Mapuches

Historia de América. Culturas americanas precolombinas. Civilización araucana. Pueblo mapuche. Historia de su economía y sociedad

  • Enviado por: Loreto
  • Idioma: castellano
  • País: Chile Chile
  • 8 páginas

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Trabajo de Historia Universal:

El pueblo Araucano, Los Mapuches

ARAUCANOS, EL PUEBLO MAPUCHE

En el momento de entrar en contacto españoles y araucanos, estos últimos estaban asentados en la región comprendida entre el Biobío y el Cautín. Pero habían entrado en relaciones y tal vez cruzándose con la población chilena primitiva hasta el Itata por el norte y hasta el Tolten por el sur.

El número de habitantes del pueblo mapuche depende del sentido que se da al vocablo. Los cálculos de Ercilla y de los cronistas coinciden en que este pueblo podía reunir entre 40.000 y 60.000 guerreros, hacia 1558, cuando había perdido la tercera parte de sus pobladores; y si calculamos seis almas por cada guerrero, habría que fijar la población del estado de Arauco en una cifra vecina a 350.000 almas, o sea, en la tercera parte de la población total de Chile.

Sobre su descripción física podemos decir que su estatura era baja (1,61 a 1,63 metro para el hombre y 1,43 a 1,44 metro para la mujer); el tronco muy bien desarrollado, es de pecho alto y arqueado y más largo que el del blanco con relación a la altura. Los senos de la mujer son cónicos, bastante apartados y se proyectan hacia fuera más que en la europea. La cabeza parece grande a causa de llevar el pelo en forma de melena hasta los hombros pero en verdad es pequeña, la cara es generalmente redonda, la boca es grande, los labios gruesos y el superior muy largo, el cutis es moreno y el pelo es oscuro. El aspecto general del araucano se singulariza entre todas las razas americanas por una impresión de robustez y de virilidad, que sirve de marco a la sicología más viril y a la de mayor energía vital entre las razas del continente americano.

Los mapuches se tornaron sedentarios en nuestro territorio y asimilaron en parte la civilización chincha-chilena, principalmente por el conducto de las mujeres que quitaron a los vecinos. Se hicieron agricultores y ganaderos y la base de su ganado la formaban la alpaca y la llama que heredaron de los chincha-chilenos. No alcanzaron a aprender el trabajo de los metales, ni lograron asimilar la alfarería adelantada de la civilización chincha-chilena pero introdujeron en su lugar la vasija de madera.

Pero el hecho más trascendental de las relaciones entre el invasor mapuche y la antigua cultura chincha-chilena fue la perdida del idioma del pueblo vencedor y la adquisición de la lengua del vencido. Un problema es el aislamiento de la lengua mapuche o, mejor dicho, del chili dugu, en el grupo de las lenguas americanas. El mapuche como todas las lenguas americanas, es aglutinante; la simple yuxtaposición de elementos distintos en una misma palabra, modifica el valor gramatical y expresa matices de las ideas. Dentro del grupo de las lenguas americanas, se caracteriza por su notable estabilidad fonética y por su estructura sencilla y analizable. El mapuche es un idioma armonioso, sonoro y uno de los más perfectos entre los idiomas americanos

a) Origen

Uno o dos siglos antes de la invasión incaica, este pueblo guerrero se incrustó, como una cuña, a la altura del Cautín, cortándola en dos porciones.

La forma como dividió la población autóctona, hace inverosímil la posibilidad de un arribo por el norte o por el sur. Por otro lado la persistencia de costumbres pampeanas y algunos nombres personales y geográficos y apellidos o denominaciones totémicas, como nahuel (tigre) y cheuque y huanque (avestruz) inducen a suponer que los araucanos residieron cierto tiempo en las pampas argentinas como cazadores nómades, vistiéndose de pieles y construyendo sus toldos con cueros de huanacos; y que atravesaron los Andes por los pasos bajos y desembocaron en el valle de Cautín

El pueblo se denominaba a sí mismo mapuche (gente de la tierra). Los españoles le dieron el nombre de araucanos, inventado por Ercilla. No tiene entroncamiento inmediato con otra raza pampeana. Difiere demasiado de la que se ha denominado araucano-argentina. Latchman observa con razón que, si hay entre ellas entroncamiento, es menester situarlo en tiempos muy lejanos. La hipótesis de una travesía de las pampas desde regiones remotas no es inverosímil; pero no ha dejado otros rastros que los ya apuntados, los cuales, si justifican la probabilidad de la travesía, no proyectan ninguna luz sobre el punto de partida. Como dice Darapski “ningún pueblo se levanta para reclamar como hermano a los antepasados de los araucanos”.

Los mapuches, al cortar en dos porciones la civilización chilena preincaica no la destruyeron; se limitaron a empujar hacia el norte una parte de los pobladores, a los cuales, como se ha dicho, dieron el nombre de picunches, y hacia el sur, el resto, que denominaron huillinches.

  • Organización

  • Social y Política.

  • La interferencia que, necesariamente, debía producirse como resultante de la sujeción del individuo, por un lado al tótem de origen materno y, por el otro, a la autoridad del padre, contrarió el desarrollo de las instituciones sociales y políticas; y mantuvo en estado de dispersión la enérgica individualidad del araucano. Los progresos realizados en este terreno, no corresponden ni a su gran energía vital ni a su excepcional inventiva guerrera. Todo induce a divisar en este contraste un fenómeno sociológico transitorio y no la manifestación de la inferioridad mental del pueblo mapuche.

    Las instituciones sociales y políticas empezaban en el lov; o sea, la reunión de los parientes inmediatos, que habitan un grupo de rucas vecinas. En estas reuniones sólo se consideraban los asuntos estrictamente familiares.

    En una extensión de terreno llano, rodeada de árboles frondosos vecina al catán o a la ruca del lonco o jefe del grupo totémico, se reunían los caciquillos, los indios principales y todos los que le debían sujeción totémica; y en estas juntas se discutían los asuntos internos de su comunidad. En el mismo local se celebran, también las fiestas familiares, los matrimonios, las iniciaciones, los funerales, los negocios. Posteriormente, se extendió el nombre de cahuin a toda fiesta o reunión familiar en que se invitaba a los parientes y a los amigos. “Siempre había borrachera -dice Pérez García- en el quiñe lovcahuin, es decir, junta para sembrar; en el malarcahuin, es decir, junta para cercar; en el nuincahuin, es decir, trilla de la era; en el ilercahuin, es decir, boda o convite; en el tuncahuin, es decir, entierro; en el rucatucahuin, es decir, hacer casa; en el pruncahuin, es decir, fandango; en el hueyelpuruncahuin, que es baile deshonesto que se sigue a la embriaguez, o el revolverse las mujeres de los unos con los otros y, en fin, en el nuinprucahuin, su baile alegre con bandera alrededor de un canelo, como yeguas para trillar.”

    El levo era una institución más amplia; abarcaba varios grupos totémicos o cahuines, que reconocían un antepasado común, y solían constar de 1.600 a 1.400 almas. Hacía de cabeza el jefe superior de los grupos, que de ordinario era el descendiente más inmediato del antepasado común, y tomaba el nombre de toqui. En cada levo había tres jerarquías: ngentoqui (jefe militar); el ngenvoigue (jefe civil o del tiempo de paz), y el voiguenvoe (sacerdote), jefe religioso. Los tres usaban una especie de hacha como insignia del mando; pero el color variaba: la del primero era negra; la del segundo, de color claro, y la tercera, de color azul pizarra. El toqui de paz o ngenvoigue era el verdadero jefe hereditario descendiente del fundador y podía ser o no también el toqui y el voiguenvoe. Lo común era que delegara este último cargo en un sacerdote. Mas, a menos de ser jefe militar, ulmen (rico) o hechicero de gran prestigio, su autoridad no se extendía más allá de los asuntos religiosos. Para todo lo que no pertenecía al culto o a la interpretación del admapu, necesitaba reunir a los caciques subalternos y a los ulmenes (indios principales de los españoles), que resolvían en definitiva. “La triple potencia (que constituye la soberanía) -dice Molina- reside en el cuerpo entero de los varones. “El toqui militar era un puesto electivo y la designación correspondía a la asamblea general de los conas (hombres de guerra) del levo. En resumen, la autoridad del jefe (nguenvoigue) derivaba más de su persona que del cargo.

    El levo tenía ya un aspecto abiertamente político. Se decidían en él no sólo los asuntos de interés local, sino también la aceptación o el rechazo de los acuerdos de otros levos, lo pertinente a la paz y a la guerra y, en general, todo lo que afectaba a la comunidad. Cada levo era independiente y autónomo.

    Las reuniones de los levos se verificaban en un lugar ubicado, más o menos, a media lengua de la residencia del jefe. Algunos cronistas, en vista del destino de este lugar, lo compararon a una plaza de armas colonial. Otros le apodaron bebedero, por las prolongadas borracheras que se seguían a las reuniones.

    Antes de la llegada de los españoles, se celebraban ocasionalmente en tiempo de grandes calamidades, terremotos, sequías, epidemias u otros acontecimientos sensacionales que afectaban a la comarca, reuniones de varios rehues que formaban entre sí una tribu. Los llamados ailarehues (nueve rehues). Entre ellos rehues que concurrían había cierta cohesión, pero el nombre era meramente tradicional, pues el número de rehues que lo formaban, a lo menos al despuntar la época histórica, era indeterminado. El jefe civil de la tribu o aillarehue se llamaba mapu-ulmen y el jefe militar o general, mapu-toqui. Desde que comenzó la guerra de los españoles, los aillarehues tomaron gran importancia. Se hicieron célebres los de Arauco, Tucapel y Purén. Esta fue la mayor agrupación que alcanzó a realizar el genio político del pueblo mapuche hasta entrar en contacto con el español.

    La guerra con los españoles engendró una cuarta institución: la vutamapu o junta de aillarehues. Empezó por ser una reunión esencialmente militar. El primero parece haber sido el de los aillarehues de la costa de Arauco, que eligió por generalísimo a Lautaro.

    Al principio funcionaban tres vutamapus, denominados lavquenmapu (región de la costa); lelvunmapu (región de los llanos), e inapiremapu (región vecina a las nieves). Más tarde, los españoles, para facilitar las paces, añadieron dos más: piremapu (región de la alta cordillera) y huillichemapu (gente del sur). Ambos estaban formados por tribus vecinas extrañas al pueblo mapuche, que nunca tomó en cuenta estos nuevos vutamapus. Los jefes de cada una de estas agrupaciones tenían carácter estrictamente militar, eran elegidos por los caciques federados, y a su mando duraba lo que la guerra. En los levantamientos generales se reunieron, a veces, tres o cuatro toquis y designaron un general único. Los españoles denominaron impropiamente gran toqui a este generalísimo, pues la autoridad de los otros toquis cesaba desde que se producía el acuerdo.

    Estas instituciones se modificaron durante la Colonia y algunas desaparecieron, como la organización totémica. No obstante las organizciones, como lo notaron los españoles, el pueblo araucano carecía casi de cohesión social y política

    2- Económica

    La organización económica descansaba sobre la base de un enérgico individualismo. No llegaron a la propiedad individual de la tierra, pero cada mapuche era dueño exclusivo de los ganados, de las cosechas y todos los bienes que lograba reunir. Rehusaron siempre pagar tributo a propios y a extraños; las armas y alimentos con que contribuían a la guerra, eran donativos voluntarios.

    Los hombres vivían siempre listos para emprender una campaña o repeler un ataque; y los escasos momentos de las continuas guerras les dejaban libres, lo dedicaban a reparar sus armas y a hacer los trabajos que sobrepasaban la fuerza de las mujeres. Al azar de las treguas que le concedía el enemigo las siembras y las cosechas eran confiadas a las mujeres y a los ancianos de la tribu, que podían atenderlos con regularidad. El trabajo de la mujer en la siembra tenía, también un aspecto místico, pues parecen haber creído que la intervención de la mujer era indispensable para la fecundidad de los campos y la germinación se las siembras. Temían que, al efectuarla los hombres solos, las cosechas fueran mediocres o nulas.

    Por otro lado, el mandato de los muertos, el adamapu era ciegamente obedecido y hacía innecesaria la legislación positiva. El mandato de todas las autoridades reunidas no habría bastado para inducir a un mapuche a infringirlo, ni tenía objeto ordenar algo que todo el mundo cumplía. Así lo hicieron mis mayores, contesta hasta hoy los mapuches, cuando se le pregunta por la razón de un rito o de una costumbre.

  • Familiar

  • La familia araucana era de estructura patriarcal, y se componía de un hombre, sus mujeres y sus hijos. Habitaba una ruca o aposento pequeño de madera y paja. Los hermanos y los parientes casados vivían en rucas vecinas. El conjunto de rucas pertenecientes a una misma familia formaba un lov, que equivalía a la machulla huilliche.

    El hombre podía casarse con el numero de mujeres que sus recursos le permitían. Los ulmenes o ricos reunían cinco, seis y más, los indios pobres se contentaban con dos o tres mujeres y es probable que muchos tuvieran una.

    El fondo sicólogo de la poligamia araucana era la necesidad vital de engendrar muchos hijos, propia de los pueblos durante el periodo ascendente de la evolución social. La mujer, lejos de ser una carga para el hogar, constituía la principal fuente de producción. Todas trabajaban: unas cultivaban el campo el campo, otras tejían mantas, frazadas y paños; algunas eran alfareras o diestras en la preparación de los cueros y de las pieles.

    Los móviles de la poligamia araucana eran, pues, vitales y económicos, y diferían fundamentalmente de la mahometana de la decadencia

    Entre los araucanos, el parentesco se establecía por la filiación materna; cada madre y su descendencia formaban un grupo totémico independiente de los constituidos por las descendencias de las otras mujeres del mismo marido, a menos que ellas pertenecieran al mismo totém. El matrimonio era un tabú entre los miembros de un mismo totém.

    El matrimonio era precedido de un contrato entre el novio y el padre de la novia, y se completaba con un rito religioso. Lo común era que el matrimonio se concertara con el conocimiento y la anuencia de la interesada. Pero debía seguirse después un rapto simulado. El rito religioso de matrimonio consistía en el sacrificio de un animal, por lo común un cordero. Oficiaba en la ceremonia el padre de la novia.

    La primera mujer, la unendomo, era la verdadera dueña del hogar y su hijo mayor era el primogénito. Las mujeres que el marido capturaba al enemigo, se añadían a la familia como simples concubinas. El adulterio de la mujer no era frecuente.

    La mujer araucana era considerada impura dentro del parto a pesar de ser muy fecunda, se calculaba como termino medio cuatro hijos por mujer casada. Cada mujer vivía con sus hijos, cocinaba aparte para ellos y también para el marido.

    La enseñanza de las niñas corría a cargo de las mujeres de edad madura. Comprendía los quehaceres de la casa, el arte de tejer ponchos y paños, la alfarería, la fabricación de chichas, etc. Ellas mismas les enseñaban la parte del misterio totémico y de las tradiciones familiares que era lícito comunicar a las mujeres. La mujer araucana era excepcionalmente vigorosa.

  • Algunas Costumbres.

  • Lo mismo que casi todos los pueblos en igual grado d evolución social, el araucano se alimentaba muy irregularmente. Soportaba el hambre durante las guerras y las escaseces con el mismo estoicismo que exteriorizó delante del dolor físico. La base de su alimentación estaba formada por los sembrados de maíz, frijoles pallares, papas, quinoa, mango, etc. y sus ganados de llamas y alpacas domésticas. Practicaban la caza y la pesca en pequeñas canoas. Si se hartaban de comida cuando podían hacerlo a costa ajena, en cambio se hartaban de bebidas fermentadas a costa propia. La bebida, el baile y el canto eran inseparables en sus cahuines o reuniones familiares, de las faenas agrícolas, las bodas, los entierros, la construcción de una casa y sus juntas de índole religiosa o militar. La borrachera no era un vicio entre los mapuches. Hacía parte de su concepto moral de la vida, de sus costumbres tradicionales y de sus ritos religiosos. Durante las borracheras, eran frecuentes las disputas por la posesión de la mujer o por otras causas, que degeneraban en riñas o muertes.

    Entre los juegos de agilidad practicados antes del contacto con los españoles, los principales eran la chueca y la pelota. En el primero se colocaban frente a frente dos hileras de individuos, que solían llegar hasta veinte por bando, y luchaban por llevar a su lado una bola de madera, valiéndose de un palo arqueado de coligue. En el segundo, se ponían en círculo ocho a diez mozos desnudos desde la cintura arriba, y se arrojaban unos a otros la pelota de madera esponjosa como el corcho, cada uno procura rebatirla con la palma de la mano con cuanta fuerza puede, y herir a uno de la banda contraria. En tiempo de los españoles eran frecuentes las apuestas, sobre todo en las partidas de chueca.

    Las ceremonias funerarias de los araucanos eran un reflejo de sus concepciones religiosas: el culto de los antepasados y la creencia de que los dobles o ánimas eran indestructibles y continuaban en la vida futura experimentando las mismas necesidades y gustos que tuvieron en la presente.

    Toda muerte producida por otras causas que las heridas en las guerras o en las riñas, para el araucano era la resultante de la hechicería. Se consultaba la causa de la muerte con un machi, y éste señalaba al autor después del examen del cadáver o de alguno de sus despojos y de complicadas ceremonias. Si señalaba a algún individuo conocido, pesaba sobre los parientes la obligación de vengar al deudo en la persona del autor de la muerte. Partían con sus lanzas en alto y mataban al individuo señalado por el machi, dondequiera que le encontrasen. A veces, la venganza alcanzaba a toda la familia del inculpado.

  • Religión y Creencia.

  • La evolución religiosa del pueblo araucano aún no había alcanzado la etapa de las concepciones abstractas: no tenía idea de Dios, ni de demonio, ni de bien ni de mal, ni de premios ni de castigo en una vida futura, semejantes a las que informan el cristianismo. Si albergaba en embrión la idea de un Ser Supremo, sus manifestaciones aún no eran aparentes para nosotros. Las infracciones de las normas tradicionales, el adulterio, el hurto, el asesinato, etc. carecían de trascendencia moral y religiosa. Tenían el carácter de falta personal del hechor para con el ofendido, y podían ser vengadas por él o por la colectividad a que pertenecía, en caso de no admitirse la compensación.

    El mapuche creía que la vida se prolongaba más allá de la muerte; que se prolongaba en un doble exacto del cuerpo, en algo equivalente a la sombra que veía dibujarse en el agua o en el suelo y que era imposible de aprehender. Para atender a necesidades, se enterraban con los muertos los objetos que les servían en su vida: alimentos, utensilios, caballos, etc.

    Los dobles o espíritus conservaban la forma del cuerpo y los caracteres que tuvieron en vida. La vida familiar y social se reanudaba en el más allá: el cacique seguía rigiendo los dobles o almas de los que gobernó en vida; y los mismos sentimientos, pasiones y diferencias de edad, sexo y condición social, continuaban en el mundo de las sombras exactamente como existieron en el mundo de los vivos. Con la muerte se desprendía el cadáver, y pasaba por dos fases distintas: las del am y pulli. El am es el espíritu de los recién muertos, que aún no se ha alejado de los lugares y personas que frecuentaba en vida.

    El am y el pulli eran, pues, dos fases sucesivas por las cuales pasaba después de la muerte el espíritu o doble que había nacido con el individuo. El ahué era, por el contrario, un espíritu distinto, algo así como un segundo doble transitorio, que nacía del cadáver con la muerte y que permanecía junto a él con su misma forma corporal, pero más tenue. La primitiva creencia del ahué, se refundió posteriormente en el pueblo chileno, en la superstición popular de las ánimas. Puede servir de intermediario con el am, pero no se confunde con él.

    El espíritu de los antepasados, después de convertirlo en pulli, continúa velando por los suyos. El araucano lo encarnaba en el Pillán, entidad que no corresponde a la de un Dios o de un demonio, sino a la del progenitor. No tenían un Pillán para todos; cada clan y cada tribu tenía el suyo, su propio progenitor, masculino o femenino, según el espíritu patriarcal o matriarcal que predominaba en ellos. De aquí las expresiones: “Tú nos has engendrado” y “Tú nos has parido”, que figuran en sus súplicas.

    El culto de los antepasados es el núcleo central de la religión araucana. De ellos proviene todo el bien que se puede recibir: las buenas cosechas, la abundante reproducción del ganado, la salud, la vida de los hijos, la paz, etc. De ellos proviene, también, todo mal: las plagas de gusanos o de langostas, las sequías y las inundaciones que arruinan las cosechas, las epidemias que diezman el ganado o que matan a los nombres.

    El enojo del Pillán podía provenir de la infracción de algún tabú, de la falta de cumplimiento de alguna práctica ritual o de alguna ofensa al totém o aliado de la tribu, que se manifestaba, como se ha dicho, por las pestes, las inundaciones, las sequías, los terremotos, etc.

    Los voiguevoes (señores del canelo) eran ministros que les ayudaban a influenciar el espíritu de los antepasados, o sea, el Pillán, y a combatir las maquinaciones de los hechiceros o brujos. Suponiendo que la magia colectiva debía ser más potente que la individual, formando sociedades esotéricas que mantenían en estricto secreto y cuya finalidad era precaver los contratiempos y procurar el bien posible a la comunidad, cada una dentro de su esfera de acción

    Los ritos no constituían, pues, una adoración, sino una petición, se hacían con el objetivo de pedir lluvias, buenas cosechas, aumento de ganado y otros favores relacionados con sus siembras y sus crianzas; y se dirigían conjuntamente al Pillán (antepasado) y al totén (aliado de la tribu)

    Además del culto a los antepasados, los araucanos creían en diversos seres y espíritus, en su mayoría malévolos: el huecuve, que servía de instrumento a los brujos para sus hechicerías; el colo colo, especie de basilisco; el cheiquehuecuve, cuero con uñas que vive en el agua y hace presa en los añistas, etc.

    El pueblo araucano fue profundamente religioso; la religión informaba todos sus actos e influyó en su estructura familiar y política en una medida mayor de la que hasta hoy se ha reconocido; pero su religión era, todavía, animista y su concepción del cosmos, aún mágica. Cree Latchman que la evolución religiosa del pueblo araucano tocaba los umbrales de la etapa mítica en el momento de la llegada de los españoles; y que de no haberla interrumpido la Conquista, el Pillán, ya convertido en el gran progenitor común de la raza, se habría transformado en una deidad mitológica, como Manco Cápac y Quetzalcoatl.

    Factor tan importante como la religión en la estructura familiar y social de los pueblos primitivos, es el tótem; o sea, el animal, objeto o fenómeno de que deriva su apellido el grupo de individuos ligados por consanguinidad real o ficticia. Arranca este vínculo de una alianza de sangre establecida entre el fundador del grupo y el animal, objeto o fenómeno escogido, la cual se transmite a los descendientes de ambos contrantes.

    Entre las denominaciones totémicas mapuches y su leyenda del diluvio, se advierten concordancias que hacen presumir cierto nexo. El espíritu de las aguas, Coi Coi, encarnado en una gran culebra, luchó con Ten Ten, el espíritu de la tierra, también encarnado en otra culebra; e intento su destrucción y la de todos los seres que la habitan.

    El cuga o tótem se heredaba entre los araucanos por la línea materna. El hijo llevaba como apellido el cuga o totén de su madre, nunca el del padre. Cayumanqui, cacique de Arauco, tuvo por hijo a Petehuelén; Ainuvilo, a Llincoyán; Carampangue, a Queupantú, etc.

    Esta supervivencia de un matriarcado en vías de desaparecer, tendía a anular la autoridad del padre, puesto que la mujer y sus hijos quedaban dependientes de una autoridad extraña a él para todas las manifestaciones de la vida política y religiosa: la de su totém.

    Para el araucano, como para todos los pueblos en sagrado de evolución mental, todas las fuerzas de la naturaleza y los fenómenos, como el relámpago, el trueno, las lluvias, las olas, aun los objetos inanimados, tienen espíritus capaces de hacer el bien y el mal. La magia persigue desviar los males y captar en su beneficio o protección los bienes que emanan de los poderes de esos espíritus. La fe en los procedimientos empleados es inquebrantable: si la magia fallaba en un caso dado, el fracaso se debía a una magia más potente que actuaba en sentido opuesto.

    Antiguamente, los ritos mágicos se practicaban por las sociedades esotéricas, bajo la dirección de los chamanes o sacerdotes. Los había de diversas categorías, y parecía que tenían funciones especiales. Algunos chamanes se sacaban los ojos y se cortaban la lengua para darlos a sus discípulos en presencia de la reunión. Otros se atravesaban el vientre con una estaca aguda, sin experimentar dolores ni dejar señales.

    El empleo del sueño hipnótico les era familiar y ha persistido como uno de los recursos que usan sus herederos los machis.

    Con la disolución de las sociedades esotéricas y el avance de la cultura española, las funciones de los antiguos hechiceros fueron degenerando y acabaron por transformarse en los machis. Los machis tenían conocimiento profundo de las plantas medicinales para todos los males corrientes, como las fiebres, indigestiones, etc. También eran hábiles compositores y más que medianos cirujanos. Sólo recurrían a la magia cuando fallaban todos los recursos terapéuticos. Otra función de los antiguos magos chamanes que pasó a los modernos machis, es la de curar objetos.

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