Mi marido me pega lo normal; Miguel Lorente Acosta

Literatura de divulgación. Sociología. Esclavitud del maltrato. Violencia de género. Agresión a la mujer

  • Enviado por: Shariny
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 22 páginas
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  • ÍNDICE:

Pág

I. Introducción …………………………………………………….……….. 2

II. Resúmenes del libro:

II.a- El Primer Golpe …………………………………………………….... 4

II.b- Una Historia Interminable ………………………………………..… 5

II.c- Agresión a la Mujer ………………………………………………..... 6

II.d- “Mi Marido Me Pega lo Normal”. El Maltrato ………………….. 8

II.e- ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

El Contexto Sociocultural en la Agresión a la Mujer …...……. 10

II.f- “Un hombre normal y simpático”. El Agresor ………………….. 11

II.g- Maltrata, que Algo Queda. Las Consecuencias ……...…..… 13

II.h- La Esclavitud del Maltrato ……………………………………..…. 15

II.i- El Mito de la Mujer Agresora …………………………………..….. 16

II.j- La Violencia Funciona …………………………………………..…. 17

II.k- Medidas a Medida: En Busca de Soluciones ……………….… 18

II.l- ¿Y Ahora Qué? ¿Y Mañana Qué?

Hacia la Igualdad en Positivo …………………………………..... 20

III. Reflexiones sobre la lectura ………………………………...… 22

I. INTRODUCCIÓN:

El trabajo que a continuación desarrollo consta de dos partes fundamentales: una primera en la cual se realiza la lectura de un libro en concreto y se extraen las ideas principales del mismo (resumen) y la segunda consistente en la reflexión personal sobre las ideas expuestas en esta primera parte.

El libro escogido para la realización del trabajo es Mi Marido Me Pega lo Normal de Miguel Lorente Acosta. Elegí este libro principalmente por mi actual cercanía con el ámbito de violencia contra la mujer, como un medio para documentarme sobre el mismo. Fue una recomendación expresa de una Trabajadora Social, profesional con una amplia experiencia en este ámbito y ejerciendo en la actualidad dentro de una casa de emergencia para mujeres en situación de maltrato, la cual me comentó que el libro en cuestión es una de las obras que tratan el tema de un modo más realista y asequible, “de lo mejor escrito sobre el tema en castellano”.

Miguel Lorente Acosta, el autor, nació en Almería en 1962, es doctor en Medicina y Cirugía y, desde 1988, médico forense y profesor asociado de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Por su experiencia y amplia formación ha sido pionero en el estudio de la agresión a la mujer desde un punto de vista científico, considerándola como síndrome y no como serie de casos aislados.

El prólogo de la obra ha sido escrito por Victoria Camps, Doctora en Filosofía en la Universidad de Barcelona (1975), profesora de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona (1972) y Catedrática de Ética en la Universidad Autónoma de Barcelona (1986). En el mismo realiza una reflexión del sobrecogedor título del libro, también sobre la situación de la mujer en nuestra sociedad y sobre algún aspecto del maltrato a la misma. Afirma:

“El maltrato corporal es la afrenta más vejatoria que puede

ocurrirle a una persona. Consecuencias del maltrato son la

destrucción de la confianza en uno mismo, la imposibilidad

del autorrespeto y la pérdida de autoestima.”

El propio autor realiza una nota preliminar a la lectura, en la cual comienza exponiendo que, cuando lo anormal se convierte en normal, nos encontramos que se trata de una anormalidad general aceptada por la sociedad o, en otro caso, una intencionalidad en dicha sociedad por ocultar, disfrazar y presentar como normal algo que no lo es con el fin de establecer un determinado orden. Este segundo caso sería la forma en que se trata desde la sociedad la agresión a la mujer.

El objetivo principal del libro es dar a conocer la realidad del maltrato a la mujer, quitándole toda esa serie de capas y disfraces que en forma de mitos, creencias, explicaciones y justificaciones han intentado ocultar el verdadero núcleo del problema de las formas más diversas.

II. RESUMEN DEL LIBRO:

II.a- EL PRIMER GOLPE:

Tras el primer golpe, esas dudas y temores que todos tenemos sobre el futuro se trasladan al presente, a una existencia anclada al pasado.

Los valores inculcados sobre la superioridad del hombre justifican el hecho y las agresiones pasan a ser justas y proporcionadas, provocadas por los deslices de la mujer. La culpa es de ella.

Se crea un clima de microviolencia en la pareja que actúa sobre la mujer para disminuir su resistencia y para conseguir su aceptación, lo que conlleva un progresivo aumento de la intensidad. Esto deriva en una violencia objetiva o macroviolencia si nos atenemos a su gravedad y consecuencias. “Pero no ocurre nada, porque nada se ve”.

Se trata de una relación de pareja basada en el desequilibrio de fuerzas en la que la mujer pasa a ser considerada como territorio conquistado al que nunca se renunciará. El agresor cree que ha actuado de forma legítima, le está permitido para mantener el orden familiar (y social).

¿Por qué la mujer no deja a su pareja y agresor? La relación entre ambos se establece sobre los sentimientos, sobre elementos comunes, sobre proyectos mutuos. La primera agresión suele ser generalmente leve y prácticamente nadie rompería una relación así por este hecho. Entonces justificas y perdonas, en cierto modo, para salvarnos un poco a nosotros mismos.

A este proceso se le conoce con el nombre de “disonancia cognitiva” (Leon Festinger): Las personas amañamos la realidad a nuestro alrededor con el fin de evitar sentimientos incongruentes, inadmisibles, desagradables o disonantes. La mujer explica la violencia “normalizándola” y “racionalizándola”, al tiempo que la sociedad reacciona apartando de la vida pública unos hechos inadmisibles desde cualquier punto de vista.

II.b- UNA HISTORIA INTERMINABLE:

El autor realiza en este capítulo un recorrido histórico que demuestra como la violencia contra la mujer ha estado presente desde el inicio de la sociedad patriarcal y que, quizá, sea la primera forma de agresión utilizada por el ser humano.

Ya en la prehistoria se han encontrado vestigios en los ajuares de las tumbas que muestran una diferenciación en el papel de los hombres y mujeres.

Los griegos sustituyeron a sus diosas únicas por varios dioses y las transformaron dotándolas de cualidades que las hacían aptas para la sumisión. Incluso la mitología muestra como la violación de una diosa es una estrategia para que un dios entre en el Olimpo.

En la Edad Media la mujer es considerada como un objeto de mercancía, el matrimonio supone un intercambio de productos entre familias y el marido pasa a ser el amo y señor de la mujer, amparado en el principio de fragilitas sexus. Aparece el uxoricidio (derecho del marido a asesinar a su mujer por adulterio), que se ha mantenido en nuestra legislación con una valoración independiente hasta 1963.

En el s. XV todos estos hechos, entre otros, influyen en la predilección y selección de los hijos varones. El censo de 1427 muestra 150 hombres por cada 100 mujeres, lo cual quedaba muy lejos de la proporción natural en el nacimiento que era de 105 niños y 100 niñas.

En la Edad Moderna, encontramos nuevas justificaciones a esta situación de la mujer. Un ejemplo, si una mujer era violada y quedaba embarazada, demostraba el consentimiento de la misma, de este modo era condenada por la violación que había sufrido.

En el s. XIX, el papel de la mujer seguía pensado para la familia, situación de sumisión hacia el hombre. La consideración de ésta fuera de la familia era aún peor: solitaria, jurídica y civilmente incapaz para realizar cualquier actividad pública, y socialmente marginada. Se decía que no eran condenables “los actos de castigo o vivacidad marital… La autoridad que la naturaleza y ley le otorgan al marido tienen como finalidad dirigir la conducta de la mujer”. Ella era considerada incapaz de hacerlo por sí misma.

En nuestro país, hasta 1989, la agresión a la mujer no era considerada como un ataque sino que lo era contra las costumbres o el honor, se pensaba más en las repercusiones que el hecho podía tener sobre la familia que sobre ella.

Llegamos al s. XX y a la situación actual, y vemos que la sociedad ha cambiado más en la forma que en el fondo, no espontáneamente sino obligada por los importantes movimientos sociales que defienden los derechos de la mujer y la igualdad. Cabe destacar entre estos movimientos al feminismo.

“La historia no es que se repita, es que en ocasiones, simplemente, no cambia”.

II.c- AGRESIÓN A LA MUJER:

La mujer sufre determinadas agresiones por el hecho de ser mujer, por ese papel que le han asignado para que represente bajo la supervisión del hombre, que se cree con derecho a controlarla y utilizarla.

Existen muchas formas de denominar este tipo de hechos, pero realmente no es una “violencia doméstica” porque es salvaje, ni es “familiar” porque no sólo se produce en las relaciones o en el ambiente familiar. Por ello hacemos uso del término de “agresión a la mujer”.

Entendemos que dicha agresión en sus diferentes formas tiene una base y unos elementos comunes que se repiten y que cambian en la forma dependiendo de factores individuales y circunstanciales, no como una serie de casos aislados. La entendemos como el Síndrome de Agresión a la Mujer: referencia a todas aquellas agresiones que sufre la mujer como consecuencia de los condicionamientos socioculturales que actúan sobre el género masculino y femenino, situando a la misma en una posición de inferioridad y subordinación.

Éste se manifiesta en tres ámbitos básicos en los que se relaciona una persona: en la relación de pareja en forma de maltrato, en la vida en sociedad como agresiones sexuales y en el medio laboral como acoso sexual.

Diferencia entre violencia contra la mujer (o violencia estructural) y violencia externa:

  • el origen y fundamento de la primera reside en las normas y valores socioculturales que determinan el orden social establecido, surge desde dentro y actúa como elemento estabilizador de la convivencia, contribuye a mantener la escala de valores, a reducir los puntos de fricción que puedan presentarse en la relación entre hombres y mujeres por medio de la sumisión y el control, alejándose de la vida pública y consiguiendo la ausencia de crítica.

  • otros tipos de agresión como la violencia externa se apartan de las normas y valores sociales, tienen su origen en factores que están al margen de lo aceptado por la sociedad, la percepción de la sociedad hacia estos hechos es distinta, crean una mayor sensación de riesgo al poder afectar a cualquier persona en determinadas circunstancias.

La agresión a la mujer está amparada por ese orden androcéntrico que no la quiere en el ámbito público, pero que la necesita en el privado.

Existe un problema, pensar que hay una violencia peor que otra cuando el resultado es similar y los objetivos parecidos. Comparamos “terrorismo político” con otra denominación de la agresión a la mujer: el “terrorismo de género”.

En ambos el terror está presente por medio de las amenazas y la efectividad de su conducta deriva no tanto en forma de muerte y lesiones graves como en la existencia de una situación de agresividad mantenida que puede concluir en la agresión puntual. También en ambos aparecen actitudes que callan, que silencian y miran a otro lado, algo imprescindible para que el terror funcione.

Al tiempo, la percepción y la reacción social de los dos es completamente distinta ya que una es estructural, en el caso del terrorismo de género, y la otra se trata de una violencia externa.

Otro concepto relacionado con la violencia de género es el del “crimen por odio” (Senado Estadounidense, 1993): “ataques criminales realizados sobre una persona o su propiedad basándose en la raza, color, religión, nacionalidad, etnia, sexo u orientación sexual de la víctima”.

II.d- “MI MARIDO ME PEGA LO NORMAL”. EL MALTRATO:

Características y peculiaridades de la agresión a la mujer:

No existe una relación directa entre el aumento de la violencia y la agresión a la mujer, ésta última ha evolucionado de forma independiente y se ha mantenido en unos niveles relativamente estables.

Las causas de toda conducta se basan en dos componentes fundamentales: el instrumental, los objetivos y motivaciones del acto que se realiza; y el emocional, la carga afectiva, positiva o negativa, que ponemos al llevar a cabo dicha conducta (entusiasmo, rabia, odio, alegría,…). Si analizamos las causas de la agresión a la mujer, éstas son siempre totalmente injustificadas: no tener la comida preparada, haberle llevado la contraria, no haber estado en casa cuando llegó o llamó por teléfono…

La agresión se caracteriza por múltiples y violentos golpes de todo tipo (puñetazos, patadas, bocados…), recurre en ocasiones al uso de objetos lesivos, e incluso a armas blancas o de fuego. También han aparecido casos con una frecuencia relativa en los que se ha hecho uso del fuego directo como elemento lesivo.

El objeto de esta conducta es aleccionar e introducir el miedo, hacer más efectivas las amenazas. En ocasiones, como cuando se hace uso del fuego, se busca la producción de heridas que dejen importantes cicatrices para ocasionar un mayor sufrimiento físico, psíquico y social.

Este tipo de agresión se trata de una violencia extendida, no se limita tan sólo a la mujer, sino que cualquier persona de su entorno próximo que el agresor pueda percibir o considerar que la está ayudando o apoyando, puede ser víctima de sus agresiones.

Debemos prestar especial atención a los hijos, los cuales sufren habitualmente agresiones psicológicas y, en ocasiones, también físicas, introducidos como medio de agredir a la madre.

Vemos que a pesar de las diferencias respecto a otras formas de violencia, la agresión a la mujer se sigue tratando como una manifestación de conflictividad social y, si llegan a reconocerle alguna diferencia, es para considerarla una “violencia de baja intensidad”.

  • Fases de la agresión:

1ª Fase: Tensión Creciente. Caracterizada por una relación más tensa y distante de forma progresiva, predominio del silencio, la agresividad encubierta, episodios de violencia física aislados y de poca intensidad.

2ª Fase: Violencia Aguda. Se produce la descarga de la tensión y la agresividad acumuladas en la fase anterior en forma de múltiples golpes unidos a la violencia verbal.

3ª Fase: Amabilidad y Afecto (o “Luna de Miel”). Caracterizada por una amabilidad, tanto de palabra como de conducta, del agresor. Se produce la justificación de la acción y se descarga la responsabilidad sobre la mujer. Victimización de la mujer.

  • Consecuencias de la agresión:

  • Consecuencias Físicas: La agresión a la mujer se caracteriza por producir lesiones de todo tipo (hematomas, arañazos, heridas, fracturas,…) pero con una peculiaridad, en muchas ocasiones se puede observar un hematoma reciente al lado de otro causado con anterioridad, heridas en evolución al lado de otras prácticamente cicatrizadas,… No existe relación entre el hecho y el resultado, lo cual junto a referencias vagas de dolores y molestias, unidas a un cuadro de depresión, debe ponernos en la pista de que puede tratarse de un caso de maltrato. La localización de estas lesiones suele encontrarse en la cabeza, espalda y pecho (golpes dirigidos a estos lugares específicos para que las lesiones se puedan tapar y no sean vistos).

  • Consecuencias psíquicas: Se distinguen dos momentos: las surgidas tras la agresión y las alteraciones surgidas a largo plazo, derivadas de la repetición de las agresiones y del mantenimiento de la agresividad. Cuando finaliza la agresión, la mujer entra en una fase de shock quedando abatida, aturdida, confusa y llena de terror, con frecuencia, llegando al bloqueo físico. Esta situación conlleva, a su vez, estados de ansiedad y deterioro, y con el mantenimiento de la misma, el denominado “Síndrome de la Mujer Maltratada” (depresión, estrés, abandono, alteraciones del sueño y apetito,…). El agresor también corta cualquier iniciativa que tome la mujer y su relación con otras personas, produciéndose la llamada “personalidad bonsái”.

II.e- ¿QUÉ HACE UNA CHICA COMO TÚ EN UN SITIO COMO ÉSTE?

EL CONTEXTO SOCIOCULTURAL EN LA AGRESIÓN A LA MUJER:

Contexto: Sociedad androcéntrica que sitúa a hombres y mujeres en una posición diferente, asignando roles distintos y manteniendo una superioridad y control del hombre sobre la mujer.

El hombre agresor y la mujer víctima están sometidos a las influencias de este ambiente que les rodea y que, en cierto modo, va modificando sus comportamientos y conductas, y asentando una serie de posicionamientos ante determinados conflictos. Desde la educación y la formación hasta la convivencia van favoreciendo la interiorización de determinados valores y principios sobre los que basaremos en parte nuestra conducta.

  • Factores Socioculturales:

  • El género y los papeles sociales relacionados con él, éste es un artificio, no es un hecho natural (como el sexo), y el hecho de nacer hombre o mujer significa adoptar los mandatos culturales que la sociedad tiene establecidos.

  • Las normas culturales y creencias sociales, asignadas muchas de ellas a determinadas categorías preexistentes (clase social, ambiente rural o urbano, raza,… y género), favorecen y crean cierta idea de superioridad, y se transmiten en cualquier ambiente.

Un claro ejemplo de esta situación surge con relación a la sexualidad y educación sexual. El papel pasivo de la mujer en las relaciones sexuales también trasciende a la sociedad, mediante un mecanismo sutil de control: la reputación.

  • Las justificaciones sociales, como el alcohol o los celos. Habitualmente podemos ver en los medios de comunicación como se justifican homicidios amparándose con referencias como “crimen pasional”, “fuerte ataque de celos”,…

Todos estos factores derivan en consecuencias jurídicas, poniéndose de manifiesto como, delitos graves cometidos contra mujeres como la violación o el homicidio, son condenados con penas inferiores a la media al apreciar algún tipo de “atenuante” (arrebato, excitación, senilidad, alcoholismo, depresión…).

La agresión a la mujer se produce por igual en todas las clases sociales, con independencia del nivel económico o educativo. La mayoría de los estudios realizados se centran sólo en los casos denunciados, los cuales suponen una mínima parte de los que realmente ocurren, como mucho un 10%. Lo que se puede perder al tramitar la denuncia suele pesar más que lo que se puede ganar, por ello las clases sociales más bajas denuncian más estos hechos. Al margen, las clases más altas cuentan con recursos y medios para resolver este tipo de cuestiones sin necesidad de hacerlas públicas.

Control del contexto: Informal, reacciona contra aquellas conductas que no cumplen lo que se espera de una mujer (horarios de entrada y salida en casa, en el mundo laboral la mayor dificultad de contratación, menores sueldos,…); y formal, que reside en el propio Derecho y las normas legales (no todos somos iguales ante la ley).

II.f- “UN HOMBRE NORMAL Y SIMPÁTICO”. EL AGRESOR:

Si hay algo que define al agresor es su normalidad, hasta el punto que su perfil podría quedar resumido gráficamente mediante tres elementos: hombre, varón, de sexo masculino.

Esta normalidad se basa en dos circunstancias fundamentales: se acepta que el hombre pueda utilizar la violencia sobre la mujer para corregirla y establecer su criterio en la relación; y la agresión se produce en el hogar, en el ámbito privado, quedando como un “tema de pareja” en el que nadie puede ni debe entrometerse.

La sociedad ve lo que quiere ver, no lo que realmente observa, produciéndose una especie de selección de estímulos y reteniendo sólo aquellos que no afectan al orden establecido. Por ello, la mayoría de los agresores desarrollan habilidades especiales a la hora de relacionarse con otras personas fuera del hogar.

El actuar públicamente como personas afables, capaces de ganarse nuestro respeto y confianza, no es gratuito, saben que será su mejor coartada en caso de que el suceso trascienda a lo público. Además, este mecanismo es fundamental para que este tipo de agresiones hayan perdurado en el tiempo.

El perfil del maltratador es un perfil plano, no hay características sobresalientes que lo definan o puedan identificarlo. Sólo encontramos un hecho, se trata de un hombre, y unas circunstancias, el agresor es alguien que mantiene o ha mantenido una relación afectiva de pareja con la víctima. Sólo los hombres que tienen establecidos y asumidos los patrones de dominación y control en el seno de la pareja llevan a cabo la agresión a la mujer.

El único dato de interés que aparece de forma significativa en los agresores y que es común a la víctima, es haber sido testigo o victima de violencia durante la infancia y/o la adolescencia, lo que les puede hacer interiorizar esta situación como “normal” o la utilización de la violencia como un recurso. Pero esto no significa que haya una predisposición o determinismo hacia esos comportamientos.

Para el agresor, la violencia funciona: obtiene y mantiene una situación beneficiosa y cómoda por medio de la violencia mantenida y la agresión repetida. El maltrato no se corresponde con una conducta que escapa al control del agresor. Es una personal normal que decide recurrir a la agresión para lograr un objetivo pretendido (controlar y someter a la mujer).

En ocasiones se ha hablado del “agresor patológico”, aquel que por presentar un trastorno de la personalidad o padecer una enfermedad mental lleva a cabo la agresión sobre la mujer. Existe una agresividad patológica como parte del cuadro sintomatológico de trastornos de la personalidad (paranoide, antisocial, límite y pasivo-agresivo) o de enfermedades mentales (esquizofrenia paranoide, celopatía…), pero en ningún caso podemos afirmar que por ello existe un mecanismo psicopatológico que justifique el uso reiterado y repetido de la agresión contra la mujer.

Tratamiento del agresor: (¿sí o no?) El tratamiento se puede plantear de forma individualizada tras analizar las circunstancias específicas de cada caso y las particularidades de cada agresor, y siempre como medida complementaria a la pena, durante el internamiento en prisión, si éste procede, o tras el mismo. El plantear el tratamiento como medida general y sustitutoria a la pena de cárcel es insistir en la poca gravedad de estos hechos.

II.g- MALTRATA, QUE ALGO QUEDA. LAS CONSECUENCIAS:

Del mismo modo que la agresión no comienza con el primer golpe, sino que viene precedida de la desconsideración, el menosprecio, el rechazo, el maltrato psicológico,… conductas que van debilitando a la mujer para que su reacción sea menor ante la agresión física, el ataque tampoco termina con el último golpe. Con independencia de que el agresor continúe con el acoso y la persecución psicológica, la mujer víctima queda con una serie de cicatrices que traspasan para llegar a lo más profundo de su corazón, de su psiquismo y sentimientos.

La consideración de la violencia contra la mujer como un problema social nos muestra las importantes repercusiones que estas agresiones tienen sobre el conjunto de la sociedad.

  • Consecuencias sobre la salud:

Una mujer víctima de malos tratos siempre mantendrá una actitud determinada tras la experiencia del maltrato que la habrá modificado por completo como persona ya que el suceso afecta a su psicobiografía (lo que no quiere decir que no se recupere, sólo que todos somos consecuencia de nuestro pasado).

El impacto de estas agresiones sobre la salud individual y la pública son muy importantes, llegando los daños físicos a ser el 55% de los años de vida saludable perdidos (AVISA) y los psicológicos al 45% de pérdidas. Si relacionamos estos hechos con otras patologías o situaciones, la agresión a la mujer es la segunda causa que da más muertes prematuras y más secuelas físicas y psíquicas (situándose por encima de infartos de miocardio o accidentes de tráfico).

  • Consecuencias sobre el trabajo:

Las mujeres víctimas de violencia sistemática del hombre, cuando trabajan suelen tener un salario inferior a las mujeres trabajadoras que no han sufrido este tipo de violencia. Esto es debido a que las lesiones psicológicas les llegan a hacer aceptar cualquier tipo de trabajo y en condiciones que otras personas no lo harían, con tal de salir, aunque sea un tiempo limitado, de ese ambiente.

Otra consecuencia del maltrato es que aumenta su absentismo y disminuye su rendimiento, esto conlleva más presión e incluso, en ocasiones, el despido, lo que contribuye muy negativamente en la evolución del estado de la mujer.

Otra circunstancia es que la mujer no busque ningún trabajo por la presión y control del agresor, que la recluye en el hogar.

  • Consecuencias económicas:

El denunciar la agresión deriva a una serie de actuaciones que suponen un gasto (intervención policial, médica, jurídica, judicial, social…). La cuantificación del coste de la intervención ante un caso de maltrato moderado-grave se ha establecido en unas 500.000 pesetas (3.005,6 euros), lo cual multiplicado por todos los casos que se producen y añadiendo el gasto indirecto de los no denunciados, suponen un coste económico muy elevado que la sociedad está asumiendo sin reflexionar y sin ni siquiera reconocer (cuando sí le preocupan otros gastos de menor incidencia).

  • Consecuencias sociales:

La violencia sólo genera violencia. Está demostrado que los niños y niñas que son testigos de violencia en el ámbito familiar, sufren un mayor retraso escolar y reproducen conductas violentas con una frecuencia significativamente mayor al resto de los niños. Ello supone una perpetuación de la violencia que, además, irá fundamentalmente dirigida contra la mujer.

También supone una gran erosión del capital social, de los valores que mueven a las personas a relacionarse de un modo civilizado para buscar una convivencia pacífica y tranquila. A su vez, las personas que están o han estado sometidas a este régimen autoritario tienen una menor participación en el proceso democrático.

II.h- LA ESCLAVITUD DEL MALTRATO:

La agresión ha sido relegada (mediante la filtración de la sociedad) a un problema menor, que tiene una incidencia mínima y afecta sólo a unas pocas mujeres. Sólo es un problema de las mujeres y no de todas, sino de aquellas que no encajan en el engranaje sociocultural establecido por la ingeniería androcéntrica.

Los mitos juegan un papel fundamental como guardianes de este orden y de este engranaje mediante dos argumentos básicos: No es tan grave, y la mujer que continúa en la relación lo hace, o porque le gusta, o, como afirma el primer supuesto, porque no es tan grave.

La realidad es que se trata de un problema muy grave que esclaviza a la mujer y a muchos valores. Existen una serie de factores que favorecen esta situación de esclavitud: factores socioculturales (falta de alternativas, temor a la desaprobación de familiares y amigos, preocupación por la pérdida de los hijos y del hogar, miedo a las represalias del agresor,…), factores económicos (o dependencia económica) y factores psicológicos (baja autoestima, depresión,…).

La conducta seguida por el agresor, el modo de llevar a cabo la agresión, también conduce a esta esclavitud. Estrategia: primero se produce el ataque social, la ruptura con la familia, los amigos, el trabajo,… en segundo lugar realiza el ataque contra las conexiones de identidad del pasado (recuerdos, tiempo anterior a la relación), por último se produce el ataque contra la identidad actual (críticas y recriminaciones hacia su conducta, aficiones, defectos, iniciativas, formas de pensar,…). Si a esto unimos las “lunas de miel” tras la agresión, hacen que la mujer sea incapaz de escapar.

La mujer permanece unida al agresor por una especie de gomas elásticas gigantes. Cuando intenta terminar la relación y se aleja de él, la goma se va estirando llegando, incluso, al punto cercano a la ruptura, pero resulta muy difícil de superar, y cuanto más se aleja mayor es la tensión para hacerla volver. Para una persona debilitada físicamente, anulada psíquicamente y temerosa de dar los pasos será muy difícil lograr escapar de estos lazos; necesita ayuda de otras o de mecanismos sociales que actúen como tijeras.

Si la situación se mantiene largo tiempo sin expectativas de cambio, puede dar lugar a una tercera fase, la huída, en la que pueden aparecer dos conductas o respuestas de la mujer: la agresión al hombre origen de la violencia que sufre, y la autolesión, el suicidio. Entre el 20 y el 40% de las mujeres que se suicidan cada año habían sufrido malos tratos.

II.i- EL MITO DE LA MUJER AGRESORA:

Mito: “relato o noticia que desfigura lo que realmente es una cosa, y le da apariencia de ser más valiosa o más atractiva” (Diccionario de la Real Academia española).

Como ya hemos ido viendo, muchos son los mitos que se han creado para contener las aguas cada vez más bravas que intentan mostrar la realidad. Estos últimos años, conforme se han ido desmitificando algunas de las teorías existentes, se ha recurrido a un nuevo mito, el de la mujer agresora.

Esta desfiguración de la realidad presenta cómo las mujeres pueden llevar a cabo agresiones sobre los hombres con la intención de que sean consideradas un problema general y comparable a la agresión del hombre a la mujer. La realidad es bien distinta: La mayoría de las agresiones son realizadas por el hombre, sobre todo cuando el ataque es grave.

No obstante, la agresión de la mujer al hombre sí existe, pero su análisis aporta importantes matices:

  • La mujer agresora suele tratar de dar respuesta a una situación de violencia previa por parte del hombre.

  • Las motivaciones y objetivos de la agresión de la mujer son completamente distintos a los de la agresión del hombre: la mujer no obtiene una situación beneficiosa ya que su agresión produce más violencia y agresividad hacia ella misma, mientras que el hombre que recurre a la violencia si obtiene beneficios (el control).

  • Nunca se justifica la agresión de la mujer al hombre, la respuesta social se eleva hasta la crítica y reprobación más absoluta por atentar contra el orden establecido, al contrario de lo que ocurría en la agresión del hombre contra la mujer.

  • Las circunstancias individuales también son diferentes, él intenta mantener la relación mientras que ella lo que pretende es acabarla.

  • La mujer no ataca al hombre una vez ha conseguido salir de esa relación, mientras que es frecuente en el hombre continuar la agresión a pesar de haberse separado.

II.j- LA VIOLENCIA FUNCIONA:

Ya hemos comentado con anterioridad como “la violencia funciona” para el agresor, el cual no sólo mantiene su posición de superioridad y control, sino que la aumenta y consigue un estatus en el que la más mínima indicación o sugerencia es tan efectiva como la más rotunda orden.

Esta situación sirve como refuerzo positivo facilitando su continuidad en el tiempo y facilitando que otros, especialmente los hijos, la perciban como mecanismo a imitar para conseguir sus objetivos.

A esto se le añade la exculpación que realizan tanto el agresor como la sociedad, justificando la agresión sobre factores externos como el paro, el alcohol, el exceso de trabajo… o lo que es más grave y frecuente, responsabilizando a la mujer.

La crítica interna no se produce porque desde la sociedad no existe. El agresor lleva a cabo la agresión a la mujer porque parte de la base de que no va a ser denunciado. La mayoría de ellos no son violentos fuera de la relación con la mujer, no recurren a la violencia para solucionar sus problemas con los vecinos, en el trabajo,… en parte, porque en estos casos sí podrían ser denunciados. Y de ser denunciado, existen muchas posibilidades de que la mujer retire la denuncia (casi siempre mediante presiones y amenazas), que se archive en el juzgado o no ser condenado. Maneja este criterio de rentabilidad.

El gran error de la sociedad y del hombre como diseñador, promotor y guardián de ella, es no haber y no saber analizar las consecuencias reales de la situación. “Y así nos va”. La violencia sólo genera violencia, y lo hace tanto en el hombre como en la mujer.

No se puede establecer la justicia desde la injusticia y, si no podemos cambiar la sociedad de un día para otro ni hacer desaparecer la violencia, sí debemos cambiar nuestra actitud hacia el responsable de la misma.

II.k- MEDIDAS A MEDIDA: EN BUSCA DE SOLUCIONES.

Existen dos posturas o formas de analizar la situación actual de la violencia contra la mujer en nuestra sociedad:

  • una negativa, la cual demuestra que han sido cientos de mujeres las que han fallecido a manos de sus parejas o de los que un día lo fueron; miles las que han continuado sufriendo las agresiones por parte del hombre, y aún más las todavía permanecen en silencio bajo la agresividad y la violencia.

  • otra positiva, que reconoce que, aunque aún queda mucho por hacer, también es cierto que con las medidas que se han venido aplicando, han sido muchas las mujeres que han conseguido salir de esa relación, y también muchos los agresores que han sido detenidos y condenados.

Ambas lecturas, aunque reales y correctas, son incompletas. Son necesarias las dos para hacernos una idea real y objetiva de lo que está ocurriendo. Ambas nos indican que la problemática continúa y que su esencia, aunque se haya modificado algo, sigue siendo la misma.

Medidas a medida: Crear una legislación que regulara de manera integral todas las manifestaciones y consecuencias que tiene la violencia contra la mujer: las penales y civiles en general, las familiares en particular, las laborales, las sociales… todas de forma coordinada y continuada, sin que el hecho de denunciar una agresión suponga para una mujer un sufrimiento extra y un peregrinar interminable por juzgados y jurisdicciones.

Estas medidas no sólo resolverían aspectos jurídicos, sino que se estaría enviando un mensaje a la sociedad de que estos hechos son rechazables y rechazados, y a la mujer de que tiene a su disposición una serie de mecanismos para salir de esa situación y superar esa fase de su vida que ha tenido que sufrir.

Si ya dispusiéramos de una ley específica que regulara todos los aspectos derivados de la agresión, si la denuncia y los trámites se realizaran de forma adecuada y rápida, no estaría mal la creación de una Fiscalía especial para los delitos de agresión a la mujer y de unos Juzgados específicos para este tipo de delitos (ya existen experiencias piloto al respecto).

También se debería plantear la necesidad de una formación específica en esta materia de los diferentes profesionales implicados.

Pero la actuación no debe quedar limitada al campo del Derecho y a sus derivaciones (policía, medicina forense, asuntos sociales,…) sino que gran parte de la solución del problema pasa por el desenmascaramiento de muchos casos ocultos y ocultados.

En los últimos tiempos se ha logrado centrar la atención sobre la mujer de una forma nunca antes conseguida, aunque quizá esto nos ha llevado a una instrumentalización de la mujer que puede llegar a ser muy perniciosa para la consecución de la igualdad en la diferencia y para la superación de ciertos valores ya caducos.

La Medicina medicaliza el problema y trata de resolverlo por medio de prescripciones, el Derecho judicaliza el caso, las fuerzas de seguridad sólo se interesan por los aspectos policiales, la asistencia social por las repercusiones sociales, la Psicología por los psicológicos… De este modo no conseguiremos sacar nada en claro y la mujer se verá un poco a la deriva.

Todos y todas tenemos la responsabilidad histórica que nos obliga a afrontar el problema con una visión más amplia que la estrictamente profesional. Debemos considerar a las partes como elementos de un todo, no al problema como algo fragmentado e inconexo.

II.l-¿Y AHORA QUÉ? ¿Y MAÑANA QUÉ? HACIA LA IGUALDAD EN POSITIVO:

Ha pasado un tiempo y nada es como era, pero tampoco tan distinto a como en principio podía esperarse. Nos encontramos con un cambio en las formas que debería llevarse a un cambio en el fondo.

A pesar de lo evidente de la gravedad del problema y de lo injusto de las actitudes que lo justifican, todavía se sigue intentando defender la fortaleza del androcentrismo con los más diversos argumentos. Ya no sólo se crean mitos que puedan ser derribados con relativa facilidad enfrentándolos a datos objetivos, sino que se utilizan los mismos argumentos, la aportación de datos sesgados e interesados, como elemento de justificación.

De esta nueva manera de justificar lo injustificable, se ha intentado presentar a una mujer que ha atacado el orden social como responsable del paro (por su introducción en el mundo laboral que quita puestos de trabajo a los hombres, los cuales han de ser quienes tienen la obligación social y moral de aportar el dinero a casa), una mujer que ha abandonado su obligación de educar y controlar a los hijos (lo que ha conllevado el descontrol de los mismos, las pandillas, el consumo de sustancias tóxicas,…), que ha dejado de atender a sus ancianos,…

A su vez se ha creado un “modelo holístico” de mujer, la cual tiene que puntuar alto en todos los aspectos de la vida en sociedad para no ser rechazada en determinados ambientes. Este modelo choca frente al “modelo simplista” del hombre, al que sólo le hace falta destacar en algo (aunque ese algo sea jugar al dominó).

Debemos pretender una “igualdad activa”, no sólo una base que sea la igualdad jurídico-formal o de derechos entre hombres y mujeres. Es necesaria la modificación del ambiente que permite la aparición y reproducción de este tipo de conductas, cambiar algunos de los valores y muchas de las concepciones y consideraciones que existen en la sociedad.

Muchos de los nuevos valores y la forma de integrarlos en nuestro sistema para ir reformándolo están precisamente en el feminismo. El feminismo, como todo lo que ha intentado cambiar el orden establecido, ha sido denostado y deformado, aunque sus objetivos defienden la emancipación, la liberación, trabajar por la igualdad de derechos, por igual salario y en contra de la violencia contra la mujer en general y el acoso sexual en particular.

El feminismo no debe ser considerado como “lo de la mujer”, sino “desde la mujer y con la mujer”.

Hoy por hoy se cree que el feminismo es la única fuerza, teoría e ideología capaz de modificar una sociedad caduca en muchos sentidos, sin crear una grieta en el sistema.

III. REFLEXIONES SOBRE LA LECTURA:

Miguel Lorente Acosta realiza, mediante este libro, un análisis minucioso sobre las diferentes agresiones del hombre hacia la mujer, centrándose ante todo en lo que se refiere a las cometidas dentro de la relación de pareja.

Tras la lectura del libro, vemos una idea clara que el autor recalca y a la cual hace alusión en todo momento: el peso y la importancia del contexto sociocultural, de la sociedad, para que este tipo de agresiones hayan perdurado en el tiempo. El modo en que la sociedad lo ha permitido, tapado y justificado como un medio de control social, de salvaguardar el orden establecido. Debemos tener claro que estamos refiriéndonos a una sociedad androcéntrica, creada por y para el hombre.

Otro hecho que expone Miguel Lorente es cómo la agresión a la mujer existe desde el principio de los tiempos, aunque quieran hacernos creer que es un problema surgido en la actualidad de muchos modos diferentes.

En este recorrido histórico que realiza el autor, llaman la atención diferentes afirmaciones de pensadores y filósofos reconocidos de distintas épocas como:

“La mujer está sujeta a las leyes de la naturaleza, y es esclava por las leyes de las circunstancias… La mujer está sujeta al hombre por su debilidad física y mental.”

Santo Tomás de Aquino

“La mujer está hecha para obedecer al hombre, la mujer debe aprender a sufrir injusticias y a aguantar tiranías de un esposo cruel sin protestar… La docilidad por parte de una esposa hará a menudo que el esposo no sea tan bruto y entre en razón.”

Rousseau