Literatura española. Siglos XVII-XIX

Literatura de España. Literatura medieval. Renacimiento. Miguel de Cervantes. Barroco. Ilustración. Romanticismo. Realismo. Modernismo. Generación del 98. Novecentismo. Generación del 27. Literatura posterior a la Guerra Civil

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Literatura de España

Literatura medieval

Renacimiento

Miguel de Cervantes

Barroco

• Ilustración

Romanticismo

Realismo

Modernismo

Generación del 98

Novecentismo

Generación del 27

Literatura posterior a la Guerra Civil

Literatura española de la Ilustración

Durante el siglo XVIII nace un nuevo espíritu (prácticamente es la prolongación del Renacimiento) que barre los viejos valores del Barroco y que recibe el nombre de «Ilustración». Dicho movimiento se basa en el espíritu crítico, en el predominio de la razón y en la experiencia, por lo que la filosofía y la ciencia serán los saberes más valorados. Este período se conoce también como "Siglo de las Luces" o "Siglo de la razón". En definitiva, se persigue la felicidad humana mediante la cultura y el progreso. Los nuevos vientos hicieron que el arte y la literatura se orientaran hacia un nuevo clasicismo (Neoclasicismo), de ahí el término "neoclásico". Se huyó de la expresión de los sentimientos, se siguieron normas y reglas académicas y se valoró el equilibrio y la armonía. Contra tanta rigidez se reaccionó a finales de siglo, produciéndose una vuelta al mundo de los sentimientos. Este movimiento se conoce como "Prerromanticismo".

Marco histórico: El siglo XVIII comienza con la guerra de Sucesión (1701-1714). Las potencias europeas, preocupadas ante el poder hegemónico del rey francés Luis XIV, unido a que su nieto Felipe de Anjou, a quien Carlos II había nombrado como heredero al trono, formaron la Gran Alianza y respaldaron las intentonas del Archiduque Carlos de Austria para acceder a la corona. Tras el Tratado de Utrecht, Felipe V (1700-1746) fue reconocido como Rey de España, aunque ello acarreó la pérdida de sus dominios europeos, de Menorca y de Gibraltar. En 1724, abdicó a favor de su hijo Luis I, pero al morir éste meses después, volvió a asumir el trono español. Durante su monarquía, desarrolló una política centralista y reorganizó la Hacienda Pública. Tras la muerte de Felipe V, le sucedió Fernando VI (1746-1759, quien, con los ministros Carvajal y el marqués de la Ensenada, mejoró las comunicaciones y los caminos del país, fomentó las construcciones navales y favoreció el desarrollo de las ciencias.

Tras la monarquía de Felipe V, su hermanastro Carlos III le sucedió en el trono. Prototipo de monarca ilustrado, contó con el soporte de importantes ministros, como Floridablanca, Campomanes, Aranda, Grimaldi y el Marqués de Esquilache. Sin salirse del modelo del Antiguo Régimen, modernizó el país, repobló Sierra Morena, favoreció la enseñanza, el comercio y las obras públicas.

Durante el reinado de Carlos IV, estalló la Revolución Francesa (1789). Por su debilidad y la ambición del ministro Godoy, tuvo que abdicar en pos de su hijo Fernando VII, tras la invasión por los franceses en 1808.

España

Antecedentes del reformismo: los novatores del siglo XVII. Durante el reinado de los Austrias menores, España dejó prácticamente de lado los estudios científicos, vistos con sospecha y continuamente perseguidos por la Inquisición. El retraso con respecto a Europa era evidente a comienzos del siglo XVIII. Pese a todo, algunos intelectuales, desde finales del XVII, se negaron a abandonar la investigación; no exentos de riesgos, estuvieron siempre al tanto de los descubrimientos europeos en astronomía, medicina, matemáticas o botánica. Estos eruditos son los llamados novatores ("innovadores", llamados así despectivamente). Difundieron las teorías de Galileo Galilei, Kepler, Linneo o Isaac Newton. Entre los novatores destacan: Juan de Cabriada, Antonio Hugo de Omerique, Juan Caramuel, Martínez, Tosca y Corachán. En el siglo XVIII, el legado que dejaron, lo continuaron otros científicos como Jorge Juan, Cosme Bueno, Antonio de Ulloa, etc.

Penetración de las luces en España: Tras la guerra de Sucesión, los Borbones encontraron una España sumida en la miseria y la ignorancia. La Península Ibérica tenía apenas siete millones y medio de habitantes. Con una concepción política francesa, Felipe V fortaleció el poder monárquico y potenció un proceso de centralización de la nación, aboliendo los fueros y las leyes de Aragón y Cataluña. La Iglesia mantuvo su dominio, pese a que cayeran algunas órdenes religiosas como la Compañía de Jesús, ya en época de Carlos III. Por otro lado, el pueblo llano, formado por ganaderos, agricultores, funcionarios y marginados, carecía de derechos. Los monarcas paulatinamente fueron reduciendo algunos privilegios a la aristocracia hereditaria y adoptaron una postura regalista frente a la Iglesia, con la finalidad de realizar una serie de reformas básicas. A finales de siglo, había mejorado la calidad de vida de los españoles, como así lo demuestra el aumento de la población en casi tres millones de habitantes, cifra sin embargo menor a la de otros países europeos. Las ideas ilustradas fueron entrando en España a través de diversas vías:

  • La difusión de las ideas de algunos ilustrados como Gregorio Mayans y Benito Jerónimo Feijoo, novatores del siglo XVIII.

  • La propagación de las ideas enciclopedistas francesas (Rousseau, Voltaire, Montesquieu), pese a la censura de la época para evitar su introducción en la Península y la vigilancia de la Inquisición.

  • Las traducciones de libros franceses de todos los géneros y la contratación de profesores extranjeros o eruditos en determinadas materias.

  • Los viajes de estudio y conocimiento de la vida y costumbres europeas realizados por los eruditos e intelectuales.

  • La aparición de periódicos o publicaciones donde las ideas ilustradas se difundían.

  • La creación de una serie de instituciones culturales y de Sociedades económicas de amigos del país destinadas a promover el progreso cultural, social y económico de España mediante la extensión de la cultura.

El máximo esplendor de la Ilustración en España fue durante el reinado de Carlos III, y su decadencia, por las fechas de la Revolución Francesa (1879) y la invasión napoleónica en la Península Ibérica, en 1808. Los ilustrados, pese a contar con el apoyo de la Corona, no obtuvieron el reconocimiento de la mayoría; muchos fueron calificados como extranjerizantes y acusados de atentar contra la tradición y la enseñanza religiosa. Tras la Revolución Francesa, algunos fueron perseguidos, e incluso, encarcelados.

El español en el siglo XVIII: En este siglo, se libra una lucha a favor de la claridad y naturalidad del lenguaje artístico, en la que muchos escritores combatían contra los restos que aún sobrevivían del estilo Barroco, es decir, la utilización de artificios a la que había llegado el Barroco tardío.

El latín era utilizado en las universidades como lengua académica, pero poco a poco se fue sustituyendo en ese papel. Querían volver al esplendor del Siglo de Oro como lengua literaria, pero para ello era necesario desarrollar formas de expresión acordes con las ciencias experimentales europeas, labor que desarrollaron Feijoo, Sarmiento, Mayans, Jovellanos, Forner, Capmany, entre otros. En el año 1813, tras la Guerra de la Independencia, la Junta creada por la Regencia para realizar una reforma general de la enseñanza, ordenó el empleo exclusivo del español en la universidad. Muchos de los ilustrados, para la modernización de España, defendieron la implantación de la enseñanza de otros idiomas (francés, inglés, italiano) en los centros, y la traducción al castellano de obras destacadas. A lo primero se opusieron aquellos que defendían la prioridad de las lenguas clásicas (latín y griego), frente a las modernas, y a lo segundo los que rechazaban las traducciones porque introducirían en el español extranjerismos innecesarios y pondrían en peligro su identidad. Surgieron así dos posturas: el casticismo, que defendía un lenguaje puro, sin mezcla de voces ni giros extraños, con palabras documentadas en las autoridades (la Real Academia Española); y el purismo, que se oponía totalmente a la penetración de neologismos, sobre todo los extranjeros, acusando a sus oponentes de mancilladores del idioma.

Etapas de la literatura dieciochesca: Se distinguen tres etapas en la literatura española del siglo XVIII:

  • Antibarroquismo (Hasta 1750, aproximadamente): Se lucha contra el estilo de los últimos barrocos, considerado excesivamente retórico y retorcido. No se cultiva la literatura recreativa, sino que se interesan más por el ensayo y la sátira, utilizando con sencillez y pureza el idioma.

  • Neoclasicismo (Hasta finales del s. XVIII): Se siente fijación por el clasicismo francés e italiano. Los escritores también imitan a los clásicos antiguos (griegos y romanos) y su auge se extendió desde el reinado de Fernando VI hasta finales de siglo.

  • Prerromanticismo (finales del XVIII y comienzos del XIX): La influencia del filósofo inglés John Locke, junto a la de los franceses Étienne Bonnot de Condillac, Jean-Jacques Rousseau y Denis Diderot, hará surgir un nuevo sentimiento, insatisfecho con la tiranía de la razón, que hace valer el derecho de los individuos a expresar sus emociones personales (reprimidas entonces por los neoclásicos), entre las cuales figuran, fundamentalmente, el amor. Esta corriente anuncia la decadencia del Neoclasicismo y abre las puertas del Romanticismo.

Prosa: La narrativa es casi inexistente en España durante este período. Prácticamente, se reduce a la Vida de Diego de Torres y Villarroel, o al relato Fray Gerundio de Campazas del Padre Isla. Otra modalidad de gran influencia en esta época fue el periódico. Literarios, científicos o de curiosidades, publicaciones como el Diario de los Literatos de España, El Censor o El Correo de Madrid contribuyeron a difundir en España las teorías y las ideas del momento, asentando los principios de la Ilustración. Por el contrario, el ensayo es el género dominante. Esta prosa educativa y doctrinal muestra un deseo de acercarse a los problemas del momento, tiende a la reforma de costumbres y suele hacer uso de la forma epistolar.

  • Fray Benito Jerónimo Feijoo: El fraile benedictino Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (Orense, 1676 - Oviedo, 1764), poseyó una formación aristotélica, aunque su mentalidad era totalmente moderna. Sus obras alcanzaron numerosas ediciones y suscitaron muchas polémicas, tantas, que Fernando VI, en acto de despotismo ilustrado, tuvo que defenderlo designándolo consejero honorario y prohibiendo los ataques contra su obra y su persona. Su saber se manifestó en multitud de ensayos que agrupó en los ocho tomos del Teatro crítico universal (1727-1739) y en los cinco de Cartas eruditas y curiosas (1742-1760). Feijoo veía necesario escribir para sacar a España de su atraso; con este propósito, dio a su obra un carácter didáctico, marcadamente católico, pero con la intención de que las nuevas corrientes europeas penetrasen, al menos, en las clases ilustradas. Fue muy crítico con las supersticiones y los falsos milagros. Feijoo contribuyó en la consolidación del castellano como lengua culta al defender su uso frente al latín, que aún se empleaba en las universidades. También aceptó la introducción de nuevas voces, siempre que fuesen necesarias, sin importar de donde procedan. Su producción abarca campos muy diversos, como la economía, la política, la astronomía, las matemáticas, la física, la historia, la religión, etc. Su estilo se caracterizó por su sencillez, naturalidad y claridad. Para muchos críticos, la prosa española se hace moderna con Feijoo.

  • Gaspar Melchor de Jovellanos: Jovellanos (Gijón, 1744 - Puerto de Vega, Asturias, 1811) es probablemente el ensayista más importante del siglo XVIII. Perteneciente a una familia acomodada, estudió Leyes y fue destinado a Sevilla, donde entró en contacto epistolar con la Escuela poética salmantina. En Madrid, como alcalde de Casa y Corte, su actividad política fue en constante aumento. Tras un destierro, fue nombrado por Godoy ministro de Gracia y Justicia, y más tarde Consejero de Estado. Al perder la confianza del ministro, fue apresado en Mallorca en el Castillo de Bellver, hasta que el Motín de Aranjuez, que derrocó a Godoy, le devolvió la libertad. En 1808 formó parte de la Junta Central que hacía frente al ejército napoleónico. Fue perseguido por los franceses, e intentó trasladarse a Cádiz, pero las inclemencias meteorológicas le obligaron a refugiarse en el puerto de Vega de Navia, donde falleció. Jovellanos comenzó escribiendo poesía lírica, con el pastoril nombre (muy común en su época) de Jovino, y con ideales ilustrados. Al igual que Cadalso, satiriza a la aristocracia inculta en su sátira A Arnesto. Pero pronto se cansó de la poesía, que consideró un juego de adolescente al que no se aplicaba la razón, y que era impropio de un hombre respetable. Curiosamente años más tarde invita en verso a la insurrección de 1808 en el Canto para los astures contra los franceses. También compuso El delincuente honrado, un drama reformista neoclásico. Se había promulgado una ley que condenaba a muerte al superviviente de los duelos, considerándolo igualmente culpables al ofensor y al ofendido; en esto se basa Jovellanos en su drama, pues para él, sólo el ofensor es el culpable. La obra sigue la línea de comedia sentimental, tan admirada en Francia, y su tono es ya prerromántico. La claridad, concisión y sobriedad son los rasgos característicos de la obra didáctica de Jovellanos. Al igual que Cadalso, el Cuestionario Oficial exige que se lean textos de Jovellanos.

  • José Cadalso: José Cadalso y Vázquez de Andrade (1741 - 1782) es otro de los grandes prosistas del siglo XVIII. Escribió importantes obras literarias, cuya creación más importante fue Cartas marruecas. De él se decía que poseía una vasta cultura, enriquecida probablemente por sus viajes por Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. Fue militar y obtuvo el grado de coronel. Estuvo profundamente enamorado de la actriz María Ignacia Ibáñez, cuyos excesos a los que se entregó causaron su muerte a muy temprana edad. Cadalso trató de desenterrarla, lo que le valió su destierro en Salamanca (ordenado para que se curara de su enajenación). Fue destinado posteriormente a Extremadura, Andalucía, Madrid y finalmente Gibraltar, lugar donde murió. Como poeta, y bajo el nombre de "Dalmiro", compuso la obra Ocios de mi juventud (1771). Su amor hacia la actriz María Ignacia Ibáñez lo acercaron al mundo dramático. Pese a que escribió tres tragedias, sólo una de ellas se representó, y con escaso éxito, Don Sancho García, conde de Castilla (1771). Su obra en prosa es sin embargo más extensa. En Noches lúgubres narra en forma dialogada su frustrado anhelo de rescatar de la tumba el cuerpo de de María Ignacia. Enteramente dieciochesco es el libro Los eruditos a la violeta, contra los falsos intelectuales; siete lecciones que satirizan a aquellos que pretender saber mucho estudiando poco. Sin embargo, las Cartas Marruecas (1789), publicadas póstumamente, son las que procuran más importancia a la producción literaria de Cadalso. De acuerdo a un modelo muy cultivado en Francia (por ejemplo, las Cartas Persas de Montesquieu), el autor compone un libro con noventa cartas que se cruzan Gazel, moro que visita España, su preceptor y amigo marroquí Ben-Beley, y Nuño Núñez, amigo cristiano de Gazel. Entre ellos comentan el pasado histórico de España y su vivir actual y juzgan la labor de los gobernantes y las costumbres del país.

Lírica: En 1737, Ignacio Luzán recogía las ideas estéticas del Neoclasicismo en su Poética. Este estilo triunfó en España imponiendo unos criterios de utilidad y servicio a la humanidad, junto a los deseos de placer estético. Dominaron los ideales artísticos importados de Francia, el "buen gusto" y el comedimiento, y se reprimían sentimientos y pasiones. La sujeción a las normas fue general, huyéndose de la espontaneidad y de la imaginación, que fueron sustituidas por el afán didáctico. La poesía neoclásica trató temas históricos, costumbristas y satíricos. En la variante denominada Rococó, más lujosa y recargada, dominaron los temas pastoriles que exaltaban el placer y el amor galante. Formas habituales fueron odas, epístolas, elegías y romances. Nombres importantes de la poesía española son los de Juan Meléndez Valdés, el máximo representante español del Rococó, Nicolás Fernández de Moratín y los fabulistas Tomás de Iriarte y Félix María Samaniego. La literatura neoclásica se desarrolló principalmente en tres ciudades: Salamanca, por personas relacionadas con su Universidad; Sevilla con la influencia de su asistente (cargo similar al de alcalde) Pablo de Olavide y Madrid y en torno a su fonda de San Sebastián. De esta manera, se agrupan a los escritores de aquella tendencia en escuelas o grupos poéticos: La escuela salmantina, en la que se encuentra Cadalso, Meléndez Valdés , Jovellanos y Forner; la escuela sevillana, en la que se incluyen los escritores Manuel María Arjona, José Marchena, José María Blanco White y Alberto Lista, quienes pronto evolucionaron hacia un Romanticismo primerizo (Prerromanticismo); y el grupo madrileño formado por Vicente García de la Huerta, Ramón de la Cruz, Iriarte, Samaniego y los Fernández de Moratín.

  • Juan Meléndez Valdés: Meléndez Valdés (Ribera del Fresno, Badajoz, 1754 - Montpellier, Francia, 1814) es considerado uno de los mejores poetas del siglo XVIII. Fue catedrático en Salamanca, donde mantuvo amistades con Cadalso y Jovellanos. Desempeñó como jurista, ocupando destinos en Zaragoza, Valladolid y finalmente en Madrid, donde actuó como fiscal del Supremo. Una vez que su mentor, Jovellanos, cayese en desgracia ante Godoy, se ordenó su destierro a Medina del Campo, más tarde a Zamora y por último a Salamanca. Fue un afrancesado durante la guerra de la Independencia y evitó ser fusilado en Oviedo, pero no tuvo más remedio que exiliarse tras la derrota del ejército francés. Pueden diferenciarse dos etapas en la lírica de Meléndez Valdés:

  • En la primera se siente atraído en su juventud por la poesía rococó predominante y por la influencia de José Cadalso. Compone poemas anacreónticos y pastoriles con el amor como tema predominante. De esta primera etapa cabe destacar la égloga Batilo.

  • Sin embargo, tras la muerte de Cadalso, y siguiendo los consejos de Jovellanos, pensó que la lírica pastoril era impropia de un magistrado, así que compuso otro tipo de poesía más acorde con su oficio. Como Jovellanos, se sensibiliza ante las desigualdades sociales, defiende la necesidad de emprender reformas que mejoren la vida del pueblo, critica las costumbres cortesanas y su poesía se vuelve filosófica, sentimental y reflexiva.

Su estilo en sus comienzos fue artificioso y convencional, pero más tarde se volvió muy cuidado y preciso. Él mismo definió su propósito al escribir: "He cuidado de explicarme con nobleza y de usar un lenguaje digno de los grandes asuntos que he tratado".

El grupo madrileño: En la Corte y en los medios burgueses calaron rápidamente las ideas reformistas del siglo XVIII. Además de las Academias hubo también otras iniciativas particulares que influyeron mucho en la literatura, como es el caso de la Fonda de San Sebastián, fundada por Nicolás Fernández de Moratín y su hijo Leandro, junto con Cadalso y Jovellanos.

Los fabulistas: Iriarte y Samaniego: Estos dos escritores también formaron parte del grupo madrileño. Con la finalidad de corregir defectos y mostrar los valores racionales, escribieron fábulas.

Teatro: En teatro, los principales cultivadores fueron los del grupo madrileño. Se sometieron a lo que enseñaban los preceptistas clásicos y modernos, y crearon un teatro en pos de los intereses políticos y morales de la época. Existen tres tendencias: Tendencia tradicional; Durante la primera mitad del siglo XVIII el teatro se encuentra en decadencia; Tendencia neoclásica y Tendencia popular.

Los sainetes gozaron del apoyo popular. Estaban escritos en verso, emparentado con los pasos y entremeses de los siglos anteriores. El autor más importante de sainetes fue Ramón de la Cruz. El teatro adopta las nuevas modas que llegaban de Francia. En el teatro neoclásico también se impuso la razón y la armonía como norma. Se acató la llamada «regla de las tres unidades», que exigía una única acción, un solo escenario y un tiempo cronológico coherente en el desarrollo de la acción dramática. Se estableció la separación de lo cómico y lo trágico. Se impuso la contención imaginativa, eliminando todo aquello que se consideraba exagerado o de «mal gusto». Se adoptó una finalidad educativa y moralizante, que sirviera para difundir los valores universales de la cultura y el progreso. Aunque menos racionalista que otros géneros, la tragedia cultivó temas históricos, como es el caso de la más conocida, Raquel, de Vicente García de la Huerta. Pero sin lugar a dudas el teatro más representativo del momento fue el de Leandro Fernández de Moratín, creador de lo que se ha dado en llamar «comedia moratiniana». Frente al género trágico, el más común entonces, y que practicaba su padre, Nicolás, y frente al sainete costumbrista y amable de Ramón de la Cruz, Moratín hijo ridiculizó los vicios y costumbres de su época, en un claro intento de convertir el teatro en un vehículo para moralizar las costumbres.

  • Leandro Fernández de Moratín: Hijo de Nicolás Fernández de Moratín (Madrid, 1760 - París, 1828), Leandro es el principal autor dieciochesco de teatro. A su padre se le debe su orientación neoclásica. Protegido de Jovellanos y Godoy, viajó por Inglaterra, Francia (presenció el estallido de la Revolución Francesa) e Italia. Cayó enamorado de Paquita Muñoz, mucho más joven que él, con la que no llegó a casarse por su deseo de no contraer compromisos. Fue un afrancesado y aceptó de José Bonaparte el cargo de Bibliotecario Mayor, por lo que se le desterró a Francia, donde fallecerá tras la derrota de los invasores.

Obra: Como poeta, escribió poemas satíricos como la Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana, tema que vuelve a tratar en prosa en La derrota de los pedantes. La crítica actual considera a Moratín el lírico más destacado del siglo XVIII. En el poema Elegía a las musas, ya viejo, se despide de la poesía del teatro, los cuales habían sido su razón de vivir. Como autor dramático, escribió únicamente cinco comedias que le procuraron una gran reputación entre la gente ilustrada. En El viejo y la niña y en El sí de las niñas (1806), defiende el derecho que tiene la mujer de aceptar o no a su cónyuge contra la imposición de la familia, que hasta entonces frecuente casar a jovencitas con viejos adinerados. En, La mojigata, critica la hipocresía y la falsa piedad. Otra comedia es El barón y por último La comedia nueva o El café (1792), una burla hacia los autores que ignoran las reglas aristotélicas.

Prerromanticismo: Algunas obras de la Escuela salmantina auguran el comienzo del Romanticismo. Así, en Las noches lúgubres de José Cadalso se introduce la locura, ambientes tétricos y nocturnos y una gran pasión amorosa

Literatura española del Romanticismo

El Romanticismo es un movimiento revolucionario en todos los ámbitos vitales que, en las artes, rompe con los esquemas establecidos en el Neoclasicismo, defendiendo la fantasía, la imaginación y las fuerzas irracionales del espíritu. El Neoclasicismo aún perdura en algunos autores, pero muchos, que se iniciaron en la postura neoclasicista, se convirtieron ávidamente al Romanticismo, como el Duque de Rivas o José de Espronceda. Otros, sin embargo, fueron desde sus inicios románticos convencidos. Los precursores del Romanticismo, que se extendió por Europa y América, son Rousseau (17121778), pensador francés, y el dramaturgo alemán Goethe (17491832). Bajo el influjo de estas figuras los románticos se encaminan a crear obras menos perfectas y menos regulares, pero más profundas e íntimas. Buscan entre el misterio e imponen los derechos del sentimiento. Su lema es la libertad en todos los aspectos de la vida. El Romanticismo en España fue tardío y breve, más intenso, pues la segunda mitad del siglo XIX lo acapara el Realismo, de características antagónicas a la literatura romántica.

Tendencias del Romanticismo: En España, el romanticismo es considerado complejo y confuso, con grandes contradicciones que comprenden desde la rebeldía y las ideas revolucionarias hasta el retorno a la tradición católico-monárquica. Respecto a la libertad a la política, algunos la entendieron como una mera restauración de los valores ideológicos, patrióticos y religiosos que habían deseado suprimir los racionalistas del siglo XVIII. Exaltan, pues, el Cristianismo, el Trono y la Patria, como máximos valores. En esta vertiente de Romanticismo tradicional se incluyen Walter Scott, en Inglaterra, Chateaubriand, en Francia y el Duque de Rivas y José Zorrilla en España. Se basa en la ideología de la Restauración, que se origina tras la caída de Napoleón Bonaparte, y defiende los valores tradicionales representados por la Iglesia y el Estado. Por otro lado, otros románticos, como ciudadanos libres, combaten todo orden establecido, en religión, arte y política. Reclaman los derechos del individuo frente a la sociedad y a las leyes. Ellos representan el Romanticismo revolucionario o Romanticismo liberal y sus representantes más destacados son Lord Byron, en Inglaterra, Victor Hugo, en Francia y José de Espronceda, en España. Se apoya en tres pilares: la búsqueda y la justificación del conocimiento irracional que la razón negaba, la dialéctica hegeliana y el historicismo.

Marco histórico: El Romanticismo abarca la primera mitad del siglo XIX, que es una etapa de fuertes tensiones políticas. Los conservadores defienden sus privilegios pero los liberales y progresistas luchan por suprimirlos. Se abre paso el laicismo y la masonería goza de gran influencia. El pensamiento católico tradicional se defiende frente a las nuevas ideas de los librepensadores y seguidores del filósofo alemán Krause. La clase obrera desencadena movimientos de protesta de signo anarquista y socialista, con huelgas y atentados. Mientras en Europa se desarrolla fuertemente la industria y se enriquece culturalmente, España ofrece la imagen de un país poco adelantado y que cada vez está más alejado de Europa.

Características del Romanticismo

  • Rechazo al Neoclasicismo. Frente al escrupuloso rigor y orden con que, en el siglo XVIII, se observaron las reglas, los escritores románticos combinan los géneros y versos de distintas medidas, a veces mezclando el verso y la prosa; en el teatro se desprecia la regla de las tres unidades (lugar, espacio y tiempo) y alternan lo cómico con lo dramático.

  • Subjetivismo. Sea cual sea el género de la obra, el alma exaltada del autor vierte en ella todos sus sentimientos de insatisfacción ante un mundo que limita y frena el vuelo de sus ansias tanto en el amor, como en la sociedad, el patriotismo, etc. Hacen que la naturaleza se fusione con su estado de ánimo y que se muestre melancólica, tétrica, misteriosa, oscura... a diferencia de los neoclásicos, que apenas mostraban interés por el paisaje. Los anhelos de amor apasionado, ansia de felicidad y posesión de lo infinito causan en el romántico una desazón, una inmensa decepción que en ocasiones les lleva al suicidio, como es el caso de Mariano José de Larra.

  • Atracción por lo nocturno y misterioso. Los románticos sitúan sus sentimientos dolientes y defraudados en lugares misteriosos o melancólicos, como ruinas, bosques, cementerios... De la misma manera que sienten atracción hacia lo sobrenatural, aquello que escapa a cualquier lógica, como los milagros, apariciones, visiones de ultratumba, lo diabólico y brujeril...

  • Fuga del mundo que los rodea. El rechazo de la sociedad burguesa en la que les ha tocado vivir, lleva al romántico a evadirse de sus circunstancias, imaginando épocas pasadas en las que sus ideales prevalecían sobre los demás o inspirándose en lo exótico. Frente a los neoclásicos, que admiraban la antigüedad grecolatina, los románticos prefieren la Edad Media y el Renacimiento. Como géneros más frecuentes, cultivan la novela, la leyenda y el drama histórico.

La poesía: Los poetas románticos componen sus poemas en medio de un arrebato de sentimientos, plasmando en versos todo cuando sienten o piensan. Según parte de la crítica literaria, en sus composiciones hay un lirismo de gran fuerza, sin embargo conviviendo con versos vulgares y prosaicos. Varios son los temas de la lírica romántica:

  • El Yo, la propia intimidad. Fue Espronceda, dejando en su Canto a Teresa una desgarradora confesión de amor y desengaño, quien con más acierto ha logrado poetizar sus sentimientos.

  • El amor pasional, con entregas súbitas, totales, y rápidos abandonos. La exaltación y el hastío.

  • Se inspiran en temas históricos y legendarios.

  • La religión, aunque frecuentemente sea a través de la rebeldía con la consiguiente compasión y aun exaltación del diablo.

  • Las reivindicaciones sociales (revalorización de los tipos marginales, como el mendigo).

  • La naturaleza, que es mostrada en todas sus modalidades y variaciones. Suelen ambientar sus composiciones en lugares misteriosos, como cementerios, tormentas, el mar embravecido, etc.

  • La sátira, frecuentemente ligada a sucesos políticos o literarios.

También es de señalar que el nuevo espíritu afectó a la versificación. Frente a la monótona repetición neoclásica de letrillas y canciones, se proclamó el derecho de utilizar todas las variaciones métricas existentes, de aclimatar las de otras lenguas y de innovar cuando fuera preciso. El romanticismo se adelanta aquí, como en otros aspectos, a las audacias modernistas de fin de siglo.

  • José de Espronceda: Nació en 1808, en Pajares de la Vega, localidad cercana a Almendralejo, Badajoz. Fundó la sociedad secreta de Los numantinos, cuya finalidad era "derribar al gobierno absoluto". Sufrió reclusión por ello. Huye a Lisboa a los dieciocho años y se une con los exiliados liberales. Allí conoce a Teresa Mancha, mujer con la que vivió en Londres. Tras una actuación política agitada, vuelve a España en 1833. Lleva una vida disipada, plagada de lances y aventuras, por lo que Teresa Mancha lo abandona en 1838. Estaba a punto de casarse con otra amada, cuando en 1842 fallece en Madrid. Espronceda cultivó los principales géneros literarios, como la novela histórica, con Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), el poema épico, con El Pelayo, pero sus obras más importantes son las poéticas. Publicó Poesías en 1840 tras volver del exilio. Son una colección de poemas de carácter desigual que reúne poemas de juventud, de aire neoclásico, junto con otros del romanticismo más exaltado. Estos últimos son los más importantes, en los que engrandece a los tipos más marginales: Canción del pirata, El verdugo, El mendigo, Canto del cosaco. Las obras más importantes son El estudiante de Salamanca (1839) y El diablo mundo:

  • El estudiante de Salamanca (1839): Es una composición que consta de unos dos mil versos de diferentes medidas. Narra los crímenes de don Félix de Montemar, cuya amada Elvira, al abandonarla, muere de amor. Una noche, ve la aparición y la sigue por las calles y contempla su propio entierro. En la mansión de los muertos se desposa con el cadáver de Elvira, y muere.

  • El diablo mundo: Esta obra quedó sin terminar. Consta de 8.100 versos polimétricos, y pretendía ser una epopeya de la vida humana. El canto séptimo (Canto a Teresa) ocupa buena parte del poema, y en él evoca su amor por Teresa y llora por su muerte.

La prosa: Durante el Romanticismo hay un gran deseo de ficción literaria, de novela, en contacto con las aventuras y el misterio, sin embargo, la producción española es escasa, limitándose en ocasiones a traducir novelas extranjeras. Fueron más de mil traducciones las que circularon en España antes de 1850, pertenecientes a escritores como Alejandro Dumas, Chateaubriand, Walter Scott, Victor Hugo, etc., del género histórico, sentimental, galante, folletinescas... La prosa española se limita básicamente en la novela, la prosa científica o erudita, el periodismo y el cultivo intenso del costumbrismo.

El periodismo: Mariano José de Larra: A lo largo del convulso siglo XIX el papel del periódico es decisivo. La revista barcelonesa El Europeo (1823-1824) publica artículos sobre el romanticismo y, a través de ella, se conocen en España los nombres de Byron, Schiller y Walter Scott. Pero la prensa también fue un arma para la lucha política. En este sentido, hemos de destacar la prensa político-satírica del Trienio Liberal (El Zurriago, La Manopla), donde no sólo aparecen temas sociales, sino también esbozos costumbristas que son claros precedentes de la producción de Larra. Tras la muerte de Fernando VII en 1833, se producen importantes cambios en el periodismo. Los emigrados tras la reacción absolutista de 1823 regresan y junto con la nueva generación (la de José de Espronceda y Larra) van a marcar el estilo de la época, pues han aprendido en los años de exilio de las muchísimo más avanzadas prensas inglesas y francesas. En 1836, el francés Girardin va a iniciar en su periódico La Presse una costumbre llamada a tener un éxito fulminante y duradero: la de publicar novelas por entregas. La prensa española, siempre con la vista puesta en la del país vecino, va a copiar la iniciativa enseguida; sin embargo, su época de mayor auge en nuestro país será entre 1845 y 1855.

  • Mariano José de Larra, El pobrecito hablador: Mariano José de Larra (Madrid, 1809 † id., 1837), hijo de un exiliado liberal, pronto conquistó la fama como articulista. Su carácter lo hizo poco agradable. Mesonero Romanos, su amigo, habla de "su innata mordacidad, que tan pocas simpatías le acarreaba". A los veinte años contrajo matrimonio, que fracasó. En pleno éxito como escritor, a los veintiocho años de edad, Larra se suicidó de un pistoletazo en la cabeza, al parecer, por una mujer con quien mantenía amores ilícitos. Aunque Larra es famoso por su obra periodística, también cultivó otros géneros, como la poesía, de cortes neoclásicos y de tipo satírico (Sátira contra los vicios de la corte); el teatro, con la tragedia histórica de Macías; y por último, la novela histórica, con El doncel de don Enrique el Doliente, sobre un trovador gallego a quien dio muerte un marido cegado por los celos.

Artículos periodísticos de Larra: Larra escribió más de doscientos artículos, bajo la firma de diversos pseudónimos: Andrés Niporesas, El pobrecito hablador y sobre todo, Fígaro. Sus trabajos pueden dividirse en tres grupos: de costumbres, literarios y políticos.

  • En los artículos costumbristas, Larra satiriza la forma de vida española. Siente gran pena por su patria imperfecta. Destacan Vuelva usted mañana (Sátira de las oficinas públicas), Corridas de toros, Casarse pronto y mal (con tintes autobiográficos) y El castellano grosero (contra la grosería del campesinado).

  • Su educación afrancesada le impidió despegarse por completo de los gustos neoclásicos, y ello se ve reflejado en sus artículos literarios, donde realizaba críticas sobre las obras románticas de su época.

  • En sus artículos políticos se ve claramente reflejada su educación liberal y progresista, con artículos hostiles al absolutismo, al tradicionalismo y al carlismo. En algunos de ellos, Larra descarga su exaltación revolucionaria, como en esta que dice "Asesinatos por asesinatos, ya que los ha de haber, estoy por los del pueblo".

El teatro: El teatro neoclásico no logró calar en los gustos de los españoles. A comienzos del siglo XIX seguían aplaudiéndose las obras del Siglo de Oro. Estas obras eran despreciadas por los neoclásicos por no sujetarse a la regla de las tres unidades (acción, lugar y tiempo) y mezclar lo cómico con lo dramático. Sin embargo aquellas obras atraían fuera de España, precisamente por no sujetarse al ideal que defendían los neoclásicos. El Romanticismo triunfa en el teatro español con La conjuración de Venecia, de Francisco Martínez de la Rosa; El Trovador, de Antonio García Gutiérrez; Los amantes de Teruel, de Juan Eugenio Hartzenbusch; pero el año clave es 1835, cuando se estrena Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas (1791-1865). Lo más cultivado es el drama. Todas las obras contienen elementos líricos, dramáticos y novelescos. Impera en el teatro la libertad en todos los aspectos:

  • Estructura: La regla de las tres unidades, impuesta en la Ilustración desaparece. Los dramas, por ejemplo, suelen tener cinco actos en verso, o en prosa y en verso mezclados, con métrica variada. Si en las obras neoclásicas las acotaciones escénicas no se aceptaban, esto no sucede durante el Romanticismo, pues las acotaciones son abundantes. El monólogo cobra nuevamente fuerza, por ser el mejor medio para expresar las luchas internas de los personajes.

  • Escenarios: La acción teatral gana dinamismo al utilizarse variedad de lugares en una misma representación. Los autores basan sus obras en lugares típicos del romanticismo, como cementerios, ruinas, paisajes solitarios, prisiones, etc. La naturaleza se muestra acorde con los sentimientos y estados de ánimo de los personajes.

  • Temática: El teatro romántico prefiere los temas legendarios, aventureros, caballerescos o histórico-nacionales, con el amor y la libertad como estandarte. Abundan las escenas nocturnas, los desafíos, personajes encubiertos y misteriosos, suicidios, muestras de gallardía o de cinismo. Los acontecimientos se suceden de forma vertiginosa. En cuanto al fondo de las obras, no aspira a aleccionar, como pretendían los neoclásicos en sus obras, sino a conmover.

  • Personajes: El número de personajes aumenta en las obras. El héroe masculino suele ser misterioso y valiente. La heroína es inocente y fiel, con una pasión intensa. Pero ambos están marcados por un destino fatal. La muerte es la liberación. Se da más importancia al dinamismo de las acciones que al análisis de la psicología de los personajes.

  • Ángel de Saavedra, duque de Rivas: Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano (Córdoba, 1791Madrid, 1865). Luchó contra la invasión francesa y, en política, actuó como progresista exaltado. Por ello fue condenado a muerte, aunque consiguió escapar. En Malta conoció a un crítico inglés, que le hizo valorar el teatro clásico y lo convirtió al Romanticismo. Vivió en Francia durante su destierro, y regresó a España diez años más tarde, en 1834. Si, cuando salió de España, Ángel de Saavedra se consideraba como un neoclásico liberal, cuando regresó a España ya era romántico conservador. Desempeñó importantes cargos públicos. Como la mayoría de los escritores de su época, comenzó adoptando la estética neoclásica en el género lírico (Poesías, 1874) y el género dramático (Lanuza, 1822). Su incorporación al Romanticismo fue progresiva y puede apreciarse en poemas como El desterrado. En Romances históricos hace plena su conversión. La fama de Rivas se funda en Leyendas, pero sobre todo en Don Álvaro o la fuerza del sino, el cual se estrenó en el Teatro del Príncipe (actual Teatro Español) de Madrid en 1835, ante unos mil trescientos asistentes, que presenciaron el primer drama romántico español, con tantas novedades como la combinación de la prosa y el verso.

  • José Zorrilla: Nació en Valladolid, 1817 y murió en Madrid, en 1893. Inició su carrera literaria leyendo unos versos en el entierro de Larra, con los que ganó gran fama. Contrajo matrimonio con una viuda dieciséis años mayor que él, pero fracasó y, huyendo de ella, marcha a Francia y después a México en 1855, donde el emperador Maximiliano lo nombró director del Teatro Nacional. Al regresar a España en 1866 fue acogido con entusiasmo. Volvió a casarse y, con constantes penurias monetarias, no tuvo más remedio que malvender sus obras, como Don Juan Tenorio. Las Cortes le otorgaron una pensión en 1886.

Obra: La trayectoria literaria de Zorrilla es prolífica. Su poesía alcanza el cenit con Leyendas, que son pequeños dramas contados como narraciones en verso. Las más importantes de sus leyendas son Margarita la Tornera y A buen juez, mejor testigo. Sin embargo, su reconocimiento se debe más a sus obras dramáticas. De sus dramas destacan El zapatero y el rey, sobre la muerte del rey don Pedro; Traidor, inconfeso y mártir, acerca del famoso pastelero de Madrigal, que se hizo pasar por don Sebastián, rey de Portugal; Don Juan Tenorio (1844), la más famosa de sus obras, se representa como una tradición en muchas ciudades de España a principios de noviembre. Trata el tema del célebre burlador de Sevilla, escrito antes por Tirso de Molina (siglo XVII) y por otros autores nacionales y extranjeros.

Romanticismo tardío (Posromanticismo): Durante la segunda mitad del siglo XIX, los anteriores gustos por lo histórico y legendario, pasan a un segundo plano, y la poesía pasa a ser más sentimental e intimista. Ello viene condicionado por las influencias de la poesía alemana y el nuevo interés que suscita la poesía popular española. La escuela posromántica deja de lado las demás escuelas europeas, a excepción del influjo que ejerce la obra del poeta alemán Heinrich Heine. La poesía, al contrario de la novela y el teatro, continua siendo romántica (la novela y el teatro seguirá la tendencia realista). En la poesía la forma pierde parte de su interés para centrar su atención a lo emotivo que puede poseer el poema. Lo narrativo decae en favor de lo lírico. La poesía es más personal e intimista. Se reduce la retórica y se aumenta el lirismo, con el amor y la pasión por el mundo por lo bello como temas principales. Se buscan nuevas formas métricas y nuevos ritmos. La homogeneidad de la que gozaba el Romanticismo se transforma en pluralidad en las ideas poéticas. La poesía posromántica, pues, representa la transición entre el Romanticismo y el Realismo. Los poetas más representativos de este periodo son Gustavo Adolfo Bécquer, Augusto Ferrán y Rosalía de Castro. Ya no triunfan en aquella sociedad de la Restauración, utilitaria y poco idealista, pues se admiraban más los escritores que trataban temas de la sociedad contemporánea, como Ramón de Campoamor y Gaspar Núñez de Arce, aunque hoy en día no tengan demasiada relevancia crítica.

  • Gustavo Adolfo Bécquer: Nació en Sevilla en 1836. Aunque sus apellidos son Domínguez Bastida, firmó con el segundo apellido de su padre, procedente de Flandes. Quedó a temprana edad huérfano y tuvo el deseo frustrado de estudiar Náutica, aunque más tarde hallaría su verdadera vocación, la de escritor. A los 18 años se trasladó a Madrid, donde intentó alcanzar el éxito literario y pasaría penurias. A los 21 años contrajo la enfermedad de la tuberculosis, que más tarde le llevaría a la tumba. Se enamoró fervientemente de Elisa Guillén, quien le correspondió, aunque rompieron pronto, con un gran pesar en el poeta. En 1861 se casa con Casta Esteban y ejerce de periodista con una actitud política conservadora. Más tarde obtiene 500 pesetas mensuales (cantidad importante para la época) como censor de novelas, pero lo pierde en la revolución de septiembre de 1868. Se separa de su esposa, cuya fidelidad no es completa. Comienza a llevar una vida de desilusión y bohemia, y viste con desaseo. En 1870 muere su hermano Valeriano, compañero inseparable del poeta. Gustavo Adolfo se reconcilia con Casta pocos meses antes de su muerte en Madrid, en 1870. Su fallecimiento pasó casi inadvertido y sus restos fueron enterrados, junto a los de su hermano, en Sevilla.

Prosa: Su obra en prosa consta de Leyendas, veintiocho historias, en las que, según el ideal romántico, predominan el misterio y el más allá. Además, también escribió Cartas desde mi celda, un conjunto de crónicas compuestas durante su estancia en el monasterio de Veruela.

Poesía: Las Rimas: Bécquer reunió los poemas que compuso a lo largo de su vida, en Rimas. Son 79 poemas breves, de dos, tres o cuatro estrofas (salvo raras excepciones), generalmente asonantadas, con combinaciones de versos libres.

  • Rosalía de Castro: Nació en Santiago de Compostela, en 1837, y murió en Iria Flavia, término municipal de Padrón, en 1885. Fue hija de padres que no estaban casados, hecho que le provocó una amargura incurable. Se trasladó a Madrid, donde conoció al historiador gallego Manuel Murguía, con quien contrajo matrimonio. Viven en diversos lugares de Castilla, pero Rosalía, que no sentía simpatía por la región, consigue la instalación definitiva en Galicia. Su matrimonio no fue feliz. Pasaron problemas económicos, unido a la necesidad de mantener a seis hijos. Murió de cáncer en Iria Flavia, pero sus restos mortales fueron trasladados a Santiago de Compostela, adonde los acompañó una multitud, pues Rosalía era el alma de Galicia.

Obra: Aunque su obra escrita en prosa no fue prolífica, cabe destacar El caballero de las botas azules, de trasfondo filosófico y satírico. Es en la poesía la que otorga a Rosalía un lugar más importante en la literatura. Su primeros libros, La flor (1857) y A mi madre (1863) poseen rasgos característicos del romanticismo, con versos esproncedianos. Sin embargo, sus tres obras más memorables son:

Cantares gallegos: Esta obra fue desarrollada durante la estancia de Rosalía en Castilla, donde añora su tierra natal, Galicia. En Castilla se siente como exiliada ya que, según ella, allí se sentía poca estima por lo gallego. Cantares gallegos se trata de una obra de poemas sencillos, con ritmos y temas populares. Siente nostalgia por su tierra y anhela su regreso. También se desahoga de Castilla, que consideraba explotadora de los pobres segadores gallegos.

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