Los renglones torcidos de Dios; Torcuato Luca Tena

Literatura española contemporánea. Narrativa y novela. Ambiente de un manicomio. Enfermedades psiquiátricas. Argumento. Personajes

  • Enviado por: Lozano
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 6 páginas
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LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS

A) La “Niña Oscilante” o Alicia la Joven

El libro la describe como “una preciosa muchacha rubia, de rasgos perfectos y armoniosos, de figura tan frágil que se diría de porcelana” (pg. 55)

Cuando la ve Alicia, dice que en cuanto la enfermera la soltó de la mano “se sentó de cara a la pared y comenzó a ladear el cuerpo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda rítimicamente, monótonamente, sin pausa y sin descanso” (pg. 55).

La enfermera Montserrat habla con ella con gran ternura y dice que dado que “aunque estaba totalmente demenciada, no era agresiva ni antisocial”, por eso no estaba en el pabellón de los absolutamente demenciados y convivía con la comunidad (pg. 91). Sobre su enfermedad dice que es “idiota u oligofrénica profunda” (pg. 112).

El “Hortelano” le cuenta a Alice que una vez el llamado “Gnomo” quiso violar a la “niña oscilante”, pero que el llegó a tiempo para impedirlo, “le di una güena somanta de palus y le juré, que si lo golbía a jacer, le partiría su joroba en dos” (pg. 173).

En una escena en la que no está Rómulo, el “niño mimético”, a su lado, se dice que “parecía mucho más desvalida”, por lo que parece que le tenía gran cariño, a pesar de su incapacidad de pensar (pg. 283). El no hacía más que acariciarla, leerle cuentos y acompañarla.

La enfermera Montserrat toma como ejemplo a la “niña oscilante” para explicarle a Alice Gould porqué ha decidido hacerse monja, dice: “Imagina a la niña oscilante. De pronto alguien la toma de la mano, y ella obedece a ese impulso exterior. Deja entonces de oscilar y cumple la voluntad de su guía. Se entrega totalmente a su conductor con confianza y obediencia ciegas. Pues, del mismo modo, nuestras almas son pendulares como la de esa muchacha hasta que llega un día en que Dios las toma de su mano y las conduce y guía personalmente. ¿quién se atreverá a decir “no quiero ir por allí”, “prefiero ir por allá” ¡es imposible resistirse a su voluntad! Eso es lo que me ha ocurrido a mí. Yo soy como la “niña oscilante” y Dios mi conductor” (pg. 301).

Rómulo le cuenta a Alicia la joven que Alice Gould en realidad es la madre de los dos, y por eso Rómulo le dice varias veces a Alicia “se quien eres” (pg. 317). Cuando Alice está castigada en la “jaula de los leones” por intentar escapar, ambos la visitan y Rómulo se lo dice, lo que hace que a Alice se le salten las lágrimas (pg. 360).

B) El “Hombre Elefante”

Así lo bautizó Alice Gould, su verdadero nombre es José Sáez y García. Cuando Alice lo ve por primera vez se queda impresionada y lo describe así: “Se le quedó fijada la imagen de un gigante de andar torcido y profunda obesidad, hombros anormalmente caídos, ojos bovinos y boca perpetuamente abierta, que escogió, con tanta lentitud como minuciosidad, el lugar en que había de sentarse” (pg. 53).

Está enamorado de “la niña oscilante”. En una escena no hace más que mirarla con ojos llenos de amor, y haciendo un gran esfuerzo se levanta y parece que va hacia ella. Pero la “niña oscilante” está siempre acompañada por el “niño mimético”, que cree que es su hermano y la protege. Cuando ve que el “hombre elefante se levanta” se pone a imitar a una especie de leopardo, amenazando con sus garras al gigante. Alice Gould se queda muy impresionada con la escena, que describe así: “a cada ademán amenazador del pequeño, se producía un movimiento convulsivo en el gigante: un ademán de miedo. Al fin inició la retirada lateralmente. Sin dejar de dar la cara al enemigo, salió al parque, por la abierta cristalera y, con la poca agilidad que su torpeza le permitía, emprendió la fuga” (pg.80).

Alice observa que cada vez el “hombre elefante” tiene más heridas “y una oreja casi desgarrada”, por lo que informa de ello a los batas blancas (pg. 262). Resulta que estas heridas se las producía Rómulo, el “niño mimético”, que le odiaba por su amor a Alicia la joven. El gigante no podía con Rómulo, que era muy ágil y siempre le atacaba por detrás, pero un día que fueron de excursión se encontró delante al hermano gemelo de Rómulo, llamado Remo, y creyendo que era su hermano le mató, por lo que le encerraron en el pabellón de los demenciados, la llamada “Jaula de los leones”. Alice Gould fue quien descubrió que el “hombre elefante” había sido el culpable del crimen (pp. 294 y siguientes) y piensa que también fue el asesino de García del Olmo, que era en teoría el crimen que tenía que descubrir, porque le mataron un día en que el “hombre elefante” salió de permiso y de igual forma que al niño, en venganza de haberle ingresado en el manicomio (pp. 325 y 326).

C) “La Duquesa de Pitiminí”

Su verdadero nombre es Charito Pérez. Sufre un proceso paranoico, y a veces tiene ataques muy fuertes. La primera vez que Alice Gould la ve se queda sorprendida porque no para de hablar y de darse importancia, era la “viva imagen de la extravagancia” y hablaba así: “¡Hala, hala! ¡Todo el mundo fuera de mi vista!. Estoy harta de vuestras innobles presencias, y vuestra falta de higiene, y vuestras zalemas estúpidas, y vuestras conversaciones insípidas, y vuestros pensamientos lascivos, y vuestras miradas serviles, y vuestras conductas deshonestas, y vuestras falsas promesas, y vuestras almas de esclavos, y vuestra falta de clase, y vuestra ignorancia, y vuestra miseria, y vuestra cobardía, y de los abusos que cometéis en mis despensas, y en mis cuentas corrientes, y en mis ganados, y en mis ajuares y en mi vestuario y en mis cofres de joyas y...”. ¡Qué capacidad enumerativa! piensa Alice Gould. Y luego la “Duquesa” continúa: “He dicho que no quiero ver a nadie, pues vuestras miradas me ensucian; vuestras palabras me aburren; vuestros pasos me hieren los oídos; vuestros movimientos me irritan, y vuestra sombra me contamina. ¡fuera todo el mundo!”. (pp. 81 y 82).

La descripción que hace Alice Gould de esta mujer resulta terrible: “Era una mujer de unos ochenta años. Iba inimaginablemente disfrazada de... de nada. Llevaba un turbante en la cabeza, compuesto por una gruesa toalla de felpa. Se había anudado una sábana al cuello, de suerte que le caía por las espaldas como una esclavina de largo vuelo, que le dejaba a la vista la parte frontal del cuerpo, cubierto este con otra toalla atada a la cintura a modo de minifalda y un sujetador colorado, que apenas oprimía la flaccidez de sus pechos. Una pierna estaba cubierta con una media de malla, de las que usan las cabareteras de los tugurios, y la otra no. Los zapatos de altísimo tacón, era lo único de su indumentaria que hacía juego entre sí y con el sujetador, pues también eran escarlatas. Su atuendo era una mixtura extravagante de césar romano, ayatollah persa, odalisca oriental y fulana de Monmartre” (pg. 82).

Durante el ataque que le da en el comedor Alice Gould habla del “insoportable protagonismo de aquella individua insufrible, que no dejó de hablar, dar órdenes y pronunciar discursos, arengas y soflamas”. Los discursos apenas se entienden, pero se ve que ella se cree una dama de la alta sociedad y de ahí el apodo de la duquesa de Pitiminí. Así, por ejemplo, dice “El lunes, que es día de visitas, puesto que es sábado, vendrá a verme el duque de Plymouth, que es un Saxo- Coburgo gotha”, y además se cree muy atractiva y joven, y les dice a los demás internos: “Y decidme -añadió abriendo su túnica y desenlazando la toalla que le servía de minifalda- si mis carnes no son las de una muchacha de veinte años, a pesar de haber cumplido los veintiocho. ¡tocad, tocad mis muslos y mis pechos y decidme si no son dignos de un Saxo- Coburgo Gotha”! (pg. 84).

Los enfermeros se la llevan finalmente a la unidad de recuperación ante el escándalo que estaba montando, y a Alice Gould le impresiona mucho: “La visión de esta vieja decrépita, pintarrajeada y ridícula, llevada en volandas por los loqueros, la afectó profundamente” (pg. 85).

Montserrat le explica a Alice Gould quién es: “Esa pobre mujer fue institutriz de una familia exiliada rusa. Acaba de tener una crisis aguda... y ahora está recluida bajo un tratamiento muy severo. Parece que está reaccionando muy bien. Pronto estará buena” (pg. 108).

Cuando Alice se la encuentra más adelante en la unidad de recuperación la ve completamente cambiada. “vestía un traje azul oscuro, peinaba moño, llevaba la cara lavada, sin pintarrajear”. La mujer se comportó de un modo muy educado con Alice.(pg. 48). La enfermera Conrada la joven le explica su enfermedad: “Psicosis maniaca. Las primaveras y los veranos son muy malos para ella. Su dolencia rebrota cada año por estas fechas. Pero el resto del tiempo es normal y muy modosa. Y poco amiga de los alborotos. Su primera manifestación psicótica la tuvo muy tardíamente: a los sesenta y un años. Y tardó cuatro años en reproducirse. La segunda manifestación tardó dos. Ahora, cada vez, los brotes son más frecuentes. Y el doctor Arellano teme que, dada su edad, acabe demenciandose totalmente”, ella “se cree poseedora de grandes tesoros” y “de los hechos más heroicos y meritorios” (pg. 150).

En otra escena, cuando salen un grupo de enfermos a dar un paseo por el campo, se encuentran a dos guardias civiles y la “duquesa” le dice a uno de ellos: “”¡Bien venidos a mis tierras! ¿y su señora madre, sigue bien? ¿y su esposa, ¡siempre tan dulce y cariñosa!, como se encuentra? Si señor, si. Aquí me tiene dando un paseíto con los siervos de la gleba” (pg. 267).

La “duquesa de Pitiminí” mejoró mucho de su enfermedad y fue dada de alta por lo que pudo marcharse a su casa (pg. 312).

D) Ignacio Urquieta, el “topógrafo” o el “fóbico al agua”

Ignacio Urquieta aparece al principio de la historia como un hombre de muy buena presencia y muy normal, lo que hace que Alice Gould no se explique porqué está encerrado en el manicomio. Le conoce cuando le da una vez fuego en el comedor, ella lo rechaza, pero en otra ocasión lo acepta (págs. 51 y 56). Se presenta muy educado como “Ignacio Urquieta. Ya soy veterano”. Alice Gould dice que es el hombre de “la misteriosa y -para ella- desconocida enfermedad” (pg. 88 y lo mismo dice en la pg. 118 y en la 121) y se hacen amigos. Ignacio le explica la enfermedad que padecen los internos que a Alice más le llaman la atención.

En una ocasión, a Alice Gould le extraña que Ignacio Urquieta, al ir a sentarse en el comedor, le pide que le cambie de sitio y le dice “usted debe sentarse enfrente de mí. Yo, por razones especiales, tengo reservado este puesto”. Cuando se cambiaron, Ignacio quedó de espaldas a la sala y sin visibilidad, por tanto, a los demás comensales. (pg. 61).

Un domingo, al salir de misa, Ignacio se le acerca a Alice Gould y la invita a dar un paseo. Ella acepta encantada y cuando comienzan el paseo Ignacio le pregunta porqué está ingresada, pero ella le contesta que él debe contarle primero su caso: “Es usted más antiguo que yo y me debe esa prioridad”. Alice le pregunta cuál era su profesión antes de ingresar y el le explica que era topógrafo: “esos que se dedican a dibujar cómo es un terreno, qué curvas de nivel tienen y esas cosas. Me entretenía porque soy buen dibujante y matemático. Mi gran ilusión hubiera sido ser cartógrafo de la Armada” (pg. 125). Al cabo de un rato vienen a verle sus familiares y ya no puede acompañarla.

Alice Gould salió a pasear otra vez por la tarde, se quedó dormida y cuando despertó vio que el tiempo se había estropeado, pero aun tuvo otra visión mas espantosa, que la impresionó mucho: “Alocado, bufando, emitiendo gemidos, cubierto de sudor y perturbados los ojos, pasó junto a ella, como una exhalación, sin verla y a punto de derribarla”, “no era el suyo el trotar de antes, antes bien, un galope desbocado, desatinado, como quien huye de un peligro inminente y le va la vida en alcanzar refugio. Al descender la pendiente tropezó, y cayó aparatosamente rodando varios metros. Mas ello no le impidió al topógrafo incorporarse de un salto y proseguir su insensata carrera (...) en ese instante comenzó a llover e Ignacio cayó al suelo como en un arranque epiléptico” (págs. 132 y 133).

Alice le pregunta a Cosme qué es lo que le pasa a Ignacio Urquieta y este le explica: “Comprendió mu tarde que iba a llover y cayóle el agua encima ¡Y el agua es pá el lo que el perejil para los loros!” (págs. 135 y 136). Se dio cuenta entonces Alice que Ignacio padecía una enfermedad que le había explicado el doctor Ruiperez que tenía un interno: era “un paciente que tenía fobia al agua, que vomitaba, le subía la fiebre, le salían erupciones en la piel si veía, oía o tocaba agua. E incluso se desmayaba” (pg. 136). El caso era tan grave que un día el llamado “Gnomo” le lanzó un vaso de agua a los pies e Ignacio estuvo a punto de morir. Entonces entendió Alice porqué se sentaba en el comedor a espaldas de todos los demás enfermos, era para no ver los vasos de agua, y porqué nunca quería acercarse al camino de la piscina. Afortunadamente, siempre salía adelante.

El propio Ignacio le explica a Alice lo que supone su fobia al agua: “Puedo decir “agua” y “nieve” y “lluvia”, y “mar”, y “océano”. Lo que no puedo se ver, ni oír, ni tocar el agua. Cuando sé que está lloviendo me refugio entre las sábanas de la cama y me tapo, temblando como si fuese de azogue, presa de un terror invencible, indescriptible e inexplicado”, puesto “que no se ha averiguado la causa”,”lo que necesito que me digan es por qué. ¿Por qué un hombre que fue campeón infantil de natación y campeón provincial, ero campeón, de saltos olímpicos cuando tenía dieciocho años, súbitamente, sin avisos previos, sin antecedente alguno, al cumplir los treinta se desmayó por primera vez ante un vaso de agua, y cayó como muerto al ducharse, y se le llenó el cuerpo de úlceras al escuchar caer el agua de un excusado? El día que lo averigüen, y de lo digan, estaré curado” (pg. 153).

Ignacio explica a Alice lo que significa una fobia: “La fobia es un pretexto que ha inventado el organismo para ocultar un terror verdadero, justificado, pero que la mente se empeña en ignorar. Algo me ocurrió alguna vez, algo que yo ignoro, que mis padres no saben, que mis amigos desconocen, que está tapado por mi fobia al agua. Esta fobia es una tapadera simulada por mi subconsciente para que no no m entere de que hay algo pavoroso en mi pasado. Tal vez estuve a punto de saber, de aprender o de “recordar” ese algo pavoroso. Y de pronto mis defensas me crearon la fobia al agua para encubrir aquello otro, misterioso, pero verdadero” (pg.153).

Ignacio se tiene que lavar con sifón y con alcohol y sólo puede beber agua de sifón, con burbujitas, que no le produce fobia (pg. 153).

Alicia opina que la locura de Ignacio, como la de la duquesa de Pitiminí, son un “conflicto entre el yo verdadero y el falso yo”. En el caso de Ignacio, el yo verdadero está oculto y el que sale es el falso yo (pg. 158).

Ignacio opina que sobre él que “no tengo personalidad alguna”, “la tuve y la perdí. ¡Se la tragó el subconsciente!” (pg. 165).

En un episodio, dos etarras que habían ingresado en el manicomio y habían conseguido escapar, cuando le preguntan si es de Bilbao hablando en vasco e Ignacio les contesta que sí en español le pegan un puñetazo muy fuerte en el estómago (pg. 259). Cuando más adelante estos dos etarras son asesinados, Alice ayuda a su amigo y defiende su inocencia, porque dice que era imposible que Ignacio se hubiese lavado las manos después del crimen con un trapo que encontraron que estaba lleno de agua y con manchas de sangre, dada la fobia total que Ignacio sentía por el agua. El médico Arellano la apoyó e Ignacio fue excluido de la lista de sospechosos (pg. 289).

Ignacio le pinta a Alicia un plano de todos los alrededores del manicomio, pues esta se lo pide para que demuestre lo buen topógrafo que es, y este plano le ayudará luego a Alicia cuando escapa del manicomio a encontrar los pueblos (pg. 334).

Cuando a Alicia después de intentar escaparse la internan en la “jaula de los leones”, Ignacio se dedica a abuchear y a molestar al director, y le castigan por ello encerrándole en la unidad de recuperación.

Al final, Ignacio se cura, y curiosamente gracias a una conspiración de que fueron autores varios enfermos del manicomio que le odiaban, porque consideraban que estaba loco como ellos pero tenía un trato especial con los médicos. Un día, que Ignacio debió mostrar algún signo de desprecio hacia alguno de ellos, le cogieron y le tiraron a la piscina. Al principio Ignacio “se agitaba como si le hubieran echado a un lago de hirviente lava”, pero luego se quitó los zapatos y a partir de ese momento se calmó y empezó a nadar con muy buen estilo. Cuando salió de la piscina estaba curado, porque había logrado recordar lo que tenía en el subconsciente: cuando era un niño un día faltó al colegio con otro niño muy gamberro (Chemari) y fueron a patinar. Ignacio patinaba muy mal y su amigo muy bien, por lo que luego quiso demostrarle lo bien que nadaba. El otro niño a mala idea le tiró a la piscina vestido y con patines, pero como estaban enganchados a sus zapatos Ignacio se los quitó y pudo salir. Ignacio quiso vengarse y le pidió a su amigo que le echase una mano para salir de la piscina, en ese momento tiró de el y le tiró a la piscina donde le hizo una ahogadillas y luego siguió nadando. Ignacio no se había dado cuenta de que su amigo llevaba botas de patinar, por lo que no pudo quitárselas a tiempo y se ahogó. El no se dio cuenta, pensó que su amigo se había ido sin despedirse, pero muchos días mas tarde se enteró de que se había ahogado en la piscina. Ignacio, de niño y de joven nunca pensó en ello, no relacionó las dos cosas, pero ese recuerdo estaba en su subconsciente y a los treinta años probablemente intuyó algo y entonces su mente creó la fobia al agua para no pensar en que había ahogado a una persona. En cuanto Ignacio se da cuenta de todo esto se cura completamente y es dado de alta para salir del hospital (pp. 397 y ss.).

Cuando es dado de alta, Ignacio no quiere irse tan pronto y le confiesa a Alice Gould que es porque en realidad quiere estar cerca de ella e irse con ella cuando le den el alta. Alice le dice que ella le quiere mucho pero que no está enamorada de él como para irse a vivir con él, que seguro que encontrará a una chica estupenda en Bilbao (pp. 402 y 403). Cuando se despiden, los dos se sienten muy tristes, pues habían estado muy unidos todo el tiempo que duró su internamiento en el hospital.

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