Multinacionales y economías internas tras la Segunda Guerra Mundial

EEUU (Estados Unidos). Décadas doradas. Cooperación internacional. Expansión empresarial estadounidense. Compañías transnacionales

  • Enviado por: Argyll
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 11 páginas
publicidad
publicidad

Multinacionales Y Economías Internas En El Periodo Posbélico

trabajo de análisis


MULTINACIONALES Y ECONOMÍAS INTERNAS EN EL PERIODO POSBÉLICO

trabaJO DE ANÁLISIS

1. SITUACIÓN PREVIA: 1913-1945

Las economías nacionales durante la II Guerra Mundial

Para comprender la expansión de las multinacionales y sus efectos en las economías nacionales europeas tras la II Guerra Mundial es necesario conocer la evolución de la situación económica de Europa durante el conflicto. Los efectos económicos de la II Guerra Mundial no fueron tan graves como cabría esperar (sobre todo si los comparamos en proporción con los de la I Guerra Mundial). De hecho, hubo naciones que se vieron muy favorecidas por esta situación: Norteamérica y Australia doblaron su producción, gracias en buena parte a la fabricación de material bélico, con una tasa de crecimiento anual del 13%. En América Latina el crecimiento de la producción fue del 25%, mientras en Asia ésta se mantuvo, así como en Europa Occidental.

La II Guerra Mundial supuso la culminación de las continuas tensiones que se vivieron en el continente europeo desde el surgimiento de Alemania como nación unificada a mediados del s. XIX. Alemania, con una política agresiva, se había convertido en una superpotencia, y durante la guerra hizo uso de su poder para someter no sólo políticamente, sino también económicamente, a gran parte de Europa.

De hecho, el poder económico de Alemania se incrementó mucho durante la guerra. Su PIB en 1944 era un 24'2% mayor que el de 1938. Esta situación se debió a muchos motivos: por una parte, las ocupaciones de territorios aledaños proporcionaron gravámenes muy beneficiosos para Alemania. Por otro lado, la fuerza de trabajo aumentaba continuamente, ya fuera por medio de prisioneros o por importación de trabajadores. Esta mano de obra barata contribuyó a mantener los grandísimos niveles de producción de la industria alemana, volcada sobre todo en la fabricación de material bélico y pesado. Además, los activos exteriores de Alemania se incrementaron, muchas veces de forma ilegal. Alemania controlaba gran parte de la economía europea hacia 1942.

En Francia la situación durante la ocupación fue menos favorable: la producción cayó a dos terceras partes del nivel de 1938, y la tercera parte de la producción se iba a Alemania en forma de gravámenes. El consumo cayó al 45% del nivel anterior a la guerra. Sus activos exteriores, que antes de la guerra rondaban los 3'9 mil millones de dólares, se redujeron a cero. La situación interna en Bélgica y los Países Bajos fue muy parecida (aunque la pérdida de activos exteriores fue menor: Bélgica prácticamente los mantuvo, y los Países Bajos los redujo a la mitad). Al ser zonas de intensos combates, sus industrias e infraestructuras quedaron prácticamente destruidas.

En los países nórdicos se vivieron situaciones menos graves: Noruega perdió el 13% de su capacidad productiva, pero su reducida población se vio incrementada con medio millón de soldados de ocupación del Reich, que no producían pero sí consumían. Sus niveles en general en 1942 eran un tercio menores que en 1938. Dinamarca, por su parte, fue el país de la Europa ocupada al que menos afectó la invasión: sus niveles variaron muy poco.

Grecia, Polonia, Yugoslavia y la URSS se llevaron la peor parte. Sus habitantes eran considerados por los nazis como infrahumanos. Sus niveles quedaron por debajo de la subsistencia, y gran parte de la población murió por desnutrición.

Gran Bretaña sufrió los efectos de la “guerra económica” de forma menos dramática que los militares. Su consumo se redujo menos del 10%, la distribución de víveres fue equitativa e incluso los estándares de salud aumentaron. Los niveles de vida se mantuvieron. Gran Bretaña obtuvo recursos de sus activos exteriores (50 mil millones de dólares, un 20% más que su PIB), aunque los perdió todos y tuvo que recibir ayuda de los EEUU y Canadá, lo que le hizo caer en una deuda que le resultaría bastante onerosa en el futuro. Los intensos bombardeos al comienzo de la guerra (Blitz) mermaron su capacidad industrial. No obstante, al abandonar los alemanes relativamente pronto sus pretensiones de invasión, los británicos pudieron recuperar una parte de su tejido productivo antes del fin de la guerra en Europa, cosa que Francia, Bélgica o los Países Bajos no pudieron hacer.

En general, los niveles de inversión fueron muy bajos. El sector armamentístico fue el que acaparó la mayor parte de las inversiones, lo que repercutió ligeramente de forma beneficiosa en otros sectores civiles. La destrucción de inmovilizado industrial y comercial e infraestructuras fue intensa: cayeron más de 2 millones de toneladas de bombas en Europa sólo por parte aliada, los soviéticos destruían todas las factorías de su territorio que podían caer en manos alemanas en su avance, los submarinos habían hundido muchos barcos mercantes y la riqueza pecuaria había sido arrasada en muchas zonas. Por otro lado, los EEUU se fortalecieron, beneficiados por no soportar la guerra dentro de sus fronteras.

La empresa y la industria de EEUU desde 1913

Alrededor de 1913 la industria de los EEUU es indiscutiblemente la más avanzada del mundo. Los niveles industriales estadounidenses en 1913 eran ligeramente mayores que los de Alemania y Gran Bretaña unidos. En 1950 los EEUU superaban a toda Europa Occidental en conjunto. El causante de esta circunstancia fue el intenso progreso tecnológico aplicado a la producción industrial y a la organización empresarial. Este progreso tal vez hubiera sido superior de no haberse producido tantos desastres en el periodo 1913-1950 (por la aportación que Europa pudiera haber hecho), pero aún así los EEUU de forma autónoma consiguieron incrementos inmensos en los niveles productivos, básicos para comprender el crecimiento de sus empresas y su posterior expansión por el mundo.

La productividad de los factores se incrementó durante el periodo anterior a la guerra a tasas muy elevadas. Así, la productividad del trabajo creció anualmente a una tasa del 2'5%, el doble que en Gran Bretaña. Esta mayor productividad por trabajador se debe a la introducción de innovaciones organizativas, entre las que destaca el fordismo, introducido por Henry Ford en sus factorías de automóviles. Para hacernos una idea de la efectividad de esta técnica de división del trabajo, basada en la producción en cadenas de montaje, basta decir que en la primera década del siglo se empleaban unas 14 horas en fabricar una unidad del famoso Ford T; tras la I Guerra Mundial, con la introducción de la cadena de montaje, el tiempo se redujo a una hora y media, mientras a mediados de los años 20 se producía un Ford T cada 10 minutos. El incremento en la producción permitió bajar el precio del automóvil, que dejó de ser un producto de lujo para unos pocos privilegiados: en 1929 había en EEUU un automóvil por cada 5 americanos, mientras en Francia o Gran Bretaña había uno por cada 40 habitantes. Lógicamente, los beneficios empresariales de Ford aumentaron, incrementándose también los salarios y produciendo un efecto positivo en la economía nacional. El aumento de los bienes de equipo fue menor, a niveles muy inferiores de los del s. XIX. Sin embargo, el capital introducido era muy avanzado tecnológicamente, por lo que su productividad también aumentó: de hecho, en las centrales eléctricas las nuevas máquinas redujeron el coste de producción del kw/h, por lo que se produjo un abaratamiento de la energía eléctrica y una generalización en su uso, que produjo encadenamientos positivos en otras industrias, como la de los electrodomésticos.

Los motivos que explican el desarrollo del progreso tecnológico son diversos, aunque podrían resumirse en cuatro puntos:

· Desde la segunda mitad del s. XIX se estaban construyendo grandes infraestructuras en el país. Estas infraestructuras permitirían explotar la ingente cantidad de recursos naturales que los Estados Unidos poseían. La construcción de medios de transporte, almacenes, canales, puertos... presentaba problemas que se convirtieron en retos a superar, lo cual influyó muy positivamente en el desarrollo de nuevos inventos y, consiguientemente, dio un importante impulso al desarrollo de la tecnología. Cuando el s. XX comienza las infraestructuras se ponen en marcha de forma efectiva, de forma que la economía nacional se beneficia en alto grado, no sólo por la disponibilidad de recursos y por la articulación de un mercado más amplio (por ejemplo, el mercado de ganado dejó de ser de ámbito local con la llegada del ferrocarril), sino además por el gran número de patentes que se habían registrado y que servirían de base para nuevos inventos y por el impulso que esta construcción de infraestructuras dio a la industria nacional.

· Tradicionalmente la población de los Estados Unidos, en comparación con las posibilidades y el tamaño de su territorio, era muy pequeña. El factor trabajo era muy caro, precisamente por la poca disponibilidad de éste. Para poder producir de forma competitiva los empresarios norteamericanos tenían que reducir costes por la parte del capital, haciendo que éste fuese más productivo. Al existir este incentivo, las inversiones en capital, tecnológicamente muy avanzado, fueron muy grandes. Un indicador muy claro es la corta vida media del capital de equipo: alrededor de 6 años para toda la economía de EEUU (la vida media de las estructuras estaba en 19 años). El principal motivo de sustitución del capital era la obsolescencia tecnológica: máquinas en perfectas condiciones de funcionamiento eran desmontadas y sustituidas por otras con una mayor productividad.

· El esfuerzo en investigación y desarrollo fue más intenso en los EEUU que en Europa. Debemos buscar los motivos del dinamismo tecnológico en las leyes del Congreso que trataban de impedir los monopolios, como la conocida Sherman Act anti-trust. Esto obligaba a las empresas a producir de forma competitiva para no ser expulsadas del mercado. Estos fuertes incentivos provocaron que las empresas se volcasen en la investigación y el desarrollo de nuevas formas de producción que proporcionasen mayores rendimientos. Se crea entonces una importante conexión ciencia-industria. Las empresas privadas colaboran de manera muy intensa con las universidades americanas e incluyen científicos en sus plantillas de trabajadores. Esta tendencia va en aumento durante el periodo que estamos tratando: en 1913 había en el sector manufacturero estadounidense 370 unidades de investigación con 3 500 empleados. En 1946 había ya 2 303 unidades de investigación en el sector que empleaban a 118 000 científicos. Otro dato significativo es que en 1946 había 4 trabajadores científicos por cada 1 000 asalariados en el sector manufacturero, cinco veces la proporción del Reino Unido. En Europa la existencia de grandes cárteles (algunos, como los alemanes, favorecidos por los gobiernos) anuló esta vía.

· La existencia de importantes economías de escala proporcionaba incentivos a las empresas para crecer en tamaño. Las empresas se expanden, tanto horizontal como verticalmente. En el primer aspecto, las empresas grandes tienden a incrementar el tamaño y número de sus plantas o bien a absorber otras empresas más pequeñas, lo que acrecienta su capacidad de producción y reduce los costes que supondría poner en marcha esas plantas adicionales. Además, las empresas intentan diversificar riesgos, creando nuevas líneas de productos: alimentos enlatados, cereales, electrodomésticos, industria del cine y la fotografía, bebidas refrescantes... En el aspecto vertical, las empresas de los EEUU tratan de concentrar todos los procesos productivos, para asegurarse el mantenimiento de los niveles de producción deseados y minimizar la dependencia de agentes externos a la empresa. De este modo, la misma empresa se encarga de la extracción de las materias primas, de su transporte, de su transformación, del almacenamiento del producto, de la distribución, de la venta... es decir, aúnan los flujos comerciales y productivos, lo cual les garantiza un alto grado de control y permite la minimización de costes. Para gestionar estas enormes empresas se crea un nuevo modelo de organización empresarial: la corporación. La empresa se divide en departamentos con funciones muy específicas, algunas de creación reciente (publicidad y márketing...), que trabajan de forma coordinada por un cuerpo de directivos y gerentes. El dueño de la empresa, el capitalista, deja de tomar todas las decisiones sobre el funcionamiento, y la responsabilidad se distribuye, relajándose la presión. La productividad de cada departamento aumenta, beneficiándose la empresa en su totalidad. Esta necesidad de crecer y esta cultura empresarial son básicas para comprender por qué las empresas norteamericanas se expanden más allá de sus fronteras sobre todo tras la II Guerra Mundial.

de fines de los 40 a principios de los 70: las décadas doradas

Lleva razón Galbraiht cuando dice que “ningún país en tiempos modernos surgió de una guerra en unas circunstancias económicas tan felices como Estados Unidos en 1945”. En efecto, pues como ya hemos visto (y a pesar de haber existido un importante retroceso en el año 29 con el crack de Wall Street) la economía norteamericana crecía a pasos agigantados. Además, los EEUU no sufrieron combates dentro de sus fronteras que hubiesen destruido capital productivo, por lo que su potencial estaba íntegro, al contrario que el de sus principales competidores europeos. Como EEUU necesitaba a Europa para poder continuar su ritmo de crecimiento, vio necesario apoyarla para que recuperase sus niveles económicos anteriores a la guerra. Así, se erigió en director de la economía capitalista, y es por esta razón por la que en este apartado me centro en sus características durante las Décadas doradas.

El clima de cooperación internacional tras la II Guerra Mundial

El marco económico-institucional que se crea internacionalmente en los cinco años posteriores a la II Guerra Mundial ayuda a comprender la expansión de las empresas transnacionales en el periodo que tratamos.

La vida económica del bloque capitalista se internacionaliza. Hay tres acontecimientos clave que van a crear un nuevo orden económico mundial que va a ser muy favorable para las multinacionales. Son, por orden cronológico, la conferencia de Breton-Woods, la primera ronda del GATT y el Plan Marshall.

La conferencia de Breton-Woods se llevó a cabo en julio del 44, poco antes de finalizar la guerra, previendo el resultado final tras el desembarco de Normandía, para sentar las bases de la economía internacional al llegar la paz. Se tomaron resoluciones que llevarían a un mayor dinamismo en las relaciones económicas entre los países. Se crearon organismos internacionales, como el FMI y el BIRF. Pero sin lugar a dudas la decisión más importante que salió de aquella reunión fue el establecimiento del patrón dólar sustituyendo al patrón oro como referente económico. No en vano los EEUU poseían el 80% de las reservas de oro mundiales. Este paso da idea de la potencia económica de los norteamericanos, convertidos ya indiscutiblemente en líderes de la economía capitalista. Se estableció una tabla de paridades fijas entre las monedas nacionales y el dólar, y los dólares empezaron a extenderse por el mundo como unidad de cuenta y medio de pago para los intercambios comerciales internacionales.

El GATT, en 1947, dio un gran impulso al comercio internacional. El fracaso en la creación de la Organización Internacional del Comercio, por uno de los primeros roces EEUU-URSS, hizo que las reuniones entre países se sucediesen en el tiempo, dando lugar a las rondas. En ellas se tomaron decisiones encaminadas a la liberalización del comercio, la supresión de aranceles y otras para hacer el comercio internacional más fluido y competitivo.

El Plan Marshall, que comenzó en julio del 48, constituye una actuación directa de los EEUU en las economías europeas con un triple propósito: humanitario, económico y político. La razón humanitaria era la excusa que cubría las otras dos. La motivación económica era clara: Europa era el mayor mercado de los EEUU, y éstos la necesitaban si no querían caer en una crisis de sobreproducción, pues se originaría un retroceso en la demanda y además los niveles industriales se habían incrementado durante la guerra. Políticamente, los EEUU atraerían hacia su bloque de forma fulminante a los países receptores de la ayuda, en pugna con el socialismo soviético (que consiguió excluir del Plan a Polonia y Checoslovaquia e integrarlas en su bloque). El Plan Marshall se desarrolló siguiendo un esquema de cuatro puntos: a) entrega gratuita de productos y ayudas económicas (su proporción fue 90% y 10% respectivamente) a los gobiernos europeos; b) venta por parte de los gobiernos de los productos en moneda nacional. c) el monto se acumula en cuentas para inversiones decididas por los gobiernos pero aprobadas y supervisadas por los EEUU. d) los países beneficiarios se comprometían a entregar a EEUU las materias primas que necesitasen y favorecer las inversiones de capitales norteamericanos. Estos dos últimos puntos son de sumo interés para nuestro análisis, pues vemos que los EEUU podían prohibir aquellos proyectos que no fueran de alguna forma beneficiosos para sus intereses y, por otro lado, sus empresas podían contar con los recursos naturales de Europa de manera ventajosa y además verse favorecidos por medidas que incentivaban la inversión de capital productivo en territorio europeo. Tenemos aquí una primera explicación de la expansión de las transnacionales norteamericanas en Europa. El Plan se prolongó hasta 1952, pero sus efectos resucitaron la economía europea y se han extendido en el tiempo, beneficiando tanto a Europa como a los EEUU.

Por otra parte los conocimientos económicos eran superiores a los de otras épocas y se contaba con mejores herramientas para evaluar y actuar. Las teorías keynesianas triunfaban y las crisis parecían poder controlarse fácilmente, lo cual servía de incentivo para asumir más riesgos empresariales que revertían en mayores beneficios, dinamizándose el sector y motivando a las compañías a expandirse más allá de sus fronteras. Había pequeñas recesiones (1949, 1951-52, 1958...) pero sólo suponían una inflexión y no una inversión de la tendencia del crecimiento.

La armonía y el clima de cooperación reinantes mantienen la estabilidad que estos tres acontecimientos dieron al mundo capitalista durante los 50 y buena parte de los 60. A mediados de ésta década se comienzan a notar desaceleraciones en los niveles económicos, sobre todo en los de los EEUU, derivados de situaciones como el achatamiento de la onda tecnológica o la incertidumbre por la gran cantidad de dólares fuera de control norteamericano a causa del comercio internacional y de las múltiples ayudas internacionales prestadas tras el éxito del Plan Marshall (lo que lleva a una crisis del sector exterior estadounidense). En 1971, cuando Nixon decide suprimir el patrón dólar, el sistema se rompe y sufre el golpe de gracia en 1973 con la primera crisis del petróleo.

El paradigma de la expansión empresarial estadounidense

El proceso de expansión de las empresas de los EEUU más allá de los límites nacionales es el pionero, además de ser también el de mayor importancia y significación, de todos los ocurridos en el mundo durante el periodo que ahora tratamos. Por esta razón nos vamos a centrar en su análisis, que proporciona las pautas aplicables a grandes rasgos a los demás casos concretos.

En la industria estadounidense posterior a la II Guerra Mundial hay un componente dominante, que es el tecnológico, y un sector sobresaliente, el militar. Ambos se benefician mutuamente en su crecimiento, y a la vez contribuyen al desarrollo de otros sectores. El impulso tecnológico que reciben los EEUU durante la guerra proviene de las necesidades militares de la nación, y se concreta en cuatro objetivos: 1) Alcance y precisión de las armas de fuego: no tiene una utilidad civil clara; sin embargo, los avances logrados en el área contribuyeron al desarrollo del sector aeroespacial, entre otros (de hecho Werner Von Braun, el padre de la bombas V alemanas, fue el científico más notable de la NASA durante muchos años, aunque durante la guerra hubiese trabajado en el bando contrario). 2) Protección y seguridad ante las armas enemigas: estos esfuerzos permitieron grandes avances en los campos de los nuevos materiales, de las telecomunicaciones y de la electrónica, por el desarrollo de aparatos como el radar o el sónar. 3) Desarrollo de armamento atómico: se produjeron grandes avances en el conocimiento de la energía atómica que permitieron darle un uso civil más seguro en tiempos de paz. 4) Potencia y eficacia de los medios de transporte: los vehículos a motor evolucionaron de forma espectacular, y aparecen novedades de gran beneficio para la sociedad civil como el helicóptero, el avión a reacción o el vehículo todoterreno (a partir del jeep, vehículo militar por excelencia).

Sería de suponer que la importancia del sector bélico hubiese disminuido tras finalizar la guerra. Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Esto se debió en gran parte al estado de guerra latente entre EEUU y la URSS, la Guerra Fría. El sector militar contó con un fuerte apoyo gubernamental, sobre todo con la llegada al poder del héroe de guerra Eisenhower, dominando el complejo militar-industrial. El propio Eisenhower, al abandonar el cargo en el 60, manifestó que los gobiernos de EEUU debían tener cuidado fomentando este tipo de economía porque podría tener un final desastroso. Sin embargo, el sector militar resultó beneficioso para la economía estadounidense, pues los mayores crecimientos de sus niveles los registró durante las guerras en las que participó activamente: Corea (1950-53) y Vietnam (1969-75). Y es que el sector militar, por medio de encadenamientos, favorece al resto de sectores de la industria y la empresa norteamericana. Éstos son algunos de los impulsos y avances que aportó y que son el punto de partida del proceso de expansión empresarial de los EEUU:

I) La situación durante la II Guerra Mundial y la Guerra Fría imponía la necesidad de producir en masa. Por eso, las industrias militares tomaron de manera ecléctica los métodos que optimizaban la producción y los difundieron: cadenas de montaje, escalas productivas, estandarización de productos y repuestos...

II) La confidencialidad con la que se debían llevar a cabo los proyectos militares favoreció la concentración empresarial. El gobierno extendía muy pocas licencias, y las empresas dedicaban gran parte de sus esfuerzos a la producción militar. Como datos, diremos que tres empresas fabricaban el 72% de los motores de avión, en cuatro plantas siderúrgicas se concentraba la mitad de la producción nacional (el sector militar era su principal demandante) y tres empresas de automoción producían el 80% de los vehículos a motor.

III) Se instalan complejos militares-industriales en zonas de amplios espacios abiertos, clima benigno y buenas comunicaciones. Esto provoca que nuevas empresas e industrias productoras de insumos militares se instalen en esas zonas. Se industrializan zonas sin ninguna tradición anterior como Texas, Florida o California. Ésta última, además, en un pequeño periodo de tiempo incrementa su población en 2 millones de habitantes por la afluencia de trabajadores.

IV) Se desarrollan industrias de nueva creación derivadas de la militar: plásticos, electrónica... Esto tiene dos vertientes importantes: por un lado crecen las posibilidades de inversión. Por otro, se diversifican las de consumo. Ambas benefician a la economía en general y a las cuentas de resultados de las empresas en particular.

V) Lo más importante es el desarrollo a un ritmo casi exponencial, hablando ampliamente, de la tecnología. La necesidad de producir más y mejor que el adversario proporciona incentivos para que la investigación y el desarrollo ocupen un lugar de honor en la estructura industrial-militar. Apoyándose en nuevos descubrimientos se producen muchos avances, en un ciclo muy beneficioso tanto para la industria militar como para la civil. Digamos, como ejemplo, que al comenzar la II Guerra Mundial se tardaban 6 meses en producir un buque de guerra, mientras en el 44 sólo se empleaban 17 días en el mismo proceso. Los precios se abaratan, se puede producir más... Y aquí surge una implicación clave: los beneficios de las empresas aumentan, con lo que crece su potencial inversor.

A este incremento espectacular de los beneficios hay que añadirle los beneficios acumulados desde que comenzó el despegue tecnológico. En el sistema económico capitalista los agentes siempre buscan el crecimiento continuo. Por este motivo surge la necesidad imperiosa de invertir estos capitales acumulados para que se reproduzcan. Acumularlos y bloquearlos es una elección muy poco eficiente, y el capitalismo también busca la máxima eficiencia. La demanda de inversión crece espectacularmente durante estos años, pero no sólo gracias a los beneficios empresariales. Hay más motivos que explican el fenómeno.

Para comprender el primero de ellos no podemos perder de vista lo que hemos comentado anteriormente sobre el sector militar y su implicación en la buena marcha del resto de sectores y de la economía en general. Las existencia de expectativas de crecimiento económico favorece la inversión. Estas expectativas coinciden precisamente con los periodos de las guerras de Corea y Vietnam, cuando un previsible aumento de producción militar puede tirar del resto de sectores. También hay destacados aumentos de la inversión en los periodos 1961-66 y 1971-73.

Otro motivo lo encontramos en un cambio en la cultura y en la mentalidad económica, bastante asociado al conocimiento de los ciclos económicos. Las tasas de ahorro aumentaron en las fases expansivas. Mediante la inversión de este ahorro se podía hacer frente a las pequeñas recesiones con buenas garantías.

El último motivo que propicia este aumento de la inversión es la especial laxitud de la política monetaria. La inversión se favorece de dos formas: en primer lugar, los moderados tipos de interés estimulan la petición de créditos por empresas pequeñas, lo que favorece su financiación primaria y permite su entrada o mantenimiento en el mercado. Por otro lado, la concentración empresarial ensancha las posibilidades de financiación a través de la emisión de títulos en las grandes empresas.

El incremento de la inversión provoca que el saldo de la balanza de capital de los EEUU sea el más negativo del planeta, lo que nos da a entender su posición predominante y su presencia más allá de sus fronteras. Los préstamos oficiales y las ayudas de los primeros 50 (como el Plan Marshall) no tardaron en ser sustituidos por la inversión privada. Una proporción iba encaminada a la tenencia de activos financieros e inmuebles. Pero el grueso de la inversión privada lo constituyó la inversión directa, destinada a comprar o construir empresas y filiales. De hecho, en 1970 el 60% de los activos estadounidenses en el extranjero correspondían a la inversión directa.

El ritmo de crecimiento de las inversiones directas fue bastante fuerte: aproximadamente el 9'5% anual. El stock de capital acumulado aumentó desde los 11 800 millones de dólares al comenzar el periodo hasta los 95 000 millones de comienzos de los 70. La inversión directa extranjera de los EEUU constituía la mitad del total mundial, y se la distribuían sobre todo Europa Occidental (alrededor del 33%), Canadá (un 25%) y América Latina (18%). Para Japón se dedicó el 7%, llegando a ser superior durante la guerra de Corea dado que la proximidad geográfica animó a los norteamericanos a producir una parte de lo que necesitaban en aquel país.

La corporaciones norteamericanas se asientan en el exterior. En 1970 su producción conjunta ronda los 170 000 millones de dólares, lo que supone el 50% del total de la producción internacional del conjunto de todas las empresas transnacionales y es un 360% mayor que el volumen de exportaciones de los propios EEUU. La importancia de las empresas transnacionales norteamericanas queda patente en este cuadro, que pretende dar una idea de la importancia relativa de éstas en 1965, estableciendo una clasificación de países y empresas ordenados según dos parámetros “equivalentes”: el producto nacional bruto para los países, el volumen de ventas para las empresas.

País/Empresa (1965)

PNB

Ventas

EE.UU.

668 000

Rep. Fed. Alemana

116 713

Reino Unido

97 720

Francia

94 044

Japón

85 207

Italia

56 742

India

49 623

Canadá

49 104

Australia

23 113

Brasil

22 173

España

21 420

General Motors

20 733

México

19 705

Suecia

19 223

Holanda

18 829

Bélgica

16 660

Argentina

14 982

Suiza

13 668

Ford Motors

11 537

Standard Oil

11 472

Sudáfrica

10 550

Dinamarca

10 040

Pakistán

10 028

Austria

9 341

País/Empresa (1965)

PNB

Ventas

Venezuela

8 466

Finlandia

8 054

Indonesia

7 371

Noruega

7 093

Irán

6 323

General Electric

6 214

Grecia

5 751

Colombia

5 427

Nueva Zelanda

5 345

Chrysler

5 300

Filipinas

5 209

Chile

4 936

Mobil Oil

4 908

Emiratos Árabes U.

4 701

Texaco

4 400

U.S. Steel

4 390

IBM

4 345

Nigeria

4 040

Tailandia

3 931

Portugal

3 689

Israel

3 602

Gulf Oil

3 385

Western Electric

3 362

Dupont

3 021

Cifras en millones de US$. Fuente: Fortune, mayo 70

Sin embargo, el efecto que la supremacía de las transnacionales estadounidenses tuvo sobre la economía interna de su propio país fue bastante perjudicial a la larga. Contribuyeron a la debilidad comercial de los EEUU, porque el crecimiento de la producción de las empresas transnacionales instaladas en el exterior atentaba contra la capacidad exportadora de la nación. Como el nivel de exportaciones era bajo, los dólares no volvían a EEUU. La cantidad de dólares que había fuera de territorio estadounidense era muy alta, y amenazaba con provocar el colapso del sistema económico norteamericano. Por esa razón Nixon decide en 1971 suspender la famosa paridad de 35 onzas de oro por un dólar y aplicar una política arancelaria muy restrictiva y proteccionista: es el ocaso del sistema de Breton-Woods.

EPÍLOGO: BREVE VISIÓN DE LAS MULTINACIONALES HOY

El impacto que las compañías transnacionales causan en las economías internas es especialmente patente hoy en día en los países subdesarrollados. Las consecuencias que la implantación de compañías multinacionales, que se produce sobre todo tras la crisis de los años 70, son perjudiciales en líneas generales para las naciones menos favorecidas. Sin embargo, las transnacionales consiguen reducir al máximo sus costes, que es el principal objetivo que las impulsa a instalarse más allá de las fronteras nacionales.

La llegada de una potente multinacional puede destruir la industria local, pues es mucho más competitiva. De este modo, la primera consecuencia que trae es un aumento del paro, lo cual reduce el poder adquisitivo de los ciudadanos del país y repercute negativamente en su economía. Por otra parte, se produce una sustitución de los productos que ésas compañías locales producían por los de la multinacional. Los beneficios revierten en compañías con base fuera del país, por lo que esos beneficios (o al menos un altísimo porcentaje de ellos) no se quedan en el estado, sino que se exportan sin ninguna contrapartida, porque la fabricación de los productos que generan ese capital es nacional. Por lo tanto, estos países se descapitalizan lentamente, mientras que esas pérdidas se transforman en ganancias en los países donde se encuentran las casas matrices.

El ritmo de esta descapitalización no es excesivamente rápido, porque el poder adquisitivo de la sociedad en las naciones subdesarrolladas es muy bajo. Ya hemos mencionado una razón: el paro que las multinacionales generan al cerrar las fábricas y empresas locales. Otro motivo es la explotación de la mano de obra, que es un bien muy barato y abundante. Así, la producción de las transnacionales no está enfocada al consumo interno del país en el que producen, sino que se orienta más bien a la exportación hacia el circuito privilegiado que forman los países del primer mundo: mientras los flujos de producción se dan en las naciones pobres (circuito desfavorecido), los flujos comerciales y de consumo se dan en el otro circuito.

Las multinacionales generan muchos más fenómenos dentro de los países subdesarrollados, no necesariamente económicos., aunque sí pueden repercutir en la economía. Me refiero, por ejemplo, a la fractura social que se puede generar entre los empleados de las multinacionales naturales del país y los que no lo son. Los empleados defienden la presencia de la multinacional, y sus hábitos, costumbres, modo de pensar... pueden verse influidos por el contacto con empleados extranjeros (generalmente, trabajadores cualificados) que vienen del primer mundo o por la misma filosofía y ambiente de la empresa, algo difícil de definir y precisar. También la publicidad, el cine... “ponen de moda” los productos de las multinacionales y su posesión se convierte entonces en estos lugares en una demostración de status, un rasgo diferenciador que hace destacar al individuo de la sociedad.

Por otro lado, las empresas transnacionales son agentes insustituibles para la introducción de tecnología en estos países. En muchas ocasiones es gracias a los avances tecnológicos que las multinacionales llevan consigo que estos países tienen acceso a procesos, ideas, esquemas organizativos... que contribuyen a desarrollar su industria nacional. Aunque este beneficio, comparado con los prejuicios que en líneas generales provocan las multinacionales en las economías internas de los países menos favorecidos, es pequeño y el saldo desfavorable para las naciones pobres.

En definitiva, la actuación de las empresas transnacionales hoy dista mucho de ser igual que aquélla tras la II Guerra Mundial en Europa. Se echa de menos la inversión directa destinada a que sus beneficios se queden en el país donde se realiza. Sin embargo, esta situación es la más eficiente para las empresas de los países ricos, pues pueden reducir sus costes al máximo (inputs muy baratos: mano de obra, materias primas...) y disponer de un amplio mercado con alto poder adquisitivo (países del Norte) en el que colocar sus producción a precios más altos debido a la mayor demanda.

BIBLIOGRAFÍA

Estructura económica de Estados Unidos. Prof. Enrique Palazuelos. Ed. Síntesis. Madrid 2000

Estructura económica internacional. Prof. María Jesús Vara. Universidad Autónoma de Madrid, 2000

Historia del mundo contemporáneo. Julio Montero Díaz. Ed. Tempo. Madrid, 1996

Teoría de los precios y aplicaciones. Prof. B. Peter Pashigian. Ed. McGraw-Hill. Madrid, 1996

Diccionario de economía y finanzas de la COPE. Ramón Tamames y Santiago Gallego. Alianza Editorial-CDN. Madrid, 1995

La economía mundial 1820-192: Análisis y estadísticas. Angus Maddison. OCDE, 1995

From Marshall Plan to Aid Crisis. Robert E. Wood.

La Segunda Guerra Mundial (en Historia económica del siglo XX- Tomo 5). Alan Milward. Ed. Crítica. Barcelona, 1986.

Prosperidad y crisis: reconstrucción, crecimiento y cambio 1945-1980 (en Historia económica del siglo XX- Tomo 6). Herman Van der Vee. Ed. Crítica. Barcelona, 1986.

2

10

Autor:

Asignatura: ESTRUCTURA ECONÓMICA MUNDIAL

Profesora:

.
.
.
.
.
.
.
.
.