Mitología y religión romana

Dioses de Roma. Oración. Sacrificio. Adivinación. Año religioso. Calendario de celebraciones. Kalendas. Nonas. Idus. Religión privada. Lares. Penates. Sacerdotes. Augusto

  • Enviado por: Ulises
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 17 páginas
publicidad

1. Los dioses

La religión sirve como mecanismo de seguridad en la vida. Los romanos tienen mucho interés por los procesos naturales de los que depende su felicidad. Todo hecho cuyas causas no son fácilmente explicables es recurrido por la intervención divina o la Fortuna, es decir, todo lo que no es explicable es atribuido a una divinidad.

“Todo está asociado a la actividad divina y espiritual, y es el resultado de ella.”

Todos los procesos y hechos de la vida están vinculados con las divinidades. Existen varios aspecto a distinguir, a saber: los hechos importantes son controlados por la divinidad; los hechos particulares por los dioses.

Los cultos primitivos se relacionan con la forma de vida de la época. Así cultos como los de Ceres o Pomona. Los dioses se van incorporando a la sociedad romana a medida que se desarrolla la sociedad y, sobre todo, a medida que surgen los problemas, ya que los dioses aparecen cuando hay algún hecho extraño, inexplicable que se quiere evitar y dejarlo así en manos de los dioses. Un ejemplo de ello es la crisis del siglo V a.C. en el que se entra en una depresión económica, una escasez del grano y una epidemia. Por ello se funda la institución del culto a Mercurio, que garantiza así las transacciones comerciales, Ceres, que activa la germinación, y Apolo, que suministra el poder de curación. Roma acogerá cultos de otras civilizaciones y pueblos cercanos para soliviantar sus necesidades.

Cada dios estaba encargado de una función vital, ya que los romanos buscaban ante todo su seguridad y bienestar confiando para ello en la actividad divina. Los fenómenos climáticos y atmosféricos se explicaban y atribuían también a los dioses, ya que la lluvia o el calor resultaban fenómenos propios de los dioses. Así, por ejemplo, Júpiter Lutecio o Júpiter Fulgur. La sociedad romana era muy práctica. Se llegaba incluso a hacer un listado amplio de dioses para actividades de todo tipo, divinidades menores. Las funciones importantes son las que están en manos de los dioses. Algunas actividades resultan muy importantes en la vida cotidiana de los romanos.

Muchos dioses también se atribuyen a espacios físicos, tales como bosques, fuentes, ríos, cuevas, que conforman parajes sobrenaturales y cargados de misterio y divinidades. Así ríos como el Tíber son considerados como divinos y representados como tales en la literatura y en el arte.

No sólo había dioses en el ámbito familiar e individual sino también a nivel de grupos y por Estados y ciudades. Cada gremio llevaba a cabo una actividad y ésta estaba sujeta al control divino, ya que se confiaba en el dios para su porvenir y prosperidad. A nivel superior encontramos los intereses comunes de la patria. Cada ciudad posee un dios patrón que simboliza sus aspiraciones y actividades, y del que se piensa que tenía allí su morada. Cada uno de ellos protegía su ciudad. Juno estaba en Veyes y tuvo que ser trasladada a Roma mediante la evocatio para que renunciara a Veyes y ésta pudiera ser vencida. El líder romano era Júpiter Óptimo Máximo, cuyo templo dominaba el corazón de la ciudad y era considerado como el dios que aseguraba los éxitos y daba fuerza a todas sus empresas. Júpiter tenía tal veneración y respeto que Cicerón lo nombra como el salvador de Roma tras el intento de conjuración por parte de Catilina. Los dioses patrios eran difíciles de abandonar cuando alguien tenía que exiliar. Un ejemplo de ello está en Ovidio, que que se despide de los dioses de la gran ciudad de Rómulo y sus templos.

La religión romana se ocupaba del éxito y no de las desgracias. La felicidad era la meta en la vida y ésta dependía del resultado favorable de todas las actividades cotidianas, en el comercio, la vida privada, los negocios. Todas estas actividades no se podían controlar científicamente, por lo que su éxito no se podía garantizar y así se atribuya a la fuerza divina. Horacio dice: “pongámonos tan cómodos como podamos. Deja lo demás al cuidado de los dioses; tan pronto como ellos han puesto calma en los vientos que combatían sobre la encrespada llanura del mar, dejan de agitarse los cipreses y los vetustos olmos”. Los dioses actúan sobre fuerzas de la naturaleza que el hombre no puede controlar, por lo que lo que puede hacer es desear lo mejor y ganarse el favor de los dioses.

Los dioses no son autores del cambio de carácter en las personas, ya que los romanos consideraban que una persona nacía con un carácter determinado así para toda la vida. Había una inclinación natural, un carácter (suus ingenium), que no se podía modificar. En cualquier caso la religión era un instrumento que podía hacer más débiles a los humanos, pero no podía transformar su carácter en una nueva forma de ser.

La religión romana no mira la moral del hombre, si es bueno o malo, sino que siendo práctica sólo le interesa el rito, la forma de llevar a cabo las oraciones y el sacrificio. Posterior a la época augustea la religión tradicional se impregna de la filosofía y las tradiciones orientales. El estoicismo fue la corriente filosófica más importante en Roma. Cicerón fue alumno de un estoico y dijo que dios penetraba la naturaleza de todas las cosas. Por tanto, toda actividad humana tenía algo de divino.

Es exagerado decir que el hombre no emprendía nada sin el favor de los dioses. En la vida cotidiana el romano no estaba especialmente interesado en la ofrenda pública, excepto en tiempos de gran preocupación o euforia nacional. Esta labor pública quedaba a cargo de los sacerdotes y magistrados. El romano de a pie no tenía por qué preocuparse, excepto en los días festivos, de significado religioso.

En Roma nunca hubo una clase sacerdotal y una gobernante, ya que estos cargos estaban ocupados por las mismas personas. Los cargos sacerdotales por los magistrados, como en el caso de César, por lo que le interés religioso no decayó. Los grandes sacerdocios eran considerados más como un cargo de distinción social que como mero cargo religioso. La religión en su aspecto público podía estar atendida sin que el público participara. Los magistrados conformaban la base religiosa del Estado. Su labor debía ser llevada a cabo no sin contar antes con el favor divino, antes de cualquier acto público

El éxito dependía en todo de la colaboración divina y el objetivo de la religión era provocar esa colaboración. La religión pública y privada se caracteriza por tres principios para regular la relación entre hombres y dioses: la oración, el sacrificio y la adivinación. Esto conforma el ius divinum. Los pontífices eran los encargados de transmitir generación tras generación todos esos datos y tradiciones que servirían para la comunidad. Así el ius divinum se utilizaba, por ejemplo, para fundar una ciudad, establecer su calendario y sus celebraciones y sacerdocios. Siguiendo estos pasos se creía que se podía mantener una relación correcta entre dioses y hombres, lo que los romanos denominaron como la pax deorum.

2. La oración

El nombre identifica a personas o dioses y los dota de significado. Saber el nombre de los dioses da seguridad a la hora de invocarlos y referirse a ellos.

La religión romana era compleja en sí misma y en sus dioses, por lo que los pontífices recopilaron listas de indigitamenta. Era preciso hacer la invocación al dios de manera apropiada y con el nombre apropiado.

Algunos nombres no podían pronunciarse a causa de su poder o por querer ocultarlo, como en el caso de la ciudad de Roma, que en realidad era otro y por su valor no se conocía, sólo los pontífices. Según Servio, los romanos querían ocultar la identidad del dios que protegía Roma y, por eso, la disciplina sacerdotal dictaba que los dioses de Roma no debían ser invocados por sus nombres por temor a que fueran alejados.

Los dioses debían ser propiamente invocados, mejor cuantos más recursos se utilizaran, es decir, era precios delimitar bien la figura del dios para no llevar la invocación a error. Un claro ejemplo lo encontramos en le poema 34 de Catulo, que invoca a Diana con varios nombres: Latonia, Juno Lucina, Trivia, Luna. Y termina el poema diciendo: “sis quocumque tibi placet santa nomina”. Servio dice en Sobre la Eneida a Júpiter Óptimo Máximo: “sive quo alio nomine te apellari volueris”. Y Esquilo dice aen el Agamenón: “Zeus, quienquiera que seas, si así le place ser llamado, con este nombre yo le invoco”. Evandro decía que en los bosques habitaba una divinidad, pero no se sabía cuál, por lo que se tenía miedo a poder ofenderla. En Grecia San Pablo comenta una inscripción que dice “a un dios desconocido”. Pero este desconocimiento era consciente, aunque San Pablo dice que él les anunciaría el dios correcto. Los romanos fueron muy refinados porque llegaron a a concretar sexo entre los dioses. En Catón el Viejo se puede la leer la fórmula si deus si dea. Otra precaución era la de nombrar a todos los dioses en colectividad tras haber nombrado a cada uno por separado antes en la invocación.

Un mismo dios podía tener varias funciones, por lo que había que tener sumo cuidado a la hora de la invocación para que atendieran a ella correctamente.

Cada dios tenía un lugar principal de culto, como Apolo en Delfos. En el momento de invocar los romanos tenían el cuidado de ponerles la dirección a donde iba dirigida su oración.

El primer objetivo era granjearse la atención del dios. El siguiente era convencer al dios de que la petición era razonable y de que cumplirla figuraba entre sus competencias. El éxito de la oración dependería en gran medida de la aceptación de lo que el ser humano ofrecía en compensación. Había dos razones muy eficaces por las que el dios podía considerar una petición con agrado: a) Que ya antes lo hubiera concedido; b) que entraba dentro de su competencia.

La petición al dios podía tomar muchas formas según las necesidades y las circunstancias del solicitante. Podía deberse a algún motivo específico a podía tratarse de un favor más general. Las frases más repetidas y comunes son “a mí, a mi casa y a mi familia”, “dame prosperidad y salud”. Había dos tipos de oración o petición: la privada y la pública. Y las peticiones no tenían por qué ser siempre de carácter positivo, pidiendo un favor, sino que también se pide evitar el daño y mandarlo hacia otras personas o naciones o pueblos. Por tanto, se hacen oraciones para pedir favores positivos, para alejar los daños personales y para desviar el mal a otras personas.

En época augustea las oraciones eran civilizadas y no eran malévolas. Se pedía tranquilidad y paz. Augusto pide disfrutar de la ayuda de los dioses tras su vuelta de Accio. Horacio dice a Apolo que no pide nada más. La mentalidad romana tenía miedo a provocar la envidia de los dioses.

En fin, el contenido de las oraciones e invocaciones debía ser muy meticuloso, tanto a la hora de nombrar correctamente el nombres o nombres del dios como a la hora de abarcar todas las posibilidades. Las invocaciones de los textos denotan una gran similitud con el derecho y la forma de redactar del mismo. Se debía tener una estricta severidad para realizar la oración y llevarla a cabo con éxito. Cuando había que llevar a cabo una oración complicada se llamaba a un sacerdote profesional, tras el que el magistrado repetía cada frase en voz alta y clara. En los actos oficiales, la precaución final era tomar un flautista para ahogar los sonidos que pudieran distraer al dios a invocar. Los romanos se tomaban tanta molestia en el proceso de la oración porque ellos mismos creían que daba resultado y, en la medida en que creían que funcionaba, realmente funcionaba. La reclamación que hace el suplicante al dios no se basa tanto en la moral como en su pietas(sentimiento por el que se reconocían y cumplían todos los deberes para con los dioses, los padres y la patria).Catulo en 79, 26 pide a los dioses en pago a su pietas que lo liberen del amor que siente por Lesbia. En realidad no tiene nada que ver con una buena conducta moral, sino con los deberes del ciudadano romano para con la mayoría, la familia y los dioses.

La forma más común de influir en los dioses es a partir del sacrificio. Los romanos relacionaron la oración y el sacrificio de dos formas totalmente distintas. Una de las maneras consistía en una petición al dios acompañada de un sacrificio o promesa de tal, esperando a cambio el favor del dios mientras éste tiene derecho a lo mejor que le pueda otorgar el hombre. Sin embargo, la otra consistía en declarar o prometer sacrificio a los dioses si éstos antes accedían a su petición. El sacrificio deja de ser una ofrenda de buena voluntad y se convierte en un convenio. En la práctica cabe destacar la humildad y la gratitud. El sacrificio o presente para el dios era elegido en la sincera creencia de que agradaría al dios. Entre dioses y romanos hay una especie de contrato, un acuerdo, dar para recibir.

El voto privado consistía en escribir la petición y la ofrenda prometida en una tablilla de cera que se ataba a la rodilla de una estatua del dios en cuestión, por lo que se era “reo de su voto”(voti reus). Si el dios contestaba a la oración se levantaba algo en su recuerdo y se decía que se era “condenado de su voto”(voti damnatus). Los votos públicos tienden a ser más descuidados e impersonales.

La oración consiste en la súplica sincera con un espíritu humilde para con los dioses, utilizando un lenguaje preciso, casi jurídico, al menos igual en su forma, haciendo referencia a los precedentes y hechos anteriores concedidos por los dioses, pidiendo la seguridad y la paz, teniendo siempre en cuenta todas y cada una de las posibilidades para no caer en el error y no enfadar al dios en ese intercambio de favores mutuos.

3. El sacrificio.

El sacrificio es literalmente “hacer algo sagrado”. Los romanos creían que era el medio más efectivo de influir en los dioses. Este acto de sacrificar se realizaba en un lugar concreto, dedicado íntegramente a un dios. El sacrifico solía ser de animales generalmente, aunque también de cereales, flores, miel, fruta, vino, leche. También se podían hacer ofrendas a los dioses, pero la gran diferencia era que por medio del sacrificio se daba el principio de la vida. Cada dios tiene a su cargo una función concreta, por lo que su actividad requiere vitalidad, que debía ser renovada, ya que si no se debilitaría. El devoto reza para que su sacrificio revitalice al dios, capacitándolo así para aceptar las peticiones que se le hacen. Los animales son los seres más vigorosos y contienen los órganos que dan la vida y la mantienen: el corazón, los riñones, el hígado. Son las partes que se solían ofrecer a los dioses y coincide que son partes comestibles para los humanos.

El sacrificio era llevado a cabo por los magistrados y empleados del Estado. La elección de la víctima era dictada por los manuales de los pontífices y dependía del dios implicado y de las razones del sacrificio. Uno de los principios era que los animales machos eran siempre ofrecidos a los dioses y las hembras a las diosas. Los colores eran muy tenidos en cuenta: blanco para Juno y Júpiter y deidades celestiales; el negro para los dioses de ultratumba. También dependía el tipo de animal según las celebraciones del Estado.

Concedido el voto se iba al templo para fijar el día apropiado con el aedituus, decidir los profesionales para degollar el animal y contratar un flautista para acallar los ruidos. Después se iba al mercado si no se disponía de animales propios. Se compraba teniendo en cuenta que tenía que ser perfecto para el sacrificio y para honrar bien al dios. De camino al templo no debía ocurrir ningún altercado fuera de lo común. Llegados allí se entregaba a los sacerdotes y daba comienzo el sacrificio.

El sacrificio se llevaba a efecto fuera del templo. Estaba prohibido para el fiel entrar. El centro lo ocupaba una sala tabicada en la que se hallaba la estatua muy decorada con joyas del dios del templo. La sala era conocida por el nombre de cella. La luz era escasa y no había nada más ahí dentro que el propio dios. Detrás de ésta estaba otra sala/s para guardar los tesoros, lo que los griegos llamaron opistodomo. Posterior a la cella se encontraba una sala abierta al exterior con una columnata, sirviendo de refugio para la lluvia y el sol.

Al hacer un voto el romano entraba en la cella, colgaba las tablillas de cera de la estatua y luego rezaba frente a la estatua extendiendo las manos hacia ella. Pero realmente el sacrificio se realizaba delante del templo, en un altar de piedra donde había un fuego encendido. Era preciso cerciorarse de que el sacrificio no era vigilado ni hurgado por nadie que pudiera contaminarlo. Se pedía la mayor pureza en todos los aspectos para llevar todo a buen término. Por ello después del acto los sacerdotes se lavaban las manos con agua sagrada. Para comenzar se ordenaba silencio, a excepción del flautista. Los sacerdotes se cubrían la cabeza, tomaban una bandeja y la elevaban colmada de harina sagrada mezclada con sal (mola salsa) que luego se esparcía entre los cuernos del animal, mientras los ayudantes lo sujetaban. Este acto se llamaba immolare. Entonces después un ayudante pasaba el cuchillo simbólicamente por su lomo desde la cabeza hasta el rabo. Parece ser que en ese momento se pronuncia la oración, muy cuidada y ensayada para evitar cualquier error, ya que si se erraba se debía repetir todo de nuevo. Posteriormente el victimiario preguntaba “¿lo hago? (agone?) y al recibir la afirmación tomaba un martillo y golpeaba al animal en la cabeza haciéndole caer a sus pies. Seguidamente el cultrarius le cortaba el cuello, boca arriba en beneplácito de los celestiales y boca abajo para los del infierno. De repente la sangre salía a borbotones inevitablemente, más aun en el caso del buey al cortarle su vena principal, derramando nueve litros. Generalmente la sangre era limpiada tras el ritual. El animal no debía huir ni renegar, ya que habría fallado todo. Tras la muerte se miraba todo el cuerpo, por dentro y por fuera. Lo más importante eran los órganos vitales del animal, reservados a los dioses y llamados exta. Se depositaban en el altar para su consumo y más tarde eran devorados por las llamas. Luego quedaba el resto del cuerpo animal, que se consumía allí mismo o era vendido en el mercado. Allí en los templos había unas pequeñas cocinas y cenáculos.

El procedimiento por el que se lleva a cabo todo esto es detallado y exacto, perfeccionado a lo largo de los siglos de tradición. En manos de sacerdotes expertos, un sacrificio era probablemente tanto un acto de devoción como un acto conmovedor. Un muerte debía ser solemne y de por sí era emotiva. Si se cometía el mínimo error se debía repetir todo por completo (instauratio), junto con una ofrenda por el error previo (piaculum).

Los romanos fueron educados desde niños, en el círculo familiar y en la esfera más amplia de la religión pública con sus celebraciones anuales y ceremonias especiales. En la idea de que tales ofrendas eran del agrado de los dioses.

4. La adivinación.

En la religión romana van a tenerse en cuenta dos creencias: la búsqueda de cuál es la voluntad divina y que los dioses envían señales en forma de fenómenos extraordinarios. Mucho que ver en esto tiene el estoicismo, que defendía que el universo estaba compuesto de un espíritu ardiente que lo impregna todo, siendo los humanos parte de él. Este espíritu racional ordenaba y controlaba cualquier cosa que ocurriera. Estaba presente en cualquier cosa y ser vivo había un contacto permanente. Por eso los romanos llegaron a observar el cielo para recibir señales divinas y a analizar el hígado de los animales.

La astrología entró en Roma por el siglo II a.C.. Este pensamiento oriental defendía que los cuerpos celestes movían los acontecimientos humanos y naturales, y todo estaba supeditado a ellos. Por lo tanto, se creía en la existencia del destino. La vida estaba predestinada, lo que anulaba la existencia de los dioses y de la religión. Por otro lado se decía que los astros estaban controlados por los propios dioses.

El estoicismo y la astrología contribuyeron a mantener la fe en los métodos tradicionales de adivinación practicados en Roma. La adivinación nunca adquirió mala fama. Las reglas y las interpretaciones estaban muy formalizadas. Existía un grupo limitado de funcionarios reconocidos a quienes se podía consultar para interpretar las señales o para saber si se contaba con la voluntad divina. Este proceso lo llevaban a cabo para la luz pública los magistrados, aconsejados y asesorados por los augures, mediante la oración y el sacrificio. Lo privado ya dependía de cada particular.

Los dioses enviaban su voluntad , mediante dos signos: antes de emprender una acción se denomina impetrativa; y los que eran enviados de manera fortuita sin petición previa, llamado oblativa. Se aplicaban tanto a la vida pública como privada, pero es más frecuente en la pública por los testimonios que tenemos.

Siempre y antes de tomar una decisión de Estado había que averiguar la voluntad del cielo. El método más frecuente era el de los auspicios (auspicia), es decir, la observación de las aves. Esto consiste en observar el cielo bajo una franja delimitada del mismo en la que se buscaba un signo. En Roma existía un lugar denominado auguraculum, donde el magistrado pronunciaba la fórmula ritual para designar la zona del cielo escogida. El augur que le acompaña interpreta todo lo que este dice con los ojos vendados. En el proceso se tienen en cuenta las aves a observar y los movimientos de estas y los sonidos que emiten. El otro método consistía en estudiar cómo comían las aves. Había para ello unos cuidadores autorizados. Ellos guardaban unas gallinas sagradas en las expediciones militares como último remedio si no había en el cielo. Se les abría la jaula y se les arrojaba un trozo de pan. Era buen signo que trataran de engullirlo y les cayeran migas del pico. Sin embargo era mal presagio que no salieran de la jaula o que se alejaran.

Otro método de adivinación era la observación de los rayos. Como atributo de Júpiter era la señal de mayor autoridad. Donde caía un rayo este lugar era declarado sagrado inmediatamente. Al caer un rayo los asuntos públicos eran detenidos. Era rutinario que un magistrado viera un rayo mientras interpretaba los auspicios.

Los dioses podían ser consultados y también dar a conocer su voluntad enviando una señal. Si estos no estaban dispuestos a colaborar había motivo de preocupación, por lo que se intentaba una reconciliación. Esto se recoge en las crónicas históricas, la narración de presagios y prodigios. La Historia era para los romanos el relato de la intervención divina en los asuntos humanos. Livio recoge en su obra multitud de casos acerca de los signos enviados por los dioses. Los romanos estudiaban tales signos. Era difícil distinguir la frontera entre la superstición y la adivinación. También era muy importante la interpretación de las observaciones casuales. El magistrado podía consultar el cielo para que la divinidad le diera un sí o un no ante cierto asunto. Si existía duda se requería el asesoramiento de un augur.

Los signos fortuitos (oblativa) eran utilizados por los dioses cmo un lenguaje para comunicar mensajes positivos por propia iniciativa. Estos signos no eran siempre fáciles de interpretar. Los magistrados se valían de la ayuda de los augures siempre que era necesario. Cuando las medidas y remedios habituales fallaban se acudía a los Libros Sibilinos. Éstos se perdieron y fueron reemplazados por otros, a cargo del colegio de los quindecimviri. Al igual que los sacerdotes y los pontífices, estos no eran sacerdotes profesionales. Era un cargo público y una distinción social ser elegido para el colegio. No se sabe exactamente cómo funcionaba la forma de consulta de estos libros pero sí se sabe que sus consejos siempre se seguían.

En cuanto a la vida privada nos dice Cicerón que tampoco se daba ningún paso importante sin averiguar antes la voluntad del cielo. Hechos tales como el matrimonio, la llegada a la mayoría de edad.

Uno de los hechos más característicos fue la interpretación a partir de los hígados. Así nació una ciencia controlada por los harúspices. Estos procedían de Etruria. Durante el Imperio cada emperador viajaba con uno de ellos. Interpretaban el hígado, que contenía dos mitades con dieciséis zonas, divisiones que los etruscos hacían del cielo, indicando la correlación entre la vida cósmica y la terrestre. Además se solicitaba su opinión acerca de los terremotos. Estos también fueron criticados duramente por jugar con supersticiones inútiles. Pero la gente seguía consultándolos. Incluso el emperador Tiberio llegó a regularizar la profesión, que carecía de prestigio, no como los augures o pontífices. La consulta de la interpretación de los hígados fue defendida por el estoico Epicteto y continuó siendo una de las principales formas de augurio privado.

También ha tenido mucha importancia la interpretación de los sueños, considerados en muchas civilizaciones como algo extraordinario y como medio de comunicación con el más allá y con los dioses. Se piensa en la capacidad para predecir el futuro. Hay referencias antiguas que indican la previsión de los sueños, como el que avisó a Augusto de que no quedara en su tienda, que fue luego destrozada en un ataque. La tradición épica y homérica ya decía que los sueños los enviaba Zeus. Al final de la República y posterior se hizo un gran negocio con las interpretaciones de los sueños. Artemidoro escribió un libro sobre esa interpretación que nos ha llegado hoy día. Sin embargo, Lucrecio recoge en su obra una explicación racional sobre los sueños e intenta disipar el misterio de los sueños para que el hombre no piense que forma parte de la inspiración divina. En cualquier caso los sueños eran entendidos como comunicación con los dioses.

5. El año religioso.

Los romanos realizaban oraciones y sacrificios en momentos puntuales, pero también tenían un calendario religioso que les permitía regularizar el culto y las fiestas, asegurando los deberes oportunos para con los dioses. Desde tiempo atrás, los romanos habían elaborado un calendario con las fechas de todas las celebraciones fijas (feriae Latinae) y las celebraciones movibles (feriae conceptivae).

A lo largo de los siglos se había utilizado un calendario lunar ajustado a un año solar. Julio César fue quien lo reformó en el 46 a.C. ayudado de Sosígenes, y es el suyo el que conservamos casi íntegro. Cada día del año era marcado con una letra a su lado. La N (nefasti) indicaba un día en el que ciertos asuntos públicos no se podían realizar y la mayoría de ellos estaban reservados a celebraciones relativas a los muertos y a la purificación. NP indicaba las grandes fiestas del Estado. Ocho días al año estaban marcados por En (endotercisus) para celebraciones religiosas por la mañana y por la tarde. Eran fiestas civiles y normalmente había cierre general aunque Cicerón ya dice que la ley podía tratarse en esos días, como otros asuntos cotidianos. Los días marcados por una F (fasti) eran días laborables normales. Los días C (comitialis) significaba que las asambleas se podían mantener convenientemente.

El calendario estaba dividido en meses, de los que había una semana para fines civiles corrientes con un día de mercado (nundinae). Había tres momentos clave para fines religiosos: las Kalendas, primer día del mes, las Nonas, quinto o séptimo día, y los Idus, el decimotercero o decimoquinto día. Respectivamente estas fechas puntuales estaban consagradas a los dioses Juno, celebraciones movibles a cargo del rex sacrorum y Júpiter. A nivel particular cada romano también tenía su propio calendario, señalando los días que creía propicios o desafortunados. Que hubiera un calendario no aseguraba un éxito rotundo en la presencia de fieles. No ocurría igual en época de los reyes que en la Roma comercial de Augusto. Lo realmente importante es que el acontecimiento se llevara a cabo sin ningún problema y con toda corrección.

El calendario romano comenzaba en marzo, fecha que se retrasó a enero por problemas administrativos y que César conservó en su reforma. Enero era el mes de Jano, cuyo acontecimiento destacable era el sacrificio ofrecido por los cónsules el 1 de enero, de fecha tardía y marcado como día laborable, F. La otra fiesta era la llamada Compitalia, movible y fijada por el pretor. De origen agrícola, consistía en cuatro propiedades cruzadas por caminos, donde se erigía una capilla y cuatro altares a su alrededor. Esta fiesta simbolizaba el fin del año agrícola. Los agricultores depositaban los arados, un muñeco de lana y una madeja de madera en la capilla. El objetivo era revitalizar toda la finca para los meses posteriores. Al día siguiente se ofrecía un sacrificio y se tenía un día de fiesta. En la ciudad los altares se colocaban en el borde de los caminos de cada edificio. Se celebraba en medio de las cuatro calles que se cruzaban.

Febrero tiene su nombre en februum, instrumento de purificación que estaba muy vinculado a las dos grandes celebraciones de este mes: las Parentalia y las Lupercalia. Las dos se centran en el bienestar de los muertos y su descanso. Las Parentalia duraban del 13 al 24 y los templos permanecían cerrados y no se celebraban bodas. Estaban dedicadas exclusivamente al cuidado de los padres fallecidos. A los difuntos se les llamaba manes y se creía que en la tumba necesitarían de alimentación. Por eso cada año se les debía proveer para que no se consumieran o atormentaran a los vivos. Era costumbre enterrar a los difuntos padres con una comida. En época de Ovidio desfilaban en esos días grupos de dolientes con ramos de flores y jarros de leche y miel camino de los cementerios. El día 22 todos los miembros de la familia se reunían en una cada para cenar. Fiesta importante para la vida romana. Pero la más famosa de las fiestas antiguas era sin duda las Lupercalia, de las que se sabe poco. Se sabe que había una gruta en el Palatino llamada Lupercal y a la que cada día 15 dos equipos de jóvenes llamados luperci se daban allí cita para sacrificar cabras y un perro. Seguidamente el jefe de cada grupo se manchaba la frente con sangre de las víctimas y luego se limpiaba con un trozo de lana mojada en leche, a la par que profería una sonora carcajada. Después seguía una fiesta para estos luperci que se cree acababa en melopea. Seguidamente los dos grupos salían vestidos con las pieles de cabra y disputaban una carrera desnudos por el Palatino. Era el momento cumbre de la fiesta y se agrupaba la gente para verlo. Fue una fiesta con tintes de diversión, pasión y también fervor religioso. Gran acontecimiento que se prolongó hasta el siglo V.

Marzo era el mes del dios Marte, protector del crecimiento y dios de la guerra. En este mes comenzaba tradicionalmente el año con el envío de las tropas pasado el invierno y el renacer de la vegetación. Decir año nuevo es decir vida nueva, una nueva etapa, de renovación. El fñamen martialis seguía celebrando estas fiestas ocultamente. El 1 de marzo el fuego sagrado de Vesta era reencendido. El 14 había uan fiesta que consistía en una carrera de jinetes de gran atracción popular. Igual que el 23, en que las trompetas sagradas, las tubae, eran purificadas. Pero lo más importante y de cara al público era la celebración de los salii, doce jóvenes patricios elegidos por el colectivo que se dejaban ver por las calles de Roma bailando una danza de guerra vestidos con un uniforme antiquísimo. Su canto era incluso ininteligible. Estos se encaminaban el 1 de marzo hacia el santuario de Marte, de cuya regia tomaban doce escudos de bronce, semejantes a los micénicos con forma de ocho. Así bailaban y danzaban durante días guardándose cada noche en una parte y casa diferente de la ciudad para cenar y descansar. El punto clave llega el día 19, conocido como Quinquatrus, también fiesta de Marte, en que actuaban en el comitium, centro de la ciudad, en presencia de los pontífices. Daba a su fin el día 24 cuando los escudos regresaban a la regia. Fiesta de origen se halla en la Edad del Bronce, por lo que los trajes y materiales representan dicha edad. Los salii gozaban de gran prestigio, pero parece que no tanto ya en la República. Es algo habitual que en todas las civilizaciones se celebren fiestas en honor al comienzo de la vida, a su renacer y a la vuelta del calor.

El mes de abril, cuya etimología proceda de aperio, mes en que se abren la cosas, está plagado de fiestas y celebraciones. El 1 de abril las mujeres trabajadoras se bañaban en las termas de los hombres y pedían a Fortuna Virilis buena suerte para con estos. Los baños no eran mixtos. Las grandes fiestas con significado para Roma fueron: las Parilia el 21 de abril, las Floralia el 28 y las feriae Latinae. Las Parilia se celebraban en honor de Pales, deidades pastoriles de gran antigüedad y de origen incierto para los contemporáneos, no sabiendo si eran dos ni el sexo. Su fin era purificar las ovejas y los rediles, y alejar las enfermedades de los rebaños. Mantuvo su popularidad porque se identificó con aniversario del nacimiento de la ciudad. Esta fiesta se hacía como acto público oficial, dirigido por el rex sacrorum, y de forma privada. Cada curia de las treinta de Roma lo celebraría. Se organizaba una gran hoguera común y sobre ella se arrojaba sangre seca de caballo y cenizas de terneros. La mezcla la guardaban las vestales, que la distribuían en cada hoguera de las Parilia. El momento cumbre llegaba con el salto de la hoguera por tres veces por parte de los asistentes, que a la vez se habían rociado las manos con agua sagrada con rama de laurel. La fiesta concluía con un banquete al aire libre. Lo curioso de esta fiesta es que parte de un origen pastoril hasta llegar a convertirse en nacional y urbana. Las Floralia rendían culto a la diosa Flora, diosa antigua con sacerdote propio . los Libros Sibilinos recomendaron instituir unos juegos en su honor, de carácter erótico y sexual, para que el sexo floreciera. Estos juegos celebrados en el Circo Máximo tenían como detalle el arrojo de garbanzos, habas, sobre el público para que estos estimularan su fertilidad. También se soltaban liebres y cabras. No destacaba el florecimiento de árboles y plantas sino el del sexo. Las feriae Latinae fueron un acontecimiento muy serio, dedicadas al dios Júpiter Laciar. Englobaba tanto a romanos como a latinos y se celebraba en el monte Albano, fuera de Roma. Se remonta a la época en que Alba Longa era la capital del Lacio. Los pueblos vecinos enviaban sus representantes y sacrificaban una ternera blanca que después se consumía en un banquete. Lo que duraba el acto se mantenía la paz. Incluso los cónsules asistían a esta fiesta. La simbología de tal fiesta reflejaba la grandeza imperial de Roma, causada a la unión de los demás pueblos latinos y dependía de la perpetuación divina de esa cooperación. Se convirtió en un símbolo del Imperio mundial de Roma.

El mes de mayo, cuya etimología es algo incierta, quizá significa crecimiento (maior), es un mes bastante triste para los romanos y traía mala suerte. Las fiestas principales de mayo son: las Lemuria, celebradas los días 9, 11 y 13 en en honor a los espíritus, muertos del ámbito familiar, de los que se pensaba que esos días ascendían y vagaban por las casas de sus parientes. Estas fiestas eran de carácter público de larga tradición, tomadas en serio por los romanos. No se sabe qué se sacrificaba pero Ovidio nos transmite el ritual de un cabeza de familia celebrándolo en privado. Se levantaba a medianoche y se lavaba las manos. Caminaba descalzo por la casa escupiendo nueve judías negras. Cada vez que escupía una miraba hacia otra parte y decía “con éstas me rescato a mí y a los míos”. Los espíritus se arrastraban y comían las judías mientras él se lavaba las manos de nuevo y a continuación pronunciaba nueve veces “espíritus ancestrales, alejaos”, miraba a su alrededor y los espíritus se desvanecían. Entre los espíritus eran los jóvenes muertos los más poderosos al guardar tanto rencor. La concepción sobre la muerte de los romanos era la mezcla entre la griega y los pensamientos itálicos. La creencia griega no era creída, la vida tras la muerte, pero aceptaban la esperanza o el temor de que el espíritu efectivamente sobreviviera. También está la máxima estoica de gran repercusión que dice que al morir el cuerpo, el alma subsiste en el aire hasta que se disuelve dentro del gran espíritu del universo. Las Lemuria se correspondían todavía con la profunda preocupación que se sentía en la conciencia de la mayoría de los romanos. Existía una ceremonia llamada Lustratio. Era fundamental saber cómo resultaría la cosecha y más en ese mes, por lo que se tomaban una serie de medidas para salvaguardar la seguridad. El ritual consistía en llevar en procesión por tres veces un buey, una oveja y un cerdo alrededor de los campos para después sacrificarlos a Ceres, diosa del crecimiento, o a Marte, dios de la fuerza. Se creía que esto purificaba y protegía los campos de fuerzas dañinas. Es igual que la idea del círculo que protege a quien se halle dentro, como las ciudades y el pomerium, espacio libre e inmediato a las murallas de Roma, por dentro y por fuera. En Roma había dos ceremonias de este tipo. El Amburvium, cuando las víctimas iban alrededor de la ciudad para purificarla, y las Ambarvalia, la procesión en torno a los campos. Otra ceremonia conocida es la lustrum conde, ritual de purificación del pueblo de Roma que ponía fin a la elaboración del censo y a la revisión de la situación económica de los ciudadanos. El onjetivo era purificar al ejército como antes de una batalla, puesto que el censo se realizaba a los ciudadanos aptos para el servicio militar. El pueblo se agrupaba en el Campo de Marte y a su alrededor eran conducidos un buey, una oveja y un cerdo, que eran sacrificados a Marte. El censo cayó en desuso con las guerras civiles pero Augusto lo revitalizó, llevándolo a efecto junto con el lustrum por tres veces. De ahí procede nuestra actual palabra lustro, período de cinco años.

En junio se celebraban ceremonias tan espectaculares como las de las vestales. Su templo simbolizaba el centro de Roma. En él se guardaba el fuego sagrado, la alacena (penus), objetos sagrados, la Atenea rescatada de Troya, figuras de los dioses penates. El culto a Vesta era un símbolo del poder eterno de Roma. El 9 de junio se abrían las puertas a las mujeres casadas, que descalzas llegaban al templo ofreciendo alimentos. El resto del año solo podían acceder al templo las vestales y el pontifex maximus. Entonces el santuario se purificaba. Todo terminaba los Idus de junio con una noche ruidosa acompañada de flautistas, cena abundante, en el templo de Minerva en el Aventino. El 24 de juniose celebraba la fiesta de Fors Fortuna junto a las orillas del Tíber. Había dos templos de esta diosa río abajo. Esta diosa gozaba de gran fama y acogida entre los más pobres. Era la única divinidad que podía recibir culto tanto de esclavos como de ciudadanos libres. El día 24 la multitud acudía a los templos para ver los sacrificios. Era una fiesta popular pero también tenía su carácter religioso. También había otra serie de cultos ocasionales y no públicos. Pero sí cabe destacar los juegos de Apolo, celebrados entre el 6 y el 13, que ya no tenían carácter religioso al final de la República.

Agosto trae las fiestas más populares. El día 12 un pretor sacrificaba una ternera en honor de Hércules. Se le depositaba dinero y honras a cambio de ayuda e inspiración. Claro ejemplo es el del millonario Craso. Al día siguiente la fiesta de Diana en el monte Aventino. culto establecido por Servio Tulio como un medio para unir los pueblos latinos a Roma. El templo se convirtió en centro de reunión de esclavos, que no contaminaban el ritual. Y era un día de vacaciones para ellos. El día 21 se rendía culto a Consus, deidad cuyo templo se hallaba en medio de un hipódromo y relacionado con el rapto de las sabinas, ya que mientras los sabinos estaban absortos en contemplar sus juegos, los romanos pudieron robarles sus mujeres. Por esto Consus es identificado con las carreras ce caballos antes que con el almacenamiento de grano. El culto se rendía en el Circo Máximo y lo más solemne de la ceremonia era la procesión del sacerdote Quirino y las vestales camino de los sacrificios, mientras el público enmudecía.

Septiembre era un mes cuya mitad estaba dedicada a los ludi Romani. Pero el día 13 de finales del siglo VI a.C. había sido consagrado el templo de Júpiter Óptimo Máximo, el patrón de Roma. Este templo mantuvo su posición como centro religioso de Roma. Por el sacrifico de esa ternera por parte del cónsul, todos los senadores se reunían para celebrar un banquete junto a la triada capitolina, vestidos Júpiter, Juno y Minerva con elegantes ropajes compartiendo la comida con los seres humanos presentes.

En el mes de octubre se guardaban las herramientas de trabajo del campo y las armas ante la llegada del invierno. Esta purificación de armas del día 19 se emparenta con la del 19 de marzo. El día 15 de octubre se disputaban carreras de carros en el Campo de Marte. El cávalo de la pareja ganadora era sacrificado a Marte, se le cortaba la cola y era llevado a la regia para que su sangre chorreara sobre las cenizas del fuego sagrado que posteriormente se utilizaba como ingrediente en las Parilia.

En los Idus de noviembre se celebraban los juegos plebeyos, que junto al culto anterior hacían que los senadores estuvieran siempre en la ciudad, que consistían en un gran banquete y en la procesión desde el Capitolio hasta el Circo por el Foro. El día más importante de esta fiesta era el 15. Según Ovidio esta conocida pompa circensis estaba formada por gladiadores, hombres de a pie, a caballo, flautistas, bailarines, atletas aurigas, payasos. Al entrar al Circo los dioses transportados eran colocados sobre divanes especiales para ver los juegos cómodamente. Había también una fiesta de Júpiter en los Idus.

Diciembre era un mes lleno de cultos. A principios las mujeres más distinguidas de Roma, las vestales también, celebraban la fiesta de la Bona Dea, por la noche en casa de un magistrado. La víctima sacrificada era un cerdo y su fin era propiciar la fertilidad femenina, por lo que estaba prohibida la entrada a los hombres. Sobre el 17 se celebraban las Saturnalia, prolongada varios días con los años, cuya fiesta se abría con un gran sacrificio en el templo de Saturno en el Foro, seguido de un banquete para todo aquel que quisiera asistir. Toda la ciudad estaba en fiesta, todos se vestían con trajes de fiesta y se cubrían con gorros ligeros. Las calles estaban colmadas y se permitía jugar y apostar en público sin temor. Incluso los amos servían la comida a sus esclavos. Se regalaban juguetes, se visitaban familiares. Abundaba la buena voluntad por doquier y la igualdad radiaba las calles y a las personas. Se celebraba el último día del año.

6. La religión privada.

Al igual que había cultos para la colectividad, también existían clanes que tenían sus propias particularidades y ritos religiosos. Por ejemplo, dentro del ejército cada uno tenía su deidad protectora. Dentro de la familia era el cabeza de la misma quien se encargaba de dar los pasos oportunos para asegurar la protección del dios. Y cada uno seguía a un dios en particular, pero dentro del seno familiar había dos grupos de divinidades: los lares y los penates. Los lares eran los espíritus deificados de los antepasados. Cada casa poseía el lararium, pequeño santuario donde se les hacían ofrendas. Eran figurillas. Los penates velaban por la despensa y el aprovisionamiento de alimento. Los romanos ofrecían oraciones a Vesta antes de la comida principal del día. Estos dos grupos divinos vienen a simbolizar lo que para nosotros el hogar.

El nacimiento estaba vinculado a la diosa Juno Lucina, cyua ayuda y protección era necesaria. Al nacer el niño/a , los espíritus malignos eran expulsados de la casa. El nuevo ser era depositado en el suelo hasta que el padre lo levantaba como acto simbólico. Si era niña se consagraba un diván a Juno y si niño una mesa a Hércules. Esta ofrenda se mantenía hasta que madre e hijo eran purificados y se ponía un nombre al recién nacido.

Durante la infancia se llevaba un colgante llamado bulla y una toga bordada que identifica a quien la lleva como niño. Al hacerse adulto se desprendía del colgante y se ponía una toga lisa de adulto. Se le lleva al Foro y allí es presentado en público. Su nombre se inscribía en la lista de ciudadanos. Se agradecía haber llegado sano y salvo a la mafurez con sacrificios. Las Liberalia del 17 de marzo era la fiesta utilizada para este proceso.

Lo que respecta al matrimonio, este era celebrado mediante un ritual religioso, aunque no tenía por qué ser así. Pero sí había unos requisitos mínimos: ciudadanos libres, mayores de edad y legalmente independientes. El éxito dependía de la voluntad de los dioses, por lo que se desarrolló un elaborado ritual. Se averiguaba la voluntad divina por adivinación y la ayuda se pedía mediante el sacrificio. Después se celebraba la boda en sí, culminada por la procesión que hacía el novio llevando a la novia a su casa. Los romanos son quizá los más supersticiosos tal y como hoy entendemos ese término. Nos legaron la costumbre de llegar con la novia en brazos y pasar el umbral. Se hacía para evitar un tropiezo de mal augurio. Se tomaban todas las precauciones posibles para que todo saliera bien.

La muerte era otro tema relevante. Normalmente los cuerpos se incineraban. Antes se lavaba, se ungía con aceite y se vestía elegantemente. Era llevado al crematorio público (ustrinum). Se prendía una pira funeraria por parte de algún familiar. Al apagarse el fuego se recogían las cenizas en una urna y se depositaban en la tumba familiar junto con los objetos que el muerto pudiera necesitar. La casa estaba de luto y ocho días después se ofrecía un sacrificio a los lares, a quienes el difunto se había unido, realizándose una purificación ritual del edificio.

La religión privada fue perdiendo peso frente a la pública a medida que Roma se convertía en una gran ciudad. Siempre estuvo cercano a lo privado la magie y la superstición, pero con el tiempo ha predominado el interés general y la religión de la comunidad.

7. Los sacerdotes.

Para una religión y un ritual como el romano se requería una supervisión autorizada y competente. Sin embargo, no hubo una profesión exclusivamente sacerdotal. Todos los cargos religiosos estaban a cargo de emblemáticas figuras de la política, excepto el rex sacrorum y el flamen Dialis. Cicerón arguye a esto diciendo que “los ciudadanos más distinguidos salvaguardan la religión mediante la buena administración del Estado y salvaguardan el Estado mediante el sabio control de la religión”. Recuérdese que la vida romana dependía del grupo, que la religión es como un contrato, al estilo jurídico.

El sacerdocio llegó a ser un cargo de dignidad y un puesto influyente para la vida política. Todo el que aspirar a una carrera política debía tener en cuenta también la religión. Cicerón estaba orgulloso de haber sido augur a pesar de su escepticismo sobre los augurios como ciencia.

A finales de la República eran cuatro los principales colegios de sacerdotes responsables de mantener el culto a los dioses en general. Pontífices, augures, sacris faciendis y epulones. Los dos primeros grupos eran los más relevantes. Los cargos eran vitalicios. El único que era miembro de todos los colegios era el emperador.

El colegio más antiguo era el de los pontífices. En su origen se encargaban de las obligaciones sagradas inherentes a la construcción y el mantenimiento de los puentes. Su rango importante vino tras la expulsión de los reyes. Los pontífices aconsejaban qué hacer si un sacrificio iba mal o si aparecía un mal presagio. Tenían la autoridad suprema sobre el calendario religioso, establecían los días festivos. A su cabeza estaba el pontifex maximus, elegido no entre los pontífices. La residencia de este era la regia, en el centro del Foro. Los pontífices eran en número de dieciséis. Y este colegio incluía otro tres cuerpos: las vestales, los flamines y el rex sacrorum.

Las vestales eran seis y eran elegidas desde niñas entre las familias patricias para dedicarse durante treinta años al fuego sagrado de Roma. Se encargaban de preparar la mola salsa y de vigilar los objetos sagrados que había en el templo.

Dentro del colegio de los flamines había doce menores y tres mayores (Júpiter, Marte y Quirino). Cada uno de estos sacerdotes era un gran profesional al dedicarse exclusivamente a un dios. El flamen Dialis tenía multitud de tabúes y restricciones. Era el encargado de Júpiter. Uan vez quedó vacante su puesto y pasaron setenta y cinco años hasta que Augusto logró recuperar el cargo. Los flamines eran la herencia primitiva de los tiempo primeros de Roma en cuanto al sacerdocio.

El rex sacrorum apareció tras la expulsión de los reyes, teniendo él preferencia en las ceremonias religiosas. Ya al final de la República este cargo no era muy significativo, ya que fueron los pontífices quienes desempeñaron su cargo.

También estaban los quindecimviri sacris faciendis, encargados de velas por los Libros Sibilinos y de consultarlos. Pero esto era ocasional y su función se basaba en la supervisión general de todos los cultos no latinos y extranjeros.

Los epulones se ocupaban de las cenas del Senado que seguían a los sacrificios en las celebraciones de Júpiter Óptimo Máximo y de los banquetes públicos en los juegos Romanos y Plebeyos. Supervisaban la preparación para que no hubiera ningún contratiempo.

8. La religión en tiempos de Augusto.

Hay claras evidencias que a lo largo de los siglos Roma había abandonado diversos cultos, destruido templos no reparados y desaparecido cargos como el de flamen Dialis. Augusto es el artífice de la paz en Roma bajo su gobierno. Con él acaba la sangría del siglo I a.C.. Con Octavio Augusto se produce un renacer de la religión romana, entendida como sustento del Estado mediante la que se mantiene la pax deorum y no sobrevienen desastres.

El primer objetivo de Augusto fue la reconstrucción de los templos. Así se restablecieron los cargos religiosos vacantes y toda la maquinaria volvía a funcionar. Pero para motivar al pueblo religiosamente se propuso dar un nuevo interés a los dioses tradicionales. Apolo fue el dios favorito de Augusto y su protector. Además de ser el dios de la curación, Apolo era visto por Augusto como el dios de la civilización y de la paz, justo el dios que requería para su cargo y su labor. Otro dios era Marte, nombre de un mes y del Campo, dios de la guerra y protector de la agricultura. Augusto pretendía destacar a Marte como padre de Rómulo, progenitor de Roma. Y también Augusto veneraba a Marte como Ultor, el vengador, vengador de su tío Julio César. Y Augusto le prometió un templo en su honor a Marte Vengador, que una vez construido inspiraba el triunfo de los romanos sobre los errores cometidos en el pasado. Apolo y Marte, agradable paz y justa guerra. Virgilio en la Eneida expresa ideas augusteas como esta: “Tú, romano, piensa en gobernar bajo tu poder a los pueblos (éstas serán tus artes), y a la paz ponerle normasperdonar a los sometidos y abatir a los soberbios”.

Augusto se sirvió de varios instrumentos para desarrollar y llevar a cabo sus ideas políticas. La poesía fue uno de ellos, con Virgilio y Horacio. Las monedas, manejadas por el pueblo, en las que se podía leer desde el 27 a.C. las palabras “Paz” y “Victoria”. El Ara Pacis y sus imágenes. La pax deorum había crecido ante los ojos de los ciudadanos corrientes.

En el 17 a.C. se instituyeron los Juegos Seculares. Se pensaba en la idea de que todo es cíclico y que antes o después las cosas tienen que mejorar. Se apela al saeculum, periodo de cien años que da la pauta para celebrar ceremonias religiosas, el renacimiento del mundo. Así circulan varias profecías acerca de una nueva Edad de Oro. Así se organizaron estos Juegos Seculares y Augusto encargó a Horacio el principal himno de los mismos. Durante estos, Augusto se encargó de ofrecer sacrificios a Júpiter Óptimo Máximo, a Juno, a los Hados, a Apolo en el Palatino. Todo este espectáculo hizo que pareciera haber surgido una nueva Edad de Oro.

Términos clave durante el mandato de Augusto fueron: paz, seguridad, prosperidad. Parecía que había comenzado una nueva etapa y se confirmó con la divinización del propio Augusto. Quizá una idea descabellada, pero en términos de conceptos romanos es igualmente seria y respetable. Un dios era aquel que hacía que las cosas marcharan bien y diera bendiciones al pueblo. Si tenemos en cuenta la enorme crisis anterior a Augusto del siglo I a.C.y el milagro que hizo Augusto trayendo la paz, debió de ser considerado como tal, como dice Propercio, un mundi servator. Esto luego favoreció al cristianismo y a la idea de que todos los emperadores eran más que simples seres humanos.

Un claro ejemplo del intento de edificación de la persona lo encontramos en Julio César, que levantó una estatua suya en el templo de Quirino, creó estatuas de sí mismo en los templos de toda Italia, nombró un mes con su nombre, se instituyó un templo en su honor. Antonio fue otro personaje que se identificó con Dionisio, llegando a Éfeso y a Atenas para consagrarse como tal. Unido a Cleopatra, pretendía ser deificado al igual que ella y visto como un dios.

Augusto fue más prudente que ellos y no pretendió en vida glorificarse como un dios, pero sí dejar una puerta abierta tras su muerte para ser visto y adorado como tal si el pueblo lo decidía así. Para ello se denominó como Divi filius, hijo de Dios (Julio César) y como augustus, el “Venerable”. También promocionó dos cultos. Uno es el Numen Augusti, la Voluntad Divina de Augusto, culto en consonancia con la creencia común en la existencia de un espíritu divino dentro de la persona. Y el otro es el genio de Augusto, supuesto poder que permitía la perpetuación de generación en generación. Esta idea se fusionó con la del daemon protector de una persona durante toda su vida, como un ángel de la guarda