Nacionalismo en la Europa contemporánea

Historia universal contemporánea siglo XX. Movimientos nacionalistas. Teorías clásicas. Identidad nacional. Globalización. Fascismos

  • Enviado por: Psykoman
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 32 páginas
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  • INTRODUCCIÓN

  • EL NACIONALISMO EN LA TEORÍA SOCIAL CLÁSICA

  • CARÁCTER POLÍTICO DEL NACIONALISMO: NACIONALISMO Y ESTADO-NACIÓN

  • LA IDENTIDAD NACIONAL, GLOBALIZACIÓN Y MODERNIDAD

  • NACIONALISMO, RACISMO Y FASCISMO

  • CONCLUSIÓN: FUTURO DEL NACIONALISMO

  • BIBLIOGRAFIA

  • Introducción

    Con la realización de este trabajo se quiere tratar y explicar dos conceptos que están tan de moda en estos momentos, nacionalidad y nacionalismo, los cuales se tratarán de profundizar lo máximo posible.

    Las demandas asociadas a la nacionalidad han llegado a dominar la política en la ultima década del siglo XX. Con la quiebra de la Unión Soviética y de sus regiones satélites, se han amainado las pugnas entre capitalismo y comunismo, pero han pasado al primer plano los problemas de identidad nacional y de autodeterminación nacional. Importa menos si el Estado abraza el mercado libre, la economía planificada o algo intermedio. Lo que importa sobre todo es la demarcación de las fronteras del Estado, quiénes estarán dentro y quiénes fuera, cual será la lengua, qué religión será la oficial y qué cultura se promocionará.

    El nacionalismo surge hoy de modo inesperado y potente. El renacimiento del nacionalismo en Europa Oriental ha encendido los sentimientos nacionalistas en distintas partes del mundo. En la Europa Occidental el nacionalismo adquiere una relevancia especial ya que la fuerza integradora de la Unión Europea contrasta vivamente con los sentimientos nacionalistas de las minorías nacionales incluidas en los estados-nación europeos. El papel de la Unión Europea con relación a las aspiraciones políticas y culturales de las minorías étnicas plantea la cuestión de si estas minorías serán capaces de desarrollar y reforzar sus identidades dentro de una nueva Europa o, por el contrario, la génesis de una identidad europea va a erosionar el particularismo y la diferencia.

    Este trabajo se proponer abarcar las siguientes tareas fundamentales. Primera, estudiar las implicaciones de la ausencia de un análisis sistemático del nacionalismo en la teoría social clásica y repaso a la historia de las ideas nacionalistas y las contribuciones de pensadores nacionalistas individuales. Segundo, establecer una distinción entre nacionalismo de estado y nacionalismo en naciones sin estado. Tercero, explicar que es la identidad nacional y analizar el impacto de la modernidad y la globalización en el nacionalismo actual. Cuarto, se elaborará una tipología de los nacionalismos. Quinto, profundizar en la “parte oscura” del nacionalismo (racismo, xenofobia y fascismo). Y por último, se tratará del posible futuro del nacionalismo.

    Antes de empezar con la explicación de los distintos puntos del trabajo se deben repasar definiciones de términos necesarios para el entendimiento de este trabajo.

    Fundamentalmente, el nacionalismo es un principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política. El sentimiento nacionalista es el estado de enojo que suscita la violación del principio o el de satisfacción que acompaña a su realización. Movimiento nacionalista es aquel que obra impulsado por un sentimiento de este tipo.

    La definición de nacionalismo está supeditada a dos términos no definidos todavía: estado y nación.

    El estado es aquella institución o conjunto de instituciones específicamente relacionadas con la conservación del orden. El estado existe allí donde agentes especializados en esta conservación, como la policía y los tribunales, se han separado del resto de la vida social. Ellos son el estado.

    No todas las sociedades están provistas de un estado. De ello se sigue inmediatamente que el problema del nacionalismo no surge en sociedades desestatizadas. Si no hay estado, nadie, evidentemente, puede plantearse si sus fronteras concuerdan o no con los lindes de las naciones. Si no hay dirigentes, no habiendo estado, nadie puede plantearse si pertenecen o no a la misma nación que los dirigidos. Cuando no hay ni estado ni dirigentes, nadie puede sentirse frustrado por no satisfacer las necesidades del principio nacionalista. Si acaso se puede lamentar que no haya estado, pero es distinto.

    Condición necesaria, aunque no suficiente de la existencia del nacionalismo es la existencia de unidades políticamente centralizadas y de un entorno político-moral en que tales unidades se den por sentadas y se consideren norma.

    La definición de nación ofrece mayores dificultades que las que presentaba la definición de estado. El hombre moderno, aun cuando tienda a dar por sentado el estado centralizado, es capaz, sin embargo, esforzándose relativamente poco, de advertir su contingencia y de imaginar una situación social en la que el estado esté ausente. En cambio, lo que ya se le hace mas cuesta arriba a la imaginación moderna es la idea de un hombre sin nación.

    De hecho, las naciones, al igual que los estados, son una contingencia, no una necesidad universal. Ni las naciones ni los estados existen en toda época y circunstancia. Por otra parte, naciones y estado no son una misma contingencia. El nacionalismo sostiene que están hechos el uno para el otro. Pero antes de que pudieran llegar a prometerse cada uno de ellos hubo de emerger, y su emergencia fue independiente y contingente. No cabe duda de que el estado ha emergido sin ayuda de la nación. También hay naciones que han emergido sin las ventajas de tener un estado propio.

    Las naciones hacen al hombre; las naciones son los constructos de las convicciones, fidelidades y solidaridades de los hombres. Una simple categoría de individuos llegan a ser una nación si y cuando los miembros de la categoría se reconocen mutua y firmemente ciertos deberes y derechos en virtud de su común calidad de miembros. Es ese reconocimiento del prójimo como individuo de clase lo que los convierte en nación.

    El Nacionalismo en la Teoría Social Clásica

    • Heinrich von Treitschke

    Este autor define el estado como “el pueblo legalmente unido como poder independiente” y entiende por pueblo “un número plural de familias que viven permanentemente unidas”. Considera que el estado está siempre por encima de los individuos y le otorga frente a ellos el derecho a la omnipotencia.

    El poder del estado se ejerce de dos maneras. Primera, el estado es “el agente supremo de moralización y humanización”, es decir, es una comunidad moral. Segunda, el estado ejerce su poder a través de la guerra, es decir, es la única entidad capaz de mantener el monopolio de la violencia; el estado se funda en la posesión de un territorio.

    Treitschke, plantea que los intereses de la comunidad están por encima de los del individuo. Exige una entrega absoluta del individuo al estado y no contempla la posibilidad de revolución o ni siquiera de desacuerdo.

    En la obra de Treitschke encontramos, por tanto, una idea generalizada del estado como entidad suprema gobernada “no por las emociones, sino por el cálculo, por una experiencia clara del mundo”. El estado “protege y envuelve la vida del pueblo, regulándola externamente en todas direcciones”.

    Treitschke identifica dos potentes fuerzas que actúan en la historia: la tendencia de todo estado a homogeneizar a su población, en su lengua y en sus modales, reduciéndola a una única unidad; y el impulso de toda nacionalidad vigorosa a construir su propio estado. Además para él la nación y el estado deberían coincidir.

    Este autor subraya que “la unidad del estado debe estar basada en la nacionalidad”.

    Descarta el hecho de que un estado grande no tiene por qué ser necesariamente un estado “más noble” o “culturalmente superior”. Treitschke da por sentado que los estados más grandes tienen el poder de imponer su propia forma de pensar, de presentarse como “estados superiores”, y de promover su arte y su cultura. Pero hay que ser consciente del auge y decadencia de los estados a lo largo de la historia, lo cual lleva a este autor a considerar la posibilidad del éxito para las nacionalidades pequeñas: “Las naciones son algo vivo y en crecimiento. Nadie puede decir con certeza cuando las pequeñas nacionalidades van a decaer internamente o cuando, por otra parte, van a hacer gala de una energía vital inesperada”.

    Si una nación tiene el poder de preservarse a sí misma y a su nacionalidad a través de la despiadada lucha de la historia, cualquier progreso en la civilización no hará más que desarrollar con más fuerza sus peculiaridades nacionales más profundas.

    • Karl Marx

    Marx describe la historia de la humanidad en términos de la lucha de clases.

    Para él, las clases sociales son los actores legítimos del proceso historico. Los desarrollos locales y nacionales forman tan sólo una parte de dicho proceso. Por esta razón, se explica que Marx presta tan poca atención al nacionalismo.

    Marx considera al nacionalismo como una expresión de los intereses de la burguesía. Plantea que la burguesía como clase tiene un interés común, y “este interés común, que se dirige contra el proletariado dentro del país, se dirige contra el burgués de otras naciones fuera del país. A esto el burgués lo llama su nacionalidad”.

    Marx no formuló ninguna teoría del nacionalismo por tres razones fundamentales. Primera, según él, en las sociedades de clases las ideas preponderantes en cualquier época son las de la clase dominante. Para poder introducir cambios en la superestructura era imprescindible cambiar las relaciones de producción y de distribución del poder económico. Ésta es una de las razones por las que Marx no prestó demasiada atención al estudio del nacionalismo. Su interés fundamental era analizar la economía.

    Segunda, Marx planteaba una sociedad libre y sin estado como una meta a largo plazo. El nacionalismo no tiene cabida en este proceso ya que su principal objetivo es la creación de un estado, no su abolición. Sí tendría cabida en la afirmación de que un país necesita estar libre de sus conquistadores antes de emprender la, lucha de clases.

    La tercera razón, radica en su noción de que ni las relaciones capitalistas de producción, ni la nacionalidad, ni la religión deben obstruir la liberación de los individuos como seres humanos. El proletariado debería trascender las identidades nacionales y ser capaz de reconocerse como “parte de la gran familia de la Humanidad”.

    Es posible encontrar algunas semejanzas entre nacionalismo y marxismo, semejanzas que han contribuido a la unión de estas dos ideologías en diferentes países. Ambos se refieren al presente como una situación de opresión, en la que los individuos viven alienados (marxismo) o han perdido su identidad (nacionalismo).

    Nacionalismo y marxismo comparten el mito de una era final de justicia y libertad, aunque perciben el pasado de forma distinta. El nacionalismo se dirige al pasado como fuente de inspiración para restaurar la identidad nacional y liberar a la nación de sus opresores y el marxismo propugna una concepción dialéctica del desarrollo historico, en la que el pasado se acepta con el fin de trascenderlo y avanzar así a través de los estadios de la historia.

    Tanto el nacionalismo como el marxismo consideran el estado-nación moderno como el escenario apropiado para su lucha. Además, como consecuencia de sus ideas acerca de la regeneración y la necesidad de superar la situación actual, ambos dan lugar a movimientos sociales activos.

    Resumiendo, algunas de las diferencias más significativas entre el nacionalismo y el marxismo son: primera, mientras que el nacionalismo pone mayor énfasis en la cultura, el marxismo reconduce cada fenómeno a sus raíces económicas; segunda, los marxistas consideran al capitalista como su mayor enemigo sin tener en cuenta su nacionalidad, mientras que los nacionalistas se oponen aquellos que corrompen y oprimen la pureza de la nación. Finalmente, ambas ideologías ofrecen distintas interpretaciones del pasado; los marxistas desea trascenderlo, los nacionalistas buscan inspirarse en él con el fin de unirlo con el presente y restaurar así los elementos originales del carácter nacional.

    • Émile Durkheim

    La obra de Durkheim no contiene una teoría explicita del nacionalismo. De hecho él no usa el termino nacionalismo, sino que se refiere, igual que Treitschke, al “patriotismo”.

    Durkheim distingue entre “nacionalidad”, “estado” y “nación”. Define la “nacionalidad” como: ”grupos humanos unidos por una civilización común sin estar unidos por una relación política”; así pues, utiliza el termino “nacionalidad” para referirse a grandes grupos de individuos que no constituyen sociedades políticas, pero que poseen unidad. Las nacionalidades son, o bien estados antiguos que no han abandonado la idea de reconstituirse, o estado en proceso de formación. El “estado” hace referencia a “los agentes de la autoridad soberana”, lo cual implica la existencia de un poder central. La “nación corresponde a “un grupo que es estado y nacionalidad al mismo tiempo”.

    Durkheim define el patriotismo como “un sentimiento que une el individuo a la sociedad política en la medida en que aquellos que la forman se sientes ligados a ella por un vinculo sentimental”. La patria es el “entorno normal indispensable para la vida humana”.

    Este autor no cree que el patriotismo sea un sentimiento que vaya a durar mucho. A su juicio, ha surgido un conflicto entre “dos tipos de sentimientos igualmente elevados, aquellos que asociamos con un ideal nacional y con el estado que lo encarna, y aquellos que asociamos con el ideal humano y con la humanidad en general, es decir, entre patriotismo y patriotismo mundial”.

    La historia ha demostrado que Durkheim estaba equivocado en su pronóstico acerca del carácter transitorio del patriotismo, aunque es indudable que la percepción global del mundo que experimentamos hoy en día abre el camino hacia “ideales humanos” y transforma radicalmente tanto los objetivos como el contenido del nacionalismo.

    • Max Weber

    Weber define el estado como “una comunidad humana que reivindica (con éxito) el monopolio del uso legítimo de la fuerza física dentro de un territorio dado”.

    El “grupo étnico” se corresponde, en el pensamiento de Weber, “como uno de los conceptos más fastidiosos por su carga emocional: la nación, tan pronto como intentamos definirlo sociológicamente”. Dice que “deberemos llamar grupos étnicos a aquellos grupos humanos que manifiestan una creencia subjetiva en su filiación común debido a semejanzas de tipo físico o de costumbres, o ambas, o a recuerdos de colonización y migración”.

    En el pensamiento de Weber, la pertenencia étnica no constituye un grupo; únicamente facilita la formación de un grupo de cualquier tipo, especialmente la comunidad política, por más artificial que sea su origen, la que inspira la creencia en una etnicidad común. Esto implicaría que el estado tiene la capacidad de crear una “presunta identidad” entre sus ciudadanos.

    Weber no hace alusión al nacionalismo, pero indudablemente contribuye a su comprensión a través de su análisis de los “grupos étnicos”. Tres aspectos son cruciales en su teoría: el “carácter subjetivo” del grupo étnico, el poder de la comunidad política de engendrar sentimientos de semejanza entre sus miembros, y el carácter emocional de los vínculos étnicos ligados a su capacidad para crear un sentimiento de solidaridad entre los miembros del grupo.

    • Conclusión

    En este punto se compararon las posturas de estos cuatro autores respecto a su concepción del estado y del nacionalismo.

    La teoría del estado de Marx deriva de su percepción de la historia de la sociedad como la lucha constante entre clases sociales opuestas. Dentro de este marco teórico, se refiere al estado como a la forma de organización que la burguesía adopta necesariamente para satisfacer sus objetivos internos y externos, garantizando en última instancia su propiedad y sus intereses. El poder político es reducido al poder de organizado de una clase social para oprimir a otra.

    Durkheim, por el contrario, define al estado como el órgano de disciplina moral, justicia y pensamientos sociales. El estado ofrece dignidad y derechos a los individuos, al mismo tiempo que les impone restricciones y limitaciones. El estado tiene un objetivo moral: la expansión de la justicia dentro de la sociedad.

    Ninguno de los dos otorga una atención específica al estado-nación como fenómeno genérico ni vincula de manera sistemática la naturaleza del estado moderno con las reivindicaciones territoriales y el control de la violencia, características que serán cruciales en el análisis del nacionalismo.

    Treitschke y Weber ofrecen un enfoque radicalmente distinto. Ambos sitúan al estado en la arena de la lucha constante entre las naciones. Treitschke destaca el poder como característica distintiva del estado y afirma su superioridad absoluta, su independencia y su exigencia de una obediencia ciega por parte de los individuos. Estas ideas contrastan con la postura de Durkheim, que define al estado como el representante de los intereses de aquellos a quienes gobierna.

    Hay tres razones principales de por qué no existe un tratamiento sistemático del nacionalismo en la teoría social clásica. Primera, la sociología nació como una nueva ciencia, estrechamente ligada al auge de la industrialización, y representó un esfuerzo por comprender las nuevas circunstancias que los seres humanos debían afrontar como consecuencia del cambio en las condiciones y en la organización del trabajo. El nacionalismo no fue considerado como un fenómeno susceptible de ser conectado al auge de los estados-nación modernos, o como una característica vinculada a la expansión del industrialismo.

    Una segunda razón concierne los intentos de Marx, Durkheim y Weber por construir una “gran teoría” capaz de explicar la evolución de la sociedad desde su génesis hasta el tiempo presente. Para este objetivo Marx se basó en la economía; Durkheim, consideraba la división de trabajo y Weber fijo su atención en la burocracia.

    En consecuencia las distintas aproximaciones al nacionalismo que se han considerado en este apartado resultan inadecuadas por varias razones: ignoran la dimensión del nacionalismo como proveedor de identidad para los individuos que viven y trabajan en las sociedades modernas; no desarrollan una distinción clara entre el nacionalismo y el estado-nación; no ofrecen explicación alguna de cómo el nacionalismo puede transformarse en un movimiento social generador de autonomía política; ni de su capacidad para homogeneizar a individuos que viven un territorio concreto y comparten una misma cultura. Un análisis adecuado del nacionalismo necesita dar cuenta de todos estos aspectos y además debe conectar el nacionalismo con la democracia y la soberanía popular.

    Carácter Político del Nacionalismo: Nacionalismo y Estado-nación

    Para comprender el nacionalismo hay que estudiar sus dos dimensiones: la política y la cultural. Así, por una parte el nacionalismo moldea e intenta hacer frente al auge del estado moderno; mientras, por otra, juega un papel vital como una de las fuentes fundamentales de identidad para los individuos contemporáneos.

    En este capítulo se tratará el estado-nación y las ideas que condujeron al surgimiento del nacionalismo en la Europa occidental. El análisis se centrará, en el carácter político, examinando la relación entre éste y el estado-nación y acentuando su papel crucial en el discurso moderno de la legitimidad política.

    Se plantean dos tipos de nacionalismo: el promovido por quienes gobiernan el estado-nación y el de las naciones sin estado.

    Se analizarán las formas en las que actúan ambos tipos de nacionalismo; el primero usando el poder del estado-nación; el segundo desarrollando estrategias que le permitan rechazar a un estado con el cual no se siente identificado.

    Con el fin de examinar el carácter político del nacionalismo se debe de establecer una distinción conceptual básica entre nación, estado, estado-nación y nacionalismo. Por “estado”, según Weber, se entiende “una comunidad humana que reivindica el monopolio del uso legítimo de la fuerza dentro de un territorio dado”. Se define la “nación” como un grupo humano consciente de formar una comunidad, que comparte una cultura común, está ligado a un territorio claramente delimitado, tiene un pasado común y un proyecto colectivo para el futuro y reivindica el derecho a la autodeterminación. La “nación” incluye cinco dimensiones: psicológica, cultural, territorial, política e histórica. Por “nacionalismo” se entiende al sentimiento de pertenencia a una comunidad cuyos miembros se identifican con un conjunto de símbolos, creencias y formas de vida concretas, y manifiestan la voluntad de decidir sobre su destino político común.

    Por último, el estado-nación, es un fenómeno moderno, caracterizado por la formación de un tipo de estado que posee el monopolio de lo que define como el uso legítimo de la fuerza dentro de un territorio delimitado y que busca conseguir la unidad de la población sujeta a su gobierno mediante la homogeneización. Con este fin, restablece o inventa tradiciones y mitos de origen.

    Las principales diferencias entre una nación y un estado-nación, cuando la nación y el estado no coinciden, y casi nunca lo hacen, son las siguientes: mientras que los miembros de una nación son conscientes de formar una comunidad, el estado-nación se esfuerza por conseguir crear una nación y desarrollar un sentido de comunidad a partir de ella; mientras que la nación disfruta de una cultura, unos valores y unos símbolos comunes, el estado-nación se marca como objetivo la creación de los mismos.

    El origen de las naciones es una de las cuestiones mas controvertidas en el análisis del nacionalismo y de sus implicaciones políticas. Existen dos posturas fundamentales: la primera supone que la nación es algo natural y la segunda postura sostiene que la nación y el nacionalismo son fenómenos modernos.

    Tanto una como otra perspectiva presentan insuficiencias. Los autores que defienden la “naturalidad” de las naciones simplifican el concepto al incluir todo tipo de grupo humano. Por otra parte, los autores que defienden la “modernidad” de la nación y del nacionalismo ignoran las raíces históricas de las comunidades étnicas que se transformaron en naciones y más tarde se convirtieron, aunque sólo algunas, en estado-nación.

    Se puede decir que, a partir de la Edad Media, donde se formaron grupos amplios ligados a un territorio concreto con la aparición de los mercados, la intensificación del comercio, las guerras y el lento pero progresivo ensanche de radio de acción del estado, es ahí donde empieza la emergencia de una conciencia de formar comunidades específicas. Es precisamente en ese momento cuando podemos hablar del surgimiento de las naciones.

    Se suele situar el auge del estado-nación y del nacionalismo a finales del siglo XVIII y vincular su surgimiento con las ideas que dieron lugar a la Revolución americana de 1776 y la Revolución francesa de 1789. el estado-nación apareció como producto de un proceso multidimensional que cambió las relaciones de poder en la sociedad.

    La convicción principal del nacionalismo romántico es que la nación forma y moldea la cultura, un modo de vida particular y las instituciones sociales más importantes. El nacionalismo romántico sintoniza mejor con las condiciones de las naciones sin estado, o con el firme rechazo de los estados existentes en caso de no coincidir con una nación única.

    Así, mientras el nacionalismo de la Revolución francesa se centraba en una dimensión política, acentuando la igualdad entre los hombres y proclamando la soberanía popular como la única vía para legitimar el poder de los gobernantes, las ideas del romanticismo alemán otorgaron un nuevo carácter y una fuerza inusitada al nacionalismo al enfatizar la lengua común, la sangre y la tierra como elementos constitutivos del Volk (nación).

    El poder del estado juega un papel fundamental en todo el proceso de formación del estado-nación y a la hora de definir el estado moderno.

    El poder del estado sobre sus ciudadanos se ejerce de maneras diversas. Primera, imponiendo y recaudando impuestos. Segunda, estableciendo los derechos y deberes de los ciudadanos entre sí, y entre éstos y él mismo, confiriéndoles poder y constriñéndolos. Tercera, el estado moderno, gracias a la tecnología, ha sofisticado su control hacia sus ciudadanos.

    El estado moderno también goza de la capacidad de controlar dos elementos de trascendencia extraordinaria en los procesos de homogeneización de la población: los medios de comunicación de masas y la educación.

    Un elemento decisivo del estado moderno es la necesidad de legitimar su poder. Como producto de las ideas sobre la igualdad, la libertad y la soberanía popular, se ha aceptado a la democracia como la “mejor” forma de gobierno.

    La democracia implica la soberanía popular y la autodeterminación puede ser considerada como su última consecuencia. En este contexto hay que diferenciar entre estados “legítimos” e “ilegítimos”. Por estado “legítimo” no referimos a aquella situación en la que el estado se corresponde con la nación; por estado “ilegítimo” entendemos un estado que incluye en su territorio naciones diferentes o partes de otras naciones.

    En el primer caso -cuando la nación y el estado son coextensivos- vemos que este último favorece al nacionalismo, en tanto que instrumento homogeneizador que permite aumentar el grado de cohesión de su población. En este tipo de sociedad, el nacionalismo penetra en la vida cotidiana y sólo adquiere un lugar preeminente en situaciones específicas, en las que se cuestiona la integridad del estado-nación.

    La situación cambia cuando estamos ante un estado “ilegítimo”. La inclusión de diferentes naciones dentro de un estado normalmente da lugar al predominio de una nación sobre las demás y normalmente el estado discrimina a algunas de sus partes y beneficia a otras. El estado intenta inculcar una cultura común, un conjunto de símbolos y valores, y llevar a cabo un programa de homogeneización que no respeta las diferencias culturales entre sus ciudadanos. Esto es así porque el estado, para reforzar su legitimidad, procura crear una nación única.

    Cuando la nación y el estado no son coextensivos, hay dos salidas potenciales: una, que el estado tenga éxito y asimile a todas las naciones que existen dentro de su territorio, con lo que las culturas de las minorías se integrarían en la cultura principal, y en caso contrario, que el estado no consiga asimilar las minorías nacionales, los individuos se sentirán como “extranjeros” con respecto al estado y éste es percibido como una institución ajena.

    Cabe distinguir dos estrategias principales en contra del estado: la resistencia cultural y la lucha armada.

    Por “resistencia cultural” se entiende la tarea de mantener la vida intelectual de la nación (ejemplo campesinado catalán en la dictadura de Franco).

    La segunda estrategia, “la lucha armada”, consiste en un intento por parte de algunos grupos nacionalistas de desafiar el monopolio de la violencia estatal ( ETA ). Cuando la lucha armada tiene lugar en un estado en el que las minorías nacionales están fuertemente reprimidas puede surgir un sentimiento de complicidad entre los miembros de la comunidad. Esto no significa que todos los miembros de la minoría acepten esta opción, sino que muy pocos proporcionarán ayuda a los representantes del estado o negaran su ayuda a los grupos armados. Hay varias razones para esto, entre las que cabe destacar el miedo a posibles represalias o que la mayoría tenga a un familiar miembro del grupo armado o en la cárcel.

    El nacionalismo como principio político sostiene que la nación y el estado deberían ser congruentes. Los partidos nacionalistas en los estados-nación y en las naciones sin estado cumplen funciones diferentes y muestran características distintivas.

    Cuando la nación y el estado son coextensivos, la palabra “nacionalista” no suele emplearse como etiqueta política: el “nacionalismo” se da por sentado.

    En naciones sin estado nos encontramos con un fenómeno radicalmente distinto. Los partidos nacionalistas que representan a las minorías nacionales excluidas del sistema político son a menudo clandestinos. El estado normalmente se niega a conceder el estatus de “naciones” a esas minorías.

    El nacionalismo puede servir como un factor de unificación entre los partidos que luchan por la supervivencia de la “nación”, pero una vez conseguido un cierto grado de autonomía política o cultural, las alianzas suelen desintegrarse y dar pasa a la formación de nuevos partidos.

    La ausencia de nacionalismo en el futuro sólo puede ser el resultado de la consecución de una comunidad pacífica que respete y estimule el multiculturalismo, o bien la señal de que un proceso de homogeneización cultural mundial ha tenido éxito.

    La Identidad Nacional, Globalización y Modernidad

    En este punto se desarrollará la formación de la identidad nacional y el actual resurgimiento del nacionalismo y su relación con un interés particular, tanto en la identidad colectiva como en la individual.

    Para explicar el surgimiento de la identidad nacional seguiremos tres pasos: primero, el desarrollo de la imprenta y su función en la expansión y consolidación de las lenguas vernáculas; analizando el impacto de la educación y de los niveles de alfabetización en la Europa del siglo XIX conectándolos con el avance del nacionalismo. Segundo, la relación entre la identidad nacional y cultura. Finalmente, al plantear que el poder del nacionalismo se origina en su capacidad de crear una identidad común entre los miembros de un grupo determinado, hay que mirar que función cumple el simbolismo y el ritual en el establecimiento e incremento de los sentimientos nacionalistas.

    La imprenta colaboró a establecer cada vez más las lenguas nacionales como modo de expresión y, en el siglo XVI, las lenguas vernáculas establecieron definitivamente su pretensión de ser lenguas con una literatura independiente.

    Las lenguas impresas establecieron las bases de la conciencia nacional de tres maneras: crearon campos unificados de intercambio y comunicación por debajo del latín y por encima de las lenguas vernáculas habladas. ; proporcionaron una nueva firmeza a la lengua, construyendo una imagen de antigüedad, básica para la idea subjetiva de la nación; y crearon lenguas de poder que se diferenciaban de las viejas lenguas vernáculas de uso administrativo.

    El factor crucial en este proceso fue que, por primera vez, la lengua en la que la gente de un área concreta hablaba y pensaba coincidía con la que utilizaban los gobernantes. Este hecho acentuaba la idea de formar una comunidad cuyos miembros podían reconocerse como tales al comprobar su capacidad de comunicarse entre ellos.

    La conciencia nacional se deriva de compartir valores, tradiciones, recuerdos del pasado y planes para el futuro, contenidos dentro de una cultura particular que se piensa y se escribe en una lengua particular. La existencia de una lengua vernácula no es una condición indispensable para la creación de la conciencia nacional, aunque, allí donde existe, facilita su creación.

    Unido a esto está el proceso de alfabetización en los distintos países, ya que con esto las personas tenían mejor acceso al material escrito y por tanto a la información que este contenía.

    Se puede afirmar que en los países que registran un alto nivel de alfabetización en el siglo XIX es muy probable que se desarrolle un nacionalismo inspirado por el estado, que de lugar a la creación de un estado-nación mas o menos homogéneo. Por el contrario, las áreas con altos índices de analfabetismo ofrecían la posibilidad de mantener las lenguas y culturas vernáculas no coincidentes con las adoptadas por los respectivos estados, y que sólo unos pocos intelectuales se empeñaban en seguir utilizando.

    Allí donde estado y nación coincide, la educación y la generalización de la alfabetización, no sólo refuerzan la posibilidad de comunicación entre la población, sino que secundan el desarrollo de un fuerte sentido de comunidad.

    Cuando el estado consigue imponer una cultura y una lengua, y, con ello, generar un sentimiento de patriotismo entre sus ciudadanos, podemos afirmar que es el nacionalismo quien engendra a las naciones. El estado favorece el nacionalismo como medio de fortalecer los vínculos existentes entre sus ciudadanos. Si el estado tiene éxito, se puede decir que es el estado quien crea la nación.

    Las identidades existen sólo dentro de sociedades, que las definen y organizan. A escala individual, esta búsqueda se hace patente a través de la necesidad de pertenecer a una comunidad. En la actualidad, la nación representa una de estas comunidades: la identidad nacional es su producto.

    Las principales fuentes de la identidad nacional son la comunidad de cultura y la unidad de significado. En cuanto en el ámbito colectivo, la identidad nacional necesita ser sostenida y reafirmada a intervalos regulares; el ritual juega aquí un papel crucial.

    Los símbolos y los rituales son decisivos para la creación de la identidad nacional. La conciencia de formar una comunidad se crea mediante el uso de símbolos y la repetición de rituales que inyectan energía a los miembros de la nación.

    Relacionemos ahora la identidad nacional con la globalización y la modernidad.

    Se entiende por globalización “la intensificación de relaciones sociales de ámbito mundial que vinculan lugares distantes de tal manera que los sucesos locales están influidos por acontecimientos que suceden a kilómetros de distancia y viceversa”.

    Podemos aproximarnos a la globalización desde tres perspectivas básicas. La primera es el carácter global del sistema de estados-nación en la medida en que la escena política está constituida por unidades soberanas que gobiernan en territorios claramente delimitados y tienen capacidad de actuar a escala supranacional. La segunda es el rol del capitalismo en tanto que influencia globalizadora fundamental que incide sobre el orden económico. La llamada” teoría del sistema mundial” cuyo principal defensor es Wallerstein, presenta una imagen del mundo moderno divido en centro, semiperiferia y periferia. La tercera es la creación de una comunidad científica global en la que un flujo constante de información permite una rápida difusión de las ideas.

    La globalización también supone la concienciación de que toda la humanidad tiene que afrontar una serie de problemas comunes que no pueden ser resueltos individualmente.

    El actual renacimiento de la etnicidad responde a una necesidad de identidad, pero una identidad de carácter “local” más que “global”. El nacionalismo aparece como una reacción a dos constituyentes intrínsecos de la modernidad que se encuentran estrechamente relacionados con la globalización: la duda radical y la fragmentación.

    En un mundo de duda y fragmentación, la tradición adquiere una importancia nueva. Aparece como una rutina intrínsicamente significativa que emana del pasado común de una comunidad concreta.

    El nacionalismo presume la resistencia cultural, y desafía a la sociedad moderna al defender la reivindicación de la diferencia cultural basada en la etnicidad.

    La relación entre globalización e identidad nacional exige una breve discusión del papel que juegan los individuos y de su necesidad particular de identidad.

    La estrategia principal para preservar la identidad es el aislamiento, aunque las culturas modernas no pueden permitirse el aislamiento: la globalización extiende las interconexiones y provoca que los individuos pertenecientes a distintas culturas sean conscientes de las interdependencias, mientras que al mismo tiempo las crea.

    Nacionalismo, Racismo y Fascismo

    El discurso nacionalista es invocado por minorías que reclaman el derecho a la autodeterminación y por naciones que desean desplegar sus propias culturas, respetando al mismo tiempo derechos idénticos en naciones vecinas. Pero en otros casos, el nacionalismo viene ligado a varias formas de discriminación, que implican una categorización de los individuos en función de su identidad nacional. En este contexto, el nacionalismo puede ser invocado por aquellos que manifiestan actitudes racistas, xenófobas y fascistas, y a menudo, conlleva el uso de varios tipos de violencia.

    • Raza

    La raza es una forma de designar la diferencia entre los miembros de una colectividad particular y los “otros”, “los extranjeros”. La raza establece una barrera entre aquellos que comparten ciertas características biológicas o fisonómicas que “pueden aparecer, o no, principalmente en la cultura o el estilo de vida, pero que siempre se basan en la separación de las poblaciones humanas por alguna noción de estirpe o herencia colectiva de rasgos”.

    La raza como concepto se origina en el siglo XIX. Su función principal era, y aún es, la clasificación de los individuos en base al supuesto que las diferencias en el fenotipo equivalen a variaciones en el intelecto y en las capacidades.

    Se deben tomar en consideración dos ideas fundamentales cuando se habla de la raza. Primera, la “raza” es un concepto arbitrario que cambia históricamente. Segunda, aunque la validez científica de la “raza” es cuestionable, la clasificación de acuerdo con las diferencias físicas conserva toda su fuerza debido a la visibilidad de dichos rasgos.

    El concepto de “raza” atraviesa las fronteras del estado-nación; no obstante, la discriminación, la clasificación y la organización de las relaciones sociales entre las “razas” se da dentro de los estados-nación; éstos gozan de la capacidad de imponer políticas particulares que contienen formas de excluir individuos, otorgar poder y recursos a grupos determinados y, en última instancia, decidir quiénes serán susceptibles de recibir el derecho a la ciudadanía.

    • Racismo

    El racismo es un discurso ideológico basado en la exclusión de colectividades particulares, debido a su naturaleza biológica o cultural. La especificidad del racismo radica en su constante invocación de una diferencia que atribuye superioridad a un grupo en detrimento de otro y favorece el crecimiento de sentimientos hostiles hacia aquellos que han sido definidos como “diferentes”. El racismo implica una evaluación negativa del otro, que requiere una censura activa de cualquier tendencia a considerarlo como a un igual.

    Al considerar las actitudes racistas, el poder desempeña un papel fundamental de tres maneras diferentes. Primera, dentro del discurso racista el poder se ejerce epistemológicamente en las prácticas duales de nombrar y evaluar al otro. Segunda, las consecuencias sociopolíticas del racismo están sujetas al poder que poseen los racistas. Así, un grupo puede considerar a sus vecinos como endémicamente inferiores, pero si carece de poder para imponer sus puntos de vista, éstos serán limitados y no tendrán ninguna trascendencia. Y tercera, cuando un grupo impone una concepción del mundo que contiene elementos racistas, la sociedad en cuestión se divide automáticamente entre grupos minoritarios y mayoritarios. Los grupos minoritarios “no son necesariamente inferiores en número, sino que son aquellos que se enfrentan con el prejuicio y el tratamiento desigual porque son vistos, de alguna forma, como inferiores”; en este contexto, la expresión “minoría” es sinónimo de falta relativa de poder: Un “grupo mayoritario”, por el contrario, posee el poder político, económico e ideológico; la “mayoría” asume que su cultura es la cultural natural de toda la sociedad, su lengua domina las esferas pública y privada.

    • Racismo y género

    Podemos detectar diferentes articulaciones del racismo de acuerdo con la clase social y el género. Esta afirmación tiene por objeto clarificar dos aspectos que normalmente no se consideran al analizar el racismo: la existencia de divisiones internas dentro de la clase social y la raza, y la diferente posición de las mujeres en función de su clase, cultura y etnicidad.

    El género y la raza se basan en una relación supuestamente “natural”, que asigna cualidades y necesidades dispares a los individuos y “justifica” las desigualdades. La clase, el género y la raza reflejan estructuras de poder dentro de una sociedad determinada y juegan un papel crucial en la constitución de la identidad nacional.

    • Racismo y nacionalismo

    El racismo es una doctrina que niega derechos políticos, cívicos y sociales; significa el odio al diferente. El racismo y el nacionalismo ofrecen mensajes radicalmente opuestos. El racismo surgió como una doctrina de exclusión para legitimar el dominio de grupos fenotípicamente diversos y ha resultado ser de gran utilidad para la reproducción de estructuras de clase, basadas en la subordinación de aquellos que son definidos como inferiores por naturaleza. El racismo no atraviesa las fronteras nacionales, sino que determina la relación entre grupos que viven juntos en una sociedad fragmentada.

    Los racistas quieren dominar el territorio que ocupan; en cambio, el nacionalismo quiere regenerar la nación, hacer florecer su cultura e implicar a sus miembros en un proyecto común que trascienda sus propias vidas.

    El denominado “lado oscuro” del nacionalismo sale a la luz cuando aquellos que luchan por promover y hacer prosperar a su nación deciden no respetar el derecho a existir y a desarrollarse de otras naciones, en particular sus vecinas.

    Este tipo de nacionalismo saciado al racismo posee una forma particular de ver la relación básica entre “nosotros” y “ellos”, y la utiliza en la construcción de la identidad nacional. El “otro” no es alguien que nos hace conscientes de nuestras propias particularidades, alguien de quien aprender, a quien respetar, con quien convivir y a quien podemos tomar como punto de referencia en la construcción de nuestra propia identidad; este nacionalismo ve en el “otro” un enemigo potencial o de hecho, pero sobre todo alguien que es inferior.

    • Fascismo

    Un cierto tipo de nacionalismo reside en el núcleo del discurso fascista. Se quiere dar una definición del fascismo que servirá de punto de partida para el estudio de sus bases psicológicas y sus conexiones con el nacionalismo.

    Linz, define el fascismo como un antimovimiento. Las ideas fascistas se definen por ser antiliberales, antiparlamentarias, antisemitas, anticomunistas, parcialmente anticapitalistas y antiburguesas, anticlericales o por lo menos no-clericales. Todas estas antiposiciones, en combinación con sentimientos nacionalistas exacerbados, conducen en muchos casos a ideas pan-nacionalistas, que en el pasado desafiaron a los estados existentes, y dan cuenta de buena parte de la política exterior agresiva y expansionista de algunos regímenes fascistas.

    Según Eley, el fascismo europeo supuso un cambio cualitativo en las prácticas conservadoras existentes al reemplazar las nociones tradicionales de jerarquía por nociones corporativistas de organización social, combinadas con nuevas ideas sobre un estado autoritario dirigido centralmente y un nuevo tipo de estructura nacional-económica regulada, multi-clasista e integrada. Pero, sobre todo, el fascismo representó un ideal de concentración nacional, en el que la fidelidad a la nación liquidó todas las formas de identificación seccional.

    La regeneración de la nación es uno de los objetivos fundamentales de cualquier movimiento nacionalista. En el caso del fascismo, la pertenencia a una misma nación es la cualidad que unifica a todos los ciudadanos. La construcción de la comunidad se sitúa por encima de otras formas de identidad, como la clase. La regeneración de la comunidad nacional es un mensaje simple y con éxito que generalmente implica una cierta superioridad étnica o cultural de la nación renacida, con relación a ciertos pueblos y culturas que son juzgados inferiores.

    • Fascismo y raza

    Diversas formas de racismo impregnan la ideología fascista emanando del intento fascista de generar un sentido de unicidad, una comunidad autocentrada que rechaza el cosmopolitismo y la diferencia étnica. Los estudios del fascismo difieren en cuanto al rol del componente racista en los regímenes alemán e italiano. Hay tres diferencias básicas entre los movimientos de Hitler y Mussolini:

  • Mientras que el nazismo se basaba en la doctrina de la raza, los ideólogos italianos siempre acentuaron el fundamento no-biológico y voluntarista de su movimiento.

  • Divergencia de tono. Aunque el movimiento fascista italiano se enorgullecía de la brutalidad de las escuadras, las medidas políticas del régimen fueron suaves en comparación con las del nazismo.

  • Niveles de aceptación diferentes en cuanto a la penetración en la vida nacional de los dos países.

  • Fascismo y ritual

  • El nazismo consideraba el estado como la emanación del Volk y amparaba la preservación y el fomento de la raza aria. Mussolini percibió el estado como el creador de la nación, el discurso fascista italiano tenía por meta la construcción de u hombre nuevo, un hombre del futuro: “el homo fascistus”.

    Una de las características más preeminentes y distintivas del fascismo fue el uso de símbolos, ceremonias y rituales. El fascismo creó un mundo de objetos sagrados y organizó su culto eficazmente. El jefe (Führer, Duce), el partido y el Volk (pueblo, nación o raza) se situaban en el centro del nuevo culto.

    La religión secular del fascismo que estaba surgiendo apelaba a los sentimientos de los individuos que, al vocear el mismo grito al desfilar y al cantar los mismos himnos, sentían cómo su identidad se confundía con la del grupo.

    • Fascismo y género

    El papel otorgado a las mujeres dentro de la sociedad fascista se reducía a la procreación y a la educación de los niños. Las mujeres eran madres y esposas que debían cuidar de la pureza de la raza. El fascismo fomentó la natalidad para aumentar el poder de la nación.

    La fuerza y la belleza masculina, la juventud y un élan vital, aparecían como los elementos principales en la configuración del prototipo masculino. El culto a la fuerza física, la vida, la salud y la sangre, se combinaba con el desprecio por los intelectuales.

    La masculinidad se hacía equivalente a la fuerza, la sexualidad, la violencia y la brutalidad. La feminidad significaba la rendición pasiva a la fuerza de los hombres y la aceptación de un papel fundamental en el cuidado de los niños, los ancianos, los ex militares, y los hombres en general.

    • Fascismo y nacionalismo

    Tanto el nacionalismo contemporáneo como el fascismo tienden a desembocar en la creación de movimientos de masas. La existencia de una elite devota es clave para el nacionalismo. La presencia de un jefe carismático es crucial para que el movimiento pueda alzar a las masas.

    Son tres las principales funciones del “jefe”:

  • Encarnar al mito fascista.

  • Proporcionar las bases organizativas del movimiento/régimen con las que el fascismo intenta sustituir el orden del estado.

  • Crear una nueva teoría de la legitimidad.

  • El fascismo y el nacionalismo resaltaban los vínculos entre el pasado y el presente, ofrecían a los individuos la oportunidad de comprometerse en un proyecto común concerniente al futuro de su nación como entidad a la que pertenecían y que les trascendía.

    Para los fascistas, la nación es natural y está por encima de la clase. Sin embargo, esta afirmación también contiene la idea del individuo como función de la vida del grupo.

    El fascismo y el nacionalismo se basan en el establecimiento de fronteras entre los de dentro y los de fuera.

    Conclusiones

    Con este trabajo se ha pretendido estudiar el nacionalismo al tratar dos aspectos básicos del mismo: el análisis de los elementos políticos, sociales y psicológicos del nacionalismo, y la distinción entre el “nacionalismo de estado” y el nacionalismo de las “naciones sin estado”.

    El nacionalismo sólo puede comprenderse correctamente teniendo dos dimensiones fundamentales: su carácter político y su papel en la creación de identidad. El carácter político del nacionalismo emana de su calidad como doctrina estrechamente vinculada a la territorialidad del estado-nación. El nacionalismo no sólo reforzó el proceso de construcción del estado-nación, sino que contenía la semilla de las nuevas tensiones que iban a afectar a las minorías nacionales incluidas dentro de las fronteras de los estados-nación ya establecidos.

    La fuerza del nacionalismo deriva de su fuerza para crear un sentido de identidad. La cultura común, la tierra, un mito de origen, la voluntad de construir un futuro y cuando es posible, una lengua, son elementos básicos que favorecen el surgimiento de una conciencia común. La nación es el contexto socio-histórico en el que esta incrustada la cultura, y por medio del cual ésta se produce, se transmite y se recibe.

    El nacionalismo se basa en la tradición como un elemento que trasciende la vida de los individuos; sin embargo, supone también un proceso dinámico y continuo en el que los símbolos son recreados constantemente y adquieren nuevos significados, para adaptarse a las circunstancias cambiantes que rodean la evolución de la vida de la comunidad.

    Las futuras formas del nacionalismo en Europa occidental probablemente exhibirán un conjunto de características que están presentes en los nacionalismos contemporáneos y que los distinguen de los nacionalismos de finales del siglo XIX y principios del XX. Estas características son las siguientes:

  • La apelación a la democracia y a la soberanía popular como agentes legitimadores dentro del discurso nacionalista.

  • El rol del nacionalismo como movimiento de masas.

  • La erosión contemporánea de un modelo de sociedad dividida en clases perfectamente delimitadas contribuye a la aparición de una forma de nacionalismo que fácilmente se propaga a través de las barreras sociales.

  • Las espectaculares revoluciones tecnológicas de los últimos años han incrementado el poder de los canales mediáticos en la difusión de formas simbólicas.

  • Los nacionalismos contemporáneos se sirven de la tradición y la colocan al servicio de la humanidad.

  • El diálogo entre culturas alentado por la globalización afecta todas las regiones del mundo y transforma radicalmente el mensaje del nacionalismo, puesto que el aislamiento y la ignorancia del “otro” ya no son posibles.

  • Con este trabajo se quería clarificar el origen del nacionalismo y su concepto, para poder entender un poco mejor el movimiento sociopolítico que últimamente está tan de actualidad, ya no sólo en España, sino también en el resto del mundo.

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