Narraciones extraordinarias; Edgar Allan Poe

Literatura universal contemporánea. Narrativa (relato) de terror y misterio. Argumento. Relatos

  • Enviado por: El remitente no desea revelar su nombre
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 6 páginas
publicidad

Narraciones Extraordinarias por Edgar Allan Poe

Cuento 1: El Gato Negro

Un hombre que en su infancia fue dócil, bondadoso y por sobre todo amaba a los animales, creció con este carácter. Se casó joven, y su esposa compartí el mismo amor por los animales. Ellos tenían muchas bestias, pero entre ellas se destacaba una: un gato completamente negro, llamado Pluton. Este era el favorito del hombre. Por culpa del demonio su carácter y temperamento se alternaron y desde ese día comenzó a descuidar a sus animales con excepción de Pluton. Su enfermedad empeoró y le quito un ojo a Pluton y luego mató al animal ahorcándolo. Esa misma noche la casa del hombre se incendió y al aproximarse el señor hacia la multitud que se encontraba rodeando su casa observó la imagen de un gato igual a Pluton grabada en la blanca superficie. Él saca sus conclusiones sobre lo ocurrido. Luego de unos días este hombre encontró un gato igual a Pluton con la excepción de que tenía una macha indefinida en el pecho. Llevó a esta bestia hacia su casa. Pero luego de un par de días comenzó a odiar a este animal, hasta un punto que tenía intención de matarlo. Un día el señor bajó al sótano para realizar una tarea doméstica y el gato lo siguió. Intentó matarlo con un hacha pero su esposa lo detuvo y en un acto más que demoníaco, se soltó del brazo de la mujer y le clavó el hacha en la cabeza, y ello causó su muerte. El hombre pensó donde esconder el cuerpo y se le ocurrió detrás de la pared y así lo hizo. Pasaron 2 y luego 3 días y el señor no sentía culpa. El cuarto día la policía fue inesperadamente a la casa y la revisaron hasta que encontraron el cuerpo. Y el hombre descubre que sobre la cabeza de la mujer se encontraba el cuerpo de la bestia que asesinó.

Cuento 2: Manuscrito Hallado en una Botella

Un hombre muy inteligente y que ha viajado mucho, se embarcó en el año 18…, en el puerto de Batavia, en la isla de Java, para hacer un crucero al archipiélago de las islas Sonda. El navío era de condiciones excelentes, excepto por el arrumaje, que había sido mal hecho, y por lo tanto el barco escoraba. Comenzaron el viaje con muy poco viento a favor. Observó una nube extraña y permaneció mirándola mucho tiempo. La luna era rojo-oscura y el mar transparente hasta el punto de que se llegaba a ver el fondo. El aire era intolerablemente cálido. Este hombre creía que se aproximaba un huracán, se lo transmitió al capitán pero este no prestó atención. Esta inquietud no lo dejaba dormir, por lo tanto, a medianoche subió a la cubierta. En el transcurso del mismo, un rumor semejante al zumbido lo sorprendió. Antes de asegurarse de su significado sintió que el barco vibraba. Una violenta ráfaga arrasó con el capitán y todos los tripulantes, exceptuando a un viejo sueco y al hombre. El navío estaba destrozado. Naufragaron durante 5 días y 5 noches, alimentándose con una pequeña cantidad de melaza de azúcar. Los primeros 4 días navegaron hacia el sud-este. El quinto día fue muy frío. En el mediodía el sol llamó nuevamente la atención, no daba luz que mereciera propiamente tal nombre. Esperaron la llegada del sexto día, que para el sueco no llegó jamás y para el hombre todavía no había llegado. Alrededor de ellos todo era horror, había profunda oscuridad, el oleaje era muy alto. Creían que iban a morir, hasta que vieron acercarse un enorme barco. Pero algo que le dio terror fue que el barco tenía todas las velas desplegadas en medio de aquel huracán. Se acercaron al barco, su proa se rompió y subió al barco y pasó inadvertido a los ojos de la tripulación. Se escondió en la cala. Desde su refugio vio a un hombre que se movía con pasos inseguros y débiles. Pudo observar su apariencia general. Era de una avanzada edad. Le temblaban las rodillas, hablaba solo en un idioma que el hombre no pudo comprender. Este señor subió al puente y no lo volvió a ver. Tenía un sentimiento extraño que poseía su alma. Hace mucho que había subido a ese navío. Había tomado los materiales para escribir esto del camarote del capitán. Había observado el navío, dedujo que no era un barco de guerra, pero no pudo averiguar que sí era. El tamaño, el modelo los tipos de mástiles y otras cosas del barco le daban una sensación de algo familiar. El maderamen del navío estaba construido con un material que desconocía. Se había mostrado frente a los tripulantes y ellos no le prestaron la menor atención. Siguieron navegando hacia el sud. Este hombre cree que están destinados a rondar continuamente al borde de la eternidad, sin precipitarse en el abismo. Y que el barco está sometido a la influencia de alguna poderosa corriente, o una impetuosa resaca. Las aguas se alzaban cada vez más. Describe al capitán como un hombre de casi su estatura, cuerpo proporcionado y sólido, vejez, cabellos grises, ojos iguales a sus cabellos. Todo el barco estaba impregnado de vejez. El viento aumenta y como las velas estaban despegadas, por momentos el barco se levantaba sobre el mar. Se comienzan a precipitar en el torbellino, y entre el rugir, el aullar y el tronar del océano, el barco se estremece. Y se hunde.

Cuento 3: El Entierro Prematuro

Un hombre cuenta que la peor miseria humana es el entierro de un hombre vivo. Da ejemplos sobre ello. En primer lugar el de una mujer la cual padecía de una enfermedad. Tanto tiempo la padeció que murió, o creyeron que murió ya que presentaba todas las apariencias de la misma. La señora fue depositada en la bóveda familiar que quedó cerrada por 3 años. Un día para realizar un sarcófago abrieron la bóveda y la mujer cayo en los brazos de su marido muerta. Luego de una investigación se dedujo que la mujer revivió luego de dos días de su sepultura; cuando pudo salir de ataúd comenzó a golpear la puerta para llamar la atención y en ese momento murió. El segundo caso ocurrió en Francia en 1810. Madmoiselle Victorine Lafourcade, una mujer adinerada, se enamoró de un hombre llamado Julián Bossuet, pero decidió rechazarlo y casarse con monsieur Renelle. Este caballero descuidó el matrimonio e incluso llegó a maltratar a la dama. Luego de unos años juntos la mujer murió, o eso se creía. Fue inhumada en una tumba común en su tierra natal. Su esposo se dirige a la tumba para cortarle sus trenzas. Cuando desentierra el cuerpo se encuentra con que en verdad la mujer estaba viva. La llevó a su alojamiento y más tarde se la entregó a Bossuet. Juntos escaparon a América. Luego de veinte años deciden volver a Francia y monsieur Renelle los reconoce. El tercero es un caso que fue publicado en la revista de cirugía y trata sobre un hombre, oficial de artillería, que fue derribado por un caballo. Se le realizaron varios estudios, pero empeoraba. Así que se lo dio por muerto ya que lo parecía, pero no era así. Lo enterraron con rapidez y entró tierra en la tumba por un hueco. Por el último mencionado el hombre podía adquirir el aire suficiente para respirar. Los domingos mucha gente frecuentaba al cementerio. Uno de ellos reaccionó, que había un ruido y comenzaron a cavar para desenterrarlo. Cuando lo lograron, lo llevaron al hospital para su recuperación. El cuarto relato ocurrió en 1831 en Londres. Mr. Edward Stapleton aparentemente había muerto de fiebre tifus y de otros síntomas que excitaron la curiosidad de los médicos. Los últimos mencionados piden permiso para realizarle un examen post mortem pero los amigos de Stapleton se negaron. Por lo tanto desenterraron el cuerpo y lo llevaron a una sala del hospital para disecarlo en privado. Le realizaron unos exámenes y entre ellos la aplicación de la batería galvánica en uno de los músculos pectorales. Luego de haber realizado ello el paciente se despertó y dijo unas palabras incomprensibles que más tarde fueron deducidas como que había dicho “estoy vivo”. Segundos más tarde cayó al suelo. Le administraron éter y revivió. Edward afirmó que en ningún momento había perdido todo el sentido. El quinto y último relato es el del propio hombre que contó todas las historias anteriores; su experiencia real. El padecía una enfermedad llamada catalepsia. En su caso no padecía características importantes. Se encontraba en un estado de semisíncope, o casi desmayo. Con respecto a ella el hombre cada vez que se despertaba de un “sueño” no recobraba inmediatamente el sentido. No tenía sufrimiento físico, pero si angustia moral. Tenía imaginación macabra como por ejemplo cuando soñó que un demonio le aferraba la muñeca y le ordenaba que se levante; luego se dirigieron a observar a los muertos que salían de sus tumbas. El hombre preparó su ataúd para que se pueda abrir fácilmente, para poder adquirir aire y luz y para tener alimento y agua. Llegó una época en la cual se encontró a sí mismo inconsciente y débil. Luego de un largo intervalo, un período de placentera quietud, una breve zambullida en la nada y luego un súbito restablecimiento. Después vino un choque eléctrico de terror, y por ello un esfuerzo positivo por pensar, intento de recordar, éxito parcial. Así recobró la memoria y el dominio de ella, tuvo conciencia de su estado. Permaneció inmóvil por unos minutos, no tenía valor para moverse. Cuando tuvo el valor de hacerlo, abrió los ojos y estaba todo oscuro. Intentó gritar pero sus labios estaban atados como los de los muertos. Movió sus manos cruzadas y golpeó una sustancia que se extendía sobre el cuerpo del hombre. Hizo un segundo intento de grito y aulló lo suficientemente fuerte para que lo escucharan cuatro hombres que se encontraban allí. Ellos lo sacudieron para que despertara de su sueño y le devolvieron la plena posesión de su memoria. En Richmond, Virginia se había ido junto a un amigo a las orillas del Río James. Durmió profundamente y su visión no fue un sueño ni una pesadilla. Luego de haberle ocurrido esta experiencia le ocurrieron cosas buenas: su alma adquirió vigor y temple, viajó al extranjero, hizo ejercicios, respiró el aire libre, pensó en otros temas no relacionados con la muerte, dejó a un lado sus libros de medicina.

Cuento 4: La Verdad sobre el Caso del Señor Valdemar

Durante unos años el estudio del hipnotismo había atraído su atención. Jamás se había hipnotizado a alguien en condiciones de muerte. Quedaba por verse 3 cosas planteadas por él acerca de esto: si sería susceptible de influencia magnética, en el caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad y hasta que punto, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Pensó si tenía alguien conocido para verificar esos puntos y pensó en un sujeto llamado Ernest Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York. Tenía un temperamento nervioso que lo convertía en una buena persona para hipnotizar. Ya lo había adormecido 2 veces. Le comentó a su amigo acerca del asunto y se veía vivamente interesado. Acordaron que Valdemar lo llamaría 24 horas antes de su muerte. 10 días más tarde recibe la carta de Valdemar diciendo que ya podía ir. Fue hacia el hospital y el aspecto de Ernest era de muerto. Le preguntó a los médicos acerca del estado de Valdemar y ellos le explicaron todas las enfermedades y desajustes que padecía el hombre. Los doctores se despidieron de él. Dos enfermeros, un hombre y una mujer se encontraban allí, así que decidió posponer la hipnotización para las 8. Llegado el horario indicado anteriormente, con Theodore L…. de testigo y tomando apuntes de lo que iba ocurriendo. Efectuó los pases que habían sido más efectivos para Valdemar en las otras ocasiones. Estos no funcionar hasta pasadas las 10, que llegaron los doctores D…. y F….., como lo habían prometido. Les hizo unas preguntas y continuó con la hipnotización. Logró hipnotizarlo y pidió que revisaran si estaba correctamente en trance hipnótico. La apariencia general de Valdemar era muy distante a la de muerte. Se acercó y probó haber y cuando él movía el brazo Ernest haría lo mismo, y así fue. Luego le preguntó al hombre si dormía y este respondió, luego de la tercera vez de ser preguntada, que se encontraba dormido y que quería morir así. La segunda pregunta que le realizó fue si sentía dolor en el pecho. Luego de un momento respondió que no sufría, que se estaba muriendo. Volvió a realizar la primera pregunta, pero esta vez hubo que preguntarle cuatro veces y en ese momento afirmó y dijo que se moría. Los médicos no querían sacarlo del estado actual a Valdemar. El último mencionado comenzó a adquirir síntomas de muerte. Volvieron a preguntarle si estaba dormido, pero esta vez respondió que no, que estuvo durmiendo pero que ahora estaba muerto. L…. se desmayó y los médicos se fueron. Reanimaron a L…. y pudieron dedicarse a ver el estado de Valdemar. A las diez de la mañana abandonaron la casa junto con diez enfermeros y volvieron a la tarde. Su estado era el mismo. Discutieron sobre si despertarlo o no. Durante 7 meses siguieron acudiendo a la casa de Valdemar acompañados de amigos y médicos. El paciente se mantuvo igual. Un viernes decidieron hacer el experimento de despertarlo. Comenzó a realizar los procedimientos correctos, pero el paciente se estaba muriendo. Acudieron a preguntarle si podía explicarles lo que sentía y deseaba. Éste respondió que lo hagan dormir o que lo despierten pronto porque estaba muerto. Intentó otro método para despertarlo, pero lo que ocurrió fue que se encogió, se deshizo en casi un minuto, cuando todos esperaban que el paciente despertase.

Cuento 5: El Retrato Oval

Un hombre y su sirviente ingresan a un castillo abandonado temporariamente. Se instalaron en un aposento pequeño, en una apartada torre del edificio. Las decoraciones eran ricas, pero viejas. Había pinturas en las paredes. En la cama encontró un pequeño volumen que contenía la crítica y descripción de las pinturas. Leyó este volumen hasta la medianoche. Se le cae el candelabro y descubre un retrato oval que le había pasado inadvertido. Era el de una joven mujer. Estaba pintado con la técnica vigente. Era una pintura admirable, tenía una absoluta posibilidad de vida. Buscó en el volumen lo que decía con respecto a esta pintura. El retrato había sido pintado por un hombre que amaba a una mujer (la pintada en el retrato), pero también al arte, en cambio, ella lo amaba, pero odiaba al arte. La dama oyó que el hombre iba a retratarla. La dama se posó dócilmente en la torre, mientras él se gloriaba de su trabajo. El retrato que estaba pintando era el de la mujer que amaba. Cuando faltaba poco por hacer el espíritu de la dama osciló. Se aplicó lo que faltaba y el hombre gritó: “¡Ciertamente, esta es la vida misma!”. Miró a su amada y estaba muerta.

Cuento 6: Eleonora

Un hombre vivía junto a su prima, que también era su esposa y su tía. Habitaban en el Valle de la Hierba Irisada. Quedaba muy apartado entre colinas y no había un sendera hollado. Había un río que lo llamaban “el río del silencio” ya que habían una influencia enmudecedora en su corriente. La superficie entera del valle estaba cubierta por hierba verde, suave, espesa, uniforme, perfumada, corta; flores, árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, sus hojas eran de color verde vivo. Luego comenzaron a brotar flores en los árboles, la hierba se ahondó, desaparecieron las blancas margaritas, y en su lugar brotaron asfóreos rojo rubí. Los pájaros gayos y los flamencos desplegaron su plumaje. Peces de oro y plata frecuentaron el río. Cuando Eleonora supo que moriría, temió que su esposo abandonara el valle y transfiera su amor a otra doncella. Le juró que nunca haría eso y apeló al poderoso amo del Universo como testigo e invocó que si no cumplía con su promesa tendría el castigo de la muerte. Eleonora le dijo que velaría por el en espíritu. Cuando ella muere el en el valle, las flores desaparecieron de los árboles, las hierbas desaparecieron, los asfódelos rojo rubí se marchitaron y la vida se retiraba del valle. No cumplió su promesa y abandonó el valle. Se casó con otra doncella, hija del rey, y pagó su incumplimiento de la promesa con la muerte.

Cuento 7: Berenice

Egaeus y Berenice eran primos y crecieron juntos en la heredad paterna. Crecieron de manera diferente. Egaeus era enfermizo, envuelto en melancolía, estudiaba el claustro, vivía encerrado en sí mismo y entregaba el cuerpo y el alma a la meditación. Berenice era ágil, graciosa, desbordante de fuerzas, paseaba por la colina, vagaba despreocupadamente por la vida, no pensaba en las sombras del camino ni en la huida silenciosa de alas negras. Berenice comienza a padecer una especie de epilepsia que terminaba en catalepsia. Esta enfermedad ocasionó cambios en el ser moral y físico de la prima de Egaeus. La enfermedad del último mencionado era que tenía un carácter monomaniaco que consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Contemplaba cosas triviales por días enteros. Cuando se acercaba la fecha de su casamiento, una tarde de invierno, Egaeus se sentó en la biblioteca creyéndose solo, pero al alzar sus ojos la vio a Berenice. Ninguno pronunció una palabra. Su delgadez era excesiva, la frente era alta y pálida, su cabello rubio reluciente, que discordaba con la melancolía de su rostro, sus ojos carecían de ida y brillo y parecían sin pupilas, sus labios eran finos y contraídos. Los dientes fue lo que mas le llamó la atención. El golpe de una puerta lo distrajo y Berenice desapareció. Comenzó a ver los dientes de su prima en todos lados. Ansiaba los dientes con un deseo frenético. Los estudió con mucha atención. Un grito de dolor y pena interrumpió su sueño. Se levantó a ver lo que ocurría y vio a la criada llorando la muerte de Berenice. Pero luego se encontró sentado en la biblioteca. Entró un criado que en sus ojos se veía violento terror. El criado señaló sus ropas que estaban llenas de barro y de sangre coagulada, le tomó la mano que tenía restos de uñas humanas, señaló una pala. Egaeus agarró la caja y subió a la mesa. Se le resbaló de la mano y cayeron elementos dentales y dientes. Había desenterrado a Berenice y le había sacado los dientes.

Cuento 8: Ligeia

Un hombre conoce a Ligeia pero no recuerda cómo, cuándo ni dónde la conoció. Solo recuerda que era de alta estatura, un poco delgada, tenía una voz dulce y profunda y ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Su frente era alta y pálida, sus cabellos lustrosos, exuberantes y rizados. Sus ojos eran más grandes que los comunes de nuestra raza, eran negro brillante, velado por oscuras y largas pestañas, cejas irregulares. Sus ojos eran independientes de su forma, color y brillo. Él sentía pasión por esos ojos, ya que lo deleitaban y a la vez aterraban. Ella tenía un gran conocimiento. El se entregó a la investigación metafísica, en los primeros años de su matrimonio. Luego de unos años de matrimonio sus ojos comenzaron a brillar con menos frecuencia, Ligeia cayó enferma, los pálidos dedos adquirieron transparencia y las venas de su alta frente latieron. Ella creía que moriría sin sus terrores, pero no fue así. En el momento de su muerte ella demostraba un enorme deseo de vida. Ese día le pidió que repitiera unos versos. Murió y él vagabundeó sin rumbo. Luego de unos meses adquirió y reparó una abadía en Inglaterra. Como sucesora de Ligeia, condujo al altar a Lady Rowena Trevanion. La decoración de la habitación tenía aspecto fantasmagórico dependiendo del ángulo en que la mires. Recordaba a Ligeia en cada momento de su vida. En el segundo mes de su matrimonio Lady Rowena cae enferma, por las noches, hablada de sonidos, de movimientos. Ella nunca se repuso del todo, tuvo un carácter alarmante. Una noche, próximo el fin de septiembre, tenía palidez mortal y parecía desvanecerse. Por lo tanto el hombre fue en busca de un frasco de vino ligero. En el camino de la búsqueda notó que en la alfombra había una sombra, agarró el vino y al regresar percibió un paso suave en la alfombra. Rowena bebió el vino sin vacilar, y él vio que tenía gotas de un fluido brillante. Sus doncellas la prepararon para la tumba. Luego de esto lo comenzaron a asaltar recuerdos de Ligeia. Advirtió un sonido, luego otro, los dos provenientes del mismo lugar. Era un suspiro y descubrió que su esposa aun vivía. Luego descubrió que no era así. El cadáver se movía. Dejó caer las vendas que le cubrían el rostro y descubrió los hermosos ojos de Ligeia.

Cuento 9: La Máscara de la Muerte Roja

El príncipe Próspero a pesar de que la “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo, era feliz, intrépido y sagaz. Sus dominios quedaron semidespoblados y llamó a mil robustos y amigos para retirarse al encierro seguro en su palacio. Luego de 5 y 6 meses de estar allí, Próspero propuso hacer un baile de máscaras. Esta se celebraría en 7 salones. En el último aposento había un reloj de ébano y cuando iba a sonar paraban la música en el baile. El príncipe se había dedicado a decorar las salas. Luego de que haya sonado varias veces, se notó la presencia de de la “mascara de la muerte roja”, una figura enmascarada, que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. El príncipe preguntó quién se atrevía a insultarlos con esa burla, lo cual se escuchó en las 7 salas. El príncipe Próspero recorrió las 7 salas hasta llegar a la figura enmascarada. Este lo mata y luego continúa dominando a toda la fiesta, haciendo morir uno por uno de los presentes en la fiesta.