Memorias de mi vida; Edward Gibbon

Literatura universal contemporánea. Siglo XVIII. Narrativa realista. Biografía. Obra. Vida intelectual

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'Memorias de mi vida; Edward Gibbon'

EDWARD GIBBON

“MEMORIAS

DE MI

VIDA”

BIOGRAFIA DEL AUTOR

Edward Gibbon, historiador británico del imperio Romano nació en abril de 1737 en Putney, condado de Surrey. Su infancia transcurrió entre continuas enfermedades que le obligaron a permanecer durante largos periodos de tiempo apartado de la escuela y por lo tanto, a dejar de lado su formación. Años más tarde visitaría varias escuelas, entre ellas Eton, y Westminster, además de recibir educación por parte de profesores particulares a causa de sus achaques. A los 15 años ingresa en la Universidad de Oxford.

Su formación infantil pasa por la historiografía clásica, inculcada por su tía Porten, quien le infundió su gran amor por los libros, que le llevaría a la única pasión que tuvo en su vida: leer y escribir. Así autores como Heródoto, Jenofonte, Tácito, Procopio, Horacio, Virgilio o Cicerón se hicieron sus grandes compañeros. Más tarde descubrirá la historiografía moderna de manos de Maquiavelo, Spedd, Dávila, Rapin o Bower.

Fue precisamente durante su estancia en la Universidad de Oxford y debido a la influencia de Bossuet y su obra “La exposición de la doctrina cristiana y la Historia de las variaciones de las iglesias protestantes”, cuando el joven Gibbon conoció las creencias católicas. Años más tarde retornará a la fe protestante, dándose al final “a la luz de la razón”. Como consecuencia de su pésima estancia en la Universidad, el historiador, fue enviado a Lausana para seguir su formación a cargo de Pavilliard. Allí, con la lectura de “Histoire de l´Eglise et de l´Empire” de Le Sueur descubrió un estilo nuevo de literatura, más adulto. Será ahora cuando construya su amistad con Deyverdum, y será este el lugar que elegirá años más tarde para su retiro. Estando en el pequeño pueblo suizo ideó un sistema para revisar los clásicos latinos bajo las cuatro visiones que él creía necesarias: Historiadores, Poetas, Oradores y Filósofos.

En esta época, comenzó a mantener correspondencia con distintos eruditos, lo cual le permitió desarrollar una gran habilidad para el diálogo. Entre ellos estaban Crevier, profesor de la Universidad de París; Breitinger de Zurich; Mathew Gesner de la Universidad de Gotinga y Allamand, ministro en Bex. De igual manera, entre las amistades cultivadas durante esos años, se puede encontrar a personalidades históricas como Voltaire al que califica de “extraordinario poeta, historiador y filósofo”.

También es en su viaje por Europa, cuando conoce a su primer y único amor, Suzane Curchod, una joven francesa educada de forma erudita y liberal y con la que no llegó a casarse porque el padre del propio Gibbon no dio el consentimiento para ello.

En 1758 vuelve a su país de origen, donde su padre se ha casado en segundas nupcias con Dorothea Patton. Dos años después, se marchará con su progenitor al servicio militar como consecuencia de la guerra que se mantenía en el estado. Incluso en está época no cesó de leer. Tras su vivencia militar, volvió de nuevo a Europa con la excusa de que todo caballero inglés debía completar su formación con un viaje al viejo continente. En este segundo viaje, visitó Italia, siendo este el momento en el que decidió escribir su obra maestra, la que le ha hecho pasar a la posteridad: “Historia de la Decadencia y Ruina del Imperio Romano”.

En 1765 regresa de nuevo a su Inglaterra natal, donde crea el Club Romano y se introduce en el Boodle. En 1770 muere su padre y es cuando en realidad comienza a cambiar su vida, ya que él será el cabeza de familia. Tras la tragedia se traslada a vivir a Londres, dónde es elegido en los comicios generales por el distrito de Liskerad. En 1779, será elegido miembro de la Comisión de los Lores para el comercio y las Plantaciones, pero perdió su escaño al disolverse el parlamento de forma extraordinaria.

En 1783 se retira a Lausana junto a su amigo de la juventud, Deyverdum, hasta que este último muere en 1789. En 1794, Edward Gibbon viaja de nuevo a Inglaterra por la muerte de la mujer de Lord Sheffield, y será allí donde él mismo fallecerá de una hidrocele, es decir, de acumulación de agua en un testículo el 16 de enero de ese mismo año.

VIDA INTELECTUAL DEL AUTOR

No volveremos a nombrar la anteriormente citada historiografía que influenció al autor durante los años de su niñez y que le fue inculcada por las aficiones de su tía materna, Porten, pasando directamente a los influjos que recibió en su época de los estudios universitarios en Oxford.

En su estancia en la Universidad inglesa, debemos de señalar “Historia del mundo” de Howell, como una de los escritos que más marcó a Gibbon, de la misma forma que lo hizo Middleton y su obra “Free enquiry”, sobre teología y que despertó todo un mar de dudas en el mundo religioso de nuestro historiador del que hablaremos más adelante. También fue durante esta época universitaria cuando Edward Gibbon escribió su primera obra, llamada “La edad de Sesostris”, en la que pretendía investigar y fechar la vida y reino del faraón egipcio Sesostris. Para ello, siguió el canon y los apuntes de Sir John Marsham, y terminó por determinar, que el objeto de su estudio, había existido en tiempos del rey Salomón. Sin embargo, esta obra no consiguió en su época, ni en la actualidad, ningún tipo de repercusión científica, histórica o literaria. Veinte años después de haberla escrito, Gibbon la rescató del cajón y decidió quemarla al descubrir su ínfima calidad.

En cuanto a los años que duró su estancia en la villa suiza de Lausana, debemos señalar varias influencias allí recibidas, así como varias obras allí descubiertas. Y aunque Gibbon pensaba que Crousaz, autor que había marcado a generaciones enteras de intelectuales, también debía dejar señal en él, no lo hizo. Para nuestro autor fueron más significativas obras como “Les Provinciales” de Pascal, “La vida de Juliano” del abad de la Bléterie, o la “Historia civil de Nápoles” de Giannone. Su formación académica pasaba por autores clásicos de la variedad de Homero y Montesquieu, al igual que estudiaba letras, matemáticas y ciencias de la naturaleza.

Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció

en la primera fila de los troyanos Alejandro, semejante a un dios, con

una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la espada; y blan-

diendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a los más valientes ar-

givos a que con él sostuvieran terrible combate.”

La primera obra que publicó el cronista inglés fue divulgada gracias a la colaboración de Mallet y Maty en el momento de marchar a la milicia. Bajo el nombre de “Essai sur l´étude de la littérature, à Londres, chez T. Becket et P.A. De Hondt, 1761 , el autor intentaba justificar y alabar el objeto de su actividad favorita: escribir. Dicha obra tuvo más éxito en el continente europeo que en el propio país del autor, por su estilo y sentimientos extranjeros reflejados en el manuscrito. El propio Gibbon criticó su texto, y no vaciló en afirmar que el defecto más serio de su escrito era “una especie de oscuridad y brusquedad que siempre fatiga y que a menudo puede desviar la atención del lector.”

Su primera publicación en inglés fue llamada: “Observaciones criticas sobre el Libro VI de la Eneida”. El texto que fue enviado a la prensa británica de forma anónima, fue muy aplaudido tanto por el público como por la crítica de la época. Por ello Gibbon, que no pudo disfrutar del éxito de su creación, se arrepintió del modo en el que había dado a conocer su obra.

Durante su segundo viaje europeo, nuestro personaje siguió su formación erudita, consultando en la capital francesa obras de tanta importancia como “Diplomática” de Mabillon y “Paleográphica” de Montfaucon, y leyendo obras como “Italia Antigua” de Cluverius, “Historie des grands chemins de l´Empire Romain” y “De praestantia et usu Numismatum”.

Fue en la iglesia de los Zoccolanti, en Italia, donde Edward Gibbon decidió escribir su obra sobre la caída del Imperio Romano. En un principio, se iba a tratar tan sólo de recordar la historia de la ciudad de Roma, sin embargo, acabó por abarcar los hechos sucedidos a lo largo de todo el imperio. En la “Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano”, título que definitivamente recibió la obra, el autor inglés quiso describir el triunfo de la barbarie y la religión, según sus propias palabras.

“….Indecibles son sus pertrechos de piedras, flechas y todo jénero* de arrojadizas. En cada punto del muro hay dos o tres balistas, y sus máquinas andan disparando fuegos artificiales, pues la zozobra del castigo la tiene armada con el denuedo de la desesperación. Confío sin embargo en los dioses propicios de Roma, que hasta aquí han favorecido siempre mis empresas”. Desconfiado sin embargo del padrinazgo de los dioses y del paradero del sitio, tuvo Aureliano por mas cuerdo el ofrecer la ventajosa capitulación del retiro esplendoroso a la reina y revalidación de sus privilegios al vecindario”.

Para poder llevar a cabo este extenso trabajo, Edward Gibbon se documentó ampliamente a través de escritores clásicos como Tácito, Plinio el Joven, Juvenal, Sigonio, Maffei, Baronius, Pagi, y textos como“El Código Teodosio” o “Los Anales y Antigüedades de Italia” del Doctor Muratori. Nuestro historiador comenzó a publicar su creación en 1775 y fue un tremendo éxito. De hecho, el primer volumen, se ha tenido siempre como el mejor de la colección. La obra completa está formada por ocho volúmenes que vinieron en los años consecutivos. Fue por este manuscrito por el que Gibbon pasó a la historia, ya que a pesar de que existen otras historias sobre la caída del imperio romano, la confeccionada por el autor inglés se ha consultado a partir de entonces con mucha más frecuencia de la que se puede imaginar.

Como habíamos explicado anteriormente, Gibbon sufrió a lo largo de su vida diferentes conflictos con la religión. El primero de carácter interno tuvo lugar durante su juventud, y el segundo de índole pública durante su madurez. En su época de estudiante en la Universidad de Oxford y por la influencia de ciertas obras anteriormente mencionadas, el autor británico, se convirtió a la religión católica, provocando la decepción de su progenitor y su envío a Lausana para corregir el camino de su vida. En el pequeño pueblo suizo, aunque volvió a su religión original, en su interior adoptó una filosofía religiosa de la que ya no se desprendería: “un escepticismo moderado dispuesto a aceptar la existencia de un Dios, pero sin nada establecido sobre la mecánica precisa del funcionamiento de la voluntad divina.”

Su historia sobre la caída del imperio romano sólo le trajo enemigos entre los religiosos. De esta forma, se estuvo utilizando una edición anotada por el Deán Milman de la Catedral de St. Paul, que tenía la obra por un “ataque audaz y artero al cristianismo”. Por el contrario, Thomas Bowdler preparó una edición de la que expurgó todas las cuestiones religiosas. La obra llegó a originar un gran rencor teológico contra el propio Gibbon, principalmente los capítulos quince y dieciséis, que componen la conclusión del primer y más famoso volumen. Como única respuesta a la reacción que se dio frente a su manuscrito, el cronista inglés publicó “A Vindication of some Passages in the Fifteenth and Sixtennth Chapters”. Sin entrar a juzgar si fue merecido o no dicho linchamiento, si debemos reconocer, que en más de un capítulo el historiador prevé contra el sentimiento religioso en general y contra la fe cristiana en particular.

Frente a las ideas de la iglesia y de la religión, siempre prefirió la luz de la razón, de hecho, el historiador inglés siempre agradeció no haber nacido esclavo, salvaje o campesino, sino en un país libre y civilizado, en una era de ciencia y filosofía, en una familia de categoría honorable, y decentemente agraciado con los dones de la fortuna. Se dejó imbuir por la ilustración, que en Inglaterra no tenía el mismo poder que tenía en Francia, donde él también había vivido. Ya que en la isla ya habían conquistado las libertades políticas, personales y religiosas, es decir, ya no tenían que luchar contra el Antiguo Régimen, cosa que aun estaba pendiente en el país francés que tanto adoraba Gibbon. Inglaterra estaba a otro nivel en todos los sentidos.

Nuestro personaje analizado, Edward Gibbon, fue considerado un gran orador, según afirman varios estudios realizados sobre su vida. Diferentes testimonios contemporáneos al autor estudiado ratifican el carácter erudito e ilustrado de este cronista inglés que supo conjugar a la perfección el arte de las letras con un estilo de vida más mundano. Y es que Gibbon supo disfrutar de las diferentes facetas de la vida, amando todo aquello que estuviera relacionado con las “alegres” reuniones nocturnas que solía frecuentar en las capitales europeas de Paris y Londres. Sin embargo, resulta curioso afirmar el hecho de que Edward Gibbon haya pasado a la historia gracias a un solo titulo, “Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano”.

A lo largo de su vida, el historiador inglés puso en práctica el paradigma. Esta figura queda explicada ampliamente por Thomas Kuhn en la siguiente definición: “es lo que los miembros de una comunidad científica comparten, y, recíprocamente, una comunidad científica consiste en hombres que comparten un paradigma”. Gibbon disfrutaba compartiendo su manera de ver las cosas dialogando con sus amigos más cercanos en fiestas privadas, en los elitistas clubes de la Inglaterra del siglo XVIII, y sobre todo con Deyverum durante el periodo que duró su retiro común a la pequeña Lausana.

“Memorias de mi vida” es mucho más que un libro. Con un vocabulario de fácil comprensión y una sencilla estructura, Edward Gibbon quiso dejar testimonio de su vida con una obra pensada según el mismo explicó, para que fuera leída por sus conocidos después de su muerte. Este hecho demuestra una vez más el miedo que el autor inglés tenia a ser criticado en vida, hecho que había sido una constante a lo largo de los años.

Seis borradores, que se solapan en parte cronológicamente, fueron escritos por el cronista inglés en diferentes momentos de su vida. Lord Sheffield, amigo personal del autor inglés, fue el encargado de compilar los mejores capítulos de cada uno de los seis bocetos existentes, así como de poner fin a esta biografía. Para ello utilizó las cartas que Edward Gibbon le había enviado a partir de su llegada a la capital inglesa con motivo de la muerte de la mujer del propio Sheffield. Sin embargo la obra póstuma de Gibbon sufrió diferentes modificaciones a través de las distintas generaciones, ya que los descendientes de Lord Sheffield trabajaron los textos durante largo tiempo. De este modo queda patente el interés que siguió despertando la vida del cronista inglés varias décadas después de su muerte.

En su obra póstuma, Edward Gibbon, deja una valiosa muestra de los diferentes valores sociales, científicos y religiosos que gobiernan la Europa ilustrada del siglo XVIII. Los continuos viajes realizados por el autor inglés a lo largo de distintos países europeos hicieron que confluyeran en él diferentes modos de ver la vida. Esta cuestión queda perfectamente reflejada en los modos de pensar que se suceden en las diferentes etapas de su vida. Pese a estos cambios tan continuos en su forma de pensar, sus ideas racionales gobiernan desde la primera hasta la última palabra de esta biografía que además está con un sentido del humor un poco peculiar.

BIBLIOGRAFÍA

  • GIBBON Edward, Memorias de mi vida, Clásicas Bibliográficas, Barcelona, 2003.

  • GIBBON Edward, Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, Turner, Madrid, 1984.

  • WOMERSLEY David, Bicentenary esseays, Voltaire Foundation, Oxford, 1997.

  • Homero, La Iliada, Hernando, Madrid, 1956.

  • www.saltana.com

Edward Gibbon´s biography DERO A. SAUNDERS.

Traducción de Carmen Francí.

Reflexiones en torno a la traducción de la “Historia de la decadencia y ruina del imperio romano”, de Edward Gibbon, por Jose Mor de Fuentes.

Traducción de Carmen Francí.

Textos sobre Gibbon de Coleridge, Sainte- beuve y Lytton Strachey. Prólogo de Jorge Luis Borges.

Gibbon, Memorias de mi vida, Barcelona, Alba, 2003, pág 128.

Homero, Iliada, Madrid, Hernando, 1956, canto III, verso 15

Gibbon, Memorias de mi vida, Barcelona, Alba, 2003, pág. 157

Gibbon, Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano, volumen I, capítulo XI, Madrid, Turner, 1984, pág 329

* Falta ortográfica. Jénero- género

www.saltana.com, Saunders, Dero, A., Edward Gibbon´s biography, pág 3

Kuhn, Thomas, La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1971, pág 271