavidad abdominal. Está dividido en tres porciones: duodeno, yeyuno e íleon. El duodeno tiene unos 25 cm de longitud y está curvado en forma de C, en él desembocan el conducto pancreático o canal de Wirsung, que trae el jugo pancreático procedente del páncreas y el conducto colédoco procedente de la vesícula biliar, que almacena la bilis segregada por el hígado. Ambos conductos desembocan en un ensanchamiento, la ampolla de Vater, zona del duodeno en la que se mezclan los alimentos con los jugos. El resto del intestino delgado lo constituyen yeyuno e íleon. Poseen las mismas capas de tejido que el resto del tubo digestivo, pero en la mucosa del duodeno existen además un gran número de glándulas: las de Brunner, que segregan un mucus protector y las de Lieberkühn, que segregan el jugo intestinal. Estas últimas son más abundantes en el yeyuno e íleon, junto a unas proyecciones de su pared, las vellosidades intestinales, que son numerosísimas. El jugo intestinal contiene diversos enzimas digestivos que actúan degradando las grasas, los polisacáridos, los disacáridos y los polipéptidos como la lactasa, la amilasa y la lipasa. Además se segregan enzimas activadores de otros, como la enteroquinasa, que activa la tripsina del jugo pancreático, y hormonas como la secretina, que activa la secreción del páncreas.

Las principales funciones del intestino delgado son: a) digestión del quimo mediante la acción del jugo intestinal, la bilis y el jugo pancreático, b) absorción de lo digerido por las vellosidades intestinales del yeyuno e íleon, para que pasen a la sangre y la linfa por mecanismos de transporte activo.

A continuación, a través de la válvula ileocecal, comienza el intestino grueso, donde, como en el estómago y en el intestino delgado, los alimentos, mediante los movimientos peristálticos, se mezclan con los jugos; su diámetro es de 3,5 a 4 cm, su longitud de 1,5 a 1,8 m y está dividido en tres regiones: ciego, colon y recto.

El ciego, que tiene unos 5 a 7 cm de longitud, es un saco en cuyo extremo se encuentra el apéndice vermiforme, prolongación tubular de unos 4 a 5 cm de longitud, con carácter vestigial en el hombre. Tiene función hematopoyética ya que en él se forman glóbulos blancos.

El colon se encuentra rodeando al intestino delgado y demás vísceras abdominales, segrega un líquido alcalino y tiene varias regiones: el colon ascendente, el colon transverso y el colon descendente que llega hasta el colon sigmoideo o ese ilíaca, que desemboca en la última porción del intestino grueso: el recto. Éste constituye los últimos 20 cm del tubo digestivo y desemboca al exterior por el ano, orificio cerrado por dos esfínteres anales: uno interno de musculatura lisa y otro externo de musculatura estriada.

Todo el intestino grueso está revestido interiormente de numerosas digitaciones llenas de glándulas secretoras de mucus. Además, en el interior del colon, se encuentran gran cantidad de bacterias simbióticas que constituyen la flora bacteriana intestinal, encargada de realizar la putrefacción de los restos alimenticios no digeridos procedentes del intestino delgado. En el intestino grueso se reabsorbe agua, sales minerales y vitaminas, al tiempo que se comprimen los residuos de la digestión para formar las heces fecales. Éstas se acumulan en el recto y al presionar sobre sus paredes determinan el reflejo de la defecación para ser expulsadas al exterior.

El hígado constituye la mayor glándula del cuerpo, pesa unos 1 500 gr, es de color pardo rojizo y se encuentra situado debajo de la parte derecha del diafragma, por encima del estómago. Está recubierto de una membrana conjuntiva, la cápsula de Glisson, dividida en cuatro lóbulos. Cada uno de ellos se subdivide en numerosos lobulillos constituidos por células hepáticas, canalillos biliares y una compleja red de capilares sanguíneos. Los canalillos confluyen en los canales hepáticos, derecho e izquierdo, que se juntan en un canal hepático único que desemboca en el canal cístico procedente de la vesícula biliar. Su unión constituye el conducto colédoco que desemboca en la ampolla de Vater del duodeno.

Aunque el hígado cumple numerosas funciones, a nivel digestivo se encarga de fabricar un jugo, la bilis, que se almacena en la vesícula biliar. La bilis es de color amarillento, sabor amargo y reacción alcalina. Lleva un 97 % de agua con mucina, sales minerales, colesterina, pigmentos biliares (procedentes de la destrucción de la hemoglobina) y sales biliares. Éstos se encargan de emulsionar las grasas para permitir la acción de las lipasas del jugo pancreático e intestinal. Además la bilis neutraliza la acidez del quimo, y es un vehículo para desechar sustancias de excreción.

El páncreas es una glándula alargada con una longitud entre 15 y 23 cm, con una parte ancha o cabeza, situada en el asa duodenal, y una parte alargada o cola, situada al lado del bazo. Es una glándula mixta, endocrina porque segrega la hormona insulina y exocrina porque fabrica el jugo pancreático. Éste contiene un 99 % de agua y enzimas como la amilasa, la lipasa y la tripsina, que atacan las grasas, el almidón y las proteínas.

Se encarga de facilitar el intercambio de gases (O2 y CO2) entre el medio externo y la sangre, para que las células puedan realizar la respiración celular, proceso en el que los alimentos liberan la energía química que contienen, consumiendo oxígeno y desprendiendo dióxido de carbono. Para todo ello el aparato respiratorio dispone de las vías respiratorias (fosas nasales, faringe, laringe, tráquea y bronquios) y dos órganos: los pulmones.

Las fosas nasales, tapizadas por un epitelio mucoso, se abren al exterior por los orificios nasales y en su parte posterior, por medio de los dos orificios de las coanas, se comunica con la faringe. La mucosa nasal, también llamada pituitaria, tiene dos porciones: la roja, que está muy vascularizada y se encarga de calentar y humedecer el aire, y la amarilla que está llena de los receptores nerviosos del olfato. En el interior de las fosas nasales hay multitud de pelillos que retienen las impurezas y partículas de polvo que entran al respirar.

Las fosas nasales comunican con el oído interno a través de la trompa de Eustaquio (para compensar la presión del aire sobre el tímpano), con los senos frontales (huecos del hueso frontal) y con los conductos lacrimales que evacúan las lágrimas. A continuación de las fosas nasales se encuentra la faringe, y posteriormente la laringe. Es ésta una especie de caja de resonancia, sostenida por un esqueleto de nueve piezas de cartílago y el hueso hioides. Además posee un conjunto de músculos que la mueven como un todo y las cuerdas vocales, salientes ligamentosos de la mucosa que tapiza el interior de la laringe y vibran al paso del aire. Existen dos cuerdas vocales verdaderas, que intervienen en la formación de la voz, y dos falsas, dotadas de numerosas glándulas. La entrada a la laringe está recubierta de la epiglotis, tapadera de cartílago elástico, que la cierra cuando se traga. Además de órgano productor de la voz, la laringe constituye una eficaz protección de las vías respiratorias inferiores mediante el reflejo de la tos.

La tráquea es un conducto de unos 15 cm de largo y 2,5 cm de diámetro, que está sostenida por veinte anillos cartilaginosos. Éstos están abiertos en su parte posterior, ya que sobre esta zona se apoya el esófago y de esa manera, al tragar los alimentos, los anillos no impiden su paso. El interior de la tráquea está revestido de un epitelio mucoso dotado de numerosas células ciliadas (epitelio ciliado vibrátil), que se encargan de movilizar el mucus y las partículas externas que hayan podido penetrar. A la altura de la primera costilla, la tráquea se bifurca en dos conductos: los bronquios, que también están dotados de anillos cartilaginosos. Penetran por una abertura llamada hílio en cada pulmón, donde se ramifican en distintos conductos formando el llamado árbol bronquial. Primero se encuentran los bronquios lobulares (tres para el pulmón derecho y dos para el izquierdo) de los que emergen los bronquios segmentarios, que se dividen varias veces en ramas cada vez más finas. Las últimas son los llamados bronquiolos, que carecen de anillos cartilaginosos pero están dotados de abundante musculatura lisa y terminan en los lobulillos pulmonares. Los pulmones ocupan gran parte de la caja torácica y están envueltos por la pleura, membrana doble de tejido epitelial. La pleura externa o parietal está unida a la caja torácica y la pleura interna o visceral se une a los pulmones. Entre ambas se encuentra el líquido pleural. El pulmón izquierdo es más pequeño, sólo tiene dos lóbulos, mientras que el derecho tiene tres. Todo el espacio de los pulmones que no está ocupado por los bronquios y bronquiolos es de tejido conjuntivo elástico, lo que les da aspecto esponjoso. Los bronquiolos se continúan en los conductos alveolares que desembocan en los alveolos pulmonares, pequeñas vesículas con un diámetro de 1/5 de mm.

La fisiología respiratoria incluye una serie de procesos:

a) ventilación o paso del aire del exterior a los pulmones (movimientos de inspiración) y de éstos al exterior (movimientos de espiración). Existe un centro respiratorio, en el bulbo raquídeo, que controla la contracción y relajación de los músculos respiratorios para que se produzcan estos movimientos, si bien la respiración es en parte voluntaria. En la inspiración el diafragma se contrae y se aplana, al mismo tiempo los músculos intercostales externos se contraen tirando de las costillas hacia fuera. Con esto se consigue un aumento del volumen de la caja torácica y el consiguiente aumento de volumen de los pulmones, que reduce la presión del aire en su interior, por lo que el aire atmosférico, que está a mayor presión, penetra a través de las vías respiratorias al interior del pulmón. En la espiración, el diafragma se relaja, abombándose de nuevo; los intercostales también se relajan, con lo que las costillas vuelven a su lugar. Estos movimientos reducen el volumen de la caja torácica y el de los pulmones, por lo que la presión del aire aumenta en su interior y sale al exterior.

b) intercambio gaseoso entre los alveolos pulmonares y la sangre, se calcula que entre los dos pulmones hay entre 300 y 700 millones de alveolos que constituyen una superficie de unos 200 m2 por la que se realiza el intercambio gaseoso con los vasos sanguíneos de la red capilar (de unos 300 m2) que ocupa los dos pulmones. El paso de O2 y CO2 de los alveolos a la sangre y viceversa, se realiza por un simple proceso físico de difusión; los propios alveólos segregan una tenue película líquida de baja tensión superficial, como medio difusor.

c) transporte de gases por la corriente sanguínea: el O2 es transportado en su mayoría en forma de oxihemoglobina en el interior de los glóbulos rojos. La cantidad de oxihemoglobina que exista en ellos depende del pH, de la temperatura y de la presión del oxígeno atmosférico, por eso es dificultosa la respiración en las grandes alturas. Una pequeña parte del O2 va disuelto en el plasma, existiendo un equilibrio entre éste y la oxihemoglobina, de manera que si falta O2 disuelto, se deshace parte de la oxihemoglobina y el O2 se diluye en el plasma restituyendo el equilibrio. El CO2 se transporta por la sangre de varias maneras: disuelto en el plasma, en forma de bicarbonatos, combinado con las proteínas del plasma y en forma de carbohemoglobina combinándose con la hemoglobina del eritrocito. La mayor parte del CO2 se transporta en forma de bicarbonatos y una pequeña cantidad en forma de carbohemoglobina. Si en el medio ambiente existe monóxido de carbono (CO), se combina irreversiblemente con la hemoglobina produciendo la carboxihemoglobina, que impide el transporte de O2 al no poder combinarse éste con la hemoglobina, por lo que se produce asfixia.

d) intercambio de gases entre la sangre y los tejidos. Éste se hace, al igual que en los alveolos, en función de la diferencia de tensión parcial de O2 y CO2 entre las células y la sangre.

e) respiración celular constituye el último proceso respiratorio. Es un conjunto complicado de reacciones químicas a nivel celular, consistente en la obtención de energía (en forma de ATP) a partir de sucesivas oxidaciones a las que se somete a la molécula de glucosa (mediante la glucolisis y el ciclo de Krebs), produciéndose además agua como resultando y liberación de CO2.

Consta de un conjunto de vasos: arterias, venas y capilares sanguíneos y vasos linfáticos y un órgano impulsor: el corazón.

Desempeña varias funciones: A) el transporte de las sustancias nutritivas a todas las células del cuerpo y la retirada de los productos de desecho originados en el metabolismo; B) el mantenimiento del equilibrio iónico; C) la distribución de hormonas y vitaminas; D) la regulación del contenido hídrico de los tejidos y E) la defensa frente a las infecciones.

El corazón es un órgano musculoso y hueco de forma cónica, con un peso de unos 300 gr. Está situado en la caja torácica entre los pulmones y ligeramente inclinado hacia la izquierda.

Tiene tres capas de tejidos, que de fuera adentro son: el pericardio, que es una serosa de doble capa con el líquido pericárdico en su interior; el miocardio o tejido muscular cardiaco, que se encarga de la contracción, y el endocardio o capa de tejido endotelial (epitelio plano), cuya misión es impedir la coagulación de la sangre en el interior del corazón.

El corazón tiene dos mitades independientes: la izquierda que bombea la sangre a todo el organismo y la derecha que bombea la sangre sólo hacia los pulmones. Cada mitad está formada por una aurícula y un ventrículo que se comunican por las válvulas auriculoventriculares. La del lado derecho es la tricúspide (3 láminas) y la del lado izquierdo es la mitral o bicúspide (2 láminas). Las láminas se unen a los pilares de la pared interventricular por medio de fibras tendinosas. Las válvulas se abren y cierran en función de las contracciones del corazón, dejando pasar la sangre de las aurículas a los ventrículos. El ciclo de contracciones (sístoles) y relajaciones (diástoles) alternadas de las distintas cámaras del corazón constituyen el latido cardiaco, que dura normalmente unos 0,8 segundos. En la sístole auricular, que dura 0,15 sg, ambas aurículas se contraen impulsando la sangre a los ventrículos que en ese momento están relajados en la diástole ventricular. Las venas que penetran al corazón se cierran y así la sangre no retrocede. A continuación, en la sístole ventricular, (0,30 sg) los ventrículos se contraen expulsando la sangre por las arterias. Las válvulas bicúspide y tricúspide se cierran para que la sangre no retroceda a las aurículas que están relajadas (diástole auricular). A continuación, a lo largo de 0,40 sg, aurículas y ventrículos se relajan (diástole general) preparándose para un nuevo ciclo.

La contracción del corazón está regulada por un sistema exclusivo de tejido nervioso, el tejido nodal, localizado en varias zonas del miocardio. La producción del estímulo nervioso para el latido se inicia en el nódulo senoauricular, o marcapasos del corazón, que se localiza en la base de la vena cava superior en la pared de la aurícula derecha. El estímulo llega a través de la pared auricular hasta el nódulo auriculoventricular localizado en la base del tabique interauricular. Se continua por el fascículo de His, que se ramifica en dos a ambos lados del tabique interventricular, para distribuirse luego a través de las fibras de Purkinje a todo el miocardio de los dos ventrículos. Aunque el ritmo normal es de 60-70 latidos por minuto, se puede ver acelerado o retardado por la acción de centros localizados en el bulbo raquídeo y en la médula espinal, a través de nervios del sistema nervioso simpático y parasimpático. La contracción del corazón se puede notar externamente escuchando los ruidos cardiacos con un fonendoscopio aplicado al pecho: el primero indica la sístole ventricular y es el producido por la tensión de la musculatura, el segundo, que es más claro y corto, se produce al cerrarse las válvulas semilunares de la aorta y de la arteria pulmonar. Cuando existen alteraciones de las válvulas se dan modificaciones en los ruidos cardiacos audibles en forma de soplos cardiacos.

Los vasos sanguíneos son de tres tipos: arterias, venas y capilares. Las arterias son los vasos que poseen la pared más gruesa, que consta de tres capas: una interna, o íntima, formada por endotelio; una media dotada de numerosas células de musculatura lisa y fibras elásticas y una capa externa, o adventicia, compuesta de fibras de colágeno y elásticas. Las venas presentan las mismas capas pero mucho más finas que en las arterias, sobre todo la capa muscular, ya que llevan la sangre a baja presión de vuelta al corazón. A lo largo de su recorrido, especialmente en las venas de las extremidades inferiores, las venas poseen válvulas en forma de nido de golondrina que impiden el retroceso de la sangre. Los capilares son los vasos más finos y su pared está formada solamente por una capa de células endoteliales. Son los vasos que comunican arterias con venas y se ramifican mucho dando las redes o lechos capilares.

La circulación sanguínea se realiza a lo largo de dos circuitos: a) en el circuito mayor o general la sangre arterial del ventrículo izquierdo sale por la aorta, que se ramifica en arterias hacia los distintos órganos. Éstas se bifurcan en arteriolas que terminan en capilares que se ramifican a su vez en el interior de los tejidos a los que llevan el O2 y los alimentos. Los capilares venosos recogen el CO2 y los residuos del metabolismo, se reúnen en vénulas y éstas en venas que retornan la sangre, a través de las venas cavas superior e inferior, a la aurícula derecha del corazón. b) en el circuito menor o pulmonar la sangre venosa del ventrículo derecho sale por la arteria pulmonar que se bifurca en dos, una por cada pulmón. En el interior de los pulmones se capilariza y se produce el intercambio gaseoso. La sangre oxigenada vuelve por las vénulas, que se reúnen en dos venas pulmonares para cada pulmón, yendo a desembocar en la aurícula izquierda.

Está constituido por los vasos y los ganglios linfáticos. Su principal misión es devolver a la corriente sanguínea el fluido tisular que rodea a las células, el cual contiene sustancias que no pueden penetrar en los vasos de los lechos capilares. Estas sustancias son fundamentalmente proteínas. El sistema linfático comienza en unos vasos finísimos, los capilares linfáticos que se encuentran en las cercanías de los lechos capilares sanguíneos. Se continúan en los vasos linfáticos, muy semejantes a las venas, ya que poseen tejido conjuntivo y válvulas en sus paredes, encontrándose situadas siempre entre los músculos. Cuando éstos se contraen impulsan a la linfa, que no retrocede gracias a la existencia de las válvulas.

El sistema linfático vacía su contenido a la corriente sanguínea venosa a nivel de la vena subclavia izquierda. Los capilares linfáticos de las vellosidades del intestino delgado, encargados de conducir las moléculas de grasa absorbidas, son los vasos quilíferos. A lo largo del recorrido por los vasos linfáticos se encuentran los ganglios linfáticos, pequeños nódulos a los que confluyen varios vasos aferentes y sale uno solo eferente. En su interior se fabrican los glóbulos blancos (linfocitos), de misión inmunitaria.

Es un líquido viscoso de sabor salado y de color rojo. Constituye una fracción importante del medio interno, ya que un adulto posee unos 5,5 litros. La sangre consta de una fracción líquida, el plasma, y una fracción celular: los glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas. El plasma contiene un 90 % de agua y un 10 % de materiales disueltos, que básicamente son: a) gases respiratorios O2 y CO2; b) sustancias reguladoras: hormonas, enzimas y sales minerales; c) sustancias defensivas o protectoras: anticuerpos; d) productos de desecho del metabolismo: urea, ácido úrico y ácido láctico, y e) alimentos: glucosa, aminoácidos, y grasas. Además lleva el fibrinógeno, proteína que influye en la formación de los coágulos sanguíneos y otras proteínas como la globulina y albúmina.

Los glóbulos rojos, eritrocitos o hematíes son discos bicóncavos de pequeño tamaño. Se encuentran de 4,5 a 5,5 millones por mm3. A ellos se debe el color rojo de la sangre ya que todo su interior se encuentra lleno de hemoglobina, molécula cuya misión es transportar el oxígeno. No son células en el sentido estricto pues han perdido el núcleo (sólo en los mamíferos, a excepción del camello), para lograr la máxima efectividad fisiológica. Por ello su vida media es corta: sólo duran de 100 a 120 días. Los eritrocitos se originan en la médula roja de los huesos (eritropoyesis) a partir de células nucleadas, los hemocitoblastos. El mecanismo que regula su formación es complejo y necesita la presencia de varios factores como la existencia de iones cobre y vitamina B12, cuya absorción depende del factor intrínseco del intestino. Su destrucción (eritrolisis) la llevan a cabo las células del sistema retículo endotelial (SRE) del hígado, bazo y médula.

Los glóbulos blancos o leucocitos son células de mayor tamaño y menos numerosas que los glóbulos rojos (de 5.000 a 9.000/mm). Poseen núcleo y estructuras citoplásmicas. Su tamaño y morfología son variados existiendo cinco tipos distintos: linfocitos y monocitos (serie agranulocítica), neutrófilos, basófilos y eosinófilos (serie granulocítica). En general todos tienen que ver con la defensa del organismo y el sistema inmunitario.

Las plaquetas o trombocitos son pequeños fragmentos de células de gran tamaño existentes en la médula roja de los huesos, los megacariocitos. Se encuentran unas 250 000/mm e intervienen en la coagulación sanguínea desencadenando el proceso, para que al formarse el coágulo se tapone el vaso roto y se impida la pérdida masiva de líquido. La coagulación de la sangre circulante está inhibida por la presencia en el plasma de antitrombinas, como la heparina, que inactivan a la trombina impidiendo que se catalice el paso de fibrinógeno a fibrina.

Existen distintos grupos sanguíneos en función de los antígenos (aglutinógenos A y B) que se encuentran en la superficie de los eritrocitos y los anticuerpos (aglutininas anti-A y anti-B) que se encuentran en el plasma: grupo A, que posee eritrocitos con antígeno A y plasma con anticuerpos anti-B, que aglutinarían los eritrocitos del grupo B. El grupo B tiene eritrocitos con antígeno B y plasma con anticuerpos anti-A; las personas de grupo AB no contienen anticuerpos en su plasma y sus eritrocitos llevan antígenos A y B. El grupo O lo poseen las personas que en su plasma tienen ambos tipos de anticuerpos anti-A y anti-B y ningún antígeno en sus eritrocitos. En las transfusiones de sangre se ha de tener en cuenta, para que sean compatibles, que el plasma del receptor pertenezca a un grupo que no aglutine los eritrocitos del donante.

Otro sistema de grupos sanguíneos es el del factor Rh. Alrededor de un 85 % de las personas poseen un antígeno en los eritrocitos llamado factor rhesus, son las del grupo Rh+ y las que no lo poseen son las del grupo Rh-. La sangre Rh- se puede transfundir sin problemas a la Rh+, pero a la inversa la sangre Rh+ sólo puede transfundirse una vez a una persona Rh-. La segunda vez ésta se habrá sensibilizado frente a los eritrocitos Rh fabricando anticuerpos anti-Rh que los destruirían. Este caso ocurre en las mujeres embarazadas de grupo Rh- cuyo hijo sea Rh+ (porque el padre es Rh+). La sangre materna produce anticuerpos anti-Rh, que pueden destruir a los eritrocitos del feto. Si bien el primer embarazo no suele ser peligroso, el segundo sí lo es.

Realiza la excreción de los productos residuales existentes en la sangre, liberándolos al exterior por medio de la orina. Además ejerce una regulación del medio interno al mantener en equilibrio las sustancias disueltas en la sangre, controlando el balance hídrico, la presión osmótica y el pH. El aparato excretor está constituido por los riñones y las vías excretoras. Los riñones son dos órganos, de unos 12 cm de longitud y 150 gr de peso, que se sitúan a ambos lados de la columna vertebral, en la parte superior de la cavidad abdominal. Sobre los riñones se sitúan las cápsulas suprarenales, de función endocrina.

En la estructura interna de un riñón se distingue una zona cortical externa, que es donde se localizan las nefronas. Es una zona muy vascularizada, pues cada nefrona está rodeada de los capilares procedentes de la arteria renal. Una vez filtrada la sangre es recogida por la red capilar venosa que rodea al asa de Henle, para juntarse todas en la vena renal que sale de cada riñón. La zona interna o medular del riñón está ocupada por la parte final de los túbulos uriníferos. Todos juntos constituyen una unidad llamada pirámide de Malpigio. Las distintas pirámides se abren en los cálices renales que desembocan en los uréteres. Éstos son los conductos por donde sale la orina de los riñones. Miden unos 25 cm de longitud y unos 3 ó 4 mm de diámetro. Los uréteres desembocan en la vejiga de la orina, donde se almacena ésta, hasta que se expulsa en la micción.

Todos los componentes de la sangre son filtrados en los glomérulos de las nefronas, con excepción de los elementos celulares y las proteínas (dado su tamaño y elevado peso molecular). Las fuerzas que determinan la filtración glomerular son las mismas que regulan el paso del plasma desde los capilares a los espacios tisulares. Esta primera orina formada es la llamada orina glomerular, y muchas de las sustancias que lleva pasan de nuevo a la sangre en el túbulo contorneado distal; en concreto agua, iones y glucosa, que son así recuperados. En el asa de Henle se produce la llamada resorción, que es un proceso de transporte activo, ya que las células del túbulo renal reabsorben unas sustancias (agua, glucosa y ciertos iones) y rechazan otras (desechos nitrogenados procedentes del metabolismo de las proteínas). Se origina así la orina tubular que es la que saldrá a los tubos colectores y a los cálices renales. A nivel de los tubos se produce el paso de ciertas sustancias de la sangre a la orina, que es ya la definitiva. Hay sustancias que vuelven en su totalidad a la sangre: glucosa, ácidos grasos, glicerina, hormonas y ciertas vitaminas. Otras sustancias sólo pasan cuando alcanzan una concentración muy elevada en la sangre (agua, sal o vitamina C). Por último otros compuestos son siempre retenidos por los riñones y pasan a la orina, como es el caso de la urea, el ácido úrico o los pigmentos urinarios.

Las funciones de relación en los seres humanos, al igual que en cualquier otro ser vivo, son aquellas que les ponen en contacto con el medio que les rodea. Para ello, los seres humanos disponen de una serie de sistemas sensoriales que les proporcionan información del medio. Son el sistema nervioso, los órganos de los sentidos, la piel y el sistema hormonal o endocrino. Al mismo tiempo, la sensibilidad capacita para elaborar respuestas, entre las que se encuentra el movimiento, a cargo del aparato locomotor, constituido por los sistemas esquelético y muscular.

En los seres humanos es muy difícil separar las funciones de relación estrictas de las de regulación interna, ya que ambas van estrechamente unidas. El sistema nervioso y el endocrino son los principales sistemas de control de las demás relaciones orgánicas. De esta manera, todos los órganos, aparatos y sistemas forman un conjunto equilibrado, que es continuamente estimulado o frenado en su actividad según sea necesario. Esta actuación la llevan a cabo las hormonas, sintetizadas por las glándulas endocrinas; y los sistemas nervioso central (cerebroespinal) y autónomo (neurovegetativo). La información, por vía nerviosa se transmite de una manera exacta y rápida (de 1 a 100 m/sg), por medio de impulsos eléctricos. La transmisión de mensajes por vía hormonal es lenta al hacerse por medio de la sangre (de segundos a minutos).

Está constituido por dos tipos de estructuras: los huesos y los músculos, que como respuesta a las órdenes recibidas de los sistemas nervioso y endocrino realizan los movimientos voluntarios. Los huesos, cuyo conjunto constituye el esqueleto, son los elementos pasivos del aparato locomotor, actuando como soporte y protección de las partes delicadas. Los músculos constituyen el elemento activo, ya que permiten el movimiento del esqueleto a nivel de las articulaciones. Además, algunos, como los de la cara, son capaces de expresar mediante los gestos los estados de ánimo y multitud de sentimientos. Asimismo, determinados músculos intervienen en la producción de la voz. Por todo lo dicho los seres humanos consiguen una comunicación efectiva con los otros seres vivos que les rodean y con sus congéneres.

Sistema esquelético

Los huesos están formados por tejido óseo esponjoso y compacto en proporciones variables, recubierto de una membrana de tejido conjuntivo: el periostio. La proporción de cada tipo de tejido óseo que forma parte de un hueso depende de las tensiones y fuerzas que tiene que soportar. Según esto se distinguen tres tipos de huesos: los huesos planos, que presentan dos capas de tejido óseo compacto entre las que hay una de tejido óseo esponjoso; son huesos en los que predomina la superficie sobre el volumen, como es el caso de los del cráneo, los omóplatos o los de las caderas (ílion, isquión y pubis). Los huesos cortos, son de pequeño tamaño y con sus tres dimensiones prácticamente iguales; se encuentran generalmente en zonas de articulaciones, como las de la muñeca (carpo) o tobillo (tarso) y en la columna vertebral (vértebras). Los huesos largos, son los de mayor longitud, predominando en ellos el tejido óseo compacto de la caña o diáfisis; son los que constituyen las extremidades.

El crecimiento en longitud de los huesos tiene lugar por sustitución de las células cartilaginosas del cartílago de crecimiento, situado entre la diáfisis y la epífisis de los huesos largos, por células de tejido óseo. Cuando la etapa de crecimiento termina, al final de la adolescencia, todo el cartílago de crecimiento se ha osificado. El crecimiento en grosor se realiza a partir de la envoltura conjuntiva que rodea a la diáfisis (periostio), depositando capas concéntricas de hueso. A lo largo de la vida los tejidos del hueso son permanentemente renovados; por un lado ciertas células llamadas osteoclastos lo destruyen, para ser reconstruido de nuevo por otras células llamadas osteoblastos. Además, de esta manera, las sales minerales que constituyen el hueso (fundamentalmente sales de calcio) son permanentemente reemplazadas. Así, si no existe suficiente cantidad de iones de calcio (Ca++) en la sangre, porque la dieta no los aporta, el esqueleto es capaz de liberarlos. Este intercambio de minerales entre el hueso y la sangre está favorecido fundamentalmente por la acción de la vitamina D y por hormonas de la glándula paratiroides.

La zona de contacto entre dos huesos contiguos se denomina articulación, distinguiéndose tres tipos básicos: las articulaciones fijas o sinartrosis, en las que un hueso encaja perfectamente en el otro mediante salientes en bisel a modo de dientes; de esta manera quedan firmemente unidos entre sí y no es posible el movimiento entre ambos huesos; presentan este tipo de articulación todos los huesos de la cabeza (cara y cráneo) excepto la mandíbula inferior. Articulaciones semimóviles o anfiartrosis, en las que los huesos están separados por una capa de cartílago fibroso, a modo de disco, que permite ciertos movimientos; éste es el caso de la articulación de unas vértebras con otras. Las articulaciones móviles o diartrosis que permiten una amplia variedad de movimientos; son las más complicadas y están constituidas por varios elementos: la cabeza articular de un hueso que encaja en un hueco del otro; los ligamentos externos e internos que los sujetan entre sí y la cápsula articular, de tejido conjuntivo, que encierra en su interior el líquido sinovial a modo de lubricante. Este tipo de articulación se encuentra generalmente en los extremos de los huesos largos, como es el caso del fémur con el coxal o del húmero con el omóplato. Las articulaciones son susceptibles de sufrir varios tipos de lesiones bastante frecuentes; tal es el caso de los derrames sinoviales, por rotura de la membrana sinovial, y las luxaciones, en las que las dos superficies articulares pierden el contacto.

Sistema muscular

Está formado por el conjunto de músculos esqueléticos responsables de los movimientos corporales. La musculatura esquelética está constituida por tejido muscular estriado, de contracción voluntaria. Cada músculo suele poseer un punto de intersección en cada uno de sus extremos, y una parte intermedia llamada vientre. El origen y la inserción se sujetan a los huesos por medio de tendones o de láminas llamadas aponeurosis. Se considera el origen al extremo que permanece relativamente fijo durante el movimiento, siendo la inserción el extremo que se mueve. Normalmente ambos extremos se sujetan en distintos huesos abarcando una articulación a la que mueven. A veces uno de los extremos se fija en la piel, o incluso ambos, como es el caso de los músculos de la cara. Cada músculo está rodeado por una capa de tejido conjuntivo, el perimisio, englobando uno o varios paquetes musculares. A su vez, cada paquete está formado por varios haces musculares, que poseen varias fibras. Cada una de ellas posee numerosas miofibrillas, que constituyen las unidades menores de contracción muscular a nivel microscópico. La contracción y el movimiento de los músculos esqueléticos se rigen por las leyes de la mecánica referentes a las palancas. Durante el movimiento los huesos actúan como los brazos de la palanca y la articulación como fulcro. La fuerza que hace que la palanca se mueva se conoce como esfuerzo o potencia, que en este caso lo realiza el músculo para levantar o mover un peso: el propio del cuerpo o alguno adicional que se levante. Existen tres tipos de palancas, de 1.o, de 2.o y de 3er grado, en función de la posición relativa del esfuerzo (potencia) y del peso (resistencia). En el esqueleto humano se encuentran ejemplos de tres tipos.

Los músculos pueden tirar de los huesos pero no pueden empujar, de manera que el músculo que mueve un hueso en un sentido no lo puede hacer en el contrario. Por ello, en cada articulación deben trabajar al menos dos músculos: el agonista, que trabaja en un sentido, y el antagonista en el contrario. Tal es el caso de los músculos flexores (agonistas) que doblan una articulación, y los extensores (antagonistas) que la extienden. Otras parejas de antagonistas en el cuerpo son los músculos elevadores y depresores, los esfínteres y los dilatadores, los abductores y los aductores. Todos los músculos estriados se mantienen en un estado de permanente contracción; es el tono muscular que está mantenido por fibras del sistema nervioso autónomo. Tras la contracción muscular sobreviene siempre la relajación para que el músculo recupere sus constantes. Cuando se hace un ejercicio en el que las contracciones son tan rápidas como para que el músculo no tenga tiempo de recuperarse, se produce la fatiga muscular, por lo que se contrae cada vez más débilmente. En condiciones normales el músculo utiliza el glucógeno que almacena en sus fibras, transformándolo en moléculas de glucosa que pueden seguir dos vías metabólicas: la respiración aerobia, que proporciona más energía, y la fermentación láctica, que proporciona mucha menos energía, tiene lugar cuando falta el oxígeno y produce ácido láctico como residuo. Esto es lo que ocurre cuando se realizan muchas contracciones con mala oxigenación. Si hay un exceso de ácido láctico, se producen las llamadas «agujetas» porque cristaliza y se clava en las fibras musculares.

Junto con el sistema endocrino es el principal sistema de regulación orgánico. Realiza numerosas funciones por medio de dos sistemas distintos: el sistema nervioso cerebroespinal y el sistema nervioso autónomo. El primero de ellos se divide en: s.n. central, formado por dos centros nerviosos, la médula espinal y el encéfalo; y el s.n. periférico, formado por nervios y ganglios. Ambos se encargan de las relaciones con el medio ambiente, recibiendo las sensaciones por medio de receptores externos e internos y elaborando respuestas reguladoras de tipo motor. Este sistema es controlado por la voluntad. Por otra parte, el sistema nervioso autónomo (neurovegetativo) está constituido por el s.n. simpático y el s.n. parasimpático. Ambos regulan las funciones vegetativas de los órganos, inervando fundamentalmente las vísceras, sin influjo directo de la voluntad, para controlar acciones como la circulación sanguínea, la digestión, la respiración, la secreción, la excreción y el metabolismo.

Todo el sistema nervioso tiene una estructura similar, estando constituido por centros nerviosos y vías periféricas o nervios. Los centros nerviosos, comunes a ambos sistemas, son el encéfalo y la médula espinal. El sistema nervioso está formado por neurosis y células de la neuroglía, que sirven de sujeción y nutrición para éstas. Fundamentalmente los centros nerviosos están constituidos por los cuerpos neuronales y unas prolongaciones de estos llamadas dendritas. Como no están recubiertas de mielina, presentan un color grisáceo, por lo que se les denomina sustancia gris. Otras prolongaciones de las neuronas, los axones, neuritas o cilindroejes, que están recubiertas de una vaina de mielina de color blanco, constituyen la sustancia blanca. Los nervios están constituidos por los axones de las neuronas y se encargan de la conducción de los impulsos nerviosos. Existen dos tipos de nervios: los eferentes, motores o centrífugos, que conducen los impulsos nerviosos desde los centros hacia los órganos efectores (músculos o glándulas) y los aferentes, sensitivos o centrípetos, que los conducen desde los receptores nerviosos hasta los centros.

Sistema nervioso central

Es la primera porción del sistema nervioso cerebroespinal. Está constituido por el encéfalo y la médula espinal. Ambos derivan del tubo neural embrionario, procedente de una invaginación del ectodermo, que en su parte anterior se ensancha para dar lugar a la vesícula encefálica. Tanto el encéfalo como la médula están recubiertos por dos cubiertas protectoras; la más externa es de naturaleza ósea: el cráneo para el encéfalo y la columna vertebral para la médula. La barrera interna está constituida por las meninges, tres membranas de tejido conjuntivo que de fuera a dentro son la duramadre, la aracnoides y la piamadre. Entre estas dos últimas se localiza el líquido cefalorraquídeo, semejante a la linfa y de misión amortiguadora. Normalmente hay 135 mg y diariamente se fabrican 550 mg, por lo que es permanentemente renovado por vía sanguínea.

El encéfalo está constituido por el cerebro, diencéfalo, mesencéfalo, cerebelo y bulbo raquídeo.

El cerebro o telencéfalo es la parte de mayor tamaño. Toda su superficie está llena de repliegues denominados circunvoluciones, separados por surcos o cisuras. Se delimitan así unas divisiones en cada hemisferio cerebral, divisiones que son los lóbulos cerebrales: uno frontal, dos temporales, dos parietales y uno occipital. La cisura interhemisférica divide al cerebro en dos mitades o hemisferios, unidos por el cuerpo calloso de sustancia blanca. La cisura de Rolando se encuentra debajo de la articulación entre los huesos parietales y el frontal. La cisura de Silvio se encuentra separando el lóbulo frontal y el parietal. La parte externa del cerebro es la corteza cerebral y está formada por seis capas de sustancia gris. Su misión es la de integrar y asociar las sensaciones, ya que recoge los impulsos procedentes de los órganos sensoriales y, como respuesta, genera impulsos motores que van a los músculos y/o a las glándulas. Debajo de la corteza cerebral se encuentra la sustancia blanca, formada por fibras nerviosas recubiertas de mielina. Existen tres tipos distintos de fibras nerviosas: vías motoras o descendentes, que llevan órdenes fuera del cerebro; vías sensitivas o ascendentes, que traen sensaciones hasta la corteza; y fascículos de asociación, que sirven para comunicar las distintas zonas de la corteza entre sí.

El diencéfalo también se llama cerebro intermedio, por situarse entre el cerebro y el mesencéfalo. Sus paredes constituyen el tálamo. Por encima se localiza el epitálamo y por debajo el hipotálamo. La función del tálamo es la de conectar con la corteza cerebral, pues se establecen sinapsis de las neuronas motoras y sensitivas. Existe en esta zona una cierta sensibilidad consciente para el tacto, temperatura y dolor. El hipotálamo se subdivide en varios núcleos que controlan funciones importantes de la vida vegetativa, como son: el hambre, la sed, el ritmo del sueño y de vigilia, la regulación del metabolismo de las grasas y de los hidratos de carbono, la regulación de la temperatura y del volumen de los líquidos orgánicos. En su parte inferior se encuentra la hipófisis, importante glándula endocrina. En el epitálamo no hay apenas fibras nerviosas y actúa como controlador de la epífisis, glándula endocrina poco conocida.

El mesencéfalo es el llamado cerebro medio, se sitúa por debajo del cerebro. Su hueco es estrecho y constituye el acueducto cerebral o de Silvio, y se encuentra recubierto por los hemisferios cerebrales. En su parte superior se encuentran cuatro pequeñas prominencias redondeadas, los tubérculos o cuerpos cuadrigéminos. Los dos primeros (o superiores) están relacionados con los ojos (lóbulos ópticos), pues ahí se originan los reflejos parpebral (parpadeo) y pupilar y los impulsos que controlan la dirección de la mirada. Los otros dos tubérculos (o inferiores) se relacionan con el oído.

El cerebelo está situado debajo de la pared posterior del cerebro, separado de él por un repliegue de la duramadre en forma de tienda de campaña, posee dos hemisferios cerebelosos, unidos entre sí por un puente central, el vermis. Al igual que en el cerebro la sustancia blanca se presenta en el interior, pero en el cerebelo está muy ramificada, por lo que se le llama árbol de la vida. El cerebelo regula el tono muscular, la postura y el mantenimiento del equilibrio. Además, junto con la corteza cerebral, coordina los movimientos musculares, para que éstos sean uniformes y precisos.

El bulbo raquídeo es un ensanchamiento de la médula espinal. Su cara dorsal está cubierta por el cerebelo. Su interior es hueco; la sustancia blanca se sitúa externamente, formando las vías piramidales que conectan la médula espinal con los demás centros nerviosos. En el bulbo se localizan los centros reflejos vitales que regulan acciones como la respiración, la actividad cardiaca y el calibre de los vasos sanguíneos. Existen además centros reflejos que controlan la tos, el hipo, la deglución, el vómito y el estornudo.

La médula espinal es un tubo de unos 45 cm de longitud y 1 cm de diámetro que comunica al encéfalo con el resto del cuerpo. Se localiza en el interior del canal neural de la columna vertebral. Posee dos ensanchamientos (cervical y lumbar) y dos surcos longitudinales: el anterior o ventral y el posterior o dorsal. La sustancia gris, que se encuentra en el interior de la médula, tiene aspecto de letra hache, llamándose sus prolongaciones astas anteriores y posteriores y el centro canal del epéndimo. La médula tiene dos misiones básicas: elaborar los reflejos medulares y actuar como órgano conductor. En este caso es de tipo mixto, pues conduce, a través de las vías ascendentes o sensitivas, los impulsos nerviosos procedentes de los receptores sensoriales periféricos hacia el cerebro y cerebelo, y a través de las vías descendentes o motoras, los impulsos motores elaborados en el cerebro hacia los músculos y las glándulas.

Sistema nervioso periférico

Es la segunda porción del sistema nervioso cerebroespinal. Está formado por los nervios que salen del encéfalo y de la médula y por los ganglios. Los nervios están constituidos por haces de prolongaciones nerviosas (neuritas) de neuronas. Los cuerpos neuronales de éstas se pueden encontrar en tres lugares distintos, según del tipo de nervio de que se trate: en ganglios, dentro y fuera de los órganos encefálicos o en los órganos sensoriales. Los nervios pueden ser, según el tipo de impulso que transmitan, sensitivos, motores o mixtos.

Los nervios craneales son los que parten del encéfalo y hay doce pares: I, olfatorio (sensitivo); II óptico (sensitivo); III, motor ocular común (motor); IV, patético (motor); V, trigémino (mixto); VI, motor ocular externo (motor); VII, facial (mixto); VIII, auditivo (sensitivo); IX, glosofaríngeo (mixto); X, vago o neumogástrico (mixto); XI, espinal (motor) y XII, hipogloso (motor).

Los nervios raquídeos, que son los que salen de la médula espinal son todos mixtos. Hay 31 pares que salen entre las vértebras cervicales, dorsales y hasta la 2.a lumbar. Los restantes salen en la llamada cola de caballo, al final de la columna. Cada nervio raquídeo tiene dos raíces: la sensitiva, que entra a la médula por el asta superior, y la motora, que sale de la médula por el asta anterior. En la raíz sensitiva, antes de entrar en la médula, hay un ganglio raquídeo que es donde se localizan las neuronas sensitivas.

Controla el funcionamiento involuntario de todas las vísceras, musculatura lisa y glándulas del cuerpo. Funciona por arcos reflejos, pero las neuronas sensitivas pertenecen al s.n. central, de manera que el s.n. autónomo sólo posee neuronas motoras o efectoras. Cada órgano recibe inervación de dos neuronas: la 1.a (preganglionar) tiene un cuerpo neuronal en el encéfalo o en la médula, y establece una sinapsis en un ganglio en el que se encuentra el cuerpo de la 2.a neurona (postganglionar). Según de qué zona del s.n. central salgan las fibras preganglionares, el s.n. autónomo se divide en s.n. simpático y s.n. parasimpático. La actividad armónica de todas las vísceras supone el llamado equilibrio vegetativo entre ambos sistemas, que actúan de una manera antagónica. La excepción se da en la función genital del varón, ya que la erección se debe al s.n. parasimpático y la eyaculación al s.n. simpático, por lo que en este caso se complementan.

Constituyen receptores externos que detectan los cambios del medio. Están formados por células nerviosas que detectan diferentes estímulos: los hay sensibles a la luz (fotorreceptores), a estímulos mecánicos (receptores del tacto, presión, dolor, etc.) y a estímulos químicos (receptores del olfato y del gusto). Los principales sentidos son el tacto, el gusto, el olfato, el oído y la vista.

El tacto

Se localiza en la piel, concentrándose los receptores en determinadas zonas del cuerpo, como son las yemas de los dedos, labios, etc. La sensación se produce al ser estimulados los receptores por el contacto de la piel con algún objeto. De esa manera se distinguen las distintas texturas.

El gusto

Este sentido se localiza en la boca. Para detectar el sabor de las sustancias que penetran en ella, éstas han de estar disueltas o ser líquidas, ya que los receptores gustativos son de tipo químico. Éstos se agrupan en los llamados botones gustativos, situados en los laterales de las papilas de la lengua. Sus sensaciones son recibidas por los nervios craneales de los pares VII (facial) y IX (glosofaríngeo), que llegan hasta el bulbo raquídeo y corteza cerebral.

El olfato

Este sentido se localiza en la región superior de la mucosa que tapiza el interior de las fosas nasales (pituitaria amarilla). Los receptores olfatorios son sensibles a las sustancias volátiles y a las que están en estado gaseoso. Sus terminaciones nerviosas se prolongan en el nervio olfatorio (par I craneal), que llega hasta el bulbo raquídeo y de ahí a la corteza olfatoria cerebral. El sentido del olfato se fatiga con facilidad, por lo que, al cabo de un tiempo relativamente breve, los olores muy intensos dejan de percibirse, por una adaptación de los receptores a dichos olores.

El oído

Realmente, en el órgano sensorial del oído se localizan dos sentidos: la audición y el equilibrio. El primero en el caracol del oído interno y el segundo en los canales semicirculares. El oído está dividido en tres regiones: oído externo, oído medio y oído interno.

El oído externo comienza en el pabellón auditivo u oreja, lámina replegada con cartílago en su interior, que conduce las ondas sonoras hacia el conducto auditivo externo, tubo de unos 3 cm de longitud, inicialmente de cartílago y óseo en su final, que termina en la membrana del tímpano.

El oído medio comienza en la caja del tímpano, cavidad del hueso temporal que comunica en su parte posterior con el oído interno a través de dos orificios: la ventana oval y la redonda. Además, hay un orificio a través del canal de la trompa de Eustaquio. De esta manera entra aire al oído y se equilibra la presión interior frente a la del exterior. Entre el tímpano y la ventana oval existe una cadena de huesecillos, conectados entre sí, que se encargan de transmitir las vibraciones de las ondas sonoras. Son el martillo, yunque, lenticular y estribo.

El oído interno se sitúa detrás de la caja timpánica y está formado por el laberinto y el caracol o coclea. Este último consiste en una cavidad arrollada en espiral, siendo su parte externa ósea y la interna membranosa. Entre la parte ósea y la membranosa se encuentra un líquido, la perilinfa, y en el interior de la membranosa se sitúa otro, la endolinfa.

El laberinto consta de una serie de cavidades alojadas en el hueso temporal. La parte externa es ósea y en su interior se encuentra el laberinto membranoso formado por el utrículo y el sáculo. El primero es un saco del que parten los tres canales semicirculares, y el segundo es una bolsa que comunica con el caracol. Tanto los canales como el utrículo y el sáculo están llenos de endolinfa, y en ellos reside el sentido del equilibrio. Los canales tienen células sensoriales capaces de detectar, por los movimientos de la endolinfa, la posición de la cabeza y enviar impulsos al cerebro para informar de ello y mantener el equilibrio.

La vista

El sentido de la vista reside en los ojos, órganos que están situados en el interior de los huesos de la cara, en las cavidades orbitarias. El ojo consta del globo ocular y de los órganos anexos. El globo ocular está constituido por tres membranas en disposición concéntrica. La más externa es la esclerótica, formada por tejido fibroso opaco, excepto en su parte anterior, que es transparente y forma la córnea; la parte posterior de la esclerótica está perforada para que salga el nervio óptico. La coroides, o capa intermedia, está muy pigmentada de color pardo oscuro, estando también muy vascularizada; en su parte anterior se encuentra el iris, que es un diafragma pigmentado que rodea el orificio de la pupila. El iris, formado por músculos circulares y radiales, que le permiten, mediante contracciones y relajaciones, variar el diámetro de la pupila para regular la cantidad de luz que penetra al interior del globo ocular; alrededor del iris se sitúan los músculos de los cuerpos ciliares, que sujetan al cristalino mediante fibras suspensorias.

El cristalino es una estructura transparente que actúa como una lente biconvexa; se sitúa detrás de la pupila. La capa interna es la retina, formada por varias filas de células nerviosas (conos y bastones, neuronas bi y multipolares), cuyas prolongaciones agrupadas constituyen el nervio óptico. Éste emerge del globo ocular por el punto ciego, llamado así porque en él no se produce la visión. La zona de la retina que está en la perpendicular al eje óptico del ojo es la fóvea, mancha amarilla o mácula. Esta área carece de bastones y es donde mayor agudeza visual existe, por haber conos, células de la retina que aprecian los colores y que dan agudeza visual por tener contacto individual con neuronas bipolares del nervio óptico.

Los órganos anexos del globo ocular son: las glándulas lacrimales, situadas en la parte externa de la cavidad orbitaria. De cada una de ellas sale un conducto lacrimal que desemboca en el ángulo externo del ojo y en las fosas nasales. Segregan las lágrimas, líquido débilmente alcalino y con algo de ClNa, que lubrica y limpia la superficie del ojo; los párpados (superior e inferior) son láminas fibrosas tapizadas exteriormente por la piel e interiormente por mucosa y por la conjuntiva, membrana transparente que también recubre la córnea. En el borde de los párpados se encuentran unos pelillos, las pestañas, que tamizan la luz y limpian el ojo y la glándula de Meibonio, que segrega grasa; y los músculos motores del ojo, que son los rectos (externo, interno, superior e inferior) y los oblicuos (grande y pequeño), y que a la vez que sujetan el ojo permiten sus movimientos. Éstos están controlados por los pares de nervios craneales III (motor ocular común), IV (patético) y VI (motor ocular externo).

El mecanismo de la visión se produce de una manera muy similar a como se obtiene una imagen en una cámara fotográfica. El cristalino actúa como la lente del objetivo, concentrando los rayos luminosos. El iris es el diafragma que permite el paso de mayor o menor cantidad de luz. La retina es la película sensible donde se produce la imagen. Ésta se forma invertida, pero nuestra visión no lo es porque la imagen es enviada, vía nervio óptico, hasta los lóbulos ópticos de la corteza cerebral que la interpreta correctamente. El cristalino, gracias a los músculos ciliares, produce una acomodación para enfocar los objetos según la distancia a la que se encuentren del ojo.

Constituye, junto con el sistema nervioso, el principal sistema regulador del organismo.

Está compuesto por un conjunto de glándulas repartidas por todo el cuerpo: hipófisis, epífisis, paratiroides, tiroides, cápsulas suprarrenales, páncreas y gónadas (testículos y ovarios), que segregan una serie de sustancias, de naturaleza química variada, llamadas hormonas. Éstas son vertidas a la sangre y llegan a todas las células del organismo, pero únicamente actúan en aquellas que disponen de receptores específicos para reconocer a cada hormona.

Las hormonas actúan fundamentalmente regulando la acción de los sistemas enzimáticos, especialmente en las reacciones del metabolismo, en el crecimiento y en la reproducción.

Hay glándulas endocrinas que actúan toda la vida, como la hipófisis, el páncreas, las paratiroides y la tiroides. Otras, como el timo, sólo actúan en la etapa embrionaria y 1.a infancia, llegando a transformarse en tejido graso a partir de la pubertad. Y por último, otras, como las gónadas, empiezan a activarse en la adolescencia y bajan su actividad en la menopausia.

Otras características de las hormonas son que actúan en cantidades muy pequeñas y que pueden hacerlo activando o inhibiendo determinadas funciones.

Cuando la secreción de las hormonas es anómala se producen transtornos en el organismo, que pueden llegar a ser muy graves. Cuando la secreción es menor de la debida se habla de hiposecreción o hipofunción, y cuando es mayor se habla de hipersecreción o hiperfunción. En el caso de la hipofunción una solución puede ser estimular a la glándula con medicamentos o bien administrar la hormona que falte. En el caso de la hiperfunción se puede extirpar parte de la glándula, o administrar ciertas sustancias antagonistas que reducen su actividad, para que no segregue tanta cantidad de hormona.

En los humanos, a diferencia de las demás especies, el sexo no sólo implica la reproducción, sino que además constituye un modo de expresión de sentimientos y emociones. La actividad sexual humana se rige por una serie de condicionantes no conocidos aún en su totalidad. Algunos de ellos son de origen puramente fisiológico, como es la excitación sexual producida por el aumento del nivel de hormonas sexuales en la sangre. Sin embargo, también influyen otros factores de tipo étnico, cultural, social e incluso psicológico.

Los aparatos reproductores del hombre y de la mujer poseen muchos órganos paralelos, ya que ambos se desarrollan a partir del mismo tejido embrionario, aunque difieren en sus funciones, estructura y alojamiento. El aparato masculino produce espermatozoides y el aparato femenino óvulos. Si un óvulo es fecundado se desarrollará un embrión que dará origen a un nuevo ser.

Está constituido por dos glándulas sexuales o testículos, que tienen un tamaño de unos 5 a 6 cm y forma ovoide. En la etapa embrionaria se localizan en el interior de la cavidad abdominal y justo antes del nacimiento descienden por el conducto inguinal hasta el escroto, bolsa cutánea que los mantiene en el exterior corporal. De esta manera los testículos se encuentran a una temperatura menor que en el interior del cuerpo (unos 2o C), hecho básico para que se puedan producir los espermatozoides. Si no se produce el descendimiento de los testículos antes del nacimiento se dice que el niño padece criptorquidia. Ésta puede tener remedio antes del tercer año de vida si se trata con gonadotropinas y a partir de entonces se puede corregir quirúrgicamente. Un testículo que se queda en el interior del abdomen no puede producir espermatozoides, por eso la criptorquidia se considera un tipo de esterilidad masculina. La producción de espermatozoides en el testículo es continua, empieza en la pubertad (12-13 años) y acaba hacia los 70 años (climaterio masculino).

De cada testículo, que está lleno de túbulos seminíferos, sale por el polo superior posterior el epidídimo, un tubo muy largo y contorneado donde se almacenan y maduran los espermatozoides. Éstos permanecen quietos en su interior dada la ausencia de oxígeno y la acidez de las secreciones allí existentes. Solamente saldrán al exterior en la eyaculación mediante la contracción de la musculatura lisa del conducto epididimario. Éste se continúa en un conducto deferente o espermiducto, que penetra en el interior del cuerpo por el cordón espermático. Existe uno procedente de cada testículo, rodean a la vejiga de la orina lateralmente y pasan entre ésta y los uréteres para ensancharse en una ampolla y unirse los dos detrás de aquélla, formando un único conducto: la uretra. Rodeándola en esta zona se localiza la próstata y un poco más abajo las glándulas de Cowper. Ambas se encargan de segregar líquidos que aportan nutrientes y enzimas a los espermatozoides, constituyendo así parte del semen.

Antes de penetrar en la próstata los conductos deferentes reciben el conducto excretor de las vesículas seminales encargadas de segregar un líquido alcalino que activa el movimiento de los espermatozoides. Desde que se juntan los conductos espermáticos hasta el extremo del glande del pene, existe un conducto único, la uretra, común al aparato reproductor y al urinario, que conduce tanto espermatozoides (eyaculación) como orina (micción), pero nunca los dos a la vez. La uretra transcurre a través del pene entre dos masas de tejido eréctil: los cuerpos cavernosos y el cuerpo esponjoso del pene. Estas cavidades se pueden llenar de sangre en el momento de la excitación sexual, poniéndose el pene erecto y firme para facilitar la cópula o introducción en el interior de la vagina de la mujer. En el extremo del pene se encuentra un ensanchamiento o glande que está rodeado de un pliegue cutáneo, el prepucio, que puede ser retirado hacia atrás. Si la abertura del prepucio es tan estrecha que no puede salir al exterior el glande en la erección, se habla de fimosis, pudiéndose resolver con una sencilla operación de cirugía menor.

Durante la cópula se producen contracciones rítmicas de las paredes de la uretra que impulsa hacia afuera el semen en el proceso de la eyeculación. En los cuatro o cinco centímetros cúbicos de semen eyaculado hay millones de espermatozoides (de 200 a 300), secreciones de la próstata, vesículas seminales y glándulas de Cowper. Si los espermatozoides que están almacenados en los espermiductos no se eyaculan, al cabo de un tiempo son destruidos por los leucocitos que los fagocitan. El reflejo de erección del pene está controlado por el sistema nervioso parasimpático y tiene su centro en la zona sacra de la médula espinal. El reflejo de la eyaculación se localiza en la zona lumbar de la médula espinal y está controlado por el sistema nervioso simpático.

Las células sexuales femeninas u óvulos se producen en dos órganos llamados ovarios situados en la región abdominal cerca de la pelvis. Gracias a un pliegue del peritoneo, llamado mesovario, se sujetan a la parte posterior del ligamento ancho del útero. Próximo a cada ovario se encuentra el extremo final del conducto denominado trompa de Falopio, el cual tiene forma de embudo para facilitar la captura del óvulo que sale del ovario en el momento de la ovulación. Toda la abertura y el interior de la trompa están recubiertos de un epitelio provisto de cilios. Éstos y los movimientos peristálticos de la musculatura lisa de sus paredes van haciendo que el óvulo avance y llegue al útero. Este órgano, que tiene la forma y el tamaño de una pera se sitúa entre la vejiga urinaria y el intestino recto. En él se distinguen varias regiones: el fondo, el cuerpo y el cuello o cérvix, el cual presenta una porción dentro de la cavidad vaginal. La abertura tiene forma de hendidura y se continúa por el canal cervical. La pared del útero posee una gruesa capa media de musculatura lisa, el miometrio, que aumenta muchísimo de tamaño a lo largo del embarazo y cuyas contracciones rítmicas provocan la expulsión del feto en el parto. La capa externa del útero es de tejido conjuntivo, el parametrio, encontrándose recubierta en parte por el peritoneo. La capa interna es un epitelio mucoso, el endometrio, provisto de numerosas glándulas.

A continuación del útero se encuentra la vagina, un conducto musculomembranoso que se cierra en su extremo inferior por un pliegue cutáneo denominado himen. En la primera cópula, esta membrana se desgarra (desfloración o pérdida de la virginidad). Las paredes de la vagina segregan sustancias ácidas con misión defensiva frente a infecciones bacterianas. Además se localizan ahí las glándulas de Bartholin, equivalentes a las de Cowper masculinas, de naturaleza mucosa y encargadas de lubricar el conducto vaginal, especialmente en el momento de la cópula. La vagina abre al exterior en un pequeño orificio rodeado de los órganos sexuales externos, denominados genéricamente vulva, y que incluyen los dos labios mayores, repliegues cutáneos rellenos de tejido adiposo, los dos labios menores que poseen numerosas terminaciones nerviosas y los cuerpos cavernosos. En su parte anterior se localiza el clítoris, órgano dotado de gran sensibilidad y con capacidad de erección. En la mujer la uretra, que conduce la orina procedente de la vejiga, desemboca en un orificio diferente de la vagina, justo delante de ésta, en el vestíbulo vaginal.

Los óvulos comienzan a producirse en los ovarios antes ya del nacimiento, de manera que una niña recién nacida posee un millón o más de óvulos sin madurar en sus ovarios; son los llamados folículos primarios. Ninguno de ellos se desarrollará ni madurará a lo largo de la infancia y de la niñez, e incluso muchos de ellos se desintegrarán, quedando sólo entre 300 y 400 que empezarán a madurar a partir de la pubertad (entre los 9 y los 15 años). A diferencia de los hombres, en los que la producción de espermatozoides (espermatogénesis) es continua desde la pubertad hasta el climaterio, la producción de óvulos (ovogénesis) es cíclica, de manera que aproximadamente cada 28 días, desde la pubertad hasta el climaterio femenino (hacia los 45-50 años), madura un óvulo, aunque a veces pueden hacerlo más.

El folículo primario comienza a desarrollarse para dar un folículo secundario, rodeado de varias capas de células auxiliares que, dividiéndose activamente, llegan a delimitar una cavidad llena de líquido folicular que envuelve al óvulo maduro. Esta estructura es el folículo terciario o folículo maduro. En este momento la producción de hormonas foliculares (estrógenos) es máxima. El folículo maduro se desplaza lentamente hacia la superficie del ovario y entonces la presión del líquido folicular, que es grande, lo hace estallar produciéndose la llamada ovulación. El óvulo, así liberado del ovario, va directamente a la abertura en forma de embudo de la trompa de Falopio, cuyo interior está recubierto de cilios para capturarlo más fácilmente. En esta fase, esta célula posee ya un diámetro de 0,13 mm, abundante citoplasma y a su alrededor lleva adheridas células foliculares que constituyen la llamada corona radiata.

Después de producirse la ovulación, las células del folículo constituyen el llamado cuerpo lúteo o amarillo, debido a que almacena en su interior sustancias de un color amarillo brillante. Durante dos semanas, el cuerpo lúteo permanece activo, produciendo la hormona luteínica progesterona y la hormona folicular que desencadena la menstruación. Si existe fecundación y el consiguiente embarazo, el cuerpo lúteo perdura hasta el 4.o mes, denominándose cuerpo lúteo del embarazo. Si no, acaba degenerando y sólo queda una cicatriz en el ovario que es el cuerpo lúteo atrófico.

Al inicio de la pubertad el aparato reproductor femenino empieza a realizar una secuencia de acontecimientos que se repiten mensualmente, dando lugar al llamado ciclo menstrual. Éste implica cambios en el ovario, útero, pechos, temperatura corporal y niveles de hormonas sexuales en la sangre. Un ciclo normal dura 28 días, pero puede ser más largo o más corto en función de numerosos factores fisiológicos, psicológicos e incluso ambientales. A lo largo de un ciclo menstrual, un óvulo es liberado del ovario y todo el revestimiento de la pared mucosa del útero (endometrio) es renovado. Éste se desarrolla hasta un punto en el que pueda recibir y nutrir al óvulo, si eventualmente hubiese habido fecundación, para empezar a formarse un embrión. Todos estos hechos están controlados por hormonas procedentes de los ovarios y de la hipófisis.

Los acontecimientos que se suceden a lo largo de un ciclo menstrual son:

a) De los días 1.o al 5.o del ciclo se desprende el revestimiento de la pared del útero y sale al exterior de la vagina junto con unos 50 a 250 cm3 de sangre. Técnicamente a este proceso se le llama menstruación y vulgarmente periodo o regla.

b) Cuando se cesa de sangrar, uno de los ovarios es estimulado por la secreción de la hormona folículoestimulante (FHS) de la hipófisis. El ovario responde a la acción de esta hormona madurando uno o más folículos. Mientras que va aumentando de tamaño segrega cada vez cantidades mayores de la hormona estrogénica. El principal efecto del estrógeno es estimular el crecimiento de un nuevo revestimiento del endometrio, para así reponer el que se había perdido en la anterior menstruación. El revestimiento consiste en una masa de vasos sanguíneos y tejido glandular fundamentalmente. El estrógeno también estimula a las glándulas mamarias de los pechos, de manera que aumentan de tamaño los conductos que llevarían la leche a los pezones si hubiese embarazo.

c) El aumento creciente del nivel de estrógeno en la sangre actúa como mecanismo de feed-back (retroalimentación), provocando que la hipófisis deje de producir la hormona folículoestimulante (FSH), empezando entonces a segregar otra hormona que desencadena la ovulación. Ésta ocurre entre los días 13o a 15o del ciclo, pero puede ocurrir antes o después influida por diversos factores. Inmediatamente antes de la ovulación se dice que la mujer es fértil y puede concebir, es decir, quedarse embarazada si ha tenido relaciones sexuales. Como es difícil saber exactamente cuando está teniendo lugar la ovulación, y como los espermatozoides pueden vivir unos tres o cuatro días en el interior del útero de la mujer tras el coito, para la mayoría de las mujeres se debe admitir que el periodo fértil está comprendido entre los días 11o al 17o del ciclo.

d) La parte del folículo que queda tras la ovulación se convierte en el cuerpo lúteo, éste actúa temporalmente como secretor al producir la hormona progesterona, encargada de estimular un desarrollo mayor del endometrio del útero y de los tejidos glandulares secretores de la leche en las mamas. Su secreción viene regulada por la hormona luteinizante (LH) de la hipófisis.

e) Mientras tanto, el óvulo se introduce en la trompa de Falopio y se desplaza hacia el útero. Si no es fecundado por un espermatozoide en las 36 horas siguientes a la ovulación, el óvulo muere.

f) La muerte del óvulo desencadena enseguida la degeneración del cuerpo lúteo, que va disminuyendo de tamaño por un descenso en la secreción de progesterona. Este proceso dura unos 14 días desde la ovulación. Al final se produce una nueva menstruación para comenzar así el siguiente ciclo menstrual.

Se conoce con el nombre de climaterio al espacio de tiempo comprendido desde el inicio del agotamiento de los ovarios (preclimaterio) al cese casi total de su actividad. Suele ocurrir entre los 42 y 52 años haciéndose las menstruaciones cada vez más irregulares hasta que desaparecen. Al bajar la producción de hormonas sexuales por el ovario (menopausia o edad crítica) y no disminuir la acción de las hormonas gonadoestimulinas de la hipófisis y del hipotálamo, se produce una descompensación hormonal que ocasiona frecuentes trastornos vasomotores (sofocos, subida de la presión arterial, etc.) y aumento de la actividad del tiroides. Son comunes desarreglos físicos y psíquicos, variables de unas mujeres a otras, hasta que se alcanza en la vejez un equilibrio hormonal a niveles menores (postclimaterio).

Los 5 cm3 de semen que son eyaculados en el interior de la vagina de la mujer contienen unos 300 millones de espermatozoides, pero sólo uno de ellos es necesario para fecundar al óvulo. El número tan elevado de espermatozoides liberados en una eyaculación obedece a la gran mortalidad de estas células a lo largo de su viaje por el aparato reproductor femenino hasta llegar al lugar donde se produce la fecundación. Los espermatozoides se desplazan con enérgicos movimientos de la cola a través del cérvix del útero y hacia arriba en las trompas de Falopio, aunque normalmente, como consecuencia de la estimulación sexual, durante el coito los espermatozoides son absorbidos al interior del útero debido a las contracciones musculares de éste. La fecundación suele ocurrir cuando el óvulo maduro está en el tercio superior de la trompa de Falopio. Los cientos de espermatozoides que llegan hasta él tratan de atravesar la capa de células foliculares que lo rodean (corona radiata), para lo cual liberan una enzima, la hialuronidasa, que va rompiendo esta barrera. Pero sólo uno de ellos consigue hacerlo introduciendo su cabeza a través de la zona pelúcida del óvulo. En ese momento, y para impedir que penetre algún otro espermatozoide, el óvulo cambia rápidamente su membrana convirtiéndose en una gruesa barrera, la barrera de fertilización. La cabeza del espermatozoide que lleva el núcleo se desplaza hacia el núcleo del óvulo. Una vez están juntos los dos núcleos con la dotación cromosómica haploide (n) se unen consiguiéndose así una dotación diploide (2n), formándose el zigoto o célula huevo con los caracteres hereditarios procedentes del padre y de la madre. A partir de este momento, el zigoto comenzará a dividirse activamente y se desplazará a lo largo de la trompa hasta implantarse en el útero.

El periodo en el cual un óvulo puede ser fecundado después de haber abandonado el ovario, oscila entre 8 y 48 horas. Observando los resultados de la inseminación artificial, se puede decir que el espermatozoide fecunda al óvulo a partir de las 24 horas siguientes a su llegada al aparato reproductor femenino. Como aquel puede permanecer vivo hasta tres días, se puede deducir que el periodo en el que la fecundación es posible es muy corto.

El óvulo fecundado (zigoto) es empujado hasta el útero gracias a los movimientos peristálticos de la trompa de Falopio y de los cilios del epitelio que la reviste interiormente. A lo largo de este desplazamiento, que dura unos 7 días, el zigoto comienza a dividirse con rapidez, de manera que, cuando llega al útero, ya está formado por centenares de células que se disponen como una esfera hueca (gástrula) denominada ya embrión. Éste toma contacto con la pared del útero (endometrio) que previamente se había preparado para alimentarle, gracias a la acción de la progesterona que segrega el cuerpo lúteo del ovario. Este hecho constituye la implantación o anidamiento del embrión. Normalmente suele producirse en la pared superior del útero, pero también puede ocurrir en las otras paredes. Según va creciendo el embrión, se le desarrollan unos salientes en forma de dedo que se introducen en la pared uterina, digiriendo su epitelio y absorbiendo alimentos. Estas vellosidades no forman parte del embrión, pero más tarde contribuirán a formar un órgano especial, la placenta, que será la encargada de suministrar al embrión alimentos y oxígeno a partir de la sangre de la madre. Este órgano ya se encuentra constituido en la tercera semana de gestación.

Inicialmente, la edad de un embrión en desarrollo debería calcularse desde el momento de la fecundación, pero esto es muy difícil porque no siempre es posible conocer con exactitud este momento. Para ello, lo normal es calcular la edad del embrión en desarrollo desde el primer día de la última menstruación de la madre, ya que este dato se suele conocer con certeza. Con este sistema se sabe la edad menstrual del feto, que aproximadamente es de dos semanas más que la edad real; la duración normal de una gestación o embarazo es de aproximadamente 280 días o 40 semanas, aunque se observan variaciones individuales. El primer signo de embarazo es la ausencia de menstruación, aunque este hecho puede obedecer también a otras causas. Las pruebas más definitivas para la detección precoz del embarazo se basan en el hecho de que la placenta produce grandes cantidades de gonadotropinas que se excretan con la orina. Se administra orina de la mujer a animales hembras (ranas o conejas normalmente), y al cabo de un tiempo se observan sus ovarios para ver si han sufrido cambios. Actualmente existen en el mercado varios tests de embarazo con los reactivos adecuados para hacer la prueba sin necesidad de animales.

El cuerpo de la mujer sufre alteraciones a lo largo del embarazo en sus mecanismos fisiológicos. El cambio más patente es su aspecto externo: el abdomen aumenta mucho de tamaño, lo mismo que las mamas en las que los pezones se pigmentan más y crecen. La glándula tiroides se vuelve más activa, por lo que el metabolismo se acelera, especialmente en los últimos meses del embarazo. Las glándulas paratiroides también se vuelven hiperactivas y así el embrión dispone de más calcio para su desarrollo. Lo mismo ocurre con el metabolismo de otros minerales, como fósforo, hierro y nitrógeno, por lo cual la dieta de la embarazada ha de ser más rica en estos elementos. El ritmo circulatorio aumenta y existe una mayor cantidad de leucocitos en la sangre circulante. La presión venosa de las piernas suele aumentar, pudiendo producirse edemas, debido fundamentalmente a la compresión que ejerce el peso del feto en las venas abdominales. Algunas mujeres pueden notar dificultad para respirar al final del embarazo porque el feto les presiona el diafragma.

A lo largo del embarazo se produce una ganancia de peso, que no debe normalmente sobrepasar los 11 kilos, distribuida de la siguiente manera: feto (3,5 kg); líquidos y membranas fetales (1,8 kg); hipertrofia del útero (0,9 kg); hipertrofia de las mamas (1,3 kg); aumento de los líquidos maternos (3,5 kg). Esto último se debe fundamentalmente al aumento de la concentración de las hormonas esteroides, que favorecen la retención de agua por el organismo al alterar la función renal.

Todo el desarrollo embrionario se realiza en el interior de una bolsa, el amnios, que se encuentra llena del líquido amniótico, y cuyo origen es muy temprano. Hasta el final del 2o mes de embarazo se habla de embrión y a partir de entonces ya se denomina feto. A lo largo de los nueve meses de embarazo se suceden grandes cambios en el embrión, algunos de ellos son:

-En la 3a semana el embrión ya mide 2 mm de longitud, se observa el cerebro en desarrollo, los futuros oídos, el esbozo del corazón y la columna vertebral en formación.

-Entre la 4a y 5a semana el embrión mide 5 mm de longitud. En la parte anterior se observa un abultamiento, que pronto constituirá la cabeza, en donde son observables el cerebro, los ojos y los oídos en formación. Un corazón muy simple bombea la sangre a través de la placenta, todavía de pequeño tamaño. El embrión posee una larga cola y pequeños salientes laterales que son los esbozos de brazos y piernas.

-Entre la 6a y 7a semana el embrión alcanza los 14 mm. Las extremidades son ya visibles así como la nariz y los labios. Pulmones, hígado y riñones están empezando a desarrollarse.

-Entre la 8a y 9a semana ya mide 35 mm y se le denomina feto. Su aspecto es bastante humano. El cuerpo está prácticamente formado y seguirá creciendo hasta el nacimiento. Se aprecian las extremidades con los dedos bien diferenciados y ya posee una cara. La mayoría de los órganos internos están ya formados.

-En la semana 20a el feto ya alcanza los 25 cm de longitud. La madre puede notar ocasionalmente sus movimientos en el interior del útero y, aplicando un estetoscopio sobre el vientre de la madre, se pueden escuchar los latidos del corazón. Los órganos sexuales están desarrollados de tal manera que se puede diferenciar si el feto es varón o hembra.

-En la semana 28a el feto tiene un tamaño de unos 35 a 38 cm de longitud. Su cuerpo está recubierto de una fina pelusa, tiene pelo en la cabeza y pestañas. Puede abrir y cerrar los ojos. Los dedos de las manos y los pies están perfectamente formados y los dientes de leche están ya alojados en los huesos de las mandíbulas. El cuerpo está recubierto de una especie de grasa, denominada vernix, que impide que la piel sea dañada por el líquido amniótico. Los órganos del feto se han desarrollado ya tanto que sería capaz de sobrevivir con cuidados especiales (una incubadora), si por cualquier causa la madre lo expulsase al exterior (parto y bebé prematuros). En términos técnicos se dice que es legalmente viable.

-En la semana 40a el embarazo ha llegado a término y el feto está listo para nacer. Existen una serie de signos de madurez como son:

ð un peso de 3 200 gr en las niñas y 3 500 gr en los niños, con un mínimo de 2 500 gr.

ð una longitud desde el vértice de la cabeza hasta el talón de 49-51 cm, con un mínimo de 48 cm.

ð las uñas sobrepasan las yemas de los dedos y ya no existe apenas vellosidad corporal o lanugo.

ð mediante radiografía se observa que existe un núcleo de osificación en el extremo inferior del fémur, a nivel de la articulación.

ð si es niño, los testículos están en el escroto.

En los meses previos al nacimiento las paredes musculares del útero (miometrio) se desarrollan bastante, ya que van a ser necesarias fuertes contracciones en el momento del parto. Éste comienza cuando cierta hormona en la sangre materna provoca las contracciones rítmicas del músculo uterino. Inicialmente estas contracciones son débiles y están muy espaciadas unas de otras. Pero gradualmente se van haciendo más fuertes y próximas entre sí, siendo al final dolorosas, dada su intensidad, ya que tienen que expulsar al feto fuera del cuerpo de la madre.

Unas semanas antes del nacimiento, la mayoría de los fetos se giran de posición en el interior del útero y colocan su cabeza hacia abajo, encajándola en la zona del cérvix; las piernas y los brazos se recogen junto al tronco, estando generalmente entrecruzados. Esta postura, que es la más corriente, es la llamada presentación de cabeza. Otras veces la postura es similar, pero con la cabeza hacia arriba y las nalgas encajadas en el cérvix, por lo que se llama presentación de nalgas. En estos casos el parto suele ser más complicado. En raras ocasiones se dan posturas transversas, que constituyen un impedimento total al parto si no se corrigen previamente. En estos casos el médico suele optar por realizar una operación de cesárea, extrayendo al feto a través de una incisión practicada en el vientre de la madre.

El parto presenta tres fases diferentes:

a) Periodo de dilatación: las contracciones del útero empujan la cabeza del feto hacia el cérvix que cada vez está más dilatado. Inicialmente salen por él, como en una bolsa, las membranas que envuelven al feto y el líquido amniótico que hay en su interior. Normalmente al final de este periodo se rompen y se libera el líquido, es la llamada rotura de aguas.

b) Periodo de expulsión: las contracciones, que son mucho más fuertes y seguidas, empujan al feto a través del canal del parto que ya está totalmente dilatado. La cabeza del feto se gira hasta ponerse boca abajo y sale al exterior.

c) Periodo de alumbramiento: en esta última fase se expulsan al exterior la placenta y el cordón umbilical. Queda entonces en el útero una gran superficie con vasos sanguíneos abiertos, que se cierran por sí solos gracias a la contracción permanente de la pared de músculo liso del útero. Si el útero se queda fláccido pueden producirse graves hemorragias.

Si a lo largo del parto se retrasa el periodo de expulsión, o si el feto inspira líquido amniótico, puede producirse un déficit de oxígeno, con lo que el recién nacido presenta una coloración azulada o grisácea. En estos casos es imprescindible una reanimación inmediata con oxígeno y una aspiración de las vías respiratorias. Si el déficit no ha sido mucho, el niño puede presentar una inteligencia normal, en caso contrario puede llegar a ser débil mental.

El organismo humano sufre constantemente el ataque de numerosos microorganismos, especialmente bacterias y virus, algunos protozoos y hongos microscópicos. Aunque muchos son inocuos, otros provocan enfermedades (infecciones), por lo que se les denomina gérmenes patógenos. Para defenderse de su ataque, el cuerpo humano dispone de un conjunto de sistemas defensivos que constituyen la llamada inmunidad natural, desarrollada a través de una serie de barreras externas y de mecanismos internos.

La resistencia que presenta un ser vivo a una infección originada por el ataque de gérmenes patógenos se conoce como inmunidad. Para ello el cuerpo dispone de unas defensas naturales, que se pueden clasificar en dos grandes grupos: las externas, situadas en las posibles zonas de entrada o penetración de los gérmenes; y las internas, en el seno del organismo.

Se pueden considerar a este nivel la piel, las mucosas y el estómago. La piel constituye una cubierta formada por varias capas que recubren toda la superficie corporal. La más externa, o capa córnea, está dotada de células muertas. Tan pronto como éstas se desprenden o son dañadas, son reemplazadas por las de capas subyacentes que se encuentran en permanente división (capa de Malpighi). La capa córnea se mantiene normalmente flexible, impermeable y parcialmente antiséptica por estar lubrificada por una película de grasa. Ésta es segregada por las glándulas sebáceas de los folículos pilosos, situados en la base de cada pelo. De esta manera la piel actúa como una barrera a prueba de agua, gérmenes, polvo..., y con capacidad autorreparadora. Los ojos se protegen de la infección mediante la conjuntiva, una fina y transparente capa que los recubre. Está permanentemente bañada por las lágrimas que segregan las glándulas lagrimales, que, junto a la misión de separar y expulsar el polvo y cuerpos extraños, incluidos gérmenes, tienen una ligera acción antiséptica. El reflejo del parpadeo se encarga de proteger periódicamente los ojos, misión en la que también colaboran las pestañas.

Las mucosas: constituyen una variedad de tejido epitelial que recubre las aberturas naturales del cuerpo: boca, faringe, fosas nasales y vagina, prolongándose en parte por los tubos digestivo, respiratorio y reproductor. Su papel defensivo consiste en segregar mucosidades más o menos espesas que atrapan a los gérmenes. Los que son atrapados en los conductos respiratorios son empujados por los numerosos cilios que poseen las células mucosas que los tapizan hasta el esófago. De ahí, al ser tragados, pasarán al tubo digestivo, a través del cual serán transportados para ser expulsados con las heces. Además las secreciones de las mucosas suelen tener un cierto poder destructor (antiséptico) de los gérmenes.

El estómago: muchos gérmenes son tragados involuntariamente al comer y beber. Aunque la mayoría son inocuos, los patógenos que quedan suelen ser destruidos por la acidez del jugo gástrico y los enzimas digestivos del estómago.

Todos estos ejemplos de inmunidad natural se pueden considerar la primera línea defensiva del organismo. Pero si ésta se rompe porque la piel se daña por un corte, quemadura o raspadura, o bien porque hay una entrada masiva de gérmenes por inhalación o deglución, entonces entra en acción la segunda línea defensiva, que está controlada por la sangre.

Están básicamente constituidas por la acción de determinadas células que constituyen el sistema defensivo celular, y por las sustancias defensivas (anticuerpos) que aquéllas sintetizan constituyendo el sistema defensivo humoral. Ambos sistemas no se pueden separar totalmente, ya que las células son las que producen las sustancias defensivas, y todos los anticuerpos que se localizan en la sangre proceden de células. El sistema defensivo celular, que actúa inespecíficamente, se desarrolla en el feto ya en el tercer mes de embarazo. Tiene una misión de vigilancia inmunológica general y controla al sistema humoral, que es específico, y comienza a actuar en el niño aproximadamente a los 6 meses después del nacimiento.

El sistema defensivo celular: está constituido por la acción de diferentes células: A) las sanguíneas, leucocitos neutrófilos (o micrófagos) y los monocitos; B) los linfocitos T del timo; y C) los macrófagos del sistema retículo endotelial (SRE). La mayoría de ellas actúan contra los gérmenes y sus toxinas por fagocitosis, es decir, son capaces de digerirlos, bien en el interior celular, gracias a la acción de numerosos lisosomas (como hacen los neutrófilos), o bien extracelularmente, mediante la acción de determinados enzimas, como las hidrolasas y la lisozima, que fabrican los linfocitos T. Éstos tienen también capacidad para fabricar en el timo sustancias defensivas inespecíficas, que contribuyen a la digestión extracelular, como son: el interferón, que actúa específicamente contra los virus; los factores de complemento, que son proteínas plasmáticas capaces de hacer reaccionar anticuerpos incompletos con los antígenos; y las inmunoglobinas Ig (gglobulinas), con propiedades de anticuerpo, que son glucoproteínas de las que, hasta la fecha, se han encontrado en el hombre cinco diferentes: IgC, IgM, IgA, IgD e IgE.

Los leucocitos granulados neutrófilos son los más extendidos, y acuden en masa donde hay una infección, atraídos por ella, para devorar a los gérmenes. Como consecuencia de la acumulación de células se produce el pus, un líquido espeso y blanquecino que no sólo lleva los restos de los microorganismos digeridos, sino también de los neutrófilos que hayan sucumbido. Si la infección se ha vencido, el pus es expulsado, y se produce la curación. Si no es así, se puede propagar por el organismo y producir una infección generalizada. Normalmente el foco infeccioso se inflama, se calienta y duele.

Los leucocitos no se restringen a la corriente sanguínea, pues pueden abandonar los capilares (diapédesis) para atacar a los gérmenes en las heridas y en los fluidos tisulares. Además, los linfocitos que se encuentran en el sistema retículo endotelial (SRE) de los ganglios linfáticos, del bazo y de la médula ósea poseen también la capacidad de fagocitosis contra los microorganismos. Otras células del SRE que actúan son las células endoteliales de la pared de determinados capilares sanguíneos (células estrelladas de Kupfer del hígado, las de los capilares gigantes del lóbulo anterior de la hipófisis y de las glándulas suprarrenales), y células de los alveolos pulmonares y los histiocitos presentes en el tejido conjuntivo laxo.

En general, todas las células del SRE y los leucocitos agranulados monocitos se conocen con el nombre genérico de macrófagos, frente a otras células defensivas, los micrófagos o neutrófilos.

A veces el cuerpo se ve invadido por un gran número de gérmenes que fuerzan a actuar en diferentes etapas al sistema inmunitario. Primeramente se destruirán los gérmenes que se encuentren en la sangre y en el fluido tisular por fagocitos libres presentes en estos líquidos. En segundo lugar actuarán los linfocitos de la pared de los ganglios linfáticos, y en tercer lugar los microorganismos y las toxinas que producen serán atacadas por sustancias químicas como los anticuerpos, que se han producido al sobrevenir la infección.

Las hemorragias y la formación de coágulos: Si se produce una herida en la piel durante un cierto tiempo, tiene lugar una hemorragia o pérdida de sangre. Esto hace que los microorganismos y el polvo que hayan podido penetrar por la herida sean expulsados al exterior. Al cabo de un breve lapso de tiempo se produce una reacción química en la sangre, de manera que ésta se solidifica formando un coágulo que tapona la herida para impedir una pérdida mayor de sangre. El coágulo no sólo frena la hemorragia, sino que también constituye una defensa frente a los gérmenes del exterior, impidiendo su entrada mientras que la piel no se regenere. Además, si la hemorragia es grave, baja la presión sanguínea y el vaso roto se estrecha.

Sistema defensivo humoral: Depende fundamentalmente de la actividad de los linfocitos B, también llamados linfocitos hemáticos, y las células plasmáticas derivadas de ellos, que fabrican los anticuerpos. Éstos son sustancias químicas que el organismo fabrica como respuesta a una infección, para contrarrestar el efecto de los gérmenes patógenos y las toxinas que éstos producen, consideradas como antígenos. Actúan, pues, como una especie de «contraveneno», para anular la toxicidad de los microorganismos.

Los gérmenes patógenos producen sustancias químicamente diferentes a las del organismo humano. Éste es capaz de detectar su presencia «reconociendo» estas diferencias de tipo químico y de fabricar los anticuerpos en células especializadas de los ganglios linfáticos, hígado, bazo y médula ósea. Éstos se combinan específicamente con las moléculas extrañas (antígenos), destruyéndolas o anulándolas por distintos mecanismos. Cualquier sustancia que estimule la producción de anticuerpos por el organismo se considera un antígeno (por ejemplo, el polen, el polvo, etc., responsables de ciertas alergias), aunque sólo los de los microorganismos patógenos producen infecciones.

Los anticuerpos son específicos: solamente cada tipo de anticuerpo puede reconocer a un antígeno específico y no a otros. Así, por ejemplo, el anticuerpo que destruye al antígeno del virus de la rubeola sólo tiene efecto sobre él y no destruye a otros antígenos de otros virus o microorganismos patógenos, como los de la gripe, hepatitis o sarampión. El organismo está generalmente preparado para fabricar anticuerpos de cualquier antígeno, aunque no son totalmente conocidos los mecanismos. Los anticuerpos se suelen producir al principio de una infección en pequeña cantidad y lentamente, pero si la enfermedad persiste más de 3 o 4 días su producción se incrementa sobremanera. En cualquier caso, los anticuerpos pueden permanecer en la sangre años después de que haya cesado la infección, haciendo al organismo inmune a posteriores infecciones de los mismos microorganismos. Así, por ejemplo, un niño que haya sufrido el sarampión, la rubeola u otras enfermedades típicas de la infancia, suele quedar inmunizado para toda su vida frente al ataque de estos microorganismos. Actualmente es posible inducir en el organismo una «inmunidad activa» forzándole a fabricar anticuerpos en respuesta a un antígeno determinado. Esto se consigue administrando vacunas. También se pueden suministrar directamente sueros con los anticuerpos fabricados por otro animal, normalmente caballo o cerdo.

Como se ha visto, el organismo posee diversos mecanismos para combatir las infecciones: las barreras defensivas externa e interna, que constituyen la llamada inmunidad natural o congénita. Pero existen además otros medios, como son los preventivos. Uno de los más importantes es la higiene, tanto personal como del ambiente en que se desenvuelve la vida diaria. Los principios básicos consisten en lavarse las manos antes de tocar los alimentos, después de haber hecho uso del retrete, desinfección o destrucción de los pañuelos y vendajes sucios que hayan podido estar en contacto con microorganismos, aislamiento de los enfermos contagiosos o, al menos, perfecta higiene y ventilación de sus habitaciones, lavado por separado de los objetos personales de aseo y comida de enfermos contagiosos, etc. Son también normas higiénicas básicas el lavarse las manos después de haber tocado a animales, ya que nos pueden contagiar de gérmenes a los que no estamos adaptados; el poseer objetos de aseo personal individuales, tales como peines, cepillos, maquinillas de afeitar, cepillos de dientes, etc.; cubrirse las heridas convenientemente, sobre todo si se van a manipular alimentos, etc. Otra medida preventiva adecuada es la de la vacunación, obligatoria en la infancia, o si se va a viajar a países extranjeros, sobre todo de zonas tropicales, en los que podemos estar expuestos a gérmenes no habituales en nuestra área geográfica.

Si las vías preventivas fallan y se contrae una infección, existen diferentes mecanismos para intentar curarla en función del tipo de microorganismo que la provoque. Las infecciones producidas por bacterias responden muy bien al tratamiento con antibióticos y sulfamidas. Las infecciones provocadas por virus son más difíciles de tratar, pues estos microorganismos son muy resistentes y no actúan sobre ellos los antibióticos y otras sustancias similares. Por ello los tratamientos se limitan a dejar que el organismo venza la infección gracias a sus defensas inmunitarias, actuando solamente sobre los síntomas más molestos de la enfermedad, tales como fiebre, moqueo nasal, tos, vómitos, diarreas, etc., y en casos muy concretos aplicar sustancias antivíricas. Las infecciones provocadas por hongos responden bien al tratamiento con fungicidas y con rayos ultravioletas naturales (Sol) o artificiales (lámparas solares). Las producidas por protozoos pueden responder a antibióticos o a la administración de antitoxinas que contrarrestan la acción de la toxina del microorganismo.

Los virus, bacterias, ricketssias, hongos y protozoos, principales gérmenes causantes de las enfermedades, pueden traspasarse de unas personas a otras por distintos mecanismos:

A) Los alimentos: Pueden estar contaminados por no ser frescos o no estar bien cocidos; por haberlos manipulado personas infectadas; porque insectos portadores de gérmenes se hayan posado sobre ellos, o por contaminación por pájaros u otros animales. También pueden contaminarse las aguas potables o de riego por residuos, pudiendo pasar así los gérmenes a las verduras regadas con esas aguas, etc. Por esta vía se transmiten enfermedades como las parasitosis de amebas (amebiasis), las fiebres tifoideas, el cólera o las intoxicaciones alimentarias corrientemente llamadas salmonelosis, pues suelen ser los agentes causantes bacterias del género Salmonella.

B) Por las gotitas del vapor de agua exhalado (gotas de Pflugge) los gérmenes presentes en la boca, nariz y pulmones pueden pasar de unas personas a otras, al agua o a los alimentos. Estas gotitas microscópicas van cargadas de ellos, y abandonan el cuerpo cuando la persona expira el aire, habla, tose o estornuda. Así se contagian la gripe, la neumonía, la difteria y la tosferina, entre otras enfermedades.

C) Por contagio directo: Se pueden propagar enfermedades tocando a personas infectadas o a objetos usados por ellas, tales como libros, monedas, ropas, pomos de puertas, toallas, pañuelos, etc. De esta manera se transmiten las llamadas enfermedades infectocontagiosas, como la tuberculosis, la viruela, el sarampión o la hepatitis.

D) Contagio por animales llamados vectores: Las moscas pueden acarrear en sus cuerpos o depositar en sus heces gérmenes de enfermedades como el tifus, cólera y disentería. Algunos mosquitos pueden transportar los gérmenes de la fiebre amarilla y la malaria, traspasándolos al picar y chupar la sangre de sus huéspedes.

E) Por contacto sexual se transmiten las llamadas enfermedades venéreas, como la gonorrea, la sífilis y el SIDA.

F) Por vía placentaria la mujer embarazada, a través de la placenta, puede pasar con su sangre gérmenes al feto, que contrae una enfermedad congénita. Puede contagiarse así el herpes y la sífilis.

Se puede hablar de distintos tipos de inmunidad según sea su origen:

A) La inmunidad congénita o natural es la propia de cada individuo animal o vegetal, debida a la posesión de un sistema inmunitario. Pueden existir variantes en función de los individuos, razas o especies. En el primer caso parece ser decisivo el factor hereditario, y por eso unos sujetos resisten mejor que otros de su misma especie y raza las infecciones. Las distintas especies animales y vegetales son resistentes a ciertas enfermedades y sin embargo sufren otras. Así, por ejemplo, el hombre no padece algunas enfermedades propias de animales, como la peste aviar de las gallinas, la peste porcina del cerdo o la glosopeda de los rumiantes. A su vez, éstos no sufren la gripe, el sarampión o la varicela, enfermedades corrientes en el hombre. Incluso dentro de una misma especie, animal o vegetal, se ha visto que existen razas o variedades más resistentes que otras a ciertas enfermedades. Por ejemplo, la tuberculosis en el caso de los hombres. En el caso de vegetales se suelen seleccionar genéticamente las variedades más resistentes frente a ciertos hongos y otros microorganismos que constituyen graves plagas.

B) La inmunidad adquirida es aquella que se adquiere en algún momento a lo largo de la vida debido a que se han formado anticuerpos que contrarrestan los antígenos que representan los microorganismos y sus toxinas. Si se consigue tras haber sufrido una enfermedad o una infección y haberse curado, se llama inmunidad adquirida natural. En el hombre, algunas enfermedades como el sarampión o la tosferina, inmunizan para toda la vida; otras, por el contrario, se pueden sufrir varias veces, porque la inmunidad dura sólo años o incluso meses. Por ejemplo, el tifus o el cólera, y, más corrientemente, el resfriado común o la gripe. La inmunidad adquirida también puede ser artificial, cuando la producción de anticuerpos es inducida. Se considera activa si se administran vacunas, y pasiva si se administran sueros. Las vacunas llevan los gérmenes productores de la enfermedad atenuados, o muertos, y al ser introducidos en el organismo actúan como antígenos, provocando la producción de anticuerpos. Esto le hace resistente a la enfermedad, por un periodo variable de tiempo o incluso para toda la vida. Las vacunas más frecuentes administradas al hombre son las de las enfermedades infantiles: sarampión, rubeola, tosferina y poliomielitis. También se suele administrar, aunque sólo a personas con riesgo, las de la gripe o el resfriado. Gracias a la existencia de campañas sanitarias de vacunación extensiva a las poblaciones, se ha podido erradicar del mundo una enfermedad tan grave como la viruela, de la que no se ha dado ningún caso desde 1977. Los sueros se diferencian de las vacunas en que llevan los anticuerpos contra una enfermedad fabricados por otro animal. A éste, que suele ser el caballo o el cerdo, se le inyectan gérmenes patógenos para que fabrique los anticuerpos. Se le extrae la sangre cargada de ellos y se purifica, obteniendo un suero con anticuerpos específicos contra la enfermedad. Este suero es el que se inyecta a una persona enferma para estimular sus defensas y lograr su curación.