Medidas desamortizadoras

Historia de España. Siglo XIX. Desamortizaciones. Desamortizaciones eclesiásticas. Situación social. Godoy. Madoz. Mendizabal. Terratenientes. Subasta pública. Destrucción de los privilegios. Revolución agrícola

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ANÁLISIS Y VALORACIÓN DE LAS MEDIDAS DESAMORTIZADORAS

La Desamortización eclesiástica (pg 204)

Vamos a realizar una composición histórica basándonos en los dos Decretos Reales promulgados por el gabinete progresista de Mendizábal, que se había constituido en 1835.

La desamortización fue un hecho fundamental para construir el Estado liberal. Fue un cambio en el sistema de propiedad y tenencia de la tierra. En el Antiguo Régimen era la Iglesia quien tenía las tierras, sobre todo las órdenes religiosas, también la nobleza, el Estado y los municipios.

La Desamortización debe entenderse como todo un proceso histórico que cubre una gran etapa de tiempo. Pero este proceso ocurrió en distintas ocasiones: en el reinado de Carlos IV, en el Trienio Liberal de Fernando VII, y las más importantes que fueron la de Mendizábal en la regencia de Mª Cristina y la de Madoz en el Bienio Progresista del Reinado de Isabel II.

El siglo XVIII estuvo influido por el pensamiento ilustrado que se basa en la sustitución de la tradición por la luz de la razón.

La Ilustración fue el movimiento cultural más importante desde el Renacimiento. Sus raíces se hallan en el humanismo renacentista y sus antecedentes son el racionalismo (Descartes) y el desarrollo de las ciencias de la naturaleza, la investigación y la técnica que se produjo en Inglaterra (Newton).

La teoría política predominante durante el siglo XVIII fue el despotismo ilustrado. Sus elementos característicos fueron dos: la difusión de las ideas ilustradas y la aplicación de una política destinada a recortar los privilegios nobiliarios y eclesiásticos para fortalecer el poder del monarca. Los monarcas ponen los principios de la Ilustración al servicio del Estado para reforzar su poder, se preocupan por la felicidad de sus súbditos y quieren mejorar sus condiciones de vida pero sin permitir que el pueblo participe en las tareas de gobierno (“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”). Constituía una contradicción ya que ponía en práctica una ideología emanada de la burguesía sin contar con ella. Esta contradicción acabará con el despotismo ilustrado al desencadenarse la Revolución francesa a finales de siglo, en la que la burguesía y el pueblo reclamarán la igualdad jurídica y la participación en el poder.

Desde el punto de vista económico, la agricultura siguió siendo la actividad fundamental, tanto por su capacidad para generar riqueza como por la cantidad de población que trabajaba en ella. A lo largo del siglo se produjo un incremento de la producción pero debido en la mayoría de los casos a la puesta en cultivo de un mayor número de tierras en lugar de a innovaciones técnicas.

En Inglaterra, se inició la revolución agrícola, que consistió en la introducción de nuevas técnicas agrícolas como la desaparición del barbecho, nuevos cultivos, la selección de semillas, la mejora de los aperos de labranza… que produjeron rendimientos excepcionales.

El sector industrial sufrió también un proceso revolucionario. La organización de grandes fábricas con muchos trabajadores y que se basaban en la división del trabajo y en el uso de mano de obra salariada desbancó al sistema gremial. Destacó el papel de Inglaterra que se puso a la cabeza del proceso industrializador.

El comercio y las finanzas también tuvieron un gran desarrollo.

En las últimas décadas del siglo, los principios teóricos de la democracia y el liberalismo eran llevados a la práctica con el nacimiento de Estados Unidos (tras la independencia de las colonias británicas de América del Norte). Al poco estallaba la Revolución Francesa que tendría importantes consecuencias en Europa. La coronación de Napoleón como emperador francés y su política de expansión extendería las ideas liberales por todo el continente, los regímenes absolutistas se irían deteriorando progresivamente pese a la derrota final de Napoleón.

Durante el siglo XIX las transformaciones sociales y económicas iniciadas en Gran Bretaña se extenderían por todo el continente. Tanto el proletariado como la burguesía liberal y capitalista, las dos clases protagonistas de la revolución industrial, incrementaban constantemente su importancia social.

A mediados de siglo, en la parte occidental y nórdica de Europa, cobraron especial importancia el ferrocarril, la gran industria siderúrgica, la minería y los grandes negocios bursátiles yla creación de sociedades anónimas y compañías de seguros. Frente al dinamismo de estos países, el estancamiento económico y social seguía siendo la característica principal de Europa oriental y mediterránea, donde la agricultura era la base fundamental de la economía.

España, perteneciente a este último grupo de países vería cómo su industrialización llegaba con retraso respecto a esos países, retraso que aún hoy permanece patente.

Durante el reinado de Carlos IV, las ideas revolucionarias sufrirían un fuerte rechazo y se intentarían combatir pero con la firma de la paz de Basilea, la alianza hispano-francesa se renovaría, llevando a España a participar en las guerras contra Gran Bretaña y a ser derrotada en Trafalgar, batalla en la que España perdería su flota y por tanto, las comunicaciones con sus colonias americanas con las graves consecuencias que esto tenía. La economía entró en crisis y la monarquía se endeudó (lo que llevaría a Godoy a realizar la primera desamortización).

En los años siguientes Napoleón invadiría España engañando a Godoy y haciendo abdicar a los Borbones (abdicaciones de Bayona). Sin embargo, el pueblo, que había sido concienciado anteriormente contra los franceses se rebelaría iniciando la guerra de la Independencia en la que el pueblo y la ayuda de los ingleses suplió las carencias militares del país.

Este conflicto conllevó una auténtica revolución política, que hundió las estructuras del Antiguo Régimen y que intentó sentar las bases de un Estado liberal.

Aunque el reinado de Fernando VII fuera principalmente absolutista, era evidente que el Antiguo Régimen estaba agotado y los liberales luchaban por conseguir ese Estado liberal al que se llegaría durante el reinado de Isabel II (que necesitaría el apoyo de los liberales para reinar ya que Carlos, hermano del rey, también reclamaba el trono y contaba con el apoyo de los absolutistas).

La guerra de la Independencia y la resistencia a los cambios de las clases dirigentes frenaron durante casi medio siglo el nacimiento de una auténtica clase industrial y capitalista.

Solucionado el conflicto carlista y con los liberales en el poder, se dio un crecimiento de la industrialización, con sus efectos en todos los ámbitos de la sociedad. La burguesía industrial chocaba con la aristocracia terrateniente y con la España rural, mientras los países avanzados de Europa se hallaban ya en la segunda fase de la revolución industrial.

En este contexto de crisis constante, el Estado necesitaba nuevas fuentes de ingresos con las que compensar el continuo déficit público.

En la Ilustración se habían planteado las Desamortizaciones para lograr un mayor rendimiento de las tierras. Los ilustrados iniciaron la denuncia de una explotación de la tierra poco racional que impedía obtener el mejor rendimiento. Igualmente plantearon que éste sería un buen modo de reducir el déficit económico del Estado.

Para costear la guerra contra Gran Bretaña (siendo aliados de Francia por el Tratado de San Ildefonso), Godoy tuvo que endeudar al Estado contratando empréstitos que en 1808 ascendían a la astronómica cifra de más de 700 millones de reales. Al no ser suficientes estos créditos, Godoy puso en venta las tierras comunales y obligó al clero a colaborar con los gastos públicos. El Estado se incautó de los bienes de los jesuitas, de las tierras de los colegios mayores, hospicios y hospitales eclesiásticos para subastarlos y emplear el dinero en amortizar la deuda pública. Por último, consiguió del papado el permiso para enajenar “la séptima parte de los predios pertenecientes a las iglesias, monasterios y bienes patroniales de las llamadas órdenes militares, instituciones pertenecientes a la Iglesia”.

El volumen total de las ventas ascendió a 1600 millones de reales y significó el primer intento de llevar a cabo en España una desamortización eclesiástica que permitiera movilizar para beneficio de toda la nación unos bienes que permanecían inmovilizados, ya que con anterioridad no podían comprarse ni venderse. Con todo, el esfuerzo fue insuficiente y la deuda del Estado siguió siendo muy elevada.

Décadas más tarde la Iglesia y el gobierno constitucional del Trienio Liberal (durante el Reinado de Fernando VII) volvían a enfrentarse a causa de una de las medidas propuestas por el Trienio Liberal para modernizar el Estado, la Ley de Monacales, mediante la cual se declaraban suprimidas diversas órdenes religiosas y se ordenaba la extinción de todo convento que tuviese menos de 24 religiosos, disponiendo que sus bienes pasasen a ser propiedad de la nación, para así poder emplearlos en amortizar la enorme deuda pública del Estado. Sin embargo no llegó a ponerse en práctica por la vuelta al absolutismo en la Década Ominosa.

Pero fue tras la muerte de Fernando VII, con la regencia de MªCristina, una vez abolido el absolutismo, cuando se plantea la primera Desamortización amplia en nuestro país: la Desamortización de Mendizábal.

Es muy importante, no solo por su volumen y por la rapidez con la que se llevó a cabo, sino, sobre todo, porque a partir de este momento la desamortización fue irreversible y se fue extendiendo a otros terrenos.

Mendizábal promulgó el Decreto de Desamortización por el cual el Estado podía incautarse de los bienes inmuebles de las órdenes religiosas previamente disueltas (en el texto, “Artículo 1. Quedan declarados en venta desde ahora todos los bienes raíces de cualquier clase que hubieran pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extinguidas”), y venderlos en subasta pública. Con esta medida, Mendizábal se proponía un triple objetivo: en primer lugar, resolver el problema acuciante de la deuda pública del Estado (“dar una garantía positiva a la deuda nacional…”); en segundo lugar, movilizar unos bienes que resultaban imprescindibles para el desarrollo de la industria y el comercio (“vivificar una riqueza muerta; desobstruir los canales de la industria y de la circulación”); y por útimo, crear una clase media agraria que, al poder consolidar su riqueza gracias a la compra de los bienes desamortizados, estaría agradecida al Estado liberal y le sería fiel.

Sin embargo, la desamortización, medida imprescindible si se quería llevar a cabo una revolución liberal, tuvo unos resultados desiguales. Se produjo un aumento de las tierras cultivadas y una cierta mejora de los rendimientos. También se pudieron sufragar los gastos de la guerra, pero no se amortizó la deuda del Estado, que siguió siendo muy elevada.

Para poder comprar los bienes enajenados a la Iglesia, no se exigió dunero en metálico; era suficiente pagarlos con títulos de deuda pública a su valor nominal, y como estos títulos estaban muy depreciados, sus poseedores (la burguesía y los vecinos acomodados de los distintos lugares) pudieron pujar fuerte en las subastas y quedarse con la mayoría de las fincas. Estos compradores, burgueses en su mayoría, fueron los grandes beneficiados de la desamortización y, como preveía Mendizábal, se convirtieron en el respaldo social del trono y del liberalismo. En cambio, los grandes perdedores fueron los campesinos, que no poseían títulos de deuda pública ni dinero suficiente para poder pujar en las subastas, de forma que siguieron sin poder acceder a la propiedad de unas tierras que, en muchos casos, trabajaban ya como jornaleros.

Por ello, no tuvo como consecuencia la formación de una clase media agraria, propietaria de extensiones de terreno suficientes para alcanzar una capacidad adquisitiva mediana. En muy pocas zonas se produjo esto, en la mayoría de los casos las tierras fueron acaparadas por unos pocos, de manera que se formaron grandes propiedades o latifundios. En algunas regiones los nuevos propietarios constituían una especie de nueva aristocracia, generalmente absentista, es decir, que vivía en la ciudad, lejos de sus propiedades y sin invertir el dinero necesario para conseguir mayor rentabilidad. Esta situación condenaba a las masas campesinas a vivir de jornales miserables. De esta forma, aunque las tierras de cultivo se habían aumentado, la situación de los campesinos seguía siendo muy precaria y la economía del país seguía sin levantarse. Los beneficios de las desamortizaciones no se habían empleado en la industria que sí habría contribuido a la economía de forma positiva, España, en el umbral de la segunda revolución industrial, era fundamentalmente un país rural.

Tal y como dice el texto: “identificar el trono excelso de Isabel II, símbolo de orden y de libertad”, la Desamortización era la consecuencia del establecimiento definitivo de un régimen liberal consolidado. La Desamortización ayudó notablemente al afianzamiento de unas ideas liberales que poco a poco fueron consolidándose y la destrucción de los privilegios dominantes en el Antiguo Régimen.

Culturalmente, esta medida fue muy negativa ya que convirtió los grandes edificios de los conventos en cuarteles o edificios públicos (como vemos en el texto: cuarteles, hospitales, cárceles, nuevas calle y ensanche de las actuales, plazas y mercados de nueva planta) así como propició la desaparición de muchos libros y bibliotecas conventuales.

Por otro lado, se rompieron las relaciones entre la Iglesia y el Estado que no se restablecerían hasta la Década Moderada con la firma del Concordato. Además esa ruptura propició que el liberalismo más progresista adquiriera un tono anticlerical que no perdería.

Durante el Bienio Progresista de Espartero en el reinado de Isabel II (1854-1856), caracterizado por la intensa labor legislativa que se desarrolló a pesar de su corta duración, Madoz como ministro de Hacienda iniciaría la Ley de Desamortización que permitió la subasta pública de los bienes de la Iglesia, el Estado y los municipios (tierras comunales) y que se prolongó a lo largo de todo el siglo (salvo el período 1856-1858, en que fue suspendida), proporcionando al Estado rendimientos muy superiores a la de Méndizabal.

En general, las medidas desamortizadoras no sirvieron para crear una clase media agraria ni para repartir las tierras entre los campesinos que tanto las necesitaban sino una forma de conseguir ingresos para el Estado.

Los campesinos no pudieron acceder a estas tierras debido al procedimiento de subasta pública. Eran la clase social con menos poder adquisitivo por lo que la subasta los colocaba en una clara desventaja.

Surgió una burguesía compradora que se convirtió en terrateniente, y que dedicaría parte de su dinero a aumentar el volumen de producción agrícola iniciando la Revolución Agrícola que llegaría con un claro retraso respecto a otros países.

Otra de las consecuencias fue el aumento de la superficie cultivada que provocó un aumento de población.

En conclusión, estas medidas eran necesarias para llegar a un auténtico Estado liberal, era necesario movilizar esos bienes, pero no todas las consecuencias fueron positivas ni se alcanzaron todos los objetivos que se pretendía lograr con ellas en gran parte por culpa del procedimiento empleado.

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