Nixon y el escándalo Watergate

Historia americana contemporánea del siglo XX. Gobierno americano. Corrupción política. Abuso de Poder

  • Enviado por: Alberto Martínez Carmona
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas
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La presidencia de Richard M. Nixon (1968-1974) al frente del gobierno de los Estados Unidos de América estuvo marcada por el escándalo Watergate, el cual le reportaría una negativa fama al presidente y significaría, a la postre, su dimisión (9 de agosto de 1974) ante una inminente destitución.

En estos seis años de mandato Nixon se apoyó en sus hombres de confianza, que eran básicamente cuatro: John Ehrlichman, Bob Haldeman y John Dean y Henry Kissinger. Durante esta época, la administración Nixon elaboró proyectos de leyes sin la participación de los ministerios, congeló fondos públicos que se destinaron a empresas de dudosa legalidad, supuestamente mantuvo relaciones con la mafia, etc. Sin embargo el hecho que más atención reclamó y más repercusión tuvo en la vida del pueblo americano fue el citado caso Watergate.

Este asunto se destapó el 17 de junio de 1972 al detener la policía a 5 hombres equipados con aparatos electrónicos (para escuchar conversaciones privadas) en la oficina presidencial del partido demócrata en el hotel Watergate de Washington. Estos cinco individuos eran los fontaneros del gobierno, es decir, los encargados de “limpiar” los turbios asuntos que pudiese tener éste, y su creación había sido aprobada por el propio Nixon y por su gabinete privado de colaboradores.

Desde un principio el gobierno de Nixon negó cualquier relación con aquellos 5 hombres; sin embargo, poco a poco y gracias a las investigaciones de los periodistas del “Washington Post”, B. Woodward y C. Bernstein, y a la labor del fiscal Archibald Cox (que finalmente fue destituido por Nixon), se fue descubriendo todo el pastel y el presidente no tuvo más remedio que ir entregando a sus hombres a la opinión pública hasta, finalmente, claudicar él mismo.

Primero se intentó un efecto denominado cover up, es decir, el encubrimiento masivo de los hechos y de los implicados, siempre con el propósito de no perder el voto del pueblo y lograr la reelección en 1972. Una vez lograda dicha reelección, los asuntos fueron salpicando cada vez a más gente en la Casa Blanca. La opinión pública, el pueblo de los Estados Unidos quería una cabeza de turco al que inculpar: Nixon les entregó al más joven de sus consejeros, John Dean, en marzo de 1973. Un mes más tarde el presidente forzaba también la dimisión de sus más estrechos colaboradores, Ehrlichman y Haldeman. Nixon se había quedado solo. Públicamente, a través de la televisión, pedía perdón a la sociedad estadounidense por no haber elegido correctamente a sus hombres y por haberles dejado una libertad de acción de la que ahora se arrepentía. Estaba claro que Nixon intentaba salvarse a sí mismo desmarcándose de cualquier relación con el Watergate, mientras que entregaba a sus colegas.

Sin embargo, el 16 de julio del mismo año, se supo que el presidente había grabado todas las conversaciones mantenidas en sus despachos, tanto con sus colaboradores como con sus rivales políticos: la aparición de esas cintas magnetofónicas supondría el fin de Nixon al frente de la Casa Blanca al probar su participación en la creación de los fontaneros. El presidente siguió su particular “política de salvación” y obligo también a dimitir a su vicepresidente, Spiro Agnew, el cual fue sustituido por Gerald Ford.

El Comité de Justicia de la Cámara de Representantes obligó a Nixon a la presentación de las cintas magnetofónicas y, ante la negativa de éste a entregarlas todas (hoy día solamente se conoce el contenido de 60 de las 4000 horas que había grabadas), inició el 30 de octubre de 1973 el proceso de impeachment. Nixon, seguro de su destitución, se adelantó a los acontecimientos y presento su dimisión el 9 de agosto de 1974.

Su sucesor, el hasta entonces vicepresidente Ford, le absolvió de todos los delitos que se le imputaban, lo cual fue criticado por parte de la opinión pública.

Para la sociedad norteamericana, el caso Watergate fue un durísimo varapalo para sus arcaicas creencias sobre la figura simbólica del presidente, inspiradas en los modelos de George Washington y Abraham Lincoln. Conforme iba avanzando el proceso y más involucrado se veía el presidente, más desilusionada y engañada se sentía la población.

El abuso de poder protagonizado por la administración Nixon en el tema de las escuchas ilegales en el Watergate fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de la sociedad norteamericana, ya tremendamente insatisfecha con el gobierno a causa de la Guerra de Vietnam, el caso Ellsberg y otras muchas acciones carentes de una mínima cuota de moral y ética.

Poco a poco y conforme avanzaba el proceso, las pruebas incriminaban cada vez más directamente al presidente, lo cual le reportó a éste un sentimiento casi de odio por parte del pueblo norteamericano. Dicho odio se vio también reforzado por el intento de Nixon de vetar a los dos periodistas que más le estaban complicando la vida, B. Woodward y C. Bernstein, así como por el hecho de ir entregando a sus hombres de confianza a la justicia para él poder salvar su posición, lo cual era visto como una traición pública de carácter nacional.

Asimismo en la mente de Nixon planeaba la idea de una sociedad totalmente contraria a su persona: para el presidente, el pueblo de los Estados Unidos nunca estaría satisfecho con su labor, simplemente, por llamarse Richard Nixon. Parecer ser que existía en el presidente un sentimiento hipocondríaco de reproche social agravado por la obsesiva envidia que sentía hacia el fallecido John Fitzgerald Kennedy y su clan familiar.

Así pues la sociedad norteamericana pronto volvió la cara hacia una administración férreamente dirigida por Nixon y sus hombres, una administración que había dado el primer paso hacia la pérdida de la primera guerra en la historia de los Estados Unidos (Vietnam), un gobierno en el que se daban numerosos casos de corrupción y evasión de impuestos, etc.

El pueblo norteamericano vivía el caso Watergate día a día: las declaraciones de los testigos principales eran seguidas por toda la sociedad estadounidense con especial atención. El país entero estaba conmocionado por cómo se habían desarrollado los hechos, por cómo el hombre sobre el que ellos habían depositado toda su confianza y al que le habían entregado el poder de toda la nación, les había traicionado a ellos y al “sistema democrático más perfecto” que existía en el mundo. Además, entre la opinión pública empezó a crecer la idea de que el sistema fallaba; no obstante, el sistema y unas elecciones democráticas habían sido las que habían puesto a Nixon en lo más alto del país, lo cual llevó a la gente a preguntarse: “Si Nixon había sido tan perjudicial para el pueblo norteamericano, ¿la culpa era de quienes le votaron o simplemente se trataba de la gestión de una mente maquiavélica?”.

Ciertamente puede decirse que el affaire Watergate le sirvió a la sociedad estadounidense para salir de ese clímax de utopía y de misticismo presidencial en que vivía desde los tiempos de la Independencia; podría decirse que “es ahora cuando el pueblo americano pierde su inocencia”.

  • BIBLIOGRAFÍA.-

# “Los Estados Unidos de América”, de W. P. Adams.

# “Todos los hombres del presidente”, de C. Bernstein y B. Woodward.

  • VIDEOGRAFÍA.-

# “Nixon”, de Oliver Stone.

Nixon Y EL Watergate

'Nixon y el escándalo Watergate'

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