Maurice Ravel

Música clásica del siglo XX. Neoclasicismo musical. Vida y obras

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SU OBRA

Maurice Ravel nació el 7 de marzo de 1875 en Ciboure, una pequeña ciudad de los pirineos bajos. Algunos biógrafos se aventuran a determinar que su ascendencia vasca y su infancia repleta de antiguas canciones españolas marcaron su producción musical. Otros tantos lo desmienten argumentando que pasó la mayor parte de su vida en Francia, y más concretamente en París.

Lo único que está realmente claro en su formación como músico fue que se rodeó de maestros como Enrique Ghis o Charles René, el cual fue el “culpable” de que Maurice se adentrara en el estudio del bajo cifrado y la composición, y sacara todo el partido de su ingenio. Pequeñas obras como Variaciones sobre un coral de Schumann o el primer tiempo de Sonata. Según su propio profesor (René), estos primeros ensayos ya auguraban sus aspiraciones hacia el arte rebuscado.

Cuando estudió y escuchó muchas obras de Schumann, la ternura de este autor a la obra de componer le apasionó; pero cuando conoció los Tres valses románticos, de Chabrier, le gustó mucho más la sensibilidad armónica y melódica de esta obra.

Trabajó con Ricardo Viñes - un famoso pianista español que en su tiempo conquistó al público y críticos franceses - los Valses románticos, y después pidieron a Chabrier que los escuchara. Pero parece ser que al músico no le entusiasmó demasiado la interpretación de su propia obra, y le aconsejó a Maurice muchas y contradictorias indicaciones.

Al poco tiempo, el joven Ravel entraba en el Conservatorio, en la clase preparatoria de piano. Su primer premio como músico lo recibió de la dirección del propio conservatorio, por su asiduidad, en 1891, al curso de Anthiome.

Por aquella época (1891), fue cuando el padre de Maurice le presentó a Erik Satie, un genio extraño que creaba sorprendentes armonías y obras, dando un nuevo impulso a la escuela francesa contemporánea. Pero, al parecer, lo raro de sus títulos y de sus “dedicatorias” hacían huir al gran público.

En cuanto Satie su dio cuenta de las sorprendentes cualidades musicales de Ravel, no dudó un segundo en revelarle su última producción, El hijo de las estrellas, música para acompañar un drama de Peladán, descubriendo ante su juvenil sensibilidad todo un mundo armónico completamente desconocido para él.

Mientras continuaba sus avanzados estudios de armonía, también dedicaba su tiempo al estudio de la composición. Del año 1894 son las obras Baladas de la reina muerta de amor, Un sueño negro, y la llamada Serenata grotesca, para piano.

En 1895 escribió su Minueto antiguo, una obra curiosa en donde parecen oponerse los recursos contrapuntísticos de su escuela y varios atrevimientos: a patrones rítmicos reglamentarios para animar el contrapunto les suceden chocantes novenas y séptimas. Por aquel entonces, Maurice vacilaba entre las austeridades y obligaciones del clasicismo y el peligro de marchar adelante.

Ese mismo año, Ravel, que todavía era discípulo de Pessard, escribió la admirada Habanera, de cuya importancia no se dio cuenta en un principio, pues primeramente la hizo figurar en los Sitios auriculares, junto con Entre campanas, y doce años más tarde la puso en la Rapsodia española, que consagró su reputación. Esta Habanera resume toda su melancolía; sobre un “do sostenido”, que repite sin cesar un ritmo lánguido se desenvuelve una gran melodía. Los críticos y musicólogos de hoy se quedan estupefactos ante tal joya impresionista, de una originalidad enorme, que escribió Ravel con veinte años.

Sainte, para canto y piano, es una composición en donde la música crea una atmósfera de visión religiosa sobre una poesía de Stéphane Mallarmé. Esta pequeña composición data de 1896.

En 1897, Maurice ingresó en la clase de Gabriel Fauré. Nadie mejor que él podía comprender y alentar mejor los esfuerzos de su alumno. De las continuada relaciones entre maestro y discípulo nació una gran admiración mutua que no desapareció nunca.

Los Sitios auriculares, para dos pianos a cuatro manos, y formados, como ya he mencionado, por la Habanera y Ente campanas, figuraron el 5 de marzo de 1898 en el programa de la Sociedad Nacional de Música, en París. El público no entendió la obra. Quizá fuera porque los intérpretes, Marta Dron y Ricardo Viñes - incansable propagador de las obras de los jóvenes - no entendieron muy bien el ilegible manuscrito, y ejecutaron en Entre campanas acordes simultáneamente que el autor quería que fuesen alternados. La impresión que ello produjo en el auditorio fue tremenda, ya que el público no se percató del error de Dron y Viñes y creyeron que les estaban gastando una broma muy pesada.

La obertura de Shéhérazade, dirigida por el propio autor el 27 de mayo de 1899, no fue publicada hasta catorce años después. Ese mismo año se publicó la Pavana para una infanta difunta, hacia la cual Ravel se mostró demasiado crítico, asegurando que tenía demasiadas influencias de Chabrier y una forma muy pobre.

En 1901, el Concurso para la pensión de Roma, les imponía a los aspirantes una cantata con el título de Myrrha, cuyo libro se debía al poeta Fernando Beissier. Maurice trató la cantata como creía que era lo debido: en el estilo de una opereta sentimental. Así que no había más que valses lentos. Varios miembros del jurado se quedaron tan entusiasmados que querían otorgarle el primer premio. Pero Maurice no obtuvo más que el segundo, hecho el cual no pasó sin grandes protestas ante la asamblea por parte del propio autor de la poesía, quien elogiaba las dotes escénicas del joven.

Sin dejarse llevar por sus primeros laureles, Ravel creó ese mismo año, con sus Juegos de agua, una escritura pianística sin precedentes, según muchos musicólogos del momento (y de hoy). Estos Juegos señalaban el acercamiento de nuevos tiempos para la técnica pianística, tan descuidada por lo general. Su original disposición de la escritura consigue efectos completamente nuevos. Melodiosos arabescos, glisandos chocantes e inesperados acordes de séptima mayor encandilaron a la crítica y al público.

El 5 de marzo de 1904 la Sociedad Nacional presentaba en la Schola Cantorum el Cuarteto en “fa”, una de las obras cumbres del autor. El escrito supo ceñirse a las exigencias de la forma clásica sin que tuviese una apariencia forzada. Como dijo Vincent d'Indy, la composición de un cuarteto de cuerda necesita una maestría tal, que muchos autores llegaban a escribir cuartetos ya al final de su carrera. El Cuarteto en “fa”, de Maurice Ravel cuando contaba veintiocho años, permitía poner a su compositor en primera fila entre los músicos franceses.

Juan Marnold, un apreciado crítico de la época, escribió el siguiente artículo en el Mercure de France refiriéndose al famoso cuarteto: “Trátase de una obra de sabrosa y fuerte musicalidad; la forma límpida sigue el plan clásico; la inspiración, desprovista de fórmulas, monda de patetismo afectado y grandilocuente, pluye sin trabas, como nacida de un espiritu ingenuo y exquisitamente original... Una sana y sutil naturaleza de músico se extiende allí por doquier, formada, sobre todo, por encanto y gracia audaz; un arte espontáneo, en donde la indefectible virtud del instinto asegura la elevación del pensamiento. Es preciso guardar en la memoria el nombre de Maurice Ravel: es el de uno de los maestros del mañana.”.

En este cuarteto, la espontaneidad de los desarrollos, que no caen en el simplismo de la “forma de sonata”, las deformaciones y transformaciones del tema inicial, la melodía del tercer tiempo y el vivo del final son el joven impulso que le dio Ravel a su obra en ese momento.

El 17 de mayo de 1904 se presentaba, bajo los auspicios de la Sociedad Nacional, Shéhérazade, tres poemas para canto y orquesta. Esta particular poesía de Tristán Klingsor tuvo la suerte de ser magnificada por varios músicos. Con Aria, La flauta mágica y El indiferente presenta su obra Ravel empleando matices intensos como los utilizados por la escuela rusa, pero con la discreción y el sentido de la medida que no se halla en la Shéhérazade de Rimsky-Korsakoff. La suite de orquesta de este compositor no consigue ocultar ciertas indigencias de forma con un orientalismo fácil, según algunos críticos.

En 1905 se presentó Maurice por cuarta vez al Concurso del premio de Roma. Su fracaso de 1903 había levantado violentas protestas, y Gabriel Fauré no había dudado en unir su voz a la indignación general. Pero cuando se supo que esta vez Ravel tampoco había sido admitido a tomar parte en el concurso, todos los músicos censuraron a los miembros del jurado autores de aquella injusticia; eran estos: Massenet, Paladilhe, Reyer - el cual dio su voto a favor de Ravel - y Dubois.

La fuerte polémica salió del círculo limitado de la música y pasó a la prensa diaria. En Le Matin publicaron una polémica entrevista con Maurice, y en el diario Mercure de France Juan Marnold escribió un artículo punzante y acusador hacia aquellos miembros del jurado que paso a exponer: “Nunca se había osado mostrar un cinismo tan descarado con motivo de un concurso preparatorio, cuyo resultado revela o confirma la omnipotencia oculta del señor Lenepveu en aquel ambiente de empleados... ; la influencia del Sr. Lenepveu asombraría si no hubiese los nombres de sus vecinos de sillón en el Instituto, sin duda alguna los Sres. Paladilhe y Dubois... Según dice un aficionado liberal, el Premio de Roma le da hoy a quien lo obtiene seis o siete años de independencia modesta, pero asegurada... Sería preciso saber si entre nosotros, y para siempre, aquel bienestar debe ser substraído por la intriga y otorgado por los imbéciles...”.

Sin entrar en descalificaciones personales ni polémicas, Ravel presentó aquel mismo año al público dos de sus creaciones más “sonrientes”: la Sonatina y la Nochebuena de los juguetes.

La música de esta Nochebuena de los juguetes, que sabe ser a la vez infantil y refinada, como el poema para el que fue escrita, se enriquece con muchos rasgos que anuncian la manera de Ma mére l'oye; por ejemplo, el terror que ocasiona “Belcebú, el perro negro” en , está comentado por una repetición de segundas en lo grave, repetición que subraya el miedo de la Hermosa en Ma mére l'oye.

La Sonatina es una de las obras en donde mejor aparece la exquisita y profunda sensibilidad del músico. Todavía se impuso aquí Ravel una vez más la sujeción del esquema clásico.

El primer movimiento, en fa sostenido menor, con una apasionada melodía, está hecho en forma de sonata rigurosamente ortodoxa. El segundo, en re bemol mayor, es un bonito minueto donde canta a la ternura. El tercero, en fa sostenido menor y terminando en fa sostenido mayor, contiene un recuerdo de la idea inicial, pero deformada en compás de 5 por 4.

Después siguieron los Espejos, cinco piezas para piano. Este título de Espejos, es, evidentemente, indicador de aquel estado de espíritu que nació del simbolismo y que rigió toda la estética contemporánea llamada impresionista. Según dicha estética, no se trata para el artista de expresar objetivamente las cosas, sino pintar sus ecos, los reflejos de aquellas en su sensibilidad, la cual es un vivo y personal espejo del mundo exterior.

Nacidos de la misma idea que dio vida a las Imágenes de Claude Debussy, que le son contemporáneas (1905-1907), los Espejos de Maurice Ravel muestran una sensibilidad y una técnica muy diferentes. En ellos podemos admirar las Mariposas nocturnas, la sutil melodía de los Pájaros tristes, la Barque sur l'Océan, y la prestigiosa Alborada del gracioso, en donde se exalta la gracia bufa de una España caricaturesca, fue interpretada con maestría por Ricardo Viñes, un triunfador de los peligrosos glisando en terceras y cuartas, que pusieron de relieve la brillante forma de la obra. Y acaban los Espejos con el nostálgico Valle de las campanas. La presentación de esta obra supuso un logrado consenso entre la crítica y el público.

El musicólogo norteamericano Edward Burlingham Hill comentó sobre los Espejos lo siguiente: “ Cuando he conocido los Espejos es cuando he comprendido el valor de este estilo nuevo y libre, así como también su poder de expresar con felicidad un pensamiento original, poético y profundo... Es evidente que la escritura pianística de Ravel, su sistema armónico y el desarrollo de sus ideas, le pertenecen por completo. Desde ahora Mauricio Ravel es dueño de su arte, y todo cuanto escribe aparece marcado con el sello de su sensibilidad.”.

El 12 de enero de 1907, fueron estrenadas las Historias Naturales, que dieron lugar a muchas polémicas dentro del mundo musical.

Julio Renard escribió con estilo irónico y sutil un conjunto de pequeños poemas que no se le pasaron a Maurice por alto. Estas Historias están compuestas por El pavo real, El grillo, El cisne, El martín pescador y La pintada. El público aclamó estas pequeñas obras e hicieron repetir La pintada, aunque como ya he mencionado antes, se creo una gran polémica debido a la pública indignación de algunos críticos ante la nueva obra de Ravel.

Pedro Lalo - un prestigioso crítico - se puso en actitud austera declarando pocas cosas había tan ajenas al arte de los sonidos como esas Historias Naturales, para las cuales Ravel había compuesto una música tan laboriosa y tan poco musical como el mismo texto, y con una serie de acordes complicados - de novenas menores, etc. - que torturaban al espectador - todo esto según el criterio de Lalo -.

El pavo real empieza por una introducción solemne, una especie de marcha noble, cuyo ritmo majestuoso persiste en toda la obra. Graves intervalos de quinta sostienen el canto, el cual dice que “seguramente se casará hoy”, pero “la novia no viene”, y lanza entonces un grito diabólico, un glisando por movimiento contrario, que acompaña el efecto deslumbrador de la cola, que se abre “pesada por los ojos que no han podido marcharse de allí...”.

La minuciosa mecánica de El grillo aparece delicadamente expresada por medio de pequeños refinamientos musicales. El canto en general tiene pizcas de ironía y agresividad, combinadas con partes más tranquilas y armoniosas.

Ninguna ironía se puede apreciar en El martín pescador, en donde el autor vive la melancolía de la tarde.

Pero ahora viene La pintada, y ahora la fantasía cómica y la malicia del autor se afirman.

Con su insoportable cacareo llega “la contrahecha de la corte, que no piensa sino en lames a causa de su defecto”. Las estridencias repetidas evocan la turbulencia ridícula y malévola de esa pintada, que debía producir la misma confusión en el mundo de los críticos.

La única objeción de orden puramente musical que a esta obra se le hiciera, lo fue por Pedro Lalo, el cual aseguraba que escuchaba en las Historias Naturales el particular eco de la música de Debussy. Esta particular afirmación provocó una sonada polémica que la prensa bautizó como “El asunto Ravel”.

A mediados de 1908, los Conciertos Colonne presentaban al público la Rapsodia española. Eduardo Colonne - cuyas fuerzas ya declinaban - había puesto toda su atención en los ensayos. El público, desorientado por una orquestación de sonoridades nuevas y por la anarquía de los ritmos, acabó por entusiasmarse con la obra.

Dicha rapsodia estaba compuesta por el Preludio a la noche que enlaza con una Malagueña de un matiz muy ibérico. La Malagueña fue aclamada y repetida, pero todavía se encontraban en el público algunos enemigos de Ravel que no terminaban de mostrar su desaprobación.

La genial Habanera de los Sitios auriculares precede a la agitada Feria, toda llena de contrastes y sorpresas, desbordante de popular alegría.

La Rapsodia española, obra maestra de Ravel, halló en todas partes una calurosa acogida, y fue hasta ese momento la producción más célebre de Maurice.

Gaspar de la noche, una colección de piezas para piano, viene a ilustrar tres de los extraños poemas en prosa de Aloysius Bertrand. En Ondina afirma Ravel todo su poderío como maestro del piano, sobre un diseño agitado de la melodía.

La horca debe ser considerada como una de las manifestaciones más significativas de la estética de Maurice Ravel. Sin adornos recargados, y con una gran sencillez expresa el lúgubre paisaje de Aloysius Bertrand.

La animación fantástica y vertiginosa del Scarbo, que da vueltas extrañas por la habitación, se exalta en misteriosos arabescos que se complican hasta que parece que no pueden más. Scarbo es tal vez la producción más brillante del deslumbrador virtuosismo de Ravel. El mismo año 1908 escribió Ravel Scarbo y Pavana de la bella durmiente del bosque.

Con Mi madre la oca - Ma mére l'oye - se asocia Maurice a la inclinación por la infancia, venerada por algunos y ridiculizada por otros. Muchos de sus defensores admiran el símbolo de una vuelta hacia la sencillez y una protesta contra la ridícula gravedad romántica.

La pavana de la bella durmiente den el bosque, seguida de una corta ilustración a las ansiedades de Pulgarcito, glorifican el gran dominio de los cuentos de Perrault. Después, una agitada “chinoiserie” nos evoca el concierto que los súbditos le ofrecen a Feucha, la emperatriz de las pagodas, y en donde se pueden escuchar “las teorbas hechas con una cáscara de nuez”.

Por último, los descuidados juegos de la Bella, en su horror ante la bestia y la transfiguración, todo ello viene amenizado por un vals, que precede al Jardín encantado. Ma mére l'oye figuró en el primer concierto de la Sociedad Musical Independiente de París.

L'heure espagnole, una comedia musical en un acto, con libreto de Franc- Nohain, fue representada por primera vez en la Ópera cómica, el 19 de mayo de 1911. Ravel la compuso en 1907 y fue editada y publicada en 1910.

Esta obra realizaba el renacimiento de la ópera bufa, ópera típica italiana, y de iba a decaer pronto. El gran croquis que realizó Franc-Nohain se escucha con una orquestación nueva, totalmente original en el arte musical contemporáneo.

La animación rítmica y el gran colorido armónico que Ravel daba a sus obras le destinaban a participar en el renacimiento del baile, que se realiza en la actualidad bajo el impulso de la escuela rusa.

En 1912 Maurice escribió el baile Ma mére l'oye, las espirituales melodías de Adelaida y Dafnis y Cloe.

El 21 de enero de 1912 fue presentado al público, en el Teatro de las Artes de París, el baile Ma mére l'oye, interpretado con una orquesta muy reducida, de unos 32 músicos. Este baile se compone de una Pavana, el Jardín mágico, La bella y la bestia, Pulgarcito, y La emperatriz de las pagodas. Las distintas piezas de la ya antigua suite, unidas mediante cortos interludios, iban precedidas de un prólogo, que ya anunciaba el nacimiento de Dafnis y Cloe.

Un evento organizado por la bailarina Truhanova, engalanaba el nacimiento del baile francés, con sus “Conciertos de danza”, conciertos en donde los nombres de d'Indy, Dukas, Schmitt y Ravel se juntaban en los programas. Después de Istar, la Peri y La tragedia de Salamé, se interpretaba Adelaida.

Por último, y después de muchos retrasos que hicieron mayor deseo en el público por escuchar la obra, la temporada teatral de París dio a conocer al mundo el 8 de marzo de 1912 Dafnis y Cloe.

Dafnis y Cloe es la síntesis más rigurosa de las cualidades compositivas de Ravel. Desde Peleas, de Debussy, no se había producido un triunfo igual. Esta obra, por su carácter y sus proporciones, va más allá del género de baile, puesto que está pensada y construida sinfónicamente, con una duración inusitada, etc. Por tanto la obra hace honor al sobrenombre que le fue dado, “sinfonía coreográfica”.

Después de haber sacado al ballet de su decadencia y bastardía, el compositor lo hace renacer y le da nuevos títulos de credibilidad.

En este caso también casi se produjo un consenso en la crítica y el público a la hora de opinar sobre la obra y su autor.

Roberto Brussel, un respetado crítico musical, dio su opinión sobre la obra en un artículo en el diario El Fígaro: “La obra es francesa, y esto le da un singular valor a nuestros ojos; y es, por otra parte, la más completa, la más poética que le debemos a la iniciativa artística de Sergio Diaghilew. Es como la afirmación de un sistema armónico bien personal que, sucesivamente, corresponde a la espontaneidad más encantadora y a la indagación más refinada. Merced a esa maravillosa virtud que tiene Ravel de magnificar lo que toca, ya sea en la prosa de Julio Renard, ya los versos de Mallarmé, la ingeniosa historia de Dafnis y Cloe se adorna con precisa ternura, con un panteísmo estremecedor y, para decirlo todo, con una poesía singular, nueva y ardiente, poderosa, cálida, con ese poder sano y sin énfasis ni redundancia, cuya fuerte simplicidad nos conmueve más que cualquier aullido romántico.”.

Con decoraciones de Bakst, danzada por Karsavina, Nijinsky y Bolm, ésta, su obra maestra, fue llevada a la victoria bajo la dirección musical de Pedro Monteux.

Los Tres poemas de Mallarmé, para canto y pequeña orquesta (cuerda, dos flautas, dos clarinetes y piano), son una pieza extraña dentro del repertorio de Maurice Ravel.

En una gran coincidencia, el autor de Peleas, o sea, Debbusy, y el de Dafnis y Cloe se juntaron para escribir las mismas obras, Soupir y Placet futile; pero mientras que Debbusy concluía su tríptico con la molicie del Eventail, Ravel no dudó en completar el suyo poniendo música al famoso soneto de Mallarmé Surgi de la croupe et du bond.

La gracia de Surgi aparece intensamente expresada por arpegios sobre los armónicos de la cuerda, mientras que el pero de la melodía lo lleva enteramente la sección de viento.

Dar a los sonetos de Mallarmé una atmósfera musical parece una misión imposible, ya que son profundamente intelectuales, y en donde la idea principal no aparece perfectamente expresada, sino mediante metáforas complementarias. Pero Surgi disipa todas las dudas existentes al respecto, ya que el resultado no fue más que una de las mejores obras de Ravel.

Esta es la obra de Maurice Ravel. Se puede afirmar que es bastante y profundamente bella y revolucionaria en su tiempo. Piezas clave como el Cuarteto en fa, Dafnis y Cloe, Shéhérazade, Los Espejos, etc. han permanecido y permanecerán en las memorias del público y la crítica de su época y de la nuestra.

El musicólogo Emilio Vuillermoz escribió acerca de Ravel: “El estudio de la historia nos enseña que ninguna época se vio privada de obras maestras; procuremos descubrir las que nos perteneces, y no dejemos a nuestros nietos el cuidado de reparar nuestros errores de juicio. Tenéis actualmente a nuestro alrededor los clásicos de mañana. Sabed adivinarlos y honrarlos; que el culto de los muertos no os haga olvidar vuestros deberes para con los vivos.”.

RECAPITULACIÓN

Ravel, como tantas figuras de la creación musical de este siglo, es un personaje difícil de situar en una estética determinada, o de clasificar de un modo u otro. La primera referencia que suele acudir a todo el mundo es el impresionismo pictórico, como sucede con Debussy, autor al que siempre, y no sin motivo, se le ha relacionado. No obstante, ambos sólo de forma impropia pueden ser llamados impresionistas. Debussy está más conectado, sin duda con el simbolismo poético de figuras como Mallarmé, Verlaine o Réginer, y se sentía molesto ante la palabra "impresionista", como manifestó en esta famosa frase suya que escribió a Durand en 1908 a propósito de sus Images orquestales: "Intento hacer algo nuevo, realidades, por así decirlo: eso que los imbéciles llaman impresionismo".

El caso de Ravel es aún más claro: los contornos tan precisos de su música la alejan de toda vaguedad "impresionista". Apenas hay un intento de disolución de la tonalidad como en el caso de Debussy. La obra de Ravel ostenta una personal y decidida afirmación de la tonalidad pero ampliada y enriquecida con recursos como la modalidad, la construcción de sonoridades a partir de superponer dos acordes de tonos distintos, la constante aparición de disonancias, que a veces parecen más agresivas que en Debussy.

Ravel ha sido conectado por algunos al Neoclasicismo, y no deja de ser cierto que esta afiliación se revela más significativa que la de "impresionista", en el sentido de que informa más de su arte. Sabemos que la estética neoclásica tiene manifestaciones muy diversas y confusas en nuestro siglo; podemos citar a Stravinsky, Falla, Bartók, etc. pero coincidiendo en todos casos en un gusto por la claridad y la depuración técnica, una atención a las formas de hacer música de tiempos pasados, pero siempre presentándolas con una fuerte carga de modernidad, y en definitiva, una singular contención e intelectualización de la música que lleva a preocuparse por la perfección de los detalles y por el trabajo bien acabado antes que por mover las emociones con grandes efectos.

Ravel es un compositor extremadamente concreto y su música es precisa, equilibrada, transparente, aunque brilla de emoción por todas partes. Pero no es nunca una emoción vulgar o grandilocuente, ya que se cuida de ironizar sobre el patetismo romántico y de mantenerse a distancia de los cantos inflados de tremendos sentimientos.

Todo en Ravel es refinamiento, elegancia y, hay que decirlo, ternura, y sólo quienes no poseen la sensibilidad necesaria para simpatizar con su arte lo acusan de sofisticado, de prestidigitador, o de técnico frío y desapasionado.

La producción musical del autor de Juegos de agua, pese a que tampoco sea muy abundante , ha abarcado prácticamente todos los géneros: la música pianística en forma de piezas sueltas y "suites", donde se encuentran algunos de sus más valiosas obras. La música de cámara -un trío, un cuarteto, dos sonatas con violín, la sonata de violín y cello, Introducción y Allegro, siempre obras muy trabajadas, como si fueran cada una la culminación de una serie.

Como todos los grandes compositores, Ravel tiene infinidad de registros en su expresión de la música, y en estas obras de amplia factura tenemos a un Ravel lleno de energía y poder, con pleno dominio de la orquesta, que no parece tener nada que ver con el Ravel intimista y delicado.

Podemos decir que, sin que haya quedado estilísticamente estancado en ningún momento, ha sido un compositor cuyo lenguaje “cuajó” extraordinariamente pronto, adquiriendo una serie de elementos que iban a caracterizarle hasta el final de sus días. Aunque este fenómeno es común a muchos compositores, es menos común atreverse con el cuarteto de cuerdas tan joven como él lo hizo, y siendo su primera y única incursión, componer una obra maestra.

Los últimos años de Maurice Ravel fueron una verdadera tortura. Era casi un muerto viviente, incapaz de comunicarse con el exterior. Insomnio, fatiga, pérdida de movimiento en las manos, fases de amnesia y afasia. Pero al mismo tiempo perfectamente consciente de que estaba perdiendo vocabulario, que era incapaz de recordar como se escribía una carta y que miraba impotente a los muchos admiradores que le tendían un papel y un lápiz en busca de un autógrafo.

Se pasó toda su vida intentando ocultar, sus propios sentimientos y tuvo como mayor virtud la imposibilidad de demostrar nada que no fuera impasible. Cuando por fin los médicos decidieron operarle, para intentar abrir la espesa niebla que rodeaba su cerebro, sólo consiguieron sumergir a Ravel en una dulce agonía de ocho días, tras la que murió, el 28 de diciembre de 1937.

OBRAS PARA PIANO

Piano a dos manos

Sérénade grotesque (1895)

Menuet antique (1895)

Pavane pur une Infante défunte (1899)

Jeux d'Eau (1901)

Miroirs (1905)

Sonatine (1905)

Gaspard de la Nuit (1908)

Minueto sobre el nombre de Haydn (1909)

Valses nobles y sentimentales (1911)

Prélude (1913)

Piano a cuatro manos

Ma Mére l'Oye (1908)

Dos pianos a cuatro manos

Les Sites Auriculaires (1985)

Canto y piano

Ballade de la reine morte d'aimer (1894)

Un grand sommeil noir (1896)

Sainte (1896)

Deux Epigrammes (1898)

Si Mornen (1899)

Manteau de fleur (1903)

Le Noël des jouets (1905)

Les Grands Vents venus d'Outre-Mer (1906)

Histories Naturelles (1906)

Sur l'Herbe (1907)

Vocalise en forme d'Habanera (1907)

Cinq mélodies populaires grecques (1907)

Mélodie française (1910)

Canto e instrumentos

Tres poemas (1913)

Canto y orquesta

Shéhérazade (1907)

Música instrumental

Cuarteto de arco (1902-03)

Introduction et Allegro para harpa, cuerda, flauta y clarintete (1906)

Trío para piano y violonchelo

Orquesta

Shéhérazade (1898)

Rapsodie espagnole (1907)

Bailes

Dafnis y Cloe (1906-11)

Ma Mére l'Oye (de su propia suite de piano) (1912)

Obras líricas

Myrrha(1901)

Alcyone (1902)

Alyssa (1903)

L'Heure espagnole (1907)

ÍNDICE

Su obra 1

Sitios auriculares 3

Juegos de agua 3

Cuarteto en Fa 4

Shéhérazade 4

Espejos 6

Historias Naturales 7

Rapsodia Española 8

Ma mére l'oye 10

Dafnis y Cloe 10

Recapitulación 13

Bibliografía 15

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