Lingüística

Historia. Estudio de la lengua. Precientífica. Ciencia. Ferdinand de Saussure. Corrientes lingüísticas postgenerativistas, actuales. Noam Chomsky. Gramática Generativa

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TEMA 2. La Lingüística y su conceptualización. Orientaciones y escuelas.

Introducción y enfoque.

Este tema trata de presentar panorámicamente las grandes corrientes teóricas de la lingüística contemporánea, junto con sus antecedentes. Más que mostrar erudición sobre nombres y escuelas lo esencial es analizar las nociones básicas que se emplean en distintas aplicaciones (como el análisis documental, los resúmenes, el análisis de textos, la traducción o el estudio de las gramáticas y los diccionarios). No se trata, pues, de hacer una historia exhaustiva de las ideas lingüísticas, lo que estaría fuera de lugar, sino de desgranar los conceptos fundamentales de los enfoques teóricos más influyentes y relevantes en los estudios lingüísticos de carácter general o científico durante el siglo XX.

La lingüística como ciencia surge en el siglo XX, con la formulación de los dos grandes paradigmas teóricos de esta disciplina: el estructuralismo, que arranca del Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure, y la gramática generativa, creada por Noam Chomsky. Por otro lado, hay otros enfoques teóricos cuyo objeto de estudio va más allá del límite de la oración, es decir, que se dedican a la investigación de unidades superiores a las meramente sintácticas, como el texto, los actos de habla y el análisis de otros aspectos pragmáticos: la presuposición, los postulados conversatorios y la relación del hablante con la lengua.

2.1. El estudio de la lengua desde la Antigüedad hasta el siglo XIX. La lingüística precientífica.

Pese a lo dicho sobre los orígenes modernos de la lingüística, muchos de los principios de la moderna ciencia del lenguaje tienen unos precedentes nada despreciables en las investigaciones sobre el lenguaje desarrollados durante el siglo XIX e incluso podemos buscar huellas en la filosofía de la antigüedad. Podemos citar al lingüista indio Panini, cuyo estudio sobre el sánscrito avanza algunos planteamientos estructurales, como los enfoques sincrónicos y la relevancia de los opuestos semánticos, asunto del que también se va a ocupar el griego Dionisio de Tracia. La gramática normativa, por su parte, hunde sus raíces en los estudios latinos y se va a desarrollar durante el Renacimiento. De esta última época (1492) data la primera «gramática de la lengua castellana», redactada por Nebrija, quien establecerá la primera ortografía de la lengua española y basará el castellano correcto en los modelos literarios cultos, pero también -en casos de duda- en el uso más extendido. Los planteamientos lógico-filosóficos sobre el lenguaje humano se remontan a Platón y se van a desarrollar durante siglos, aunque serán la filosofía racionalista (Descartes, Leibnitz) y la gramática de Port-Royal las que constituyen un antecedente de la lingüística contemporánea. Algunos de estos análisis van a ser retomados por Chomsky, como es el caso de la lingüística cartesiana, el modelo de gramática lógica y racionalista aplicado al modelo ideado por el lingüista

En el siglo XIX el comparatismo, de orientación historicista, va a desarrollar la lingüística histórica, a partir de los estudios que ligan el sánscrito con las lenguas indoeuropeas. Boff va a mostrar las afinidades entre el sánscrito y esta «familia» de lenguas. El propio Saussure inició sus investigaciones lingüísticas con un trabajo sobre el vocalismo indoeuropeo. La reconstrucción de la historia de estas familias lingüísticas va a ser una tarea esencial de esta escuela, en la que destacan estudiosos como Schlegel o Grimm. En este mismo siglo va a ejercer una notable influencia otra escuela: los neo-gramáticos, inspirados en el positivismo y en la inducción, se afanarán en encontrar supuestas leyes (fonéticas, semánticas) que den un carácter explicativo de la lingüística histórica, explicación basada en la causalidad natural y en la analogía. Dentro de esta orientación van a destacar en nuestro país Menéndez Pidal y la escuela española. Por su parte, la lingüística idealista, reacción frente al positivismo, representada por Croce, Vossler, Humboldt, etc. estudia la lengua como fenómeno espiritual y el concepto humboldtiano de “forma interior del lenguaje” -revisado, eso sí- será retomado por la semántica estructural. En nuestro país destaca en esta orientación la figura de Dámaso Alonso.

2.2. La Lingüística como ciencia: Ferdinand de Saussure.

Los inicios del estructuralismo parten del ginebrino Saussure, concretamente del Curso de Lingüística General (1916), si bien es cierto que no todo el estructuralismo europeo procede directamente de este autor. Pese a que “el Curso” proclama como hecho novedoso el carácter descriptivo y no prescriptivo de la lingüística, dicha diferenciación ya se había formulado con anterioridad. Y también son muchos los precedentes del maestro ginebrino, como es el caso de Whitney, quien ya propugnó que la lingüística era una ciencia histórica, no natural y concibió el lenguaje como instrumento de comunicación y como conjunto de signos, anticipó la noción de arbitrariedad y la autonomía de la lingüística. Sin embargo sí proceden directamente de Saussure, aunque se inscriban dentro de tradiciones lingüísticas más amplias, los círculos de Praga, Copenhague y Ginebra.

El Curso de Lingüística General, publicado póstumamente por sus discípulos Bally y Scheneaye, se considera el primer tratado de lingüística general del siglo XX y es el punto de partida del estructuralismo lingüístico. El maestro ginebrino formuló una serie de principios y dicotomías que van a desempeñar una importancia capital en el desarrollo de la lingüística estructural. Dentro de los principios teóricos y metodológicos, tenemos que el campo de la lingüística es la lengua y no el habla. La lengua es un sistema de signos interrelacionados, pero la lengua también es un sistema de sistemas interdependientes, (niveles fonológico, léxico-semántico y morfosintáctico), un sistema en el que "tout se tient". Más tarde, la lingüística estructural va a desarrollar las nociones de sistema-norma-habla (Coseriu), así como la noción de diasistema, que concibe el carácter polisisemático de las lenguas naturales, donde se dan subsistemas relativamente independientes, como las variantes dialectales y los niveles del lenguaje y los registros del habla, denominados técnicamente variaciones diafásicas, diatópicas y diacrónicas.

La lengua, para Saussure, es una entidad teórica que debe estudiarse como estructura inmanente. Las realizaciones del habla son variantes de la lengua. Sólo las sistemáticas pertenecen al objeto de estudio de la lingüística. Más tarde, la fonología distinguirá el fonema (unidad de la lengua) del sonido (unidad del habla) y también el significado lingüístico de sus acepciones (variantes del habla). Otra distinción fundamental para Saussure es la que establece entre lenguaje en general y lengua, ´lengua histórica´ (los idiomas, como el inglés, el latín, el chino, etc.), en la terminología de Coseriu.

El maestro ginebrino propone la inclusión de la lingüística en la semiología, ciencia de los signos, pero formula un análisis particular del signo lingüístico. El signo lingüístico es arbitrario, lineal y discreto y es de naturaleza biplánica. Está formado por la unión de un significante y un significado. Ahora bien, esta definición del signo se enmarca en otra dicotomía esencial: la que separa sustancia y forma. La sustancia (los sonidos, los conceptos o referentes) no es lingüística. Sólo los aspectos formales de ambos planos y no los sustanciales forman parte del signo lingüístico propiamente dicho. Otra noción esencial es la de “valor”. Forma en el estructuralismo se asocia a relación y a valor, posteriormente, a función. El valor lingüístico de cada signo depende de su relación posicional respecto de los demás signos de cada sistema existente en la lengua. Así, el valor de un fonema o de un lexema está determinado no sólo por sus rasgos definitorios, sino también por las relaciones (de conjunción y disyunción, de afinidad y oposición) que mantiene con los demás elementos de su mismo paradigma.

A la serie de dicotomías que definen el objeto de estudio de la ciencia del lenguaje o delimitan el campo de acción de las diferentes disciplinas lingüísticas (como lengua/habla y sustancia/forma) habría que añadir la diferencia entre el eje de la selección y el de la combinación de los signos, las relaciones paradigmáticas y sintagmáticas (así las llamó Hjemslev) y la que se da entre sincronía y diacronía. La sincronía es un estado de lengua donde las oposiciones entre los signos funcionan con carácter sistemático. La diacronía estudia la evolución y el cambio de estados de lengua diferentes, de cambios estructurales, cuyos datos no pueden mezclarse en un mismo análisis en un estudio sistemático de la lengua. Por tanto, cada estado de lengua es un sistema. Hay una lingüística sincrónica, frente a la diacrónica, que deberá estudiar las reestructuraciones del sistema. Un estudio histórico es un estudio de diferentes sincronías.

Por otro lado, la lengua se estudia como ergon (producto) y no como energeia (actividad), en contra de la posición mantenida por Humboldt, planteamiento que será revisado en lingüística con la irrupción de los enfoques pragmáticos. Así se entiende la dicotomía, ya mencionada, que se da entre lengua (sistema) y habla (parole). La lingüística de la lengua es sistemática y la del habla, estilística. La lengua es una realidad intersubjetiva, mientras que el habla son realizaciones particulares de los hablantes, variantes que no afectan a la estructura. La lengua es un sistema de signos, la parte social del lenguaje exterior al individuo.

Otra dicotomía será lo que más tarde se llamaría relaciones paradigmáticas y sintagmáticas. Saussure va a hablar, por una parte, de agrupamientos de signos in absentia, lo que denominará relaciones asociativas. Y por otra, de agrupamientos in presentia, las relaciones sintagmáticas. Los signos se relacionan y combinan en dos niveles de estructuración, el eje de la selección, por un lado, y el de la combinación en la cadena hablada. Las relaciones paradigmáticas definen el valor de un signo por lo que éste es y por lo que no es. El conjunto de posibilidades combinatorias de los signos permite relacionarlos en oposición (eje paradigmático) y contraste, relaciones sintagmáticas.

Una última dicotomía, a la que hemos aludido para hablar del signo, es la que separa sustancia y forma del signo lingüístico. Para Saussure, la lengua es una forma y no una sustancia. Esta diferencia, inspirada en la división aristotélica materia/forma nos permite comprender que la noción de forma se relaciona con estructura y con el valor semiótico de los signos, no con formal en el sentido de realidad observable, como lo emplearán Bloomfield y otros autores.

El núcleo doctrinal del Curso ha sido desarrollado por los estudiosos de la lingüística estructural, sobre todo europea, manteniendo y ampliando buena parte de sus presupuestos teóricos y metodológicos. De los discípulos directos de Saussure tenemos la obra de Bally, quien desarrolla una nueva noción de estilística, entendida como lingüística del habla.

2.3. El Estructuralismo y sus escuelas europea y americana.

El Círculo de Praga. El funcionalismo.

Este grupo de seguidores de Saussure concibe la lengua como un sistema funcional y va a desarrollar sobre todo la fonología, cuyo modelo estructural servirá de pauta para ampliaciones posteriores de la teoría en otros niveles, como el gramatical y el semántico, en la lingüística europea.

Dentro de este círculo van a destacar especialmente Trubetzkoy y Jakobson. Su idea de lengua como sistema funcional se plasmará en la idea de que ésta «es un sistema de medios de expresión apropiados para un fin». Son los iniciadores de la fonología como «ciencia de los sonidos de la lengua», opuesta a la fonética, «ciencia de los sonidos del habla». Definen el fonema como un «haz de rasgos distintivos» y ese análisis en rasgos distintivos, pertinentes se entenderán como privativos de cada una de las lenguas históricas en particular, derivados de las oposiciones fonológicas, con sus neutralizaciones (por ejemplo, la R y la RR en posición final de sílaba, simple /'Lingüística'
/ y múltiple /r/) y sus alófonos (o variantes de realización de los fonemas en el habla, como /n/ en español). Ese modelo, el método fonológico, será uno de los puntos de partida del desarrollo de la semántica funcional en la segunda mitad del siglo XX. Martinet, continuador del funcionalismo, va a formular la tesis de la doble articulación del signo lingüístico (fonemas y morfemas), que definen las funciones internas de distintividad y comunicación de la segmentación del signo lingüístico. Y Jakobson va a desarrollar las funciones externas de Bühler (expresiva, referencial y conativa), añadiendo las funciones fática, metalingüística y poética.

El Círculo de Copenhague.

Hjemslev, quien se consideraba continuador de Saussure, va a contribuir al desarrollo de la lingüística estructural reformulado y sistematizando el instrumental teórico de la disciplina. El creador de la llamada escuela glosemática va a exponer en su obra Prolegómenos a una teoría del lenguaje los principios de su enfoque sobre la ciencia del lenguaje. Para todas las unidades lingüísticas distingue dos planos, el de la expresión y el del contenido. Siguiendo al autor del curso, limita lo lingüístico a la forma y no a la sustancia. Habrá dos formas y dos sustancias: pleremas y cenemas. La pleremática estudiará las formas llenas y la cenemática las vacías. Papel esencial desempeñan en su teoría el concepto de función, que se entiende como relación entre dos elementos lingüísticos, ampliando la noción saussereana de ´valor´. Introduce el término paradigmático, en lugar de asociativo y concede especial importancia a la noción de conmutación (Dos elementos del contenido son dependientes cuando al intercambiarlos hay cambio en la expresión: infinitivo hablar, imperativo hablad.)

El estructuralismo americano.

En paralelo al europeo, pero también influido por la etnolingüística y la antropología, con el estudio de las lenguas amerindias, surgen en EE.UU. los estudios lingüísticos de inspiración estructural.

Sapir, cuya principal obra se titula Language, es un precursor de las ideas de fonema, rasgos pertinentes, oposición, función y sistema. Comparte la tesis de Humboldt: cada lengua expresa una visión del mundo, posición que posteriormente desarrollará Whorf en su doctrina del relativismo lingüístico, opuesto al universalismo. Este autor concibe la lengua como un sistema de signos, funcional, no adquirido, y, por tanto, cultural.

El estructuralismo americano se caracteriza, sobre todo en la primera mitad del siglo, por su objetivismo, que limita la lingüística a un estudio de la inmanencia, con una actitud filosófica basada en el positivismo y en el empirismo, y con un enfoque antiidealista y antimentalista. El modelo del lingüista condiciona la naturaleza y esencia de los hechos de lengua observables. El estructuralismo inmanentista parte de la observación directa de los hechos de lengua. Estos presupuestos epistemológicos y metodológicos van a suponer una restricción de los hechos de lengua susceptibles de estudio a las meras relaciones formales y a lo puramente observable. Frente al europeo, el estructuralismo americano concederá una mayor importancia al estudio de lo sintagmático, del contexto verbal en la determinación de los fenómenos lingüísticos.

Bloomfield expone entre otros en Language (1933) su concepción general de la lingüística. Es el representante más genuino del estructuralismo americano. Tiene una visión conductista del significado, que concibe dentro de los límites de "situación y respuesta". Para este autor, desde el punto de vista lingüístico sólo interesan los rasgos fónicos y formales de las enunciaciones. Científicamente, los procesos mentales no son observables, lo que lleva a un mecanicismo conductista y formalista por parte de sus seguidores. Bloomfield plantea unos postulados para la ciencia del lenguaje, con una definición explícita de la teoría: definir unidades y relaciones y el objeto de estudio de la lingüística. De esta manera, las formas son los únicos objetos de la investigación.

La forma mínima es un morfema y su significado un semema. Hay formas libres y formas ligadas, las primeras simples y las segundas, complejas. También distingue entre morfemas y constituyentes. La palabra es la forma libre mínima, por lo que deben estudiarse el orden y la entonación. Una forma libre no mínima es una oración o sintagma (phrase). Los morfemas ligados (género, número) no pueden funcionar libremente fuera de la palabra.

Cada forma puede ocupar distintas posiciones, que serían sus funciones. Todas las formas de la misma clase pertenecerán a la misma clase funcional. Así, los significados funcionales y de clase son las categorías de la lengua. La morfémica estudia los alomorfos (variantes de las formas; en morfología derivativa co- y com- en colaborar y compadecer), la distribución, la relación entre el morfema y la ordenación. Para la gramática generativa, este enfoque es sólo un análisis de la estructura superficial. El desarrollo de Bloomfield influyó en la lingüística norteamericana hasta la década de los 50.

Wells formula, siguiendo a Bloomfield, el análisis de constituyentes inmediatos, una gramática interna, basada en la forma y una gramática externa, referida a la función. La distribución se relaciona con la aparición de un elemento en la cadena sintagmática. La distribución prescinde del significado, es meramente formal, de esta forma se entiende la distribución de un elemento como la suma de contextos, todas las posiciones de un segmento en relación con otros elementos permiten definir el status teórico de dicho segmento. El distribucionalismo es un método heurístico, para la fonología y para la gramática.

Harris, siguiendo a Sapir y Bloomfield, introduce «lógica de las relaciones distribucionales», que se convierte en su método básico de la lingüística estructural. El método distribucional propone descomponer los enunciados del corpus para proceder al análisis de constituyentes inmediatos. Toma como punto de partida el corpus de una sola comunidad lingüística, identifica mediante oposiciones formales, no semánticas, las unidades y sus combinaciones sistemáticas. En el desarrollo de las estructuras sintácticas, Harris y Hockett van a ser un precedente de los primeros modelos sintácticos de Chomsky.

El antimentalismo y antisemantismo de Bloomfield y las consecuencias de una interpretación muy restrictiva de los postulados de este autor provocaron la exclusión del significado de la investigación lingüística. Sin embargo, el antisemantismo se limita a Bloomfield y sus seguidores, caracterizados por su exceso de formalismo y una concepción radicalmente empirista de lo científico. Por el contrario, el análisis componencial de Bendix, Lounsbury, Nida, etc., que van a seguir Katz y Fodor, no es antisemantista, y coincide sustancialmente con el europeo, aunque sin precisar de forma tan rotunda la diferencia entre significación y designación ni apoyarse tan explícitamente en el carácter paradigmático del significado léxico. Ese análisis define el significado de una palabra a partir de sus componentes (hombre se define como +HUMANO, +ANIMADO, +CONCRETO)

Balance de la lingüística estructural

La evolución del estructuralismo europeo en la segunda mitad del siglo XX ha permitido el desarrollo de la fonología, la gramática y la semántica desde una perspectiva descriptivista ciñéndose a los hechos de lengua de cada uno de estos niveles de estudio.

Es perceptible, en su versión europea, un predominio de lo paradigmático sobre lo sintagmático, sin descuidar este último. Y también ha mantenido una actitud filosófica ecléctica, síntesis de racionalismo y empirismo, que ha permitido superar las limitaciones de los métodos puramente formalistas.

En fonología el estructuralismo coincide en estudiar los sistemas fonológicos propios y únicos de cada lengua como paradigmas organizados en oposiciones distintivas, en las que las unidades discretas de lengua, los fonemas, pueden analizarse en rasgos menores, los rasgos distintivos, que son las entidades fónicas pertinentes para diferenciar y, por tanto, oponer, unidades propiamente lingüísticas de aspectos de sustancia fónica irrelevantes sistemáticamente.

La gramática estructural se limita al análisis descriptivo de las categorías, funciones y distribuciones de las unidades sintagmáticas, sistematizando dentro de un análisis funcional o distribucional los datos puramente observacionales de las gramáticas «tradicionales».

Por otro lado, la aportación del estructuralismo a la semántica, una vez superada la «ola de formalismo» merece una especial atención. La noción de forma del contenido, relacionada con la sustancia lingüísticamente conformada, la aplicación del método fonológico al análisis de las estructuras léxicas, la revisión de la teoría del campo léxico de Trier y Weisgerber y el desarrollo del análisis en rasgos distintivos a los lexemas ha permitido avanzar en la investigación estructural de las unidades lexemáticas. La semántica estructural ha rendido sus frutos especialmente en la reformulación de los conceptos de significado lingüístico, sinonimia, homonimia, polisemia, antonimia e hiponimia bajo una nueva luz, más sistemática y esclarecedora.

Finalmente, la lingüística estructural también ha replanteado los estudios diacrónicos y dialectales, con una mayor sistematización y superando los enfoques atomísticos de las investigaciones precedentes.

2.4. Noam Chosmky y la Gramática Generativa.

Pese a estar inspirado en su maestro Harris, un estructuralista bloomfieldeano, Chomsky formula una visión de la lingüística que contradice el distribucionalismo. Niega el corpus finito de enunciados, pues concibe la gramática como un mecanismo que permite formar infinitud de oraciones. Su modelo gramatical trata no sólo ni fundamentalmente de describir, sino de explicar, de dar cuenta de la competencia lingüística. Para la gramática generativa, hay tres niveles de adecuación de una teoría lingüística: observacional, descriptivo y explicativo. Según Chomsky, el estructuralismo es descriptivista pero no explicativo.

Propone este autor una teoría lingüística, rigurosamente científica y explícita, basada en un modelo hipotético deductivo, de tal forma que se establece una nueva correspondencia del modelo con los hechos de lengua. El generativismo está inspirado en el racionalismo y el deductivismo y vuelve a ciertos planteamientos de la gramática lógica de Port-Royal.

La competencia lingüística del hablante nativo es la capacidad de producir y comprender instantáneamente oraciones nuevas nunca oídas, es decir, su capacidad de un uso infinito de medios finitos. La competencia, saber intuitivo y que se adquiere como facultad innata, se opone a la actuación, realización concreta de enunciados, que Chomsky no incluye dentro de su modelo.

Chomsky ha reformulado su teoría, que ha experimentado una importante transformación y evolución desde el modelo de “Estructuras Sintácticas” de 1957 y de “Aspectos de teoría de la sintaxis”, de 1965, hasta los desarrollos actuales de «ligamiento y rección». “Estructuras sintácticas” inicia el estudio de la capacidad de creación lingüística del hablante.

El modelo de la gramática de Aspectos está basado en constituyentes y transformaciones. La estructura sintagmática, recursiva, capaz de generar o formar todas las oraciones gramaticales posibles de una lengua dispone de unas reglas básicas y unas transformaciones. Estas reglas de reescritura de la base permiten formar todas las oraciones a partir de constituyentes, como SN + SV. De ahí la trascendencia de la noción de gramaticalidad y aceptabilidad, semántica y sintáctica, así como de los grados de gramaticalidad. La agramaticalidad se puede dar por mala formación sintáctica o por incumplimiento de las restricciones selectivas (combinatoria derivada de los rasgos inherentes y combinatorios de las piezas léxicas; por ejemplo, pensar requiere un sujeto con el componente semántico +HUMANO).

En el modelo de Aspectos un número infinito de oraciones gramaticales puede ser generado a partir de un número limitado de oraciones nucleares por aplicación de reglas y transformaciones que a partir de la estructura profunda (formada por símbolos categoriales abstractos y es una estructura que subyace, permite interpretar la estructura superficial. La estructura profunda es tanto sintáctica como semántica.

La semántica en la gramática generativa está formada por diccionario y unas reglas de proyección, en el modelo de Katz y Fodor. En Aspectos existe un componente semántico interpretativo que permite interpretar las oraciones. Es justamente la autonomía de la sintaxis proclamada por Chomsky el aspecto más polémico de su teoría.

Son muchas las versiones del generativismo, como la gramática de los casos de Fillmore o la semántica generativa.

La diferencia entre el estructuralismo y la gramática generativa deriva de sus presupuestos epistemológicos, teóricos y metodológicos irreductibles, de la diferencia entre la descripción y la explicación a partir de una gramática basada en la cognición.

Según Violeta Demonte, para el generativismo, el objeto de la lingüística no es la lengua, sino la gramática y ésta se concibe, no como el producto social y cultural directamente observable, sino como una teoría del conocimiento lingüístico. Por este motivo, como subraya Ángel López, en la actualidad, la gramática generativa se sitúa como una rama de la psicología cognitiva.

2.5. Corrientes postgenerativistas y actuales.

La lingüística del texto.

Uno de los enfoques que estudia sistemáticamente los mensajes lingüísticos de unidades superiores a la oración es la lingüística del texto. El texto, para esta orientación teórica, es la unidad lingüística objeto de estudio e investigación.

El concepto de texto visto así equivale al de mensaje lingüístico, oral o escrito, y puede ser cualquier expresión verbal, sin una extensión definida necesariamente, puesto que puede tratarse de una palabra, un sintagma, un párrafo e incluso una novela o un tratado, siempre que sea un mensaje autónomo y estructurado unitariamente. Pese a esta definición que relaciona los segmentos de la microlingüística (limitada a los niveles fónico, léxico y morfosintáctico) con los de la macrolingüística, la mayoría de los estudios de gramática textual concentran su interés en expresiones lingüísticas supraoracionales.

Los conceptos que rigen la estructura del texto son de distinta índole, aunque son solidarios. Por un lado, un texto bien organizado deberá tener coherencia o congruencia semántica, que se define por los principios de continuidad, progresión temática, verosimilitud y no contradicción.

Por otro, la cohesión textual, aspecto formal de la lingüística del texto, se consigue mediante recurrencias de todo tipo, las llamadas isotopías del discurso por el semantista estructural Greimas, como la repetición temática, la repetición léxica, sinonimia, paráfrasis, presuposición, deixis, etc.

Uno de los iniciadores de esta corriente lingüística, Van Dick, influido por el generativismo, va a distinguir dos niveles: un macrocomponente (estructura profunda textual) y microcomponente (superficial). García Berrio, por su parte, habla del principio de isomorfismo del texto, que sería su unidad estructural mediante la cual podemos observar la cohesión formal y la coherencia semántica.

Bernárdez formula una definición del texto como una unidad comunicativa, con lo que, de aceptar este acercamiento al problema, tendríamos un territorio común con la pragmática.

La pragmática.

Esta rama o corriente de estudio de la lingüística no sólo va más allá de la oración en su particular estudio de los hechos de lengua, sino que analiza el significado de las unidades lingüísticas empleadas en los diferentes actos de comunicación.

La pragmática, según la había definido Morris (1954) en su teoría de los signos, estudia la relación de la lengua con sus hablantes. De tal forma que las significaciones de las expresiones verbales pueden considerar sus aspectos codificados y no codificados, como las significaciones implícitas y explícitas, que deben analizarse en los diferentes actos de enunciación y de comunicación, actualizados y en contextos y situaciones comunicativas determinados. De ahí la importancia del contexto pragmático de enunciación y de los elementos pragmáticos de la comunicación (relación emisor-receptor, conocimiento del mundo) que intervienen en el análisis de los mensajes lingüísticos.

La pragmática es, pues, una rama de estudio de la lingüística más que un paradigma teórico o científico. Esta rama se ocupa de las condiciones de adecuación contextual y de interacción entre hablante, oyente y mundo exterior en que tienen lugar de manera efectiva los enunciados o los actos de habla. Pese a que siempre ha habido lingüistas que han atendido la actividad lingüística, la pragmática aparece como disciplina definida en la década de los 30, en la obra de Peirce, su discípulo Morris y Carnap. Estos autores incluirían la pragmática dentro de la ciencia general de los signos o semiótica.

Una de las principales aportaciones a los estudios pragmáticos es la teoría de los actos de habla, iniciada en la obra de Austin How to do things with words?, de 1962, quien se inspira en las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein sobre el lenguaje común, las palabras en acción y los «juegos del lenguaje». Para Wittgenstein, el significado es el uso, afirmación que luego rebatirá Searle. Esta teoría de los actos de habla la va a desarrollar Searle en 1968 en Speech acts. Según este enfoque, el estudio de la comunicación no puede separarse de las acciones o actividades que intervienen en el acto comunicativo.

¿Qué es un acto de habla? Un acto de habla es algo más que la actualización de los enunciados en un contexto particular de enunciación. Para un acercamiento pragmático a la cuestión, un acto de habla es el acto verbal realizado en un enunciado, situado en unas coordenadas contextuales particulares de espacio y tiempo y en condiciones normales de comunicabilidad.

Los seguidores de la teoría de los actos de habla distinguen tres tipos de actos de habla: el acto de decir algo: acto locutivo, lo que hace el hablante al decirlo, o acto ilocutivo (peticiones, órdenes, ruegos) y lo que hace el hablante por el hecho de decirlo, el efecto que produce el acto de habla, o acto perlocutivo.

No siempre hay una correspondencia entre los actos de habla y las estructuras gramaticales de una lengua. Por ejemplo, para preguntar o para dar órdenes, el castellano cuenta con las oraciones interrogativas y con el imperativo, respectivamente. Pero pueden emplearse otros procedimientos, como sugerencias, indicaciones, insinuaciones, que pueden tener un valor interrogativo o imperativo si es la intención del hablante y el oyente reconoce dicha intención.

La fuerza ilocutiva de una expresión depende, pues, de la intención del hablante y puede pertenecer a algún sistema de codificación, gramaticalizado o no en la estructura de una lengua. Justamente, lingüistas como Searle entienden que hablar una lengua consiste no sólo en conocer sus reglas de buena formación de oraciones (competencia lingüística), sino también en dominar el conjunto de convenciones sociales que rigen el uso de la lengua, noción que se aproximaría a la competencia comunicativa de Hymes. En cada lengua hay un conjunto de reglas y convenciones establecidas para realizar determinadas actividades sociales. Junto a ellas, el hablante puede utilizar su idioma de forma creativa para «hacer cosas con palabras».

Para este enfoque, la unidad de comunicación ya no es el esquema del funcionalismo, que concebía la lengua como producto y se limitaba al mensaje en sí, sino que tiene en consideración la lengua como actividad, por lo que la unidad de comunicación es el acto de habla.

La pragmática no se limita a la teoría de los actos de habla, sino que también se ha ocupado de la presuposición, la deixis, los postulados conversatorios, la estructura del diálogo, etc. Grice, uno de los principales pioneros de la lingüística, inicia los estudios del significado pragmático de los enunciados. Para este autor, el significado no puede analizarse como un contenido estático y fijo, sino como la intención del hablante de llevar a cabo un determinado acto lingüístico en el momento de la enunciación.

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