Migraciones germánicas

Historia universal. Pueblos germánicos. Oleadas migratorias. Visigodos. Vándalos. Ostrogodos. Burgundios. Fin del imperio romano de occidente

  • Enviado por: Emili
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LAS MIGRACIONES GERMÁNICAS

· Los pueblos germánicos antes de las invasiones.

En tiempos de César, las legiones romanas tropezaron por primera vez con

las tribus germanas, estos eran agricultores sedentarios con una

economía predominantemente pastoril.

Entre ellos imperaba un modo de producción primitivo y comunal. Para

estos pueblos la propiedad privada de la tierra era desconocida y todos

los años los jefes decidían que parte del suelo común habría de ser

arada, se asignaban estas a los diversos clanes, que la cultivaban y se

apropiaban de los campos de forma colectiva. Las redistribuciones

periódicas impedían grandes diferencias de riquezas entre las familias y

los clanes.

Los rebaños eran propiedad privada, y constituían la riqueza de los

principales guerreros de las tribus.

En tiempos de paz no había jefaturas que gozaran de autoridad sobre todo

el pueblo; los jefes militares de carácter excepcional se elegían en

tiempos de guerra.

Muchos clanes eran matrilineales (sistema de organización social en el

que la descendencia se organiza siguiendo sólo la línea femenina y todos

los hijos pertenecen al clan de la madre ).

Esta estructura social se modificó muy pronto con la llegada de los

romanos al Rin y con su ocupación temporal de Alemania hasta el Elba

durante el siglo I d. C.

El comercio de artículos de lujo a través de la frontera produjo

rápidamente una creciente estratificación interna en las tribus

germánicas: para comprar los artículos romanos, los jefes guerreros de

las tribus vendían ganado o asaltaban a otras tribus para capturar

esclavos con objeto de exportarlos a los mercados romanos.

En tiempos de Tácito (c. 55-c. 120), historiador romano. probablemente

nacido en Roma cuya tercera de sus obras cortas es Germania (escrita

hacia el 98), que es una monografía sobre la etnografía de Germania ),

la tierra ya había dejado de ser asignada a los clanes y era distribuida

directamente a las personas concretas. El cultivo era muy cambiante, por

la existencia de terrenos forestales desérticos, y las tribus carecían

por tanto de una gran fijeza territorial. Este sistema agrario favorecía

la guerra estacional y permitía frecuentes y masivos movimientos

migratorios.

Se producía enfrentamientos entre la aristocracia hereditaria, con su

“ séquito de guerreros “ y guerreros del común para usurpar el poder ,

que eran cada vez mayores. La diplomacia romana atizaba activamente

estas disputas internas, por medio de subvenciones y alianzas, con

objeto de neutralizar la presión de los bárbaros sobre su frontera y de

que cristalizara un estrato de dirigentes aristocráticos deseosos de

colaborar con Roma.

La presión romana aceleró la diferenciación social y la desintegración

de los modos de vida comunales en los bosques germánicos. Los pueblos

que tenían más contacto con Roma mostraban un modo de vida más alejado

de la vida tradicional de las tribus.

Los ALAMANES en la Selva Negra y los MARCOMANOS y los CUADOS en

Bohemia tenían villas de estilo romano, con fincas cultivadas por

esclavos capturados en las guerras.

La asamblea general de los guerreros había desaparecido. Un consejo

confederado de OPTIMATES ejercía ahora la autoridad política central

sobre unas aldeas obedientes. Los OPTIMATES formaban una clase poseedora

de fincas, séquitos y esclavos, claramente diferenciada del resto del

pueblo, el influjo romano arrastraba a las tribus situadas en la

frontera hacia una mayor diferenciación política y militar.

A partir de la época de Marco Aurelio ( emperador romano 121-180),

los sucesivos aumentos de la presión bárbara sobre el imperio no fueron,

pues, rachas fortuitas de mala suerte de Roma, sino que en buena medida

fueron las consecuencias estructurales de su propia existencia y de su

triunfo. Los lentos cambios provocados en su entorno exterior, por

imitación e intervención, se harían acumulativos: el peligro de las

fronteras Germánicas creció a medida que la civilización romana las

transformaba gradualmente.

** El limes, con el discurrir del tiempo, se fue

convirtiendo no tanto en la frontera que separaba dos mundos como en la

zona de contacto que permitía una progresiva simbiosis entre ambos.

Mientras tanto, y dentro del propio Imperio romano, los ejércitos

imperiales utilizaban en sus filas a un número creciente de guerreros

germanos. La diplomacia romana había intentado tradicionalmente y

siempre que era posible, rodear las fronteras del Imperio con un glacis

exterior de foederati, jefes aliados o clientes que conservaban su

independencia fuera de las fronteras romanas, pero que defendían los

intereses romanos dentro del mundo bárbaro a cambio de subvenciones

financieras, apoyo político y protección militar.

En el Imperio tardío, sin embargo, el gobierno imperial recurrió al

reclutamiento habitual de soldados procedentes de esas tribus para sus

propias unidades. Al mismo tiempo, los refugiados o cautivos bárbaros

eran asentados en tierras desiertas en calidad de laeti, con la

obligación de prestar servicio militar en el ejército a cambio de sus

propiedades. Además, muchos guerreros germánicos libres se alistaban

como voluntarios en los regimientos de Roma, atraídos por la perspectiva

de la paga y la promoción dentro del sistema militar del Imperio .

A mediados del siglo IV, un porcentaje relativamente alto de generales,

oficiales y soldados palatinos de choque eran de origen germánico y

estaban cultural y políticamente integrados en el universo social de

Roma: generales francos como Silvano o Arbogasto, que alcanzaron el

rango de magister militum o comandante en jefe de Occidente, eran moneda

corriente. Había, pues, cierta mezcla de elementos romanos y germánicos

dentro del propio aparato del Estado imperial.

Los efectos sociales e ideológicos que la integración en el mundo romano

de un gran número de soldados y oficiales teutónicos tuvo sobre el mundo

germánico que de forma provisional o permanente habían dejado atrás, no

son difíciles de reconstruir: representaron un poderoso refuerzo de las

corrientes de estratificación y diferenciación ya presentes en las

sociedades tribales de allende las fronteras.

La autocracia política el rango social, la disciplina militar y la

remuneración monetaria fueron lecciones aprendidas en el exterior y

fácilmente asimiladas en el interior por los jefes y los optimates. Así,

en la época de las Völkerwanderungen del siglo V, cuando toda Germania

sufrió la conmoción provocada por la presión de los hunos —invasores

nómadas procedentes de Asia central---- y las tribus comenzaron a

lanzarse a través de las fronteras romanas, las fuerzas internas y

externas habían llevado a la sociedad germánica a una considerable

distancia de las formas que tenía en los días de César. Ahora, una

nobleza con séquito solidificada y la riqueza individual de la tierra

había suplantado casi por doquier a la tosca igualdad originaria de los

clanes. La larga simbiosis de las formaciones sociales romana y

germánica en las regiones fronterizas había colmado gradualmente el

abismo que existía entre ambas, aunque todavía subsistiera en muchos

aspectos importantes . De la colisión y fusión de ambas en su cataclismo

final habría de surgir, en último término, el feudalismo.

· Las oleadas migratorias y

· Las formas de asentamiento : hospitalitas

Las invasiones germánicas tuvieron lugar en dos fases sucesivas, cada

una de las cuales siguió un modelo y una dirección diferentes.

La primera gran oleada comenzó con la trascendental marcha por los

hielos del Rin de una incierta confederación de suevos, vándalos y

alanos en la noche invernal del 31 de diciembre del año 406.

410.- Los VISIGODOS, saquean Roma al mando de Alarico.

439.- Los VÁNDALOS, toman Cartago.

480.- Ya se ha establecido en el antiguo Imperio Romano el primero y

tosco sistema de Estados Bárbaros:

BURGUNDIOS.- Saboya

VISIGODOS.- Aquitania

VÁNDALOS.- Norte de África

OSTROGODOS.- Norte de Italia

Fue al mismo tiempo el ataque más radicalmente destructor de los

pueblos germanos contra el Occidente romano y el más claramente

conservador en su respeto hacia el legarlo Latino. La unidad militar,

política y económica del Imperio de Occidente quedo irreversiblemente

destrozada.

Unos pocos ejércitos romanos de comitatenses sobrevivieron durante

algunas décadas después de que fueran barridas las defensas fronterizas

de los limitanei: pero, aisladas y rodeadas por territorios dominados

por los bárbaros, las bolsas militares autónomas corno la Galia del

Norte sólo servían para poner de manifiesto la completa dislocación del

sistema imperial en cuanto tal.

Las provincias cayeron en el desorden, el bandidaje y la rebelión

social se adueñaron de grandes zonas. En la primera mitad del siglo V,

el orden imperial había sido aislado por la irrupción de los bárbaros en

todo el Occidente.

Con todo, las tribus germánicas que hicieron pedazos al Imperio

occidental no eran capaces de sustituirlo por un orden político nuevo o

coherente.

Los pueblos bárbaros pertenecientes a la primera serie de invasiones

tribales, a pesar de su progresiva diferenciación social, eran todavía

unas comunidades extremadamente primitivas. Ninguno de ellos había

conocido jamás un Estado territorial duradero; en lo religioso, todos

eran ancestralmente paganos; la mayor

Parte carecían de escritura: pocos poseían un sistema de propiedad

articulado o estabilizado.

La conquista de vastas extensiones de las anticuas provincias romanas

les

presentó naturalmente una serie de problemas insolubles de apropiación y

administración inmediatas. Estas dificultades intrínsecas se

intensificaron a causa de la pauta geográfica seguida por la primera

oleada de invasiones. Porque en las Völkerwanderangen, propiamente

dichas, que ha menudo fueron inmensas peregrinaciones a través de todo

el continente, el asentamiento final de cada pueblo quedó muy lejos de

su punto de partida.

Los visigodos se trasladaron desde los Balcanes a España;

los ostrogodos desde Ucrania a Italia;

los vándalos desde Silesia a Tunicia;

los burgundius desde Pomerania a Saboya.

No hubo ningún caso de una comunidad bárbara que se limitara a ocupar

las tierras romanas directamente contiguas a su originaria región de

residencia.

Los primeros Estados bárbaros reflejaban una situación de relativa

debilidad y aislamiento. En consecuencia, se apoyaban fuertemente en las

preexistentes estructuras imperiales, que de forma paradójica

conservaron, siempre que fue posible en combinación con sus

equivalentes germánicos para formar un sistemático dualismo

institucional.

El primero y más trascendental problema que las comunidades tuvieron que

decidir después de sus victorias en el campo de batalla fue el de la

disposición económica de la tierra. La solución normalmente adoptada fue

un modelo similar al de las anteriores prácticas romanas,

particularmente familiares a los soldados germanos, y, al mismo tiempo,

una ruptura radical con el pasado tribal, orientándose hacia un futuro

social claramente diferenciado. Los visigodos, burgundios y ostrogodos

impusieron a los terratenientes locales romanos el régimen de la

HOSPITALITAS. Derivado del antiguo sistema imperial de alojamiento, en

el que habían participado muchos mercenarios germanos, concedía a los

«huéspedes» bárbaros dos tercios de la extensión cultivada de las

grandes fincas en Borgoña y Aquitania y un tercio en Italia, cuyo mayor

tamaño global permitía que se les asignara una parte menor de las villae

individuales y donde, además, las fincas que no estuviesen divididas

pagaban un impuesto especial para igualar el sistema. El HOSPES

burgundio recibía también un tercio de los esclavos romanos y la mitad

de las tierras forestales.

En Hispania, los visigodos tomarían más tarde un tercio de las

reservas señoriales y dos tercios de las tenencias en todas las fincas.

Únicamente en África del Norte, los vándalos se limitaron a expropiar al

grueso de la nobleza local y de la Iglesia, sin ningún tipo de

compromisos o concesiones, opción que a largo plazo les costaría muy

cara. La distribución de tierras bajo el sistema de «hospitalidad»

probablemente afectó muy poco a la estructura de la sociedad romana

local: dado el pequeño número de conquistadores bárbaros, las sortes o

parcelas que se les asignaban nunca abarcaron más que a una parte de los

territorios situados bajo su dominio. Normalmente, este dominio estaba

muy concentrado debido a su temor a la dispersión militar después de la

ocupación: los asentamientos agrupados de los ostrogodos en el valle del

Po constituyeron un modelo típico No hay ninguna señal de que la

división de las grandes fincas tropezara con una resistencia violenta

por parte de los propietarios latinos.

Por lo demás, su efecto sobre las comunidades germánicas tuvo que ser

necesariamente muy drástico, porque las Sortes no se asignaban

indistintamente a los guerreros germánicos recién llegados. Al

contrario, en todos los pactos entre romanos y bárbaros sobre las

divisiones de las tierras que han llegado basta nosotros intervienen

únicamente dos personas: el terrateniente provincial y un germano,

aunque posteriormente las sortes fueron cultivadas en realidad por

cierto número de germanos. Parece probable, por tanto, que se apropiaran

de las tierras los optimates de los clanes que inmediatamente asentaban

en ellas a los hombres de sus tribus como arrendatarios o, posiblemente,

como pequeños propietarios pobres. Socialmente, los primeros se

convirtieron de golpe en los iguales de la aristocracia provincial,

mientras que los últimos cayeron directa o indirectamente bajo su

dependencia económica. Este proceso —sólo tangencialmente visible a

partir de los documentos de la época— fue mitigado sin duda por los

recuerdos todavía recientes del igualitarismo forestal y por la

naturaleza armada de toda la comunidad invasora, que garantizaba al

guerrero ordinario su condición de libre. Inicialmente, las sortes no

fueron propiedad plena u hereditaria, y los soldados del común que las

cultivaban conservaron probablemente la mayor parte de sus derechos

consuetudinarios. Pero la lógica del sistema era evidente: al cabo de

una generación, aproximadamente, ya se había consolidado sobre la

tierra una aristocracia germánica, con un campesinado dependiente

situado por debajo de ella e incluso en algunos casos con esclavos

indígenas . La estratificación de clases cristalizó rápidamente una vez

que las federaciones tribales de carácter nómada se asentaron

territorialmente dentro de has antiguas fronteras imperiales.

hospitalitas

Los herederos de Teodosio —Honorio en Roma y Arcadio en Constantinopla—

promulgaron conjuntamente una Ley de Hospitalidad. En ella se

reglamentaba la forma en que las familias germanas asentadas en el

Imperio habían de disfrutar de parte de los bienes de las familias

romanas que las hubieran acogido. Además, hasta la emblemática fecha del

476 —e inclusive más tarde—, la defensa del Imperio fue quedando en

manos de generales de ascendencia bárbara: el vándalo Estilicón y el

panonio Aecio en Occidente; el godo Gamas y el alano Aspar en Oriente.

· El fin del imperio romano de occidente


La crisis institucional que padeció el Imperio a lo largo del siglo III

puso en evidencia el proceso de barbarización que estaba sufriendo:

algunos emperadores, como Maximino y Filipo el Árabe, habían nacido

fuera de las frontera del Imperio. Puso en evidencia también la

debilidad del limes. Masas de godos en Oriente y de francos y alemanes

en Occidente perforaron impunemente las defensas y saquearon durante

años las provincias del Imperio. Emperadores enérgicos (Decio,

Diocleciano, Constantino) consiguieron superar la crisis. El Imperio

recuperó las antiguas fronteras y se aprestó en el siglo IV a emprender

una regeneración que, como ya hemos advertido, se reveló cargada de

limitaciones.

En efecto, en 378, los visigodos, mantenidos a raya en la línea del

Bajo Danubio, se vieron forzados a cruzarlo, presionados desde el este

por los hunos. El emperador Valente, que trató de impedir su paso,

sufrió una terrible derrota en Adrianópolis. La instalación masiva de

los germanos en el Imperio se convirtió desde entonces en un proceso

irreversible.

Las migraciones del siglo y y el fin del Imperio en Occidente

Último reunificador del Imperio y heredero

de una situación militar crítica, Teodosio trató de sacar partido aun en

medio de la desgracia. Según su particular punto de vista, la

regeneración del cuerpo social romano habría de venir de la mano de la

imposición del cristianismo niceano como cemento de unidad moral, y de

la asociación al Imperio de la sangre joven de los visigodos. En este

segundo punto no hacia otra cosa que seguir, a gran escala, la política

de barbarización progresiva emprendida por anteriores emperadores.

Así lo entendieron también los herederos de Teodosio —Honorio en Roma y

Arcadio en Constantinopla— al promulgar conjuntamente una Ley de

hospitalidad. En ella se reglamentaba la forma en que las familias

germanas asentadas en el Imperio habían de disfrutar de parte de los

bienes de las familias romanas que las hubieran acogido. Además, hasta

la emblemática fecha del 476 —e inclusive más tarde—, la defensa del

Imperio fue quedando en manos de generales de ascendencia bárbara: el

vándalo Estilicón y el panonio Aecio en Occidente; el godo Gamas y el

alano Aspar en Oriente.

Así, los gobernantes de ambas partes del Imperio utilizaron a unos

bárbaros para defenderse contra los otros bárbaros que, pacífica o

violentamente, iban cruzando el limes. Uno de los juegos favoritos de

los políticos de Roma y de Constantinopla fue también el de enfrentar a

los recién llegados entre sí. Constantinopla, además, tuvo la habilidad

de desviar hacia Occidente a las sucesivas oleadas de invasiones. De

esta forma logró sobrevivir en la misma forma en que Roma sucumbió.

En la caída del Imperio de Occidente, tienen singular importancia

algunos hechos ligados a los movimientos migratorios.

En primer lugar el cruce, en la navidad del 406, del limes renano por

masas de suevos

, vándalos y alanos. San Jerónimo presentó este acontecimiento con

tintes dramáticos —«Assur ha entrado con ellos»—. De hecho, suponía una

catástrofe para el Imperio, ya que sus autoridades se mostraron

incapaces de contener la oleada. El asentamiento definitivo de los

invasores en Hispania, salvo en la Tarraconense, era todo un símbolo de

la impotencia de Roma.

En 410 tuvo lugar un acontecimiento no menos impactante. Los visigodos,

al mando de su rey Alarico, tras un largo deambular por los Balcanes y

el valle del Po, y con el pretexto de la ruptura de los pactos suscritos

años atrás, cayeron sobre Roma. La ciudad fue saqueada sistemáticamente.

Sin embargo, los sucesores de Alarico (primero Ataúlfo y más tarde

Walia) no deseaban tanto la destrucción del Estado romano como la

adquisición de tierras donde establecerse. De ahí que, en 418, las

autoridades imperiales suscribiesen un pacto (foedus) con tan impulsivos

huéspedes. Los visigodos quedaron acantonados en el sur de la Galia, con

posibilidad de instalarse en Hispania.

La jugada de la diplomacia imperial se podía considerar maestra. Pronto,

sin embargo, manifestó su debilidad. Bajo la presión visigoda, los

vándalos optaron por pasar al norte de África. En tan sólo unos meses,

este territorio, tradicionalmente granero de Roma, fue ocupado por los

recién llegados. Esa pérdida iba a tener para Italia unas consecuencias

incalculables. Mayores, por supuesto, que las que Roma padeció por esos

mismos años, al abandonar Britania a otros bárbaros: anglos, jutos y

sajones.

Instalados además los burgundios en el valle del Ródano, y grupos de

francos en el norte de la Galia, la autoridad de unos fantasmales

emperadores de Occidente apenas si se extendía sobre Italia.

En 45 1-452, germanos y romanos hubieron de superar conjuntamente una

dura prueba. Los hunos y sus aliados, hasta entonces acantonados en

Oriente, tomaron el camino del oeste. No conocemos exactamente las

razones por las cuales su caudillo Atila tomó esta decisión. En

cualquier caso, Constantinopla se sacudía un peligro transfiriéndolo a

Occidente. Aecio, gobernante de hecho del Imperio en Roma, logró poner

en pie una coalición integrada, esencialmente, por burgundios, francos,

visigodos y un nominal ejército romano. El peligro huno pudo ser

conjurado en una gran batalla cerca de Troycs. Los visigodos fueron los

héroes de la jornada. Aecio no quiso darles demasiados vuelos y, para

equilibrar la situación, permitió a Atila retirarse en orden. Imprudente

medida, ya que, al año siguiente, el caudillo huno cayó sobre una Italia

indefensa en la que sólo un anciano, el papa León 1, logró pactar la

retirada de los invasores. En 453, con la muerte de Atila, se produjo la

disolución de su imperio y el alejamiento, por largo tiempo, del peligro

de las estepas.

Durante veintitrés años el Imperio romano seguirá languideciendo en

Occidente. La capital habrá de sufrir aún dos nuevos saqueos a manos de

la marina vándala. A estas alturas, la vieja urbe había dejado de ser la

residencia de los emperadores para transferir estas funciones a otras

localidades como Ravenna o Milán. De hecho, todo el Occidente se había

dividido en un conjunto de reinos germánicos que sólo nominalmente

reconocían la autoridad imperial. Desde el 475 el rey visigodo Eurico,

al gobernar sobre buena parte de la Galia y de Hispania, era el mayor

poder político del Occidente. De ahí que no fuese excesivamente

traumática la decisión tomada por el caudillo herulo Odoacro, jefe del

nominal ejército «romano» acantonado en Italia, el 476. Al destronar al

emperador Rómulo Augústulo y remitir las insignias imperiales a

Constantinopla sólo estaba poniendo término a una ficción. Y

reconociendo, además, que el único emperador digno de ese nombre residía

en Oriente, a orillas del Bósforo.


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