Miguel de Unamuno

Literatura española contemporánea. Generación del 98. Novela y poesía unamuniana. Vida y obras. Biografía. Sentimiento trágico de la vida

  • Enviado por: Hugo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 9 páginas
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UNAMUNO

  • Vida y obras. Marco histórico

  • 1.1. Vida

    Miguel de Unamuno fue un escritor y filósofo español nacido en Bilbao en 1864 en el seno de una familia de comerciantes. Su padre era un indiano que, después de amasar una pequeña fortuna en América, volvió a su tierra natal y se casó con su sobrina. Las posibles consecuencias genéticas de este hecho angustiarían a Unamuno años más tarde cuando, en la crisis de 1897, duda de su cordura.

    Entre los años 1880 y 1884, cursó en Madrid la carrera de filosofía y letras, donde recibió una formación racionalista y positivista que chocó frontalmente con sus creencias religiosas. A partir de 1885 se dedica a opositar, hasta que en 1891 consigue la Cátedra de Griego de la Universidad de Salamanca. Este mismo año se casó con Concepción Lizarraga, con la que tendrá seis hijos.

    De 1884 a 1897 se olvida Unamuno un poco de los problemas religiosos y se interesa más por temas humanísticos. Sus lecturas en estos años se centran, sobre todo, en Spencer y en Marx. El entusiasmo por la ciencia y el progreso que ésta aportará a la humanidad, junto con los temas sociales, laborales y económicos son el foco de su atención durante este periodo positivista.

    A partir de 1894 comienza su colaboración periodística con la revista socialista La Lucha de las clases, a la vez que solicita su ingreso en el PSOE, fundado por Pablo Iglesias en 1879. De ambas cosas se dará de baja en 1897.Este año está marcado por una gran crisis que tendrá consecuencias personales e intelectuales. Las causas de esta crisis son varias. Por un lado, el intelectualismo que representaban Hegel y Spencer ya no le satisfacían. Comienza su alejamiento de los movimientos anarquistas y socialistas. Era también la época de la guerra de Cuba. Por otra parte, Unamuno tenía serios problemas de salud. Su hijo Raimundo sufrió un ataque de meningitis que le produjo hidrocefalia. Unamuno se siente culpable de la enfermedad y la interpreta como la consecuencia de su ateísmo. A esto hay que añadir las inquietudes religiosas por las que estaba pasando en estos momentos.

    La crisis tuvo lugar la noche del 21 o 22 de marzo, estando él en la cama sin poder dormir, sintió que le fallaba el corazón y se vio morir. Tal fue la conmoción que sintió que al día siguiente se refugió en el convento de los dominicos, donde estuvo tres días rezando. Él interpretó este episodio como una llamada de Dios. Algunos consideraron esta conversión como una traición política. En estos momentos, política y religión estaban muy relacionadas y se consideraba lo revolucionario como sinónimo de ateo y anticlerical.

    El periodo que abarca desde 1900 a 1914 está marcado por su nombramiento como Rector en la Universidad de Salamanca, por sus lecturas de Kierkegaard, del cual fue uno de los descubridores europeos (para poder leerlo estudió danés), autor que le influyó notablemente, y por ser uno de los periodos intelectuales más fructíferos. Del sentimiento trágico de la vida es de 1913.

    En 1914 fue destituido de su cargo de rector y como reacción se introdujo en la política. Criticó varias veces al rey y se enfrentó a la dictadura de Primo de Rivera. Ésto le llevó al destierro en Fuerteventura, de donde huyó a París y después a Hendaya. No volvió a España hasta que cayó este dictador en 1930.

    En 1931, con Alfonso XIII en el exilio, se proclama la 2ª República y Unamuno es nombrado de nuevo Rector. Tres años más tarde, estando ya jubilado, es nombrado Rector vitalicio de la Universidad. Pero en 1936 será destituido porque, cuando estalla la guerra civil, se pone al lado, aunque por muy poco tiempo de los nacionales. Murió el 31 de diciembre de 1936 en Salamanca.

    1.2. Obras

    Unamuno escribió artículos periodísticos, ensayos, novelas, cuentos, poesía, teatro e infinidad de cartas: en todas sus páginas nos transmite sus preocupaciones personales, porque su literatura es como una larga confesión, con meditaciones ( a veces contradictorias, pero siempre sinceras) acerca de cuestiones existenciales, religiosas y filosóficas, literarias, políticas o sociales. Por ello lo más genuinamente unamuniano son los textos ensayísticos.

    De su bibliografía cabe destacar: Niebla, La Tía Tula, Vida de Don Quijote y Sancho, Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo.

    Ensayo

    La obra ensayística de Unamuno es la expresión pura de su pensamiento filosófico y de sus preocupaciones personales. Al servicio de tal pensamiento pone Unamuno su prosa, honda y combativa de tono íntimo y confesional, con la que busca no tanto convencer como expresar sus propias contradicciones, que son la base de su pensamiento. En tal extremo, es capital la publicación en 1913 de Del sentimiento trágico de la vida, en el que el autor expresa la incompatibilidad de mantener la fe religiosa y en un mundo predominantemente racional. Para Unamuno, es imposible el consuelo de la religión con la verdad que ofrece el mundo racional. Por ello, el hombre vive en el dilema de obedecer a la razón o a la necesidad de un consuelo frente al vacío que la razón deja. La forma en la que Unamuno resuelve el dilema es mediante la decisión de mantener la creencia por propia decisión: lo autodestructor del escepticismo autoriza a construir unas creencias y a comportarnos de acuerdo con ellas. Las cuestiones religiosas de Unamuno alcanzaron nueva cota en la publicación de La Agonía del Cristianismo (1930), en la que analiza el conflicto entre Razón y Fe en el cristianismo moderno.

    Otros de sus ensayos, tales como Vida de Don Quijote y Sancho (1905), En torno al casticismo (1912) o Por tierras de Portugal y España, intentan ahondar en el carácter nacional a través de personajes como Don Quijote o de la visión del paisaje.

    Poesía.

    Se ha repetido, con justicia, que Unamuno fue siempre poeta, incluso en las más metafísicas de sus disquisiciones. No sabemos cuándo inició su actividad como poeta, pues su primer libro no se publicó hasta 1907, cuando el autor contaba ya con cuarenta y tres años de edad. Estas primeras Poesías, parecen escritas, al menos, desde 1899 y demuestran a un Unamuno que, al contrario del articulista y ensayista, vuelve su mirada hacia atrás, a poetas como Leopardi, Carducci, Whitman o Antero de Quental, con los que se hermana su obra por encima del tiempo transcurrido y por encima de la revolución poética que supone, en sus días, el Modernismo, del que no se encuentra huella alguna en su obra poética. Unamuno, valiéndose de unos versos y unas formas estróficas marcadas siempre por la sobriedad, muestra en estos primeros versos una gran afinidad con la temática más característica de sus compañeros de generación:

    CASTILLA

    "Tú me levantas, tierra de Castilla,
    en la rugosa palma de tu mano,
    al cielo que te enciende y te refresca,
    al cielo, tu amo.

    Tierra nervuda, enjuta, despejada,
    madre de corazones y de brazos,
    toma el presente en ti viejos colores
    del noble antaño".

    El carácter asonante de estos versos, sencillos y desprovistos en su mayor parte de retórica, tendrá una continuación, contraria por completo, a su naturaleza en el Rosario de sonetos líricos (1911). Unamuno, hombre de contradicción, se impuso como disciplina el escribir un soneto al día durante cinco meses. Aunque los resultados no fueron siempre óptimos, logró piezas tan hondas y acabadas como el celebérrimo poema titulado "A mi buitre":

    "Este buitre voraz de ceño torvo
    que me devora las entrañas fiero
    y es mi único y constante compañero
    labra mis penas con su pico corvo.

    El día en que le toque el postrer sorbo
    apurar de mi negra sangre, quiero
    que me dejéis con él solo y señero
    un momento, sin nadie como estorbo.

    Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía,
    mientras él mi último despojo traga,
    sorprender en sus ojos la sombría

    mirada al ver la suerte que le amaga
    sin esta presa en que satisfacía
    el hambre atroz que nunca se le apaga".

    Sin embargo, hasta 1920 no aparecerá su obra más importante en el campo poético, El Cristo de Velázquez. Se trata de un amplísimo poema (2.538 endecasílabos blancos) que, partiendo del cuadro de Velázquez, analiza los símbolos que se asignan a Cristo, las etapas de su muerte, las partes de su cuerpo y varias reflexiones hasta concluir en una "Oración Final". La obra llama la atención no sólo por su longitud y por lo extemporáneo de su producción, sino también por la calidad y belleza de los endecasílabos.

    A El Cristo siguen, en prosa, Andanzas y Visiones Españolas (1922), recolección de comentarios y descripciones realizados al hilo del paisaje. En verso, la siguiente obra poética de Unamuno es Rimas de Dentro (1923), su poemario más intimista, al que seguirá Teresa (1924), intento fallido de imitar la poesía becqueriana a través de una historia fingida: un joven poeta amigo del autor dejó a su muerte una serie de poemas dedicados a su amada, que son los que Unamuno publica.

    [Fragmento del poema Madrigal de las Altas Torres, extraído de "El Archivo de la Palabra" del Centro de Estudios Históricos, editado por la Residencia de Estudiantes].

    Al año siguiente, será la experiencia del destierro la que mueva su pluma, de nuevo en sonetos: De Fuerteventura a París (1925), diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos, constituye una de las piezas más sinceras y personales de Unamuno, por su alternancia de la visión del paisaje con el tema político:

    "A un hijo de españoles arropamos
    hoy en tierra francesa; el inocente
    se apagó -¡feliz él!- sin que su mente
    se abriese al mundo en que muriendo vamos.

    A la pobre cajita sendos ramos
    echamos de azucenas -el relente
    llora sobre su huesa-, y al presente
    de nuestra patria el pecho retornamos.

    -Ante la vida cruel que le acechaba,
    mejor que se me muera -nos decía
    su pobre padre, y con la voz temblaba;

    era de otoño y bruma el triste día,
    y creí que enterramos -¡Dios callaba!-
    tu porvenir sin luz, ¡España mía!".

    Más adelante, en 1928, y con un tono más distendido, publica el Romancero del destierro, que será su última obra poética impresa. En 1953 vio la luz un grueso volumen titulado Cancionero (1928-1936) que incluía todos los poemas dejados por el autor a su muerte. El hecho de tratarse de una publicación póstuma explica que se trate de composiciones muy numerosas (1.755 poemas), de tono y tema muy variados y en las que la calidad no es siempre la deseada. Es general, con todo, la tendencia hacia una poesía condensada, en busca de lo esencial.

    Novela

    La novelística de Unamuno supone la primera gran ruptura con el realismo, sobre todo a partir de Amor y Pedagogía (1902), toda vez que la inicial Paz en la guerra (1897) todavía responde al plan realista de novela con un escenario concreto y unos ambientes reales y convenientemente descritos. La novela de Unamuno supone la “esencialización” de todo ello en aras de la presentación, desarrollo y resolución de un conflicto de carácter filosófico, o al menos ideológico, que ocupa a los protagonistas. En el caso de Amor y Pedagogía, el conflicto se plantea en tono casi burlesco: se trata de la imposibilidad de separar la concepción de un hijo del amor y del sentimiento, que es lo que intentará el protagonista a través de la selección de todo lo necesario (desde la propia madre) para que su hijo sea un superdotado. Ante las críticas que la obra alcanzó, que hicieron especial hincapié en que aquello no era una novela, el autor decidió llamar a las suyas "nivolas" y definirlas como "relatos dramáticos acezantes, de realidades íntimas, entrañadas, sin bambalinas ni realismos". Con todo, no será hasta 1914 que publique su siguiente novela, Niebla, en la que plantea la libertad del individuo frente a un creador que puede destruirlo cuando y como quiera. Después de Niebla, Unamuno se centra en indagar sobre lo que constituye la existencia auténtica. Es lo que desarrolla en Tres novelas ejemplares y un prólogo (1920), planteando la posibilidad de ser por querer ser. Antes, no obstante, ha publicado Abel Sánchez (1917), que titula "novela" y en la que aplica el mito de Caín y Abel a la relación entre dos amigos, aunque dotándola de características que la amplían a toda la sociedad española. El tema de la identidad ocupará todavía al autor en relatos como "Tulio Montalbán y Julio Macedo", de 1920, o las novelas La Tía Tula, que verá la luz en 1921, y San Manuel Bueno, Mártir (1931).

    Teatro.

    Aparte de una tentativa inicial de 1880, que no nos ha llegado sino fragmentaria, titulada La cuestión de Galabasa, y en la que el autor bilbaíno intentó un género tan lejano a su discurrir habitual como es el sainete, la obra dramática de Unamuno consta de dos obras breves (La princesa doña Lambra y La Difunta, escritas ambas en 1909) y nueve dramas largos. Dichos dramas se escribieron entre 1898 y 1929 y, salvo el último, todos se presentaron por parejas: La esfinge y La Venda, de 1898-1899; El pasado que vuelve y Fedra, de 1910; Soledad y Raquel encadenada, de 1921-1922; Sombras de sueño, adaptación escénica del cuento "Tulio Montalbán y Julio Macedo", y El otro, de 1926; y, finalmente, El hermano Juan o el mundo es teatro, de 1929, en la que lleva a la escena su propia versión de Don Juan. Aparte queda la versión que realizara en 1933 de la Medea de Séneca para ser representada en el Teatro Romano de Mérida.

    A causa del mundo teatral de su tiempo, la obra de Unamuno no logró ser estrenada casi nunca, pese a lo cual siguió planteando sus conflictos por vía dramática cuando lo consideró oportuno.

    La dramaturgia unamuniana se caracteriza por la misma desnudez que había llamado la atención en sus primeras novelas. Dicha desnudez, así definida por el propio autor, se manifiesta en la supresión de todo lo accesorio, tanto escenográfica como verbalmente. Así, desde la falta de decorados o trajes suntuosos o de personajes secundarios y comparsas hasta la ausencia de monólogos lucidos o escenas brillantes. La ausencia de todo esto se produce en favor del conflicto dramático que, para Unamuno, es necesario llevar a la escena para acabar con el triunfo de la intrascendencia escénica que reinaba en el teatro español del cambio de siglo. Ello no obstante, la reducción de la obra llegó a tal extremo que los dramas de Unamuno parecen más esqueletos de drama que dramas en sí. Al mismo tiempo, la calidad de su prosa ensayística choca en el estilo dialogado, tanto más cuanto que el autor busca a veces dar un tono coloquial a la conversación sin lograrlo. De esta manera, por ejemplo, los personajes de La Venda, drama que desarrolla el mismo conflicto entre mentira y verdad que San Manuel Bueno, mártir, no dejan en ningún momento de ser símbolos y posturas encarnados que no cobran la identidad de personajes.

  • Importancia en la literatura y filosofía

  • Unamuno, junto a Ortega y Gasset, es el filósofo español más importante y conocido. Respecto a la literatura cabe destacar su ensayo, poesía y novela y respecto a la filosofía, su fuerte interés hacia todo lo humano y su honda preocupación religiosa.

    Su literatura es como una fuerte confesión, con meditaciones acerca de cuestiones existenciales, filosóficas, literarias...

    En sus ensayos, los principales temas fueron la preocupación por España y el sentido de la vida humana. En las novelas -o nivolas, como él las llamaba- también fueron un medio para expresar su pensamiento filosófico: en el centro del relato siempre hay un conflicto íntimo, un problema de conciencia, pues su intención, según escribió muchas veces, era inquietar a los lectores y no imponerles verdades. En su obra poética, la importancia que tuvo para Unamuno la poesía la hallamos en estas palabras: “Lo más grande que hay entre los hombres es un poeta. Un poeta es un hombre que no guarda en su corazón secretos para Dios y que, al contar sus cuitas, sus temores, sus esperanzas y sus recuerdos, los monda y limpia de toda mentira”. Además como escritor, intentó despertar a los españoles de su “modorria nacional” cuando la rutina y el atraso caracterizaban a la sociedad.

    La filosofía de Unamuno es autobiográfica. Se puede decir que sus escritos son caminos que buscan una salida a su atormentada vida interior. Por eso, leer las obras de Miguel de Unamuno es leer su vida. La temática de su obra es muy personal. Claro que se percibe la importancia de Kierkegaard, sin embargo, hay que hacer caso a lo que él mismo dice: “Yo, Miguel de Unamuno, soy especie única”. En todos los escritos de Unamuno, tanto obras literarias como filosóficas, se advierte una honda preocupación religiosa. Él no fue cristiano, ni católico, ni siquiera creyente, pero sí un hombre religioso.

  • Pensamiento del autor.

  • 3.1. Visión del hombre

    La diferencia entre “lo humano” y “otro hombre” refleja bien la orientación de Unamuno en el tratamiento del problema del hombre. No se trata de una preocupación por el hombre considerado en abstracto ni por la especie humana, sino por el hombre concreto, el hombre de carne y hueso. Aunque Unamuno hable de este hombre concreto (y en el fondo, de sí mismo) está hablando también en nombre de cada uno de los seres humanos.

    El hombre concreto debe ser el sujeto y el objeto de la filosofía, aunque, a juicio, de Unamuno, esté ausente de la mayoría de los sistemas filosóficos. Entiende por filosofía, una reflexión del hombre concreto sobre sí mismo en busca de la verdad. Lo que es más útil para explicarnos las cosas es la propia biografía de los filósofos y, sin embargo, es lo que menos tienen en cuenta.

    El hombre de carne y hueso no es sólo un animal racional, es, además y sobre todo, un animal afectivo y sentimental. Unamuno reivindica la faceta humana más afectiva, considerando que el ser humano es un ser movido por sentimientos y deseos. Sin embargo, no puede descuidarse ninguna de las dos dimensiones, ni la afectiva ni la racional: el hombre piensa, reflexiona y conoce, y además vive, siente, padece, sufre y desea.

    La mayoría de las veces estas dos facetas se contraponen, la razón rechaza, limita o sujeta los sentimientos más profundos del sentir humano, y , al revés, los sentimientos entorpecen la razón. Sin embargo, la relación no es simple oposición también se da una mutua necesidad entre ellas, pues no hay vida humana sin razón, pero tampoco sin pasión.

    Entre razón y pasión hay un conflicto insuperable y necesario, porque ambas son constitutivas del ser humano. Sólo en el marco de esta lucha entre ámbitos contrarios es posible una vida completa.

    3.2. Problema de la inmortalidad del alma

    La aceptación de la muerte como algo que inevitablemente nos va a suceder y que, por lo tanto, es inútil temer suele resultar difícil para muchas personas. A pesar de su carácter inevitable, la mayoría de nosotros suele rebelarse a su carácter definitivo. Según Unamuno, la creencia de que nuestra mente, con sus recuerdos, creencias y experiencias personales, sobrevive a la muerte es necesaria para poder vivir. Pero además no basta con sobrevivir en la fama, en la obra, en los hijos... La única perduración satisfactoria es la resurrección del hombre total, tal como la promete el cristianismo. El problema es que no tenemos ninguna certeza de que esto vaya a ser así. Ni el creyente ni el agnóstico pueden dar, de forma contundente, una respuesta afirmativa o negativa.

    En una palabra, que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida: se me destituirá de ella.

    Unamuno, M.,

    Del sentimiento trágico de la vida.

    3.3 Sentimiento trágico de la vida

    Toda la Unamuno está marcada por el antagonismo entre lo exterior y lo interior, entre lo objetibable y lo inasequible por la razón y la ciencia. Lo exterior es la razón, lo interior de la vida. La primera niega la inmortalidad personal (autentico sentimiento trágico de la vida), mientras que la segunda se empeña con tesón en afirmarla, mediante la fe. Unamuno no elige entre una u otra, sino que abraza ambas “agónicamente”, en su inevitable antagonismo, lo que provoca el desgarramiento interior del hombre entre la razón y la fe. Pero Unamuno no puede admitir tranquilamente la fe: continuamente le asaltan dudas, incertidumbres, temores. Para él creer es crear: el ser humano necesita creer en la inmortalidad y en Dios como prolongación de su propio yo hasta el infinito y, entonces, crea la idea de Dios y la de la inmortalidad personal.

    En su Diario intimo confiesa su propio “egotismo”, una obsesiva preocupación de sí mismo que le hizo insufrible la idea de tener que dejar de existir un día. El yo se defiende con uñas y dientes de la objetivación externa, porque visto por ella se aleja de sí mismo, se desdobla y enajena. En este sentido grita Unamuno: “¡Mi yo, que me roban mi yo!” . La objetivación del yo se puede llegar a experimentar ante el espejo, poniéndose ante sí mismo como si se tratara de un objeto extraño. El resultado de la experiencia del espejo, a la que también aducirán Sartre y Camus es un profundo desgarrón interno que produce un hondo dolor. La actitud intelectualista que pretende objetivarlo todo provoca un angostamiento espiritual , porque lleva al hombre a poseer verdades en vez de a dejarse poseer por la verdad.

    El problema que también le preocupaba a Kant, el “único verdadero problema” es el de la inmortalidad del alma. La noción de inmortalidad, como casi todas las que usa Unamuno, no está del todo clara. Si bien el autor habla de inmortalidad del alma, es claro que lo que le preocupaba era la supervivencia del hombre de carne y hueso después de la muerte. Aunque no haya posibilidad de probar nada sobre la inmortalidad, según Unamuno, creemos en ella porque la deseamos.

    El sentimiento trágico de la vida pueden tenerlo hombres y pueblos enteros. Este sentimiento no brota de las ideas, sino que influye en las ideas, determinándolas. El hombre con este sentimiento es un ser enfermo y necesita la curación resolviendo sus contradicciones. El origen de esta enfermedad está en el ser consciente de lo que significa ser hombre.

    Hay algo que, a falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del universo, toda filosofía más o menos formulada, más o menos consciente. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo hombres individuales, sino pueblos enteros. Y ese sentimiento, más que brotar ideas, las determina, aun cuando luego, claro está esas ideas reaccionan sobre él, corroborándolo. Unas veces puede provenir de una enfermedad adventicia, de una dispepsia, verbigracia; pero otras veces es constitucional. Y no sirve hablar de hombres sanos e insanos. Aparte de no haber una noción normativa de la salud, nadie ha probado que el hombre tenga que ser naturalmente alegre. Es más, el hombre por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad.

    Unamuno

    Del sentimiento trágico de la vida