Maltrato a las mujeres

Problemas psicosociales. Violencia de género. Agresiones domésticas. Maltrato físico, psicológico. Malos tratos. Educación. Pautas culturales. Machismo. Alcohol. Sindrome de Estocolmo

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  • Idioma: castellano
  • País: México México
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Psicología

Tercer mes

Trabajo Mensual

Maltrato a la mujer

29/Nov/2002

Ricardo López Reyero

3°C

Índice

India

Afganistán

Suecia

Sudáfrica

África

India

En Delhi, India, cada 12 horas muere una mujer quemada por su marido. La rocía con queroseno y la prende como una antorcha.

Después denuncia el hecho como un accidente o un suicidio. ¿El motivo? Que la dote ofrecida por los padres de la novia no se consideró suficiente. Así, matándola, puede ir a buscar otra mujer, con otra dote con la que sobrellevar unos cuantos años más su pobreza. Parece difícil de creer, y sin embargo no es mucho peor que el comportamiento que persiste en el resto del planeta. El problema del maltrato a la mujer no tiene fronteras culturales y está tan aceptado por la sociedad que a las víctimas no les ha quedado más remedio que resignarse.

En España, entre enero y octubre del año pasado murieron 75 mujeres a manos de sus maridos y se produjeron más de 20.000 denuncias por malos tratos, según informes del Instituto de la Mujer, procedentes de la Guardia Civil y de la policía. Se estima que sólo el 10% de los abusos llega a denunciarse. Hace poco que se investiga la violencia doméstica, pero los estudios ya han demostrado que es la principal causa de daño a la mujer y cada vez figura más como la responsable de enfermedades crónicas físicas y mentales.

También existen hombres maltratados, tanto heterosexuales como homosexuales, y relaciones entre lesbianas donde hay agresividad, pero no son la norma. Se estima que el 95% de las víctimas de la violencia doméstica es mujer, por eso los autores de los estudios siempre se refieren al agresor como él y a la víctima como ella.

Este grave problema de salud femenina es el más fácil de prevenir porque no depende del avance de la ciencia sino de la situación de la mujer en la familia y en la sociedad. Sin embargo, poco o nada se está haciendo para hacerle frente. La Justicia criminal no ha resuelto el problema y los centros de acogida sólo pueden ofrecer refugio temporal a las víctimas.

Por eso, los especialistas en violencia doméstica creen que -mientras llega el cambio de las normas sociales- la solución a este problema está en manos de los médicos. Aunque para ello también los profesionales de la salud han de cambiar su mentalidad.

El doctor Daniel Brookoff y su equipo del departamento de Educación Médica del hospital Metodista de Memphis (Tennessee) observaron que muchos médicos residentes culpaban de su situación a las mujeres que acudían a la consulta quejándose de llevar 15 años aguantando las palizas de sus maridos.

"Decidimos sacar a estos estudiantes por la noche, como acompañantes de la policía, para que viesen cuál era la realidad. Después, les dejábamos un rato a solas con las mujeres y los niños, e incluso con los maridos, para que comprendiesen mejor el problema", ha relatado a EL MUNDO el doctor Brookoff. "Mis estudiantes se deprimieron mucho pero ahora entienden la situación y cuando llega una víctima a su consulta no la reciben con agresividad sino que le ofrecen esperanza y consuelo. Le ayudan a encontrar las fuerzas para buscar una vida sin violencia".

Los resultados del estudio de Brookoff, publicados en el Journal of the American Medical Association (JAMA) del 7 de mayo de 1997, desvelaron que la mayoría de víctimas de la violencia doméstica no suele buscar ayuda médica o psicológica, a pesar de los continuos ataques de su pareja.

En EEUU, así como en otros países, ya se ha empezado a entrenar a los médicos para que sepan detectar la agresividad en la vida de sus pacientes y para que prescriban la solución adecuada.

Hay dos enfoques: uno de ellos es el pro feminista, que basa el problema en la desigualdad social de los sexos y en el control que el hombre ejerce sobre la mujer. El otro es el psicológico, y sostiene que la violencia es el resultado de experiencias traumáticas sufridas en la infancia del marido.

En el primer acercamiento, se somete al agresor a una especie de tratamiento intensivo de educación en el que se le hace reflexionar y se le informa de los graves perjuicios para la salud de su mujer, de los niños y de él mismo que su comportamiento provoca. En el segundo se recurre a técnicas de psicoterapia.

Uno y otro procedimiento están enfrentados, pero ambos parten de la misma premisa: que la mejor manera de ayudar a la mujer no es construir más centros de acogida sino hacer cambiar al hombre: curarlo. Es un planteamiento muy distinto al plan de choque que se acaba de poner en marcha en España, con el que se pretende que el médico haga de chivato, informando a la policía cada vez que sospeche de malos tratos. "Si todo lo que se hace es amenazar a los agresores con un juicio o con la cárcel, el tratamiento no durará. Nosotros intentamos ayudarles a comprender cuándo y porqué son violentos", dice Robert Heskett, del Centro de No-Violencia de New Bedford (Massachusetts).

Según el doctor David Adams -fundador de EMERGE, primer programa de tratamiento para los agresores y uno de los directores del Comité para el Tratamiento de los Agresores del Consejo de Violencia Doméstica de Massachusetts- los médicos hablan a menudo con pacientes que abusan de sus mujeres pero rara vez se dan cuenta. "Aunque no hay tratamiento médico para estos hombres, los facultativos pueden realizar una medicina preventiva identificándolos y haciendo informes", escribe Adams en un artículo que apareció en el número de mayo/julio del 96 de Journal of the American Medical Women Association (JAMWA).

El estereotipo del agresor no se corresponde la mayoría de veces con la realidad. "Muchos médicos y personal sanitario todavía creen que el individuo que maltrata a su mujer es alguien con aspecto agresivo, dominante y muy macho", escribe Adams.

"Otros sospechan que los agresores son los pacientes más pobres, con menos cultura o pertenecientes a grupos raciales a los que creen violentos y patriarcales". Adoptar este tipo de prejuicios impide la detección del agresor, ya que es imposible reconocer a la mayoría de ellos en una multitud. "No suelen mostrar en público ni rastro de violencia y parecen educados, razonables y agradables".

Cuando la policía llega a una casa donde ha habido un altercado violento, el agresor suele parecer mucho más calmado y racional que la mujer. Dado que la violencia hace más daño psicológico a la víctima, ella suele presentar signos de enfermedad mental.

Palabras clave Según Adams, hay que estar alerta a una serie de palabras clave que los agresores suelen utilizar para hablar de su propia violencia ("pelea", "perder el control", "rabia", "defensa propia", "beber") o para hacer referencias despectivas a su mujer. El médico también puede hacer cierto tipo de preguntas como: ¿Qué pasa cuando se pelean? ¿Han llegado usted o su esposa a herirse en una pelea alguna vez? "La eficacia de estas preguntas es mayor si el tono empleado es de cariño y preocupación. No ha de ser acusador y hay que dejar claro que el médico está preocupado por la salud y el bienestar del paciente y de su familia", dice Adams.

Algunos médicos no se sienten cómodos haciendo este tipo de preguntas sobre violencia doméstica porque creen que molestarán a los pacientes. Sin embargo, muchos agresores se sienten culpables y preocupados por su problema y sienten alivio cuando se les pregunta sobre el tema. "Lo ideal sería que se formularan de manera rutinaria. Podrían incluirse en los cuestionarios médicos que hay que rellenar para registrarse en un centro de salud o en un hospital", dice Adams.

Restar importancia Hay que tener en cuenta que la mayoría de agresores minimiza el número de veces y la gravedad de sus actos violentos.

Este comportamiento adopta varias formas:

-Acusan a sus víctimas de que mienten cuando los denuncian. Sin embargo, se ha comprobado que éstas tienden a reducir la gravedad de las agresiones que sufren para evitar represalias posteriores.

-Definen su comportamiento como no violento. El concepto de violencia varía ampliamente según el entorno social, familiar y cultural del individuo. En un grupo de tratamiento, uno de los agresores dijo: "Nunca pensé que estaba siendo violento con ella porque nunca la pegué como a un hombre. [Siempre la había abofeteado en lugar de darle golpes con el puño cerrado]".

Excusas Muchos agresores se refugian en las excusas para evitar las consecuencias jurídicas o sociales. Por ejemplo, dicen que estaban fuera de control o que fue una locura temporal pero que no volverá a suceder.

Adams cree que, lejos de ser irracional, la violencia le sirve al agresor para ganar y mantener el control sobre su víctima. "Con sus ataques de ira, aparentemente espontáneos e irracionales, los agresores no pierden el control sino que lo ganan".

Este especialista pone el ejemplo del hombre que acusa violentamente a su pareja de tener aventuras o de pasar demasiado tiempo con otras personas, pero que se arrepiente inmediatamente y le pide perdón. Esta escena se repite frecuentemente, y, como resultado, la víctima acaba reduciendo sus visitas a familiares o amigos por miedo de que él se enfade o aumenten sus sospechas.

Así, el individuo se beneficia de su comportamiento aunque se disculpe después. Los ataques impredecibles del agresor mantienen a la víctima a la defensiva haciendo que ésta siempre se anticipe a las necesidades de él y renuncie a las propias.

Alcohol El abuso de drogas y alcohol es responsable de buena parte de la violencia doméstica. Sin embargo hay autores que no creen que el alcohol cause violencia sino que el agresor bebe con la intención de ser violento.

Tratamiento Los médicos que ven la violencia contra la mujer como una enfermedad suelen enviar al agresor (y a la víctima) a sesiones de psicoterapia individual o familiar y, si procede, a un tratamiento contra el alcoholismo. Pero, según Adams y otros expertos en este tema, los agresores no suelen ser enfermos mentales y no deberían acudir a sesiones de psicoterapia hasta que hayan pasado por un programa especialmente diseñado para ellos y hayan dejado de ser violentos.

"Además, no hay que suponer que cualquier profesional de la salud mental está mucho más capacitado para abordar la violencia doméstica que lo está un médico de familia para tratar a un paciente con cáncer", añade Adams. Según este experto, si el facultativo no está entrenado para este tipo de situaciones puede provocar más daño que beneficio.

No sería la primera vez que la comunidad biomédica consigue poner fin a un problema sanitario al que antes no se le había prestado ninguna atención: "En los años 30 fueron los médicos los que desvelaron que muchas de las personas heridas en los accidentes de automóvil estaban intoxicadas con alcohol. Gracias a esto, el número de accidentes de coche por estas causas ha disminuido y miles de vidas se han salvado", dice Brookoff. "Podemos tener el mismo impacto sobre la muerte y los daños físicos por violencia familiar si decidimos que es un problema de salud y no sólo social".

Detectar a las víctimas

Hay más visitas a las salas de Urgencias de los hospitales a causa de malos tratos a mujeres que por accidentes, violaciones y asaltos juntos, según un estudio realizado en EEUU. Pero muchas de las víctimas pasan inadvertidas. Unos investigadores del Centro Médico de Salud de Denver (Colorado) diseñaron un cuestionario con tres preguntas para detectar a las maltratadas. Se probó en 322 mujeres que acudieron a los departamentos de Urgencias del hospital General de Denver y del hospital Universitario en el verano de 1994. Las mujeres fueron sometidas también a otras dos pruebas que se utilizan habitualmente para identificar signos de violencia: el Índice de Abuso de la Pareja, que mide la gravedad del abuso físico y no físico inferido en la pareja, y la Escala de Tácticas de Conflicto, que mide el uso de razonamiento, agresión verbal y violencia física empleada para resolver los conflictos de familia.

Según los autores del estudio, su cuestionario de sólo tres preguntas resultó muy efectivo y fue mucho más rápido que las otras técnicas. Detectaron al 71,4% de las maltratadas. Este cuestionario, llamado Test de Violencia en la Pareja, dice:

1) ¿Le ha golpeado alguien de alguna forma (bofetadas, patadas, etcétera) en el último año? Si ha sido así, ¿quién lo hizo?

2) ¿Se siente a salvo en su relación de pareja actual?

3) ¿Existe algún ex marido o ex compañero que le haga sentir insegura?

Los autores del estudio, que se publicó en un JAMA de mayo de 1997, concluyen que a todas las mujeres que acuden a Urgencias se les debería preguntar por la violencia doméstica, sin tener en cuenta cuál es su actual situación marital. "Si se detecta que sufren agresiones en casa debe incluirse esta información en su informe médico y ofrecerle apoyo, consejo y protección para el futuro", escriben los autores. Para la doctora Kim Fedhalus, directora del estudio, la violencia no se acaba al finalizar la relación. "Al contrario, la mitad de las mujeres que llega a Urgencias por malos tratos tiene miedo de una antigua pareja".

La televisión como modelo

Mientras siga habiendo malos tratos en casa y no se intervenga a tiempo, seguirá habiendo niños que crecen presenciando la violencia contra sus madres y que la asumen como algo natural. "Los niños que ven la violencia en casa tienen problemas en el desarrollo, en la escuela y a menudo acaban teniendo relaciones violentas en su vida adulta", dijo a EL MUNDO el doctor Daniel Brookoff, de la Universidad Metodista de Memphis (Tennessee) y autor de diversos estudios sobre violencia doméstica.

Pero los malos tratos a la mujer pueden entrar también por la pantalla del televisor. "Hay estudios que sugieren que lo se ve en televisión puede inspirar a un pequeño porcentaje de individuos a actuar de la misma manera. Sin embargo, son casos anecdóticos, poco significativos estadísticamente", declaró a este periódico la doctora Deborah Petersen, directora del departamento de Igualdad de Derechos de la Universidad de Minnesota. "Pero lo que es más preocupante es que estas imágenes crean determinadas actitudes hacia las mujeres. Es decir, que la representación en la pantalla de comportamientos violentos normalizados contra las mujeres se asume como algo aceptable. No es que las personas imiten lo que ven en la televisión sino que adoptan actitudes que les llevan a ser agresivas después".

El efecto de los medios de comunicación en el individuo se ha intentado explicar con varias teorías:

Una de ellas, postulada por George Gerbner, dice que los individuos que hacen un uso excesivo de los medios ven el mundo como un retrato de lo que ven en la pantalla. Gerbner se refiere a ello como el síndrome del mundo mezquino.

Otra teoría, de Elisabeth Noelle-Neumann, sugiere que el impacto de los medios es acumulativo y responsable de las aptitudes y valores que imperan en la sociedad actual. "Es decir, que los medios no actúan de forma directa en el comportamiento de los individuos sino que, lentamente, nos convencen de que, por ejemplo, la única mujer que merece la pena es la que tiene menos de 25 años, es muy delgada y no tiene defectos", concluye la doctora Petersen.

Síndrome de Estocolmo

Parece una paradoja de amor y violencia. Muchas mujeres maltratadas vuelven con su pareja y la protegen. Para el doctor Brookoff, especialista en violencia doméstica, esto se explica porque piensan antes en la familia que en ellas mismas y soportan todo con tal de mantenerla unida. Otros postulan que la mujer necesita la relación de pareja para reforzar su identidad propia y que por eso intenta mantenerla a toda costa.

En cambio, hay una teoría que sostiene que el 27% de las mujeres maltratadas aguanta con su pareja porque sufre las mismas reacciones psicológicas que los prisioneros de guerra o que las víctimas de los secuestros. Se trata del conocido Síndrome de Estocolmo: una persona amenaza de muerte a otra y parece capaz de llegar al extremo de matar. La víctima no puede escapar y su vida depende de la persona que la ha hecho prisionera. El opresor se muestra cariñoso y violento, alternando ambos comportamientos. Hay cuatro fases de victimización:

-Desconfianza y negación: "Esto no me puede estar pasando a mí".

-Se acepta la situación. La víctima cree que es totalmente dependiente del agresor y le ve como un súper hombre.

-Depresión traumática y estrés postraumático.

-Integración del trauma en la vida normal.

Esta teoría muestra el impacto psicológico del sometimiento a otra persona y explica que algunas mujeres maltratadas protejan a sus maridos. Pero hay una diferencia fundamental entre los secuestrados y las víctimas de la violencia en casa: los primeros reciben ayuda para escapar y cuando han sido liberados y las segundas no.

MALTRATO PSICOLÓGICO CONTRA LA MUJER

Por Andrés Montero Gómez
Publicado en LA RAZÓN, 7 de marzo de 2002

El dolor físico que produce en una mujer la agresión de su pareja cesa, se mitiga cuando los sensores somáticos apropiados dejan de enviar comunicaciones a los centros nerviosos encargados de procesarlo. Tras el golpe, tras la paliza, el organismo acciona mecanismos de reajuste que se encargan de restañar las heridas, de rehabilitar en la medida de lo posible un equilibrio que en situaciones de tortura no puede ser más que precario, pues la exposición a la amenaza supedita la salud a la movilización sostenida del sistema de alerta de la víctima, siempre en tensión, agotado. Incluso, en entornos de agresión constante el cuerpo eleva sus umbrales perceptivos y el dolor acumulado se siente menos, se soporta más. Con todo, a pesar de las heridas y cicatrices que los golpes dejan en la piel, el mayor impacto en las mujeres víctimas de violencia por parte de sus parejas masculinas trasciende los confines fisiológicos del organismo, pues es atribuible a las repercusiones psicológicas, a
las secuelas emocionales inherentes a las agresiones en una relación íntima.

La violencia, en cualquier escenario, tiene un efecto bidimensional, actuando nocivamente sobre la víctima tanto en un plano físico como psicológico. En el ámbito de la violencia contra la mujer en contextos domésticos, las agresiones siempre provocan
consecuencias de índole psicológica asociadas a las lesiones físicas producto de los golpes. Las expresiones de deterioro psicológico encontradas en las víctimas de maltrato habitual oscilan entre la ansiedad crónica o la depresión por desesperanza,
hasta la configuración de cuadros psicopatológicos como el síndrome de estrés postraumático. En este síndrome la mujer violentada es invadida por constantes pesadillas y pensamientos interferentes protagonizados por su agresor, se encuentra dominada por una respuesta de alarma desajustada que la hace hipersensible al entorno, y su cuerpo y mente se convulsionan cada vez que evocan un lugar, un recuerdo del ambiente donde sufre o sufriera la violencia.

Todos estos efectos son generalmente identificables a posteriori, se hacen patentes cuando se detecta la violencia. Sin embargo, en el espectro de modos denigrantes de anular a otro ser humano, encontramos otro tipo de maltrato no ligado necesariamente a violencia física alguna, más lento, más sutil, más silente, difícil de detectar, pero no menos insidioso
y a veces bastante más destructivo: el maltrato psicológico.

La renovada legislación penal española de abril de 1999 reconoce el maltrato psicológico habitual como tipología delictiva en causas de violencia familiar. No obstante, pocas son las ocasiones en que puede demostrarse judicialmente su presencia y grave incidencia en la salud de la mujer maltratada. El maltratador psicológico no usa de la fuerza de sus manos o piernas, no utiliza objetos para golpear, no agrede sexualmente. Su violencia tiene el mismo objetivo que la aplicada por medios físicos, anular y dominar a la víctima, pero sus recursos son distintos. Prevaleciéndose de su acceso al recinto íntimo de seguridad y confianza construido en la pareja, el abusador psicológico pone en práctica un repertorio diverso de tácticas inscritas en una estrategia general de extinción progresiva de la identidad de la víctima. A menudo enmascarado entre conductas seudoafectivas dirigidas a desorientar emocionalmente a la mujer, el abuso psicológico se encarna en desvalorizaciones; amenazas encubiertas; conductas de restricción de la libertad de la mujer; críticas y ridiculización de aspecto, iniciativas y personalidad; culpabilización y, en torno a ello, un paulatino aislamiento que reduce las probabilidades de escape de la víctima y la expone traumáticamente a un entorno deshumanizante. El conjunto tiene un resultado acumulativo que debilita el sentido de la identidad de la víctima, desposeyéndola de referentes y minando subrepticiamente la capacidad de inserción equilibrada en su propio entorno vital. La integridad psicológica de la mujer abusada se fragmenta y ella comienza a sentirse insignificante, pequeña, avergonzada de ser y
existir.

Detectar el abuso psicológico y fijar su existencia mediante medios de prueba es un reto todavía no afrontado con claridad por el sistema de asistencia a las víctimas. En este sentido, el rol de disciplinas como la Psicología Forense y el impulso de la
investigación aplicada -en la delimitación conceptual del fenómeno y en la provisión de instrumentos válidos de evaluación- se consideran indispensables en la exacta determinación de las condiciones de convivencia de una pareja donde se perpetúa un agresor. El maltrato psicológico está subyacente, a menudo sin alcanzar el estatus de prueba, en la práctica totalidad de causas penales por violencia doméstica y en la mayoría de causas civiles de separaciones contenciosas. En paralelo, unida a la apropiada  instrumentación de medios por parte del sistema de justicia, es necesario extender la concienciación de la población en general acerca la naturaleza e implicaciones del abuso psicológico.

Afganistán

La burkha (la túnica que cubre a la mujer de pies a cabeza para que no la vean los hombres) es uno de los símbolos más atroces de la opresión de la mujer. En Asia Central, los patriarcas feudales la han impuesto como señal de honor para ellos. Cubre la cara con una telita vaporosa que apenas permite ver por donde uno camina. En ese mundo, la mujer se presenta como una cortina de color: invisible, anónima, sin cara, sin poder.

Ahora también han corrido un velo sobre la verdadera historia de la lucha y de las condiciones de la mujer en Afganistán.

El gobierno yanqui se pinta como el "liberador" de la mujer afganistana, diciendo que fueron los talibanes quienes impusieron la burkha y que, gracias a las bombas estadounidenses, ahora se la pueden quitar.

Es mentira; Estados Unidos fue el patrocinador clave de los fundamentalistas extremistas que impusieron la burkha por ley la década pasada. Es más, la victoria estadounidense sobre el Talibán no puede ni tiene la intención de liberar a nadie.

Las campesinas viven bajo el peso del trabajo constante: acarrear agua, sembrar y cosechar, moler el grano, hacer yogur, bordar, juntar leña, lavar, criar los niños...

En las zonas de Nurestan y Jadaran, se encargan de toda la agricultura sin que cooperen los hombres. Es rara la vez que reciben remuneración, y si reciben un pago raquítico por tejer tapetes, se lo entregan al hombre de la familia. Por lo regular, no tienen derecho a ser propietarias de tierras ni a heredarlas.

A las mujeres se les niega el acceso a los doctores cuando están enfermas.

Los patriarcas antimujer extremistas de la CIA

Los revolucionarios y progresistas, entre ellos las organizaciones maoístas del país, se entregaron con todo a la lucha contra los invasores, pero sufrieron muchas bajas.

Mientras tanto, Estados Unidos envió cantidades masivas de armas y dinero a los islamistas reaccionarios más extremistas. La Casa Blanca mandó representantes de alto rango y agentes de la CIA para provocar una "jihad" (guerra santa) contra los rivales soviéticos.

Durante los años 80, bajo el patrocinio de la CIA, se formó un ejército fundamentalista, brutalmente en contra de la más mínima liberación de la mujer, con medio millón de soldados.

Fue la operación de la CIA más grande de la historia, que en 1987 recibía $600 millones al año. Al fin de esa década, los políticos estadounidenses se reunían abiertamente con comandantes mujaidines como Hekmatyar y la prensa los llamaba "luchadores de liberación afganos". Los patriarcas antimujer que impusieron la burkha como ley tomaron el poder gracias a las armas y el dinero del imperialismo yanqui, enviados por los presidentes Jimmy Carter, Ronald Reagan y George Bush padre (ex jefe de la CIA).

En 1998, el asesor de seguridad nacional de Carter, Zbigniew Brezezinksi, confesó que empezaron a ayudar a los fundamentalistas afganistanos antes de la invasión soviética. Un reportero de Nouvel Observateur le preguntó si se arrepentía de haber soltado a esas bestias sobre el mundo; contestó: "Arrepentirme, ¿de qué? Esa operación secreta fue una excelente idea... ¿Qué significa más para la historia del mundo: el Talibán o el colapso del imperio soviético?".

La mujer bajo los mujaidines

En febrero de 1989 la Unión Soviética retiró sus tropas de Afganistán. Pronto los mujaidines, respaldados por Estados Unidos, tomaron el poder en Kabul, castraron al último títere soviético y exhibió su cuerpo mutilado.

Impusieron un programa extremista contra la mujer: las obligaron a usar la burkha en público; prohibieron la coeducación de niños y niñas; las sacaron del gobierno y de toda vida política. Fortalecieron todas las normas de tradición inhumanas, como el matrimonio arreglado. Les negaron todos los derechos de asociación, expresión o empleo, declarándolos "no islámicos". Tropas armadas paraban a las mujeres que iban al trabajo o adonde sea si no estaban acompañadas por un hombre. Maestras y doctoras recibieron amenazas. En 1994, la Corte Suprema del Estado Islámico de Afganistán dictó la "Ordenanza sobre el velo de la mujer", la cual ordenó que toda mujer que saliera de la casa se tapara completamente con la burkha, no solo "porque son mujeres, sino por temor a la sedición".

Incluso conseguir una burkha era un problema, ya que costaban como $33, varios meses de salario para los pobres. A las más pobres simplemente no les alcanzaba para comprar su prisión de tela y se veían obligadas a compartir una con las vecinas, con el resultado de que quedaban prisioneras en la casa hasta que les tocara usarla.

Los nuevos gobernantes, intensamente corruptos, exigían las hijas del pueblo para su placer sexual. Las tropas mujaidines tumbaban las puertas de las casas de civiles por todo el país, raptaban a las mujeres a punta de pistola, las violaban y las asesinaban. Sistemáticamente cometían la violación colectiva de mujeres de otras nacionalidades.

Los mujaidines no perdieron tiempo en lanzarse a la guerra unos contra otros, y nunca establecieron control estable sobre el país. En muchas zonas, nunca pudieron hacer cumplir sus leyes sobre las mujeres. Eso le tocaría a la facción que salió de ese movimiento y llegó a dominar el país: el Talibán.

Suecia

Pese a la aprobación de una ley sobre la igualdad de oportunidades en 1979, las suecas ganan de 15 a 25% menos que los suecos. Hace cinco años, una economista ganó un pleito al demostrar que su remuneración era inferior a la de sus compañeros de la misma empresa, pese a que las responsabilidades y la formación de ambos eran idénticas. Pero las cosas son más complicadas cuando se trata de comparar trabajos diferentes cuyo valor se considera equivalente.
En 1995, cerca de 400 enfermeras de la región de Estocolmo denunciaron ante el defensor de la igualdad de oportunidades la discriminación salarial de la que se estimaban víctimas. Debido a que los casos se examinan individualmente, la Corte Laboral abrió tres procesos distintos. En 1996, dos parteras del condado de Orebro, al sur del país, presentaron una cuarta denuncia. Cinco años después, ninguno de los casos está resuelto.
Enfermeras y parteras alegan que el trabajo que realizan es igual que el de los auxiliares técnicos del mismo hospital, cuyos salarios superan en 15% a los de ellas. Estos auxiliares se ocupan del mantenimiento del material médico del hospital, y su trabajo requiere una formación inferior al de ellas. Tras realizar una evaluación, la dirección del hospital llegó a la conclusión de que no existe diferencia salarial entre ambas categorías laborales, dado que enfermeras y parteras reciben primas nocturnas y trabajan cuatro horas menos que los técnicos, cuyo horario es únicamente diurno. Sin embargo, según el defensor de la igualdad de oportunidades, lo que debe compararse es el salario mensual de base, sin incluir las primas. Por primera vez en su historia, el tribunal laboral sueco acudió a la Corte Europea de Justicia de Luxemburgo, que en abril pasado dictaminó que deben compararse los salarios de base.
“Lo más significativo en estos casos es que se centran en la diferencia salarial entre dos profesiones distintas, una ejercida mayoritariamente por mujeres y la otra por hombres. ¿Cómo probar que el trabajo efectuado tiene el mismo valor? En Suecia no existe ninguna jurisprudencia en este sentido”, explica Raija Lounavaara, de la Oficina para la igualdad de oportunidades.
Si las enfermeras y parteras ganan sus respectivos casos, sus jefes habrán de pagarles daños y perjuicios. “Pero una sentencia que reconozca que esas personas fueron discriminadas supondría un importante mensaje para los sindicatos y la patronal”, estima Lounavaara.
Sin embargo, el sindicato de enfermeras no apoya a las demandantes, estimando que su acción pone en peligro la tradición sueca de los convenios colectivos. Para el sindicato, el mejor modo de fijar salarios correctos está en apoyarse en esta negociación teniendo en cuenta la ley.

Sudáfrica

Tras las segundas elecciones democráticas realizadas en Sudáfrica, en junio de 1999, el nuevo presidente, Thabo Mbeki, designó a ocho mujeres en puestos ministeriales, o sea dos veces más que el gobierno precedente. En un continente en el que con frecuencia las mujeres son consideradas ciudadanas de segundo orden, el país puede exhibir resultados significativos: ocupa el séptimo lugar en el mundo en cuanto a representación femenina en el Parlamento (25%) y la igualdad entre los sexos es uno de los valores clave del gobierno del ANC (Congreso Nacional Africano) y de la Constitución sudafricana.
Además de contar con el apoyo moral de responsables políticos como el ex presidente Nelson Mandela o de su compañero de lucha Oliver Tambo (fallecido en 1993), las mujeres deben sus progresos a un compromiso del ANC que se concretó mucho antes de su victoria electoral en 1994. Desde el anuncio de la transición hacia la democracia, a comienzos de los años noventa, se hizo hincapié en los problemas de representación femenina.
En 1991, las militantes del ANC exigieron una cuota de cargos en el Comité Ejecutivo Nacional, sin resultado. Pero, en 1994, el ANC fue el único partido que fijó a las mujeres una cuota de 30% en sus listas electorales. Luego, cuando el ANC elaboró su programa de reconstrucción y desarrollo, espina dorsal de su manifiesto electoral, grupos de mujeres ejercieron una fuerte presión para que tuviera en cuenta sus preocupaciones en materia de empleo, salud y propiedad de la tierra.
Esas reivindicaciones fueron respaldadas por un poderoso movimiento popular que abogaba por que Sudáfrica se convirtiera en una democracia no racista, pero también no sexista. En 1992, mujeres de las más diversas extracciones fundaron un movimiento, la Coalición Nacional, para que la paridad figurara en los programas de todos los partidos y para impulsar a sus congéneres a votar.

Africa

Imaginemos la vida de una mujer en África. Se levanta por la mañana y desayuna con sus tres hijos. Uno está ya condenado a morir en plena infancia. Su marido trabaja a 300 kilómetros de distancia, vuelve a casa dos veces al año y, mientras tanto, se acuesta con otras mujeres. Pone en peligro su vida cada vez que tiene una relación sexual. Cuando va a trabajar pasa por delante de una casa en la que vive una adolescente que cuida de sus hermanos pequeños, sin ninguna fuente de ingresos. En otra casa, cuando la mujer le pidió a su marido que usara un condón, éste la llamó puta, le dio una paliza y la arrojó a la calle. Más allá yace un hombre desesperadamente enfermo, sin acceso a un médico, una clínica, medicinas, alimentos ni mantas, ni siquiera una palabra amable. En el trabajo come con sus colegas, y uno de cada tres ya está mortalmente enfermo. Habla en voz baja sobre una amiga enferma a la que los vecinos mataron a pedradas. Su tiempo libre está ocupado por los funerales a los que asiste todos los sábados. Se va a la cama con el temor de que la gente de su edad no llegue a los 40 años. Todos actúan como si no pasara nada: ella, sus vecinos y sus dirigentes, tanto políticos como populares.

   Las víctimas no gritan. Los médicos y las necrológicas no nombran al asesino. Las familias se retraen, avergonzadas. Los dirigentes eluden su responsabilidad. El silencio obstinado presagia la victoria de la enfermedad: la ceguera no puede  mantener el virus a raya.

   Su historia refleja lo que ocurre cuando una enfermedad desborda los límites de la medicina para invadir la política del cuerpo e infecta no sólo a los individuos, sino a toda una sociedad. Hemos viajado a tres países fronterizos en el extremo sur de África: Botsuana, Suráfrica y Zimbabue, el corazón del corazón de la epidemia. Durante una década, estas naciones sufrieron una invasión oculta de la infección que no dejó ver las dimensiones de la catástrofe que se avecinaba.

  El sida, en África, tiene escaso parecido con la epidemia en Norteamérica, limitada a grupos concretos de alto riesgo y muy controlada gracias a una educación muy intensa, enérgicas medidas políticas y terapias con medicamentos de amplio alcance. Aquí, la enfermedad ha generado una perversión del darwinismo. Los que mueren son los más fuertes: los adultos, que desaparecen y dejan detrás a niños y ancianos.

   El enfermo de tuberculosis

   El caso número 309 en el programa de asistencia domiciliaria de Tugela Ferry tiene la piel enrojecida, ojos brillantes y la respiración trabajosa del tuberculoso. Está solo, y hace frío entre las paredes de barro de su cabaña en Msinga Top, un  asentamiento barrido por el viento sobre el río Tugela, en la provincia surafricana de Kwa Zulu-Natal. El panorama espectacular de campos y colinas llenaría de gozo a un hombre sano, pero el enfermo de 22 años, al que llamaremos Fundisi Khumalo, tiene sida, aunque no lo sabe, y su mirada parece dirigirse hacia su
interior, llena de miedo.

  Antes de que pueda hablar, la garganta se le agarrota en espasmos. Siente un dolor agudo en el pecho; la respiración es jadeante. Los vómitos van mejor hoy. Pero el estreñimiento le ha doblado las rodillas y está demasiado débil para salir a aliviarse. No puede recordar cuándo comió por última vez. No puede recordar cuánto tiempo lleva enfermo: "Mucho tiempo, puede que seis meses". Khumalo sabe que tiene tuberculosis y cree que no es nada más. "Sólo pienso en eso",  responde cuando le preguntamos por qué está tan enfermo.

  Pero el miedo no abandona nunca sus ojos. Trabajaba en una peluquería de Johanesburgo, vivía en un albergue para hombres en uno de los distritos segregados y tenía "varias" amigas. En el albergue conoció a otros jóvenes que de vez en cuando estaban malos. Cuando estaban demasiado enfermos para seguir trabajando, como él, volvían a su casa, a aldeas rurales como Msinga Top. Pero donde Khumalo no quiere ir es al hospital. "¿Por qué?", explica. "Porque si uno  está enfermo allí, allí muere".

"Tiene razón", dice el doctor Tony Moll, que nos ha llevado por la pista de tierra  desde el hospital de 350 camas que dirige en Tugela Ferry. No tenemos medicamentos para el sida. Así que muchos hospitales les dicen: "Tiene sida. No podemos ayudarle. Váyase a casa a morir". Nadie quiere tampoco que le hagan la prueba, añade, si no hay tratamiento disponible. "Si la elección consiste en saber y no poder hacer nada", dice, "prefieren no saber".

     La ignorancia es la razón fundamental por la que la epidemia se ha descontrolado. Los sondeos dicen que muchos africanos están empezando a saber que existe una enfermedad de transmisión sexual llamada sida, que es incurable. Pero no creen que les afecte a ellos. Y los africanos sufren tal cantidad de peligros -hambre, guerra, la violencia de la desesperación o el odio étnico, las enfermedades habituales de la pobreza, los peligros de las minas o las carreteras- que el riesgo a largo plazo del sida no es uno de los que más les preocupan.

La marginada

  Reconocer que se tiene el sida es adquirir la etiqueta de monstruo. Laetitia Hambahlane (un nombre falso) tiene 51 años y está enferma de sida. También su hermano. Ella lo reconoce; él, no. Sin embargo, en la destartalada casa de su madre, situada en las peores calles del distrito de Umlazi, la madre de Laetitia se ocupa de su hijo, le cuida, le protege, niega que tenga más que tuberculosis, aunque su hermana asegura que tiene claros síntomas de sida. Laetitia está marginada, de su familia y de su sociedad.

  Durante años, Laetitia fue empleada doméstica en Durban y enviaba todo su salario a su madre. Se enamoró varias veces y tuvo cuatro hijos. "Al último hombre le quise", recuerda. "Después de que se fuera, no volví a tener a nadie, nada de sexo". Era el año 1992, pero Laetitia ya tenía el VIH.

  Enfermó en 1996, y sus jefes la enviaron a un médico privado que no fue capaz de diagnosticar ninguna enfermedad. Le analizó la sangre y descubrió que era seropositiva. "Ojalá me hubiera muerto en aquel momento", dice, mientras le corren las lágrimas por sus mejillas hundidas. "Le pregunté al médico: '¿Tiene medicinas?'. Me dijo que no. Le dije: '¿Me puede mantener con vida?". El médico respondió que no y la despachó. "No podía dar la cara", explica ella. "No podía dormir. Me sentaba en la cama pensando, rezando. No veía a nadie, ni de día ni
de noche. Preguntaba a Dios: ¿por qué?".

  Los jefes de Laetitia la despidieron sin pedirle el diagnóstico exacto. Durante semanas no tuvo valor de decírselo a nadie. Luego se lo contó a sus hijos, y ellos sintieron miedo y vergüenza. Después, más difícil todavía, se lo dijo a su madre. Ésta se enfureció por el dinero que iban a perder si Laetitia no podía volver a trabajar. Se enfadó tanto que echó a Laetitia de su casa. Cuando la hija no se fue,  la madre amenazó con vender la casa para deshacerse de ella. Luego aisló la  habitación de Laetitia con tabiques de contrachapado y convirtió a su hija en una paria, sola en un espacio pequeño y oscuro, sin ventanas y con una puertecilla que salía al callejón. Laetitia gana unas monedas para dar de comer a sus hijos y a ella misma vendiendo cerveza, cigarrillos y caramelos en un carrito que tiene en la habitación, cuando la gente se atreve a pasar por allí. "A veces compran, a veces no", dice. "Así sobrevivo".

  Su madre no le dirige la palabra. "Si a una persona no la acepta ni su propia familia", explica Magwazi, el voluntario del proyecto Sinoziso de Durban, que  visita a Laetitia, "otros tampoco lo harán". Cuando Laetitia se atreve a salir, los vecinos le hacen el vacío, aunque los chicos le roban la cartera y se burlan de ella. Sus hijos están hartos de la enfermedad y ya no les gusta ayudarla. "Cuando no  puedo levantarme, no me traen comida", se lamenta. Un día, unos jóvenes entraron en su cuarto, dijeron que era una bruja y una puta y le dieron una paliza.  Cuando se lo contó a la policía, los jóvenes volvieron y amenazaron con prender fuego a la casa.

  Pero el rechazo de su madre es lo que más le duele a Laetitia. "Lo oculta respecto a mi hermano", llora. "¿Por qué no hace nada por mí?". Sus manos agarran nerviosamente el edredón que cubre su cuerpo casi transparente. "Sé que mi  madre no me dará debida sepultura. Sé que no se ocupará de mis hijos cuando haya muerto".

  Los médicos ceden ante las presiones sociales y las restricciones legales y no registran el sida en los certificados de defunción. "Pongo tuberculosis, o meningitis, o diarrea, pero nunca sida", explica el doctor Moll, surafricano. "Es un documento público, y a las familias les horrorizaría que alguien se enterase". Hace unos años, a los médicos se les prohibió incluso mencionar la inmunodeficiencia o el VIH en los expedientes médicos; ahora pueden plasmar los resultados de las pruebas de sida en los papeles sobre el paciente para proteger a otros miembros del personal sanitario. Médicos como Moll llevan tiempo reclamando que se aplique la misma franqueza a los certificados de defunción.

  El camionero

  Aquí, los hombres tienen que emigrar para trabajar, dentro del país o al extranjero. Toda esa movilidad traslada y extiende el VIH, como reconoce Louis Chikoka. Él recorre habitualmente la carretera que constituye la base de la economía para Botsuana y su maldición. Ahora es la vía para los camiones transcontinentales que transportan artículos desde Suráfrica hasta los mercados  del centro del continente. Y además es el conducto del sida.

  Chikoka detiene su camión polvoriento en una oscura área de descanso a las afueras de Francistown, donde se juntan las rutas internacionales y el 43% de los adultos al menos es seropositivo. Tiene 30 años, está casado, es padre de tres hijos y lleva 12 años como camionero de largas distancias. Chikoka se ha parado para echar un polvo. "Ve a aquélla de allí", señala con su cigarrillo. "Ésas del lugar, que llamamos putas. Siempre aquí, a la espera, para un servicio rápido".  ¿Un servicio rápido? "Depende de lo que le cueste a uno eyacular", explica.  "Vamos al dormitorio entre los arbustos, ahí detrás, o a veces en el camión. Un servicio rápido cuesta 20 rands. Saben que los camioneros siempre tenemos dinero".

  Chikoka indica otra mujer sentada junto a un montón de cartones. "Nos gusta  más ir con ésas", explica. Son las mujeres de negocios, contrabandistas que se  mueven en el mercado negro con cajas de frutas, papel higiénico y juguetes, que necesitan transportar alguna cosa más allá. "Vienen a vernos y negociamos en privado las condiciones del transporte". No hay dinero que cambie de manos, dice. "Nos pagan con sus cuerpos". Chikoka se encoge de hombros ante la  sugerencia de que puede ser una práctica poco saludable. "Llevo dos semanas fuera, señora. Soy humano. Soy un hombre. Necesito algo de sexo".

  Lo que más le gusta es el sexo en seco. En algunas regiones del África subsahariana, para dar placer a los hombres, las mujeres se sientan en palanganas de lejía o agua salada, o bien se introducen en la vagina hierbas astringentes,  tabaco o fertilizante. El tejido de las paredes interiores se inflama y los lubricantes naturales se secan. El coito, así, es doloroso y peligroso para las mujeres. Los elementos astringentes suprimen las bacterias naturales y la fricción hiere con facilidad las delicadas paredes de la vagina. El sexo en seco aumenta el riesgo de infección del VIH para las mujeres, que ya tienen el doble de posibilidades que  los hombres de contraer el virus en una sola relación. Las mujeres, añade  Chikoka, pueden cobrar más por el sexo en seco, 50 o 60 rands, suficiente para pagar la escolaridad de un hijo o comer durante una semana.

  Chikoka sabe que su predilección por el sexo en seco difunde el sida; sabe que su promiscuidad podría llevar la enfermedad a su casa, a su esposa; sabe que la gente que enferma se muere. "Sí, el VIH es terrible, señora", dice, mientras hace una seña a la mujer de negocios de cuyos favores piensa disfrutar esa noche.
    "Pero el sexo es natural. No es como la cerveza o el tabaco. Esas cosas se pueden parar. Pero, a no ser que se castre a los hombres, no se puede acabar con el sexo; y entonces moriremos todos, de todas formas".

La_prostituta
 
   La trabajadora con la que estamos dirige el coche hacia un campo lleno de caña que bordea los distritos orientales de Bulawayo, en Zimbabue. No quiere que los vecinos vean que la entrevistamos. Tiene miedo de que su familia averigüe que es una prostituta, así que vamos a llamarla Thandiwe. Tenía un aspecto limpio y arreglado con su vestido verde a media pierna, mientras esperaba a los clientes  junto al número 109 de Tongogaro Street, en el centro de la ciudad. Igual que  todas las demás mujeres, docenas de ellas, que ocupan las esquinas de la ciudad: no se ve una minifalda, un sujetador ni un ombligo al aire. En muchos aspectos,  Zimbabue es una sociedad limpia y arreglada que mira con desaprobación la comercialización del sexo y la exhibición pública de demasiada carne.

  Ello no impide que Thandiwe se gane la vida de esta forma mucho mejor que si hiciera un trabajo honrado. En paro y desesperada, entró ilegalmente en Suráfrica en 1992. Limpió suelos en un restaurante de Johanesburgo, donde conoció a un cocinero de la misma ciudad que ella, que también era ilegal. Tuvieron dos hijas y se casaron; a él le mataron a tiros una noche, en el trabajo.

   Llevó su cuerpo a casa para enterrarlo y fue enviada a vivir con su familia política para que la limpiaran. Esta costumbre, muy extendida, otorga al hermano del difunto el derecho e incluso el deber de acostarse con la viuda. Thandiwe dio negativo en las pruebas del sida en 1998, pero, si hubiera dado positivo, la limpieza ritual habría servido para propagar la enfermedad. Luego, sus parientes políticos quisieron quedarse con las niñas porque sus hijos habían muerto, y pretendieron que se casara con un viejo tío que vivía en el campo. Huyó.

  Al verse sola, Thandiwe se vio invadida por la desesperación. "No podía dejar que mis hijas se murieran de hambre". Se encontró con una vieja amiga del colegio. "Me dijo que era una trabajadora sexual. Me preguntó: '¿Por qué sufrir? Vamos a un sitio en el que podemos ganar dinero rápido". Thandiwe baja la cabeza. "Fui. Tenía miedo. Pero ahora voy todas las noches".

  Va a Tongogaro Street, donde están los clientes ricos, con unos cuantos condones en el bolso; llega todas las noches al ponerse el sol y vuelve a casa, de forma religiosa, a las diez, para no tener que pedir un taxi para regresar. Thandiwe le ha dicho a su familia que trabaja en un turno de noche, pero no les ha dicho en qué. "Gano 200 zim por el acto sexual", explica, y más por servicios especiales. Utiliza dos condones por cliente, a veces tres. "Si se niegan, me niego". Pero  entonces, a veces, algunos clientes resentidos la pegan. Pasan uno detrás de otro hasta que tiene 1.000 o 1.500 dólares de Zimbabue y puede volver a casa, con más dinero del que pueden ver los vecinos de su barriada, suficiente para comprar un televisor, pijamas de franela para sus niñas y carne para la cena.

 "Me avergüenzo", murmura. "Todos los días me pregunto: ¿cuándo dejaré esto? La respuesta es: si pudiera conseguir empleo...". Su voz se desvanece, sin esperanza. "Por ahora, no tengo opción". Como dice el camionero Chikoka,  "ofrecen sexo para comer. No tienen ningún hombre; no tienen trabajo; pero tienen hijos y tienen que comer. Dos amigas y colegas de Thandiwe están muriendo de sida, pero ¿qué va a hacer ella? "Sólo puedo confiar en no contagiarme".

   Es raro que un hombre sepa si es seropositivo: los varones se niegan a someterse a las pruebas incluso cuando enferman. Y muchos que sospechan que tienen el VIH se aferran a una lógica distorsionada: si ya estoy infectado, puedo acostarme con quien sea, porque ya no puedo volver a atraparlo. Sin embargo, las mujeres son las que desarrollan la enfermedad y se mueren antes, y la causa fundamental no es sólo el sexo, sino el poder. En esta parte del mundo, a las esposas y novias, e incluso a las prostitutas, no les es fácil negarse a una relación sexual tal como la desee el hombre.

La cuna número 17

  En la cuna número 17 del ala infantil del hospital de la Iglesia de Escocia en Kwa Zulu-Natal, una niña pequeña y asustada se está muriendo. Tiene tres años y prácticamente no ha conocido un día de buena salud. La niña en la cuna número 17 tiene tuberculosis, aftas bucales, diarrea crónica, desnutrición y vómitos graves. La probeta revela su auténtica enfermedad: sida. Pero el nombre no figura en su cuadro clínico, y su madre dice que no tiene ni idea de por qué está tan enferma su hija. Le dio de mamar durante dos años y, cuando la destetó, la niña empezó a no poder retener ningún alimento sólido. La madre creyó que era un problema de los alimentos.

  Su marido trabaja en Johanesburgo, donde vive en un campamento temporal de hombres. Vuelve a casa dos veces al año. Ella tiene 25 años. Ha oído hablar del sida, pero no sabe que se transmite a través del sexo; no sabe si ella o su marido lo tienen.

  La doctora Annick DeBaets, de 32 años, es una voluntaria venida de Bélgica. En dos años en Tugela Ferry ha aprendido lo difícil que es romper el ciclo de transmisión del VIH de madre a hijo. La puerta de esta sala, con 48 cunas, es verdaderamente giratoria: niños enfermos que entran, reciben sus dosis de antibióticos básicos, vitaminas y alimentos, vuelven a casa para una semana o un mes y regresan tan enfermos como siempre. La mayoría de ellos, dice DeBaets, mueren en el primer o segundo año. "Es desalentador. No tenemos tiempo, dinero ni instalaciones para nada más que una atención mínima".

El Gobierno ha sido incapaz de proporcionar medicamentos que impidan que las mujeres embarazadas transmitan el VIH a sus hijos. El Gobierno ha dicho que no puede permitirse los regímenes de 28 dosis de AZT que naciones vecinas como Botsuana distribuyen empleando fondos y medicamentos de donantes extranjeros. El difunto portavoz de la presidencia surafricana, Parks Mankahlana, llegó a sugerir públicamente que no era rentable salvar a esos niños cuando sus madres  ya estaban condenadas a morir: "No deseamos una generación de huérfanos".

   El huérfano

  Los niños que se quedan solos cuando se mueren sus padres son una dimensión  más de la epidemia africana. A sus 17 años, Tsepho Phale gobierna un hogar indigente con tres niños en un polvoriento distrito a las afueras de Francistown. Nunca conoció a su padre, su madre murió de sida y lo único que poseen los hijos es una estructura de cemento que es su casa. Las entradas carecen de puertas; las ventanas no tienen cristal. No hay un mueble. Los chicos duermen sobre una pila de mantas, con sus escasas ropas colgadas de clavos.

Desde entonces, el resto de la familia no les ha ayudado. "Es como si nosotros también hubiéramos dejado de existir", dice Tsepho. "Es deprimente", afirma, mientras da patadas sin sentido contra una pared. Ha tenido que dejar la escuela, no tiene trabajo y probablemente nunca lo tendrá. "He renunciado a mis sueños. No tengo esperanzas".

  El desastre actual podría quedarse en nada al lado de lo que viene si la epidemia prosigue su curso. Las pérdidas humanas podrían destruir la frágil economía de la región, desintegrar las sociedades civiles y provocar la inestabilidad política. El ingrediente fundamental que falta aquí es la autoridad. Ni los países de la región ni los del mundo desarrollado han querido o han podido proporcionarla. Estos países son demasiado pobres para curarse solos. Los fármacos que podrían  empezar a romper el ciclo no estarán disponibles aquí mientras las empresas farmacéuticas multinacionales no encuentren formas de abaratarlos. Los sistemas de salud necesarios para recetar y vigilar complicados regímenes de cócteles  triples no podrán implantarse si los países ricos no ayudan a sufragarlos. La cura de esta epidemia no es nacional, sino internacional.

Maltrato a las mujeres
Maltrato a las mujeres
Maltrato a las mujeres

Comentario personal

Este trabajo me ayudo mucho a reflexionar sobre como estamos tratando a las mujeres. Ellas son iguales a nosotros y merecen que las respetemos como tal.

También me hizo ver que es proporcional como las tratamos con el nivel de cultura que tiene el continente o país, un ejemplo de esto es Estados Unidos y África, en África tratan a las mujeres como animales y las queman y en USA no pasa eso tienen las mismas oportunidades de trabajo que los hombres; África es un país muy incivilizado y USA es lo contrario.

Como podemos dejar que en Afganistán allá grupos que en parte se dediquen a que las mujeres tengan que estar tapadas todo el cuerpo incluyendo la cara, que no tengan derecho a la educación, que ellas sean las encargadas de cuidar a los hijos y no los hombres, están destinadas a sufrir maltatros y hambre, solo por que son mujeres, esto no debería de estar pasando ya vamos a clonar a humanos en Francia y todavía se siguen muriendo mujeres y niños de hambre en todo el mundo.

Me gusto mucho este trabajo por que me hizo ver que necesitamos cambiar la mentalidad de la gente para poder mejorar el nivel de vida de las mujeres.

Bibliografía

http://www.pangea.org/etane/castellano/cdona.htm

http://www.unesco.org/courier/2000_06/sp/doss11.htm

http://www.nodo50.org/mujeresred/africa.htm

http://www.el-mundo.es/larevista/num66/textos/gitana.html

http://www.nodo50.org/ddhhmujeres/c-afganistan-03032002.html

http://www.pangea.org/~ariadna/index.htm

http://mx.dir.yahoo.com/sociedad/culturas_y_grupos/mujeres/feminismo