Microbios

Descubrimientos científicos. Inventores. Seres microscópicos. Fagocitos. Van Leeuwenhoek. Spallanzani. Pasteur. Metchnikoff. Ehrlich

  • Enviado por: Carolina
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 14 páginas

publicidad

ANTONIO VAN LEEUWENHOEK

EL PRIMER CAZADOR DE MICROBIOS

I

Leeuwenhock fue el primero en asomarse a un mundo nuevo, poblado de millares de especies de seres pequeñísimos, ningún poeta ni historiador alguno evoca la figura de leeuwenhock, porque su vida fue una lucha única, tenaz, contra las mayores dificultades. Cuando en Leeuwenhoek nació el deseo de hacer investigaciones, la investigación científica aún no había llegado a ser una “profesión”, era aquel un mundo en que la ciencia empezaba a ensayar sus primeros pasos, la ciencia que no es otra cosa sino el intento de aproximarse a la verdad mediante la observación cuidadosa y el pensar despejado, poco sabemos de la vida de Leeuwenhock entre los 20 y 40 años, pero es indudable que durante esa época paso por ser un hombre ignorante, no sabía hablar más que el holandés, dialecto despreciado por el mundo culto, por considerar lengua de tenderos, pescadores y cabadores de sanjas, su “ignorancia” fue una gran suerte para él porque aislado de toda la charlatanería docta de su tiempo, no tuvo otro guía que sus propios ojos, sus propias reflexiones y su propio criterio. ¡Que divertido debía ser mirar a través de una lente y ver cosas de tamaño mayor a simple vista! Pero, ¿comprar lentes? ¡No seria Leeuwenhock quien tal hiciera! ¡jamás se dio hombre más desconfiado! ¿Comprar lentes? ¡no; él se las fabricaría!. Hoy día los investigadores compran con unos cuántos pesos un microscopio nuevo y reluciente, da vueltas a un tornillo micrométrico y hacen observaciones, muchos de ellos sin saber ni preocuparse como esta construido el aparatos, pero en cuanto a Leeuwenhock olvidando a su familia, sin preocuparse de sus amigos, trabajaba a altas horas de la noche, inclinado sobre sus lentes acrisoles, y él mismo decía de sus convecinos: “hay que perdonarles vista su ignorancia”, vivía satisfecho, no tenía otro deseo que examinar con sus lentes cuanto caía en sus manos, paso horas enteras mirando la lana de oveja y los pelos de castor y liebre que de finos filamentos se trasformaban por virtud de su pedacito de cristal, en troncos gruesos, diseco cuidadosamente la cabeza de una mosca, ensarto la masa encefálica en la finísima aguja de su microscopio, miro y quedo asombrado, era Leeuwenhock como un cachorro que olfatea todo lo que tiene a su alrededor sin asco, sin tino ni respeto.

Nunca se habrá conocido hombre más difícil de convencer que Leeuwenhock, jamás escribió palabras acerca de lo que observaba, jamás hizo un dibujo hasta que después de mirar cientos de veces la misma cosa en idénticas condiciones, estaba seguro de que no había variación alguna, aun así no quedaba del todo satisfecho y solía decir: “la gente que por primera vez mira por un cristal de aumento dice: ahora ve una cosa luego ve otra; es que el observador más experto puede equivocarse, pero las he hecho con satisfacción sin hacer caso de quienes le preguntaban, más yo no escribo para esas gentes, escribo solamente para los filósofos. En ese aislamiento trabajo durante 20 años, en la segunda mitad del siglo XVIII hubo un gran movimiento entre las gentes doctas, los hombres extraordinarios miraban con recelos todo lo que tenía visos de ciencia nueva, en Inglaterra unos cuántos revolucionaros fundaron una sociedad llamada The invisible college” aunque Leeuwenhock por aquellos años ya era un arisco y desconfiaba de todo mundo, al fin permitió a Graaf que mirase por aquellos ojos mágicos suyos y aquellas diminutas lentes sin igual en Europa, casi avergonzado de su propia fama Graaf se apresuro a escribir a sus colegas de la real sociedad sus descubrimientos. “hagan ustedes que Antonio van Leeuwenhock les escriba comunicándoles sus descubrimientos” Leeuwenhock contesto una carta muy larga escrita en holandés vulgar, y en la que divagaba acerca de cuanto existe bajo las estrellas, el encabezamiento de la carta decía así: “exposición de algunas observaciones hechas con un microscopio ideado por Mr. Leeuwenhock, referentes a las suciedades que se encuentran en la piel, en la carne, al aguijón de una abeja, etc” la real sociedad quedo asombrada; mirando hacia atrás nos parecen sencillísimos muchos de los descubrimientos fundamentales de la ciencia. ¿Cómo es que por espacio de miles de años anduvieron a tientas los hombres, sin ver las cosas que tenían delante de sus narices? así sucedió con los microbios, ¿por qué fue tan difícil entonces descubrir los microbios? Cuando nació Leeuwenhock no existían microscopios sino simples lupas o cristales de aumento, a través de los cuales podía haber estado mirando el holandés hasta hacerse viejo, sin lograr descubrir un ser más pequeño que el acaro de queso, más ésta su extravagancia aparente se reveló más tarde como preparación para aquel día imprevisto en que observó a través de su lente de juguete montada en oro, una pequeña gota de límpida agua de lluvia, ¿y a quien sino a un hombre tan extraordinario se le habría ocurrido dirigir su lente hacia un objeto tan poco interesante: una de los millones de gotas de agua que caen del cielo? Su hija María (de 19 años y que cuidaba cariñosamente a su padre, un tanto tocado)

- Mira a través de su lente y murmura entre dientes unas palabras... y de pronto se oye la excitada voz de Leeuwenhock: ¡ven aquí! ¡date prisa! ¡en el agua de lluvia unos bichitos!... ¡nadan! ¡dan vueltas! ¡son mil veces más pequeños que cualquiera de los bichos que podemos ver a simple vista!...¡mira lo que he descubierto!. Había llegado el gran día para Leeuwenhock.

Este es el mundo fantástico, fabuloso al que Leeuwenhock, entre todos los hombres de todos los países fue el primero en asomarse. Grande fue ese día para Leeuwenhock.

Leeuwenhock era un hombre muy desconfiado. Aquellos animalitos eran enormemente pequeños y demasiado extraños para tener existencia real, y por esta razón volvió a observarlos, de nuevo vio a aquellos seres, no solo una sola especie, sino otra más grande que la primera, “moviéndose con gran agilidad, porque tenía varios pies increíblemente sutiles”. Descubrió una tercera especie y una cuarta, tan pecunia que no acertó a discernir su forma. Pero está viva. ¡Se mueve, recorre grandes distancias en este mundo de una gota de agua! ¡Qué seres más listos!, así los describió Leeuwenhock.

Le pareció absurdo el que aquellos animalillos cayeran con la lluvia del cielo. ¡Seguramente que Dios no podía hacer surgir de la nada a los animalillos que había encontrado en el tiesto! Pero, ¿cómo resolver este problema?. Él experimento, estaba lloviendo y lavo cuidadosamente un vaso, lo enjugó y lo puso debajo del tubo de bajada del canalón del tejado y corrió a examinarla al microscopio... ¡Sí! Allí estaban, nadando, unos cuantos bichejos..., pero en realidad esto no probaba nada, podía ser que vivieran en el canalón y hubieran sido arrastrados por el agua... Entonces tomo un gran plato, lo lavo con todo esmero y saliendo al jardín lo colocó encima de una gran cajón, para evitar que las gotas de lluvia salpicaran barro dentro del plato, después recogió unas gotas en uno de sus delgados tubitos y regresó a su laboratorio “Lo he demostrado. Esta agua no tiene ni un solo bicho. ¡No vienen del cielo!”, tratando de ver más de cerca, intentando encontrar la razón de las cosas. ¿Por qué tiene sabor picante la pimienta? Tal fue la pregunta que se formuló un buen día, y ésta fue su conjetura: “En las partículas de pimienta debe haber pinchitos, que son los que pican en la lengua al comerla ¿Pero existirán tales pinchitos?

En vista de ello, la Real Sociedad encargo a Tober Hooke y Nehemiah Grew que construyeron los mejores microscopios de que fueran capaces, y que preparasen agua de pimienta con la mejor calidad de pimienta negra. El 15 de noviembre de 1977 llegó Hooke a la reunión con su microscopio y presa de gran excitación, porque Antonio Van Leeuwenhock no había mentido. ¡Allí estaban los bichejos fabulosos, un mundo encantado! Los miembros se levantaron de sus asientos y se apiñonaron en torno al microscopio; miraortn y exclamaron: ¡Ese hombre debe ser un observador mágico!... ¡Día grande para Leeuwenhock! Más la contestación de Leeuwenhock fue: “Os serviré fielmente durante el resto de mi vida.” Y cumplió su palabra, porque hasta la muerte, ocurrida a los 91 años, siguió enviándoles aquellas cartas, mezclas de charla familiar y de ciencia. ¡Pero enviar un microscopio! Lo sentía mucho, pero le era imposible mientras viviera.

Malyneus ofreció a Leeuwenhock un precio generoso por uno de sus microscopios. Seguramente podría desprenderse de uno, ya que tenía cientos de ellos, ¡Pues no!. Pasaron los años, se volvió más brusco y desconfiado, se pasaba más y más mirando por sus centenares de microscopios e hizo sinnúmero de descubrimientos sorprendentes. En la cola de un pececillo observó, él primero entre todos los hombres, los vasos capilares por los que pasa la sangre de las arterias a las venas, confirmando así la teoría de la circulación de la sangre del ingles Harvey.

Estoy convencido de que entre un millar de personas no hay una que sea capaz de continuar mis estudios, porque para ello se necesita disponer de tiempo ilimitado, gastar mucho dinero y, además, estar siempre atentísimo, si se ha de lograr algo”

Así fue el primer cazador de microbios. En 1723, a la edad de noventa años, en su lecho de muerte, hizo llamar a su amigo Hoogvliet. No pudo alzar la mano; sus ojos, antes llenos de animación, estaban apagados, y la muerte empezaba a bajarle los párpados; murmuro: Hoogvliet, amigo mío, te ruego que hagas traducir al latín estas dos cartas que hay encima de la mesa... Envíalas a Londres a la Real Sociedad... Hoogvliet cumplía su promesa que había de hacer cincuenta años antes, y al escribir las cartas decía: “Envío a ustedes, documentos señores, este último presente de mi moribundo amigo, esperando que sus postreras palabras les seràn gratas.”

Ya oiréis hablar de Spallanzam, que era mucho màs brillante; de Pasteur, que superó en imaginación a Leeuwenhock; de Roberto Kock, pero ninguno de ellos ha sido tan sincero, tan desconcertantemente preciso como el conserje holandés.

LÁZARO SPALLANZANI

LOS MICROBIOS NACEN DE MICROBIOS

II

A semejanza de Leeuwenhock, el joven italiano tuvo que sostener grandes luchas con su familia para llegar a ser un cazador de microbios. El joven Spallanzazani estaba tan decidido a arrancar sus secretos a la naturaleza como lo estuvo Leeuwenhock, si bien eligió un camino totalmente diferente para llegar a ser hombre de ciencia. La emoción y la dignidad de profundizar en el estudio de la Naturaleza empezaron a abrirse en los laboratorios retirados de los filósofos.

Spallanzazani se lanzó con ardor a la tarea de recoger los conocimientos más diversos, a poner a prueba toda clase de teorías, a descartar todas las autoridades por famosas que fuesen y frecuentó el trato de todo género de personas, desde obesos obispos, funcionarios y profesores, hasta actores extranjeros y juglares, era como el polo opuesto de Leeuwenhock., una vez ordenado sacerdote y considerado como un creyente fanático, se entrego con ardor a poner en duda todo lo existente, sin aceptar nada como cierto, excepto la existencia de Dios., antes de cumplir los treinta años fue nombrado profesor en la Universidad de Regio, allí fue donde dio comienzo a sus estudios sobre los animalillos, aquellos seres nuevos y pequeñísimos descubiertos por Leeuwenhock, esos animalillos eran objeto de una controversia extraña, giraban en torno de esta cuestión: ¿Nacen espontáneamente los seres vivos, o deben tener padres forzosamente?, Spallanzazani negaba la posibilidad de la generación espontánea de la vida; ante la realidad de los hechos estimaba absurdo que los animales, aun los diminutos bichejos de Leeuwenhock, pudieran provenir de un modo caprichoso, de cualquier cosa vieja o de cualquier inmundicia. ¡Una ley y un orden debían presidir su nacimiento; no podían surgir al azar!, ¡Con cuánta facilidad dilucida la cuestión! Toma dos tarros y pone un poco de carne en cada uno de ellos, deja descubierto uno y tapa el otro con una gasa, las moscas acuden a la carne que hay en el tarro destapado, y poco después aparecen en èl las larvas y màs tarde moscas, examina el tarro tapado con la gasa y no encuentra ni una sola larva, ni una sola mosca., a la mañana siguiente le hizo pensar en la misma cuestión, pero no ya en relación con las moscas, sino con los animales microscópicos, pero reflexionaba: “Si es que me propongo probar algo no seré un verdadero hombre de ciencia si no aprendo a seguir los hechos adonde quieran llevarme; tengo que zafarme de mis prejuicios.

Spallanzazani enseño a sus discípulos que la vida solo procede de la vida, que todos los seres vivos, aún esos mismos bichitos despreciables, tienen forzosamente progenitores, después de esto, abandono temporalmente sus arduas investigaciones acerca de los amores, las luchas y la muerte de los animalillos y se entrego a profundos estudios sobre la digestión de los alimentos en el estomago humano

Pronto volvió, sin embargo, a la misteriosa cuestión de los orígenes de la vida aceptándolo con fe ciega como uno de los milagros del creador, en su insaciable sed de conocimientos, que le hacía no detenerse ante obstáculo alguno, iba guiado por una pasión que le arrastraba a realizar no sólo cruentos experimentos con los animales, sino que también se sometía a sí mismo a pruebas crueles y fantásticas. El italiano, por su parte, se dedicó a escribir y siendo en el laboratorio un virtuoso, con la pluma en la mano se transformaba en un demonio, Spallanzazani tenía ya la certeza de que todos los animales, aun los más pequeños proceden de otros que, a su vez, han tenido existencia anteriormente; también tenía la convicción de que un diminuto microbio seguía perteneciendo siempre a la misma especie de sus progenitores del mismo modo que una cebra no se transforma en una jirafa o procrea bueyes almizcleros, sino que siempre es una cebra y engendra cebras pequeñas, en resumidas cuentas - decía Spallanzazani -. Needhan estaba equivocado y yo he demostrado que en la ciencia de los animales lo mismo que en las orbitas de las estrellas, rige una ley y un orden.

En las postimetrìas del siglo XVIII, cuando Napoleón comenzaba a destruir un mundo viejo, y en los momentos en que Beethoven llamaba a las puertas del siglo XIX con la primera de sus titánicas sinfonías, que sonaban como gritos de guerra del espíritu nuevo, uno de cuyos principales creadores fue Spallanzazani, en aquel año de 1799, el gran cazador de microbios sufrió un ataque de apoplejía. Tres días más tarde, asomando la cabeza, enérgica e indomable entre los colchones de pluma recitaba versos de Tasso y de Homero para entretenimiento y deleite de los amigos que habían venido a verle morir, y aunque se resistía a confesarlo, aquello fue un Canto del Cisne, según dice uno de sus biógrafos. Murió pocos días después.

¿Qué es lo que nos queda del maravilloso Spallanzazani? Un modesto busto de Pavía y su vejiga, que puede contemplarse en el museo de esa ciudad el que tenga interés en ello. ¡Qué mejor epitafio para Spallanzazani! ¡Que reliquia más sugestiva de todo su apasionamiento por descubrir la verdad; él no se detuvo ante nada, desprecio las convivencias sociales, siéndole indiferente el ser tomado por hombre ridículo, indecente o de mal gusto.

Spallanzazani sabía que padecía de una enfermedad de la vejiga. “Bien, sacádmela después de muerto” - “Tal vez descubra un nuevo hecho asombroso relativo a las vejigas enfermas.”

CAPITULO III

LUIS PASTEUR

¡LOS MICROBIOS SON UN PELIGRO!

III

En 1831, treinta y dos años después de la muerte de Spallanzazani, la caza de microbios se hallaba estacionada se ideaban nuevos microscopios; pero nadie se había asomado a estos aparatos, nadie se preocupaba de demostrar al mundo que ciertos animalillos eran capaces de realizar una labor útil, como nunca la realizaría ninguna máquina de vapor; de que esos despreciables microbios pudieran matar misteriosa y silenciosamente millones de seres humanos: de que eran unos asesinos más temibles que la guillotina y los cañones.

Pasteur fue enviado por su padre a una Escuela Normal de París, donde se proponía hacer grandes cosas; pero la nostalgia por su país natal lo obligó a abandonar los estudios, y regreso a Arbois, renunciando por el momento a sus ambiciones. De aquí a poco empezó a realizar investigaciones por cuenta propia, con frascos conteniendo líquido malolientes, y tubos de ensayo llenos de substancias de vistosos colores, el joven Pasteur se aprestaba a hacer su primer descubrimiento en el dominio de la química. Cuando lo hizo tenía veintisiete años; después de mucho examinar montones de diminutos cristales, descubrió que había cuatro clases de ácidos tartáricos y no solamente dos, y que en la Naturaleza hay variedad de compuestos extraños exactamente iguales, que unos son como las imágenes de otros. Fue nombrado profesor de la Universidad de Estrasburgo, y en los momentos que sus investigaciones le dejaban libre, decidió casarse con la hija del decano de la Facultad: sin saber si era correspondido, le escribió una carta, seguro de despertar su amor., Ella aceptó y llego a ser una de las esposas más celebres y más sufridas y, en cierto modo, también una de las felices. Pasteur siguió trabajando con los cristales, se metió en callejones sin salida, hizo experimentos disparatados e increíbles, de lo que se le ocurren sólo a un chiflado, pero con los que sólo un genio sabe obtener éxito. Trato de alterar la naturaleza de los seres vivos colocándolos entre potentes imanes; ideó curiosos aparatos de relojería para someter a las plantas a un movimiento pendular, esperando poder cambiar las misteriosas moléculas que las constituyen por otras que fuesen como las imágenes reflejas de las primeras; intento imitar a Dios, quiso alterar especies, Pasteur fue nombrado después profesor y decano de la Facultad de Ciencias de Lila, trabajaba sòlo, no tenìa ayudante, ni un muchacho que le lavase los cachorros. ¿Cómo encontraba tiempo para salir adelante con tal afinidad de cosas e ideas? Pues, en parte, ello era debido a su energía casi inagotable, y, en parte, a madame Pasteur, quien según palabras de Roux, “Lo amaba hasta el punto de comprender su labor” Aquellas noches en que, después de haber acostado a los hijos de aquel padre abstraído, no estaba sola esperándole, esta esposa ejemplar, sentada en una incomoda silla ante una mesita escribía largos trabajos científicos que su marido le dictaba. El experimento que había realizado con los bastoncitos productores del ácido láctico le había convencido, aunque nadie sepa el porqué, de otras especies de seres microscópicos eran capaces de ejecutar un millar de cosas gigantescas, útiles y tal vez peligrosas. “Los fermentos que me ha revelado el microscopio en las cubas de fermentación sanas son los que transforman el azúcar en alcohol, la cebada en cerveza y las uvas en vino, Aún no he podido demostrarlo, pero estoy seguro de ello”,

Liebig, el príncipe de los químicos, el gran sacerdote de la química, era contrario a las ideas de Pasteur. Así pues, dice Liebig que los fermentos no intervienen para nada en la transformación del azúcar en alcohol: pretende que es necesaria la presencia de la albúmina, y que precisamente al descomponerse esta arrastra consigo azúcar, transformándola en alcohol.

Se le había ocurrido un truco ingenioso, un experimento sencillo para derrotar a Liebig, lo que tengo que hacer es cultivar fermentos en un medio que carezca de albúmina, y si en estas condiciones los fermentos transforman el azúcar en alcohol ya puede Liebig despedirse de sus teorías. - Liebig se ha equivocado, la albúmina no es necesaria; son los fermentos los que, al multiplicarse, descomponen el azúcar - decía, al ver deslizarse por el cuello de la retorta las gotas de alcohol., empleo las semanas siguientes en repetir el mismo experimento una y otra vez, para estar seguro de que los fermentos seguían viviendo, para tener la absoluta certeza de que seguían fabricando alcohol, la comprobación de su descubrimiento fue una labor pesada, monótona, sin el incentivo de la vigilia expectante que origina un resultado que se aguarda apasionadamente y que se teme no obtener. Uno de los aspectos de Pasteur, que no deja de ser extraño, es que jamás pareció dar importancia al no llegara la solución completa de tal o cual problema. Una mañana en uno de los matraces cuyo contenido se había estropeado, notó la presencia de otra especie de diminutos animalillos que nadaban alrededor de unos pocos bastoncitos que se movían desalentados, de esos bastoncitos que debían estar presentes a millones. ¿Qué clase de bichos son éstos? Son mucho mayores que los bastoncitos y no se limitan a vibrar, sino que nadan realmente, como si fueran peces., los contemplo malhumorado, comprendía que tales animalillos no tenían nada que hacer allí, formaban procesiones, enganchados unos con otros, evidentemente, estos bichos de nueva especie eran otra clase de fermentos que transformaban el azúcar en ácido butírico. Noto algo nuevo: vio que en el centro de la gota se movían animadamente en todas las direcciones , pero que al correr suavemente la preparación, sin intención tal vez, hasta que el borde de la gota quedase bajo el objetivo, no se movían estaban quietos y tiesos como leños. Sucedió lo mismo en cuantas preparaciones observó: los mata el aire - exclamó, seguro de haber hecho un gran descubrimiento. ¿de donde proceden los microbios? - ¿Cómo es - le preguntaban sus adversarios - cómo es que todos los años, durante todos los siglos y en todos los rincones de la tierra aparecen sin que se sepa de donde vienen, los fermentos que transforman el mosto en vino? ¿De dónde proceden esos animalillos que agrian la leche en todos los cántaros y enrancian la manteca en todos los tarros, desde Groelandia hasta Tombuctú? Pasteur, lo mismo que Spallanzani, no podía admitir que los microbios procediesen de la materia inerte de la leche, o de la manteca. ¡Era seguro que los microbios debían tener progenitores!, después de esto, abandono Pasteur la filosofía y se puso a trabajar, creía que los fermentos, los bastoncitos y los animalillos procedían del aire, que se imaginaba lleno de seres invisibles. Otros cazadores de microbios habían comprobado, antes que èl, la existencia de los gérmenes en el aire pero Pasteur ideó aparatos complicados para demostrarlo una vez más. Atascó de algodón pólvora delgados tubos de vidrio, enlazó uno de los extremos con una bomba aspirante y sacó el otro por la ventana, aspirando después a través del tapón de algodón gran cantidad del aire del jardín, y se dedicó luego a contar con toda seriedad los animalillos retenidos en el algodón.

Pasteur triunfaba muchas veces en sus discusiones merced y sus experimentos decisivos que convencían a todo el mundo, pero algunas veces sus victorias fueron debidas a debilidad o tontería por parte de sus adversarios, y aun otras fueron cuestión de suerte. Pasteur fue presentado al emperador Napoleón III. Contó a este soñador que su mayor ambición era descubrir los microbios, que estaba convencido eran los causantes de las enfermedades, los espectadores se estremecían, convencidos de la sinceridad de Pasteur. El polvo y los microbios arrastrados por él obsesionaban, a la hora de cenar, aun en las mesas más elegantes, acercaba los platos y las cucharas a la nariz para examinarlos cuidadosamente y los limpiaba con la servilleta; veía microbios en todas partes.

Los ayudantes de Pasteur trabajaban intensamente, sin tiempo para comer ni para dormir, preparando matraces, microscopios y trozos de algodón esterilizado, y en plazo increíblemente corto recorrió todo cuánto precisaba y se apresuró a tomar el tren que había de conducirlo a su casa natal, entre las montañas del Jura. Abandonó los trabajos que tenía entre manos y se dedicó exclusivamente a poner en claro esta cuestión: ¿Es cierta mi teoría acerca de la fermentación?

Mientras tanto en un pueblecito del este de Alemania, un joven médico prusiano, obstinado y braquicéfalo, emprendía la ruta hacia aquellos mismos milagros que profetizaba Pasteur; en los momentos que su profesión le dejaba libres realizaban experimentos extraños con ratones, ideaba ingeniosos procedimientos para manejar los microbios, para poder estar seguro de que no tenía que habérselas más con una sola especie microbiana; aprendía a hacer una cosa nunca lograda por Pasteur, no obstante su gran habilidad experimental.

CAPITULO VII

ELIAS METCHNIKOFF

LOS DILIGENTES FAGOCITOS

I

La caza de microbios ha sido siempre un asunto algo estrambótico. Elías Metchnikoff fue un judío nacido en el sur de Rusia, en 1845, quien antes de haber cumplido los veinte años dijo entre sí: “Soy apasionado y tengo capacidad y talento natural. Mi ambición es llegar a ser un investigador notable”.

Metchnikoff envió trabajos a las revistas científicas, trabajos que escribía pocas horas después de haber examinado al microscopio. El dijo a su madre: Me interesa especialmente el estudio del protoplasma, pero en Rusia no hay ciencia. Se ocupó de estudiar la evolución de los gusanos y acusó al distinguido zoólogo alemán Leuckart de haberle robado sus ideas. Fue en 1883, época en que los descubrimientos de Pasteur y de Kock habían trastornado al mundo, cuando Metchnikoff se transformó repentinamente de naturalista en cazador de microbios. Un buen día empezó a estudiar la digestión de los alimentos en las esponjas y en las estrellas de mar, mucho tiempo antes había descubierto en el interior de estos animales unas células errantes que formaban parte de sus cuerpos, pero que eran independientes; esas células errantes del cuerpo de las larvas de las estrellas de mar, esas comen los alimentos, devoran las partículas de carmín, pero también deben comerse los microbios ¡Naturalmente!. Esas células errantes son la protección de la estrella de mar contra los microbios. Nuestras células errantes, los glóbulos blancos de nuestra sangre, deben ser las que nos protegen contra los microbios invasores, son seguramente, la causa de nuestra inmunidadcontra las enfermedades, son las que impiden que la raza humana sucumba los bacilos maléficos. Aquí esta la explicación de por què los animales resisten los ataques de los microbios, y ya tenemos a Metchnikoff convertido en cazador de microbios.

Fue directamente al laboratorio de su amigo el profesor Claus, zoólogo, y que tampoco sabia una palabra de microbios, razón por la cual quedo estupefacto - Tendré a gran honor publicar su teoría en mi revista - dijo Claus. , encantado contesto Metchnikoff -, pero necesito un nombre científico para esas células que comen microbios, un nombre griego. Claus y sus doctos colegas se rascaron la cabeza y consultaron diccionarios, diciendo finalmente: ¡Fagocitos! Fagocitos significa en griego “célula que come” Tal es el nombre que debe darles.

Metchnikoff entro como torbellino en el austero Instituto de Pasteure inauguró un espectáculo que duró veinte años, fue como si el propietario del “Museo Anatómico” se convirtiera en director espiritual de una secta de cuáqueros. Al llegar a Paris se encontró con que ya era famosa su teoría de inmunidad.

He demostrado que el suero de las ratas mata al bacilo de carbunco. Es la sangre de los animales, y no sus fagocitos lo que los hace inmunes a los microbios - gritaba Emilio Bchring y todos los enconados enemigos de Metchnikoff asentían a coro. Los trabajos científicos publicados para demostrar que la sangre era la única cosa importante llenaría tres bibliotecas universitarias.

Con docenas de brillantes experimentos de este género Metchnikoff obligó a sus adversarios a admitir que a veces los fagocitos se comen los microbios perjudiciales; pero el lamentable despilfarro de sus grandes dotes estaba en que siempre hacia experimentos en defensa de una idea preconcebida sin tratar de hallar las escondidas verdades de la Naturaleza. Metchnikoff empezó por fin, a hacer realmente feliz; sus adversarios se callaron, unos porque habían quedado convencidos, otros al percatarse de que todo era inútil, pues siempre podía experimentar incansablemente que ellos, podría chillar más y contender con más ruido y así, “las enfermedades solo son episodios - escribía- no es suficiente curar (él no había descubierto cura alguna) es necesario descubrir cual es el destino del hombre y por què ha de envejecer y morir cuando su deseo de vivir es más fuerte” entonces Metchnikoff abandono sus trabajos sobre los fagocitos y se dedico a fundar ciencias fantasticas para buscar la explicación del destino del hombre y evitarlo; a la ciencia de llegar a viejo le dio el sonoro nombre de “Gerontologìa” , y a la ciencia de la muerte el de “Tanatologìa” . Metchnikoff entre tanto, seguía soñando y discurriendo que otras cosas podrían contribuir al endurecimiento de las arterias, y de pronto invento otra causa, y decimos inventar pues nadie puede asegurar que la descubriera. La causa del endurecimiento de las arterias, lo que nos hace envejecer prematuramente, es con seguridad la autointoxicaciòn el envenenamiento producido en nuestro intestino grueso por los microbios de la putrefacción - exclamo e ideo pruebas químicas, horribles muchas de ellas para comprobar si el cuerpo humano era envenenado por la vía intestinal - viviríamos màs tiempo si no tuviéramos intestino grueso, hay datos de dos personas a quienes ha sido extirpado el intestino grueso y que continúan viviendo perfectamente sin èl. Ya tenemos la explicación murmuro y encargó a sus discípulos más jóvenes el estudio del microbio que agria la leche, con lo que al poco tiempo el celebre bacilo búlgaro ocupó un puesto prominente entre las filas de medicamentos específicos. Este bacilo explica Metchnikoff al producir ácido láctico elimina los bacilos venenosos del intestino y él mismo empezó a beber grandes cantidades de leche agria y más tarde durante años enteros, se atraco de cultivos de bacilo búlgaro, escribió voluminosos tratados acerca de esta nueva teoría suya Metchnikoff vivió austeramente durante casi veinte años siguiendo al pie de la letra su teoría, sin probar bebidas alcohólicas, sin fumar y sin permitirse otras extralimitaciones, haciéndose examinar frecuentemente por los especialistas más notables de aquel tiempo. Los panecillos para el desayuno le eran servidos envueltos en sacos de papel esterilizado para evitar la contaminación por los bacilos de la autointoxicaciòn, continuamente hacia analizar sus diversos humores y secreciones y durante aquellos años trago infinidad de litros de leche agria y engulló billones de beneficios bacilos búlgaros cuyos directores se enriquecieron para prepararlo y murió a los 71 años

CAPITULO XII

PABLO EHRLICH

LA BALA MÀGICA

I

Pablo Ehrlich , que cierra este libro con el final feliz imprescindible en todos los libros serios era en cambio un hombre jovial; se fumaba 25 cigarros al dìa; le agradaba beber en público un bock de cerveza en compañía de su mozo de laboratorio, y otros muchos bocks con sus colegas alemanes, ingleses y norteamericanos. Aunque hombre moderno tenía un algo de sabio de la edad media cuando decía. Tenemos que aprender a matar microbios con balas mágicas. ¡Consiguió fabricar una bala mágica!. Cómo alquimista que era, hizo todavía más extraño que esto por qué transformo una droga, veneno favorito de los asesinos en un producto para salvar la vida a los hombres: elaboró a base de arsénico, el medio parea liberarnos del microbio pálido, en forma de sacacorchos, cuyo ataque es la recompensa del pecado, cuya mordedura es la causa de la sífilis, enfermedad de hombre aborrecible.

Nació en marzo de 1854 en Silicia, Alemania, fue en el Colegio Nacional de Breslau donde el profesor de literatura le mando un día a hacer una composición sobre el tema: “La vida es sueño”. “La vida esta basada en oxidaciones normales”, escribió aquel despabilado jovenzuelo judío: “Los sueños son una función del cerebro y las funciones cerebrales son meras oxidaciones, los sueños son algo así como una fosforescencia del cerebro” . por aquel entonces Ehrlich tenía 34 años y de haber muerto el Egipto habría sido olvidado probablemente o se hubiera hablado de él como de un visionario fracasado, de un enamorado de los colorantes. Tenía la energía de un dinamo llegó a creer que se podía visitar enfermos y cazar microbios. Voy a teñir animales vivos- exclamo un día - la química de los animales es como la química de mis colorantes y teniéndolos en vivo me enteraré de su constitución. Tomo su colorante favorito que era el azul de metileno e inyecto una pequeña cantidad en la vena auricular de un conejo vio que el color se difundía por la sangre y el cuerpo del animal eligiendo de un modo misterioso y tiñendo de azul las terminaciones nerviosas pero ninguna otra parte ¡Que extraño era todo esto! Por un instante olvidando toda su especialidad tal vez el azul de metileno quita el dolor., fracaso en su intento de descubrir un buen anestésico; pero de este extraño comportamiento del azul de metileno, eligiendo un tejido entre los centenares de que están compuestos los seres vivos dedujo Pablo Ehrlich una idea fantástica, que ulteriormente le condujo a su bala mágica. Entonces dada suelta Ehrlich a una catarata de explicaciones atropellada, se ocupaba en aquellos días de indagar a que debía los conejos su inmunidad contra los venenos contenidos en las semillas del ricino y del jequiritì: ve usted: puedo medir exactamente y es siempre la misma, la cantidad de veneno necesaria para matar en 48 horas un ratón que pese 10 gms. Sabe usted: ahora ya puedo dibujar la curva del aumento de inmunidad de mis ratones con tanta exactitud como si se tratará de un experimento de física. Comprende usted: he descubierto el medio como este veneno mata a mis ratones; les coagula la sangre en las arterias y Pablo Ehrlich mostraba a su ilustre jefe, tubos llenos de coágulos de sangre de ratón color rojo ladrillo, demostrándole que la cantidad de veneno necesaria para coagular aquella sangre era precisamente la requerida para matar al ratón de donde procedía la sangre. Pablo Ehrlich vomitaba torrentes descifras y de experimentos sobre Roberto Koch. Hay que hacer notar si bien Ehrlich era una enciclopedia en cuestiones de química, sus manos no tenían la habilidad de la de un químico experto; odiaba los aparatos complicados, tanto como amaba las teorías complicadas; no sabía manejar aparatos era un químico chapucero y como era hombre de buen carácter y buen entendedor no tardo mucho en salir de la fábrica de colorantes, próxima a su laboratorio el derivado de la benzopurpurina con los grupos sulfo debidamente unidos , es decir, “ligeramente modificado”. Shiga inyecto tripanosomas del mal de caderas a dos ratones blancos; paso un día y paso otro; los párpados de los ratones empezaron a pegarse con el murciélago de su destino; se les erizo y el pelo con el miedo de su aniquilamiento; un día más y todo había terminado para aquellos dos ratoncillos, pero entonces les inyecta Siga un poco de aquel colorante modificado; Ehrlich vigila, se pasea masculla palabras, gesticula y se tira de los puños de la camisa a los pocos minutos las orejas de los ratones se ponen encarnadas y los ojos casi cerrados se vuelven más rozados que los de sus hermanos albinos ¡Aquel día es el día del destino para Pablo Ehrlich, es el día en que el Dios de la suerte esta de buenas porque, lo mismo que la nieve se derrite sobre el mes de abril los tripanosomas desaparecieron de aquel ratón!. Se evaporaron ante el disparo de la bala mágica, pereció hasta el ultimo de ellos, ¿y el ratón? Abre los ojos, mete el hocico entre las virutas del fondo de la jaula y olfatea el cuerpo de su desgraciado camarada muerto, que había recibido inyección del colorante.

Es el primer ratón que se salva del ataque de los tripanosomas lo ha salvado Pablo Ehrlich

Gracias a su persistencia, a la a la casualidad a Dios y a un colorante llamado rojo tripan. Tengo un colorante que ha curado a un ratón, encontré otro que salva millones de hombres, así soñaba aquel confiado judío alemán, pero por desgracia no lo consiguió inmediatamente, Siga con tenacidad desesperante, siguió inyectando rojo tripan a los ratones unos mejoraron, otros empeoraron; uno, que parecía perfectamente repuesto, correteaba por la jaula, y una buena mañana ¡a los sesenta días! Presentaba un aspecto raro. Siga le corto hábilmente la punta de la cola y llamo a Pablo Ehrlich para que viera la sangre, pletorica de los tripanosomas culebreantes de caderas. Los tripanosomas eran unos buchos terribles, astutos y resustentes como lo son todos los tripanosomas, que atacados a la vez por un judio y un japonés, armados de un colorante vistoso, se relamen de gusto o se retiraran discretamente a un lugar recóndito del ratón, en espera del momento oportuno para multiplicarse a placer. Así pues, Pablo Ehrlich pago con miles de desengaños su primer éxito parcial; el tripanosoma de la nagana, descubierto por David Bruce y el tripanosoma de la enfermedad del sueño mortal para los hombres. Se reían del rojo tripan, rehusando en absoluto dejarse influenciar por este producto.

Ehrlich manipuló con el Atoxil, exclamando “esplen-di-do” gruñendo “in-cre-i-ble”, dictando notas a la paciente señorita Marquardt, llamando a voces al indispensable Kadereit. En aquel laboratorio con la astucia química que los dioses confieren algunas veces a los i investigadores que no son químicos, encontró Pablo Ehrlich que era posible modificar el Atoxil, no un poco sino un mucho; que podía obtenerse de él un sinnúmero de compuestos de arsenio totalmente desconocido, sin perjudicar en los más mínimo a la combinación del arsénico con el benzol. ¡Puedo modificar el Atoxil!

A Marchas forzadas, porque ya había cumplido los cincuenta y le restaban pocos años de vida activa, tropezó Pablo Ehrlich, por casualidad con el famoso preparado, el 606; aunque conviene advertir que sin la ayuda de Bertheim no lo hubiera encontrado nunca. El 606 fue el resultado de la síntesis química más útil: peligroso de obtener, por el riesgo de los incendios y explosiones ocasionados por los vapores de éter que intervenía en todas la fases de la preparación y difícil de conservar, porque la menor traza de aire lo transformaba en veneno enérgico.

Tal era el célebre preparado 606, que disfrutaba del nombre: “p. P-Dihidroxi-diaminoarsenobenceno” y cuyos efectos mortíferos sobre los tripanosomas fueron tan grandes como largo era su nombre. Una sola inyección de 606 hacia desaparecer todos los tripanosomas de la sangre de un ratón atacado de mal de cadera. Y en efecto ¿Qué días hay más sensacionales en toda la historia de la bacteriología, exceptuando los tiempos de Pasteur? El 606 era inocuo, el 606 curaba el mal de caderas, precioso beneficio para los ratones y las ancas de los caballos, pero, ¿qué más? Pues que Pablo Ehrlich tuvo una feliz idea a consecuencia de haber leído una teoría equivocada.

El 31 de agosto de 1909 Pablo Ehrlichde 1909 Pablo Ehrlich y Hata contemplaban un hermoso conejo macho encerrado en una jaula y que disfrutaba de excelente salud, excepto que en la delicada piel de escroto tenía dos úlceras terribles, cuyo diámetro era de 2 a 3 centímetros; úlceras causadas por la roedura de las espiroquetas que son la recompensa del pecado, inyectadas por S. Hata un mes antes. Bajo la lente del microscopio construido especialmente para poder observar un ser sutil como el microscopio pálido, puso Hata una gota de líquido procedente de las úlceras malignas, y en la oscuridad del campo visual. La visión era hermosa, invitaba a la contemplación durante horas seguidas, pero era siniestra, porquè ¿qué otros seres vivientes son capaces de causar a los hombres una plaga peor y mayor desgracia? Hata se aparto y Ehrlich se aproximo al microscopio. Miró primero y Hata después al conejo. - póngale la inyección - dijo Ehrlich y en la vena auricular el concepto penetro la solución transparente y amarilla del 606 para luchar por primera vez contra la enfermedad del hombre repugnante, al dìa siguiente no quedaba ni uno solo de los diablos espirales en el escroto del conejo, ¡era una curación como la de los tiempos bíblicos! Poco después escribía Ehrlich: “Se deduce de estos experimentos que, si se administra una dosis suficientemente elevada, las espiroquetas son destruidas total e inmediatamente con solo una inyección. ¡Aquel día fue grande para Ehrlich! ¡Allí estaba la bala mágica! ¡y que eficaz era! Además no representaba peligro alguno no había más que ver a aquellos conejos curados.

No olvidemos sin embargo que los grandes cazadores de microbios han tenido siempre algo de jugadores de azar, pensemos en Pablo Ehrlich fue un aventurero valiente y en los miles de vida que han salvado. Recordémosle como un explorador que descubrió un nuevo mundo para los cazadores de microbios y les enseño a fabricar balas mágicas. Aunque es demasiado pronto todavía para relatar la historia completa de algunos investigadores poco conocidos, entre ellos antiguos esclavos de Pablo Ehrlich, sudando en las grandes fabricas de colorantes de Elberfeld, han descubierto ya una droga fantástica en extremo, su composición química es un secreto y se llama “Bayer 205” Es un polvo suave y misterioso que cura la enfermedad del sueño de Rodesia y de Nyassalandia, mortal hasta ahora, enfermedad que aquel hombre vigoroso, David Bruce, pretendió en vano combatir y que causa efectos extraños en las células y los humores del cuerpo humano.

8