Moda en Argentina

Costumbres y hábitos sociales. Vestimenta. Vestidos tradicionales argentinos. Evolución histórica

  • Enviado por: Morocha
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 23 páginas

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INTRODUCCIÓN

Conquistada por el arte y la industria, relacionada con las ideas y las costumbres, la

moda en su aparente frivolidad modela la configuración de las relaciones sociales.

Conocer los secretos del juego de la moda y tratar de desarticular `la mayor parte' de los

mecanismos que lo componen nos guardará a fijar los límites de su gran poder, pero no

sufrir la moda como una manipulación impuesta desde afuera, sino para sentirla y enten-

derla y digo `la mayor parte' de sus mecanismos porque siempre queda un núcleo reacio

a variables y cuantificaciones sociológicas, al cual nos acercamos a través de la sensibi-

lidad de cada uno.

Ese núcleo o espíritu es lo que confiere a la moda su magia y su misterio.

El primer paso es delimitar dentro del conjunto de manifestaciones culturales del campo

específico de la moda. La mayoría de las personas se sienten inseguras cuando sus hábi-

tos se alteran, por eso, muchas de las costumbres de una sociedad se mantienen relativa-

mente estables y cualquier modificación genera bastante oposición.

En la práctica, la moda sirve a la sociedad para resolver ese `problema' entre los deseos

de cambio y de la conformidad. La moda se la denomina como `aquellas normas socia-

les que demandan una intensa conformidad mientras existen, pero perduran durante un

corto tiempo'.

Los cambios generan movimientos que impactan en primer lugar a los miembros más a-

lertos y sensibles del campo social: los creadores. Ellos son los primeros que absorben y

procesan antes que nadie la nueva realidad y responden con creaciones en las distintas

artes. Así como la habilidad de la moda consiste en convertir el cambio en la sociedad,

las habilidades de los creadores reside en responder a esa necesidad, creando nuevos ob-

jetos de consumo.

La moda surge entonces del creador, que a partir de su propio ritmo interior y de los es-

tímulos exteriores reagrupa con su sello y su estilo personal elementos que son conoci-

dos por todos.

¿Pero cómo nace la moda en nuestro País? Para comprenderlo mejor debemos situarnos

en pleno siglo XVIII, cuando ocurren acontecimientos fundamentales que van a cam-

biar el orden…

La Revolución Industrial en Inglaterra y la Revolución Francesa

Es en Inglaterra donde tiene lugar desde 1750 a 1860 la Revolución Industrial; esto pro-

dujo el aumento de la población, que proporcionó mano de obra abundante y barata.

Toda la economía se basaba en ese momento en la lana y en los tejidos de algodón que

se fabricaban a partir de la materia prima recibida de Estados Unidos a cambio de escla-

vos africanos.

Paralelamente al desarrollo industrial textil, aparecieron en Inglaterra nuevos tejidos de

lana y algodón que convirtieron a Londres en el centro de la moda masculina.

El acelerado desarrollo de la industria textil va a generar un fenómeno nuevo hasta en-

tonces: la moda. A partir de entonces se llega a una democratización en la ropa que per-

mitió que más personas pudieran vestirse correctamente y que esas vestimentas no dife-

renciaran las clases sociales.

Para comprender la otra mitad de la parición de la moda, tenemos que situarnos en el es-

tallido de la Revolución Francesa en 1789. Es aquí donde la Asamblea Nacional abolió

las distinciones sociales en el vestir reglamentadas por las “leyes santuarias” que indica-

ban qué vestimenta y accesorios podía llevar cada persona o grupo social.

El antiguo orden social desaparece en Francia; los cambios constantes traen como con-

secuencia un gran impulso en la moda femenina. En Inglaterra también ocurrían éstos

cambios, beneficiada por la demanda creciente de algodones y linos de diseño sencillo

como respuesta a la prohibición del uso de sedas y terciopelos en Francia.

En 1776 se crea en Bueno Aires el Virreinato del Río de la Plata, lo que convertía a la

provincia como capital centralizadora y puerto; éste hecho resultó nefasto para el desa-

rrollo industrial del interior.

En octubre de 1809 los comerciantes ingleses trajeron la actitud de la clase alta inglesa

hacia nuestras costas, bellas telas de Lyon, París, Londres y Manchester; la que fue imi-

tada por la clase alta porteña.

Sin perder contacto con el comercio inglés, desde 1822 a 1850 descubrimos el comer-

cio con Francia; que desde allí llegaban artículos de lujos, prendas, sedas de Lyon y pa-

ños finos de Louviers y Sedán.

Tres Etapas en la Moda Rioplatense

La moda rioplatense va alterándose poco a poco a lo largo del tiempo, el cual podemos

dividir en tres grandes períodos: desde la creación del Virreinato en 1776 hasta 1830;

desde el primer gobierno de Rosas, 1830 a 1870, y finalmente desde 1870 a 1914, cuan-

do comienza la Primera Guerra Mundial.

Desde la creación del Virreinato hasta 1830, las mujeres porteñas usaban durante éste

período el traje de origen español que estaba formado por faldas largas y anchas, que

cubrían enaguas confeccionadas, el lienzo blanco o adornadas con gran cantidad de pun-

tillas. Utilizaban camisas de lino con encajes, y sobre la misma un chaleco.

Lo que distinguía a las clases sociales en las mujeres era la prenda que usaba para cu-

brirse la cabeza al salir de su casa. Las mujeres de mejor condición se cubrían con man-

tillas que consistían en un trozo de seda el cual termina con una borla en cada extremo.

Las mujeres de menor condición social utilizaban, en cambio, el rebozo, que consistía

en una pieza de forma cuadrangular, generalmente clara, que cubría la cabeza y los

hombros. Con el correr del tiempo, las mujeres de clase alta comenzaron a usarlo sola-

mente para protegerse del frío, aunque la diferencia se notaba ya que las telas en que las

confeccionaban eran de mejor calidad y les agregaban cintas de raso y terciopelo en los

bordes.

Con respecto a los peinados, el pelo era recogido en un rodete que se ajustaba con pei-

netas. En los pies, el vestido español se complementaba con unas zapatillas de seda o de

brocado de oro, con hebillas de diamantes o strass y tacos altos.

En ésta época, los hombres usaban calzones que se complementaban con medias blan-

cas, chaleco con mangas y una casaca desabrochada y larga. En los pies se utilizaban

calzado de taco alto con una gran hebilla.

Los trajes de gala se hacían en blanco y con bordados, se veía acompañado por una capa

echada sobre un hombro. Varios volados de encaje en los puños caían sobre las manos.

Los colores más utilizados eran el verde, el azul y el amarillo.

Las pelucas se presentaban en diversas formas; terminaban en una trenza o se ataban

con un moño en la nuca o formaban un todo de bucles.

La Revolución Francesa impulsó a la vestimenta femenina hacia el estilo de la `simpli-

cidad' y a la masculina, a la uniformidad. Es entonces cuando Inglaterra comienza a li-

derar la moda masculina guiada por el dandysmo, dejándole a Francia el liderazgo de la

moda femenina.

El dandy contribuye poco a poco a la transformación de la moda masculina asentando

las bases del estilo del traje masculino que se va a llevar durante todo el siglo XIX y

parte del siglo XX.

El estilo de `simplicidad' nombrado anteriormente se basa a una imitación de los estilos

clásicos grecorromanos, que presentaban vestidos de colores muy claros, de muselina

transparente , linón y seda que se usaban en invierno y en verano; junto a éstos vestidos,

las porteñas utilizaban pequeños sombreros con flores y cintas de colores.

Los hombres, mientras tanto, comienzan a usar a partir de 1820 la chaqueta corta por

Delante y con largos faldones atrás, de colores azul, negro, gris oscuro o café.

El sombrero de copa alta y ala ancha escondía un peinado corto y ligeramente enrulado,

usando en algunos casos, largas patillas.

Hacia principios de siglo, se había vuelto a poner de moda como corbata un gran cua-

drado plegado en diagonal que se enrollaba alrededor del cuello anudándose con un pe-

queño lazo.

La información del uso de los tejidos de lana en los vestidos femeninos, las boas de plu-

mas y la nueva moda de usar trajes de novia, que surgen hacia 1828 en Europa, llega

rápidamente a Buenos Aires.

El romanticismo abarcó todo el período que incluyó los cuarenta años posteriores a

1830.

La moda nos muestra hasta qué punto está relacionada con los cambios sociales, ya que

los románticos buscaban hacerse notar a través de su vestimenta y de su aspecto físico.

Se usaba el color punzó, históricamente símbolo de poder; es así cuando aparecen los

chalecos colorados rameados en negro para los hombres.

Las mujeres federales comenzaron a usar un moño del mismo color en el lado izquierdo

de sus peinados, moda que por supuesto no usaron las mujeres unitarias.

El color punzó llegó tan lejos que se acaparó hasta de los uniformes de los alumnos, sir-

vientes, las testeras de plumas de los caballos y llegando hasta el color de los carros fú-

nebres.

Desde 1830 el pantalón deja de ser ceñido y se lleva ancho con tirantes. Las porteñas se

paseaban con vestidos muy complejos y recargados.

El gran estallido de toda la historia de la moda nacional fueron los grandes peinetones;

la moda española se mantuvo vigente entre las mujeres de las clases altas de Buenos

Aires hasta unos años después de la caía de Rosas. En los últimos años de su gobierno,

surgen algunas modificaciones en la moda especialmente referidos a detalles y acceso-

rios; las faldas se vuelven cada vez más anchas y más largas y las mujeres elegantes de

la época se colocaban sobre unos pantalones de lencería que llegaban al tobillo, adorna-

dos de encajes.

En 1857 ya habían desaparecido en Buenos Aires los grandes peinetones; el peinado

cambió, llevándose la raya al medio y recogido por bucles que caían hasta los hombros,

una flor completaba el arreglo.

La moda del Río de la Plata tuvo como característica la ausencia de gorros y sombreros

hasta la aparición de la capota.

En éste mismo año las faldas que habían aparecido en Francia, aparecen en Buenos

Aires en 1860, adoptando la forma de cono que termina con una gran circunferencia so-

bre el suelo, armada con aros de acero desde la rodilla hacia abajo.

El traje de levita oscura de los hombres se acompañaban con sombreros de copa alta y

ala angosta.

Em ésta misma época se continuaba usando una prenda masculina que se llevó durante

varias décadas a lo largo del siglo XIX: el cavour, chaqueta hasta la rodilla, de paño os-

curo con simple abotonadura; de las angostas solapas salía una capa corta que completa-

ba el abrigo.

Éste largo período de 45 años (1870 a 1914) había comenzado de manera muy diferen-

te ya que la fiebre amarilla había asolado la ciudad; “como prueba palpable de la terrible

crisis, era curioso ver la enorme cantidad de personas que andaban vestidas de luto por

la calle o en las reuniones”.

Durante todo el período hasta la Primera Guerra Mundial, el estilo se mantuvo bastante

estable, se presentan modificaciones pero que no alteran las líneas básicas, mantenién-

dose las formas anchas con una importante sobrecarga de adornos y una gran variedad

de tejidos diferentes. Éste estilo desaparece en 1890; pues la moda se va perfilando a un

nuevo tipo de vida más ágil y dinámico. Se caracteriza por los vestidos encintados en ra-

zo y sumamente entallados; como accesorio primordial se utilizaban pendientes muy

largos. Se usaban blusas de género de lencería que tenían cuellos subidos y mangas abu-

llonadas junto a las faldas campana y las botitas cerradas con botones a un costado.

Hacia 1891 las formas se modifican; la falda es mucho más angosta y las mangas se

vuelven a llevar abombadas o globo como en 1830.

La prenda que caracteriza toda ésta época son los corsé, que en 1870 se define como

“talle avispa”; desde entonces las cinturas pasaron de medir de 63-70 cm. a 43-50 cm.

Hacia 1903 y 1904 el corsé llega a su fin.

Con respecto a la moda masculina no se presentan cambios, es decir, se mantuvieron

uniformes. Hacia 1910 la tradicional casa masculina James Smart (1888) publicitaba

una camisa rayada de cuello y puños duros y blancos, que al ser postizos se cambiaban

fácilmente. Las corbatas eran angostas y cortas; y acompañaban la nueva moda masculi-

na los guantes, el bastón de caña y el infaltable sombrero. Ésta vestimenta se extiende hacia 1914.

La Gran Transformación (1914-1949)

Éste período podría comenzar cuando siete países comienzan la primera Guerra Mun-

dial a causa del asesinato del archiduque Francisco Fernando a principios de un verano

Europeo.

En Buenos Aires, se suma a la influencia externa de la guerra europea las elecciones

presidenciales de 1916, resultando electo Hipólito Irigoyen.

El crecimiento económico comienza su desaceleración. Una de las más notables trans-

formaciones fue la expansión de la clase media. Aunque las mujeres de clase alta seguí-

an vistiéndose en París se necesitaban negocios que respondieran al nuevo mercado. El

nuevo mercado se había ampliado con las familias que ya iban a pasar sus veranos en

Mar del Plata, que había comenzado a recibir mucha gente a partir de 1914, cuando la

clase media comienza a mezclarse con la clase alta.

La Guerra impulsó una nueva evolución en la vestimenta cuyos principales lineamientos

continúan hasta nuestros días.

Las casas de alta costura sienten el impacto de la situación, aunque “las mujeres deben vestirse con guerra o sin ella”.

En 1912 Madeleine Vionnet presentó a sus maniquíes descalzas y sin corsé, creando sus

modelos con pliegues oblicuos que daban una caída sorprendente y que a pesar del mo-

vimiento mantenían la línea del cuerpo.

Coco Chanel tuvo, en cuanto a la moda, un espíritu audaz y deportivo “Ninguna ineterferencia cultural o erudita, ninguna reminiscencia histórica del estilo que ella creó. Fue un inventor. Las formas que produjo eran simplemente ella misma, sin alusión alguna. Ello se debió a su rechazo… de todo hilo conductor que no la uniera con la vieja herencia campesina. Ese rechazo tenía un nombre: el buen sentido. Cuando sentía la necesidad de referirse al elemento ya existente y se volvía hacia algún detalle de una antigua moda, por instinto se apartaba de los caminos nobles y sólo se dirigía a su propio pasado. De este modo repitió elementos hasta ese momento considerados demasiado modestos para ser utilizados: trajes de trabajo, labor, movimiento. Su gesto creador era un gesto subversivo. Rechazaba la opresión del ceremonial. Sumó la máxima funcionalidad con el extremo refinamiento”.

En 1915, exhibe e impone modelos en seda artificial, y en 1916 lanza los jersey, los

chemisiers y los trajes sastres. También impone las perlas falsas, e implementó en la

mujer la vestimenta masculina, sus chaquetas, camiseros, las corbatas flotantes, los ge-

melos en los puños.

Entre 1914 y 1918 se usaban túnicas para el día y la tarde, sobre los trajes sastres, con-

feccionadas en lanilla, sarga, terciopelo de lana; terciopelo, tul, gasa, encaje y duvetina

(terciopelo de lana y seda).

Hacia 1916 se comenzó a diseñar la ropa para cada deporte; por ejemplo la “sport-jacket

o zamarreta” que se usaba para jugar al golf, gimnasia, tenis y campo. Consistía en una

chaqueta de lana cerrada con tres botones y cinturón, se utilizaba también largas faldas

que se acompañaban en verano con blusas y sombreros de paja encintados; acompañaba

el conjunto una boina haciendo juego. Con ésta prenda las mujeres jugaban al tenis en

invierno. Los hombres usaban pantalones blancos y sacos con gruesas rayas azules o co-

loradas; el traje de sport habitual estaba compuesto por éstos sacos en franela inglesa o

jersey de lana blancos, con rayas gruesas del color de cada grupo; el cuello era marinero

y las botamangas de paño blanco. Los niños se vestían con marineros y las niñas con

vestidos por debajo de las rodillas y también con cuello marinero como los hombres.

Hacia 1917 los hombres ya vestían características que se conservan hasta nuestros días.

Los trajes, que ya podían ser cruzados o sin cruzar, no utilizaban las hombreras, los

sacos eran más cortos y las mangas eran mucho más angostas. Los accesorios todavía

eran importantes, como los guantes, sombreros, botones, polainas, generalmente de pa-

ño fino, color gris o beige.

En 1920 las mujeres reemplazan el maquillaje discreto por uno más “violento”, con

rouge en labios y mejillas, que le da a las mujeres un aspecto de gran importancia. Se

colocaban sobre la piel polvo de belleza Deaborn; según el color de la piel, las mujeres

podían elegir entre tonos blancos y rosados. Marcaban sus mejillas con `rubinol' en

polvo y sus ojos estaban enmarcados por cejas depiladas, dibujadas y pintadas exagera-

damente por sombras negras; se completaba el maquillaje de la cara con los labios deli-

neados.

La vestimenta de las mujeres maquilladas de esta manera elige los vestidos a media

pierna y de línea recta sin cintura. Hacia 1922 Molyneux decide poner cintura bien baja

para ser impactada un año siguiente cuando el estilo egipcio fue furor. Tras el descubri-

miento de la tumba de Tutankamón, Egipto se puso de moda; en las tiendas las mujeres

se apresuraban a comprar un género de fuertes colores, de diseño abigarrado y geométri-

co que se llamaba, por supuesto, Tutankamón.

Después de 1925, la moda fue de faldas extremadamente cortas y simples, pero que no

permitían los diseños decorativos tan elaborados, así que estos van desapareciendo len-

tamente.

De 1924 a 1929 surgen los llamados “años locos” que surgió a causa del surrealismo de

André Breton y fue influenciadas por el psicoanálisis freudiano. El gran sentido del hu-

mor y desenfado propios del surrealismo llegan a la Argentina, aunque se utilizan sus

símbolos más destacados: notas musicales, instrumentos de música, escarabajos, flores,

langostinos, grandes botones, etc.

En Francia, hacia 1925, la moda se denomina como un arte mayor (art-déco), que utili-

zó del cubismo un material de ángulos y segmentos de círculos, al mismo tiempo que

valorizó los colores brillantes en los tejidos. El cubismo tuvo gran influencia en los ves-

tidos de novia; los géneros eran el lamé plateado, el terciopelo, la muselina de seda, en-

tre otras…

Las mujeres de menor clase social compraban en el Mercado de Abasto, una zona de “calles con olor a mercado, sucias de verdura, y también ricas de cafetines neblinosos, donde los puesteros y algunos muchachos, clientes sempiternos que beben un pocillo de café, asisten al descarte de las horas”, las podemos ver con la canasta colgada del brazo, vistiendo trajes claros a media pierna, cinturón bajo, escote redondo y mangas cortas, zapatos negros de tira a un lado, peinado lacio y sumamente corto.

En cuanto a las alhajas, “después de muchos años vuelve a estar en uso el reloj pendantif. Algunas de nuestras señoras, que están siempre enteradas de las últimas novedades que la voluble diosa prescribe, ya han comenzado a usarlo. Nuestras abuelas y nuestras madres han de estar encantadas con esta resurrección que hará exhumar de sus cofres el diminuto reloj con chispitas de diamantes o de otras piedras preciosas, que lucirán después pendiente del cuello por una cinta de terciopelo o de seda”.

Los pantalones tipo “Oxford”, muy anchos en la parte inferior, se usaban bien altos para

destacar el pecho y los hombros, lo acompañaba un suéter escote en “V” y las bufandas

que aparecieron en esos años. Los trajes que tenían la misma característica en la parte

inferior del pantalón se comenzaron a usar de colores claros para el día y los colores ne-

gro y azul para la noche. Los cuellos de las camisas tenían las puntas dobladas.

Estilos Característicos de 1930 a 1949

Hacia 1930 termina el primer período de intenso movimiento migratorio de ultramar,

comenzando muy lentamente a cruzar las fronteras bolivianos, chilenos y paraguayos,

llegando esta inmigración limítrofe a su máxima intensidad hacia 1940.

Desde 1936 a 1947 llegaron a Buenos Aires múltiples grupos de distintas provincias ya

que los sueldos eran más elevados en las fábricas y así podrían mejorar sus condiciones

de vida. Apenas llegados a Buenos Aires y obtuvieron su primer sueldo, compraron ro-

pa nueva que cambiaba su aspecto rural por el urbano; los hombres comenzaron a utili-

zar camisas de “piel de tiburón” y las mujeres abandonaron sus blusas claras y sus fal-

das oscuras por medias y vestidos que las asemejaban a las porteñas.

Ya los estilos se van sucediendo en contraposición unos con otros, a partir de los años

30 las formas comienzan a ser más plenas y marcadas. “Felizmente, ha pasado ya el extraño fantasma de la moda actriz cinematográfica que si un día fue admirada, sólo ocasionó esa admiración el gusto estragado en busca de un nuevo ideal de tipo moderno. Desde aquel tipo de mujer soñada en la época romántica, de tez pálida, aspecto enfermizo, anémica, hemos visto muchas clases diferentes de mujeres flacas. Todas éstas sombras han desaparecido, y por fin hemos encontrado el equilibrio, belleza luminosa de líneas armoniosas, lejos de todo extremo. Encontrar elegancia y belleza en un esqueleto era una verdadera aberración”.

Todavía seguía la moda egipcia, “todas las niñas y señoras jóvenes llevan cejas en trazo egipcio, pestañas bien cargadas de rimel, boca en arco de cupido, colores en los pómulos que no bajan a la parte interior de la mejilla, color bronceado, cabellos color de mies y manos con uñas color sangre”.

Hacia 1927 Madeleine Vionnet hacía sus vestidos a la mitad de la rodilla; Fortuny co-

mienza a alargarlos en el 30 y un año más tarde Mainbocher instala la falda a mitad de

pierna. Los trajes de noche se usaban largos, de línea angosta y adherente, adornados

siempre por interesantes cortes, volados al bies, ruches plisados y muchos moños. Estas

formas resaltaban las formas más femeninas y rellenas. En los estudios de la Metro

Goldwin Mayer, hay una palabra que comienza a escucharse: sexy.

“Los adornos de piel están muy de moda en los saquitos cortos. Algunos de estos saquitos se trabajan con pespuntes, nervaduras y recorte o con bandas plisadas vueltas hacia arriba, guarnición nueva y llena de elegancia. Botones de cuero y cristal”.

Podemos destacar como característica de la época tanto el forrar los sacos con el mismo

género de las blusas, como también adornar los sacos y tapados con zorros azules que

descendían verticalmente desde el cuello.

La moda del saco sobre los hombros fue un pretexto para mostrar las blusas que se lle-

van de todas las formas, dentro de las faldas o como faldoncito formando casaca. Los

zapatos que se utilizaban para combinar éstos trajes se diferenciaban por tener el taco

más alto, la puntera más redondeada y la capellada más subida. Los peinados eran

muy cortos y pegados al sombrero, y permitían lucir los nuevos aros tipo pinzas en

reemplazo de los aros habituales y los clips para los pañuelos y corbatas. Se usaban las

esmeraldas y brillantes que aparecían en las gargantillas, pulseras y anillos.

La moda masculina se mantiene estable hasta fines de los años 50. Las corbatas estaban

Estampadas de flores y rayas; y sobre los trajes se imponían los sobretodos de pelo de

camello. Hacia el 40 se va imponiendo la moda italiana del saco muy largo, despegado,

con los hombros desplazados y las solapas anchas.

“Cuando de golpe se cortaron nuestros lazos con Europa, no pudimos aprovechar la coyuntura porque en la Argentina no éramos creadores y, además, aunque estaban La

Emilia y Campomar, no se había desarrollado un industria textil fuerte para sostenernos, por eso tuvimos que irnos a los Estados Unidos”.

En Europa, especialmente en París, desaparecen las lanas, sedas, linos, cueros y pajas.

Es el momento de fabricar zapatos con suela de madera y corcho.

“La moda debe descender a la calle”. Antes de que esto ocurra, recibe una gran ovación que estalla en un desfile el 12 de febrero de 1947; Carmel Snow, directora del Harper's Bazar, se levanta mitad del desfile para telegrafiar a New York utilizando por primera vez la frase “sus vestido tienen un new look”.

Los trajes sastre se acompañaban con exóticos sombreros, durante la década del 40, las mujeres subrayaban su femineidad valiéndose de coloridos sombreros donde la fan-

tasía aparecía en forma de plumas, pájaros, flores y mariposas.

La moda instala los bordados en canutillos y azabaches, los de piedra y cristales so-

bre encajes y los realizados en tul necesitaban de las hábiles manos de las bordadoras

argentinas.

Los trajes sastre se vuelven femeninos después de la guerra: talles estrechos con sacos

de variadas formas ajustados al talle. En lo de Maggy Rouff el ajuste se logra por una

doble hilera de botones y chalecos bordados con trencitas. En cambio Molyneux mos-

traba una línea completamente nueva de sacos largos “Bryon” y otros como boleros a-

justados que apenas sobrepasan el talle sobre faldas derechas o cónicas.

Este trabajo de los modistos franceses les permite recuperar los mercados perdidos en

1939, y todo vuelve a sus antiguos carriles con el new look de Christian Dior.

Aunque el new look llegó rápidamente a la Argentina, sabemos que “hace dos años los

modistos, inspirados precisamente en los impresionistas y en la moda de principios de

siglo, quisieron introducir la falda amplia y larga (a 27 centímetros del suelo), pero la

mujer moderna la aceptó nada más que como novedad”.

Estilos Característicos de 1960 a 1976

Los vestidos de ésta época recreaban la línea “Charleston” y Directorio de los años 20,

con importantes recortes, talle alto, con botones y bolsillos aplicados muy bajos en las

faldas. La vestimenta nocturna estaba comprendida por mucho brillo; los vestidos des-

tacaban las piernas, cubiertas por medias de colores, laminadas, caladas y de encajes

que desplazaron las medias con ligas y portaligas que hasta entonces se usaban.

Los peinados batidos que habían comenzado a usarse en 1959 se habían olvidado; los

nuevos podían ser cortos con flequillos, o largos recogidos por trenzas y torzadas; pero

lo único que no se podía elegir era la forma del cabello, todas las mujeres debían tenerlo

lacio.

Así como los años 70 se caracterizaron por el uso de los perfumes y los 80 por el uso de

las cremas, los años 60 acentuaron la utilización del maquillaje. Principalmente se deli-

neaban los ojos con el objetivo de que quedasen muy bien resaltados, y se los acompa-

ñaban con pestañas aplicadas en grupos de a tres. En los labios y en las uñas se utiliza-

ban colores claros a nacarados. No sólo las pestañas eran artificiales, en la segunda mi-

tad de la década aparecieron las pelucas de pelo sintético y natural, impuestas en Fran-

cia por Carita. Se adornaban con vinchas que descubrían la frente y moños que revalori-

zaban los rodetes.

En 1969 las creaciones italianas comienzan a importarse en Buenos Aires, más femeni-

nas y más prácticas que las francesas, con coloridos y texturas particulares. Tiene un

singular éxito los montello-twin diseñados por Fontana de Roma. Eran unos tapados

cortados junto con el vestido o la chaqueta del tailleur formando una sola pieza. Para la

noche brillan los colores y alhajas de estilo renacentistas.

Para sport, los pantalones se acompañaban con largos chaquetones y plataformas, que

había recreado Dalila Puzzovio en 1967.

Una de las opciones más elegidas en Buenos Aires en los años 60 fueron los “conjuntos

de banlon” de distintos colores, compuestos por un suéter de magas cortas con cuello al

ras y un saco de mangas largas y angostas, prendido por botones al tono.

Los mocasines fueron característicos en ésta década, tanto en la moda femenina como

masculina.

Así como Paul Poiret a comienzos de sigo y Christian Dior al terminar la Segunda

Guerra Mundial intuyeron el cambio que la mujer esperaba, resulta significativo que en

el momento en que la mayoría de las casa de alta costura en Buenos Aires se repliegan,

comienza a afianzarse en 1971, la casa de alta costura de Gino Bogani. “A comien-

zo de los años 70 mi casa empieza a tomar un giro importante. Hay un cambio de men-

talidad en la alta costura después de la década del 60; es entonces cuando yo me impon-

go porque expreso otra idea, una idea nueva. En primer lugar, introduzco el color en la

Argentina, es decir, acostumbro a ver el color y a no tenerle miedo; a manejar todos los

colores, sin importarme el color que se usa en esa temporada.

Desde hace muchos años trato de brindar a la mujer argentina una imagen personal, pero la moda nacional no la voy a dar yo, va a surgir cuando la mentalidad de los ar-gentinos cambie; mientras no se produzcan cambios, mientras no se liberen las cabezas, mientras no se respire naturalmente, sin perjuicios y sin mirar siempre a Europa, no va-mos a poder reflejar nuestra cultura en una moda nacional”.

Hacia 1969 había aparecido una moda polémica: minifalda-maxifalda. Éstas largas faldas mostraban su presentación en colores cálido como el beige, castaños y marrones.

Los jeans comienzan a ser usados para cualquier ocasión en los años 70 cuando Francia los acepta; e iban acompañados por sacos de piel y camisas de seda. Las primeras mar-cas de jeans que se pueden encontrar en Argentina son Lee, Levi's y Rustikane, Robert Lewis y Hernán Bravo.

En éstos años la moda masculina era de hombros angostos y solapas amplias, las cami-sas con cuellos importantes y las corbatas con nudos exagerados.

Las reglas del juegos giran ciento ochenta grados culminando 1976, una moda muy diferente a la que hasta ahora conocemos recubre las calles de Buenos Aires, se trata nada menos que de la moda deportiva.

CONCLUSIÓN

La conclusión que pude establecer finalizada la monografía fue que la moda que durante

muchísimos años estuvo en Argentina no fue inventada, en sus comienzos, por los ciu-

dadanos que poblaron la República hace más de un siglo atrás. La moda comenzó en

nuestro país por una serie de revoluciones europeas que trajeron como consecuencia la

importación de productos textiles que atrajo la atención argentina y así, pudo comercia-

lizarse hasta nuestros días.

Dichas revoluciones surgieron en el siglo XIII, y tanto Francia como Inglaterra se ocu-

paban de la fabricación textil con lanas y algodón que más adelante fue exportada hacia

la República Argentina, quien la esperó con las puertas abiertas. Así comenzó a “impor-

trase la moda” a nuestro país, que pasando los años y décadas siguió importando “lo

nuevo” que Francia, dedicándose a la vestimenta de la mujer, e Inglaterra, a la del

hombre, elaboraban para la exportación.

La vestimenta tradicional de cada país quedó marcada en el recuerdo, ya que aquellas

costumbres típicas se suelen ver en un número mínimo de la totalidad de la población y,

para colmo, en determinadas zonas del país.

Hoy en día ésta comercialización de la buena vestimenta sigue vigente tanto en nuestro

país como en muchas partes del mundo; entonces podemos afirmar con seguridad que

la moda desplaza las tradiciones y aparte fue, es y será un fenómeno que nunca se aca-

bará.

BIBLIOGRAFÍA

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Buscados Google: http://www.google.com

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Cronista: número 1699 de Caras y Caretas.

Cronista: Para Ti, en la edición del 23 de octubre de 1934

Artesiano, Enrique: heredero y continuador de las casas de moda con mayor volumen de ventas en Buenos Aires.

Christian Dior: diseñador

Crónica del número cuatro de la revista Galas del año 1950

Bogani, Gino: Reportaje de la revista Para Tí