Noches blancas; Fedor Dostoiewski

Literatura universal contemporánea del siglo XIX. Novela realista rusa. Narrativa psicológica. Argumento. Personajes

  • Enviado por: Chio
  • Idioma: castellano
  • País: México México
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NOCHES BLANCAS

Fedor Dostoiewski

Novela sentimental (Recuerdos de un soñador)

Noche primera

Era una noche maravillosa. Todo el día estuvo melancólico. Platicaba con las casas, por su soledad. En la calle no se sentía bien ni tampoco en casa. Durante dos noches segui­das hizo un esfuerzo y por fin esta mañana logró averi­guar de qué se trataba. Pues nada, que todo el mundo estaba saliendo de estampía para el campo. Parecía que todo se levantaba y se iba, que todo se trasladaba al campo en caravanas enteras, que Petersburgo amena­zaba con quedarse desierto, y llegó al punto de tener vergüenza, de sentirse ofendido y triste. Él no tenía adónde ir, ni por qué ir al campo, pero estaba dispues­to a irse con cualquier carromato, con cualquier ca­ballero de aspecto respetable que alquilara un coche de punto. Nadie, sin embargo, absolutamente nadie lo invitaba. Era como si se hubieran olvidado de él, como si efectivamente fuera un extraño para todos.

Su noche, sin embargo, fue mejor que el día. He aquí lo que pasó: Regresó a la ciudad muy tarde y ya daban las diez cuando llegó cerca de casa. A unos pasos de él, en la barandilla del muelle, estaba una mujer que parecía observar con gran atención el agua turbia del canal. De pronto se quedó clavado en el sitio. Escuchó sollozos y era muy tímido con las mujeres, pero en esta ocasión giró sobre los talones, se acerqué a ella, pero la muchacha reco­bró su compostura. Al momen­to se puso a seguirla, pero ella, adivinándolo, se apartó del muelle, cruzó la calle y siguió caminando por la acera. Él no se atrevió a cruzar la calle.

Por la acera, apareció de pronto un caballero que caminaba haciendo eses y apoyándose con tiento en la pared. La muchacha iba como una flecha, y el caballero se puso a galopar en persecución de su desconocida. El caballero la alcanzó, la muchacha lanzó un grito y él corrió a la acera opuesta, el caballero se alejó.

Le pidió al mano a la desconocida, y ella se la dio y las gracias también. Le preguntó a la muchacha porque se había alejado de él, y ella le dijo que porque no lo conocía, luego ella le preguntó que porqué temblaba y el le respondió que ni aun en sueños hubiera creído que hablaría con una mujer. La mujer le dijo que podía acompañarla a casa.

Al hablar un poco quedaron en volver a verse en el mismo lugar a ala noche siguiente, y el joven prometió contarle todo lo suyo.

Noche segunda

El joven le contó que él había vivido toda su vida completamente solo, y que era un tipo soñador, a lo que la joven respondió que ella también lo era. Le dijo que se llamaba Nastenka, y el joven le contó lo que era ser un soñador: Es una criatura de género neutro. Por lo común se instala en algún rincón inaccesible, como si se escon­diera del mundo cotidiano. Y le contó muchas cosas acerca de él.

Esperaba a que Nastenka, que lo había estado escu­chando, abriera sus ojos inteligentes y rompiera a reír con su risa infantil, pero ella siguió callada y luego le estrechó la mano y le dijo con tímida simpatía: ¿Es posible que haya vivido usted toda su- vida como dice? El joven le respondió que si, y que así la terminaría, lo que Nastenka replicó: -No, imposible Ahora le conozco a fondo, lo sé todo. ¿Y sabe usted? Yo, por mi parte, quiero contarle mi propia historia, y después me dará usted un consejo. Usted es un hombre muy listo. ¿Promete darme ese consejo? A lo que el joven respondió que ca­da uno de ellos daría al otro buenos consejos.

Historia de Nastenka

Nastenka le contó toda su historia al joven: Tengo una abuela anciana. Fui a vivir con ella cuando yo era todavía muy niña porque murieron mis padres. Mi abuela, era antes rica. Ella misma me enseñó el francés y más tarde me puso maestro. Cuan­do cumplí quince años termi­naron mis estudios. Hice por entonces algunas travesu­ras de poca monta. Pero la abuela me llamó una mañana y me dijo que como era ciega no podía vigilar­me. Cogió, pues, un imperdible y prendió mi vestido al suyo, diciendo que así pasaríamos lo que nos quedara de vida si yo no sentaba cabeza. En suma, que al prin­cipio era imposible apartarse de ella. Trabajar, leer, estudiar, todo lo hacía junto a la abuela. Una vez in­tenté un truco y convencí a Fyokla, nuestra asistenta sorda, de que se sentara en mi puesto.. Fyokla se sentó en mi sitio. En ese momento mi abuela estaba dormida en su sillón y yo fui a ver a una amiga que no vivía lejos. Pero el truco salió mal. La abuela se despertó cuando yo estaba fuera y preguntó por algo, pensando que yo seguía tan campante en mi pues­to. Fyokla, que vio que la abuela preguntaba algo pero que no oía lo que era, empezó a pensar en qué debía hacer. Lo que hizo fue abrir el imperdible y echar a correr... Tuve que volver a sentarme en mi sitio sin decir palabra y ya fue imposible moverse de él. ¡Ah, sí! Se me olvidaba decirle que teníamos casa propia. En lo alto tenía un desván. A ese desván vino a vivir un inquilino nuevo; y la abuela me preguntó: ¿es nues­tro inquilino joven o viejo?» Yo no quise mentir y dije: «No es ni joven ni viejo.» «¿Y es de buen aspecto?» -preguntó-. Una vez más no quise mentir y contesté: «Sí, es de buen aspecto, abuela.» Y la abuela exclamó: «¡Ay, qué castigo! Te lo digo, nieta, para que no trates de verle. ¡Ay, qué tiempos éstos! ¡Pues anda, un inqui­lino tan insignificante y tiene, sin embargo, buen as­pecto! ¡Eso no pasaba en mis tiempos!» La abuela todo lo relacionaba con sus tiempos.

El inquilino mandó a decir por Fyokla que tenía muchos libros fran­ceses, que estaban a su disposición. Un día tropezó con el inquilino en la escalera y la invitó al teatro, y fueron junto con su abuela. Nastenka pensó que después de esto el inquilino iría a verlas más a menudo, pero no fue así. Dejó de hacerlo casi por completo, o a lo más una vez al mes y sólo para invitarlas al teatro. Terminó la temporada de ópera y el inquilino dejó por completo de visitarlas. En mayo, el inquilino fue a verlas y dijo a la abuela que ya había terminado de gestionar el asunto que le había traído a Petersburgo y que tenía que volver a Moscú por un año. Nastenka se puso pálida y cayó en la silla como muerta. La abuela no lo notó, y él, después de anunciar que dejaba libre el cuarto, se despidió y se fue.

Después de que se acostara la abuela hizo un bulto con los vestidos que tenía y la ropa interior que necesitaba y, con él en la mano subió al desván del inquilino, pero cuando se abrió la puerta, lanzó un grito al verla; creyó que era una aparición y corrió a traerle agua. Cuando se repuso un poco, lo primero que hizo fue cubrirse la cara con las manos y romper a llorar desconsoladamente. Él, por lo visto, se percató de todo al instante. Estaba de pie ante ella, pálido, y la miraba con ojos tristes, y le dijo que él no podía hacer nada, era pobre, no tenía nada por ahora, ni siquiera un empleo decente. Hablaron largo y tendido y él, después de estar sentado en silencio algunos minutos, se levantó, se acercó a ella y le tomó una mano. Le juró que si alguna vez estuviera en condiciones de casarse, sólo se casaría con ella. Iría a Moscú y pasaría allí un año justo, esperaba arreglar sus asuntos. Cuando volviera, si no había dejado de quererla, se casarían.

Había pa­sado un año justo. Él había llegado, llevaba allí tres días enteros y hasta entonces no se había presentado. No había dado señales de vida.

El señor le dijo a Nastenka que le escribiera una carta al joven en cuestión, y ella accedió y le pidió que entregara él mismo la carta mañana. Y si había contestación, que él mismo se la llevara a las diez de la noche.

Noche tercera

Ese amor hacia el joven, no era sino la alegría ante la próxima entre­vista con el otro. Cuando él no fue y su espera resultó in­útil, Nastenka se intimidó tanto, se asustó tanto, que por lo visto comprendió al fin que él la amaba y buscaba cobijo en su pobre amor.

El joven lleguó a la cita con el corazón rebosante e impaciente por verla. Ella estaba radiante de felicidad. Esperaba una respuesta y la respuesta era el ex inquilino mismo. Él iría corriendo en respuesta a su llama­miento. Ella había llegado una hora antes que el joven. Al principio no hacía sino reír, respondiendo con carcaja­das a cada una de sus palabras. Estuvo a punto de hablar, pero se contuvo. Nastenka le dijo que estaba contenta porque no se había enamorado de ella y que cuando se casara, seguirían muy unidos, más que si fueran hermanos.

En ese instante, el joven sintió una horrible tristeza y, sin em­bargo, algo así como un brote de risa empezó a cosqui­llearle el alma. Le contó a Nastanka lo que había hecho ese día: En primer lugar, Nastenka, cuando hice todos sus mandados, entregué la carta, estuve a ver a esas bue­nas gentes... fui a casa y me acosté...

Noche cuarta

El joven llegó a las nueve. Ella ya estaba allí. La observó desde lejos. Estaba, como aquella primera vez, apoyada en la barandilla del muelle y no le oyó acercarse.

El joven le dijo que no tenía ninguna contestación, y Nastenka le confesó que tampoco había ido. Entonces Nastenka comenzó a decirle: ¿usted no se portaría así, ¿verdad? ¿No abandonaría a quien hubiera venido a usted por su propia voluntad? ¿Usted no le echaría en cara, con burlas crueles, el tener un corazón débil y crédulo? ¿Usted la protegería? ¿Usted pensaría que era una muchacha sola, que no sabía mirar por sí misma ni cuidarse del amor que sentiría por usted... que ella no tenía la culpa .... que, en fin, no tenía la culpa de... que no había hecho nada malo? ¡Ay, Dios mío, Dios mío!

Y con esto el joven le pidió que lo escuchara y le dijo que lo que pasaba es que él la quería. Nastenka pensaba que sólo como amiga y le dijo que ella sólo lo quería como amigo, así que él se entristeció y le contó la verdad y se dispuso a marcharse, cuando Nastenka le dijo que se detuviera y la escuchara. Le dijo: -Yo le quiero a él, pero esto pasará, esto tiene que pasar. Es imposible que no pase, está pasando ya, lo siento. Usted me quiere y él no, en suma, yo le quiero a usted... ¡Sí, le quiero! Le quiero como usted me quiere a mí; y, a decir verdad, yo misma se lo he dicho antes, usted mismo lo oyó. Le quiero porque es usted mejor que él, porque es usted más noble que él.

En ese momento pasó junto a ellos un joven. Se detuvo de repente, los miró y luego dio unos pasos más. -¡Nastenka! ¡Nastenka! ¡Eres tú! -exclamó una voz tras ellos y en ese momento el joven dio unos pasos hacia donde estaban. Y con esto Nastenka dio un grito de alegría, se soltó del joven y voló al encuentro del otro. El joven se quedó mirándolos con el corazón deshecho. Pero apenas le dio ella la mano al otro, apenas se hubo lanza­do a sus brazos, cuando de pronto se volvió de nuevo hacia él, corrió a su lado y antes de que se diera cuenta, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. Luego, hacia el otro, le cogió de la mano y le arrastró tras sí. El joven se quedó largo rato donde estaba, siguiéndoles con la mirada. Por fin se perdieron de vista.

La mañana

El día esta­ba feo. De repente recibió un carta de Nastenka, en la que le escribía: «Perdone, perdóneme, de rodillas se lo pido, perdóneme. Le he engañado a usted y me he engañado a mí misma. Ha sido un sueño, una ilu­sión... ¡No puede imaginarse cómo le he echado de me­nos hoy! ¡Perdóneme, perdóneme! No me culpe, porque en nada he cambiado con res­pecto a usted. Le dije que le amaría y ya le amo, y aún le amo más de la cuenta. ¡Ay, Dios mío! ¡Si fuera posi­ble amarles a ustedes dos a la vez! ¡Ay, si fuera us­ted él! ¡Ay, si él fuera usted! ¡Dios sabe lo que yo haría por usted ahora! Sé que está usted apesadumbrado y triste. Le he agraviado, pero ya sabe usted que quien ama no recuerda largo tiempo el agravio. Y usted me ama. Le agradezco, sí, le agradezco a usted ese amor. Por­que ha quedado impreso en mi memoria como un dulce sueño, un sueño de esos que uno recuerda largo rato después de despertar; siempre me acordaré del mo­mento en que usted me abrió su corazón tan fraternal­mente, en que tomó en prenda el mío, destrozado, para protegerlo, abrigarlo, curarlo... Si me perdona, mi re­cuerdo de usted llegará a ser un sentimiento de gratitud que nunca se borrará de mi alma... Guardaré ese re­cuerdo, le seré fiel, no le haré traición, no traicionaré mi propio corazón; es demasiado constante. Ayer se volvió al momento hacia aquél a quien ha pertenecido siempre. Nos encontraremos, usted vendrá a vernos, no nos abandonará, será siempre mi amigo, mi hermano. Y cuando me vea me dará la mano... ¿verdad? Me la dará usted en señal de que me ha perdonado, ¿verdad? ¿Me querrá usted como antes? Quiérame, sí, no me abandone, porque yo le quiero tanto en este momento... porque soy digna de su amor, porque lo mereceré... ¡mi muy querido amigo! La sema­na entrante nos casamos. Ha vuelto enamorado, nunca me olvidó. No se enfade usted porque hablo de él. Qui­siera ir con él a verle a usted; usted le cobrará afecto, ¿verdad?

»Perdónenos, y recuerde y quiera a su

Nastenka.»

Finalmente decidió que era mejor haber pasado por todo esto tal como sucedió, y haber tenido unos gratos momentos de felicidad y ahora sufriros, que haber seguido con su vida de antes, totalmente solitaria.