Marchesi; Alumnos con problemas emocionales y de conducta

Educación especial. Comportamientos disruptivos. Identidad. Orientador. Alumno

  • Enviado por: Rehoward
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 2 páginas
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  • Referencia bibliográfica

    • Marchesi, A. (2004): “Alumnos con problemas emocionales y de conducta”, en Marchesi, A. (Ed.): “Qué será de nosotros, los malos alumnos”. Madrid, Alianza. (pp. 125 - 163)

  • Breve resumen de la lectura

Tanto los comportamientos disruptivos como los problemas emocionales son dos situaciones interrelacionadas que influyen en el rendimiento académico afectando a la calidad del aprendizaje. La búsqueda de la autonomía y la construcción de la propia identidad, en gran medida en oposición a lo establecido, es una de las características propias del desarrollo adolescente, es una forma de autoafirmación y de oposición que se produce tanto para demostrar el valor personal como para conseguir el reconocimiento del grupo. Desde este capítulo se propone un acercamiento a estos tipos de situaciones bien conocidas por todos, ofreciendo sugerencias concretas y precisas de actuación.

  • Ideas principales

  • ¿Hay relación entre los problemas de comportamiento y los problemas emocionales? Se entiende por alumno disruptivo aquel que impide el aprendizaje en clase o que no respeta las normas de convivencia de la escuela, mientras que los problemas emocionales se refieren a situaciones personales del alumno que pueden interferir en su aprendizaje pero que normalmente no alteran el funcionamiento del aula.

  • Existe el riego de que se perciban las dificultades de conducta como desprovistas de componentes emocionales y a los problemas emocionales de los alumnos como aquellos de tipo interno que no producen alteraciones de comportamiento ni influyen en la acción de los profesores. En cualquier caso, ambos guardan relación con las dificultades de aprendizaje, de modo que será un tema a analizar cuidadosamente.

  • El cuidado de la vida afectiva de los alumnos no suele estar entre las prioridades de la acción educativa en las escuelas, sin embargo es una dimensión crucial en su desarrollo. El primer enfoque con aquellos alumnos que presenten dificultades emocionales y de comportamiento que tienen problemas de aprendizaje debe orientarse hacia sus sentimientos sobre ellos mismos, al incremento de su autoestima. Las ventajas de un modelo sistémico en la interpretación de estos comportamientos resulta esencial para una correcta intervención.

  • Los alumnos con problemas de comportamiento se mueven entre dos polos: son alumnos que sufren pero a la vez hacen daño. Ambos reflejan la realidad. El énfasis en uno o en otro orienta las preferencias en las iniciativas educativas: el castigo y la sanción frente a la ayuda pedagógica y psicológica.

  • Frente al castigo y la sanción como solución defensiva ante los comportamientos inadecuados, es más positivo construir un clima que favorezca la salud emocional de los alumnos, canalice sus conflictos y regule su comportamiento. De esta forma, el número de sanciones disminuirá y tanto los profesores como los alumnos se sentirán más satisfechos.

  • Las investigaciones recientes sobre el cerebro emocional han confirmado las relaciones entre las emociones y las habilidades cognitivas. El cerebro emocional permite tomar conciencia del valor de la información recibida, lo que dota de significado emocional a las relaciones con los objetos y con las personas. En este sentido, el docente es un punto de referencia afectivo importante para cada alumno, y debe propiciar experiencias de éxito que rompan el círculo negativo de incapacidad-fracaso-baja autoestima-abandono de tareas escolares. Las iniciativas en las escuelas para paliar este círculo reciben el nombre de “alfabetización emocional”.

  • Hace falta estar preparado para enseñar a los alumnos con problemas de comportamiento. Se proponen una serie de actuaciones para afrontar el problema con garantías de éxito: (1) mantener expectativas realistas pero elevadas hacia estos alumnos y hacia sus propias posibilidades, (2) comprender las posibles causas y efectos de la conducta disruptiva de los alumnos, (3) a partir de esta reflexión, se trata de decidir la estrategia más adecuada.

  • El acuerdo con los alumnos sobre las normas de funcionamiento de la clase, así como su preparación cuidadosa, el diseño de actividades variadas y la atención a los ritmos diferentes de aprendizaje de los alumnos son iniciativas que ayudan a conseguir los objetivos propuestos. Pero en muchas ocasiones no es suficiente, ¿cómo mantener la calma y el control de la situación en horas de clase? No existen recetas, pero sí sugerencias: calorar con la clase el conflicto, recordar las normas, aplicarlas con el alumno provocador, hablar individualmente con él, favorecer un clima de tranquilidad en el aula en el que puedan expresar sus opiniones y sentimientos sin miedo,…

  • El “contrato con el alumno” es una estrategia o acuerdo sobre su comportamiento en el que se incluyen los premios por el cumplimiento de lo acordado y las sanciones cuando se incumple. El principal objetivo es que el alumno se sienta valorado por los adultos y por sus compañeros a través del comportamiento aceptable; Los grupos de trabajo cooperativos en los que se mezclan alumnos heterogéneos pueden ayudar también a aquellos con sensación de marginación o con dificultades para relacionarse.

  • La acción del orientador del centro reviste, en este contexto, una gran importancia. Su papel debe estar principalmente al servicio de los profesores y de la acción tutorial con el objetivo de que exista una preocupación constante en el centro por el desarrollo afectivo de todos los alumnos. Pero también debe estar atento a las necesidades psicológicas de éstos.

    • Reflexión personal

    Está demostrado que la violencia en los niños se asocia a conductas antisociales en la infancia y a violencia y otros crímenes en los adultos. La sociedad en su conjunto y no sólo los niños podrá beneficiarse de poner punto final a los castigos infantiles. La mayoría de los niños experimentan castigos, y esto puede interpretarse como que los padres prestan poca atención a los posibles efectos colaterales como agresividad futura.

    Podría definir el castigo corporal como el uso de la fuerza física con la intención de causar en el niño/a una experiencia dolorosa pero sin lesiones. Ejemplos de castigos corporales son: pegarle al niño en la mano o nalga, apretar o pellizcar el brazo, etc. Estos castigos permanecen como un precursor significativo de conductas antisociales más tarde. Cuando los padres utilizan el castigo corporal para reducir la conducta antisocial del niño, el efecto a largo plazo tiende a ser el opuesto.

    Los castigos corporales se asocian con comportamientos adultos de depresión, violación, abuso físico, conductas sexuales sadomasoquistas. Ante ello, ¿qué podemos hacer como futuros pedagogos? Es necesario que los padres reemplacen el castigo corporal por métodos no violentos de disciplina.
    Esto podría reducir el riesgo de conductas antisociales entre los niños y reducir el nivel de violencia en la sociedad.

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