Napoleón Bonaparte

Historia de Francia siglo XIX. Revolución francesa. Imperio napoleónico. Consulado. Obra política. Bloqueo continental

  • Enviado por: Fran Rodriguez
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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En 1769, en Ajaccio, ciudad francesa desde hacía un año, nace un niño que será llamado Napoleón.
El sentido de este nombre -"el que todo lo intenta"- no pudo ser más exacto y, para todo una vida, tan profético.

Ya sea en las etapas de su ascensión o de su decadencia; en las manifestaciones de su carácter impetuoso asociado a un temperamento volcánico; en su agudo sentido teatral y de la oportunidad; en sus ignorancias y su maquiavelismo; en su asombro e ilimitado orgullo y, por fin, en la declinación cruel que afecta su tremenda vanidad, increíble compañera de una mente excepcional, Napoleón es, sin duda, el "más grande de los "condottieri" de la era de la manufactura y, desde cierto punto de vista, el último gigante en su género".
El año 1795 señala el comienzo de su carrera meteórica; hasta entonces, casi un desconocido para el público, bastó que aniquilara una revuelta realista para que las recompensas llovieran sobre él; militar victorioso en Europa y en Oriente, Primer Cónsul vitalicio en 1802, en 1804 es proclamado Emperador de los franceses.


Fue la espada que la clase media necesitó para llevar a puerto la Revolución Francesa de 1789, pero fue también el hombre que algún modo, falseó el espíritu de esa Revolución a la que nunca comprendió del todo y de la que mucho se sirvió.

Personalidad controvertida, su vida suscita aún la polémica entre partidarios y enemigos irreconciliables. Cabría preguntarse con el fin de llegar a un balance menos subjetivo, si Napoleón logró hacer irreversible el ordenamiento social de 1789; si su talento militar difundió la revolución por toda Europa; si el ímpetu del pensamiento de la emancipación burguesa, después de haberla implantado en Francia le allanó el camino más allá de sus fronteras; si abatió cercos y barreras, que ni siquiera su derrota pudo reconstituir; si su arte de guerra contribuyó siempre a crear y a acelerar desarrollos irrepetibles; si obligó a sus enemigos a servirse de sus mismas conquistas para afirmarse contra él, infiel administrador de la herencia de la Revolución.

Porque la leyenda creada por él mismo poco antes de morir en la isla de Santa Elena, en 1821, "he salvado la Revolución...tal es la causa por la cual muero mártir", todavía espera su confirmación o su rechazo.

El golpe del 18 de Brumario fue en realidad una conspiración de "notables" que querían defender, con el apoyo del ejército, los intereses de una burguesía salida de la Revolución. Su consecuencia esencial fue la de restablecer el orden en Francia y la de institucionalizar los logros revolucionarios. Esa burguesía brumariana, a cuyo frente se hallaba Sieyès, no había pensado ceder el poder a un militar, sino reforzar el ejecutivo y restablecer la unidad en la acción gubernamental sin renunciar al ejercicio de la libertad. Sin embargo, como señala Lefèbvre, "dando prueba de inconcebible mediocridad", empujaron a Napoleón al poder sin ponerle condiciones y sin establecer previamente los rasgos esenciales del nuevo régimen. Desde luego, está bastante claro que el golpe de Estado de Brumario no fue un golpe de los militares que quisieron llevar a Bonaparte al poder. Si, como señala Soboul, éste aprovechó el brillo de sus victorias para alcanzar la Monarquía, no fue el ejército el que empujó a Bonaparte hacia el trono... "El ejército ocupa sin duda un lugar esencial en esta época de guerras que se renuevan sin cesar, pero es lejos de las fronteras, al menos hasta 1814".El 18 de Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799), fue convocado el Consejo de Ancianos a primera hora de la mañana y, bajo el pretexto de una posible conspiración jacobina, se realizó una rápida votación en la que se acordó trasladar los dos Consejos a Saint-Cloud y el nombramiento de Bonaparte como comandante de la fuerza pública. Sieyès conseguía la dimisión de los Directores. Al día siguiente, Bonaparte se presentó ante las Asambleas con 5.000 soldados, donde fue increpado y acusado de actuar fuera de la ley. El presidente del Consejo de los Quinientos, Luciano Bonaparte, hermano del general, con el pretexto de las amenazas, llamó a la tropa que despejó inmediatamente la sala donde se celebraba la sesión. Esa misma noche, una reunión de urgencia de diputados de las dos cámaras nombraron a tres Cónsules provisionales: Bonaparte, Sieyès y Roger-Ducos. Se designó también a un comité para proceder a la revisión de la Constitución. La presidencia del gobierno debía llevarse a cabo mediante rotación entre los tres cónsules por orden alfabético. Eso le daba preeminencia a Bonaparte, quien trató con cuidado de mostrar un talante moderado ("Ni bonnets rouges ni talons rouges") y de aparecer en público con frecuencia para aumentar su popularidad. Tomó medidas financieras que permitieran una cierta capacidad de actuación al gobierno, como la de sustituir el empréstito forzoso por un apéndice de 25 céntimos sobre las tres contribuciones principales: la agrícola, la mobiliaria y la suntuaria. Tranquilizó a los banqueros y a los notables prometiéndoles una política de orden, de respeto a la propiedad y de tranquilidad en el exterior. Al mismo tiempo que desterró a muchos jacobinos, prohibió el regreso de los emigrados y el predominio de ningún culto. En resumen, lo que Bonaparte hizo en esta primera etapa de su gobierno fue actuar con suma prudencia y prepararse para el definitivo asalto al poder.El comité encargado de revisar la Constitución presentó un proyecto sólo un mes más tarde de haber sido nombrado y el nuevo texto fue promulgado el 25 de diciembre de 1799 (4 de Nivoso del año VIII). La Constitución del año VIII tenía un total de 95 artículos y en ellos se regulaba en primer lugar el derecho electoral de los ciudadanos, de tal manera que se mantenía teóricamente el sufragio universal, pero en la práctica sólo tendrían derecho al voto los ciudadanos incluidos en las llamadas "listas de confianza" que se confeccionaban en varios grados: comunal, departamental y nacional. Se creaba un Senado compuesto por 80 miembros elegidos por cooptación a partir de unas listas propuestas por el primer Cónsul, el Cuerpo Legislativo y el Tribunado. Su función era la de velar por la Constitución y participar en la elección de una serie de personas para las asambleas legislativas. Estas asambleas eran dos, el Tribunado y el Cuerpo Legislativo. La primera estaba compuesta por 100 miembros y la segunda por 300, todos los cuales eran designados por el Senado a partir de unas listas de "confianza nacional". El poder ejecutivo se ponía en manos de tres Cónsules, nombrados por un periodo de diez años por el Senado, pero renovables indefinidamente. No obstante, era el primero de ellos el que reunía casi todo el poder: nombraba ministros y funcionarios, tenía el derecho de iniciativa en las leyes y no era responsable ante las asambleas. En cuanto al poder judicial, la Constitución sólo regulaba la elección por sufragio universal de los jueces de paz y el nombramiento de los demás por parte del gobierno.La Constitución del año VIII ponía en manos de Bonaparte todas las funciones legislativas y ejecutivas y, con una serie de medidas posteriores, sometió a su dominio a los tribunales de justicia. Al año siguiente, consiguió también someter al gobierno local de todo el país. Se conservaban las circunscripciones administrativas de los departamentos, asistidos por un prefecto; los distritos (arrondissements), a cuyo frente estaba un subprefecto, y la comuna, en la que mandaba el alcalde (maire). Todos estos funcionarios eran nombrados por el gobierno. Los extensos poderes que las Asambleas legislativas concedían a las corporaciones electivas de los departamentos y los distritos menores eran manejados por prefectos y subprefectos. Seguían existiendo los Consejos locales electivos, pero no se reunían más que dos semanas al año y sólo se ocupaban de la distribución de las contribuciones. El prefecto y el subprefecto podían consultarlos, pero no tenían jurisdicción sobre el poder ejecutivo. Los alcaldes de las pequeñas communes eran elegidos por el prefecto, pero en las ciudades de más de 5.000 habitantes eran de nombramiento directo de Bonaparte. La policía en las ciudades de más de 10.000 habitantes dependía del gobierno central.Esta organización del gobierno, tan fuertemente centralizado, no dejaba al pueblo mucha intervención en los asuntos gubernamentales, pero presentaba la ventaja de la rápida ejecución de las decisiones, las leyes y los decretos emanados del poder central. En todas las reformas emprendidas por Napoleón existía ese afán centralizador que se aplicaba, a veces, a expensas de la libertad política. Roederer, aquel republicano moderado y escritor de la época, definió el sistema de una forma concisa, pero muy gráfica: El "prefecto, que esencialmente se ocupaba de su ejecución, transmitía las órdenes a los subprefectos; éstos a los alcaldes de las ciudades, pueblos y aldeas, de forma que la cadena de ejecución desciende sin interrupción desde el ministro al administrado y transmite la ley y las órdenes del gobierno hasta las últimas ramificaciones del orden social con la rapidez del fluido eléctrico".La reforma judicial acompañó a la reforma administrativa. Se conservaban los jueces de paz, pero mediante la ley de 27 de Ventoso del año VIII (18 de marzo de 1800) se creaban 400 tribunales de primera instancia, es decir, uno por cada distrito. En cada uno de ellos, tres jueces y un comisario gubernamental juzgaban los asuntos civiles. Para el conjunto, se pusieron en funcionamiento 28 tribunales de apelación, que resolvían sobre aquellos asuntos que habían sido ya juzgados en primera instancia por los tribunales de distrito. Se creaban además 98 tribunales para los asuntos criminales, uno por departamento, compuestos por un presidente, dos jueces, un comisario gubernamental y dos jurados. La gran novedad de la reforma judicial es que se suprimía la elección de los jueces, que pasaban a ser nombrados y retribuidos por el gobierno y se convertían de esa forma en funcionarios del Estado.Una de las principales preocupaciones del Consulado desde el primer día fue la situación del Tesoro. Para mejorar las finanzas, se tomaron medidas inmediatas, como fue la de sustraer a las autoridades locales el cobro de los impuestos directos, que quedaron en manos de funcionarios dependientes del poder central. Todo el sistema quedaba bajo la dirección de un director general de contribuciones del que dependían los directores departamentales, los inspectores y los controladores. Más tarde, en 1807 se crearía el Tribunal de cuentas, encargado de verificar todos los asuntos relativos a los ingresos del Estado.También se reorganizó el sistema financiero y mediante la ley del 7 de Germinal del año XI (28 de marzo de 1803) se creaba el franco, que se constituía así como la nueva unidad monetaria de la República. El franco se convirtió en una moneda metálica fuerte, ya que se desistió de emitir papel moneda después de la experiencia negativa de los assignats. En 1800 se había creado el Banco de Francia, que estaba dirigido por un Consejo de regencia elegido por los accionistas y un Comité formado por tres regentes. Este Banco se convirtió en un banco de emisión, además de serlo de depósitos y de descuentos. En 1803 su organización fue reformada y confiada a 15 regentes, elegidos por los 200 accionistas más importantes, y tres censores, reemplazados en 1806 por un gobernador y dos subgobernadores nombrados por el Estado. De esta manera, la reforma financiera quedaba basada en tres instituciones: la Hacienda, el franco y el Banco de Francia, las cuales contribuirían a reforzar la centralización del Estado en este dominio.El Consulado emprendió también la reforma educativa mediante la ley de 11 de Floreal del año X (1 de mayo de 1802). La enseñanza primaria quedaba en manos de los ayuntamientos, que eran los encargados de financiarla, aunque en la práctica muchas escuelas quedaron en manos de los religiosos y las religiosas. Pero donde se puso un especial interés fue en la enseñanza secundaria, por ser la encargada de formar a los funcionarios. La enseñanza secundaria se impartía en los liceos y en las escuelas secundarias municipales. Estas últimas eran libres, pero se hallaban bajo el control de los prefectos. En ellas se enseñaba el francés, matemáticas, geografía e historia según los métodos de la enseñanza moderna. El liceo era, sin embargo, el centro más importante para este tipo de enseñanza. Se ha dicho que aunaba el espíritu jesuítico y el espíritu napoleónico. El espíritu jesuítico porque mezclaba los programas de las humanidades con los científicos y el napoleónico por la disciplina que imprimía a los discentes y a los docentes.En el ámbito educativo superior se estableció una universidad muy centralizada dividida en 27 academias, en cada una de las cuales había una facultad de letras. También se crearon 15 facultades de ciencias, 13 de derecho, 7 de medicina y varias de teología católica y teología protestante. La operatividad del sistema universitario fue, sin embargo, escasa y la mayor parte de estas facultades tuvieron dificultades para sobrevivir hasta el final de la época napoleónica.Otra de las cuestiones fundamentales que había que regular era la cuestión religiosa. Francia seguía siendo en su mayoría un país católico, aunque estaba dividido por un cisma. Las difíciles negociaciones entre Bonaparte y Roma dieron como resultado la firma del Concordato del 15 de julio de 1801. El Papa Pío VII no tenía un carácter fuerte como su predecesor Pío VI y no supo negarse a la propuesta de Napoleón, quien ya en junio de 1800 comenzó a entrar en contacto con la iglesia para preparar el acuerdo. A Bonaparte le interesaba la normalización de las relaciones para desarmar a los contrarrevolucionarios más recalcitrantes que seguían negándose a reconocer a un Estado laico y a aceptar la libertad de conciencia. En el Concordato se reconocía que el catolicismo era la religión de la gran mayoría de los franceses. El Primer cónsul nombraba a los arzobispos y a los obispos, pero era el Papa el que otorgaba la institución canónica. El Papa se comprometía a pedir a los obispos refractarios que renunciasen a sus sedes, y si se negaban, los retiraría. Napoleón, por su parte, debía pedir a los obispos constitucionales su dimisión, y de esta manera se terminaría con el cisma existente en Francia. Los obispos eran quienes determinaban las diócesis y nombraban a los curas, pues, como señala Lefèbvre, Bonaparte pensaba que controlando a los obispos, controlaría a sus sacerdotes, sin necesidad de tener que vigilarlos él mismo.Para la aplicación del Concordato se aprobó un reglamento titulado Artículos orgánicos del culto católico, sin consultar al Papa, mediante el que se establecía que la publicación de bulas, la convocatoria de concilios, la creación de seminarios y la publicación de catecismos, quedaban sujetos a la aprobación del gobierno. Asimismo se reconocía como atribución del poder civil la autorización de actividades como el repique de las campanas de las iglesias o la organización de procesiones.Paralelamente, y para poner bien claramente de manifiesto que la religión católica no era la religión del Estado, se aprobó también un reglamento para las otras religiones titulado Artículos orgánicos del culto protestante. En él se establecía que los calvinistas serían administrados por consistorios compuestos por los fieles más destacados y presididos por un pastor. Los luteranos también eran organizados por medio de consistorios. Este reglamento de las religiones protestantes se unió al Concordato y a su propio reglamento con el objeto de que todos ellos formasen parte de una misma ley. Más tarde, en 1808, los judíos verían también reglamentada su religión. Aunque la nueva regulación de las relaciones entre la Santa Sede y el Estado francés aparentaba haber terminado con la tradición galicana de una iglesia nacional autónoma, en el futuro Napoleón llevaría a cabo una serie de imposiciones que sobrepasaría los límites de lo que habían hecho sus predecesores.La política social de Napoleón estaba dirigida a reforzar el poder de la burguesía, ya que pensaba que la estructura de la sociedad debía estar basada en la riqueza. Bonaparte desconfiaba de lo que él llamaba la "gente de talento", en tanto que ese talento no se viese acompañado de la posesión de riqueza, puesto que esa disociación podía constituir un fermento revolucionario. Como ha puesto de manifiesto el historiador Georges Lefèbvre, en este sentido puede decirse que como defensor de la burguesía censitaria y una vez desaparecido su despotismo, el régimen social del año X puso los fundamentos de la Monarquía de Luis Felipe de Orleans, con la que el régimen censitario alcanzó su máxima expresión.Pues bien, el Código Napoleónico, compuesto por el Código Civil (1804), el Código de Procedimiento Civil (1806), el Código de Procedimiento Criminal (1808) y el Código Penal (1810), consagrarían un tipo de sociedad en la que primaba el orden y la estabilidad en las relaciones interpersonales, además de la igualdad civil, la libertad religiosa, la centralización y el poder del Estado. El Código Civil recogía los elementos esenciales del pensamiento social de la época napoleónica y además las transmitió a toda Europa, en muchos de cuyos países contribuyó a establecer las bases de la sociedad moderna. Concebido, como ya se ha señalado, en función de los intereses de la burguesía, consagraba y sancionaba el derecho a la propiedad. La familia aparecía como uno de esos cuerpos sociales que "disciplinan la actividad de los individuos". La autoridad del padre, que se había visto debilitada por la Revolución, se veía reforzada en el Código, de tal manera que podía imponer prisión a sus hijos durante seis meses sin necesidad de control por parte de la autoridad judicial. Se le reconocía la propiedad de los bienes de éstos y la administración de los de su mujer. En definitiva, como ha señalado Henri Calvet, el Código de Napoleón era el fruto de la evolución de la sociedad francesa y señalaba el compromiso entre el Viejo y el Nuevo Régimen.Todas estas reformas emprendidas por Napoleón durante el Consulado contribuyeron a restablecer el orden y la disciplina en Francia después de los agitados años transcurridos desde 1789. Se acabó con el bandolerismo y la sistemática violación de las leyes. Se garantizó la vida y la propiedad privada. Se pusieron en marcha las obras públicas y se dieron más oportunidades a los franceses para que adquiriesen una mejor educación según la capacidad de cada uno. Sin duda, su iniciativa y sus dotes de organizador contribuyeron decisivamente a la modernización de Francia.

La expansión imperial

La guerra fue, para la Francia revolucionaria y napoleónica, un hecho habitual. Desde 1792 hasta 1815 no hubo un solo año en el que no estuviese en guerra con alguno o varios de los estados europeos. Inicialmente, guerra defensiva, frente a Prusia y Austria (1792) y luego (desde 1793), contra la mayoría de potencias europeas, unidas en la Primera Coalición; guerra que pronto fue victoriosa --debido a la superioridad de un ejército nacional, frente a unos ejércitos tradicionales, con tropas no motivadas--. Como resultado de las primeras victorias, comenzó la expansión: tratados de paz con Toscana, Prusia, Holanda y España (Basilea, 1795). Razones de interés estratégico (fronteras), económico (mercados para suministrar materias primas y absorber manufacturas francesas) y financiero (ingresos) explican la guerra de expansión. Pero la ocupación permanente de nuevos territorios obligó a mantener un ejército numeroso y, para aligerar el coste de esta manutención, a procurar sostenerlo sobre territorios enemigos, lo que produjo resistencias entre la población afectada, que obligaron a incrementar la presencia militar, círculo vicioso que un historiador ha calificado como "ciclo infernal de la guerra". Este capítulo intenta describir los acontecimientos militares y diplomáticos enmarcados entre el final del siglo XVIII y la caída del régimen napoleónico, con el objetivo de ofrecer unas referencias espaciales y temporales que ayuden a situar en un contexto preciso el contenido de los siguientes capítulos.

Las primeras conquistas

Tras los tratados de 1795, sólo Gran Bretaña y Austria mantenían hostilidades con Francia. La rivalidad francobritánica iba a ser una constante a lo largo de casi todo el período, como lo había sido durante el siglo XVIII, que respondía al conflicto de intereses entre un estado --el británico-- que intentaba asegurar el control de los mares para proteger sus colonias y las rutas comerciales y otro estado --Francia-- con vocación continental pero también con aspiraciones de potencia colonial y, lo que era más peligroso para Gran Bretaña, que amenazaba con controlar la costa del mar del Norte, con lo que ello significaba de peligro directo para la seguridad británica e, indirectamente, a través de un hipotético control de Holanda y de su flota, de dominio del mar.

Contra Austria, el Directorio proyectó la campaña de 1796: ataque sobre Austria desde Alemania (dos ejércitos, al mando de Jourdan y Moreau, debían converger desde el Rin hacia Viena) y, secundariamente, desde Italia (operación encargada al entonces joven general Napoleón Bonaparte). Mientras la campaña de Alemania produjo resultados decepcionantes, en Italia, en 20 meses (marzo de 1796 a noviembre de 1797) Bonaparte decidió la lucha (victorias de Lodi, Arcole y Rivoli) y, demostrando ambiciones más allá del terreno militar, reestructuró, con independencia del Directorio, el mapa de Italia: la paz de Campoformio impuesta a Austria (octubre de 1797) suponía por parte austríaca el reconocimiento de la República Cisalpina, extendida sobre territorios del norte y centro de Italia, la cesión de Bélgica a Francia y la aceptación de la anexión francesa de la orilla izquierda del Rin, a negociar en sus términos concretos con el Sacro Imperio.

Tras Campoformio, sólo Inglaterra se mantuvo enfrentada a Francia. Pero la política de expansión territorial del Directorio --intervención en Suiza, en favor de un República Helvética (1798); invasión de los Estados Pontificios y proclamación de la República Romana (1798); ocupación militar del Piamonte (1798)-- y la personal aventura de Napoleón en Egipto (1798-1799), saldada con un fracaso militar pero con un incremento del prestigio personal, acabaron propiciando una Segunda Coalición antifrancesa (noviembre de 1798), con Gran Bretaña, Rusia, Austria, Turquía y Nápoles como participantes. Las hostilidades se iniciaron en Italia y fueron los Borbones napolitanos, tradicionales aliados de Gran Bretaña, quienes imprudentemente rompieron el fuego. La fulminante reacción francesa (ocupación de Nápoles, en enero de 1799, y creación de la República Partenopea) provocó la intervención austríaca y el repliegue francés en todos los frentes, hasta que el regreso de Napoleón de Egipto y su acceso al poder como miembro prominente del Consulado (18 Brumario: 9 de noviembre de 1799), junto con la falta de entendimiento entre austríacos y rusos, dieron un nuevo giro al curso de la guerra: Austria, derrotada en territorio italiano por Napoleón (Marengo, junio de 1800) y en su propio suelo por Moreau (Hohenlinden, diciembre de 1800), tuvo que aceptar una paz (Lunéville, febrero de 1801) que mejoraba en favor de Francia los términos del tratado de Campoformio: control del norte de Italia (excepto parte de Venecia) e influencia sobre el centro, a través del nuevo reino de Etruria, así como afianzamiento en la totalidad del curso izquierdo del Rin. Al mismo tiempo, Francia se atrajo a la monarquía española, cuya alianza interesaba para contrarrestar el poderío naval británico y presionar sobre Portugal, aliado de Gran Bretaña (tratado de Aranjuez, 1801). La subsiguiente acción contra Portugal (guerra de las Naranjas, 1801), concluida rápida y victoriosamente (tratado de Badajoz, 1801: cesión de una parte de Guayana a Francia y de la plaza de Olivenza a España y cierre de los puertos portugueses a Inglaterra), valió a Godoy el título de príncipe de la Paz.

El aislamiento británico a que dieron lugar estos acontecimientos se reforzó con la formación de una Liga de neutrales (diciembre de 1800), en la que los países del norte (Rusia, Suecia, Dinamarca y Prusia), a iniciativa de Rusia, se unieron para contrarrestar la prepotencia de la política de navegación británica, que no aceptaba el comercio de mercancías con Francia bajo pabellón neutral. El cierre del Báltico y de los ríos alemanes al comercio británico, decidido por la Liga, produjo la reacción británica (bombardeo de Copenhague, 1801) que, junto con el asesinato de Pablo I (1801), odiado por la aristocracia rusa por su despotismo sanguinario y porque la ruptura con Gran Bretaña impedía la exportación del grano y madera de sus propiedades, acabaron con la Liga de neutrales. A pesar de este éxito, y pese a los logros en el Mediterráneo oriental (ocupación de Malta, capitulación de los franceses en Egipto), las dificultades internas (carestía y costes de financiación de la guerra) propiciaron la retirada de Pitt (1801), el más firme partidario de la lucha contra Francia, y abrieron el camino a la firma con Francia del tratado de Amiens (abril de 1802), sobre la base de la restitución de Egipto al imperio turco, la evacuación de Malta y la devolución de Nápoles a los Borbones y de las conquistas coloniales británicas. Pero, a falta de una definición sobre la naturaleza de las relaciones comerciales y a la vista de las insaciables apetencias territoriales de Francia, la situación de paz en Europa inaugurada en Amiens tenía un carácter provisional.

El apogeo del imperio

La lucha entre Francia y Gran Bretaña acabó convirtiéndose en la Tercera Coalición antifrancesa (verano de 1805). Gran Bretaña contó para ello con la ayuda de la propia conducta francesa, que sembró inquietud entre las potencias continentales: la captura, en territorio extranjero, y posterior asesinato del duque de Enghien (1804), acusado sin pruebas de la participación en un complot antinapoleónico, fue un síntoma de la determinación del régimen en no detenerse en medios para acallar la oposición interna; las disposiciones tomadas en política exterior parecían demostrar similar determinación en la prosecución de una línea expansionista: conversión de la República de Italia en monarquía hereditaria, de la que se hizo coronar rey Napoleón (mayo 1805), delegando en Eugenio, hijastro de Napoleón, como virrey; concesión a su cuñado Felice Baciocchi, casado con su hermana Elisa, de los principados de Piombino (1805) y Lucca (1806); anexión de Génova al imperio francés (junio 1805).

Esta prepotencia facilitó que Rusia, Austria y Nápoles se alineasen con Gran Bretaña, como también lo hizo Suecia, esta última presionada por los británicos y rusos, que le amenazaron con el bloqueo marítimo y la ocupación de Finlandia. Por el contrario, los estados alemanes del sur, beneficiados en 1803 por su acercamiento a Francia, se unieron a ésta ante la inminente guerra, mientras Prusia mantuvo una difícil neutralidad.

La rapidez de movimientos del ejército francés fue decisiva, al impedir la completa unión de las fuerzas austríacas y rusas, derrotando primero a los austriacos (Ulm, octubre de 1805) y después a las tropas austrorrusas (Austerlitz, diciembre de 1805). Austria se vio obligada a firmar la paz (Presburgo, diciembre de 1805), con duras condiciones que significaron la desaparición de su influencia en Italia y Alemania: pérdida de Venecia, Istria y Dalmacia (incorporadas al reino de Italia); concesiones territoriales a los estados alemanes aliados de Francia. Desde esta más sólida posición, Napoleón estuvo en disposición de efectuar un reordenamiento del espacio alemán e italiano, que en parte se concretó en el asentamiento de miembros de su familia en nuevos estados. En Alemania, Prusia se vio forzada a aceptar Hannover (antigua posesión del monarca británico) a cambio de ceder el ducado de Cléveris, cercano al Rin, que junto con el ducado de Berg (hasta entonces pertenencia de Baviera) conformaron el nuevo Gran ducado de Berg, concedido a su cuñado Murat. Poco después (julio de 1806), se creaba la Confederación del Rin (16 estados alemanes confederados, en alianza militar con Francia), con Napoleón de protector, y con la exclusión de Prusia y Austria. Era el fin del venerable Sacro Imperio Romano Germánico. En Italia lo más importante fue la expulsión de los Borbones de Nápoles, reino concedido a su hermano José (1806); junto con la entrega a sus hermanas Elisa y Paulina de los principados de Piombino y Lucca (1805-1806) y Guastalla (1806) y la elevación de su hijastro Eugenio a virrey de Italia (1805), Italia quedaba mayoritariamente controlada por miembros del clan familiar. El acceso al poder de los napoleónidas se completó, en 1806, con la creación del reino de Holanda para el hermano menor, Luis.

La derrota austriaca había desarticulado la coalición antifrancesa, sin que por ello Gran Bretaña y Rusia firmasen la paz. Antes al contrario, las hostilidades se reanimaron con la entrada en la alianza de Prusia, al lado de rusos y británicos (Cuarta Coalición), temerosa de verse casi rodeada por un imperio francés que ya le había expulsado hacia el este. El ultimátum prusiano para la retirada de Francia al otro lado del Rin desencadenó una nueva guerra que, en poco más de medio año (entre octubre de 1806 y junio de 1807) y a lo largo de dos fases, supuso la victoria francesa sobre Prusia y Rusia. La primera fase (octubre de 1806) se saldó con aplastantes victorias francesas sobre el ejército prusiano (Iena y Auerstaedt). El enfrentamiento entre Francia y Rusia sobre territorio polaco, más largo e incierto, acabó en triunfo francés primero y en un acuerdo global después (tratado de Tilsit, julio de 1807), por el que ambos contendientes imponían su hegemonía sobre el resto de Europa. Los términos del tratado preveían la incorporación de Rusia al bloqueo continental contra Gran Bretaña, a cambio de compensaciones a costa del Imperio turco (Moldavia y Valaquia) y de Suecia (Finlandia) y el reconocimiento ruso del nuevo reino de Westfalia (concedido a otro hermano de Napoleón, Jerónimo), creado sobre territorios de estados alemanes del centro-norte aliados de Prusia. El estado prusiano, el gran perdedor, subsistía pero a costa de perder la mitad de su población y de su territorio, parte del cual servía para crear el Gran Ducado de Varsovia, confiado al rey de Sajonia y por ello ligado a la Confederación del Rin.

La alianza franco-rusa de Tilsit permitió a Napoleón concentrarse en la lucha contra el principal adversario del imperio, Gran Bretaña. Para derrotarlo el camino a seguir era el de la asfixia a través del bloqueo comercial (implantado por el decreto de Berlín, en noviembre de 1806), que se suponía que acabaría provocando una crisis económica generalizada y trastornos revolucionarios. Pero, para su efectividad, el bloqueo tenía que ser completo, sin resquicios para el contrabando y sin zonas libres de la costa europea accesibles a la marina británica, lo cual exigía el control del perímetro costero del continente y la persecución del tráfico ilegal. La búsqueda de un bloqueo bajo tales condiciones dio lugar a resultados indeseados, pues: a) desarticuló las economías relacionadas con Gran Bretaña (Francia no consiguió sustituir a aquélla como suministrador y comprador, pero se benefició de la desaparición de un competidor) y propició el sentimiento antinapoleónico en territorios aliados u ocupados y la negativa a unirse al bloqueo en los países independientes; b) para asegurar el cumplimiento bloqueo el Imperio realizó una política de anexiones, que aumentaron la desconfianza hacia Francia y acabaron conduciendo a nuevas guerras. A la larga, las consecuencias del bloqueo fueron desastrosas para Francia: no consiguió su propósito de dominar a Gran Bretaña y resultó en buena medida responsable de las fatales invasiones de España (1808) y Rusia (1812).

La intervención en la península Ibérica se planteó inicialmente como operación destinada a acabar con la independencia de Portugal, ligado a Gran Bretaña y por tanto no dispuesto a aplicar el bloqueo. De acuerdo con España (tratado de Fontainebleau, octubre de 1807) las tropas francesas entraron en Portugal y ocuparon Lisboa (noviembre de 1807). La presencia francesa en la Península ibérica acabó derivando en la ocupación de España, seducido Napoleón por las aparentes facilidades que la rivalidad entre el monarca Carlos IV y su hijo Fernando concedían a la empresa. El trono español pasó al hermano mayor de Bonaparte, José, (que a su vez cedió el trono napolitano a su cuñado Murat) pero el nuevo monarca tuvo que hacer frente a una insurrección antifrancesa que derivó en una guerra prolongada que fue minando las fuerzas del imperio napoleónico. De momento, hizo necesario el envío a España de la Grande Armée (noviembre de 180), lo mejor del ejército imperial, con Napoleón al frente, para acabar con la rebelión y expulsar al ejército inglés que había desembarcado en la península.

Esta circunstancia la aprovechó Austria, también descontenta con el bloqueo porque le afectaba negativamente la interrupción del tráfico entre el litoral adriático (Trieste) y Europa central, para entrar en una nueva guerra contra Francia, en alianza con Gran Bretaña (Quinta Coalición). Napoleón tuvo que abandonar precipitadamente el territorio español con parte del ejército para enfrentarse a los austriacos, a quienes consiguió vencer, aunque de forma más difícil y costosa que en la anterior confrontación, en la batalla de Wagram (julio de 1809), aunque la victoria no aseguró el apaciguamiento, pues el dominio dependía cada vez más de la presencia militar, como se encargaron de demostrar la insurrección en Tirol y los amagos de sublevación en Alemania. La paz de Schönbrunn (o tratado de Viena), firmada en octubre de 1809, estableció condiciones rigurosas para Austria, que perdía cerca de cuatro millones de habitantes (aproximadamente 1/6 de su población) y se veía privada del acceso al mar (cesión del litoral Adriático a Francia), así como de Salzburgo (a Baviera) y de Galitzia (repartida entre el Gran Ducado de Varsovia y Rusia).

Esta nueva victoria, junto con la estabilización de la guerra en la península Ibérica, permitió a Napoleón plantearse la consolidación del imperio y su ulterior reorientación. Es en este contexto en el que hay que situar la sucesión imperial: Bonaparte no tenía hijos de su matrimonio con Josefina, tras más de doce años de casados, aunque ambos tenían hijos de anteriores relaciones (Josefina, de su anterior matrimonio; Napoleón, en 1807, de su relación con la noble polaca María Walewsca). La anterior paternidad de Bonaparte parecía asegurar la posibilidad de tener heredero, siempre que se divorciase de Josefina, cosa que hará en 1809, y contrajese nuevo matrimonio. En este caso, podría enlazar con alguna familia real. El realismo del ministro austriaco Metternich, que creía conveniente, aunque de forma provisional, una alianza con Napoleón dada la debilidad de Austria, facilitó la boda con María Luisa (1810), hija del emperador Francisco I. Un año más tarde nacía el heredero.

La opción dinástica de Napoleón tuvo notables consecuencias: el enlace imperial --con la carga simbólica de ser otra Habsburgo quien venía a sustituir a María Antonieta menos de veinte años después de haber sido guillotinada por la revolución-- representaba un nuevo alejamiento de Napoleón de los principios revolucionarios, produjo descontento en el clan familiar, que se veía relegado por inesperados miembros, e influyó sobre el carácter del imperio. Ya, antes del Imperio, éste se orientaba desde la federación según el modelo carolingio (un eje París-Frankfurt-Milán, con el emperador como soberano de los reyes europeos, entre ellos los monarcas de su familia) hacia un carácter unitario (de acuerdo con el modelo del imperio romano), con centro en París, porque desagradaba a Napoleón la actuación de los miembros de su familia, más independiente de lo deseado, y deseaba acabar con el nacionalismo emergente en los reinos de Italia, Westfalia, Holanda y Nápoles. Tras el matrimonio y el nacimiento del heredero, se acentuó el carácter unitario y dinástico del Imperio: Roma sirvió de referencia histórica (el heredero fue nombrado rey de Roma en 1811) y las nuevas conquistas napoleónicas se unieron directamente al Imperio.

Si el matrimonio con la hija del emperador austriaco ayudó a la consolidación del Imperio, el distanciamiento de Rusia aportó un nuevo factor de inestabilidad. El empeoramiento de las relaciones francorusas obedecía a factores económicos y políticos. Entre los primeros hay que tener en cuenta el perjuicio que causaba a Rusia el funcionamiento del bloqueo, pues desarticulaba las relaciones comerciales entre rusobritánicas --exportaciones rusas de trigo y de suministros navales--, sin sustituirlas por otras válidas, pues Francia apenas importaba productos rusos y tampoco exportaba a Rusia manufacturas en cantidad y variedad suficiente. Entre los factores políticos destaca el descontento ruso por la creciente presencia francesa en el Gran Ducado de Varsovia, por la negativa francesa a aceptar un incremento paralelo de la influencia rusa en el Imperio turco y por las anexiones francesas de los Estados Pontificios (ocupados en 1808 e incorporados al Imperio en 1809), del reino de Holanda (en 1810, tras la abdicación de Luis Bonaparte) y de los territorios alemanes del mar del Norte (diciembre de 1810), motivadas por el deseo de asegurar una mayor

Francia durante el Consulado y el Imperio

El período que nos ocupa no estuvo solamente marcado por las guerras. Junto a las alteraciones de las fronteras europeas como producto de los conflictos armados y de los acuerdos diplomáticos que les siguieron, se produjeron cambios profundos en el ordenamiento político y social de la misma Francia y de los pueblos que sufrieron el impacto de la expansión francesa, de forma directa, al quedar incluidos en los límites del Imperio, o indirecta, sujetos a su influencia o, incluso, obligados a reformarse para resistirla. Vamos a considerar, en primer lugar, lo ocurrido en el corazón del Imperio, Francia, para, en el siguiente capítulo, hacer lo propio con los restantes territorios del Imperio y de las áreas adyacentes.

Orígenes y asentamiento del régimen napoleónico

El 9 de noviembre de 1799 (el 18 de Brumario, de acuerdo con el antiguo calendario revolucionario) un golpe de estado, planeado por elementos civiles que tuvieron en el joven general Napoleón Bonaparte la espada necesaria para imponer una solución de fuerza, acabó con el Directorio, el régimen que se había instalado sobre las cenizas de la dictadura revolucionaria simbolizada por Robespierre. En un contexto fluido en el que, tras el viraje conservador de Termidor (julio de 1794), realistas y jacobinos pugnaban por hacerse con el control del estado, la inestabilidad política que venía caracterizando al Directorio, falto de mecanismos de arbitraje entre un ejecutivo y un legislativo sujetos a renovación parcial cada año, facilitó que desde el mismo régimen hombres como Sieyès (miembro del Directorio y reputado autor, en 1789, del folleto ¿Qué es el tercer estado?), se decantasen por la implantación de un poder ejecutivo fuerte. La marcha de la guerra contra la Segunda Coalición, desfavorable a Francia por entonces (1799), y sobre todo los continuos bandazos del régimen, amenazado a derecha e izquierda, y la inseguridad interior (aumento del bandolerismo, agitación realista en Burdeos, Toulouse y oeste de Francia) atrajeron a esta idea a sectores de la burguesía financiera y de negocios, que, como compradores de bienes nacionales, se sentían en peligro tanto por los "anarquistas" como por el retorno de los emigrados. Faltaba disponer de apoyo militar, en forma de un general de prestigio: tras la muerte de Joubert y la renuncia de Moreau, Bonaparte, recién llegado de Egipto, fue el indicado. La solución de fuerza se procuró mantener, al menos formalmente, dentro de los márgenes de la legalidad: se trataba de imponer la dimisión de los Directores no conformes con el plan (2 sobre 5), convencer a los cuerpos legislativos de la necesidad de reunirse fuera de París debido a un supuesto complot jacobino y, una vez allí, mediante el soborno y la presión, conseguir que diesen su aprobación a los cambios institucionales que sancionasen la nueva situación. Aunque la ejecución del plan no se pudo hacer con la limpieza prevista, pues hubo que recurrir a la tropa para vencer la resistencia de los diputados, a la postre se lograron los objetivos: Sieyès y Ducos (ambos antiguos Directores) y Bonaparte, el nuevo hombre fuerte, recibieron plenos poderes como "cónsules de la República francesa" y se puso en marcha la redacción de una nueva constitución que había de regularizar la situación surgida tras Brumario.

La Constitución del año VIII (diciembre de 1799), aunque difería de las tres constituciones existentes desde el triunfo de la revolución, tanto por la forma de su elaboración (no fue discutida por una asamblea elegida a tal efecto, sino redactada por los beneficiarios de la nueva situación) como por su contenido (deliberadamente "breve y oscura", concedía amplios poderes a la cabeza del ejecutivo), no rompía por completo con los textos anteriores, ya que admitía, siquiera fuese nominalmente, la división de poderes y la soberanía nacional. De hecho, la Constitución filtró el ejercicio del voto mediante un mecanismo electoral indirecto, en tres grados (distrito municipal, ayuntamiento y departamento), perfeccionado en 1802 con la introducción de la riqueza como criterio: el último escalón del proceso estaría reservado a los 600 mayores contribuyentes de cada departamento. La apariencia participativa se completaba con el plebiscito, oportunamente invocado, y amañado, para sancionar el mismo texto constitucional.

La Constitución estableció al frente del gobierno un primer cónsul (Bonaparte), por un período de 10 años, renovable, con amplios poderes que desbordaban la esfera ejecutiva (iniciativa en la proposición de leyes, nombramiento de los ministros y de los miembros del Consejo de Estado --con funciones asesoras del primer cónsul-- así como de los jueces y otros altos funcionarios; dirección de la política exterior), acompañado de otros dos cónsules que sólo tenían voz consultiva. Frente a esta concentración de poder en la persona del primer cónsul, el legislativo disponía de atribuciones incompletas y se hallaba, además, fragmentado en varias cámaras: Senado, compuesto por miembros vitalicios, en parte elegidos por los propios cónsules, que debía velar sobre la constitucionalidad de las leyes y estaba encargado del nombramiento de tribunos y miembros del cuerpo legislativo. Tribunado, renovable por quintas partes cada año, que debía discutir los proyectos de ley presentados por el gobierno y exponer su opinión ante el cuerpo legislativo, pero no tenía derecho a voto. Y Cuerpo legislativo, igualmente renovable en 1/5 cada año, que oía la opinión de los tribunos y, sin capacidad de debatirla, debía aprobar o rechazar el proyecto de ley en voto secreto.

Al tiempo que se establecían las bases institucionales del régimen consular, éste procuró afianzarse neutralizando a aquellos sectores que, a derecha o a izquierda, disentían del él: a los realistas se les ofreció la oportunidad de integración, que muchos emigrados aprovecharon, pero se reprimió la revuelta realista en el oeste de Francia ("chouannerie") y se utilizó un complot contra la vida del primer cónsul (diciembre de 1800) para extender la represión a los jacobinos, cuyos principales líderes fueron deportados, pese a probarse con posterioridad la paternidad realista del atentado. Por otro lado, los triunfos militares sobre la Segunda Coalición también contribuyeron al asentamiento del régimen, que pudo abordar desde una posición favorable la negociación con la iglesia católica, enfrentada durante más de una década con la revolución y cuyo concurso era necesario para asegurar la pacificación, como muy bien comprendió Bonaparte ("no veo en la religión el misterio de la encarnación, sino el misterio del orden social"). La ascensión al solio de Pío VII (1800), menos beligerante que su antecesor, facilitó el acuerdo entre la Iglesia y el Estado.

El Concordato (1801) suponía una serie de concesiones y reconocimientos mutuos, de los que ambas partes se beneficiaron. La Iglesia asumió la irreversibilidad de las pérdidas sufridas durante la revolución (los territorios papales --legaciones-- incorporados al estado francés y las propiedades del clero convertidas en bienes nacionales) y renunció al carácter de religión oficial del estado que el catolicismo había tenido antes de la revolución. A cambio, obtuvo del Consulado el abandono de la Constitución civil del clero (que, desde su implantación en 1790, había enfrentado a la Iglesia y al estado revolucionario) y el derecho de investidura canónica sobre los obispos nombrados por el Estado, lo que, unido a la simultánea renuncia de todos los obispos, constitucionales o refractarios, y a la autoridad que el Concordato concedía a los obispos sobre el clero, aseguraba al Papado el control de la iglesia católica en Francia. En este nuevo contexto de reconocimiento mutuo, la Iglesia pasaba a ser sufragada por el Estado y era objeto de un tratamiento privilegiado: exención del servicio militar a los seminaristas; autorización de las procesiones; subvención a las misiones apostólicas en territorio francés; control episcopal de la enseñanza religiosa en las escuelas (1807) y permiso de restablecimiento de las congregaciones religiosas femeninas. Tratamiento que la iglesia recompensó haciéndose portavoz y difusor de las glorias imperiales (los curas leían en el púlpito los boletines de la Grande Armée), colaborando con las autoridades administrativas y aceptando el Catecismo imperial (1806), que precisaba los deberes de los cristianos para con su emperador: "amor, respeto, obediencia, fidelidad, servicio militar, los tributos ordenados para la conservación y la defensa del imperio y de su trono".

El afianzamiento del régimen corrió paralelo al fortalecimiento del poder de Bonaparte, quien, por su prestigio militar y su protagonismo como primer Cónsul, se encontraba en condiciones de capitalizar los éxitos exteriores y la pacificación interna. Las constituciones de 1802 y 1804 son los hitos más destacados en la marcha hacia esta concentración de poder. La primera, promulgada en agosto de 1802, aprovechando la popularidad de Napoleón tras las paces de Lunéville y Amiens y la firma del Concordato con la Santa sede (1801), aseguró a Bonaparte el ejercicio vitalicio del cargo de primer cónsul, con derecho a nombrar sucesor y a revisar e interpretar la constitución previo acuerdo con el Senado, que quedaba bajo la influencia de Bonaparte, al estar éste facultado para nombrar senadores suplementarios y, sobre todo, disponer de prebendas --"senatoréries"-- con que premiar a los senadores de su agrado. La Constitución aprobada en mayo de 1804 sustituyó la república por un Imperio hereditario, en la persona de Napoleón, tomando como pretexto la situación de orfandad a que se exponía el régimen en caso de fallecimiento de su primer cónsul, al carecer de un mecanismo de sucesión automática. Era la conclusión del camino hacia la concentración del poder iniciado en 1799, aunque se produjo no sin resistencias. Realistas recalcitrantes, junto con militares descontentos de su postergación todavía fueron capaces de urdir un complot contra la vida de Napoleón, descubierto en 1804 (complot de Cadoudal). Y, en la Asamblea legislativa y en el Tribunado, existió una tibia protesta contra las excesivas prerrogativas de Napoleón, acallada tras la renovación parcial de ambas cámaras en 1802 y, definitivamente, con la supresión del Tribunado en 1807.

Los últimos años del Imperio

En sus años finales el régimen napoleónico acentuó su carácter conservador y represivo, en tanto que la crisis económica le restaba apoyo social, pero su caída no se debió a estos factores, sino a la derrota militar, por lo que Napoleón todavía pudo retomar las riendas del poder y ejercerlo durante cien días hasta su destierro definitivo a Santa Elena.

La evolución conservadora del Imperio, puesta de relieve con la creación de la nobleza, se manifestó también en el terreno de la justicia, con un Código Penal (1810) cuya concepción del delito y de la reforma del delincuente se situaba a medio camino entre el Antiguo Régimen --en el que dominaba la idea de la venganza social, con penas arbitrarias, desiguales, extremadamente rigurosas y a menudo corporales-- y el Código Penal revolucionario de 1791, con penas fijas e iguales, menos rigurosas y no corporales. El nuevo código aumentó la dureza de las penas (mantenimiento de la condena a muerte y aumento de los supuestos de aplicación), restableció los castigos corporales (aunque no la tortura) y, en lugar de la pena fija implantada en 1791 y la pena a discreción del magistrado característica de la época prerrevolucionaria, estableció un baremo indicativo dentro del cual el juez tenía libertad de decisión.

La policía aumentó su poder, sin por ello llegar a alcanzar cotas de épocas más recientes, dado el menor desarrollo general del aparato del Estado. La represión policial obró al margen del control judicial, pero fue selectiva y se situó dentro de unos límites moderados, aunque resultó efectiva en la medida en que aseguró el control y la vigilancia de los descontentos. La censura también ayudó a esta tarea. Desde el inicio del régimen la prensa había estado a las órdenes del poder. Napoleón, conocedor de la importancia de la propaganda, se sirvió de ella: Le Moniteur fue el órgano oficial del gobierno, que asimismo utilizó el Bulletin de la Grande Armée para difundir los éxitos imperiales. Por esta misma razón, procuró controlar y limitar las publicaciones independientes: en 1810 se redujo el número de periódicos a uno por departamento y a cuatro en París. El mismo año la creación de una Dirección General de Imprenta y de censores imperiales supuso el establecimiento formal de la censura. Por entonces, episodios como el exilio de Madame de Stäel y la postergación de Chateaubriand, dos de las figuras intelectuales más importantes de la época y ambos críticos respecto a Napoleón, ya habían mostrado que la libertad de opinión no era tolerada.

La situación económica se agravó bruscamente en 1810, cuando una combinación de falta de mercados para la producción industrial francesa, debido al encarecimiento de las materias primas como producto del bloqueo, y de problemas en las finanzas provocados por la especulación, que impidieron atender las necesidades de crédito de la industria, condujo a una primera crisis. Sin tiempo para superarla, se superpuso en 1811 una crisis agraria, con sus secuelas de altos precios de las subsistencias y depresión de la actividad industrial. En 1812, cuando una nueva y más abundante cosecha permitía remontar la última crisis, la pérdida del mercado oriental europeo debido a las hostilidades con Rusia introdujo nuevos inconvenientes a la recuperación económica.

A estas dificultades económicas se añadieron nuevos factores de inestabilidad en los últimos años del régimen: el empeoramiento de las relaciones con Pío VII, tras la incorporación de los Estados Pontificios al Imperio (1809), acabó produciendo un distanciamiento entre la iglesia francesa y el Estado, con repercusiones entre los fieles; las nuevas exigencias en hombres y en dinero para hacer frente a una nueva guerra tras el fracaso de la campaña de Rusia suscitaron más resistencias de lo habitual. Pero la falta de una oposición organizada, inexistente desde los últimos años del Consulado gracias al éxito de la política combinada de captación y represión, permitió sobrellevar estos momentos sin otros sobresaltos que un disparatado complot militar (1812) y un perceptible aumento de insumisos y desertores. La caída del régimen, cuando ésta se produjo, la decidieron los ejércitos aliados, que también fueron los responsables de la restauración en Francia de la monarquía borbónica.

La persistencia de la popularidad de Napoleón entre el ejército y los campesinos y los trabajadores urbanos, junto a la falta de apoyo social de la monarquía restaurada, que ciertas actitudes revanchistas de sus partidarios contribuyeron a fomentar, posibilitaron que el militar corso llevase a buen puerto su última aventura: la que le condujo desde la isla de Elba, lugar de su confinamiento, a ser nuevamente aclamado como emperador en su paseo triunfal hasta París y a ejercer como tal durante Cien Días, hasta la nueva derrota (Waterloo) y la definitiva abdicación y destierro a la remota isla de Ascensión, en el Atlántico sur. Pero el retorno de Napoleón también puso de manifiesto el desapego de los notables y la desafección de algunos de quienes habían sido sus más cercanos colaboradores. Y es que la conservación de lo adquirido ya no pasaba por la continuidad del régimen.

La Europa napoleónica

En su expansión, la Francia napoleónica llevó mas allá de sus fronteras su modelo político y social, aunque al contacto con otras realidades este modelo perdió parte de sus características en aras de una mejor aceptación. Surgieron así, sobre buena parte de Europa, las bases de una nueva y más homogénea identidad, que, a pesar de sus contradicciones, sobrevivió hasta la derrota militar de Napoleón.

Las fronteras del Imperio

El Imperio napoleónico no fue una entidad estable en el tiempo, ni su evolución obedeció a un plan prefijado, como no fuese el de su constante expansión, aunque ésta tampoco tuvo unos pasos previstos, pese a que Napoleón, desde su exilio en Santa Elena, intentó presentarse como arquitecto de la unidad europea ("uno de mis mayores propósitos había sido la aglomeración, la concentración de los propios pueblos geográficos que las revoluciones y la política han disuelto o troceado"). La Francia que durante la Convención luchaba por conquistar y defender sus fronteras naturales dio paso a una Francia que, a lo largo del Directorio y del Consulado, desbordó estas fronteras a través de repúblicas hermanas y se constituyó, a partir de 1804, en el centro de un Gran Imperio, con estados satélites, para configurarse por último, tras la paz de Tilsit (1807), como impulsora de un Sistema continental que pretendía integrar como aliados en torno al Imperio a todos los estados continentales. El logro estuvo a punto de cumplirse (en 1808 solamente Suecia figuraba al margen), aunque por breve tiempo. Probablemente tampoco era éste el objetivo final. Tras la campaña de Rusia (1812) se produjo un rápido derrumbamiento de todos los sueños imperiales.

Si tomamos como punto de referencia la situación a inicios de 1812, las fronteras estrictas de la Francia imperial (la Francia gobernada directamente por el Emperador) abarcaban 750.000 km2, con 44 millones de habitantes y 130 departamentos: 102 dentro de las fronteras naturales heredadas de la República y 28 procedentes de territorios incorporados (9 departamentos en Holanda, 4 en la Alemania del mar del Norte, 15 en los Alpes e Italia). Pero los límites entre lo que era territorio formalmente integrado en el Imperio y lo que eran estados vasallos permanecieron fluidos: en una situación intermedia figuraban las provincias Ilirias y Cataluña, que llegó a dividirse, en 1812, en 4 departamentos bajo administración francesa.

Más allá del Imperio había una serie de estados vasallos: los reinos de España, Italia, Nápoles y Westfalia, el Gran Ducado de Berg y el Gran Ducado de Varsovia, también sujetos a una situación inestable: en su origen, habían sido cedidos mayoritariamente a miembros del clan familiar napoleónico, pero la actitud independiente de algunos de ellos, que no renunciaron a gobernar sin supeditarse a los intereses franceses, provocó tensiones y posteriores incorporaciones (Holanda, en 1810), en el marco de la tendencia a sustituir la fórmula federativa por el modelo unitario como organización del Imperio. Junto a los estados vasallos, y con un mayor grado de autonomía, existían federaciones ligadas al imperio por una alianza permanente: Confederación Helvética y Confederación del Rin (que en su momento de máxima extensión, en 1808-1809, comprendía 38 estados --entre ellos Baviera, Baden, Sajonia, Württemberg y Mecklemburgo--, 355.000 km2 y 14 millones de habitantes); pero también aquí los límites eran imprecisos: Westfalia y Berg formaban parte de la Confederación del Rin; el monarca de Sajonia era Gran duque de Varsovia. Dentro de algunos de estos territorios (en Alemania e Italia) existían feudos, áreas de menor entidad que Napoleón había concedido a personalidades ligadas al Imperio como recompensa por sus servicios; tales feudos tenían un grado de soberanía limitada y necesitaban, para la transmisión hereditaria, el consentimiento del emperador. Por fin, fuera de los límites del imperio, había estados aliados (Rusia, Prusia, Austria, Suecia), que mantenían con aquél acuerdos coyunturales, sujetos a las fluctuaciones de la política, aunque la intención del Imperio fuese la de convertirlos en permanentes.

A juzgar por la anterior descripción, el Imperio no era una entidad homogénea, sino un conjunto de estratos superpuestos: la Francia imperial (en la que a su vez podían diferenciarse la vieja Francia y las anexiones posteriores a 1792), los estados vasallos, las federaciones. Y entre estos componentes se daban diversos grados de desarrollo económico, estructuras sociales diferentes y una desigual integración en el Imperio, en función de los nexos que mantenían con éste, del tiempo de duración de los mismos y de la mayor o menor similitud de su sociedad con la de la propia Francia.

Sobre este escenario heterogéneo e inestable se procuraron implantar unas instituciones comunes, tomadas del modelo francés, aunque atemperándolo en función de la realidad del lugar sobre el que se aplicaban y el momento en que dicha aplicación se producía

La guerra contra Rusia

Rusia se enfrentó a Napoleón en 5 ocasiones.

La primera de ellas fue en 1799, en el curso de la Segunda Coalición antifrancesa. En 1799 las tropas rusas habían atravesado Europa hasta las fronteras francesas para colaborar con los aliados en la lucha. Sin embargo, las tropas rusas al mando del General Suvarov fueron derrotadas en Zurich en 1799. Inmediatamente después Rusia pidió la paz.

Hasta 1805 Rusia permaneció ausente de los asuntos europeos hasta que el nuevo Zar Alejandro I, deseoso de ser el vencedor de Napoleón, se sumó a la Tercera Coalición. En 1805 los ejércitos rusos, aliados de los austriacos, penetran en Austria.

Napoleón, después del desastre de Trafalgar, desiste de la invasión de Inglaterra y vuelve sus ejércitos contra los aliados. 8 cuerpos de ejército franceses penetran en Alemania, Italia y Austria copando y rindiendo en Ulm a un ejército austriaco que había ocupado Baviera, aliada de Francia. El avance de las tropas francesas a través de Austria amenazaba con copar al ejército ruso establecido en Bohemia al mando de Kutuzov. Éste se repliega hábilmente hacia la frontera rusa esquivando todas las maniobras para obligarlo a combatir. En Olmütz, se reúne con el cuerpo ruso de Buxhaven y otro cuerpo austriaco. Aquí empezaron los problemas para Kutuzov. La presencia de los Emperadores ruso y austriaco en el ejército provocó divergencias sobre cómo conducir la guerra y Kutuzov fue destituido del mando que asumió personalmente el Zar.

En Austerlitz, la batalla de los tres emperadores, Napoleón aniquiló la Izquierda Ruso austriaca y derrotó en toda la línea a los coaligados; sólo las órdenes de Kutuzov a la Guardia Imperial Rusa lograron que la derrota no se convirtiera en una desbandada sin paliativos. El avance de la Guardia Rusa, que había arrollado las primeras líneas francesas, sólo pudo ser detenido cuando la Guardia Imperial Francesa se puso en juego. La derrota obligó a Austria y Rusia a pedir la Paz.

La tercera vez, fue en 1807. Alejandro I, deseoso de vengarse de la humillación de Austerlitz, declaró la guerra a Francia aprovechando la entrada en guerra de Prusia. Las fuerzas rusas fueron vencidas en Friedland (Prusia) en 1807. La paz de Tilsit obligó a Rusia a sumarse al Bloqueo contra Inglaterra.

Por cuarta vez, en 1812, Rusia se enfrentó a Napoleón. Alejandro I se separa del Bloqueo a Inglaterra y Napoleón planeó ocupar Rusia. Reunió para ello un gran ejército aliado con tropas francesas, italianas, austriacas, alemanas y prusianas. Su objetivo era ocupar Moscú. Hasta entonces la ocupación de la capital del adversario había conducido a la victoria. Esta vez no sería así. Partiendo de Varsovia, el ejército napoleónico cruza la frontera rusa casi sin oposición avanzando hacia Moscú. En Okwstrovno tiene lugar la primera escaramuza que se salda con una derrota rusa. Napoleón maniobra para evitar que los dos ejércitos rusos de Barclay de Tolly (escocés al servicio de Rusia) y Bagration puedan unirse. Finalmente estos se unen en Smolensko pero son derrotados y obligados a retirarse. La situación rusa es desesperada y el Zar designa como General en Jefe a Kutuzov. Éste, consciente de la inferioridad rusa, planea no enfrentarse a Napoleón y dejar que el invierno ruso debilite a los franceses. En contra de su criterio, Kutuzov es obligado por el Zar a presentar batalla. En Borodino, entre Smolensko y Moscú, se desarrolla la más cruenta batalla de la época. En tres ocasiones los franceses rompen las líneas rusas y en tres ocasiones éstas se recomponen. Finalizó el día con los ejércitos ocupando sus posiciones originales. Napoleón, que esperaba continuar la batalla al día siguiente, sufre una decepción. Los rusos, que habían perdido la mitad de sus hombres, se retiraron durante la noche. El camino hacia Moscú estaba despejado. Kutuzov se retiró a Riazan abandonando la capital sin combatir. Napoleón entró en Moscú, abandonada por los habitantes pero Rusia no se rindió. La llegada del invierno puso en aprietos al Emperador que casi sin suministros, tuvo que emprender la retirada. Hostigado por el ejército ruso y los cosacos, la retirada acabó en un completo desastre.

La retirada de Rusia dio lugar en 1813, a la cuarta coalición antifrancesa y al quinto enfrentamiento franco ruso. Tras la derrota de Leipzig en 1813, los ejércitos europeos llegaron a la frontera francesa. Tras diversos combates, las tropas rusas entraron en París y Napoleón fue depuesto..

El bloqueo continental era la lógica consecuencia del deseo de Napoleón de aislar a Inglaterra para vencerla en el terreno económico, dada la práctica imposibilidad de conseguir su derrota por la fuerza de las armas ante un ejército que dominaba esencialmente en el mar. El bloqueo había sido utilizado ya por Francia y por la misma Inglaterra desde los primeros años del conflicto. Sin embargo, el bloqueo que practicaba Inglaterra tenia un sentido distinto al que pretendía aplicar Napoleón. Éste quería cortar absolutamente las importaciones de mercancías británicas para causar su ruina económica. Inglaterra nunca tenía el propósito de reducir por asfixia económica al país bloqueado, sino enriquecerse como país que practicaba el bloqueo. Así, había impuesto con frecuencia un bloqueo naval de los puertos europeos para interferir el comercio de los países del continente con sus colonias de América y beneficiarse con el incremento de sus propias exportaciones.La paz de Tilsit proporcionó a Napoleón el dominio de la Europa central y occidental y eso le llevó directamente al enfrentamiento con Inglaterra. Retomó la política que ya en este mismo sentido habían puesto en marcha la Convención y el Directorio mediante los decretos de Berlín (21 de noviembre de 1806), de Fontainebleau (13 de octubre de 1807) y Milán (23 de noviembre y 17 de diciembre de 1807). En su virtud, se prohibían en el continente todas las mercancías de procedencia inglesa y aquellas otras de procedencia neutral pero que estuviesen sometidas al control británico.Es conveniente destacar, como hace Stuart Wolf en su estudio sobre la Europa napoleónica, tres aspectos importantes del bloqueo continental impuesto por Napoleón a Inglaterra. En primer lugar, el bloqueo no era solamente una medida contra las importaciones británicas sino una forma de abrir los mercados continentales a los productos franceses en unos momentos en los que Francia había perdido su mercado colonial. En segundo lugar, el control del bloqueo exigió un amplio despliegue de fuerzas para vigilar unas líneas aduaneras tan extensas, y eso dio pie a abusos y a la modificación arbitraria por parte de Napoleón de algunas fronteras territoriales. Por último, si bien es cierto que el bloqueo continental era un lógico complemento de la ampliación del sistema imperial, también se convirtió en el propulsor de un control militar cada vez más acentuado.Inglaterra acusó los efectos del bloqueo continental, especialmente en el Báltico, donde su comercio quedó prácticamente interrumpido en el año 1808. Por otra parte, en el Mediterráneo se redujo a la mínima expresión con España y con Italia, pero Gibraltar y la isla de Malta se convirtieron en importantes depósitos de redistribución de mercancías inglesas de contrabando por el sur de Europa. No obstante, de ningún modo llegaba a compensar este comercio de las importantes pérdidas que estaba sufriendo en el Norte. También la economía inglesa se vio afectada por la actitud de los Estados Unidos, que habían tomado medidas de represalia contra una disposición inglesa de 1807 que obligaba a todos los navíos neutrales a tocar en un puerto británico y a pagar fuertes derechos aduaneros. Esas medidas consistían en la prohibición de que los barcos mercantes americanos zarpasen con destino a puertos extranjeros si no era con un permiso especial del propio presidente. Creía el presidente de los Estados Unidos, Jefferson, que restringiendo las exportaciones de productos como el algodón, los cereales o la madera americanos, tanto Francia como Inglaterra se verían obligadas a cambiar su actitud con respecto a los neutrales. Pero más daño causó aún una medida que entró en vigor en 1808, mediante la cual quedaban prohibidas todas las exportaciones inglesas a los Estados Unidos. Sin el mercado europeo y de América del Norte, Gran Bretaña vio disminuidas sus exportaciones en 1808 en un 25 por 100.En cuanto a la Europa continental, el bloqueo planteaba la necesidad de sustituir los productos coloniales, cuyo tráfico quedó interrumpido por el control del océano por parte de Gran Bretaña y, de otro lado, reemplazar las importaciones de productos industriales ingleses. Para solucionar el primero de estos problemas, el gobierno francés trató de estimular la producción de determinados productos agrícolas que pudiesen servir de alternativa a los productos ultramarinos. Así, por ejemplo, se llevaron a cabo experimentos para extraer el azúcar de la remolacha y suplir al azúcar de caña. La achicoria trataba de sustituir al café y en cuanto al algodón, se intentó incrementar la producción en el sur de Francia y en Italia. Pero todos estos ensayos dieron poco resultado y algunos de ellos terminaron con un rotundo fracaso.En lo que se refiere a la producción industrial, sólo la metalurgia conoció un crecimiento notable como consecuencia de las necesidades de la guerra, sobre todo en el centro de Francia, en Bélgica y en la orilla izquierda del Rin. La industria textil acusó una disminución importante, especialmente en lo que se refiere a las sederías italianas y a las fábricas de algodón de Alemania, las cuales tenían que surtirse con dificultades de la materia prima que llegaba de Oriente o a través del contrabando.Sin duda, el bloqueo continental, que era en realidad una guerra comercial mutua entre Francia y Gran Bretaña, iba a perjudicar más a aquella nación y a su imperio terrestre que a ésta, por la sencilla razón de que Inglaterra tenía una mayor capacidad de movimientos, no sólo para controlar lo que entraba y lo que salía de Europa, sino para abrir nuevos mercados en el ancho mundo con el fin de colocar los productos que no podía vender en el Viejo Continente. Para ello contaba con su potencial marítimo que le permitía dominar las comunicaciones y establecer lazos comerciales con otros países por muy alejados que estuviesen. Pero además, hay que tener en cuenta que las barreras para impedir la entrada de productos británicos en el continente europeo eran insuficientes y no sólo por el Mediterráneo, sino por el Báltico y el Mar del Norte, el contrabando se extendió de una manera considerable.A partir de 1809 la introducción de mercancías británicas por el Báltico y el Mar del Norte se intensificó considerablemente. Göteborg, en Suecia, se convirtió en el gran depósito de las mercancías inglesas, desde donde eran enviadas a Prusia o a Rusia en connivencia con las autoridades encargadas de impedir su entrada. La exportaciones inglesas a Suecia aumentaron ese año en un tercio con relación al año anterior, pero naturalmente su destino final no era el país escandinavo sino la Europa Central. Ante la imposibilidad de detener este tráfico ilícito, hasta Francia se abrió al comercio inglés en ese año y en el siguiente. Claro que las mercancías introducidas en Francia lo eran bajo la etiqueta de que procedían de países neutrales o de las colonias, aunque en realidad se trataba de un comercio de contrabando integrado por productos como maderas, hierros y productos medicinales. En marzo de 1809 se produjo también un cambio de actitud de los Estados Unidos con respecto al comercio británico facilitando la reanudación de sus intercambios. Asimismo, la negativa de las colonias españolas a reconocer a José Bonaparte como rey de España, contribuyó a que algunos de aquellos territorios se abriesen a las mercancías inglesas. Sobre todo, a medida que estas colonias comenzaron sus procesos emancipadores, se apresuraban a establecer relaciones comerciales con Inglaterra. Tal fue el caso de Caracas, La Plata, Nueva Granada y Chile, en 1810.El bloqueo continental impuesto a Inglaterra era, pues, un fracaso en 1809-1810. Por eso Napoleón trató de intensificar las medidas de control y para ello no tenía otro recurso que extender su dominio e imponer un mayor rigor en la administración de aquellos territorios en los que era más flagrante la violación del bloqueo. Entre 1810 y 1811, el Imperio napoleónico alcanzó su mayor extensión. Sus fronteras se extendían desde Hamburgo hasta Roma y comprendía 130 departamentos. Pero además en torno a él había todo un gran Imperio Occidental formado por una serie de monarquías y principados, gobernados en su mayor parte por familiares del emperador: el reino de Napóles, a cuya cabeza se hallaba José Bonaparte, quien pasaría a ocupar la Corona de España a partir de 1808; el reino de Holanda, cedido a Luis Bonaparte después del fin de la República Bátava en 1804; el reino de Westfalia, constituido en Alemania occidental con Hannover y los territorios arrebatados a Prusia y a cuyo frente había puesto Napoleón a su otro hermano Jerónimo; el gran ducado de Clèves y de Berg, encabezado por el cuñado del emperador, Murat. Además, los principados vasallos de Piombino, regido por Elisa Bonaparte; el de Neuchâtel, por Berthier; el de Benavente por Talleyrand, y el de Ponte-Corvo, por Bernadotte. Por último, estaba el norte de Italia, repartido entre el Imperio francés y el reino de Italia (el Milanesado, Venecia y la costa del Adriático) del que seguía siendo rey el mismo Napoleón con su hijastro Eugenio de Beauharnais como virrey. En total, un conjunto de territorios vasallos sobre los que Napoleón tenía un completo dominio.Los Estados europeos teóricamente independientes no escapaban a la influencia francesa. Dinamarca, Prusia y Austria se hallaban bajo su control mediante un tratado de alianza, y el rey de Suecia había designado como heredero a un mariscal de Napoleón, Bernadotte. Solamente Rusia, en razón de su situación y a causa de las relaciones del zar con Napoleón, conservaba una cierta libertad de acción. De esta forma, toda Europa prácticamente se convirtió en una Europa francesa en la que la influencia de los principios revolucionarios matizados por la legislación napoleónica configurarían un nuevo mapa de sus fronteras interiores, únicamente sostenido a base de la presencia militar. Sin embargo, la mayor parte de estos territorios soportaban mal este control y sólo esperaban un signo de debilidad por parte de su conquistador para zafarse de su dominio.

El emperador Napoleón tuvo que abandonar España precipitadamente a comienzos de 1809 a causa de la reanudación de la guerra por parte de Austria. El archiduque Carlos, hermano del emperador, que había reorganizado su ejército y se mostraba dispuesto a oponerse a la reciente extensión del dominio francés en Italia, lanzó en abril una ofensiva sobre Baviera. Napoleón, a pesar de que tuvo que recurrir a un ejército en el que abundaban ya los extranjeros y los contingentes más jóvenes, dio de nuevo muestras de su superioridad militar. En el mes de abril marchó sobre el Danubio e hizo retroceder a los austriacos hacia sus propias fronteras. El 13 de mayo entró en Viena y después de una larga y dificultosa persecución del archiduque Carlos hacia Bohemia, consiguió derrotarlo en Wagram el 5 de julio. El tratado de Schoenbrünn, firmado el 14 de octubre de 1809, volvía a imponer a Austria nuevos recortes territoriales que favorecían a Baviera, Varsovia y al propio zar, mientras que Francia se adjudicaba los territorios de Trieste y Dalmacia que recibían el nombre de Provincias Ilíricas. En abril de 1810, habiéndose divorciado de la estéril emperatriz Josefina, Napoleón se casó con la hija de Francisco I, la archiduquesa María Luisa, con lo que entroncaba así con la casa Habsburgo. Al año siguiente nacería el hijo y heredero de Napoleón al que se le otorgó el título de rey de Roma. Durante estos años se afirmó más el despotismo imperial y se fueron perdiendo aquellas características revolucionarias que estaban en los orígenes mismos del ascenso al poder de Napoleón. Ese despotismo lo sufrió en primer lugar la Iglesia católica, y una muestra de ello fue la detención del papa Pío VII el 6 de julio de 1909 y su reclusión en el palacio episcopal de Savona. Los cardenales que se negaron a asistir a su boda con la archiduquesa María Luisa fueron despojados de sus bienes y desterrados a provincias. En general, los católicos mostraron su desacuerdo con las medidas de Napoleón y se organizaron asociaciones religiosas secretas. El despotismo imperial se manifestó también en la represión policial contra todos aquellos que podían ser objeto de sospecha. Hubo muchos encarcelamientos sin intervención de la justicia en las prisiones del Estado de Vincennes, Mont Saint Michel, Joux y otras. La censura no sólo afectó a los periódicos, que quedaron reducidos a cuatro y que fueron obligados a reproducir los artículos del diario oficial Moniteur, sino a los escritores como Mme. de Staël, cuyo libro De l'Allemagne fue confiscado y destruido en 1810. La policía se convirtió, como decía una circular de 1805, en "el poder regulador que, sensible en todas partes sin que sea percibida, detenta en el Estado el lugar que tiene en el Universo el poder que sostiene la armonía de los cuerpos celestes cuya regularidad nos llama la atención sin que podamos adivinar la causa... Cada una de las ramas de la administración posee una parte que la subordina a la policía". Esa policía no estaba en manos de una sola persona, ya que eso hubiese sido demasiado peligroso. Fouché había sido apartado y junto al ministerio de la Policía, regido por Savary, se organizó una policía particular para cada ministerio y para el mismo Napoleón.La gran política de expansión y el mantenimiento de un gran ejército repartido por toda Europa exigía, por otra parte, un considerable esfuerzo económico que comenzó a recaer fundamentalmente sobre los bolsillos de los contribuyentes franceses a medida que disminuían los fondos de la Caja del Extraordinario, alimentada por los beneficios de las guerras. Los prefectos de los diferentes departamentos eran apremiados para recaudar más impuestos en unos momentos en que se iniciaba precisamente una crisis económica. La producción de riqueza en Francia había sido estimulada por la especulación, por el restablecimiento del orden y de la seguridad, por la intervención del Estado que había regulado las relaciones laborales, y por el propio bloqueo continental que había promovido la industria nacional. Sin embargo, las dificultades comenzaron a aparecer en 1811 a causa de la incapacidad del Imperio de abastecer a una Europa continental aislada del resto del mundo. Tanto en los puertos mediterráneos como en los hanseáticos y atlánticos, se registraba una paralización del comercio y las redes de comunicación interiores que tuvieron que abrirse no fueron suficientes para mantener las corrientes de intercambio existentes hasta entonces. Además, los países aliados y vasallos tenían la impresión de que los intereses franceses prevalecían sobre todos los demás, pues se impusieron unas tarifas aduaneras preferenciales para los productos industriales franceses. Las quejas contra el sistema continental se hacían más intensas en los países del oriente europeo. La dominación napoleónica no solamente imponía un régimen económico desventajoso para todos estos territorios, sino que ejercía una dictadura militar que anulaba las diversas nacionalidades existentes en ellos. Tarde o temprano, estos sentimientos iban a convertirse en revuelta contra aquella dominación. Sólo hacía falta una coyuntura favorable y esa coyuntura iba a facilitarla la campaña de Rusia. Desde la paz de Tilsit en 1807 se había venido aceptando la existencia de dos imperios en Europa: el de Napoleón en Occidente y el del zar Alejandro I en Oriente. Dicho equilibrio aparecía sellado por la amistad entre los dos mandatarios, aunque ni la ambición sin limites del emperador francés ni la disposición del zar ruso, reacia a dejar de participar en la política europea, hacían extremadamente sólido su acuerdo. El segundo matrimonio de Napoleón con María Luisa de Austria dio lugar al estrechamiento de la amistad franco-austriaca y con ella a la aparición de un nuevo reparto de influencias en Europa. Los motivos de fricción con Rusia no escaseaban y entre ellos podían contarse el asunto del gran ducado alemán de Oldenbourg, que pertenecía al cuñado de Alejandro y que había sido ocupado por Francia; la cuestión de Prusia, donde Napoleón se negaba a abandonar la línea del Oder; y el propio bloqueo continental cuya estricta aplicación estaba arruinando a Rusia que mostraba una actitud flexible ante el creciente contrabando y se negaba a aceptar la imposición de las mercancías francesas. Pero la chispa que hizo saltar el conflicto se produjo en el gran ducado de Varsovia, al que Alejandro consideraba como una amenaza. El 8 de abril de 1812, Alejandro conminó a Napoleón a que retirase todas sus tropas a la orilla izquierda del Elba, pero éste, lejos de hacerle caso, preparó un formidable ejército de alrededor de 700.000 hombres, de los cuales sólo un tercio eran franceses y cuyas vanguardias atravesaron el río Niemen a finales del mes de junio. Daba inicio así la última y la más terrible de las grandes campañas de Napoleón. Durante los años de 1811 y 1812, la tensión creciente entre los dos aliados de Tilsit había favorecido el reforzamiento de sus respectivas alianzas. Napoleón había obligado a Prusia a asegurarle el paso por su territorio y además había obtenido de ella aprovisionamientos a cuenta de la indemnización de guerra que aún no había sido satisfecha, y un contingente de 20.000 hombres. Austria se había comprometido a ofrecer a Napoleón un ejército de 30.000 soldados a cambio de la restitución de las Provincias Ilíricas. Por su parte, el zar había obtenido el apoyo de Suecia mediante un acuerdo con Bernadotte por el que a cambio debía ayudar a éste a conquistar Noruega a los daneses. Sus diferencias con los turcos quedaron también resueltas por el tratado de Bucarest (mayo 1812), con lo quedaba con sus espaldas libres de preocupaciones. La campaña de Rusia, a pesar del impresionante ejército que reunió en aquella ocasión, fue desastrosa para Napoleón. El problema no estaba en el ejército rival, que se hallaba formado por unos contingentes que no llegaban a la mitad de las tropas francesas, sino en las enormes distancias que éstas se vieron obligadas a recorrer en unas condiciones verdaderamente precarias a causa de la táctica de "tierra quemada" que practicaron los rusos. No era fácil asegurar el abastecimiento de aquellas masas humanas que se pusieron en marcha para atravesar un territorio devastado voluntariamente por sus habitantes para dificultar el avance del enemigo. El duro invierno de aquellas latitudes fue otro factor que jugó en contra del ejército napoleónico, y el historiador ruso Tarlé ha puesto de manifiesto también en el mismo sentido la importancia de la acción de la guerrilla surgida de entre los campesinos rusos. Sin duda, las condiciones en las que se vio obligado a desenvolverse aquel ejército eran muy distintas de aquellas otras de las tierras italianas en las que Napoleón había demostrado su pericia y su eficacia. Por otra parte, el ejército napoleónico no había evolucionado mucho desde la época revolucionaria. Como señala Georges Lefèbvre, "era una improvisación continua, cuyo poder reside en la exaltación del valor individual y en el genio de su jefe. En la organización de las diferentes armas, las innovaciones fueron de una importancia mediocre". Su principio de que "la guerra debe abastecer a la guerra", que había funcionado en campañas anteriores a causa de la brevedad de su duración y de la posibilidad de vivir sobre el terreno, no iba a servir en un país en el que todos los recursos habían sido destruidos. Napoleón organizó la campaña de Rusia dividiendo a su ejército en tres columnas: la primera debía marchar sobre Riga, en el norte; la segunda debía dirigirse hacia el sur para invadir Ucrania; la tercera, y la más importante, se encaminaría hacia Moscú bajo el mando directo del propio emperador. A pesar de su rápido avance, Napoleón no acertó a librar una batalla decisiva con su enemigo que no cesaba de retroceder. El 26 de junio llegó a Vilna, el 24 de julio a Vitebsk y a Smolenko el 16 de agosto. El comandante de las fuerzas rusas, Kutusov, decidió librar batalla ante Moscú y se estableció en Borodino con 120.000 hombres. Desde el día 5 al 7 de septiembre tuvo lugar un sangriento combate que dio un resultado indeciso. Napoleón no se atrevió a utilizar su Guardia Imperial para mantenerla en la reserva y eso permitió que los rusos pudiesen batirse en retirada ordenadamente. El 14 de septiembre los franceses entraron en Moscú que fue prácticamente destruida por un voraz incendio. ¿Fueron los soldados franceses o fueron los propios vencidos, los culpables de aquella catástrofe? Para algunos historiadores, el incendio fue causado por la falta de precaución de algunos soldados de Napoleón al encender fuego para calentarse en las casas de madera. Otros acusan al gobernador de Moscú, Rostopchin, quien, aunque siempre lo negó, se había llevado en su retirada las bombas contra incendios. Napoleón esperó vanamente durante unas semanas a que el zar le hiciese una oferta de paz, pero el 19 de octubre, temiendo que se le echara encima el invierno, ordenó la retirada. La vuelta fue terrible. El hambre, la fatiga, la falta de provisiones, el continuo hostigamiento de los cosacos y, sobre todo, el frío que hizo su aparición con unas temperaturas que alcanzaban los -20° , diezmaron a aquel ejército que daba una imagen bien distinta de la que había ofrecido al comienzo de la campaña. Después de innumerables penalidades, los supervivientes llegaban a Vilna el 9 de diciembre. De los 700.000 hombres que habían partido seis meses antes, sólo quedaban 100.000. De resto, unos habían muerto en los campos de batalla, pero la mayoría había perdido la vida en el camino y otros habían sido hecho prisioneros.Napoleón se había adelantado a su ejército para volver a París el 18 de diciembre, al enterarse de que el general republicano Malet había urdido una conspiración para hacerse con el poder el 23 de octubre, haciendo correr el rumor de la muerte del emperador. Aunque el golpe había fracasado y Malet había sido ejecutado, Napoleón quiso averiar personalmente cuál era la situación en la capital de Francia y hasta qué punto había peligrado el trono. Al volver a París, cedió el mando de las tropas al general Murat, pero la Grande Arrnée había dejado prácticamente de existir, con lo que faltaba el principal sostén del Gran Imperio. Con el desastre de Rusia surgieron por todas partes nuevos intentos de librarse del yugo napoleónico. A la resistencia nacionalista se unían el fracaso del bloqueo y las agitaciones en el interior de Francia de aquella oposición contraria al Imperio que ahora recobraba nuevo aliento. En 1813, el todopoderoso Napoleón se hallaba ya en una franca fase de declive. Paradójicamente, donde con más fuerza surgió ese movimiento nacionalista fue en Prusia, la única potencia europea que no había pactado hasta entonces con Bonaparte. El levantamiento de Prusia arrastró a toda Alemania, donde sus escritores habían llamado a los patriotas a la "guerra de liberación". Fichte, con sus Discursos a la nación alemana; Arndt, con su Catecismo a los soldados alemanes, y numerosos poetas, con sus panfletos y escritos, contribuyeron a despertar el sentimiento nacional. Presionado por esta opinión, Federico Guillermo firmó la paz con el zar Alejandro el 28 de febrero de 1813 (tratado de Kalich), y declaró disuelta la Confederación del Rin, conminando a los príncipes a abandonar a Napoléón. El barón de Stein, que se hizo cargo del gobierno prusiano después de la paz de Tilsit, había emprendido una importante labor de modernización administrativa, social y política que fue continuada por su sucesor Hardemberg. En el aspecto militar, también se había llevado a cabo en los últimos años una profunda reorganización, con el asesoramiento de uno de los más grandes teóricos de la guerra, Clausewitz, hasta convertir al ejército prusiano en una moderna máquina de guerra que nada tenía que envidiarle al ejército de Napoleón. De esta forma, en 1813 Prusia estaba perfectamente preparada para hacer frente a un Bonaparte en declive. Austria se mantenía expectante porque trataba de conseguir algunas ventajas de la situación de Francia, pero al darse cuenta de que Napoleón no accedería a sus deseos mediante la negociación, declaró rota la alianza con Francia el 14 de abril de 1813. Suecia, con el príncipe Bernadotte a la cabeza, entró también en escena, y Gran Bretaña y España no hicieron más que continuar la lucha que mantenían desde hacía varios años. Así es que todas las grandes potencias europeas acudían por primera vez unidas y simultáneamente a acabar de forma definitiva con el Imperio napoleónico. A pesar de las dificultades por las que había atravesado en la campaña de Rusia, Napoleón había sacado fuerzas para organizar un nuevo ejército, una buena parte de cuyos integrantes habían sido reunidos de entre las tropas que ocupaban España. Según Godechot, en la primavera de 1813, el ejército francés tenía de nuevo en pie de guerra alrededor de 1.000.000 de soldados, lo que le daba una aplastante superioridad sobre rusos y prusianos, cuyas tropas no superaban conjuntamente mucho más de los 100.000 hombres. Pero la moral de los franceses ya no era la misma y el propio Napoleón mostraba ya claros síntomas de cansancio y de agotamiento y no tenía esa claridad de visión de estratega de la que había hecho gala en los primeros años del Imperio.La campaña comenzó a finales de abril, cuando las tropas francesas entraron en Sajonia. En Lutzen fueron atacadas por los prusianos, pero pudieron seguir adelante hasta llegar a Bautzen el 21 de mayo, donde batieron a los rusos. Sin embargo, los ejércitos ruso y prusiano pudieron retirarse a tiempo y comenzaron a maniobrar en la frontera austriaca con el objeto de arrastrar al canciller austriaco Metternich a su campo. Éste se limitó a mediar y, a sugerencia del mismo Napoleón, presentó un plan de armisticio a los contendientes que fue aceptado el 4 de junio (Pleiswitz). Estaba claro que unos y otros necesitaban ganar tiempo para reorganizarse y recuperar fuerzas. Napoleón rechazó las condiciones de los aliados que le pidieron la supresión del ducado de Varsovia y de la Confederación del Rin, la autonomía de las ciudades hanseáticas, la restitución de las Provincias Ilíricas y la independencia de Holanda. En agosto se reanudó la guerra y el 26-27 de ese mes obtuvo Napoleón la última de sus grandes victorias en Dresde. No obstante, tuvo que replegarse hasta Leipzig para evitar quedar encerrado y allí se libró la "batalla de las naciones" entre el 16 y el 18 de octubre. Fue un encuentro encarnizado en el que los franceses perdieron a 60.000 hombres. En la retirada, una epidemia de tifus hizo aún más dramático el repliegue hacia el otro lado del Rin. Alemania recuperaba sus fronteras de 1804 y Francia se veía amenazada por una invasión de los aliados. El último asalto de esta guerra contra Napoleón se iba a desarrollar en suelo francés. Lo único que hacía falta es que los aliados se pusieran de acuerdo en los objetivos. Alejandro de Rusia quería entrar en París para desquitarse del incendio de Moscú y dictar desde allí sus condiciones de paz. Prusia quería también una victoria total, pero desconfiaba de una hegemonía rusa. Gran Bretaña quería separar la acción de Napoleón con la de Francia, a la que no quería aniquilar para poder mantener el equilibrio en Europa. Era partidaria de la independencia de Bélgica y por consiguiente no aceptaba el mantenimiento de las fronteras del Rin. Austria quería también el mantenimiento del equilibrio, pero no le importaba que Napoleón siguiese al frente de una Francia inofensiva y que se mantuviesen las fronteras del Rin. Por eso Metternich intentó hacer un ofrecimiento de paz a Napoleón sobre la base de un retroceso a las "fronteras naturales" de Francia que no fue aceptada.Los aliados iniciaron la ofensiva el 21 de diciembre de 1813 cogiendo por sorpresa a Napoleón, que no esperaba el ataque hasta la primavera. El avance se efectuó por las cuencas de los afluentes del Sena en un movimiento convergente que tenía como meta la capital francesa: Bülow, con los anglo-prusianos, descendió por el valle del río Oise; el viejo general Blücher, con los prusianos, lo hizo por el valle del Marne; Schwarzenberg, al mando de las tropas austriacas y rusas, por el del río Marne. Pero Napoleón, en un esfuerzo de recuperación que sorprendió a sus enemigos, consiguió hacerles frente por separado y detener su avance. Los aliados, ante este imprevisto, quisieron negociar y a este propósito se convocó una reunión en Chatillon-sur-Seine el 7 de febrero de 1814, a la que Napoleón envió como su representante a Caulaincourt. Pero las conversaciones se interrumpieron ante las exigencias de los franceses que entrevieron la posibilidad de batir por separado a los austriacos y a los prusianos. El 9 de marzo, Gran Bretaña, a través de su ministro Castlereagh, exhortó a los aliados a reforzar la coalición mediante la firma del tratado de Chaumont, por el cual las cuatro principales potencias: Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia, se comprometían a permanecer unidas durante veinte años y a impedir que Napoleón se mantuviera en el poder. No obstante, Napoleón no cedía, pero sus maniobras no consiguieron detener la marcha de los aliados que se presentaron ante París el día 30 de marzo, obligando a capitular a la capital de Francia que carecía de defensa. Todavía intentó Napoleón lanzar a lo que quedaba de su ejército para recuperar París, pero sus mariscales más ilustres, entre los que estaban Ney, Lefèbvre, Moncey Oudinot, se negaron a seguirle y le pidieron que abdicase. Bertier de Sauvigny cree que la Francia de 1814 había seguido a Napoleón más por miedo o por inercia que por entusiasmo o confianza. El pueblo, cansado de una guerra constante, deseaba la paz, no importaba a qué precio. El día 6 de abril, en Fontainebleau, el emperador firmaba su renuncia cuando en París el Senado había ya instituido ante los aliados un gobierno provisional presidido por Talleyrand hasta que llegase el rey Luis XVIII con el que había de restaurarse la Monarquía de los Borbones en Francia. Unos días más tarde, el 10 de abril, Wellington culminaba su avance desde la Península derrotando al general Soult en Toulouse, sin que ninguno de los contendientes supiese aún que Napoleón había ya capitulado.Los vencedores habían acordado enviar a Napoleón a la isla de Elba, frente a la costa meridional de Italia, donde recibiría una dotación anual por parte del gobierno francés. A María Luisa y a su hijo se les concedía el ducado de Parma así como unas rentas a la familia Bonaparte.El Tratado de París, firmado el 30 de mayo de 1814, obligaba a Francia a volver a sus fronteras de 1792, aunque se le respetaban algunos pequeños territorios como Mulhouse, Montbéliard, Chambéry, Annecy, Avignon y el condado Venasino, así como las colonias de Martinica, Guadalupe, Guayana, la isla de la Reunión y las factorías del Senegal y de la India.De esta forma, y aunque Napoleón tuviera que volver todavía a materializar un nuevo intento de recuperar el poder en aquel episodio conocido como los "Cien Días", terminaba todo un ciclo en la historia de Europa que había situado a todo el continente bajo la égida de uno de los personajes más sobresalientes de todo el siglo XIX y del que se han escrito incontables obras y estudios de carácter muy diverso, hasta convertirlo en un auténtico mito. Pero no sólo en el terreno historiográfico, la figura de Napoleón ha suscitado una gran atención, también los grandes músicos -Beethoven, Schumann, Schönberg, Prokofiev-, el cine, la literatura, y hasta la sociedad de consumo, se han sentido atraídos por la personalidad y por la obra de aquel petit caporal corso que llegó a emperador.Con motivo del bicentenario de la Revolución francesa se planteó entre algunos historiadores la polémica de si el hecho revolucionario en sí y, consiguientemente la obra napoleónica, eran, o no, un fenómeno inevitable para dar paso a una Europa profundamente cambiada y en expansión como fue aquella que nació en los albores del siglo XIX. Y aunque hay que reconocer que las corrientes de cambio profundo que movieron el mundo hacia adelante en aquellos tiempos habían comenzado antes de 1789, con la Revolución americana, con la impetuosa revolución industrial y con las revoluciones científica y cultural y con las transformaciones económicas que se estaban operando en todas partes, resulta difícil pensar que sin los acontecimientos que se produjeron en Francia a partir de 1789 y sin la participación de los genios individuales que le dieron impulso, la historia hubiera transcurrido por donde transcurrió. Quizá la clave de este cuarto de siglo con el que se abre la Historia Contemporánea sea -como ha afirmado David Thompson- en que fue demasiada la historia que se desarrolló en tan poco tiempo. El viejo orden hubiese desaparecido de cualquier forma, pero podría haber desaparecido más lenta y pacíficamente. Y de cualquier forma, "aquellos tiempos -como afirma el historiador inglés- fueron superabundantes de energías, extraordinariamente ricos en incidentes épicos y ejercieron un extraño atractivo y fascinación para las generaciones posteriores".

-La información la hemos sacado por medio de interne, estas son las paginas que hemos visitado para poder realizar el trabajo, puede ser que alguna pagina no vaya, pero a nosotros nos han ido todas:

- Este trabajo nos complementa el tema que estamos dando en clase de la revolución francesa, ya que Napoleón fue uno de los grandes protagonistas de la misma.

También nos ha servido para saber un poco mas sobre la vida del emperador francés, como era su imperio, países que conquisto, el consulado...

El trabajo, ha sido bastante difícil, ya que para poder encontrar las partes del trabajo hemos tenido que buscar en bastantes paginas web y en libros.

Número de página

Portada 1

Índice 2

Introducción 3

El Consulado 5

Imperio Napoleónico 9

Conquista de Europa 24

Bloqueo continental 27

Caída del imperio y resistencias nacionales 31

Bibliografía 40

Opinión personal 41

Trabaja realizado por:

-Idoia Belloso

-Alex Borras

-Marc Jovaní

-Fran Rodríguez

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