Modos de producción

Política económica. Redes económicas. Sistemas económicos. Organización. Proceso productivo. Capitalismo. Sociedad capitalista

  • Enviado por: Homero
  • Idioma: castellano
  • País: México México
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MODOS DE PRODUCCIÓN.

En general, los modos de producción son algo más que las redes económicas

(y también, adelantémoslo, algo menos, o bastante menos, que las sociedades

o, para decirlo en la jerga marxiana, que las “formaciones sociales”). En

primer lugar porque, como ya se ha apuntado, evocan una imagen dinámica, de

proceso, que no necesitamos tener en cuenta a la hora de referirnos a las redes

económicas. En segundo lugar, y sobre todo, porque un modo de producción

comprende, típicamente, la existencia de dos o más redes económicas. Al pasar

del concepto de red económica al de modo de producción pretendo introducir

una visión dinámica tanto del proceso económico como de las desigualdades

sociales.

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Valga como ejemplo la diferencia entre el hogar y el modo de producción

doméstico. Para definir el concepto de hogar basta con señalar que se trataba

de un grupo de personas (incluido un grupo de una persona) que ponen sus

recursos en común con vistas a la satisfacción de sus necesidades. Para pasar al

concepto de modo de producción doméstico deberíamos añadir algo más: la

tendencia a la búsqueda de un equilibrio entre el grado de bienestar y el nivel

de esfuerzo. Si definimos dentro del hogar grupos generacionales (de edad) y de

género (sexuales), por ejemplo mayores y menores y hombres y mujeres, el paso

del concepto de red (hogar) al de modo (doméstico) no nos llevará a una

definición distinta de los grupos en términos estructurales, para lo cual no tenemos

ninguna necesidad de él, pero sí a una mejor comprensión de su dinámica,

pues nos permitirá, por ejemplo, entender la posibilidad de “autoexploración”

de los trabajadores domésticos en general y de las mujeres en particular.

De manera similar, podemos entender sencillamente el mercado como una colección

de personas dispuestas a comprar y vender, poseedores de mercancías, o

de dinero y de mercancías, a la manera de esos cuadros costumbristas sobre

mercados rurales en los que se adivina lo que va a hacer cada uno sin necesidad

de que lo haga. Podemos dividir entonces a los presentes, de nuevo en términos

estructurales, en compradores y vendedores, prestamistas y prestatarios, etc.,

pero si queremos ir más allá de la mera taxonomía en la comprensión de las

desigualdades que genera habremos de tener en cuenta la dinámica de la competencia,

el acaparamiento, el monopolio, etc. Pero, para entonces, ya habremos

pasado, aunque sea sin darnos cuenta, del mercado al modo de producción

mercantil.

Aquí no voy sino a apuntar muy elementalmente las características y

la dinámica de los modos de producción y su fundamento en las redes económicas

de las que se trató en el capítulo anterior. Concretamente, se argumentará

la existencia de seis modos de producción: doméstico, hacendaría,

tributario, mercantil, burocrático y capitalista, a partir de diversas combinaciones

de las redes mencionadas: hogares, estados, organizaciones y

mercados. Antes, no obstante, indicaré los requisitos que me parecen mínimos

para poder señalar la existencia de un modo de producción, por un lado,

y trataré de deslindar este concepto y sus implicaciones de las habitualmente

asociadas a la tradición marxista más ortodoxa. Empecemos por lo

segundo.

Marx acuñó el concepto de "modo de producción" para designar el

conjunto de las relaciones sociales del proceso productivo, la "estructura" o

la "base" social, y argumentar su prioridad sobre otras esferas en el análisis

de la estructura y la dinámica sociales.2 Aunque ocasionalmente habló de

otros modos de producción —comunista primitivo, asiático, esclavista, feudal

o mercantil—, su análisis se centró casi exclusivamente en el modo de

producción capitalista, debido a la convicción de que éste iba a absorber al

conjunto de la sociedad o, más exactamente, de la producción. Por otra parte,

Marx alimentó —implícita y, a veces, explícitamente— la idea de una sucesión

de los modos de producción, de la sustitución de uno por otro, en la

secuencia antes enunciada —salvo por la simultaneidad, en distintas partes

del mundo, de los modos esclavista o feudal y asiático—, que culminaría con

el socialismo y el comunismo.3 Esta representación resultó fascinante para el

marxismo post-Marx, pues simplificaba el análisis tanto sincrónico —cada

sociedad definida por un solo modo de producción— como diacrónico —la

historia representada y previsible como una sucesión de ellos—, pero se con-

virtió por ello mismo en una de sus más contraproducentes taras a la hora

del análisis de las sociedades reales.4

De hecho, Marx minimizó con todos los argumentos a su alcance lo

que pudieran considerarse otros modos de producción presentes junto al

capitalista. De la producción mercantil pensaba que era un vestigio del pasado,

llamado a desaparecer por la incesante acumulación y concentración del

capital como efecto de la competencia.5 De la producción doméstica ni siquiera

eso, pues la veía arrasada por el mercado y el capitalismo, un mero

recuerdo de tiempos pasados.6 En cuanto a la producción burocrática, en la

perspectiva de Marx y Engels el estado no era una institución económica,

aunque sirviera fielmente a intereses económicos, sino política: “en última

instancia, un grupo de hombres armados”7, una abstracción de la sociedad

civil,8 o “pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses

colectivos de la clase burguesa."9

Este carácter monotónico de la producción, o esta condición exhaustiva

de los modos de producción que, igualaba, al menos a la larga, a cada sociedad

con un modo de producción, convenía perfectamente a la teoría del materialismo

histórico. Reducida cada sociedad a un único modo de producción, se podía

tratar de identificar la dinámica de su autodestrucción y superación por otra

forma más progresiva en la lógica de un modelo abstracto e impoluto, no contaminado

por la desagradable diversidad del mundo real. Aunque, en realidad,

Marx sólo teorizó esa lógica destructiva (“dialéctica”) para el modo de producción

capitalista, concebido en una tan brillante como mística clave hegeliana, el

marxismo hizo como si esto demostrase su existencia, mutatis mutandis, para

todos los modos de producción (pero véanse, como demostración de que no

había tal, las interminables polémicas sobre la transición del feudalismo al capitalismo

o sobre las causas de la crisis del mundo antiguo).

Lo que aquí se sostiene, muy al contrario, es que diversos modos de producción

pueden coexistir y coexisten en una misma sociedad, y ello no de forma

ocasional o transitoria (como residuos del pasado o como gérmenes del futuro),

sino de forma regular y estable, aunque no tenga por qué ser eterna. Una de las

ventajas de esta visión es que, entonces, no solamente importa, desde el punto

de vista del análisis de las desigualdades, de sus causas y sus remedios, la dinámica

interna de tal o cual modo de producción, sino también su peso relativo en

la sociedad en general y su pertinencia o no para cada grupo social en particular.

En términos sociológicos más convencionales, no sólo importa cada escala

de estratificación o cada fuente de desigualdad, sino también su peso y su extensión

relativos, sus relaciones mutuas, etc. El modo de producción capitalista,

por ejemplo, con su división entre propietarios y no propietarios de los medios

de producción, es muy importante, pero pasa a serlo algo menos cuando el modo

de producción burocrático (vulgo Estado del Bienestar), que iguala aproximadamente

a todos los ciudadanos en el acceso a ciertos recursos y oportunidades,

le resta espacio social (hasta los más reticentes a este argumento estarán

dispuestos a admitirlo en sentido inverso, sobre todo en tiempos privatizadores

como los actuales).