Microcontroladores

Vida cotidiana. Informática. Microchip. Inventos. Nuevas Tecnologías

  • Enviado por: Carlos Alberich Mesa
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 5 páginas
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La influencia de los MICROCONTROLADORES en la vida diaria

El microcontrolador es uno de los logros más sobresalientes del siglo XX. Hace un cuarto de siglo tal afirmación habría parecido absurda. Pero cada año, el microcontrolador se acerca más al centro de nuestras vidas, forjándose un sitio en el núcleo de una máquina tras otra. Su presencia ha comenzado a cambiar la forma en que percibimos el mundo e incluso a nosotros mismos. Cada vez se hace más difícil pasar por alto el microcontrolador como otro simple producto en una larga línea de innovaciones tecnológicas.

Ninguna otra invención en la historia se ha diseminado tan aprisa por todo el mundo o ha tocado tan profundamente tantos aspectos de la existencia humana. Hoy existen casi 15,000 millones de microchips de alguna clase en uso . De cara a esa realidad, ¿quién puede dudar que el microcontrolador no sólo está transformando los productos que usamos, sino también nuestra forma de vivir y, por último, la forma en que percibimos la realidad?

No obstante que reconocemos la penetración del microcontrolador en nuestras vidas, ya estamos creciendo indiferentes a la presencia de esos miles de máquinas diminutas que nos encontramos sin saberlo todos los días. Así que, antes de que se integre de manera demasiado imperceptible en nuestra diaria existencia, es el momento de celebrar al microcontrolador y la revolución que ha originado, para apreciar el milagro que es en realidad cada uno de esos chips de silicio diminutos y meditar acerca de su significado para nuestras vidas y las de nuestros descendientes.

Primero, la revolución. Si desecháramos el microchip de todas y cada una de las aplicaciones en las que ahora encuentra un hogar, terminaríamos aturdidos y aterrorizados por la pérdida. La cocina moderna quedaría casi inservible porque el horno de microondas, la máquina lavavajillas y la mayoría de otros aparatos domésticos no funcionarían más. El televisor y la videocasete se reducirían a la negrura, el equipo estereofónico se volvería mudo y la mayoría de los relojes se detendrían. El automóvil no arrancaría. Los aviones no podrían despegar del suelo. El sistema telefónico quedaría muerto, al igual que la mayoría de las luces de las calles, termostatos y, desde luego, unos 500 millones de computadoras. Y éstas son tan sólo las aplicaciones más evidentes. Todas las fábricas del mundo industrial pararían y también la red eléctrica, las bolsas de valores y el sistema bancario global. Pero vayamos más a fondo: los marcapasos se detendrían también, al igual que el equipo quirúrgico y los sistemas de supervisión fetal.

Todo debido a la pérdida de un diminuto cuadradito de silicio del tamaño de la uña de un dedo, que pesa menos que una estampilla postal, y construido tan sólo de cristal, fuego, agua y metal.

Desde luego, éste es el milagro. Decenas de miles de microcontroladores se integran todos los días en las plantas de manufactura más avanzadas jamás conocidas, donde un simple gránulo de polvo puede significar el desastre, donde los procesadores ocurren en ambientes más limpios que ningún otro sitio en la tierra. Incluso el agua que utiliza para enjuagar las superficies de los chips terminados es más pura que la que se utiliza en la cirugía a corazón abierto.

Y no obstante, pese a un proceso de manufactura extraordinariamente refinado, los microchips se producen en volumen a razón de más de 1,000 millones de unidades por año. Para poner esta complejidad en perspectiva, imagínese que dentro de cada microcontrolador diminuto existe una estructura tan compleja como una ciudad de tamaño mediano, incluidas todas sus líneas de energía eléctrica, líneas telefónicas, líneas de drenaje, edificios, calles y casas. Ahora imagine que en esa misma ciudad, millones de personas se desplazan a la velocidad de la luz y con la sincronización perfecta en una danza de coreografía muy complicada.

Y eso es tan sólo un chip. De todas las estadísticas asombrosas que se utilizan para describir el mundo del microcontrolador, ninguna es más extraordinaria que ésta: el número total de transistores que integran todos los microchips que se producirán en el mundo este año es equivalente al número de gotas de lluvia que caerán en California durante ese mismo periodo.

Pero el microcontrolador ya ha eclipsado hasta a la Revolución Industrial. Evolucionando a mayor velocidad que ningún otro invento en la historia, la capacidad del microprocesador ha aumentado 10,000 veces en los últimos 25 años. Lo que es notable, y quizá un poco atemorizante, es que por todos los indicios, estamos tan sólo a la mitad de la historia del microcontrolador. No es muy aventurado sugerir que la humanidad tardará otro siglo en comprender todas las implicaciones de esta revolución. Por lo tanto, todos los milagros de que somos testigos hoy como resultado del microcontrolador pueden ser si acaso una pequeñísima fracción de todas las maravillas que obtendremos de este dispositivo hacia el nuevo milenio.

El más grande atributo del microcontrolador es que puede integrar inteligencia casi a cualquier artefacto. Se le puede entrenar para adaptarse a su entorno, responder a condiciones cambiantes y volverse más eficiente y que responda a las necesidades únicas de sus usuarios. Desmonte cualquier rincón de la vida moderna, retire la capa exterior de cajas y material de construcción y luces parpadeantes, y como semillas en una maceta, aparecerán microcontroladores por millones.

Ahora pienso en mi abuela quien, a la edad de 75 años, se sentaba con mi abuelo en el sofá de tela de angora en la sala de su casa, y viendo en el televisor el momento en que el primer hombre ponía un pie en la luna. Antes de su muerte, mi abuela había volado en un avión de propulsión a chorro, había hecho numerosas llamadas telefónicas transcontinentales, poseído un televisor de colores y trabajado con computadoras casi todos los días. Ella ejemplificaba a la perfección la generación nacida al final del siglo 19, que vio más cambios en toda su vida que cualquier otra generación anterior en la historia de la humanidad.

Por último, ¿qué depara a la humanidad ese pronóstico en un siglo? ¿Pensarán nuestros descendientes como nosotros lo hacemos? ¿Concebirán el tiempo y el espacio y el mundo que les rodea de una manera tan absolutamente diferente que ni siquiera podrán imaginar nuestras vidas? Lo único de lo que podemos estar seguros es que el mundo de nuestros hijos será tan diferente de hoy como el nuestro lo es del de nuestros antepasados.

RESUMEN

El microcontrolador es uno de los logros más sobresalientes del siglo XX. Hoy existen casi 15,000 millones de microchips de alguna clase en uso. Para la mitad del siglo próximo, es posible que el microcontrolador típico tenga mayor poder de cómputo que las supercomputadoras más veloces de hoy.

Nuestros antepasados no podían ni imaginarse el cambio que se iba a producir en sus vidas este pequeño chip de silicio.

Actualmente los podemos encontrar en cualquier sitio: microondas, frigoríficos, coches, aviones, mandos a distancia, radios, televisores.......

Hoy se puede comprar tarjetas de felicitación que contienen procesadores con mayor poder de cómputo que las computadoras más grandes del mundo en 1971. Los microcontroladores son tan ubicuos y económicos que ahora los ponemos bajo la piel de nuestras mascotas, los cosemos a prendas de vestir y los agregamos a bombillas eléctricas, tenis para correr, ataduras de esquíes y joyería.

Muchos futuristas predicen que en siete generaciones contadas a partir de ahora, estos chips incorporarán reconocimiento del habla a procesadores de textos y sistemas de entrada de pedidos. Producirán gráficos en 3D del tamaño de muros para televisión, teleconferencias e incluso películas personalizadas. Dirigirán nuestros vehículos para optimizar la seguridad y crearán mundos virtuales por los que nos desplazaremos. Darán instrucción a nuestros hijos, supervisarán nuestra salud, reemplazarán partes perdidas del cuerpo y, a través de una retícula de miles de millones de sensores, nos conectarán con el mundo en formas que sólo podemos imaginar vagamente.

En definitiva, el microcontrolador puede ser considerado como uno de los inventos más importantes de este siglo, y quien sabe si también del próximo.