Naciones y nacionalismos

Ideología. Nación. Sociedad industrial. Sistema educativo. Movimientos nacionalistas. Construcción de naciones

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Lectura 5. Naciones y nacionalismos

Uno de los hechos más decisivos de la época contemporánea ha sido la difusión de la ideología del nacionalismo y la constitución de los esta­dos nacionales. La aparición del nacionalismo, concebido inicialmen­te como “principio de nacionalidad”, se remonta a la Ilustración, aunque fue la experiencia de la Revolución Francesa y el triunfo del romanticismo su gran caldo de cultivo. El rechazo romántico de la tradición ilustrada, así como el gran valor que da­n los románticos a las tradiciones populares, en especial la len­gua y la literatura, permite la postulación del pueblo como sujeto polí­tico frente al individualismo de raíz liberal.

La formación de los estados nacionales es un proceso lento, iniciado también en la época de las revoluciones liberales y que ha sido una tendencia constante hasta la actualidad. La sustitución de las monarquías absolutas y de los grandes imperios, así como la agrupación en una unidad superior de pequeñas repúblicas y principados, ha sido realizada a través del estado-nación, que se ha convertido así en la fórmula predominante de organización política del mundo contemporáneo. Aunque la gran eclosión del nacionalismo tuvo lugar en el siglo XX, tanto en la época de entreguerras como en el periodo de la descolonización, es en el siglo XIX cuando se delimitan sus principales orientaciones ideológicas y cuando se producen tanto las unificaciones nacionales clásicas en Europa (Italia y Alemania), como el despertar de las culturas nacionales sometidas al dominio político de imperios o estados plurinacionales.

A principios del siglo XIX existían en Europa tan sólo unas pocas comunidades políticas definibles como “estados-nación” (España, Por­tugal, Francia, Gran Bretaña, Países Bajos, Dinamarca y Suecia), tres imperios (Rusia, Austria y Turquía) y más de treinta grupos étnicos sin estado, incluidos algunos tan numerosos como los alemanes, en­tre los que destacaba el reino de Prusia. Doscientos años más tarde, casi todos estos grupos se han convertido en estados naciona­les o al menos han sido reconocidos como naciones. Durante el siglo XIX, a pesar del arraigo que lograron las ideologías nacionalistas, pocos grupos étnicos se convirtieron en estados-nación. Fue a partir de la 1ª G.M., con los efectos de la Revolución Rusa y el derrum­be de los grandes imperios europeos, cuando el principio wilsoniano de la autodeterminación de los pueblos alentó la creación de nume­rosos estados-nación.

1. Las dificultades de una definición: nación, ideología y mito.

Uno de los problemas que plantea el estudio del nacionalismo es la cambiante y variable naturaleza del mismo. Los términos “nación”, “nacionalidad” o “nacionalismo” se utilizan para designar fenómenos muy diferentes. Así, por ejemplo, hay un nacionalismo revolucionario, unido a las luchas del liberalismo y la democracia, y un nacionalismo conservador que añora la sociedad tradicional del Antiguo Régimen. Hay un nacionalismo de Estado y un nacionalismo “sin Estado”, de minorías dentro de un Estado. Hay nacionalismo en todas las potencias europeas antes de 1914, pero también, más tarde, en las colonias que luchan por su emancipación. El nacionalismo es un componente fundamental de los estados fascistas pero también hay nacionalismo de Estado en los países democráticos, así como reivindicaciones nacionalistas (incluso, nacionalidades reconocidas) en el seno de los mismos.

Al margen de la confusión en torno a los conceptos, la tipología y las diferentes teorías explicativas, el término “nación” y los conceptos de él derivados parecen expresar algo muy importante en los asuntos humanos, pero ¿qué exactamente? No es fácil contestar.

La ideología del nacionalismo no es unívoca desde sus propios orígenes. Confluyen en ella una gran diversidad de tradiciones de pensamiento y de lealtades de los individuos. La palabra “nación”, en su acepción medieval, designaba a los nacidos en un mismo lugar, pero carecía de dimensión política. Es en el tránsito de la Ilustración a la sociedad liberal cuando adquiere el sentido más preciso de una comunidad política determinada. Incluso durante el siglo XIX permanecerá la indefinición del término, al aplicarse a entidades bien diferentes. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XIX, la nación se identificó cada vez más claramente con un grupo étnico. Según el historiador checo Miroslav Hroch, la nación responde a la existencia de un grupo humano dotado no sólo de relaciones internas (económicas, culturales o religiosas), sino de una conciencia colectiva de pertenencia al grupo y una memoria compartida de un pasado común, real o imaginado, entendido como destino.

A. Las grandes corrientes ideológicas del nacionalismo.

La nación, por tanto, se convierte en el lugar de encuentro de los que luchan contra el absolutismo político, pero también de los que hablan una misma lengua y tienen una misma cultura. Admite, pues, posiciones muy distintas. Esta divergencia ideológica se puede rastrear ya en la propia Ilustración europea, con Locke o Montesquieu por una parte y Rousseau o Herder por la otra. En general, se han podido distinguir dos grandes tipos de ideología nacionalista: a) la orgánico-historicista, de raíz cultural, y b) la voluntarista, de orientación liberal. En nombre de cada uno de ellos, aunque con dosis diversas de cada uno de estos tipos de nacionalismo, se forjaron los estados-nación en toda la época contemporánea.

a. La nación romántica o esencialista.

El nacionalismo de carácter orgánico tiene su mejor expresión en la corriente de la Ilustración alemana, a través de la figura de Johann Herder, que escribe sus principales obras en el último tercio del siglo XVIII. Herder considera que la humanidad está formada por pueblos y no por individuos. Los pueblos, a lo largo de su historia, son capaces de forjar un carácter peculiar, en muchos casos invariable, que deriva de su propio espíritu, el volksgeist (“espíritu del pueblo”). Los pueblos que poseen ese espíritu propio, que se manifiesta en sus manifestaciones culturales, son los que ocupan la historia de la humanidad. Por eso observaba Herder que “los eslavos ocupan más espacio en la tierra que en la historia”.

La posición herderiana, de carácter idealista y cultural, se refuerza desde principios del siglo XIX en Alemania con ocasión de la lucha de liberación nacional que Prusia acomete contra el expansionismo napoleónico. Durante la ocupación, el filósofo Johann Fichte publica sus Discursos a la nación alemana (1807), que agregan a la orientación cultural herderiana la dimensión política necesaria para pasar de la nación-cultura a la nación-estado. Fichte establece dos ideas de gran trascendencia. La primera es que ningún poder externo tiene derecho a imponer sus normas a un pueblo; la segunda es que todo pueblo que dispone de un carácter cultural propio tiene el derecho a convertirse en estado nacional, dado que sólo de ese modo logrará realizar todas sus potencialidades endógenas.

Las ideas de Herder y de Fichte suponían una crítica de la visión ra­cionalista de la Ilustración francesa. Frente a la concepción del individuo como sujeto universal de derechos, Herder estable­ce el concepto de pueblo, definido por sus valores culturales específicos (lengua, costumbres, arte, tradiciones). La consecución de estos valores sería el fruto de una acción colectiva, forjada a lo largo de la historia, y que sólo se podría explicar en virtud de la existencia de un “espíritu del pueblo”. De aquí deriva esta idea de la nación orgánica e historicista, porque los referentes que la definen son objetivos, independientes de la voluntad de los individuos y fruto de un largo proceso histórico. Las naciones, en este supuesto, preexisten a los Estados, lo que significa que todo pueblo que ha sido capaz de forjar una cultura nacional debe adquirir su madurez histórica en la forma de un estado nacional. Es lo que en la filosofía de la historia de Hegel se denomina el logro de la “autoconciencia”.

Estamos, pues, ante la nación “romántica” (o “esencialista”). Esta idea, que pone el acento en las raíces culturales (lengua, historia, religión...) comunes, en vínculos naturales, tiene un fuerte componente afectivo: inscrita en mi ser antes de que yo razone y elija, la dimensión nacional se experimenta como una relación de filiación, expresada en la imagen de la madre-patria. La nación es una realidad independiente de la voluntad de los individuos, que pertenecen irreversiblemente a una entidad (la nación) con un destino propio, distinto al de las demás naciones. La nación es así una diferencia natural absoluta, un valor que hay que preservar a cualquier precio. Enraizada en un pasado inmemorial (“la noche de los tiempos”), la nación tiene sus elementos identificadores que marcan su particularismo o “hecho diferencial”: la cultura, el idioma, la historia, la religión y, en algún caso, incluso “la raza”.

b. La nación contrato o voluntarista.

La otra gran corriente ideológica del nacionalismo es la denominada liberal, que, sin despreciar los elementos orgánicos, da protagonismo a los aspectos voluntaristas del individuo para formar parte de una unidad política definida como nación. La nación sería la consecuencia de una decisión vo­luntaria de los miembros de una comunidad política. Es lo que quiere expresar la conocida definición de Ernest Renan (Qué es una nación, 1882), de que “la existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”, dado que su vigor depende de la solidaridad mutua de los miembros de la nación y de su “deseo claramente expresado de continuar la vida en común”. Renan insiste en este carácter volitivo del “derecho de nacionalidad”, al descartar como fundamentos del mismo aspectos como la raza, la religión, la lengua o el territorio. Tan sólo le concede un valor específico a la memoria y al pasado común, porque la nación se funda­menta asimismo en el recuerdo de sus muertos.

También en este tipo de nacionalismo se pueden rastrear influencias de la época ilustrada (Locke, Montesquieu) pero sobre todo del pensa­miento revolucionario francés, dado que fue en aquel momento cuan­do mejor se definió la nación como la voluntad de ser “algo” (Sieyés) y se crearon los principales instrumentos de identificación entre nación y estado. La definición liberal del nacionalismo es esencialmente de ori­gen francés, pero ha arraigado en gran parte de las corrientes naciona­listas europeas, en especial en Italia. Dado que Italia no era mucho más que “una expresión geográfica”, como la había definido despectiva­mente Metternich, el recurso a los factores orgánico-historicistas no era decisivo para fundamentar su principio de nacionalidad. Ésta es la ra­zón por la que los teóricos italianos, como Giuseppe Mazzini o Pasquale Mancini, insistieron en el concepto de “conciencia nacional” como elemento desencadenante de la lucha a favor del Estado nacional.

Se trata, pues, de la “nación contrato” (o “voluntarista”). Así entendida, la nación se inscribe en una perspectiva constructivista. Más que un “cuerpo al que se pertenece”, la nación es un “edificio que se construye” a partir de un vínculo contractual establecido voluntariamente. Pertenecer a una nación no es algo determinado por la naturaleza: no se nace, “se hace” uno francés por la libre adhesión al contrato social, base de la comunidad nacional. Las naciones no son entidades naturales, sino políticas, configuradas no tanto por un lazo afectivo como por la adhesión de los ciudadanos a unos principios recogidos en una Constitución. Sus límites no responden a criterios geográficos ni culturales, sino que se circunscriben al territorio donde son aceptados y aplicables los principios constitucionales.

c. Criterios objetivos y mitos.

Por otra parte, es totalmente imposible descubrir algún criterio satisfactorio que nos permita decir cuáles, entre las numerosas colectividades humanas, deberían etiquetarse como naciones. Ha habido muchos intentos de fijar criterios “objetivos”, ya sean únicos como la lengua o la etnicidad, o una combinación de varios, como la lengua, el territorio común, la historia común, rasgos culturales, etc. Todos ellos presuponen la idea de que la nación existe a priori, de forma objetiva. Estas definiciones han fracasado porque los criterios que suelen usarse son borrosos, cambiantes, ambiguos y tan inútiles para que el observador se oriente como las formas de las nubes para guiar al viajero. Las definiciones que aportan los propios nacionalistas varían enormemente y entran en conflicto unas con otras (por ejemplo, el punto de vista húngaro es incompatible con el eslovaco). En cambio, esos criterios supuestamente objetivos son utilísimos para los fines propagandísticos y programáticos, ya que dan apariencia de objetividad donde no existe en absoluto.

Según la definición más usual, forma una nación todo pueblo que tenga algunos puntos comunes fundamentales: una lengua, una cultura (costumbres, formas de vida), una historia. Pero si esto fuera así, ninguno de los Estados del siglo XIX, ni siquiera los más antiguos, ni ninguno de los movimientos que aspiraban a construir un Estado, podía definirse coherentemente como nacional. Por ejemplo, el idioma hablado por alsacianos y bretones no era el francés, ni lo que hablaban escoceses o galeses era inglés, y era difícil que en Italia se entendieran toscanos, sardos o sicilianos. “El idioma tiene que ser uno solo, como una sola es la República”, habían proclamado los jacobinos, pero en 1863 las encuestas oficiales reconocían que un 25% de la población hablaba un idioma distinto al francés. En Italia, en los años de la unificación, el dialecto siciliano sonaba “muy africano” a los oídos de los toscanos, mientras que a los maestros que el Estado italiano envió a Sicilia se les tomó por ingleses: los que hablaban el italiano oficial eran unos 600.000, apenas el 2'5% de la población.

Los estados del siglo XIX tampoco eran coherentes en el campo del saber popular y de los valores vigentes, de los ritos colectivos, las culturas materiales, las tradiciones artesanales, las formas de preparar alimentos y bebidas, las tipologías arquitectónicas, la utilización de las tierras, las unidades de medida, por no hablar de las raíces históricas. Los mil dialectos reflejaban la cultura de áreas restringidas poco comunicadas entre sí.

El que la nación (base y legitimación del Estado del siglo XIX) pudiera identificarse con una lengua, una cultura o una etnia, respondía muy poco a la realidad de una Europa fragmentada en comunidades de aldea, en mercados reducidos, en universos culturales y materiales que ocupaban un valle o una llanura. La gente de campo vivía normalmente en un mundo que carecía del sentido del gran espacio circundante y que se recluía en límites y trámites concretos como, por ejemplo, el que comunicaba el pueblo con el lugar del mercado.

Los estados nacionales surgen de la iniciativa de elites políticas, militares e intelectuales, no de movimientos de masas. Buscar una conciencia nacional colectiva en los estados del siglo XIX produce resultados decepcionantes. La nación de Bismarck está dividida entre católicos y protestantes, entre campesinos y habitantes de las ciudades, entre alemanes y eslavos, etc. Lo que sucede en Alemania, Bélgica, Italia, etc. es un proceso en el que factores dinásticos, relaciones de poder militar, intereses económicos, cohesiones de mercado y afinidades estructurales, bajo el impulso de elites cultas, crean los estados, los cuales tienden a legitimarse como expresión de comunidades nacionales. Al revés de lo que creen los ideólogos nacionalistas, la identidad entre Estado y nación, más que el destino de un pueblo, es una construcción posterior a la formación de la unidad política.

Para Breuilly, Gellner, Hobsbawm y otros estudiosos serios no existe la nación como un entidad social primaria invariable. No es algo “natural”; eso es un mito. Lo que existe es el nacionalismo, es decir, el movimiento político que exalta en todos los órdenes los rasgos de un grupo humano (al que considera “nación”) y pretende dotarlo de un Estado soberano.

B. Sociedad industrial, sistema educativo y nacionalismo.

Entre las variadas teorías explicativas del fenómeno nacionalista, nos detendremos, por su interés, en la de Ernest Gellner, para quien el nacionalismo debe entenderse en el contexto de la sociedad industrial y de los profundos cambios sociales y culturales operados en el tránsito de las sociedades tradicionales a las industriales.

La sociedad industrial es la única que ha vivido y depende del crecimiento constante. No es extraño que fuera la primera sociedad que creó el concepto y el ideal de progreso. En el pasado hubo muchas sociedades que realizaron ocasionalmente nuevos descubrimientos, e incluso a veces las mejoras llegaron en legión. Pero, al contrario que en la sociedad industrial, ese desarrollo nunca fue perpetuo, ni tampoco se esperó que lo fuera. La sociedad industrial, en cambio, depende del crecimiento económico constante, estrechamente ligado al científico-técnico. No podemos entender el origen del nacionalismo sin situarlo en el contexto de esa sociedad en perpetuo crecimiento y, particularmente, sin comprender las transformaciones que se producen en las relaciones entre gobierno y cultura respeto a las existentes en la sociedad tradicional.

El crecimiento económico y productivo requiere una gran movilidad en las actividades humanas y en las funciones que se desempeñan. La antigua estabilidad de la estructura funcional social es sencillamente incompatible con el crecimiento y la innovación. En la sociedad industrial los cambios son continuos, la propia persistencia del cambio ocupacional se convierte en característica permanente del orden social. El nacionalismo tiene su raíz en una división del trabajo compleja y, siempre y acumulativamente, cambiante.

Este cambio continuo y acelerado, tanto del propio sistema funcional económico como de la ocupación de lugares dentro de él, tiene ciertas consecuencias importantísimas. Normalmente las personas que en él se insertan no pueden ocupar la misma casilla toda su vida, y raras veces pueden situarse en ella durante generaciones. La consecuencia de esta movilidad es cierto igualitarismo. La sociedad moderna es igualitaria porque es móvil, y ha de ser móvil porque la satisfacción de su inmensa sed de crecimiento así lo requiere.

Se trata de una sociedad que no puede levantar barreras de rango, casta o estamento demasiado elevadas porque ello pondría trabas a la movilidad. Los humanos pueden aguantar tremendas desigualdades si éstas son estables y están santificadas por la costumbre. Pero en una sociedad tan móvil como la industrial, la costumbre no tiene tiempo de santificar nada. Evidentemente, la estratificación y la desigualdad existen, y a veces de forma muy acusada, pero tienen un carácter más discreto, atenuadas por cierta gradualidad de las diferencias de riqueza y categoría. Comparada con la sociedad agraria, esta sociedad es móvil e igualitaria.

Otro rasgo diferenciador de la sociedad industrial es que en ella la mayor parte de la educación que reciben la mayoría de sus miembros es de tipo genérico, no está conectada específicamente con una actividad profesional sumamente especializada y, además, la precede. Es curioso que, siendo la sociedad industrial en muchos aspectos la más especializada que haya habido nunca, su sistema educativo es, sin duda, el menos especializado, el más universalmente estandarizado de todos los tiempos. Todos los niños y adolescentes, o la mayoría de ellos, reciben la misma clase de formación o educación hasta una edad relativamente avanzada.

Aunque este hecho pueda parecer a primera vista paradójico, la generalización de una formación genérica desespecializada es absolutamente necesaria y coherente con la sociedad industrial. La clase de especialización que se requiere en la sociedad industrial descansa precisamente sobre el cimiento de una formación desespecializada y estandarizada.

Un ejército moderno lo que hace en primer lugar es someter a sus soldados a un adiestramiento genérico común, que les hace adquirir e interiorizar el idioma, el ritual y los fundamentos básicos del ejército en conjunto, y sólo después se les da uno más especializado. Se supone que todo recluta debidamente adiestrado puede ser reciclado de una especialidad a otra sin demasiada pérdida de tiempo. En este aspecto, una sociedad moderna es como un ejército moderno, pero a mayor escala. Proporciona a todos los reclutas un adiestramiento largo y bastante completo: alfabetización, cálculo, hábitos de trabajo y familiarización con los fundamentos técnicos y sociales básicos. Para la gran mayoría de la población las técnicas distintivas que implica la vida laboral se superponen al adiestramiento básico y se supone que quien ha adquirido dicho adiestramiento común puede ser reciclado para la mayoría del resto de los trabajos sin demasiada dificultad.

El ideal de la alfabetización universal y el derecho a la educación forman parte importante de los valores modernos. Vivimos en un mundo en el que la transmisión personal, informal, de conocimientos ya no puede darse, entre otras razones porque las estructuras sociales en cuyo interior podía darse tal transmisión ya no existen. De ahí que la única clase de conocimiento que cuenta sea el que está autentificado por centros oficiales de enseñanza. Todo esto sugiere que esta educación general, estandarizada y genérica desempeña realmente un papel importante en el funcionamiento de la sociedad moderna y que se trata de algo más que palabrería y retórica.

Mientras que en las sociedades agrarias se educaba a los jóvenes mediante un aprendizaje sobre el terreno, sin forzar el ritmo, como parte integrante del discurrir general de la existencia, y sin contar demasiado, o en absoluto, con especialistas educativos (salvo una minoría que recibía un adiestramiento especializado), e la sociedad industrial, en cambio, hay un adiestramiento que exige la intervención de especialistas y de instituciones educativas.

Una sociedad como la industrial basada en el crecimiento constante y en la creencia en un perpetuo aumento de las satisfacciones, cuya legitimidad depende de su capacidad para mantener y satisfacer esas expectativas, se ve abocada a una innovación constante y, por ende, a una estructura ocupacional cambiante. En consecuencia, sus miembros deben estar preparados para su redistribución en nuevas tareas (de una generación a otra con certeza, y durante la vida muy a menudo). De ahí la importancia del adiestramiento genérico.

Pero no sólo la movilidad y el reciclaje exigen ese adiestramiento, sino también el contenido de la mayoría de las actividades profesionales. Prácticamente todos los trabajos implican un intercambio de comunicación con otra gente o la manipulación de máquinas, lo que exige un lenguaje estándar comprensible para todos. Por primera vez en la historia llega a usarse de forma general una comunicación explícita y precisa. Las sociedades anteriores eran cada una funcional, jerárquica y significativa y no estaban perfectamente unificadas, sino que se componían de submundos dotados cada uno de su propio lenguaje y de su propia lógica. En la sociedad tradicional, los lenguajes de la caza, la agricultura, los diversos rituales, la cocina, etc., formaban sistemas autónomos. Juntar asertos extraídos de campos dispares carecía de sentido. Por otra parte, en las cerradas comunidades locales del mundo tribal y agrario, el contexto, el tono, el gesto, el rango y la situación lo eran todo a la hora de comunicarse. La claridad y la formulación precisa y reglada se dejaba a los juristas, teólogos o especialistas en ceremonias y era parte de sus misterios. En cambio el nuevo mundo era unitario.

En resumen: ha surgido una sociedad basada en una tecnología sumamente poderosa, con una expectativa de crecimiento sostenido y que, además, exige tanto una división del trabajo móvil como una comunicación continua, habitual y precisa entre extraños, que implica un significado explícito común es decir, un idioma estándar. En esta sociedad el individuo debe ser adiestrado por especialistas y no por su grupo local, si es que pertenece a alguno. El grado de alfabetización y competencia técnica que se exige como moneda corriente a los miembros de esta sociedad para tener posibilidades reales de empleo y gozar de una ciudadanía honorable plena y efectiva, es tan elevado que no puede ser proporcionada por las unidades de parentesco o locales al uso. Sólo lo puede hacer algo similar a un sistema educativo “nacional” moderno.

El nacionalismo, la organización de grupos humanos en unidades grandes, educadas de forma centralizada y culturalmente homogéneas, tiene una base profunda en exigencias estructurales propias de la sociedad industrial. No es un movimiento fruto de una aberración ideológica ni de un exceso emocional. Aunque los nacionalistas, por lo general, no entiendan lo que hacen, el movimiento es la manifestación externa de una profunda modificación que además es inevitable.

Hoy en día la posibilidad de emplearse, la dignidad, la seguridad y la autoestima de las personas se basan normalmente en su educación y los límites de la cultura en la que se han educado son también los límites del mundo en el que moral y profesionalmente saben vivir. La educación provee al individuo de identidad.

La educación por especialistas es hoy la norma general. Las familias ponen a sus hijos en manos de un sistema educativo que es el único que puede suministrarles el amplio campo de adiestramiento que requiere la base cultural genérica. Así adquiere el individuo los fundamentos y las escalas de valores que hacen que sus congéneres le acepten, que le capacitan para asumir puestos en la sociedad y que le convierten en “lo que es”. Esta infraestructura educativa es de grandes dimensiones, inexcusable y cara. Su mantenimiento parece estar fuera del alcance incluso de las mayores y más ricas organizaciones de la sociedad, tales como las grandes empresas industriales.

Se acabó la época en que la educación era una tarea familiar, en que las personas se formaban dentro de la aldea o el clan. Es precisamente la obligatoriedad de recibir una enseñanza estandarizada la que da la pista principal de por qué Estado y cultura deben vincularse, cuando en el pasado su conexión era débil, fortuita y, a menudo, escasa. A partir de aquí es más fácil explicar el nacionalismo y por qué vivimos en una era de nacionalismo.

La organización de la sociedad agraria no propicia en absoluto el principio nacionalista, ni la convergencia de las unidades culturales y políticas, ni mucho menos la homogeneidad cultural dentro de cada comunidad política. Muy al contrario, y como ocurrió en la Europa medieval, genera unidades políticas que son unas veces menores y otras mayores de lo que indicarían las fronteras culturales. Sólo en muy contadas ocasiones produjo un estado dinástico que respondía en mayor o menor medida a un lenguaje y a una cultura.

Por el contrario, la homogeneidad cultural es uno de los rasgos que acompaña a la sociedad industrial. No se trata de que el nacionalismo imponga la homogeneidad, sino de que una necesidad objetiva e inevitable de la sociedad industrial impone una homogeneidad que acaba aflorando en forma de nacionalismo.

Siendo así, la era de la transición al industrialismo estaba abocada a ser también una era de nacionalismo, un período de ajuste turbulento en el que las fronteras políticas, las fronteras culturales, o ambas, habrían de modificarse para satisfacer el nuevo imperativo nacionalista que se empezaba a hacer palpable. Como los dirigentes no ceden territorios de buen grado, como el cambio de la propia cultura es a menudo doloroso, y como además había también culturas rivales que se disputaban el respaldo de la gente, la consecuencia es que el período de transición estaba abocado a ser un período violento y preñado de conflictos.

2. Procesos y movimientos nacionalistas hasta 1870.

A. El problema de las naciones “pequeñas”.

En la Europa del siglo XIX la creación de nuevos Estados y el reforzamiento de los viejos grandes Estados responden esencialmente a ciertas tendencias de la economía moderna. Friedrich List (1789-1846) subraya la necesidad de unificar las entidades políticas de lengua alemana para crear un mercado único, capaz de enfrentarse en igualdad de condiciones a las nacientes potencias industriales. La ampliación del mercado es evidente entre las razones del Risorgimento italiano. El liberalismo quiere abolir los obstáculos políticos a la circulación de mercancías y hombres: laissez faire quiere decir laissez passer. Pero, por análogas razones, el desarrollo económico acaba por mostrar también la necesidad de dirigir la economía. Sólo un Estado capaz de controlar la economía puede llevar a cabo políticas indispensables ante la creciente complejidad de la producción y la distribución, políticas fiscales con que construir carreteras y líneas férreas, políticas de incentivación empresarial, políticas educativas para culturizar a la gente según las exigencias del mercado. Y, en fin, políticas proteccionistas que, erigiendo barreras aduaneras, defiendan las manufacturas nacionales frente a la competencia de los países más avanzados. Por ello se precisa un territorio de una “talla mínima”, suficientemente amplio. Con gran claridad, List destaca que “una población numerosa y un territorio de una cierta extensión, dotados de variados recursos nacionales, constituyen los requisitos esenciales para la normal nacionalidad”, mientras que, por el contrario, “un Estado demasiado pequeño nunca podrá perfeccionar plenamente las distintas ramas productivas”.

Así pues, el nacionalismo liberal afirmaba que la nación debía ser “progresiva”, capaz de desarrollar una economía viable, una organización estatal y una fuerza militar, es decir, tenía que ser al menos relativamente grande, pues iba a ser la unidad “natural” del desarrollo de la sociedad moderna, liberal y burguesa. Su principio era no sólo la independencia, sino también la unificación. A veces había argumentos históricos para la unificación (Alemania o Italia), pero si no, ésta se formulaba como un proyecto a realizar. No está claro, por ejemplo, que los eslavos balcánicos se hayan considerado nunca miembros de la misma nación, pero los ideólogos nacionalistas del siglo XIX soñaron con un Estado “yugoslavo” que uniría a serbios, croatas, eslovenos, bosnios, macedonios y otros, sueño unitario sin base realista.

El paladín más elocuente y típico de la “Europa de las nacionalidades”, G. Mazzini, propuso en 1857 un mapa de su Europa ideal que incluía 11 uniones de ese tipo: las naciones pequeñas (como Irlanda) tenían que integrarse federalmente o de otra forma en las naciones-estado viables, con alguna autonomía sin determinar. Pero si se proponía eso, difícilmente se podría criticar al imperio Habsburgo, por ejemplo, por atentar contra el principio nacional.

Quienes identificaban la nación con el progreso negaban el carácter de auténtica nación a los pueblos pequeños y atrasados: el progreso debía reducirles a meros fenómenos regionales dentro de las auténticas naciones, más grandes, o incluso hacerles desaparecer mediante su asimilación a una cultura nacional más amplia. La existencia, por ejemplo, de los bretones y de algunos vascos, catalanes y flamencos, además de los hablantes del provenzal y del occitano, fue perfectamente compatible con la nación francesa de la que formaban parte. Por otro lado, hubo pequeños grupos lingüísticos cuya minoría culta no consideró grave la desaparición de su lengua (muchos galeses se resignaron a ello a mediados del siglo XIX y algunos hasta lo aprobaron para facilitar la entrada del progreso en su atrasado territorio).

En tales argumentos había mucho de desigualdad y engaño. Algunas naciones (las grandes, las “avanzadas” y, desde luego, la del ideólogo en cuestión) estaban destinadas a prevalecer en la lucha por la vida. El argumento valía también contra los idiomas regionales de la propia nación, si bien podía no implicar su desaparición, sino sólo su degradación al nivel de dialecto. Cavour, por ejemplo, no negó el derecho de los saboyanos a hablar en la Italia unificada su idioma propio (que él mismo usaba en privado), pero insistió en que sólo debía haber un idioma y un medio de instrucción oficial, el italiano, quedando los demás en segundo lugar; por eso ni sicilianos ni sardos (con idiomas propios) insistieron en formar una nación aparte, y su problema se redefinió como “regionalismo”. El problema tenía alcance político cuando un pueblo pequeño aspiraba a la categoría de nación, como cuando los checos rehusaron en 1848 la invitación de los liberales alemanes a participar en el Parlamento de Francfort (éstos no negaban que hubiera checos, simplemente constataban que los checos cultos leían y escribían alemán y compartían la alta cultura alemana; el hecho de que hablaran también checo y compartie­ran la cultura del pueblo llano no les parecía significativo).

Frente a las aspiraciones nacionalistas de los pueblos pequeños, los ideólogos de las naciones grandes o bien negaban su realidad o legitimidad (como hicieron los alemanes con los eslovenos, o los húngaros con los eslovacos), o los reducían a movimientos regionales (así trataban Cavour o Mazzini a los irlandeses), o bien los aceptaban como algo ingobernable (caso de los checos). Por supuesto, si era factible, no se prestaba ninguna atención a tales movimientos. Pocos extranjeros se dieron cuenta de que varias de las naciones-estado más antiguas eran “plurinacionales” (Gran Bretaña, Francia o España), ya que galeses, escoceses, bretones, catalanes, etc. no planteaban ningún problema internacional ni (excepto, quizás, los catalanes) dificultades graves en la política interior de sus respectivos países.

B. Los procesos de unificación nacional: Italia y Alemania.

En el proceso de construcción de naciones de la Europa del siglo XIX, los dos ejemplos de nacionalismo que logra una unidad política a partir de varias entidades previas y de tamaño desigual son los reinos de Italia y de Alemania. Ambos se producen en la década de 1860, afrontan conflictos bélicos con potencias externas y, sobre todo, disponen de un agente unificador importante: el reino de Prusia en Alemania y el de Piamonte en Italia. Si se añade la preponderancia de dos figuras políticas, el piamontés Camillo Benso di Cavour y el prusiano Otto von Bismarck, se completan más estas semejanzas. Los resultados históricos también presentan algunos puntos comunes: ambos se convierten en monarquías y desarrollan una maquinaria estatal muy fuerte, que ejerce un gran protagonismo no sólo en el proceso de industrialización acelerada de ambos países, sino que contribuye a construir de forma rápida los principales mitos de la unificación, aunque el desarrollo de los factores nacionalistas será mucho más intenso en Alemania que en Italia. Pero las concordancias terminan aquí, pues hay profundas diferencias de tempos y contenidos, por lo que merecen una atención específica.

La unificación de Italia se logra en fa­ses sucesivas. Hacia 1859, el reino del Piamonte, apoyado por la Francia de Luis Napoleón, derrota a Austria, lo que permite incorporar al proceso unificador la región de Lombardía y, tras celebrarse sendos plebiscitos de adhesión, diversos estados del centro de la península. En 1860-1861 todo el sur se vincula al Piamonte, después de la expedición de los “camisas rojas” de Garibaldi, que se apodera de Nápoles y Sicilia. El primer Parlamento italiano se reunió en Turín en 1861. En 1866, Austria cede el territorio de Venecia tras su derrota ante a Prusia, y en 1870, tras la caída del Imperio francés, se incorpora la ciudad de Roma, que se convierte en la capital del nuevo Estado.

En la lucha por la unidad italiana surgen dos modelos diferentes. Uno, republicano y democrático, defendido por la “joven Italia” de Mazzini, donde se forjaron líderes como Garibaldi. Esta opción quedó bloqueada tras el fracaso de las revoluciones de 1848, aunque la participación de Garibaldi en la conquista del sur fue decisiva. El segundo, más moderado, lo representa el reino del Piamonte, cabeza de una región muy industrializada y vinculada estrechamente a la economía francesa. La cabecera del periódico fundado por Cavour en 1847, Il Risorgimento, sirvió de elemento definidor del proceso de unificación, a partir de principios constitucionales y por agregación plebiscitaria de territorios al reino piamontés. La unifi­cación italiana, que no fue precedida de una unión aduanera como en Alemania, tuvo, sin embargo, un carácter político más democrático, dada la activa participación en el proceso de líderes liberales forjados en la experiencia de 1848 y en la lucha contra el Papado.

La unidad italiana extendió a toda la península el régimen piamontés, de monarquía constitucional. Pero los efectos más importantes fueron los económicos, al convertirse el Estado italiano en un poderoso agente de modernización del país. La unidad repentina de regiones con estadios diferentes de desa­rrollo económico provocó la aparición de fuertes desequilibrios entre un norte industrializado y un Mezzogiorno, latifundista y agrario, que ha marcado la evolución italiana hasta la actualidad. Por eso tiene sentido la reflexión atribuida al marqués D'Azeglio de que, realizada la unidad política, era preciso “hacer a los italianos”. Fue la tarea del nuevo estado hasta la época de Giolitti e, incluso, de Mussolini.

La unidad de Alemania, realizada también en pocos años (guerras con Austria, 1866, y Francia, 1870), descansa sobre supuestos diferentes. Por una parte, disponía de un espacio económico unificado por el Zollverein (1834), que favoreció la progresiva integración aduanera de las docenas de unidades políticas existentes en la Confederación Germánica pos-napoleónica. Por otra, el fracaso del Parlamento de Francfort en 1848 había mostrado que la unidad no podía hacerse sobre bases democráticas y unitarias, sino autoritarias y federales. La unificación alemana desemboca así en la creación de un imperio, el II Reich, bajo hegemonía de Prusia. Su nacimiento tuvo lugar en 1871, al ser investido el rey prusiano Guillermo I como emperador de los alemanes en Versalles, tras la derrota del Imperio francés. Se trata, sin duda, de una “revolución desde arriba” del militarismo prusiano, realizada en un momento de transición desde una sociedad agraria y tradicional a otra rápidamente industrializada con las innova­ciones tecnológicas más avanzadas.

La evolución política del Imperio alemán, dirigida hasta 1890 por Bismarck, se caracteriza por la tendencia a construir un estado fuerte, un desarrollo económico acelerado y un predominio político de la aristocracia terrateniente (los junkers prusianos) capaz de hegemonizar la burguesía industrial y mantener al margen del sistema, en una suerte de "integración negativa", al cada vez más poderoso movimiento obrero socialdemócrata. Los contrastes son la mejor definición de este nuevo estado europeo, al convivir en él una monar­quía militar y aparentemente constitucional con políticas tan innova­doras como el precoz diseño de una política social que es el más claro precedente del Estado de bienestar del siglo XX. Estas contradiccio­nes, que podrían dificultar el ejercicio de la política interior, se vieron atenuadas por la primacía dada, por influencia de Bismarck, a la polí­tica exterior, realizada de acuerdo con criterios pragmáticos y de inte­rés nacional, conocidos como realpolitik.

C. Otros procesos nacionalistas: Grecia, Irlanda.

La construcción de un estado-nación a partir de la separación de una unidad política superior fue poco frecuente en la Europa del si­glo XIX. Aparte de Bélgica, tan sólo lograron su independen­cia política diversos pueblos sometidos al Imperio otomano (“el hombre enfermo de Europa”, en palabras del zar ruso Nicolás I): fue el caso de Rumania (que se convirtió en Estado independiente en 1861, tras la fusión de los principados danubianos de Moldavia y Valaquia en 1858), de Bulgaria (1878) y de Serbia (si bien con mucho menos territorio del que creía que debía tener), que en diferentes momentos del siglo XIX vieron reconocida su independencia del Imperio turco con la ayuda de las potencias europeas, especialmente Rusia y Austria. Por su parte, el imperio Habsburgo, dentro del cual Hungría había logrado un estado propio gracias al compromiso de 1867, se enfrentó a problemas internos por sus nacionalidades (eslovenos, croatas, checos, etc.), con demandas que iban desde la autonomía cultural a la independencia.

Mucho más frecuentes fueron los ejemplos de movimientos nacio­nalistas fracasados, que sólo en el siglo XX lograrían su independencia, después de la caída de la monarquía danubiana y del derrumbe del za­rismo. Más allá de las peripecias políticas de cada caso, tres fue­ron los pueblos que concitaron mayor apoyo a sus reivindicaciones na­cionales en la conciencia europea del siglo XIX: Polonia e Irlanda, que no lograron su independencia hasta después de la 1ª G.M., y Grecia, que fue el gran mito del romanticismo occidental.

La independencia de Grecia (1830), aunque coetánea de la de Bél­gica, obedece a razones muy diferentes, pues forma parte del proce­so de debilitamiento del Imperio otomano y de la presión de las po­tencias europeas, incluida Rusia, para abrirse paso desde el mar Negro al Mediterráneo oriental. Su conversión en estado inde­pendiente se logró tras una cruenta guerra, en la que las tro­pas turcas lucharon contra los insurrectos griegos, agrupados en torno a la Hetaira, sociedad secreta fundada en 1814. La repercu­sión que este movimiento nacional tuvo entre los románticos de Occidente fue enorme, desde Lord Byron, que encontró la muerte en Misolonghi (1824) hasta el pintor E. Delacroix, que inmortalizó la represión de los rebeldes helenos por las tropas turcas en Escenas de la matanza de Quíos (1824).

El movimiento irlandés era claramente nacionalista. La Hermandad Republicana Irlandesa (los fenianos), con su Ejército Republicano Irlandés (IRA), nacida en 1857, era heredera de las secretas fraternidades revolucionarias anteriores a 1848. El masivo apoyo rural a los nacionalistas no era nuevo, ya que la mezcla de conquista extranjera, pobreza y opresión de los terratenientes angloprotestantes al católico campesinado irlandés movilizaba a cualquiera. Sus dirigentes pertenecían a la pequeña clase media y su propósito, apoyado por la Iglesia, había sido lograr un acuerdo moderado con los ingleses. Pero los fenianos no tenían nada que ver con los moderados de clase media, su apoyo provenía exclusivamente de las masas populares (incluso de sectores campesinos, a pesar de la hostilidad de la Iglesia) y propugnaban la insurrección armada para lograr la independencia total de Inglaterra.

Su ideología no era tradicionalista, si bien su nacionalismo laico no puede ocultar el hecho de que para la gran mayoría de los irlandeses lo que definía su nación era la fe católica. El fenianismo se limitó a rechazar a Inglaterra y a pedir, mediante la revolución, la total independen­cia para un pueblo oprimido, confiando en que así se resolvieran los problemas de explotación. Y ni siquiera lograron realmente este objetivo, porque a pesar de su abnegación y heroísmo, sus aisladas insurrecciones (1867) fueron dirigidas con notable incompetencia y sus dramáticos golpes sólo consiguieron una publicidad temporal y, a veces, negativa, si bien generaron la fuerza que obtendría en 1922 la independencia de la mayor parte de Irlanda.

Incluso fuera de Europa era dramáticamente visible el fenómeno nacionalista. ¿Qué fue la guerra civil de Estados Unidos sino el intento de mantener la unidad de la nación contra la disgregación? ¿Qué fue la restauración Meiji sino la aparición de una nueva y orgullosa “nación” en el Japón? La fabricación de naciones, como lo denominó Walter Bagehot, se estaba produciendo en todo el mundo y era un rasgo dominante en la época.

D. Los movimientos nacionalistas: etapas y bases sociales.

Sea cual fuera su naturaleza y su programa, los movimientos que representa­ban “la idea nacional” crecían y se multiplicaban. Todos propugnaban cambios políticos más o menos ambiciosos y por eso eran “nacionalistas”. Miroslav Hroch ha hecho una útil división de la historia de los movimientos nacionales en tres fases.

La fase A es meramente cultural, literaria y folclórica y no tiene ninguna implicación política. Se puede calificar de sentimental, pues en ella predomina el mito y la propaganda. Hacia 1850 la mayoría de los movimientos nacionalistas nuevos estaban en esa fase.

En la fase B, el movimiento tiende a hacerse político: aparecen grupos más o menos numerosos de cuadros dedicados a “la idea nacional”, se publican periódicos y obras literarias, se organizan sociedades nacionales, se intentan establecer instituciones educativas y culturales, surgen otras actividades más políticas. En esta etapa, por lo general, al movimiento le falta aún un apoyo serio del conjunto de la población. Éste proviene, sobre todo, de los estratos ilustrados medios situados entre las masas y la burguesía o aristocracia locales: maestros, curas de aldea, algunos tenderos y artesanos, algunos hijos de campesinos que han ascendido socialmente. Los estudiantes de universidades, seminarios o escuelas superiores de ideología nacionalista aportan militantes activos. En las naciones “históricas” que para resurgir como Estados sólo necesitaban eliminar el gobierno extranjero (como Hungría, Polonia o Noruega), la minoría culta local aportaba unos cuadros más directamente políticos y a veces una base más amplia al nacionalismo. Obviamente, los sectores más tradicionales, atrasados o pobres (siervos, campesinos, obreros) son los últimos en participar en tales movimientos, siguiendo la senda trazada por las minorías cultas. En conjunto, esta fase del nacionalismo finaliza entre 1848 y la década de 1860 en el norte, oeste y centro de Europa, mientras que los pueblos más pequeños del Báltico y los eslavos entran entonces en esa fase.

La fase C se inicia cuando el programa nacionalista, bajo la influencia, normalmente, de la clase media liberal-de­mo­crática, obtiene el apoyo de las masas (al menos, en parte) que los nacionalistas afirman siempre representar. Por lo general, la transición de la fase B a la C tiene una cierta relación con el desarrollo político y económico. En los territorios checos, por ejemplo, empezó con la revolución de 1848, decayó en la década represora de 1850, y creció mucho durante el rápido progreso económico de la de 1860, cuando las condiciones políticas fueron más favorables. Por entonces una burguesía checa autóctona había adquirido suficiente riqueza para fundar un eficaz Banco checo e instituciones tan caras como un Teatro Nacional en Praga (1862); además, organizaciones culturales de masas se extendían por las zonas rurales y las campañas políticas posteriores al compromiso austrohúngaro de 1867 se presentaban en manifestaciones masivas al aire libre (unas 140 con 1.500.000 participantes en 1868-1871). Este tipo de nacionalismo masivo era nuevo y muy distinto del nacionalismo de minoría culta o de clase media que caracterizó al movimiento alemán o italiano. El desarrollo de la democracia y de la sociedad de masas a finales del siglo XIX facilitará esta fase.

También existía desde hacía tiempo otra forma de nacionalismo más popular. En los Balcanes, campesinos y montañeses se rebelaban contra el gobierno turco, unidos por la conciencia de opresión, la xenofobia, una vinculación a la tradición, la fe verdadera y un vago sentido de identidad étnica. Tales sublevaciones contribuye­ron, como vimos, a la destrucción del imperio otomano y creación de nuevos estados (Rumania 1861, Bulgaria 1878).

Por su parte, el socialismo había surgido inicialmente como un gran enemigo del nacionalismo, al que consideraba puramente burgués. La socialdemocracia austriaca, por ejemplo, que veía en el imperio plurinacional un campo más propicio para la lucha de clases, apoyó en 1868 al imperio austrohúngaro frente a los nacionalismos secesionistas, dirigiendo un “manifiesto al pueblo trabajador de Austria” en alemán, checo, polaco, rumano, italiano y húngaro: “La época de las secesiones nacionalistas ha pasado. El principio nacional, hoy día, sólo queda en la agenda de los reaccionarios. El mercado nacional no reconoce fronteras nacionales, el comercio mundial pasa por encima de las fronteras lingüísticas”. Y en 1870 el periódico español La Solidaridad afirmaba: “La idea de patria es una idea mezquina, indigna de la noble inteligencia de la clase trabajadora. ¿La Patria? La Patria del obrero es el taller; el taller de los hijos del trabajo es el mundo entero”.

Pero el nacionalismo avanzó también entre la clase obrera, junto a su conciencia política, aunque sólo fuera porque la tradición revolucionaria era nacional (como en Francia) y porque los dirigentes de los nuevos movimientos obreros también se hallaban implicados en la “cuestión nacional”. De hecho, si no existía una conciencia política “nacional” lo que había era más una conciencia de carácter localista que un “internacionalismo proletario”. Además, eran pocas las personas de izquierda que hacían una elección tajante entre la lealtad nacional y una supranacional­­: en la práctica, el “internacionalismo” de la izquierda significaba la solidaridad con quienes luchaban por la misma causa en otras naciones, lo cual era compatible con una creencia nacionalis­ta profunda. El proletariado, como la burguesía, era internacional sólo en teoría. En la práctica existía como conjunto de grupos definidos por su estado nacional o su peculiaridad étnico-lingüística (alemana, húngara o eslava, por ejemplo, en el caso del imperio austrohúngaro). Dado que la ideología de las elites dirigentes hacía coincidir al Estado con la nación, hacer política estatal implicaba hacer política nacional.

3. La “construcción” de naciones.

A. El nacionalismo de Estado.

Retomando cuestiones ya apuntadas, no parecen ser las aspiraciones de la nación las que crean el nacionalismo, sino que ocurre justamente lo contrario: el nacionalismo antecede a la nación. Se suele aceptar la idea de que, en ciertos grupos humanos, existe una especie de identidad nacional (o al menos la búsqueda de dicha identidad) y que de ese sentimiento surge el nacionalismo. Pero historiadores como Breuilly, aun admitiendo que el nacionalismo se construye sobre un cierto sentido de identidad cultural, afirman que es el propio nacionalismo el creador de dicho sentido de identidad. Así pues, el nacionalismo no fue el factor decisivo en la creación de Estados, pero sí fue esencial para legitimar los nuevos Estados nacionales.

En realidad, el Estado nacional se fabricó por políticos de las clases cultas al margen de los sentimientos y de la voluntad del pueblo en cuyo nombre enarbolaban la bandera nacionalista. Más tarde, una vez constituido el Estado, se creó “la nación”, es decir, se construyó un sentimiento de pertenencia e identidad cultural, y en esa construcción juegan un papel esencial las instituciones del Estado: la escuela, sobre todo, y también el ejército (el servicio militar), la administración unificada, etc. Hobsbawm, como Gellner, destaca el elemento de invención, de ingeniería social que actúa en la construcción de naciones. A este nacionalismo identificado con un Estado territorial y promovido por el propio gobierno se le llama nacionalismo de Estado.

Así pues, el nacionalismo engendra las naciones. No puede negarse que aprovecha, si bien de forma muy selectiva, las culturas preexistentes. Pero, a menudo, las culturas cuya resurrección y defensa se arroga el nacionalismo, son de su propia invención o las ha modificado hasta resultar irreconocibles. “Interpretar mal la propia historia forma parte de ser una nación”, decía Renan. A menudo los historiadores han aportado una base esencial a la ideología de los movimientos nacionalistas: la invención de una historia nacional para fomentar una memoria colectiva. Pocas veces los historiadores ocupan un papel tan central en la historia real. Para eso, estos historiadores tenían que olvidar su rigor científico y convertirse en autores propagandistas de ciencia-ficción. Como dijo Hobsbawm, “ningún historiador serio de las naciones y del nacionalismo puede ser un nacionalista político comprometido”.

Durante siglos, la gente había vivido profundamente enraizada en un lugar al que llamaba patria. Pero esa “tierra patria” en nada se parecía al territorio de una nación moderna: era el centro de una comunidad real de seres humanos con relaciones entre sí, en un marco muy restringido, no una población de varios millones de personas. El mismo vocabulario lo demuestra. En español, el término patria no fue sinónimo de España hasta finales del siglo XIX; en el siglo XVIII sólo significaba la aldea o comarca donde nacía uno. El nacionalismo y el Estado aplicaron los conceptos relacionados de familia, vecino y suelo patrio a unos territorios y poblaciones de tal tamaño que convirtieron tales conceptos en simples metáforas.

Pero con el declive de las comunidades a las que estaba acostumbrada la gente (la aldea, la familia, la parroquia, el barrio, el gremio...), declive producido porque ya no abarcaban, como antes, la mayoría de los acontecimientos de la vida y de la gente, sus miembros sintieron la lógica necesidad de algo que ocupara su lugar. Y fue la comunidad imaginaria de la nación identificada con el Estado y su territorio la que pudo llenar ese vacío. Así, la patria pasó a designar algo muy distinto de lo que había significado durante siglos, vinculándose a ese fenómeno característico del siglo XIX que es la nación-estado.

¿Cómo pudo el Estado crear el concepto de nación y de patria ligado al de Estado? Los gobiernos podían llegar cada vez más directa y cotidianamente al ciudadano a través de funcionarios modestos pero omnipresentes, desde los carteros y policías hasta los maestros y, en muchos países, los empleados del ferrocarril. Podían exigir el compromiso personal activo de los varones con el Estado especialmente, a través del servicio militar, es decir, podían exigir su patriotismo. Y necesitaban dicho patriotismo porque en esa época cada vez más democrática la autoridad ya no podía confiar en que los distintos grupos sociales se sometieran espontáneamente a sus superiores en la escala social, como había sido tradicional, y la religión tampoco era ya una garantía eficaz de obediencia social. Unir a los habitantes del Estado contra la subversión y la disidencia era, por tanto, una necesidad.

La nación, nueva religión cívica de los Estados, constituyó un nexo que unía a todos los ciudadanos con el Estado y era al mismo tiempo un contrapeso frente a todos los que apelaban a otras lealtades por encima de la del Estado: la religión, la clase social (el socialismo) o una nacionalidad no identificada con el Estado. En los estados constitucionales, cuanto más intensa era la participación de las masas en la política a través de las elecciones, más posibilidades había de que esas voces disidentes fueran escuchadas, y por tanto, se hacía más necesaria esa operación de ingeniería social que pretendía que los ciudadanos se identificasen con el Estado, es decir en dotarlos de sentimientos patrióticos.

Incluso los Estados no constitucionales comprendieron la fuerza política que radicaba en la capacidad de apelar a sus súbditos tanto sobre una base nacional (una especie de llamamiento democrático sin los peligros de la democracia) como sobre su deber de obediencia a las autoridades sancionadas por Dios. En la década de 1880 el zar de Rusia, enfrentado a agitaciones revolucionarias, comenzó a aplicar una política que basaba su gobierno no sólo en los principios de la autocracia y la religión ortodoxa, sino también en la nación, es decir, apelando a los rusos en tanto que rusos. Casi todos los reyes del siglo XIX se vieron obligados a utilizar un disfraz nacional, pues casi ninguno era nativo del país que gobernaba. La mayoría de los príncipes y princesas que se convirtieron en monarcas o reyes consortes del Reino Unido, Grecia, Rumania, Rusia o Bulgaria eran alemanes y tuvieron que aprender rápidamente otra lengua (que hablaban, por tanto, con acento extranjero).

La movilización de la población y la expansión del Estado son los dos procesos complementarios del nacionalismo dirigido por el Estado. Grandes ejércitos permanentes sustituyen a las tropas de mercenarios, los gobiernos concentran recursos mediante la Hacienda, la educación, el control de la población por la burocracia administrativa (registros, empadronamiento, visados) y sistemas judiciales en vez del gobierno indirecto por nobles, clérigos y autoridades locales. Posteriormente, los Estados crean símbolos, museos, arte, fiestas y deporte nacionales, un proceso de nacionalización que llega hasta nuestros días.

B. Los mecanismos estatales de “construcción” de naciones.

A lo largo del siglo XIX las clases dirigentes emprenden la difícil tarea, ausente en los regímenes absolutistas previos, de hacer homogéneos, en el plano material y cultural, los territorios y las poblaciones de sus respectivos países. Así nace realmente el Estado nacional.

a. El desarrollo de un sistema de comunicaciones.

Hacia ese objetivo se dirige, en primer lugar, el empeño por facilitar la movilidad física de hombres y mercancías dentro de cada país. A mediados del siglo XIX, aun en los países más ricos, el sistema de comunicaciones era balbuciente, concentrado en torno a las ciudades grandes, construido para servir a la capital más que a la periferia. Caminos tortuosos, vados peligrosos, diligencias lentas, hacían de cada desplazamiento, además de molesto, casi una hazaña. En la Francia del Segundo Imperio (1851-1870) los pocos que iban a París desde provincias, aunque sólo fuera una vez en su vida, eran llamados “parisienses”, como los peregrinos que regresan de la Meca, orgullosos toda su vida del título adquirido.

Durante el siglo XIX el esfuerzo financiero en la construcción de carreteras, puentes y canales crece por todas partes, mientras que los nuevos medios de transporte a vapor, por tierra y mar, reducen en tiempo y coste los viajes. En Italia, el programa de construcción de una red nacional, que acerque las regiones extremas de la península y dé un contenido efectivo a la unidad alcanzada sólo en materia política y administrativa, se efectúa en poco tiempo y ya en 1866 se conecta Bari y Nápoles con Bolonia, Génova, Milán y Turín.

La mayor facilidad de transporte hace que muchos campesinos se marchen a la ciudad. La gente puede trasladarse adonde hay expectativas de trabajo, huir de las tierras afectadas por la filoxera, abandonar las zonas agrícolas superpobladas, cumplir la aspiración a una existencia urbana que se cree más fácil. Ellos mismos, tras regresar al pueblo, difundirán entre sus paisanos modos y objetos de la vida urbana, convirtiéndose en vehículos de unificación cultural. El nueve tráfico de hombres y mercancías favorece la amalgama territorial y social de los usos alimentarios, los sistemas productivos, las maneras de vestir, los enseres domésticos, las costumbres y las maneras de pensar y, obviamente, familiariza a la gente con un lenguaje común cada vez más alejado de los dialectos locales. Hacia 1840 las sociedades ferroviarias inglesas unifican la hora sobre el conjunto del territorio cubierto por sus líneas, poniendo fin a la tradicional diferencia de los horarios locales. Procedimientos parecidos se adoptarán en los demás países. En Alemania, el horario único (sobre la base del huso horario) se adopta en 1893. El tiempo local muere por doquier y es sustituido por un tiempo nacional.

b. La función nacionalizadora del ejército.

El ejército también desempeña una importante función nacionalizadora. Durante el servicio militar los reclutas conocen a jóvenes de otras regiones, se familiarizan con la lengua nacional, asumen comportamientos estándares que dictan los reglamentos vigentes, conocen un estilo de vida diferente, a menudo superior al de sus aldeas. Vivido en principio con gran rechazo, el servicio militar parece aceptarse mejor a finales del siglo XIX. Los ejércitos, que tradicionalmente saqueaban los campos y se granjeaban el odio campesino, se convierten en “nuestro ejército”, exaltado por maestros, curas, periódicos y panfletos patrióticos.

c. El importante papel de la escuela.

El compromiso del Estado con la enseñanza no es uniforme ni obtiene resultados iguales, pero en todas partes se aprecia la utilidad de culturizar a las masas populares a niveles mínimos (hablar, leer, escribir en la lengua nacional). Se trata de hacer funcionar ese sistema de relaciones que constituye el núcleo de la modernización del siglo XIX: intercambios económicos, movimientos de población, relaciones entre ciudadanos y organismos públicos. El mismo nacionalismo es una respuesta a las exigencias culturales de la sociedad industrial, la cual, para mantener el desarrollo económico, depende de una fuerza de trabajo móvil, instruida, culturalmente homogénea, capaz de adquirir con rapidez nuevas especializaciones y de comunicarse en un lenguaje “racional”, independiente del contexto.

La enseñanza elemental, que en la segunda mitad del siglo XIX tiende a ser gratuita y obligatoria en gran parte de Europa occidental, es un paso decisivo para la “nacionalización de las masas”. El período 1875-1914 es la era de la escuela primaria. El número de maestros creció notablemente, así como el de alumnos escolarizados, que se duplica y hasta se triplica.

Según la pedagogía oficial, la escuela tiene que proporcionar conocimiento, unificar valores, indicar comportamientos sobre la higiene personal, los usos en la vida social y en la doméstica, corrigiendo “la brutalidad salvaje y la tosquedad naturales en los campesinos”. En la escuela se aprende a leer y escribir, pero también que los baños fríos son perjudiciales, que observar las fiestas es un deber religioso, que el cansancio físico debilita el cuerpo menos que el placer, que la justicia protege a los buenos y castiga a los malos. En este breviario se encierran, ejemplificados, fáciles de recordar, los valores de la autoridad estatal, de la familia y de la religión, del trabajo y del ahorro, que forman la conciencia colectiva del ciudadano y dan sentido al concepto de patria. El Estado nacional pretende de sus “ciudadanos” un grado de identificación que ningún monarca absoluto nunca hubiera pensado en pedir a sus súbditos. En la escuela la patria se enseña a través de su historia y sus antiguas glorias, verdaderas o supuestas; con la narración de guerras épicas y justas para defenderse de enemigos exteriores; con las biografías de los héroes, que dan rostro al vago concepto de patria; mediante los grandes mapas que ocupan una pared del aula y muestran toda Italia, Francia o Alemania, indicando fronteras y distancias que no dicen nada concreto a los colegiales, pero que les familiariza con la forma del país: un símbolo, entre muchos, de la “religión nacional”. Hasta el triunfo de la televisión ningún medio de propaganda fue tan eficaz como las aulas.

La escuela introduce a personas que siempre han vivido en un ámbito local en una cultura general, adquirida por vía intelectual y no por experiencia, en una serie de conceptos abstractos, desde el lenguaje hasta el contar, desde el estudio del pasado hasta la educación cívica. El trabajo pierde las connotaciones concretas del oficio paterno y se convierte en un principio moral, con lo que, aun en contextos aún ampliamente campesinos y artesanos, la escuela acabará por desacreditar la habilidad manual en beneficio del trabajo con libros.

Así, entre ferrocarriles, desfiles marciales y escuelas, la patria toma consistencia como sentimiento colectivo. La identidad nacional, destacan Gellner o Hobsbawm, nace de políticas públicas apropiadas, promovidas por elites dirigentes y en relación con las exigencias de las nuevas sociedades industriales. Es un proceso administrado esencialmente desde arriba, un “artefacto político”. No obstante, la capacidad del Estado para homogeneizar culturalmente su territorio no depende sólo de la mayor o menor eficacia de sus dirigentes, sino de condiciones de partida que son muy distintas de un país a otro, y de las respuestas que a los impulsos de las elites da la gente. El estado nacional, por otra parte, cuenta con su propia fuerza legitimadora, que nace de su apoyo a la demanda de identidad que surge de cada comunidad.

Los Estados crearon, pues, con gran celo y rapidez naciones, es decir, patriotismo nacional y ciudadanos homogeneizados lingüística y administrativamente. En Francia la República logró convertir a los campesinos en franceses. En EEUU saber inglés se convirtió en un requisito para ser ciudadano y desde 1880 se introdujo en las escuelas el rito del homenaje diario a la bandera. En el imperio Habsburgo, donde el reconocimiento de la realidad plurinacional permitía una educación primaria (e, incluso, secundaria) en otra lengua distinta de la estatal, ésta gozaba de una ventaja decisiva en la educación superior.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 5