Manuel Mujica Laínez

Literatura argentina del siglo XX. Narrativa. Biografía. Obra. Cronología. El Paraiso

  • Enviado por: NüE
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 24 páginas

publicidad
cursos destacados
Iníciate con Ableton Live
Iníciate con Ableton Live
El curso da un repaso general por las órdenes y menús más básicos, para poder generar...
Ver más información

Curso de reparación de teléfonos móviles / celulares
Curso de reparación de teléfonos móviles / celulares
El curso de Reparación de Telefonía Celular o Móvil está orientado a todas aquellas...
Ver más información


Vida

Y

Obra

de Manuel Mujica Lainez

Presentación:

Manuel Mujica Lainez (1910 - 1984), importante escritor argentino de numerosas obras literarias, fue una persona de grandes aspiraciones y tuvo la esperanza que sus textos sean difundidos por el mundo.

La Fundación “Manuel Mujica Lainez - Ana de Alvear de Mujica Lainez” es la institución encargada de proteger y dar a conocer, entre otras cosas, el invalorable patrimonio cultural que dejara el autor, destacándose los manuscritos completos de su obra.

En septiembre del año 2001, la Fundación estableció que debido a la delicada condición física que presentaban los mencionados Manuscritos, único documento histórico - patrimonio cultural, era necesario garantizar su preservación.

La Fundación:

La Fundación “Manuel Mujica Lainez - Ana de Alvear de Mujica Lainez” surge a partir de la donación de la Señora Doña Ana de Alvear de Mujica Lainez, quien dispuso la propiedad "El Paraíso" -residencia del escritor en sus últimos años-, para tal fin.

Ana vivió diez años posteriores al fallecimiento de Manuel (21-04-84), siempre morando en El Paraíso, sólo que, habiéndose mudado a una de las casas anexas. Desde allí inició el emprendimiento de organizar la fundación.

El objetivo era preservar intacto todo su contenido, tal como estuvo en vida de su propietario.

La fundación se propone entonces:

· Divulgar la obra literaria de Manuel Mujica Lainez

· Recuperar y estimular el hábito de la lectura

· Fomentar investigaciones sobre temas literarios

· Difundir el arte y la cultura en todas sus manifestaciones

En la actualidad se desarrollan distintos tipos de actividades culturales a través de la Fundación, como por ejemplo:

· concursos literarios

· exposiciones de pintura

· ciclos de conferencias

· actuaciones musicales

La casa es un "archivo viviente” donde consultan estudiosos de la obra y público en general. También se coordinan acciones conjuntas de interés cultural con otros Museos tales como Museo Larreta y Museo Fernández Blanco, entre otros.

Sede Operativa y Centro de Referencia

Nicolás Rodríguez Peña 1417

Bº Alta Córdoba

5000 Córdoba

Argentina

Teléfono / Fax

54 - 351 - 4731893

Sede Social

El Paraíso - Cruz Chica

5178 - Capilla del Monte

Córdoba - Argentina

E-mail: info@mujicalainez.org.ar

Web: http://www.mujicalainez.org.ar/

Biografía

Nació el 11 de septiembre de 1910. Descendiente de Juan de Garay, fundador de Buenos Aires, su familia por ambos lados se halla afincada en América desde el tiempo de los virreyes. Su tatarabuelo materno es nada menos que Florencio Varela, político, abogado, publicista y jefe civil de la oposición a Rosas en el exilio. Fray Julián Perdriel, su tío tatarabuelo paterno, es el autor del célebre elogio fúnebre de la Beata Sor María de Paz y Figueroa. Juan Cruz Varela, poeta, periodista y autor de tragedias, era su tío tatarabuelo. Miguel Cané (padre), periodista, novelista y crítico, era su tío bisabuelo, y Miguel Cané hijo, el autor de Juvenilia, era primo hermano de su abuelo.

Su padre, Manuel Mujica Farías, abogado y Ministro de Gobierno de la Provincia de Bs. As., procedía de un ilustre linaje; eran terratenientes, poseían campos y saladeros.

Por parte de su madre, Lucía Láinez Varela, la familia era más ciudadana; había gentes de letras, coleccionistas, estaban en alguna medida vinculados con el arte. De ella, de Lucía, heredó el bagaje cultural.

Ambas familias perdieron todo, todo; salvo el ingenio, y él justamente escribió sobre lo que se fue. Manucho (así se le apodaba) posee la sensibilidad de un niño precoz que vivió entre mayores, aprendió mucho de ellos y, una vez desasido de la mano protectora y falible, los contempla y hace actuar.

Su hermano, el primogénito que llevaba su mismo nombre, murió al año y medio, de manera que cuando ocurre su nacimiento sus cuatro tías, hermanas solteronas de la madre, se dedican a malcriarlo. A los cinco años, andando en un triciclo en la terraza de la casa, cae en un tacho de agua hirviendo, razón por la cual debe pasar un año en cama rodeado de sus tías que le contaban cuentos, de los tradicionales y de los otros, los de la familia; esto lo nutrirá como escritor más adelante.

Su abuela hablaba inglés y francés perfectamente, cosa poco usual en una mujer de esa época. Manucho cuenta que era divina, y que yacía dentro de una cama , desde alli le contaba fabulosos cuentos.

Su madre escribía teatro en francés y español, y alguna vez recibió el elogio del premio Nobel Jacinto Benavente. Manucho escuchaba atentamente mientras su madre recitaba, influenciado por ella su primera obra literaria fue escrita a los seis años en forma de verso.

Su padre era un clubman que se había casado a los treinta y seis años; mantenía sus roperos en el club, donde se vestía. Cuando Manucho cumple trece años se trasladan a Francia por dos motivos: por un lado, era necesario para la cultura, y por el otro, era más barato vivir en París que en Buenos Aires. Junto a su hermano van pupilos a l´Ecole Descartes, donde estudia los clásicos franceses y la historia europea. Todo lo importante que sabía, junto con el griego y el latín, se lo debía a esa época. La enseñanza, la que contará en adelante para su futuro de escritor, así como el amor que le despiertan Balzac y Hugo, se la deberá a M. Bernard, de quien hereda la costumbre de las imprescindibles anotaciones en cuadernos y libretas.

Luego se trasladan a Londres durante un año, esta vez a casa de un tutor, Mr. Light, donde aprende el perfecto manejo de la lengua inglesa.

Al cumplir 17 años el padre convoca a ambos hijos para darles a elegir la posibilidad de quedarse en Europa o volver a la Argentina. Manucho, quien ya sabía que iba a ser escritor, declara que él escribe muy bien en francés y que tendría muchas más posibilidades quedándose a vivir alli. Su hermano opta por volver. Y vuelven. De regreso, termina el bachillerato en 1928 y comienza la carrera de abogacía, que abandonaría en 1932. Simultáneamente, gracias a su amigo Mitre inicia su carrera periodística en el diario La Nación a los 21 años, haciendo notas de sociedad.

Así comienza su vida periodística, más los viajes que se transformarían en una constante en su vida. Viaja en Zeppelín desde Río de Janeiro a Europa. Estamos en 1935. Luego en submarino al sur de la Argentina. Ya en avión, es enviado como corresponsal a Oriente por seis meses y recorre China cuando Pekín estaba en manos de los japoneses; de allí vuelve con 17 cajones llenos de objetos increíbles. Como por ejemplo, una enorme estela funeraria de la Manchuria del siglo XIX con una maldición al dorso para quien profanara esa tumba, maldición que no le llega pues él la encuentra abandonada en un jardín. Se trata de un Buda sentado sobre un pajarraco alrededor de Badisatvos (que vienen a ser los ángeles en el budismo).

Desde pequeño, en París, a orillas del Sena, cuando compra un pequeño plato de faïence, comienza a coleccionar y amar a los objetos. Él mismo dice: “desde niño creo en los objetos más que en los seres humanos. Los humanos pueden traicionarte. Los objetos no. He pasado la vida coleccionando objetos”. Por eso es que en su obra posterior el amor humano está reemplazado por el amor hacia los objetos, los libros, hacia las invisibles presencias revividas en el recuerdo o que se agitan en torno a los personajes, les son adictas y no reclaman compensación.

Y estas colecciones impresionantes se encuentran reunidas en El paraíso, su casa en las sierras de Córdoba, en Cruz Chica, donde se instala junto a su mujer Ana de Alvear, su madre y sus cuatro tías en 1969, huyendo un poco, quizás, de tanta fama y frivolidad porteña. El Paraíso era entonces una heredad de 7 hectáreas, con siete casas y siete chimeneas.

Hay un gran salón con ochenta y tantos retratos. El general Alvear, Dorrego y Teresa de Avila . Hay ídolos incaicos y estatuas precolombinas de sus viajes a Perú y Ecuador. Florencio Varela se encuentra sobre una chimenea del gran salón. Hay 20.000 volúmenes y manuscritos que atestiguan más de 150 años de tradición literaria en la familia. Hay un manuscrito de la traducción al francés del Amadís de Gaula que data de 1540. La colección de retratos en miniatura es única en el país y casi la más importante. También hay una estatua de “Aquiles en el país de las mujeres” que su suegro, Alvear, trajo de París en 1916.

Además de ser uno de los mejores escritores de la Argentina, Manucho ejerció el periodismo, la crítica literaria y artística. Fue traductor de Shakerpeare, de Moliere y de Racine, entre varios clásicos franceses. Perteneció a la Academia Argentina de Letras y a la de Bellas Artes. Recibió el Premio Municipal de Literatura y la Faja de Honor de la SADE, donde ocupó la vicepresidencia. En 1982 recibió la Legión de Honor del gobierno de Francia, y ya había recibido la de “Comendatore” de Italia, por Bomarzo.

Murió el 21 de abril de 1984, a los setenta y tres años, tal como se lo había predicho Mme. Thèbas, célebre quiromántica parisina. Paradójicamente murió un sábado de gloria, en Semana Santa, y fue enterrado en el cementerio de Los Cocos un domingo de Resurrección. Su casa se abrió como museo en Julio de 1987.

Cronología

Cronología De su vida y de sus obras

  • 1910. Nace el 11 de septiembre, en Buenos Aires, sus padres: Manuel Mujica Farías y, Lucía Lainez Varela. Comienza sus estudios primarios en la Escuela General San Martín. Los concluye en el Colegio Lacordaire, donde inicia los secundarios.

  • 1923-1926. Viaje a Europa. Cursa sus estudios en la Ecole Descartes, de París. Permanencia en Inglaterra. Regreso a la Argentina.

  • 1927. Empieza a colaborar en La Nación.

  • 1928. Completa los estudios secundarios en el Colegio Nacional de San Isidro. Ingresa en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Cursa allí durante dos años. Escriba en El Hogar, Fray Mocho, Don Goyo.

  • 1931. Funcionario público del Ministerio de Agricultura.

  • 1932. El 9 de noviembre ingresa en el diario La Nación.

  • 1935. Viaje a Alemania en el Graf Zeppelin.

  • 1936. Se casa con Ana de Alvear. Aparece su primer libro: Glosas castellanas.

  • 1937. Funcionario del Museo Nacional de Arte Decorativo.

  • 1938. Viaje a Bolivia, en misión periodística. La primera novela: Don Galaz de Buenos Aires.

  • 1940. Viaje al Japón en calidad de periodista. Recorre también Corea, China y Manchukuo.

  • 1942. Secretario de la Sociedad Argentina de Escritores, hasta 1946. Publica Miguel Cané (padre) biografía.

  • 1943. Aparición de Canto a Buenos Aires, poema, y Vida de Aniceto el Gallo.

  • 1946. Estampas de Buenos Aires.

  • 1947. Vida de Anastasio el Pollo.

  • 1949. Publicación de Aquí vivieron, cuentos.

  • 1950. Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores, hasta 1953. Misteriosa Buenos Aires, cuentos.

  • 1951. Candidato a diputado por el Partido Demócrata.

  • 1952. Los ídolos, novela.

  • 1954. La casa, novela. Premio Gerchunoff.

  • 1955. El gobierno de la Revolución Libertadora lo nombra Director General de Relaciones Culturales del Ministerio de Relaciones Culturales. Los viajeros, novela.

  • 1956. Es elegido miembro de la Academia Argentina de Letras. El retrato amarillo, novela corta. Héctor Basaldúa, ensayo.

  • 1957. Viaja a Ecuador, también en misión oficial. Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y Segundo Premio Nacional de Literatura. Invitados en el Paraíso, novela.

  • 1959. Es elegido miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes.

  • 1960. Viaje por Grecia, Israel, Turquía e Italía. Segunda visita a Bomarzo.

  • 1962. Aparición de Bomarzo, novela. Cincuenta sonetos de Shakespeare, versión castellana.

  • 1963. Primer Premio Nacional de Literatura.

  • 1964. Se estrena la cantata Bomarzo en Washington con música de Ginastera. Recibe el premio Kennedy a la novela. Se representa su versión castellana de Les Femmes Savantes, de Molière. Francia lo nombra oficial de la Orden de Arts et Lettres.

  • 1965. La cantata Bomarzo se presenta en el Teatro Colón. Se publica El Unicornio, novela.

  • 1966. Expone sus "Laberintos" (poemas y dibujos). Premio PEN Club.

  • 1967. Asiste a la representación de la ópera Bomarzo en Washington. Prohibición de la ópera Bomarzo en el teatro Colón. Se estrena su versión castellana de Les fausses confidences, de Marivaux. Se estrena Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, que traduce en colaboración con Guillermo Whitelow. Italia lo nombra Comendador de la Orden del Mérito. Crónicas reales, cuentos.

  • 1968. Nuevo viaje a los Estados Unidos para asistir al estreno de Bomarzo en Nueva York. De milagros y de melancolías, novela.

  • 1969. Se jubila como periodista. Hacia fines de diciembre se instala en El Paraíso, en Cruz Chica, Córdoba.

  • 1972. Bomarzo se estrena en el Colón. Cecil, novela corta. Edición castellana de Phèdre, de Racine.

  • 1974. El laberinto y El viaje de los siete demonios, novelas.

  • 1976. Sergio, novela.

  • 1977. Los cisnes, novela. Letra e imagen de Buenos Aires, textos que acompañan fotografías de Aldo Sessa.

  • 1978. El brazalete y otros cuentos.Aparece el primer tomo de las Obras Completas. Más letras e imágenes de Buenos Aires.Viaje a Egipto.

  • 1979. El Gran Teatro, novela.Segundo tomo de las Obras Completas. Los porteños.

  • 1980. Prepara El escarabajo, novela. Tercer tomo de las Obras Completas.

  • 1981. Cuarto tomo de las Obras Completas.

  • 1982. El escarabajo, novela. Páginas de Manuel Mujica Lainez seleccionadas por el autor. Recibe la Legión de Honor del gobierno de Francia.

  • 1983. Un Novelista en el museo del prado.

  • 1984. Fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Muere en “El Paraíso” el 21 de abril.

Su Obra Literaria

Se inicia en 1936 con “Glosas Castellanas”, donde aborda una revisión del Quijote y Sancho Panza. Es el ejercicio literario en el que prueba sus armas y sus lecturas. Hay un alarde de casticismo y de arcaísmo que nos envuelven en reminiscencias literarias medievales y del siglo de Oro. Sigue en 1938 con “Don Galaz de Buenos Aires”, su primera novela, absolutamente influida por “La Gloria de Don Ramiro”, de Enrique Larreta. Está ambientada en el siglo XVII. Manuel Gálvez, en una carta que le envía, le sugiere disminuir la agresividad de su casticismo para que su prosa gane modernismo, sabio consejo que no desoye. A estos dos libros él los llama “Mi Academia”.

En 1942 escribe la biografía de Miguel Cané padre, hermano de su bisabuela, un romántico porteño. Su “Canto a Buenos Aires” data del año siguiente, está formado por 1092 alejandrinos y fue escrito en cuatro meses. El mismo año publica “Vida de Aniceto, el Gallo” (Hilario Ascasubi) por la que recibe el Premio Municipal. Por último, cerrando el ciclo de las biografías, en 1947 aparece “Vida de Anastasio, el Pollo” (Estanislao del Campo). Estas biografías presentan la apariencia de esa elegancia, un poco frívola, de los caballeros porteños del fin del siglo XIX.

La forma biográfica la retomará Mujica Lainez más de diez años después en estudios sobre la vida de pintores como Victorica y Héctor Basaldúa.

En 1948 nos presenta “Aquí vivieron” con el subtítulo de “Historias de una quinta de San Isidro”; son 23 relatos que vacilaríamos entre denominarlos novelas breves o cuentos. El personaje es el lugar, la quinta, que puede ser la de Mariquita Sánchez o la de los Guerrico, pero en estos cuentos encadenados que transcurren desde 1583 hasta 1924, logrados con distintas modalidades, crea el mismo ambiente perturbador de algunas narraciones de Valle Inclán.

Siguiendo con los relatos, aparecen en 1950 los cuarenta y dos de “Misteriosa Buenos Aires”, su libro más vendido. Es la historia de la ciudad contada en cuento. Su propósito era darle a Buenos Aires una perspectiva mitológica. Hay una carta de un personaje de Voltaire; aparece el Nicolasito Pertusato, el enano del cuadro de las Meninas; otro personaje que al morir se da cuenta que es Luis XVII, el hijo de María Antonieta. El último cuento ensambla directamente con las novelas posteriores.

Luego viene la saga de la aristocracia porteña que algunos llamaron “de la oligarquía”:

“Los Idolos”, de 1952, está construida en tres partes cuyos títulos corresponden a los nombres de los personajes de mayor gravitación. Originalmente era la primera parte del libro y el editor le pidió las otras dos para hacerla más larga. A esto debemos el personaje quizá más espléndido de la novelística de Mujica Lainez, que es la tía Duma. La extraordinaria Duma, mujer poderosa de energía, de dinero y de prestigio social, desprejuiciada y audaz, generosa y egoísta, frívola y apasionada, que aparecerá una y otra vez en sus libros. La primera parte, Lucio Sansilvestre, es la historia de un poeta de un libro de versos del que en verdad no es el autor. Muchos creen encontrar aquí la figura de Enrique Bouch**.

“La Casa” (1953). En la calle florida al 556 se encontraba esta casa espléndida y es ella misma la que cuenta su propia historia mientras la van demoliendo día a día, poblada de remembranzas, seres desencarnados, angélicos y demoníacos.

“Los Viajeros” (1954) inspirada en su familia materna, quizá en sus tías. Son viajeros inmóviles que ya han estado en Europa y se preparan, con las maletas listas, a realizar un viaje que no sucederá nunca. También fue escrita en cuatro meses.

“Invitados en El Paraíso” es el primer libro en donde aparecen personajes tomados de la realidad de Buenos Aires, claramente identificables. También es la única novela de la saga escrita en tercera persona. Las otras tres están en primera persona.

Hasta aquí la que podría llamarse su obra de juventud, en la que alude a un tiempo retrotraído hacia lo pretérito, hacia lo envejecido, lo decadente, lo nostálgico, lo corroído, lo vagamente soñado, lo muerto. Páginas pobladas de seres insólitos, un poco acartonados, celosos del prestigio de casta, que matan el tiempo con pacientes, delicadas e inacabables tareas, y subsisten en el mundo como los peces rojos en su pecera de cristal.

En 1962 comienza su ciclo histórico con el monstruo de “Bomarzo”. Este libro, según la opinión de Francisco Luis Bernárdez, “satisface la voluntad universalista de un escritor convencido de la necesidad de superar la actitud nacionalista en materia literaria”.

Aquí Manucho, encarnado en el duque Pier Francesco Orsini, se prepara para modelar el sueño humano de la inmortalidad. Es una recreación ímproba del renacimiento. Fue convertido primero en cantata y luego en ópera por el músico Alberto Ginastera, estrenada en Washington y en Nueva York, prohibida por inmoral durante el gobierno de facto de Onganía y finalmente puesta en el Teatro Colón con todo honor y gloria.

En 1965 edita “El Unicornio”, que es una recreación del medioevo francés contada por el hada Melusina donde también se aborda el tema de la inmortalidad. Este es, en expresión de Manucho, el libro que más le costó escribir.

“Crónicas Reales”, junto con “De Milagros y de Melancolías”, fueron su desquite, su venganza hacia la historia. En el primero, inventó una dinastía falsa de reyes europeos y les hizo hacer barbaridades. En el segundo, inventa la fundación, vida y costumbres de una ciudad americana.

“Cecil” es su primer libro escrito en El Paraíso, Córdoba. Cecil es un whippet que lleva ese nombre en honor a Cecil Beaton, pues los Cárcano se lo regalaron en su estancia San Miguel, en Ascochinga, el día en que conoció al famoso fotógrafo. El recurso literario ya había sido empleado por Virginia Woolf con su “Flush”, en el que un cocker spaniel cuenta la vida de la poetisa Elizabeth Barret-Browning. Aquí Cecil nos cuenta la vida del novelista instalado para siempre en las sierras de Córdoba.

Y hablando de analogías, la crítica las señala con referencia a la citada Virginia Woolf y a Henry James. Beberá de Proust toda vez que reproduce escenas y seres que conoció tanto y que le darán inagotable vena inspiradora. Parangona a Henry James en la presentación del espectáculo de una clase social, la europea uno, la porteña el otro, que los fascina a pesar de defraudarlos en ocasiones; por la inclinación hacia las decoraciones suntuosas, refinadas, frívolas del escenario de esas clases. Lo mundano transformado en obra de arte, aunque de ella no se desprende ningún sentido moralizador.

Mujica Lainez nos aclara su conducta al respecto: “He podido tratar el tema delicado de una sociedad que declina, ya que me ha sido dada la posibilidad de analizar y sentir a esa sociedad desde adentro y desde afuera, como cómplice y como observador, sin que me haya cegado ni el resentimiento del que mira la fiesta a través de los cristales, sin entender totalmente lo que allí sucede, ni la tolerancia del que participa del espectáculo, puesto que mi posición de hombre de nuestros días me ha otorgado la perspectiva necesaria para ver con simpatía, pero apreciando las debilidades, injusticias, prejuicios y equivocaciones”.

Quizá esté más cerca de Virginia Woolf por la misteriosa capacidad de transmigración narrativa, vencedora de las barreras del tiempo y de los sentidos, que nos aprisionan al común de los mortales.

De ahí nacen, en ambos, cierta poesía dolorosa, cierta risueña y festiva ironía.

También fue comparado con Giuseppe Tomasi de Lampedusa, autor de una única novela, “Il Gatto Pardo”, por la intensidad de la nostalgia de una época caduca, por el refinamiento de los medios literarios, por el lirismo que mana de la nostalgia.

Se señalan también sus coincidencias con Oscar Wilde, por el ingenio con frecuencia cáustico, por el “humour”, por la elegancia del construir y el decir.

Y aquí cabe mencionar las coincidencias entre Borges y Mujica Lainez:

-Ambos descienden de familias históricas.

-A los dos los echan de sus respectivos trabajos. Borges trabajaba en una biblioteca; Mujica Lainez en el Museo de Arte Decorativo.

-Después de la dictadura, Borges es director de la Biblioteca Nacional, Mujica Lainez Director de Relaciones Culturales en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

-Los dos entran juntos en la Academia Argentina de Letras.

-Borges presidente de la SADE, Mujica Lainez vicepresidente.

-Las madres de ambos mueren el mismo año.

Con “El laberinto” cierra el ciclo de sus novelas históricas y narra la vida de Ginés de Silva, el niño que aparece en primer plano a la izquierda, señalando un medallón, en el conocido cuadro del Greco.

“El entierro del Conde Orgaz” es una novela española, ambientada en la época inmediata posterior a la conquista, que recrea el barroco y el Siglo de Oro español.

También de 1974 es “El viaje de los siete demonios”. Este libro es un derroche de imaginación, gracia y sabiduría en el que siete demonios que holgazanean por el infierno son enviados por el diablo al mundo con la misión de tentar. Cada uno es el especialista en un pecado capital y a cada uno se le da un reloj y un mapa. El reloj marca un año y el mapa un lugar. Los cuentos son muy contradictorios pues, por ejemplo, a la emperatriz de la China, que posee absolutamente TODO, se la debe tentar con la envidia y su demonio se las ingenia para que sucumba.

“Sergio” (1976) nos narra los infortunios de un joven que se debate entre la virtud y la belleza. Aquí hay una magistral descripción de Venecia.

“Los cisnes” (1977), mi novela favorita, cuenta la historia de una casona semi derruida convertida en pensión bohemia y habitada por los personajes más disparatados, desde una prostituta - pintora naif hasta un poeta que recoge una antología infinita sobre los cisnes.

Seguirán “Los Porteños”, que es una recopilación de artículos, notas, conferencias, etc, donde se evocan imágenes de un ayer ciudadano y rico convocado a través de personajes ilustres, algunos de su sangre y amigos.

“El Gran Teatro” (1979) cierra magistralmente el ciclo de novelas de personajes de Buenos Aires, y lo hace de la mano de la mítica María Zúñiga y su prima Amalita Zúñiga de Castro. Crónica admirable y risueña que desemboca en un insoslayable documento porteño.

“El Brazalete” (1981) y “Cuentos Inéditos” (1984) reúnen los cuentos escritos en los últimos años de su vida. “Placeres y fatigas de los viajes” es otra recopilación de sus notas como cronista del diario La Nación.

“El escarabajo” es su última gran novela, transcurre desde el antiguo Egipto, en que un anillo de lapislázuli le es regalado a Nefertiti, hasta nuestros días. Es una monumental revisión de la historia de la humanidad a través de elementos emblemáticos, en la que hace gala de todo su saber histórico.“Un novelista en el Museo del Prado” es una fantasía en la que los personajes de las pinturas y estatuas abandonan sus telas y pedestales e inician aventuras nocturnas dentro del museo.Su última novela, “Los libres del Sur”, quedó inconclusa. Estaba ambientada durante la tiranía de Rosas. Quedan algunos capítulos escritos y varias páginas de un cuaderno de notas.

En el año 1963, tras permanecer cuatro meses en cama merced a una eficiente hepatitis, comenzó a realizar (ya que aquí no se trata sólo de escribir) unos álbumes - collage en los que pegaba fotografías y recortes de diarios y revistas sobre cosas que le interesaban, recuerdos de viajes, etc.

Son nueve en total y él los llamó “Mis memorias gráficas”. Estos álbumes son una prueba más del exquisito ingenio de Manucho, puesto de manifiesto en los comentarios al pie que realzan fotos e imágenes.

Bibliografía

  • Glosas castellanas (1936)

  • Don Galaz de Buenos Aires (1938)

  • Miguel Cané (padre) (1942)

  • Vida de Aniceto el gallo (1943)

  • Canto a Buenos Aires (1943)

  • Estampas de Buenos Aires (1946)

  • Vida de Anastasio el pollo (1948)

  • Aquí vivieron (1949)

  • Misteriosa Buenos Aires (1950)

  • Los ídolos (1952)

  • La casa (1954)

  • Los viajeros (1955)

  • Héctor Basaldúa (1956)

  • Invitados en el Paraíso (1957)

  • Bomarzo (1962)

  • Sonetos de Shakespeare. Traducción y notas.(1963)

  • El Unicornio (1965)

  • Crónicas reales (1967)

  • De milagros y de melancolías (1969)

  • Cecil (1972)

  • El viaje de los siete demonios (1974)

  • Sergio (1976)

  • Los cisnes (1977)

  • Los porteños (1979)

  • El gran teatro (1979)

  • El brazalete (1981)

  • El escarabajo (1982)

  • Placeres y fatigas de los viajes (1984)

  • Un novelista en el museo del Prado (1984)

  • Cuentos inéditos (1993)

El Paraíso

" Estuve por primera vez en El Paraíso el 19 de octubre de 1968, cuando fui fugazmente a La Cumbre.

Siempre soñé con un lugar así, apartado y cercano, y los monasterios sucesivos que poblaron mis monólogos - y el principal de los cuales se hallaba también en Córdoba, en las proximidades de Nono - fueron solamente anuncios del que por fin encontré en El Paraíso.

Tanto hablé de un sitio así, tanto anuncié y prometí que lo tendría, y detallé la vida que desarrollaría en él, que mis amigos terminaron, con razón, por no creerme, y mi proclamado monasterio se transformó en un fantasioso mito más.

Pero cuando estuve en El Paraíso comprendí, adiviné que ese era el sitio esperado, y desde el primer momento me apliqué con pasión a conseguirlo.

Lo descubrí por azar, paseando. Un cartel unía su nombre a la información de que estaba en venta, y quizás, en mi subconsciente, la magia de ese nombre operó de inmediato, pues ella hacía esperar la posibilidad de que el autor de “Invitados en El Paraíso” convirtiese en realidad lo creado, misteriosamente, por su imaginación.

La enorme casa española, asomada entre viejos árboles, parecía llamarme, invitarme, con su lenguaje secreto. Poco después, obtenidas las llaves, la visité.

Recuerdo, como se evocan las narraciones de encantamiento, esa visita inicial. Fui de habitación en habitación, empujando puertas, desentumeciendo ventanas, y las exclamaciones de maravilla me apresuraban de un sector al otro, a medida que el caserón se me revelaba en la magnitud de sus sorpresas. Mi vieja costumbre de amueblar, de decorar mentalmente las grandes casas vacías, obró al punto, y pronto fui ubicando en la larga biblioteca futura, en los salones y en los dormitorios, mis cuadros, mis libros y mis objetos.

Salí luego al parque - al bosque de entrelazada fronda - y allá prosiguió el hechizo, mientras que los edificios restantes, el lago, la pileta, el mirador, escalonados en distintas alturas, surgían de la sombra y de los recodos, proclamando lo excepcional del paraje.

Me propuse entonces, ahincadamente, ignorando aún cómo podía lograrlo, que El Paraíso me perteneciese, seguro de que mi existencia encontraría ahí la propicia atmósfera para cumplir una nueva etapa."

Esta residencia fue la casa de Manuel Mujica Lainez desde 1969 hasta su muerte acaecida en 1984.En el camino a Los Cocos, a la altura de Cruz Chica, se puede visitar este hermoso lugar que fue abierto al público en 1987 por decisión de su mujer Ana de Alvear.

El Paraíso, desde entonces, es sede de la Fundación “Manuel Mujica Lainez - Ana de Alvear de Mujica Lainez”.

El Predio donde se encuentra la casa de Manuel Mujica Lainez es parte de uno mucho mayor que tuvo su origen a principios de siglo, cuando un español, Ramón Cabezas, compró al entonces dueño de las tierras, Mr. Lunsdaine, 22 hectáreas que iban desde el camino que corre hoy frente a "El Paraíso", hacia arriba de la sierra.

En esas 22 hectáreas Cabezas instaló una especie de finca, hizo un lago artificial y una serie de construcciones, además del chalet principal - actual museo -. Dichas construcciones tenían diferentes usos: la casa de los botes, el salón de los conciertos, caballerizas, la carpintería, casas para el personal, etc.

Todas estas construcciones, debidamente refaccionadas, son utilizadas actualmente como viviendas. Los jardines que rodean la casa fueron proyectados por el arquitecto paisajista Carlos Thays, diseñador de parques públicos como Palermo y el Jardín Botánico de Buenos Aires, Sarmiento y Chateau Carreras en Córdoba, entre otros.

Restos de ese diseño lo constituyen los canteros y acequias que aún pueden verse. Toda suerte de árboles, arbustos, cañaverales y enredaderas se anudan y entretejen alrededor del edificio, entre español e italiano.

En su interior se encuentran acumulados los testimonios de una larga permanencia en el mundo, coleccionados con gracia y sabiduría: los objetos personales del escritor, entre los cuales se encuentran su sombrero, bastones, monóculo y el famoso anillo del escarabajo. También alberga la residencia pinturas, bronces de escultores y fotografías de muchos de sus amigos.En el que fuera el cuarto de su madre se encuentra la biblioteca personal del escritor. En la misma planta está el escritorio donde trabajaba y su antigua máquina de escribir “Woodstock”. Las vitrinas, paredes y repisas están pobladas de objetos animados, curiosos, queridos por Mujica Lainez.

Muchos son productos de sus viajes, de su inquieta búsqueda, porcelanas orientales, íconos rusos y griegos, tallas coloniales, piezas arqueológicas, recuerdos.

Sus pertenencias se conservan de una manera intacta: muebles, obras de arte tales como pinturas de Soldi, Victorica y Basaldúa, esculturas de Fioravanti, Juan Zorrilla de San Martín, Yrurtia y Paul Troubetzkoy, una magnífica biblioteca de 15.000 volúmenes y el escritorio donde escribía el académico. Además, las máscaras que fueran utilizadas por Mujica Lainez en los distintos bailes de disfraces organizados en "El Paraíso".

Cabe destacar también los retratos, muebles y objetos de los antecesores de Manucho y Anita, que atañen a la historia del país, de su política, de su literatura.El visitante no podrá abstraerse de ese clima mágico que lo inunda cuando visita El Paraíso, porque en sus alas están los testimonios de hombres que formaron parte de la historia argentina.

Relato de la Visita Guiada

“Es una experiencia que provoca la íntima sensación que el dueño del lugar estuviera compartiendo su historia, sus secretos, íntimas costumbres, deleites, vicios, en fin, todo su mundo personal.

Un primer dato, el predio total de la finca es de ocho hectáreas, en la que estaba enclavada la casa principal y siete construcciones aledañas. Todo inserto en una parquización diseñada nada más que por un ingeniero francés.

Se narra que Ana y Manuel encontraron la casa casi por casualidad allá por el año 1968. Estaba en venta y en un estado que no era demasiado desmerecido, pero que sí requería mucho acondicionamiento y ciertas restauraciones por el cuasi abandono de los últimos años. Quedaron tan impactados por la casa y por el lugar, que inmediatamente decidieron adquirirla y en lo que menos dimitieron fue en cambiarle el nombre. Siguió llamándose El Paraíso a modo de epíteto.

Determinaron vivir permanentemente en el lugar, tal es así que Manucho llevó consigo para compartir la vida en dicha casa tan solariega a su madre y a tres tías maternas que tanta ascendencia hubieran tenido en su niñez y en su formación personal.

Innumerables son las salas de estar, con mobiliarios fastuosos, peculiares adornos, la mayoría recuerdos de los incontables viajes por el mundo que realizó Manuel en su tarea de crítico de arte del diario La Nación, desempeño del que llegó a jubilarse. También era frecuente que escribiera para La Capital.

Algo común que uno encuentra en las habitaciones: todo se adapta e invita al relax y a la lectura. La biblioteca es de gran magnitud y de un valor incalculable. Aledaña a la misma se haya una habitación con mullidos sofás, almohadones traídos desde Portugal, plantas de interior y paredes totalmente vidriadas que se orientan al poniente, donde tan tibias habrán sido las tardes de los fríos inviernos serranos.

La sala principal conserva los más importantes tesoros familiares y se destacan entre éstos los muchos cuadros y retratos de los ancestros, todos pertenecientes a familias de la alta aristocracia y abolengo porteño.

Como ejemplo que llama mucho la atención encontramos su denominado "escritorito": ni más ni menos que el escritorio de campaña que perteneció al general José de San Martín. ¿Cómo llegó a sus manos? La historia familiar cuenta que la tatarabuela de Manucho se casó en Perú y el general San Martín fue testigo de dicha boda. En consecuencia y como regalo ofreció a la pareja el peculiar "escritorito", que luego atesoró el escritor.

Incontables son los objetos que muestran el humor, la jocosidad y la diversión que caracterizaban al escritor, tal es así que incluso en el cuarto de baño hay colgadas marionetas. También las paredes ostentan numerosas máscaras que quedaron como testigos de las fiestas de disfraces que gustaba organizar.

Sensible al máximo es detener la mirada sobre su escritorio, donde habitualmente escribía en manuscrito y a su derecha una añeja máquina de escribir, su única máquina que le obsequió La Nación al jubilarse y que nunca quiso cambiar.

En una de las salas finales del recorrido se encuentran sus objetos personales entre los cuales se destaca: el carnet de la S.A.D.E., un típico sombrerito inglés, un bastón, anteojos, el anillo con el gran lapislázuli, algunas lapiceras y entre tantas condecoraciones, la última, que le otorgó el entonces presidente Raúl Alfonsín en 1984 en ocasión de la Feria del Libro de Buenos Aires, veinte días antes de su muerte.

Composiciones de artistas tales como orfebres, pintores y tapiceros, han plasmado obras que sintetizan motivos de su vasta obra literaria. Un gigantesco tapiz luce imponente en una pared con cantidad de "escarabajos" que caminan entre flores.

Al finalizar la visita uno lleva el alma henchida de admiración, placer y sensibilidad, y hasta la sensación de haber podido estrechar en un abrazo a Manucho, y por qué no, intercambiar alguna broma.”

Un ejemplo de su obra literaria

El Hombrecito del Azulejo

De Manuel Mujica Lainez

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:

-Esta noche será la crisis.

-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho cuanto pudimos.

-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...

Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.

Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.

El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.

Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.

-¡Martinito! ¡Martinito!

El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.

Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.

Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.

El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.

Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.

Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.

Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.

La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.

La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.

-Madame la Mort...

A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.

-Madame la Mort...

La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.

-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.

Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.

Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?

La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.

Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...

La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.

Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.

Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.

La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.

-Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.

Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.

-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él.

Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.

Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.

Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.

El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:

-¡Ahí va algo, abarájenlo!

Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.

Bibliografía utilizada:

  • Apuntes de la visita guiada a la casa de Manuel Mujica Lainez.

  • Internet.

  • “Misteriosa Buenos Aires” de Manuel Mujica Lainez, “El Hombrecito del Azulejo”.

Índice:

Introducción e información sobre la Fundación “Manuel Mujica Lainez - Ana de Alvear de Mujica Lainez

Biografía

Cronología

Su obra literaria

bibliografía

El Paraíso

Relato de la visita guiada

Un ejemplo de su obra literaria: “El Hombrecito del Azulejo”.

Bibliografía Utilizada

Índice