Miguel de Unamuno

Literatura española contemporánea. Generación del 98. Filosofía unamuniana. Contexto ideológico. Temas San Manuel Bueno, mártir

  • Enviado por: Albertinator
  • Idioma: castellano
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ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN COMUNICATÍVA:

Miguel de Unamuno nos narra la historia de Ángela Carbanillo, una chica de Lucerna de Valverde, que se enlaza a la vida del párroco Don Manuel, más conocido como San Manuel Bueno Mártir.

Por medio de éstos, Unamuno realiza el papel de emisor del mensaje, (en este caso el libro), convirtiéndonos a nosotros y a los lectores en general, receptores del mismo.

En este acto comunicativo se utiliza un código lingüístico sometido a las formas de la literatura española, escrito por Unamuno y editado, en el caso de mi ejemplar, por le editora Cátedra.

MENSAJE; RESUMEN DEL TEXTO:

En Lucerna de Valverde vivía una chica llamada Ángela Carbanillo, que era una estudiante en un colegio de monjas. Estos estudios se los pagaba su hermano Lázaro. Al dejar de estudiar volvió a su pueblo natal, donde se reúne con sus antiguos amigos, familiares, vecinos y con un personaje destacado en dicho pueblo, el párroco Don Manuel, más conocido como San Manuel Bueno Mártir.

Al cumplir los veinticuatro años se le presento un problema: su hermano vuelve al pueblo para llevar a Angela y a su madre a la gran ciudad, pero ella no quería irse. Al final se queda en su querido pueblo.

Pasado un tiempo, Lázaro tiene problemas con el famoso personaje, el párroco San Manuel Bueno Mártir, pero consiguen resolver sus diferencias como buenos amigos. Pero queda algo que crea discordia en Lázaro, y es que su hermana cree que Don Manuel no es creyente.

Transcurren algunos años, de los que se podría decir mucho, y Don Manuel, que no era un joven mozo, entra en sus últimos días. Pero antes de morir, Don Manuel le confiesa a Lázaro que no es creyente, pero no quería que nadie lo supiera, porque sabe que la fe es lo que mantiene las esperanzas en los habitantes del pueblo. Para Don Manuel lo más importante es creer en la vida y que hay algo después de ella. Y pide que lo lleven a la iglesia para dar su última misa de despedida. Ya en la iglesia, entre las manifestaciones de dolor del pueblo, recitó el Evangelio y murió allí mismo.

Después de su muerte, Lázaro lo va a visitar todos los días a su tumba, y dice, en contra de los deseos de Don Manuel, a su hermana que él no puede creer en Dios, porque no sabe si existe en realidad.

CONTEXTO; SITUACIONES POLÍTICAS E IDEOLÓGICAS DEL MOMENTO:

Habrá que esperar hasta 1934, con la conferencia de Pedro Salinas sobre "El concepto de generación literaria aplicado a la del 98", para que se fije definitivamente esta manera de identificar a una generación que representó un fenómeno importante por cuestionarse la tarea intelectual frente a España y la política española, y plantearse el dilema de una literatura acorde con esas inquietudes. Muchos de sus representantes estaban ligados a la Institución Libre de Enseñanza, que dirigía Francisco Giner de los Ríos.

Sobresalen autores como Ángel Ganivet (1862-1898), autor de Idearium español (1897); Joaquín Costa (1846-1911); Miguel de Unamuno* (1864-1937), con obras como En torno al casticismo (1895), Vida de Don Quijote y Sancho (1905) y Del sentimiento trágico de la vida (1913);

Ramiro de Maetzu, quien enumeraba los engaños que dominaban a España en el campo de la prensa, la política, la oligarquía y el caciquismo, la literatura y la ciencia, las supuestas glorias históricas, y, como otros jóvenes rebeldes de su tiempo (el mismo Unamuno o Martínez Ruiz, Azorín), rechazaba la guerra colonial en todas sus manifestaciones; José Ortega y Gasset, que, en realidad, trascendió el marco de esta generación. Debe mencionarse también la obra de Azorín (El alma castellana (1900); La ruta de don Quijote (1905), Antonio Machado (Soledades y Campos de Castilla, sobre todo), Pío Baroja (La raza; La lucha por la vida, 1904), Ramón María del Valle-Inclán, Vicente Blasco Ibáñez, Gabriel Miró.

La generación del 98, a veces asociada con el modernismo literario, reflejó en gran medida las oscilaciones ideológicas de algunos de sus integrantes, según lo ha estudiado Carlos Blanco Aguinaga en su Juventud del 98 (de las posturas socialistas y anarquistas a cierto énfasis nacional de corto alcance) y en no conseguir siempre resolver el ajuste entre su preocupación por el casticismo y el problema español, y las preguntas estrictamente ligadas al ejercicio de la literatura. Este ejercicio sólo fue posible a través de búsquedas más individuales y en el tránsito hacia propuestas estéticas de las generaciones próximas en el tiempo: la del 14 y la del 27.

MIGUEL DE UNAMUNO:

Unamuno, Miguel de (1864-1936), filósofo y escritor español, considerado por muchos como uno de los pensadores españoles más destacados de la época moderna y miembro de la generación del 98.

Vida

Nacido en Bilbao, Unamuno estudió en la Universidad de Madrid, donde se doctoró en Filosofía y Letras con la tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca (1884), que anticipaba sus posturas contrarias al nacionalismo vasco de Sabino Arana. Fue catedrático de griego en la Universidad de Salamanca desde 1891 hasta 1901, en que fue nombrado rector.

En 1914 fue obligado a dimitir de su cargo académico por sus ataques a la monarquía de Alfonso XIII; sin embargo, continuó enseñando griego. En 1924 su enfrentamiento con la dictadura de Miguel Primo de Rivera provocó su confinamiento en Fuerteventura (Islas Canarias). Más tarde se trasladó a Francia, donde vivió en exilio voluntario hasta 1930, año en que cae el régimen de Primo de Rivera. Unamuno regresó entonces a su cargo de rector en Salamanca, que no abandonaría hasta su muerte. Aunque al principio fue comprensivo con la sublevación del Ejército español que enseguida encabezó el general Francisco Franco, pronto la censuró públicamente: en un acto celebrado en la Universidad de Salamanca, su comentario “venceréis, pero no convenceréis”, provocó la respuesta del general Millán Astray, uno de los sublevados: “¡Viva la muerte y muera la inteligencia!”. Terminó sus días recluido en su domicilio de Salamanca.

Obra literaria

Cultivó todos los géneros literarios: fue poeta, novelista, autor teatral y crítico literario. Su narrativa comienza con Paz en la guerra (1897), donde desarrolla la “intrahistoria” galdosiana, y continúa con Niebla (1914) —que llamó nivola, en un intento de renovar las técnicas narrativas—, La tía Tula, y San Manuel Bueno, mártir (ambas de 1933).

Entre su obra poética destaca El Cristo de Velázquez (1920), mientras que su teatro ha tenido menos éxito, pues la densidad de ideas no va acompañada de la necesaria fluidez escénica; en este terreno destacan Raquel encadenada (1921), Medea (1933) o El hermano Juan (estrenada en 1954).

Obra filosófica

Su filosofía, que no era sistemática, sino más bien una negación de cualquier sistema y una afirmación de “fe en la fe misma”, impregna toda su producción. Formado intelectualmente en el racionalismo y en el positivismo, durante su juventud simpatizó con el socialismo, escribiendo varios artículos para el periódico El Socialista, donde mostraba su preocupación por la situación de España, siendo en un primer momento favorable a su europeización, aunque posteriormente adoptaría una postura más nacionalista.

Esta preocupación por España (que reflejó en su frase “¡Me duele España!”) se manifiesta en sus ensayos recogidos en sus libros En torno al casticismo (1895), Vida de Don Quijote y Sancho (1905), donde hace del libro cervantino la expresión máxima de la escuela española y permanente modelo de idealismo, y Por tierras de Portugal y España (1911). También son frecuentes los poemas dedicados a exaltar las tierras de Castilla, considerada la médula de España.

Más tarde, la influencia de filósofos como Arthur Schopenhauer, Adolf von Harnack o Sören Aabye Kierkegaard, entre otros, y una crisis personal (cuando contaba 33 años) contribuyeron a que rechazara el racionalismo, al que contrapuso la necesidad de una creencia voluntarista de Dios y la consideración del carácter existencial de los hechos. Sus meditaciones (desde una óptica vitalista que anticipa el existencialismo) sobre el sentido de la vida humana, en el que juegan un papel fundamental la idea de la inmortalidad (que daría sentido a la existencia humana) y de un dios (que debe ser el sostén del hombre), son un enfrentamiento entre su razón, que le lleva al escepticismo, y su corazón, que necesita desesperadamente de Dios. Aunque sus dos grandes obras sobre estos temas son Del sentimiento trágico de la vida (1913) y La agonía del cristianismo (1925), toda su producción literaria está impregnada de esas preocupaciones.