Mitos y leyendas prehispánicas y coloniales

Cultura indígena americana. Divinidades precolombinas. Huaxtecapan. Rueda de los Katunes. Edificio de los Danzantes. Kapsis

  • Enviado por: Mexa
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 55 páginas
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“Mitos y Leyendas Prehispánicas y Coloniales”

Nombre:

Grado y grupo: 1° A.

Numero de lista: 8.

Sección: Secundaria.

Colegio: Fray Luis De León.

Fecha de entrega: 17 Junio 2002.

Índice

Páginas

Índice...............................................................................................................2

Justificación.................................................................................................3

Época Prehispánica

Los Primeros Dioses (Mito).....................................................................6

Huaxtecapan (Mito)...................................................................................7

Dioses de la Muerte (Mito)......................................................................9

La rueda de los Katúnes (Mito).............................................................10

El Sol y la Luna Opuesto y Complementario (Mito)..........................11

Coatlicue (Leyenda)....................................................................................14

El Edificio de los Danzantes (Leyenda)................................................15

¿Por qué los Conejos Tienen las Orejas tan Largas? (Leyenda)...17

El Caballero Águila y El Caballero Tigre (Leyenda)............................18

Kapsis [estrella de mar] (Leyenda).......................................................23

Época Colonial

El Milagroso Señor de Villaseca (Mito).................................................28

Ataque a un Apostolado (Mito)..............................................................31

La Capa del Mendigo (Mito)......................................................................33

Los Gatos (Mito).........................................................................................35

Las Momias de Guanajuato (Mito)........................................................36

Primero Muerto que Esclavo (Leyenda)................................................39

La Calle del Niño Perdido (Leyenda).......................................................41

El Hechizo del Pando (Leyenda)...............................................................43

La Increíble Riqueza de Don Ramón Alcázar (Leyenda)....................46

Justificación

El motivo por el cual hago este trabajo de “Mitos y Leyendas Prehispánicas y Coloniales” es para aprender sobre las creencias de diferentes culturas, así como ficticias o reales.

Nos va a servir aprenderlas para conocer mas a fondo sus mitos y leyendas.

“Época Prehispánica”

“Mitos”

“Los Primeros Dioses”

Los mas antiguos mexicanos creían en un dios llamado Tonacatecuhtli, quien tuvo cuatro hijos con su mujer Tonacacihuatl.

El mayor nació todo colorado y lo llamaron Tlantlauhqui. El segundo nació negro y lo llamaron Tezcatlipoca. El tercero fue Quetzalcóatl.

El mas pequeño nació sin carne, con los puros huesos, y así permaneció durante seis siglos. Como era zurdo lo llamaron Huitzilopochtli. Los mexicanos lo consideraron su dios principal por ser el dios de la guerra.

Según nuestros antepasados, después de seiscientos años de su nacimiento, estos cuatro dioses se reunieron para determinar lo que debían hacer.

Acordaron crear el fuego y medio sol, pero como estaba incompleto no relumbraba mucho. Luego crearon a un hombre y a una mujer y los mandaron a labrar la tierra. A ella también le ordenaron hilar y tejer, y le dieron algunos granos de maíz para que con ellos pudiera adivinar y curar.

De este hombre y esta mujer nacieron los macehuales, que fueron la gente trabajadora del pueblo.

Los dioses también hicieron los días y los repartieron en dieciocho meses de veinte días cada uno. De ese modo el año tenía trescientos sesenta días.

Después de los días formaron el infierno, los cielos y el agua. En el agua dieron vida a un caimán y de él hicieron la tierra. Entonces crearon al dios y a la diosa del agua, para que enviaran a la tierra las lluvias buenas y malas.

Y así fue como dicen que los dioses hicieron la vida.

Mitología Azteca.

“Huaxtecapan”

Garra de Jaguar se reunió con sus compañeros del Calmécac a esperar las noticias de una próxima expedición bélica, cuyo propósito era reprimir a los incontrolables pueblo en la región costeña, la Huaxtecapan, que habían aprovechado la muerte del tlatoani Ahuízotl para tratar de liberarse del dominio de México-Tenochtitlan.

El joven, que había nacido bajo la trecena de los grandes guerreros, esperaba con ansiedad las fiestas de entronización de Moctezuma Xocoyotzin, que ocurrirían en ese año 10 Conejo. Su padre y su abuelo, de noble linaje, emparentados con la casa gobernante desde los tiempos del primer señor Acamapichtli, por su arrojo y su valor habían sido investidos con las insignias de los guerreros-jaguar; todos recordaban sus atrevidas actuaciones durante diversas batallas, cuando sin temor a la muerte habían desarmado en plena lucha a varios enemigos para conducirlos más tarde hasta la capital de Huitzilopochtli, donde se destinarían a la gran festividad de esa deidad.

Llegaba la hora en que el aprendizaje del joven rendiría frutos; aquellas largas caminatas para endurecer los músculos, el hábil manejo de la espalda con filos de obsidiana, de la lanza y el escudo, le ayudarían ahora a triunfar en la futura expedición que se decía caería por sorpresa en varios pueblos del mundo huasteco.

Llegado el tiempo de secas, cuando los sacerdotes encontraron en la ruta de los astros los signos propicios, se emprendió la marcha. Garra de Jaguar formaba parte del grupo de los jóvenes guerreros del Calmécac, algunos de los cuales ya habían capturado un prisionero y por ello lucían orgullosos su cabello cortado, el que ataban con una cinta de color rojo. Adelante, caminaban los guerreros más experimentaos, quienes se encargarían de dirigir la empresa, indicando las tácticas y los movimientos de ataque.

Al llegar a las tierras del señor Texcoco se les unieron considerables contingentes de guerreros acolhuas, así como muchos otros aliados que participarían en la expedición. La ruta se había marcado con anterioridad, y sería la misma que en tiempos de paz recorrían los pochtecas o comerciantes, conocedores de todos los vericuetos de aquel camino que debería cruzar la cadena de altas montañas para después bajar hacia la llanura costera, donde el calor y la temperatura eran sofocantes.

Algunos de los guerreros más viejos recordaban los tiempos del legendario tlatoani Moctezuma Ilhuicamina; pues había sido en su época cuando los mexicas y sus aliados, los acolhuas de Texcoco y los tepanecas de Tacuba, emprendieron por vez primera, a mediados del siglo XV, la conquista del mundo costeño; fue entonces cuando conquistaron Tzicuhac, obligando a los poblados huastecos a pagar tributo y permitir el comercio con la gente del Altiplano. Aquellos pueblos y sus vecinos, los totonacos, aprendieron la dura lección que las armas mexicas impusieron en sus tierras.

Más tarde, Axayácatl, el nieto del gran Moctezuma, para celebrar su elevación al trono de Tenochtitlan, llevó el triunfo de las armas mexicas por toda la Huasteca; sus ejércitos conquistaron Tzapotitlan, Micquetlan, Tampatel, Tamomox y, especialmente Tochpan; impuso fuertes tributos e inició la construcción de sitios fortificados a lo largo de las rutas de comunicación, para prevenir futuros levantamientos contra el dominio mexica, como lo fueron Cuauhtochco y Teayo.

Con la muerte de Axayácatl se inició el reinado de Tízoc, durante el cual se llevaron a cabo nuevas expediciones para reconquistar algunos pueblos y dominar por primera vez otras localidades; así se sometieron a Meztitlan, aliado de los hustecos, y Tamapachco, en el año 7 Conejo.

El padre de Garra de Jaguar alardeaba siempre de haber sido unos de los generales más destacados cuando Ahuízotl, antecesor de Moctezuma Xocoyotzin, emprendió nuevamente la conquista de las tierras huastecas. Se capturó gente de Tziuhcuac, Mollanco y Zapotlán, siendo entonces cuando la orgullosa Huejutla se rindió ante la ferocidad de sus conquistadores. Estos recuerdos encendían el ánimo del joven, ya que sus hazañas serian recordadas por sus descendientes, quienes le cantarían en las celebraciones de conquista.

Después de la dura marcha, el momento esperado se acercaba, los corazones de aquellos jóvenes latían aceleradamente. Después todos vieron con admiración como Garra de Jaguar se enfrentaba cuerpo a cuerpo con un guerrero huasteco que se distinguía por su curiosa deformación craneana y que lucia amenazadoramente aros colgantes en la nariz. Ambos contendientes sabían que su destino estaba ahí, en el campo de batalla, sólo uno saldría victorioso.

“Dioses de la Muerte”

El reino de los muertos o inframundo, conocido comúnmente como Mictlan, era gobernado por el “Señor del Inframundo”, Mictlantecuhtli, y por la esposa de este, Mictecacihuatl, los “Infiernos”, el Chignauhmictlan. Pero aparte de estas deidades, existían otros dioses y diosas que poblaban las regiones del Mictlan y que casi siempre encontramos por parejas. Una de ellas es Ixpuzteque, “El que tiene el pie roto”y su esposa Micapetlacalli, “Caja de muerto”. Por último conocemos el nombre de Tzontemoc, “El que cayo de cabeza”, y su esposa es Chalmecacihuatl, “La sacrificadora” .

Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl eran la pareja más importante de las regiones del inframundo y habitan la más profunda de ellas, a donde llegan los hombres a descansar, no sin antes entregar a las deidades presentes valiosos.

Mictlantecuhtli aparece con el cuerpo cubierto de huesos humanos y un cráneo a manera de mascara, con los cabellos negros, encrespados y decorados con ojos estelares, puesto que habita en la región de la oscuridad completa. Adornan su cabeza una rosetas de papel de las que salen conos, uno sobre la frente y otro en la nuca. Sus animales asociados son el murciélago, la araña y el búho (tecolotl).

Origen Mexica

“La Rueda de los Katúnes”

El once Ahau se asienta el Katún en Ichcaansihó. Bajan hojas del cielo, bajan perfumes del cielo. Suenan las músicas, suenan las sonajas de los nueve píes. En un día en que habrá faisanes azules, en un día en que habrá peces a la vista, en el día de Chakan-Putúm, se comerán los árboles, se comerán piedras; se habrá perdido el ausento dentro del Once Ahau Katún.

Con siete templo de abundancia se asienta el Katún, el cuarto Ahau Katún, en chichén. Siete tiempos de abundancia son el asiento del Gran Derramador de agua. Tapado está su rostro y serrados sus ojos bajo sus lluvias, sobre su maíz abundante derramado. Llenos de hartura están su estera y su trono. Y se derrama su carga. Habrá un día en que este blanco su ropaje y blanca su cintura, y sea aplastado por el chorro del pan de Katún. Llegarán plumajes, llegarán pájaros verdes, llegarán fardos, llegarán faisanes, llegarán tapires; se cubrirán de tributo Chichén.

No Zaquí, sino Mayapán es el asiento del Katún, del Dos Ahau Katún. Cuando se haya asentado el Katún, bajarán cuerdas, bajará las ponzoñosa de la peste. Tres cerros de calaveras harán una rueda blanca a su cuerpo cuando venga con su carga atada. Ahogándose cogerá en su lecho un soplo de viento. Tres veces dejará caer su pan. Mediana hambre, medio pan. Esta es la carga de Dos Ahau Katún.

Kinchil Coba es el asiento del Katún, del Trece Ahau Katún. El dios mayor Itzam, dará su rostro a su reinado. Se le sentirá tres veces en tres años, y cuando se cierre la décima generación. Semejantes a las de palmera serán sus hojas. Semejante al de la palmera será su olor. Su cielo estará cargado de rayos. Sin lluvias chorreará el pan Katún, del Trece Ahau Katún. Multitud de lunares son la carga del Katún. Se perderán los hombres y se perderán los dioses. Cinco días será mordido el Sol, y será visto. Esta es la carga de Trece Ahau Katún.

Origen Maya.

“Sol y Luna, opuesto y complementario”

El Sol era el cuerpo celeste por excelencia y en Mesoamérica se le identifica con el tiempo mismo. A través de manuscritos, como el Códice Matritense del Real Palacio, podemos abrir una ventana hacia mitos cosmogónicos fundamentales para el pueblo mexica.

En ellos vemos fielmente reflejada la creencia de que el Sol, como ser vivo, puede nacer y morir.

Hubo cuatro soles antes del actual. Cada uno marcó eras distintas, entre las cuales se detuvo el tiempo y se hizo la profunda oscuridad. Para que naciera el Quinto Sol, los mismos dioses debieron sacrificarse, morir, purificarse en el fuego, elemento producido por el más viejo de todos lo dioses.

A pesar de que ya había nacido el Sol y poco después la Luna, cuerpos celestes fundamentales para elaborar el calendario, aún no estaban dotados de movimiento.

La esencia del tiempo era, aparte de la luz, el movimiento. Ambos astros permanecían estáticos hacia el oriente. Para echar a andar la precisa maquinaria del tiempo debía intervenir el dios del viento, que no sólo impulsó al Sol y la Luna para que avanzaran en sus caminos celestiales, sino que los colocó en los sitios del espacio que les correspondía para desempeñar su tarea.

La conceptualización del tiempo se une de esta manera a la del espacio para conformar uno de los principales elementos que caracterizan a las culturas autóctonas de Mesoamérica. Algunos códices prehispánicos sobrevivieron para mostrarnos sencillos esquemas que representan esta compleja relación. Tal es el caso de la página 1 del Códice Féjérvary Meyer, en el que en los rumbos cardinales están no sólo los dioses, sino los signos calendáricos, las aves y los árboles cósmicos. Leyendo de derecha a izquierda, podemos ir de un día a otro hasta completar un tonalpohualli o calendario sagrado, dando a cada día su connotación positiva, negativa o indiferente.

Estos libros, leídos sólo por los especialistas denominados tonalpohuques, eran considerados sagrados y secretos, hablaban de un mundo lejano al hombre común, del ámbito de los seres que dominan el tiempo cíclico que rige el destino de todo cuanto vive, donde todo regresa cuando se repite el símbolo y el numeral del día y el año. Su cargador (bacab en maya e i mamal en náhuatl) los lleva sobre su espalda, cual pesado fardo, hasta el final del día, cuando dejaba su mecapal (bulto) para que un nuevo mecapalero iniciara su camino. Ellos representan a los astros en la ruta que parte del oriente hacia el poniente, como el Sol, que asumía un aspecto masculino y dominaba la época seca del año, como la Luna, de aspecto femenino, que dominaba la época húmeda del año. Opuestos y complementarios, ambos son indispensables para el florecimiento de la tierra.

“Leyendas”

“Coatlicue”

Es la madre de todos los dioses del panteón azteca, una de las principales deidades que trajo ese pueblo al inmigrar al Valle de México. Es una forma de la diosa de la tierra, madre de Huitzilopochtli el dios del sol y de la guerra. Las representaciones de Coatlicue muestran la parte mortífera de esa diosa porque la tierra, aparte de madre bondadosa de cuyo seno nace todo lo vegetal, es el monstruo insaciable que devora todo lo que vive, eso sin contar con que también los cuerpos celestes desaparecen tras ella.

Sin embargo, la imagen colosal de Coatlicue, originaria de “La Casa Negra” (su templo en Tenochtitlan) no la representa solamente en su calidad de diosa de la muerte, sino como una figura sin cabeza, con lo que se expresa que la diosa de la tierra era al mismo tiempo diosa de la luna; en muchos mitos se cuenta que ésta entabla una lucha a muerte con el sol. También en la leyenda el dios Huitzilopochtli decapita a su hermana enemiga que representa la luna.

Coatlicue, en náhuatl “La de la Falda de Serpientes”, tuvo un hijo más aguerrido en lo que se representa como un amanecer. Cuenta la leyenda que era una viuda piadosa que un día que barría el templo y que bola de brillantes plumas que caída del cielo la fecundó.

Sus hijos e hijas, decidieron matarla en atroz arrebato de ira, pero Huitzilopochtli, dios de la guerra, que nació en el momento preciso y completamente armado lo primero que hizo fue matar a sus hermanos y hermanas, hoy la luna y las estrellas.

La representación más importante de la Coatlicue es la que se observa en el Museo Nacional de Antropología de México: tiene pies y manos en forma de garras, una falda de serpientes entrelazadas y el pecho cubierto por cráneos, manos y corazones humanos. La cabeza de la diosa está sustituida por dos cabezas de serpientes encontradas, que simulan dos chorros de sangre que brotan de su cuello cortado.

“El Edificio de los Danzantes”

Varios guerreros ya han sido sacrificados y su sangre se ha convertido en volutas floridas a lo largo deI abdomen; en sus rostros, junto a los cuales están sus nombres respectivos, se refleja Ia angustia deI sacrificio. Quinientos años antes de Ia era cristiana esto era común entre los pueblos, especialmente en un pueblo guerrero como Monte Albán, pues había que mostrar a los que Ilegaban su fuerza y su sabiduría.

Los ancianos explicaban a los jóvenes que el gran muro era una composición de figuras humanas colocadas en sentido vertical y horizontal, dispuestas así con Ia intención de que el muro pudiera leerse a medida que uno caminaba frente a él. Los personajes que se encontraban en sentido vertical eran los principales y por ello se representaban con todo y sus nombres y lugares de origen. Los otros, los que iban en sentido horizontal, eran los acompañantes de los señores principales. Era importante que los cautivos Ilevasen consigo algunos acompañantes, no sólo para su viaje eterno, sino para mostrarse resguardado ante los ojos extraños, es decir que los sacrificios secundarios se hacían exclusivamente para mostrar que los guerreros no estaban solos.

No sólo por el hecho de ser guerreros estos personajes fueron especialmente representados, eran también seres humanos con ciertas características; algunos eran enanos, otros jorobados o con otros defectos físicos; eran guerreros muy especiales porque provenían de linajes ya en extinción y eso les daba doble valor en Ia guerra.

Su apariencia física les recordaba a ciertos hombres de una raza antigua, de bocas y narices anchas, ojos oblicuos y cuerpos muy robustos, que habían sido sus ancestros y que aparecían en todas Ias leyendas de los pueblos deI Valle de Oaxaca.

Mientras en la ciudad se vivía de manera ordenada y en paz, era muy importante recordar a aquellos que habían muerto en sacrificio, por eso los ancianos tenían que hacer entender a los jóvenes el valor de ser guerrero y zapoteco. Así, llegado el momento, los nuevos guerreros sabrían manejar los valores, como no tenerle miedo a ser cautivo, y menos a ser sacrificado para los dioses y en beneficio de la supremacía de Monte Albán sobre otros pueblos y otras regiones.

Durante los siguientes siglos el edificio se cubrió con otras construcciones, pero Ios más de 300 cautivos fueron muy bien protegidos para ser enterrados entre Ios muros, pues había que cuidar que no se dañaran o se perdieran.

AI contrario, algunos fueron separados deI muro para ser colocados en edificios más visibles, trascendiendo así eI tiempo en que fueron concebidos, para conservar su carácter sagrado en Ia posteridad.

Estos verdaderos monumentos, como explicaban Ios ancianos, fueron Ios primeros que plasmaron eI gran poder zapoteco en el Valle de Oaxaca, que sigue siendo en los nuevos siglos una raza invencible.

“¿Por qué los Conejos Tienen las Orejas Tan Largas?”

Voy a contarles alo que sucedió hace ya mucho, mucho tiempo, cuando las orejas de los conejos no eran tan largas como las que ahora tienen.

Una tarde, un conejo comía granos en un campo de trigo. Iba distraído, sin ocuparse de otra cosa que no fuera masticar y masticar lo más rápidamente posible, cuando oyó que dos ratas platicaban en voz baja.

Una decía:

-¡Qué buena suerte tengo! He encontrado una cueva llena de trigo, de un trigo grande, dorado, como si lo hubieran escogido para que yo lo encontrara.

-Pues sí que es buena suerte, porque los conejos escogen lo mejor del trigo para comérselo y para llevarlo a sus bodegas.- comentaba la otra rata.

El conejo oyó parte de la conversación, y especialmente lo que decían de los conejos, y como era muy curioso y quería enterarse de todo, fue acercándose al lugar donde estaban las ratas y se escondió detrás de una cerca.

-Lo que no quiero es que los conejos sepan que he encontrado esa cueva tan bien abastecida, porque en un momento cargan con el trigo y me dejan sin qué comer en el invierno.

-No es por curiosidad, comadrita, pero ¿dónde está la cueva? No tenga desconfianza; si se lo pregunto es sólo para ayudarle a cuidar el tesoro.

La otra rata empezaba ya a decirle a la comadre dónde estaba la cueva, cuando el conejo, para oír mejor, estiró la cabeza por encima de la cerca y las orejas empezaron a crecerle tan rápidamente, que por más que se las detenía, iban crece y crece para arriba; le crecieron tanto que las ratas, cuando se dieron cuenta de aquellas orejas tan grandes, se echaron a correr, asustadísimas, dejando la platica para otra ocasión.

Y desde entonces los conejos tienen las orejas tan largas, tan largas como las de aquel conejo curioso.

“El Caballero Águila y el Caballero Tigre”

La luna llena placidamente las inmensas y obscuras rocas del monte... Los bosques a lo lejos se esfuman con sus largas sombras. Canta el cenzontle; negras aves aleteando lentamente pasan ocultando a veces con fugitiva marcha el rostro redondo y blanco del astro nocturno.

Y allá en el fondo del valle silencioso y pálido, brillan los grandes lagos en cuya superficie de plata bruñida mirase la sombría silueta de la Gran Tenochtitlan.

De pronto unese al murmullo de la noche, vago y enorme, un canto tristísimo, doloroso, que vibraba en las soledades como un gemido de muerte. Súbitamente se apagó.

Por entre los matorrales una sombra gigantesca que avanzaba monstruosa al ras del suelo, se detuvo en el instante en que la voz doliente que cantaba se extinguía.

¿De quién era aquél acento melancólico? ¿De quién era la sombra gigantesca?

-¡Oh! Virgen de blanco huipilli, ¿por qué tan sola?...

Tu eres maravillosamente bella ¿cómo es posible que vagues en estos desiertos montes sola, sin temor a las fieras ni a los vagabundos espías enemigos de nuestro Gran Tecutli, el poderoso mexica?

Tu traje albo, tu belleza gentil y tu adorable juventud, me demuestran claramente que perteneces a las jóvenes doncellas de noble estirpe, que se educan para bien de la patria, en el sagrado Czlmecac, donde los sacerdotes del sol preparan el porvenir de la valiente raza Tenochca. Di encantadora doncella, ¿qué dios maligno te arrebato del sacro donde en este momento tus compañeras nubiles, hunden sus gallardas formas en el Czapan, la primorosa alberca de cristalinas aguas?...

Alto mancebo de noble porte, llevando el Cahuipilli gris sin mangas y cuyos brazos teñidos de negro de obsidiana, eran fuertes y hermosos, era el que hacía proyectar sobre malezas del monte la sombra larga y fantástica, y era el también que con ceremoniosas palabras y frases delicadamente escogidas, habiase dirigido a una mujer airosa y joven, vestida de primoroso huipilli blanco.

-¡Desdichado mancebo!, tres veces sea maldita la hora en que recibió el baño del bautismo: el sacerdote oráculo me aseguró que el hombre que encontraría en noche azul y blanca como esta, tendría que ser mi esposo... y no sabes quien soy, infeliz yaoquisque, de humilde raza! Pobre guerrero sin nobles padres, no gloriosas hazañas, que aún te enseñan el arte de los combates en el Teocalli, el colegio de los jóvenes plebeyos!... Yo soy la hija mayor de Moctezuma, pero tan infausta fue la suerte que para mi predijo el Augur-sacerdote en las solemnidades de mi nacimiento, que soy la única doncella de sacro Calmecac que vaga sola por los bosque en las noches de luna para encontrar el esposo que me puede dar la felicidad...Pero, ¡hay de mi y de ti!, no siendo tu educado con los principales mancebos de la casa sacerdotal, ni hijo de Teeuhtli, ni de señor noble laguno, tenemos que sucumbir en el sacrificio de la fiesta del sol, dentro de cuatro lunas...

aterrado escuchó el joven yaoquisque -guerrero humilde aún- las palabras de la misericordiosa doncella vagabunda, sujeta por el augur de su destino a abandonar el sagrado recinto del Calmecac insigne, para vagar por los montes, las noches en que pura y radiante y en su plena gloria de esplendor, la luna iluminase los campos, leguas y leguas fuera de Tenochtitlan.

Comprende el mancebo que su humilde origen no le permitía desposar libremente a la hija del Teculli con su regio Cacli de oro, el único que bebía el Octli blanco de los festines, en jícaras incrustadas de ópalos y perlas. Y, sin embargo, ¡oh terrible voluntad de los dioses!. Tenia que cumplirse su destino, desposándose con ella, aunque no pudiera nadie asistir al banquete familiar, ni dar con su propia mano en la boca de su esposo, el primer bocado que marcaban los divinos rituales de su región!

Por el contrario, abominada ella por el pueblo, por las doncellas del Calmecac, en que se había educado con tanto esmero; el befado, lapidado por sus compañeros los mancebos que se adiestraban para la guerra de los dioses y la patria, en el fuerte de Tepuchcalli, iría al templo de Quetzalcóatl una sola doncella...¡que afrenta!

Muchos instantes permanecieron absortos los infelices jóvenes, bajo el peso del cruel augurio de su destino, anonadados, sin intentar revelarse, mirando en sus imaginaciones torturadas por el dolor, el día fatal de su muerte sin gloria, ni provecho para la patria... ¡Desventurados!

Al fin el joven yaoquisque levantó su cabeza, tan solo adornada por una pluma de águila, y sacudiendo los brazos pintados de negro exclamó:

-Tloque Nahuaque, el alma universal que ve todo lo que pasa en el mundo, sabe bien, ¡oh! Desdichada hija del rey, que no tuve intención de verte en estos montes, aunque ya comprendo porque desde el día de nuestro nacimiento se unieron nuestros destinos: ¡porque te amo! ¡no puedo resistir!

-El único medio que hay para que puedas ser mi esposo sería que vencieras en un combate al primer caballero águila que hallases en este mismo campo... Pero para eso necesitas ser caballero tigre, todo un gran ocelotl...

-Pues bien, iré a la guerra del sur, combatiré con los feroces habitantes de las montañas ,haré prisioneros y llegaré a ser pronto un gran ocelotl... Y combatiré con el cuahuitl con el caballero águila.

-¿Cómo te llamas?

-Tlotzin, ¿y tu?

-Atotolzin. Toma las púas de maguey del sacrificio; no olvides que si te matan en la guerra yo al mismo tiempo moriré, prensa de horribles dolores... Que tu destino y el mío, ya son uno... El cuahuitl es el mal genio que nos persigue y que tú debes matar, adiéstrate en derramar sangre; has muchos cautivos para ofrecer sus corazones al dios Huitzilopochtli... Piensa en mi...

Rápidamente desapareció la doncella... Su huipilli blanco dejó tras de sí una estela de luz de nieve tan blanca como la del penacho del Popocatepetl, inmóvil y erguido allá en oriente...

Y el joven yaoquisque, hundiéndoselas puntas del maguey, sangradas, -bendecidas en el Teocalli para la penitencia- bañó su rostro de bronce en la sangre que brotaba de sus heridas.

Y al ofrendar su vida al porvenir de noble educada escapada por orden del Augur de su destino, del Colmecac, escuchó el tristísimo canto que vibraba tan melancólicamente en el monte solitario, a la luz de la luna.

¡Oh! Qué soberbios llegan los ejércitos victoriosos que vuelven del sur, después de haber dominado a los bravos y audaces guerreros de las sierras mixtecas.

Hay un frenesí indescriptible en las hordas populares al mirar que el convoy de prisioneros se prolonga en masa compacta por las calzadas y fuertes hacia la ciudad de Tlacopan...

¡Esta vez si que el sol, el Gran Tanatiuh esplendoroso, hará que el dios Penteotl, el buen dios del maíz, sea más propicio que en las épocas anteriores en que el hambre asoló al pueblo...

-Ahora con tantos millares de victimas, el cielo hará llover la felicidad... El mismo Moctezuma mostrará su júbilo paseando en los puentes sagrados delante de las multitudes. -Dijo alegremente un viejo mercader a un joven yaoquisque, que no había ido a la campaña.

-Y sabéis, señor, que el que más prisioneros hizo fue un compañero mío que vuelve convertido en Ocelotecutli, si señor, todo un caballero tigre que llega con más despojos y prisioneros que sus jefes...

Entran los noble vencedores a los patios del Calmecac de las vírgenes para que estas contemplen a los que les destinan los sacerdotes por esposos; sus esclavos y mancebos cargan tesoros y ofrendas, trofeos de caza y guerra.

Y las vírgenes vestidas con los blancos huipillis les contemplan, arrobadas ante la gallardía de los caballeros águilas, más nobles que los ocelotl.

Sólo un ocelotl de Techpulcati, de origen plebeyo, permaneció en una vasta sala al lado de sus trofeos y botín de guerra... Su humilde origen no le permitía pasar a los patios de los sacerdotes...

Meditaba cuando vio llegar a él a la virgen de su destino y sus amores.

Sin decir una palabra se contemplaron. Él orgulloso, le mostró sus presas bélicas... ella le respondió:

-Ve a vencer al Águila, antes que te desposes con la paloma.

Tlotzin salió; pero ya no debía volver nunca...

Cuentan los ancianos que la hija de Moctezuma oraba en el palacio de las Águilas, cuando súbitamente calló muerta.

En aquel triste monte se encontró el cadáver de Tlotzin, el caballero Tigre... Una paloma blanca cantaba todos las noches de luna llena, una canción fúnebre tristísima...

“Kapsis” (Estrella del Mar)

Kapsis, la hija mimada del jefe Haas (mezquite), acostumbraba todos los días, después de terminar sus labores cotidianos, acurrucarse junto a alguna roca cerca del mar y mirar y mirar el vaivén de las olas.

Por horas y horas la sorprendía la tribu, inmóvil, silenciosa: Aun cuando las sombras manchaban de negro el agua y la playa. Kapsis seguía allí como si esperara ver salir del fondo del mar a la diosa Xtamosbin (tortuga marina).

Cada vez que la tribu llagaba de la bahía de Quino a tierras de Isla de Tiburón, Kapsis, después de hurgar en las rocas de la playa en busca de las pródigas especies del océano que las aguas dejaban olvidadas. Corría a refugiarse en su lugar predilecto de la playa para contemplar, sin cansarse, cielo y mar.

Su padre el gran jefe Haas, inútilmente había perdido al hacocama (hechicero) destruyera el embrujo que se había apoderado de su hija; porque el gran jefe y los miembros de la tribu no se explicaban porqué Kapsis huía del trato de sus semejantes, y a pesar de ser joven y bonita rehusaba trazar los pasos de la pazcola, ni batir palmas en el baile y menos acompañar el fragor de los cantos.

Para Kapsis no había más deleite que refugiarse en la playa desolada, y contemplar el paisaje triste del mar bravío que desataba a veces tormentas espantosas.

Pero es que nadie sabia el secreto de Kapsis: Kapsis estaba enamorada de una vastlk (estrella) que a ella se le antojaba, era flor de la tierra de los dioses.

Una noche llegó hasta ella el hacocama a quien pidiera el gran jefe curara a su hija, pues toda la tribu aseguraba que un antipotkis (tiburón) la había embrujado.

El hacocama antes de buscar a la joven había ido hasta la “Cueva Especial” de la montaña, pintando en ella la “señal” del “espíritu” que vivía dentro, el cual indicó su voluntad de adentrarse en el cuerpo del hechicero.

Ya en posesión de las virtudes mágicas colocó sus manos en forma de círculo sobre su frente, para luego acercar su boca y decir con gran misterio y entonación sacerdotal “Choo, choo”.

Kapsis, sin moverse le miró sin sorpresa, pero después, silenciosa, se alejó de su lado.

Esa misma noche volvió al mar, y con ansiedad miró el cielo en busca de la bella vastlk. Al descubrirla esplendente en medio del azul eterno deseó fervientemente que nunca terminara la noche para embelesarse por horas y horas con su belleza.

De pronto, como si su deseo fuera mágico, absorta contempló cómo su estrella favorita se desprendía del cielo. Atravesando el azul oscuro con la misma velocidad que los dardos con punta de pedernal de los guerreros Kun kaak eran disparados sobre los coyotes o venados, así la estrella atravesaba el espacio.

Los ojos negros y vivaces de Kapsis siguieron el rastro luminoso hasta descubrir que caía en el mar.

Asustada la joven por tal acontecimiento corrió en busca de la canoa más cercana; remando enérgicamente llegó hasta el lugar donde había visto caer la estrella, y sin mucho pensarlo se arrojó al agua para rescatarla.

Kapsis bajó a las profundidades en busca de la estrella hasta llegar al fondo del mar; pero en su rápido descenso cayó sobre una traicionera roca que le produjo la muerte.

Sobre el lecho pétreo Kapsis quedó inmóvil, los brazos abiertos en cruz, las hermosas piernas extendidas.

Xtamosbin, la sagrada tortuga marina, diosa de los seris, al contemplarla tan pálida y quieta se conmovió.

¡Qué hermosa era! Y allí estaba inmóvil en lo profundo del mar; todo porque había querido salvar a una estrella que se ahogaba.

La diosa fue a su lado y posó sus manos sobre el cuerpo inerte de la joven Kun kaak convirtiéndola al instante en una bella estrella de mar.

Kapsis desde ese instante sería feliz. Allí en el mundo sin voz, contemplaría las luchas y las tragedias mudas del mundo verde de esmeraldas líquidas.

Además no estaría sola, ya que los peces de aletas de plata y cuerpos pintados de vivos colores la acompañarían.

Y como si todo eso fuera poco, desde los bosques de sombras oscuras moteadas de luz vivirá feliz espiando el cielo a través del agua espumosa teñida por el sol.

Así Kapsis todas la noches miraría a la bella vastlk a quien ella tanto amaba.

“Época Colonial”

“Mitos”

“El Milagroso Señor de Villaseca”

Don Alonso de Villaseca fue un noble de raras virtudes que de España vino a estas tierras allá por mediados del siglo XVI.

Caballero a carta cabal que gozó de la estimación general por su desprendimiento y libertad, otorgando beneficios a mucha gente necesitada.

A lo dicho hay que agregar que Don Alonso tenía sentimientos religiosos muy bien fincados, que tradujo también en nobles acciones: de España mandó traer tres Cristos, con su propio preculio, uno que donó al pueblo de Ixmiquilpan porque allí había hecho su fortuna, otro a las famosas minas de Zacatecas y un tercero al Mineral de Cata, a orillas de esta población.

Este Cristo es al que nos vamos a referir, contando aquí dos de los múltiples milagros que se le atribuyen.

Dícese que cuando aún no había ni la más remota idea de reglamentar el trabajo de nuestros braceros en el vecino país del Norte, un grupo de campesinos de estos alrededores, necesitados en ganarse la vida en mejores condiciones, creyeron ingenuamente en la promesa que les hiciera un vívales y, dejando su casa y familia, corrieron la aventura de la que después tuvieron que arrepentirse muchas veces.

Hallándose en una hacienda algodonera cercana a la frontera, se les designó un galerón para que pasarán la noche, advirtiéndoles que para mayor seguridad iban a cerrar la puerta.

También se les ofreció que una persona les llevaría la cena un poco más tarde, pero como ese momento no llegó nuestros pobladores rancheros se disponían a dormir sin más alimento en su estómago que unos sorbos de agua, cuando uno de ellos que andaba cerca del fondo escuchó un ruido raro que llamó su atención, algo así como una gotera; más como no era tiempo de lluvias, no era posible pensar eso.

Con mucha precaución abrieron la puerta, encontrándose en un patio semioscuro. En la habitación de la derecha, también mal alumbrada, se hallaban colgando del techo varios cuerpos que parecían humanos.

-“No parecen- dijo otro de ellos -son hombres semidesnudos y sin cabeza”-afirmó profundamente sorprendido.

Hay que imaginar cual fue su asombro al comprobar que en efecto los que colgaban del techo eran cuerpos humanos decapitados, puestos en esa actitud para que la sangre chorreara sobre sendos recipientes.

Lo primero que pensaron los aspirantes a trabajadores fue que para hacer de ellos otro tanto se les había llevado allí.

Verdadero pánico se apoderó de su ánimo y, en el paroxismo de su angustia, se encomendaron al Señor de Villaseca, rogándole que les permitiera salir de allí con bien.

Lo consiguieron, no sin antes pasar por varios peligros, regresando en peores condiciones a su tierra, pero con su vida.

El retablo en que patentizaron este milagro se encuentra en el muro izquierdo del templo de Cate, dedicado al Milagroso Señor de Villaseca.

Después supieron que la sangre de aquellos quien sabe cuantos desdichados más, era empleada para hacer colorantes que en el mercado se vendían muy caros.

El segundo caso se refiere a María, una guapa galereña que reunía en su persona todos los atributos para ser lo que se dice una hermosa muchacha.

Muy joven la casaron sus padres con un viejo minero adinerado, por quien María profesaba la más profunda repugnancia. Sin embargo, obediente y de buenos principios, permaneció sumisa al lado de aquel hombre, no obstante que la seguía cortejando Juan Manuel, apuesto galán que no podía resignarse a perder su amor y por medio de una viejecita del barrio del Terremoto, constantemente hacía saber su honda pasión a la dueña de sus desvelos.

Por su parte, María no solo sentía admiración y afecto por su admirador, sino que sostenía la más intensa lucha por liberarse de aquella tentación.

Muchas veces, arrodillada ante el Cristo milagroso, le rogaba que le diera fuerzas para seguir siendo fiel a su esposo.

-“Tú sabes, Padre mío, que yo jamás he querido a Don Martín- éste era el nombre del celoso y feroz marido -y que me casaron sin mi voluntad”.

Un día que Don Martín, por razón de sus negocios tuvo que ausentarse por dos días, María no pudo resistir el deseo de llevar a Juan Manuel un buen almuerzo, pues tenía el turno de madrugada.

Feliz y risueña como nunca, iba la muchacha por el camino de Cata, cuando de repente se apareció su marido. En el acto reconoció la canasta, y cegado por los celos increpó con violencia a María, imaginando que el almuerzo era para su adversario.

Con la hija de su puñal levantó la servilleta que cubría la canasta, al tiempo que decía:

-“¿Qué llevas ahí?”

La infeliz muchacha turbada por la pena y el dolor, se encomendó al Cristo de su devoción y, aparentemente sin inmutarse, con voz firme contestó:

-“Llevo flores al Señor de Villaseca”.

Efectivamente al levantar la servilleta, aparecieron a la vista de Don Martín las más frescas y hermosas rosas que él hubiera imaginado.

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“Ataque a un Apostolado”

Fueron tantos los episodios ocurridos en el memorable sitio de 1867, que ellos solos bastarían a formar una tercera serie de leyendas; pero como en la variedad está el gusto, nos hemos propuesto a ir mezclando entre leyendas históricas, revestidas del carácter serio de la historia, algunas que a la vez perpetúen hechos que sucedieron, tenga su parte más o menos anecdótica.

En el número de éstas se cuenta la que nos ocupa y que, sin embargo de pertenecer a dicho género, relata un hecho rigurosamente histórico.

Sabido es que el mismo día que se abrió el Sitio y que no fue otro que el día 14 de marzo, a las diez de la mañana, pidieron los imperialistas sus posesiones de “La Otra Banda”, apoderándose los republicanos de Antillón de la Iglesia de San Sebastián, de huerta y demás pertenencias, replegando a los sitiados hasta la ribera del río, sirviendo éste de línea divisoria entre ambos contendientes.

Existía de tiempo inmemorial en esa antigua parroquia, como en todas las de su clase, un apostolado de mezquite y tamaño natural que anualmente, el Jueves Santo, servía para representar la última cena de Nuestro Señor Jesucristo, o sea la institución del Santísimo Sacramento.

En mala hora, las tropas liberales se propusieron hacer una mala pasada a los imperialistas, y en la misma noche de la toma colocaron convenientemente en un parapeto (formado por la barda de una casa cercana a la ribera, la cual aún existe), a los Apóstoles, asomando medio cuerpo, en forma de tiradores y con su chacó republicano.

A la madrugada, los republicanos hicieron una descarga a los imperialistas que custodiaban la ribera opuesta del río desde las casas y huertas, haciendo la descarga y ocultándose en seguida, cubriendo la vanguardia San Pedro y sus compañeros.

Al ser provocados, los imperialistas comenzaron a cazar a sus contrarios, que como de mezquite, necesario fue a hacerles varias descargas para degollarlos quedando, sin embargo, algunos en pie.

La traición no refiere si el traidor de aquel grupo fue de los muertos o de los supervivientes; pues sólo reza que al esclarecer el día, notaron los imperialistas que los que aun seguían de pie no se movían y tenían luenga barba, lo cual dejó en claro la mala pasada de los enemigos, poniendo de punta a los bravos defensores, tanto por aquella profanación, como por la pérdida del panque.

Desde entonces, es conocida esa casa entre los vecinos del contorno con el nombre de “Casa del Apostolado”.

“La Capa del Mendigo”

El suceso que nos ocupa acaeció en la villa de Santa María del Pueblito, por los años de 1850 a 1852, época en que estaba de cura propio de aquella parroquia el Pbro. D. Luis Luna y Pérez, en cuyo empleo permaneció muchos años hasta su muerte.

Entre los muchos pordioseros que llegaban al curato a implorar socorro, había un viejecito que periódicamente venía a recibir su óbolo, pernoctando en la cuadra sobre blando colchón de paja.

Este jamás quiso decir su origen, ni aún revelar el nombre de su patria; más esto no impedía que el buen cura (como generalidad de los de su clase), le socorriera con largueza.

Todo su haber se reducía a un tosco bordón, un sombrero de petate formado de tres distintos tejidos, un morral colgado al hombro y una colcha formada de mil y tantos parches y remiendos de distintos paños y colores; y por ende muy pesada.

Tantas veces había pernoctado ya en aquella casa de vuelta de sus correrías por las aldeas en busca de sustento, que ya era bastante conocido de aquella gente.

Después de algunos años de estos viajes y vueltas, llegó una noche al curato, y después de internarse a su aposento, pidió al mozo un poco de agua porque se moría de sed.

El mozo, al ser preguntado por el Sr. Cura sobre si habían llevado su cena al viejecito, dijo que no había tomado alimento, sólo un poco de agua, lo cual llamó la atención de Sr. Cura, quien fue a verlo, encontrándolo abrazado en calentura.

En vista de esto, dispuso se medicinara y preparara para confesarse, lo cuál hizo el mendigo sin dilación.

Después de los auxilios necesarios, el viejecito aquel murió, corriendo todos los gastos por cuenta del Sr. Cura.

Al levantarlo de su lecho un hermano del citado Sr. Cura y un mozo, notaron que la colcha de los mil y tantos remiendos pesaba más, sabiendo el origen del mendigo ni su patria, se le hicieran sus funerales en la misa parroquial del Pueblito, repartiendo los sobrantes a varios sacerdotes para que se aplicasen misas; lo cual fue verificado exactamente.

Esta suceso me lo refirió el hermano ya citado del Sr. Cura quien todavía vive, aunque ya tocando el ocaso de la vida.

Un mentís más a la decantada codicia de los curas, con que liberalismo se empeña en desprestigiarlos; siendo el pan cotidiano de la presa impía.

“Los Gatos”

En casa de una familia había muerto un gato Romano.

Nadie quería darle sepultura y los integrantes de la familia decidieron echarlo al techo.

Pero en la noche, cuando todos dormían, escucharon una orquesta en el techo.

Impulsados por la curiosidad se levantaron a esa hora y salieron a ver lo que ocurría y vieron que en el techo había muchos gatos que tocaban sus instrumentos alrededor del gato muerto.

Éste empezó a revivir, moviendo primero la cola, luego alzó la cabeza y por último se levantó y se fue siguiendo el son de la música.

Y todos los vecinos de esa casa dicen que esos gatos eran diablos.

“Las Momias de Guanajuato”

Guanajuato es una ciudad con muchos atractivos para el viajero, por su fisonomía que es única, por su historia que es maravillosa, por su abolengo cultural que la coloca en un sitio de privilegio en el país y más allá de sus fronteras; por sus manifestaciones artísticas a través de su teatro universitario, su Orquesta Sinfónica y su Estudiantina.

Sí, así es en efecto pero las cosas raras siempre serán motivo de singular atracción.

La gran mayoría de turistas, los que por primera vez vienen a Guanajuato, han recibido de los anteriores, de manera especial, dos recomendaciones: el Callejón del Beso y que vean las Momias.

La momificación se debe, sin que sea esta una opinión científica, a la ventilación especial, es decir, a la altura más bien que al terreno pues lo mismo ocurre en las gavetas que en el suelo.

Con toda seguridad que el fenómeno tiene lugar desde que fueron exhumados del Panteón Municipal, al termino del tiempo reglamentario, los primeros cadáveres.

Ese termino es de cinco años, pero la momificación debe consumarse antes.

El dato de mayor importancia para nuestra población es la circunstancia de la gran mortandad que hubo y porque varios de los cuerpos, por temor a que se propagara más la peste eran inhumados casi en seguida de que se declaraban muertos. Así sucedía que en algunos casos se les sepultaba cuando en realidad todavía no expiraban, de modo que al volver de aquel estado cataléptico, ya en la tumba, morían finalmente por desesperación, por angustia o por asfixia. De ahí esa mueca de dolor que hay en algunas momias.

Esto fue cuando la peste del cólera morbus que registró en nuestra población allá por 1833. Aun no existía l panteón actual (1861), que es donde se verificó la momificación.

Tal era la cantidad de muertos, que fue necesario abrir panteones complementarios en las de la Compañía San Francisco, San Diego, Santa Belén, San Roque, San Sebastián. Esta es una de las más antiguas.

A partir de 1861, fecha en que se inauguró el Panteón Municipal siendo Gobernador del Estado del General Francisco Pacheco, datan las primeras momificaciones. El primer cadáver momificado que se exhibió correspondió al doctor francés Remigio Leroy, en 1965, que aún existe.

Desde hace muchos años las momias se exhiben al publico en una cripta que se halla justamente debajo del lugar donde se registra este hecho curioso. En una galería que hay al fondo se ofrece el macabro espectáculo, formando las momias una doble fila como 15 metros de fondo y acertadamente detrás de una vidriera.

Por todo lo anteriormente expuesto en forma tan llana, el publico debe desechar, por inciertas, todas esas leyendas baratas que cuenta la gente.

“Leyendas”

“Primero Muerto que esclavo”

Existe en la delegación de la villa de Bernal un cerro al que por su figura se le dio el título de “La media Luna”.

De regular altura y grandes y elevados acantilados; no presenta su capa exterior grandes bosques ni adornos naturales, pero como todo nuestro suelo, tiene hermosas leyendas tradicionales que se descienden de padres a hijos, hasta encontrar a alguien que se ocupe de trasladarlas al papel.

En el archivo donde constan los títulos y fundación del pueblo, se ve un hermoso rasgo de valor y patriotismo de una familia chichimeca, que debe perpetuarse para estimulo de las generaciones venideras.

Se acercaban los conquistadores procedentes de este pueblo de Querétaro, en donde en donde estaba de asiento el caudillo Conin con su ejército conquistador.

Un jefe de familia chichimeca oyó decir a sus congéneres que los conquistadores venían sometiendo a todos los de su rasa a la corona de Castilla de grado o por fuerza; y antes de perder su libertad y atar su consorte y su pequeño hijo a la cadena de la esclavitud, optó por perder la vida. Así, pues, oyendo el estruendo de los conquistadores que se acercaban, tomó a su compañera y a su hijo, fuese al teocalli y frente a sus dioses de pie, ofrendó a su mujer y a su hijo justamente con unas palanganas de mastranto coronadas de cempasúchiles, a tiempo que la compañera de rodillas exhala tristes alaridos, ofrendando oloroso incienso y haciendo signos con el sahumador en dirección a sus dioses.

Se acercaban los hombres barbudos acaudillados por Conin y el indio héroe de mi leyenda, haciendo una reverencia de cuerpo ante aquellas deidades de tosco granito, dice a su compañera, tomando de la mano a su hijo: “Bahá, bahá; néxti, néxti” vamonos, vamonos, corre, presto.

Y con el semblante descompuesto por la tribulación de su espíritu, su larga cabellera descompuesta, la macana en su diestra y su hijo a la siniestra, se dirige al más alto acantilado del cerro cercano de La Media Luna, no sin dirigir a los conquistadores que le seguían, una mirada terrible y desafiadora.

Llegó al bordo del pináculo, seguido de cerca por sus perseguidores y levantando en alto los brazos ofrece a sus dioses aquel sacrificio, toma la compañera de la cintura y arrojándola al espacio exclama: -“Bahá dada”-

Anda con dios-, incontinrnti toma a su hijo de igual manera y lo arroja al espacio, no sin derramar dos gruesas lágrimas que van también a confundirse en el espacio.

Aun no se oye el estruendo de la primera víctima al caer al fondo del barranco, cuando se ve ya en el espacio el pequeño cuerpo del hijo que le sigue.

Unos cuantos metros distancian a los conquistadores de nuestro héroe cuando éste, dando una última mirada de lejos al jacal que abrigó su primer amor y otra de rabia hacia los que pretendían privarlo de su libertad, se arrojó al espacio al tiempo que dos fuertes choques macabros, seguido uno dl otro, dejáronse escuchar, repetidos por el eco de los elevados acantilados... eran producidos por el choque de su esposa y su hijo que habían llevado ala vanguardia el sacrificio... al llegar los conquistadores le seguían, al borde del precipicio, dejóse oír el último y más acentuado estruendo en el fondo del barranco, producido por el cuerpo de nuestro héroe al chocar con una grande y escarpada peña.

Por un buen espacio de tiempo permanecieron los conquistadores contemplando aquel cuadro desolador que dejó en su mente para siempre grabada esta sentencia filosófica-patriota: “Primero Muerto que Esclavo”.

“La Calle del Niño Perdido”

Enrique de Verona logró gran prestigio y fortuna como escultor por las obras de arte realizadas en la catedral de Toledo, en España. Como era mucha su fama fue contratado por el virrey Don Francisco Hernández de la Cueva para realizar el altar de reyes en la catedral de México.

También en la nueva España ganó honra y dinero; Verona que en su tierra había dejado esperando a una guapa gaditana, quien todos los días iba a ver que barcos llegaban.

Se disponía a volver a España para enlazar su vida con la mujer que amaba, cuando he aquí que a la víspera de su viaje, a dar vuelta a una esquina tropezó con una dama a quien se le cayó el pañuelo. El joven Verona por su natural, cortesía se acercó a levantarlo y se lo entregó a la doncella, la cual se puso encendida como una amapola, fijó sus ojos castaños en los de Verona y con una voz que a éste le sonó como música le dijo con tono suave:

-Gracias caballero.

Fueron solo dos palabras, pero esas dos palabras, aquella mirada y la belleza de la dama, produjeron en Verona más efecto del que pudo de pronto comprender.

Se quedó parado en la esquina viendo alejarse a la doncella y aquel “gracias caballero” se lo repetía él mismo una y otra vez.

Hasta entonces se acordó el olvidadizo artista de todas las cosas que le faltaban arreglar para su viaje del día siguiente.

De pronto le pareció una falta imperdonable no despedirse de un amigo al que nunca le había hecho el menor caso; el no dejar recomendado a un gatito que tenía, para que no le hiciera falta comida.

Lo que Verona quería era disculparse y con mil pretextos, el cambio que acabara de experimentar en su corazón; quería a toda costa demorarse y dejar esperando a la gaditana.

Pronto se conocieron Verona y Estela Fuensalida, que tal era el nombre de la doncella que también tuvo que dejar plantado a su prometido, un viejo platero llamado Don Tristán de Valladeres.

La gaditana se quedó espera y espera, pero Valladeres, lleno de rabia, de celos y de despecho, juró vengarse en la primera oportunidad.

Pasó un año, Estela tenía un hermoso niño y todo parecía estar en paz, hasta que una noche fría del mes de Diciembre de 1665 llegó Tristán de Valladeres sigilosamente a la casa de Estela y entró por la barda de atrás y prendió fuego a un pajar. Al momento se lanzaron llamaradas y cuando Estela y su esposo despertados aturdidos, se encontraron en medio de humo y llamas.

Todo fue confusión en la casa, los criados corrían de un lado a otro, despavoridos tratando de salvar sus vidas. Estela cayó desmayada en la habitación y los vecinos que habían acudido, apagaban todos el fuego y salvaron a Estela. Cuando esta se repuso y ya en la calle libre de las llamas, reflexionó que se hallaba sin su esposo y sin su hijo, los dos seres más amados de su corazón, una angustia indescriptible se apoderó de ella y arrodillada en el suelo gritaba llamando a su marido.

Al momento llegó el esposo, pero sin el pequeño, entonces el dolor de ambos no tuvo límite, Estela se arrojó entre las llamas para entrar por su hijo a la casa y Verona se lo iba a impedir cuando se escuchó el llanto de un niño y vieron a un hombre que trataba de esconderlo, entonces Verona y otros se precipitaron sobre él quitándole el niño que llevaba en brazos.

El niño era el hijo de Estela y el hombre vengativo Tristán.

La gente que había visto llorar a Estela por su hijo desde entonces se llamó la calle “El Niño Perdido”.

“El Hechizo del Pando”

Hilario sentía que su enfermedad se agravaba cada vez más. Desde hacía ya mucho tiempo que padecía, y habían sido vanos todos los esfuerzos que había hecho por curarse. Bien es verdad que, como sucede siempre con los enfermos que sufren por largo tiempo, no había sido constante en curación; nunca había sido atendido por un médico siquiera por el espacio de un mes. El se decía para sus adentros:

“¿Para qué curarme un médico? Los médicos no curan el hechizo. No pueden curarlo ni creen en él. Y sin embargo, por algo dicen que cuando el tecolote canta, el indio muere...¡yo no tengo remedio!”

Hilario estaba “enhechizado” por una mala mujer a quien desgraciadamente había él querido con todo el corazón; pero, al fin, se habían separado por no haberse podido comprender una a otro.

Ella tenía mal carácter, y ahora se vengaba del pobre hombre causándole un mal incurable. Todo el barrio, de Manrique lo sabía, y aun había personas que aseguraban que Teofila, la amada perversa, tenía en un lugar secreto de su casa, un muñeco que era el vivo retrato de Hilario, con una espina clavada en la espalda...

Aquel infeliz se moría a pausas, sufriendo atroces dolores, ¿La espina? La espina que tenía el muñeco clavada en a espalda le causaba terribles dolencias que los médicos no saben curar, porque dicen que son los riñones. ¡Los riñones!... ¡El hechizo! El hechizo era lo que hacía padecer a Hilario. Margarita, su hermana, le hacía cuanto remedio le aconsejaban los vecinos del barrio, y sobre todo los boticarios, que en Colima presentaba a los médicos una gran ayuda en el ejercicio de la profesión, pues ellos curan la bilis, sin cobrar más que la medicina; curan piadosamente y con toda generosidad, el mal del amor, principalmente a los rancheros decepcionados que acuden a ellos en busca de consuelo, y les venden unos polvitos blancos y dulces, como si fuera de azúcar molida, diciéndoles que es el polvo de enamorar, mucho más eficaz que elixir del doctor Dulcamara; ellos venden unciones de manteca de elefante y aceite de cocodrilo legítimo para las “riumas”, y preparan “polvos de víbora” inmejorables para las enfermedades de la sangre... Pero el hechizo... ¡el hechizo no lo curan ni los boticarios de Colima!

Un día, ya al atardecer ya con la esperanza perdida, la atribulada Margarita pensó hablarle a un médico que fuera a hacerle una visita a su hermano, no para que lo curara, sino para que lo viera y en trance fatal de la muerte que ya esperaba, le diera el “certificado” de defunción, sin el cual no podía enterrar el cadáver.

¡Tiene una ocurrencias el gobierno! ¿Qué necesidad hay que sea un médico el que asegure que está muerta una persona, cuando la presencia del cadáver es prueba mejor que cualquier papel escrito?, pero así son las cosas.

El médico llegó ya casi entrada la noche.

La pieza estaba apenas alumbrada por una vela de grasa de buey que difundía una tenue luz amarillenta y vacilante, dando a la estancia un aspecto fantástico y lúgubre, desde la mesa en que estaba colocada, hasta otra mesa corriente llena de botellas y trastos de cocina. El enfermo, con una respiración fatigada y angustiosa, yacía en un catre de madera. En el semblante expresaba la cercanía del último momento. El médico lo examinó; escuchó silencioso y atento algunas palabras entrecortadas por la angustia de la respiración, sacó del bolsillo algunas hojitas de papel, y recetó. ¿Qué recetó? ¡Letra ininteligible, como la de todos los médicos! Letra que solo saben entender los boticarios, porque ellos todo lo saben. Antes de retirarse, el médico dio al enfermo lo único que podía darle: la esperanza. (Le prometió que se aliviaría, aunque fuera un poco tarde).

Pero llamó aparte a Margarita para explicarle como debía darle la medicina al enfermo, y advertirle que ya era extemporáneo el esfuerzo por la curación, esfuerzo que hacía en cumplimiento de un deber profesional, porque un buen médico, como el buen soldado, tiene la obligación de luchar, aunque sea inevitable la derrota, haciéndose la ilusión de conseguir la victoria. En aquel momento recetaba por deber, pero sin esperanza.

El médico no se equivocaba, aún venía de la botica con la medicina, cuando el enfermo expiró. Bien claro lo decía el canto lúgubre del tecolote que desde al obscurecer se escuchaba entre el ramaje espeso del aguacate del corral, infundiendo en el barrio cierto misterioso terror. ¡Qué había de poder la ciencia médica contra l hechizo! Este solo pueden curarlo los hechiceros.

Tales creencias vinieron a confirmarse poco después de expirar el enfermo, que cuando tenía su cadáver en el suelo con una teja para que “ganara las indulgencias”, se levantó de medio cuerpo atemorizando a los presentes y arrojó algo por la boca. -¡Ya lo ven!- exclamaron todos- ¡La postema! ¡No cabe duda, estaba enhechizado por aquella mala mujer!

Sepultaron el cadáver de Hilario, que vulgarmente era conocido en el barrio de Manrique, por el apodo de “El Pando”, y por varios días, al oscurecer, confirmando la opinión popular, siguió el tecolote cantando lúgubremente entre el ramaje espeso del aguacate del corral.

“La Increíble Riqueza de Don Ramón Alcázar”

Una de las familias verdaderamente adineradas que sobrevivieron a la época bonancible de Guanajuato fue la de Don Ramón Alcázar, cuyas proezas de bolsillo se prolongan hasta poco después da la Revolución, de modo que todavía hay personas a quienes consta como vivió el minero, el comerciante y el banquero. Éste último llegó a reunir fabulosas fortunas, cuando nuestra moneda estaba casi a la par con el dólar.

Se dice que nuestro acaudalado banquero nació en la hacienda de Cotija, Michoacán, pero su lapida asienta que era originario de esta ciudad. Lo cierto es que aquí fue donde hizo el cuantioso capital que comentamos en este relato.

Su esposa, Luisa de Ibargüengoita, también pertenecía a familia acomodada. De ese matrimonio hubo tres hijos. Luisa que se casó con el rico español Don Benigno Elola, dueño de varias fincas, entre ellas la que fue estimable Lic. Don Pedro P. Arizmendi y ahora de su yerno el Lic. Jesús Cardona.

También des varones, Carlos y Ramón, por cierto que uno de ellos, parece el segundo, fue enviado a los mejores colegios de los Estados Unidos, pero, lejos de aprovechar el estudio, dilapido lo que entonces era una gran fortuna algo así como un cuarto de millón de pesos.

En esta familia se cumplió la sentencia que sirvió tema a una obra teatral del escritor Don Carlos Díaz Duffo: “Padre mercader, hijo caballero y nieto pordiosero”

La casa que fue escenario de esta riqueza es la que se encuentra en la Plaza de la Paz, marcada con el número 20.

En esta casa Don Ramón tuvo un museo de arte prehispánico y colonial, considerado por entonces como el más valioso de Latinoamérica, por las ricas colecciones que poseía.

Se cuenta, que cuando había una ceremonia de tipo religiosa en la familia, sale a relucir una alfombra importada, que tenía entretejidos hilos de oro y de plata. Esa alfombra se extendía de la casa a la Parroquia, llamando como es de suponer, la atención general.

Era este un acontecimiento del Marques de San Juan de Rayas, de quien se dice que en lugar de tapetes, tendía a manera de pasillo varias hileras de barras de plata.

Esta casa (el dato es rigurosamente cierto) fue construida por el Ingeniero francés Camila Saint Germain, igual que la casa Kloster, la del Truco No. 5 la que ocupa el Antioch College, en Sopeña 18, y la de la familia del Lic. Eduardo Trueba.

Don Ramón como banquero tuvo su propia institución de crédito en la misma casa donde vivió con la firma Staford-Alcázar, letrero que todavía se conserva sobre el marco de la primera puerta a la entrada, a la derecha, y contribuyó a la construcción del ferrocarril de Veracruz a México por lo cual una calle de la metrópoli lleva su nombre.

“El León del Señor San Jerónimo”

Se cuenta que el Señor San Jerónimo, santo patrón de este lugar, tenía un león a su lado; pero la ciudadanía de aquel entonces, empezó a preguntarse el por qué; ya que esto no era correcto en su papel de patrono de pueblo. Unos afirmaban que debía tenerlo, otros que no, en fin, se pusieron de acuerdo y se lo quitaron.

No se sabe si fue la fe, la superstición o el temor por habérselo quitado, pero se dice que después de algunos días empezó a escucharse el rugido de un león por las noches, y al amanecer se encontraban los restos de animales como perros, borregos, becerros y hasta burros, como indicio de que dicho animal los mataba y se los comía.

Ya la gente no salía cuando empezaba a obscurecer, todo mundo atrancaba las puertas por temor a que el animal entrara a sus casas.

Cuenta un sacristán, que estuvo durante 60 años en este oficio, que él dormía en una pieza que está junto al curato de la Parroquia y que hasta allí oía rugidos del león todas las noches.

Otras personas dicen que era un monstruo que salía de los túneles que se cree tiene el subsuelo de la cabecera municipal, pero sea como fuese, el caso es que a diario aparecía un animal muerto.

Los que le quitaron el león a San Jerónimo, se reunieron y acordaron colocarlo otra vez en el lugar que lo tenía, pues temían que fuera un castigo por habérselo quitado.

Desde que pusieron al león en el lugar donde estaba, no se volvió a aparecer por las noches a causar destrozos, por lo cual el santo volvió a ser venerado como antes.

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