Libro de los muertos

Historia Antigua. Egipto. Dioses. Ritos de culto y funerarios. Literatura funeraria egipcia. Osiris

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LIBRO DE LOS MUERTOS

Libro de los muertos

Libro de los muertos

FICHA BIBLIOGRÁFICA

& Autor Anónimo

& Libro de los Muertos

& Colección Clásicos del Pensamiento

& Editorial Tecnos

& 1993, 2ª Ed

& Traducción de Federico Lara Peinado

Libro de los muertos

MAPA DE EGIPTO Y EL PROXIMO ORIENTE

Libro de los muertos

“[....] Egipto [.....] es, para los egipcios, una tierra ganada al mar y un don del río [...]”

“Cuando en una casa fallece una persona de cierta categoría, toda la grey femenina de la casa en cuestión se embadurna con barro la cabeza [....] dejan el cadáver en casa y ellas recorren toda la ciudad, dándose golpes en el pecho [....] después de realizar estas manifestaciones de duelo llevan el cadáver a embalsamar”.

Heródoto

Los nueve libros de la historia

ÁMBITO HISTÓRICO

Hutkaptah, más conocido hoy día como Egipto, vio surgir de sus entrañas a mediados del IV milenio una gran civilización que eclipsaría hasta su ocaso, a finales del siglo IV d. C, a grandes culturas de la época como la sumeria. Y es que, durante sus casi cuarenta siglos de historia, Egipto daría a luz a una cultura cuyas manifestaciones quedarían inmutables e imperecederas en el tiempo.

Sus inicios se remontan hasta el Paleolítico inferior cuando comienzan a darse los primeros indicios de vida humana en el valle del Nilo, pero no será hasta el Paleolítico superior cuando a Egipto pueda identificársele como un entorno cultural propio.

En este momento un periodo de extrema sequía hizo que los primeros habitantes de las sabanas del Sháhara se trasladaran hacia el valle del Nilo donde un cambio climático producido hacia el 10.000 y los recursos del río favorecieron la neolitización de Egipto dando lugar al desarrollo de la ganadería y la agricultura en los bordes del valle. En esta etapa surgieron una serie de culturas como la Meridense en el Bajo Egipto o la Tasiense en el Alto.

El tránsito del Neolítico al periodo Predinástico se produjo a mediados del VI milenio con la cultura Badariense, donde el culto a los muertos estaba ya plenamente establecido y en donde se atisban los primeros rasgos de comunidad y organización urbana.

La unificación del Norte con el Sur y la aparición de una cultura mixta no se dieron hasta el final de la cultura Gerzeense (3150 a. C) con la figura de Narmer. A partir de este momento se dan casi cinco siglos en los cuales la civilización egipcia comienza a adquirir sus caracteres definitivos a través de las dos primeras dinastías cuyo fundador fue Aha.

Este periodo se conoce con el nombre de Época Tinita ya que se considera Tinis el lugar de origen del cual salió el impulso unificador y las dinastías. La capital se estableció en Menfis hasta que Peribsen la trasladó a Abidos en la II dinastía. El país se organizó en provincias controladas por funcionarios y el monarca se convirtió en la base política dándose así los primeros vestigios de una monarquía de carácter divino.

En los reinados de Khasekhem y Hudjefa, reyes de la II dinastía, se produjeron una serie de conflictos políticos que dieron lugar a una nueva división entre el Norte y el Sur. Khasekhemuy, último rey de la dinastía, reunificará de nuevo Egipto asentando las bases del Estado centralizado del Reino Antiguo.

Esta nueva etapa de la historia egipcia se caracterizó por el gran desarrollo de las artes y la religión, y por la centralización del poder en torno al rey y a la familia real. Se ponen los primeros cimientos de una sociedad jerarquizada, la administración queda dividida en dos cancillerías, la casa blanca y la casa roja, y se establecen las primeras rutas comerciales con el exterior.

De este periodo destaca la IV dinastía. Esnofru, su primer representante, fue un rey muy activo que intervino en el Sinaí y Libia, y sus sucesores Khéops, Khefrén y Micerino construyeron las famosas pirámides de Gizah.

El Reino Antiguo finaliza con el reinado de Nitocris, primera reina conocida que ejerció el poder político en Egipto, y con los indicios de una crisis política que duraría un siglo y medio. A esta etapa se la conoce con el nombre de Primer Periodo Intermedio.

Egipto volvió a la división de sus orígenes, dando lugar a que las dinastías IX y X gobernaran a la vez lo que originó serias disputas por el poder. Es el tiempo de los nomarcas y los hicsos, que se van introduciendo en el país. Además los asirios invadieron el Delta hasta que fueron expulsados por Khery V, X dinastía.

La crisis finaliza cuando Mentuhotep I, príncipe tebano que no se veía como un nomarca, reunifica las dos tierras, el Alto y Bajo Egipto, comenzando así un nuevo periodo denominado Reino Medio.

La capital es trasladada a Tebas, tiene lugar la edad de oro de la literatura egipcia y en el arte se impone el orden hathórico. Con Sestrosis III, rey de la XII dinastía, tiene lugar el máximo apogeo de este periodo. Reorganizó la administración dividiendo Egipto en tres ministerios: Alto, Bajo y Medio, suprimió el cargo de nomarca a excepción del de Antiópolis y realizó numerosas campañas en Palestina y Nubia.

Esta época de esplendor y prosperidad se vio truncada con el inicio de un nuevo Periodo Intermedio que duraría casi dos siglos al finalizar la XII dinastía con la reina Sebeknefrure.

Como en todos los periodos de crisis, Egipto se divide de nuevo dando lugar a varias dinastías paralelas. Los hicsos, que habían penetrado en el país en el Primer Periodo Intermedio, conquistan el poder e instauran dos dinastías, la XV y la XVI. Este pueblo de origen asiático introduce en Egipto grandes innovaciones como los carros de combate o la espada curva que hicieron progresar el armamento militar egipcio.

Continúan escribiéndose grandes textos literarios y aparece un nuevo pueblo invasor, los hebreos. Con la XVII dinastía se iniciará un conflicto que enfrentará a Seqenenre Taa I y a Apophis I, XV dinastía de los hicsos. Esta etapa verá su fin con Ahmosis I, sucesor del último rey tebano de la XVII dinastía que terminará por expulsar a los hicsos marcando el comienzo del Imperio Nuevo.

Este periodo destaca por ser el más floreciente de todos. Tras reconquistar y reorganizar nuevamente el país, Egipto se abre hacia el Próximo Oriente. Esta apertura se iniciará con los pactos matrimoniales entre egipcios, hurritas y cassitas, y con Tutmosis III, sexto faraón de la XVIII dinastía, quien extendió las fronteras egipcias hasta el Éufrates.

En el ámbito religioso, se produjo con Amenofis IV el nacimiento del dios Atón y el posterior cisma religioso que le llevaría a suprimir los demás dioses egipcios.

Ya en la XIX dinastía Ramsés II logra frenar a los hititas en la batalla de Kadesh, a pesar de que no hubo ni vencedores ni vencidos, y a su sucesor, Merenptah, se le atribuye la expulsión de los hebreos.

Tras la dinastía de los ramésidas (XX), en donde Ramsés III logra contener y expulsar a los pueblos del mar, se produce un tercer periodo de crisis que llevaría a Egipto a una etapa de decadencia política, con su fragmentación en varios Estados y la intervención de varios pueblos extranjeros como los libios y los etíopes.

Será en la XXVI dinastía, con el faraón saíta Psammético I, cuando Egipto logre deshacerse de las dinastías libias del Delta y expulsar del Alto Egipto a los etíopes. El país volvió a conocer un nuevo periodo de esplendor hasta las invasiones persas, griegas y romanas.

En el final de la historia de Egipto cabe destacar la dinastía de los Ptolomeos, donde la reina Cleopatra VII tuvo un trágico encuentro con Roma que terminaría con su muerte y la posterior desaparición de Egipto como Estado independiente.

ÁMBITO GEOGRÁFICO

Si hablamos en términos geográficos, Egipto está situado en el norte de África y delimitado al oeste por Libia, al sur por Sudán y al este por el mar Rojo. Pero el Egipto antiguo donde se desarrolló tan magna civilización se localiza, principalmente, en la larga franja de tierras que se extienden a lo largo del curso inferior del Nilo.

Estas tierras, que fueron convertidas en un verdadero vergel, contrastan notablemente con el basto terreno desértico que las enmarca: el desierto Líbico, al oeste, y el desierto Arábigo, al este. Es por ello que los antiguos egipcios llamaron a su tierra tanto Kemet como Desheret.

El término Kemet quiere decir la (tierra) negra, mientras que Desheret significa la (tierra) roja. Ambos vocablos hacen referencia a la enorme diferenciación que percibieron entre la negrura de las tierras cercanas al Nilo cuya causa era el limo proporcionado por el mismo río, y las tierras rojizas del desierto. “[...] Egipto no se asemeja ni a Arabia, que confina con él, ni a Libia, ni tampoco a Siria [...], sino que su tierra es negra y aterronada en cuanto que se compone de limo y aluviones traídos de Etiopía por el río.” Heródoto, libro II.

En cuestión de estructura y dimensiones es Heródoto quien también nos describe así a Egipto: “Desde la costa y hasta Heliópolis, tierra adentro, Egipto es ancho, totalmente llano, y rico en agua y limo. [...] Curso arriba de Heliópolis, sin embargo, Egipto es estrecho.”

La principal fuente de riqueza de Egipto la constituye el río Nilo. Este río, el más largo del mundo, nace en el lago Victoria, entre Uganda y Tanzania. Desde allí recorre 6.695 kilómetros hasta su desembocadura en el mar Mediterráneo. Su principal afluente es el Jartum o “Nilo Azul”, que nace en Etiopía.

Este río se convirtió en el alma de Egipto gracias a sus crecidas. “ [...] el Nilo baja crecido durante cien días a partir del solsticio de verano y, una vez alcanzado ese número de días, vuelve a su cauce y baja el nivel de su corriente, de manera que durante todo el invierno continúa bajo hasta un nuevo solsticio de verano.” Heródoto, libro II.

Tanto hoy día como en la antigüedad la península del Sinaí, situada al nordeste, supuso la puerta de paso hacia el Próximo Oriente. Los egipcios la llamaron “el país de las turquesas”, puesto que de allí era de donde importaban esta piedra preciosa. Nubia también tuvo un importante papel en su historia, situada entre Egipto y Sudán, esta tierra fue fuente de riquezas y motivo de disputas.

LA RELIGIÓN

Tras salir de los oscuros tiempos de la Prehistoria y adentrase en el Neolítico la religión egipcia se fue formando y desarrollando hasta perfilarse definitivamente a finales del IV milenio antes de nuestra era.

Nacen así los primeros dioses, a los cuales podemos denominar como predinásticos. Pronto fueron reconocidos y aceptados por los clanes, en él el cabecilla asumía el papel de mediador entre los hombres y los dioses.

Poco a poco los dioses, los ritos, el culto y los mitos evolucionaron hasta dar paso a un complejo panteón en donde pueden encontrarse tanto divinidades locales como celestes o funerarias.

Para los egipcios el cosmos y la naturaleza eran resultado de la acción de sus dioses, considerándolos a éstos fuerzas de este mundo cuya acción se revelaba en el viento, la lluvia, el sol, las plantas o incluso los animales.

A todos estos dioses se les representó ya desde un primer momento total o parcialmente de manera zoomorfa con atributos de plantas, como el loto, y objetos, como el cetro.

En esta compleja religión politeísta las diferentes ideas teológicas se organizaron entorno a números sagrados a través de los cuales se agruparon a los dioses, creando un sistema cosmogónico por el que intentaron explicar los orígenes del universo y del hombre.

Los centros de culto donde se elaboraron las cosmogonías más importantes fueron Heliópolis, Hermópolis, Tebas y Menfis.

Cosmogonía heliopolitana: esta teoría comienza con Nun, dios que representa las aguas primordiales, masa inorganizada que contiene en sí misma tanto el germen de la vida como las fuerzas negativas.

En medio de este caos nace el sol, Re, dios que además de ser su propio creador trae al mundo a partir de su propio semen al dios Shu, lo Seco, y a Tefnut, lo Húmedo. De su unión nacen Nut, el Cielo, y Geb, la Tierra, haciendo su aparición por primera vez el género humano al ser una mujer y un hombre.

Estos dos dioses, el Cielo y la Tierra, tuvieron cuatro hijos: Osiris, Isis, Seth y Neftis. La primera pareja formada por Osiris e Isis constituyó el prototipo de la familia real y dio lugar a la mitología busirita.

Cosmogonía hermopolitana: en esta cosmogonía el dios Thot da origen en medio del caos, con su palabra, a cuatro parejas de ranas, que encarnan el principio masculino, y serpientes, que encarnan el principio femenino.

La pareja formada por Nun y Naunet representaban el agua primordial, Kek y Keket las tinieblas, Heh y Heket el infinito y Amón y Amaunet representaban los escondido y lo misterioso.

Las cuatro parejas engendraron un Huevo, de cuyo interior surgió el sol.

La cosmogonía menfita se desarrolló entorno al dios Ptah, demiurgo creador del mundo, y que por medio de la palabra y el pensamiento había dado origen a los demás dioses. Por ello Atum era su pensamiento, Horus su corazón, Thot su lengua y la Enéada sus labios y dientes.

La cosmogonía tebana tenía como protagonista y único creador a Amón, en ella se mezclaron elementos de Heliópolis y Hermópolis.

Amón nació del Huevo que emergió de las aguas primordiales, lo colocaron como padre de la Enéada, cosmogonía heliopolitana, y de la Ogdóada, cosmogonía hermopolitana.

Tras surgir los grandes sistemas teológicos, la gente del pueblo los encontró tan complicados y a los dioses tan alejados de sus problemas, que crearon un sistema más sencillo basado en la unidad familiar: las tríadas.

La tríada por excelencia fue la osírica, formada por Osiris, Isis y su hijo Horus. También hay que destacar la tríada nacional, la tebana, compuesta por el dios Amón, su esposa Mut y su hijo Khonsu.

LOS DIOSES

De todos los dioses que forman la compleja y politeísta religión egipcia hemos de destacar a:

& Re: dios solar venerado especialmente en Heliópolis, fue asociado primero a Horus y más tarde a Amón. Con él apareció la idea del recorrido cíclico del sol, Re realizaba en su barca un recorrido diurno y otro nocturno.

Entre sus diversas formas se encontraban Khepri, representado como un escarabajo y considerado el dios de la renovación cíclica, es decir el sol de la mañana. Al dios Atum de formas humanas se le consideró como la forma vespertina, el atardecer.

& Amón: dios principal de Tebas fue considerado en su origen un dios del viento y del aire. Su nombre significa “el Oculto” y se le representó en muchas ocasiones bajo la forma de un carnero.

En su nombre se erigieron numerosos templos, de los cuales el más destacado fue el de Karnak, y se le terminó asociando al dios Re.

& Thot: dios lunar venerado en la ciudad de Hermópolis, se le presentó con cabeza de ibis y a veces bajo la forma de un babuino.

Era el dios de la escritura, las medidas y notario de los dioses. Ocupaba una posición importante dentro del tribunal divino y además se encargaba de proteger la barca del sol.

& Ptah: dios creador adorado en Menfis, era representado como una momia con la cabeza rapada.

Considerado también el dios de los artesanos se creía que se encarnaba en el toro Apis, el cual era su portavoz.

& Hathor: diosa celeste cuyo principal centro de culto se hallaba en Dandara. Se la representó como una mujer con orejas de vaca o bien como una mujer con cabeza de vaca.

Era la diosa de la alegría y el amor, y símbolo de la maternidad y la lactancia. En Tebas fue asociada al mundo de los muertos como la “Señora del Occidente”.

& Neftis: considerada una diosa benefactora era la “Dama de la casa”. Esposa de Seth y madre de Anubis, llevaba sobre su cabeza el signo de la casa-tumba.

Se creía que habitaba en la tierras hostiles donde guiaba a los viajeros atribuyéndola poderes mágicos.

& Nut: diosa del cielo, se la representaba como bóveda celeste en forma de una mujer inclinada sobre la Tierra apoyándose en ella con pies y manos.

Se creía que por la noche engullía al sol y lo hacía renacer cada mañana.

& Maat: divinidad abstracta que representa el equilibrio, la armonía y el orden cósmico. Se la representaba en forma de una mujer con una pluma en la cabeza.

Era considerada la medida de todas las cosas, desde la justicia hasta la verdad, pues ella suponía el contrapeso que equilibraba el alma del difunto en la balanza de Thot durante el juicio funerario.

OSIRIS

En sus inicios, Osiris fue un dios de la fertilidad y de la cosecha de una pequeña localidad del Delta llamada Busiris.

Hijo de Geb y Nut, la Tierra y el Cielo, era hermano de Isis, Neftis y Seth. Como primogénito tenía derecho a heredar el reinado de su padre sobre la tierra.

Pero su hermano Seth, celoso, ideó un plan para arrebatarle el trono. Construyó un cofre con las medidas exactas de Osiris.

Invitando a su hermano a una fiesta prometió que entregaría el cofre aquel que cupiera dentro. Osiris probó suerte y una vez en el interior, taparon la caja y la echaron al río.

Su esposa y hermana Isis, desconsolada, partió en busca de su esposo y, tras encontrarlo, Seth lo descubrió y cortó el cuerpo de Osiris en varios pedazos que esparció por Egipto.

Isis, ayudada por su hermana Neftis, fue encontrando uno a uno los pedazos de su esposo. Tras ser embalsamado por Anubis, Isis logró que Osiris la fecundara y de su unión nació Horus.

Horus fue ocultado en la ciudad de Buto con la ayuda de Hathor. El pequeño dios creció hasta alcanzar una edad que le permitió enfrentarse con su tío Seth.

Tras una larga lucha entre ambos el tribunal de los dioses concede a Horus ser integrado dentro de la herencia de su padre, y a éste se le otorga el reino de los muertos.

& Osiris es representado como una momia tocada con la corona atef formada por tallos de plantas y plumas de avestruz. Como rey del más allá fue dotado de con las insignias del monarca, el cetro curvo y el flagelo.

Como dios y juez supremo de los muertos, era el representante del orden cósmico justo en el más allá.

& Isis: representaba al poder real que había recibido como esposa de Osiris, su nombre significa “trono”.

Aunque no tuvo un lugar de culto propio fue venerada en todo Egipto en relación al auge del culto a su esposo Osiris.

Fue denominada también como la “Gran maga” debido a que se la asoció con ciertos poderes mágicos especiales. Se la representó con la forma de una mujer con un trono sobre la cabeza.

& Seth: señor del desierto y dios de las tormentas, simbolizaba las fuerzas destructoras siendo su voz el trueno. Su determinación zoológica del animal que lo representa no está claramente definida.

A pesar de ser un dios asociado a lo maléfico llegó a tener cierto prestigio hasta tal punto que los hicsos lo hicieron su dios protector.

& Horus: divinidad solar que como hijo y heredero de Osiris, obtuvo el cargo de desempeñar el papel de sucesor legítimo de su padre pasando a ser el defensor del orden cósmico. Representado bajo la forma de un halcón fue identificado con Re.

Muchos monarcas usaron el título de Horus para su protocolo real dando así lugar a que se le identificara con el rey vivo.

Su divinidad experimentó diversas formas como la de “Horus el Anciano” u “Horus el Niño”.

LOS RITOS FUNERARIOS

Al igual que muchas otras religiones los antiguos egipcios creían en la vida después de la muerte. Esta profunda creencia echó sus raíces ya en tiempos prehistóricos, el difunto era enterrado en posición fetal acompañado, según la cultura, de pocas o muchas ofrendas.

Entre la III y VI dinastía los ritos funerarios eran un privilegio exclusivamente real, pero con el paso del tiempo los nobles fueron accediendo a este culto hasta que finalmente ya en el Reino Medio cualquier persona podía disfrutar de una vida en el Más Allá.

El dios Anubis era el encargado del embalsamamiento y guardián de las necrópolis. Se le representaba como un chacal o como un hombre con cabeza de chacal o perro.

Otras funciones que asumió este dios fue la de guiar el alma del difunto en el Más Allá y vigilar la oscilación de la balanza durante el juicio del Alma.

& La momificación: para los egipcios la muerte significaba la separación de los elementos que constituían el cuerpo, si se lograba volver a reunirlos se podía disfrutar de la vida en el otro mundo.

Por ello la finalidad de la momificación era la conservación del cuerpo o det en el que se creía que, aún después de la muerte, continuaba viviendo el ka o entidad espiritual tipo alma.

En un principio este rito fue algo muy rudimentario, sólo se retiraban las vísceras porque eran la parte del cuerpo que antes se corrompía.

Con el tiempo y el avance de las técnicas se llegó a poder retirar todos aquellos elementos del cuerpo que llegaban a descomponerse.

Gracias a Heródoto conocemos las técnicas de momificación que eran realizadas en los uabet o Casas de Embalsamamiento. Estas técnicas se diferenciaban entre sí dependiendo del coste.

El primer modelo de embalsamamiento, el más barato de los tres, constaba de dos tratamientos. El embalsamador “limpia la cavidad abdominal con una purga, (y) conserva el cuerpo en natrón durante los setenta días” (Herodóto, libro II).

El segundo modelo, que constaba de tres tratamientos, era de tipo medio. Los embalsamadores “ llenan unas jeringas con un aceite que se obtiene del enebro de la miera, llenan con ellas la cavidad abdominal del cadáver [...], inyectándole el líquido por el ano e impidiendo su retroceso, y lo conservan en natrón el número de días prescrito (70). Al cabo de ellos sacan de la cavidad abdominal el aceite de miera, [...] que tiene tanta fuerza que consigo arrastra, ya disueltos, el intestino y las vísceras; a las partes carnosas, a su vez, las disuelve el natrón [...]” (Heródoto, libro II)

El tercer tipo de embalsamamiento era el más suntuoso de todos y constaba de ocho tratamientos. Al muerto se le extraía, con un gancho, el cerebro a través de las fosas nasales. Luego con un cuchillo, se le practicaba una incisión en el costado izquierdo.

A través de esta incisión le eran retiradas todas las vísceras rompiendo el diafragma, sólo se dejaban el corazón y los riñones por su difícil acceso.

El hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos tras ser embalsamados, eran colocados en unos vasos que recibían el nombres de canopos. Estos vasos presentaban como tapaderas las cabezas de los hijos de Horus: Amset, Hapy, Duamuntef y Qebehsenuef.

Una vez que el cuerpo estaba vacío era “salado” con natrón donde debía permanecer unos treinta y cinco días, a pesar de que Heródoto diga setenta. El ennegrecimiento provocado por el natrón era teñido con ocre o con alheña.

Tras ser teñido, el abdomen y el pecho eran rellenados con unas telas empapadas con aromas y ungüentos. La última etapa consistía en vendarlo.

Primero se vendaba cada miembro con tiras de lino para luego ser envuelto con una gran pieza de tela. Durante este proceso los embalsamadores colocaban entre los vendajes amuletos, joyas y a veces textos funerarios.

& La momia: Una vez finalizado todo el embalsamamiento, la momia era cubierta con una máscara realizada con cartón u oro y lapislázuli, según el personaje momificado. Esta máscara con el tiempo aumentó de tamaño hasta pasar a ser una plancha que cubría todo el cuerpo del muerto.

La momia se colocaba en el sarcófago, que al igual que la máscara, sufrió una evolución. En un principio fue sólo una caja con forma cuadrada hasta que pasó a ser un elemento tallado en piedra que adoptaba la forma del cuerpo.

Los amigos y familiares recogían el cadáver y se reunían en la casa del difunto, donde las plañideras lloraban, gritaban y esparcían cenizas sobre ellas mismas.

& El enterramiento: Tras haber sido lamentada a voces la gran pérdida del muerto, un cortejo fúnebre lo transportaba junto con su ajuar funerario hasta la orilla occidental del Nilo, morada de los muertos.

El fallecido, al igual que el sol, protagonizaba un periplo hacia dicha orilla, lugar por el que muere el astro, para volver a aparecer al día siguiente por Oriente.

El ajuar consistía fundamentalmente en varios objetos personales cuya misión era proporcionarle comodidad al difunto en el Más Allá: jarras, cofres, sillas, lechos, cabeceras de cama.

Desde su casa, la momia era transportada sobre un catafalco arrastrado por bueyes o por allegados del difunto. Junto al féretro iba el sacerdote y tras él la familia y amigos del muerto.

La comitiva la cerraban las plañideras y los porteadores del ajuar y los vasos canopos.

Uno de los últimos ritos funerarios era la apertura de la boca. La ceremonia consistía en un conjunto de ritos realizados sobre la momia o sobre una estatua del difunto en posición vertical y mirando al sur.

Este conjunto de ritos iban encaminados a restaurar la funciones vitales del muerto y devolverle así a la vida.

Un sacerdote, tras haber colocado a la momia sobre un pequeño montículo de tierra que evocaba la colina primigenia, procedía a la purificación mediante una libación de agua y una aspersión de incienso.

Posteriormente el sacerdote sem tocaba la boca de la momia con el dyeba y se le ofrecían las partes más nobles de ciertos animales que habían sido sacrificados con anterioridad.

De nuevo, el sacerdote sem, después de unas escenas de animación, realizaba una nueva apertura de la boca con un objeto definitivo, el pesech-kaf.

Para finalizar el rito, se colocaban al difunto sus ropas sagradas y sus ornamentos, a la vez que se realizaba una lectura de fórmulas exhortativas.

Una vez terminado el rito de la apertura de la boca y el banquete funerario se procedía a colocar a la momia dentro de su tumba, la cual se sellaba para la eternidad.

& Las sepulturas: al igual que los embalsamamientos, las tumbas o enterramientos también sufrieron una evolución con sus respectivas modificaciones.

En tiempos prehistóricos el muerto envuelto en pieles y con algunos enseres funerarios, era depositado directamente sobre la tierra. Pronto estos enterramientos tan precarios evolucionaron a las conocidas mastabas.

Estos sepulcros tenían forma de pirámide truncada con un pozo excavado, al fondo del cual estaba la cámara sepulcral. Al nivel de la tierra se colocaba la estatua del muerto en el serdab, una capilla que contenía un pequeño compartimiento.

En el Reino Antiguo aparecen las primeras pirámides con las dinastías III y IV. La primera de toda fue realizada por el rey Djoser en Saqqara. Esta tumba estaba compuesta por una sucesión de mastabas superpuestas donde la cámara funeraria también se encontraba en el subsuelo.

Ya en la IV dinastía, con los reyes Khéops, Khefrén y Micerino la pirámide alcanza su forma más perfecta. Llamadas de pendiente recta, estas pirámides eran un complejo laberíntico de escaleras, pasillos, cámaras y falsos corredores.

Las cámaras funerarias tanto del rey y la reina, se encontraban en el interior de la propia pirámide a pesar de que también se realizaba otra subterránea para despistar aquellos que deseaban profanar la tumba y molestar así al muerto en su otra vida.

Durante el Reino Medio se volvió de nuevo a la mastaba por culpa de la falta de fondos y de los periodos de crisis por los que estaba pasando Egipto.

En el Imperio Nuevo, gracias a un resurgimiento de esta notable cultura, los faraones egipcios se decantaron por los hipogeos excavados en un apartado valle, abierto entre las montañas tebanas.

Este Valle es el inicio de un ued excavado por las lluvias que desgastaron el calcáreo y formaron una depresión. Conocido como sekhet aat, la gran pradera, el carácter funerario de este paraje le viene dado por la presencia de una montaña llamada el-Kurn.

Dominando el Valle, el-Kurn, con su forma de pirámide, velaba por las sepulturas reales. Allí vivía también la diosa del silencio, quien sometía a una dura prueba a los artesanos encargados de construir las tumbas.

EL LIBRO DE LOS MUERTOS

Una cultura tan religiosa como la egipcia desarrolló ya desde sus inicios una gran y variada literatura funeraria. Su finalidad más inmediata era plasmar, ya fuera en piedra o papiro, los ra-u o sortilegios necesarios para neutralizar los peligros que pudieran surgirle al muerto en la vida de ultratumba.

Los primeros textos que recogieron estas fórmulas mágicas destinadas a facilitar la ascensión al cielo del difunto, fueron los denominados Textos de las Pirámides.

Recopilados por los sacerdotes de Heliópolis, se encontraron escritos sobre las paredes de la cámara funeraria del rey Unas, V dinastía.

Con estas inscripciones grabadas por siempre sobra la piedra se pretendía asegurar al difunto su paso al Más Allá, describen así su ascensión al cielo y su tránsito al estado de Osiris.

Los Textos de las Pirámides fueron redactados en el Reino Antiguo y su acceso era único y exclusivo de los reyes.

“ Levántate , oh, Unas. Agarra tu cabeza y reúne tus huesos. Junta tus miembros y sacúdete el polvo de las carnes. Toma tu pan, que ya nunca se echará a perder, y tu cerveza, que jamás se volverá ácida, y quédate ante la entrada que excluye a las personas corrientes. El guardián de la puerta sale a tu encuentro. Te lleva de la mano y te conduce al cielo.” (Textos de las Pirámides)

A partir de la VII dinastía se produjo una democratización de los destino de ultratumba. Las creencias funerarias tuvieron una clara repercusión en los nobles egipcios, quienes también deseaban acceder a la vida en el Más Allá.

Nacieron así los Textos de los Sarcófagos, conjunto de rituales, himnos, plegarias y fórmulas mágicas, derivados de los Textos de las Pirámides.

Al igual que los anteriores, estas inscripciones gravadas sobre los sarcófagos, estaban destinadas a proporcionar al difunto el favor de los dioses y su paso a la vida eterna y mejorada del Más Allá.

“En lo que se refiere a la persona que conoce este hechizo, será como Re en el cielo oriental y como Osiris en los infiernos” (Textos de los Sarcófagos)

Desde el Primer Periodo Intermedio y hasta el Reino Medio los sacerdotes recopilaron las repetidas fórmulas tanto de los Textos de las Pirámides como de los Sarcófagos para compilar un nuevo conjunto de textos, con algunos añadidos nuevos, a los que se les llamaría en unidad el Libro de los Muertos.

Este nuevo libro funerario vería la luz durante el Imperio Nuevo. En la XVIII dinastía todavía este conjunto de prácticas mágicas, plegarias, invocaciones y sortilegios se reproducía sin orden alguno.

No será hasta la Época saíta cuando se produzca la fijación final del orden de las fórmulas bajo el reinado de los faraones de la XXVI dinastía.

El Libro de los Muertos supuso la puerta de acceso a la vida de ultratumba para todos los egipcios sin distinción de estatus o sexo. Solían escribirse en papiros que se depositaban junto al difunto, e incluso a veces entre sus vendas.

Todos los sortilegios presentan como encabezamiento unos títulos que explican la utilización de dicha fórmula. Tras un espacio en blanco se colocaba el nombre del difunto con la expresión “Osiris N”, la sigla N reemplazaba el nombre propio del difunto, pues se creía que toda persona al morir se identificaba con Osiris.

El libro puede dividirse en cuatro secciones que permiten su estructuración. El primer apartado se inicia con un rezo a los dioses del Más Allá, mientras que las siguientes fórmulas que lo componen presentan la preparación del cadáver para su viaje. El traslado del sarcófago junto con el cortejo fúnebre y la llegada a la tumba.

La segunda sección comienza con la regeneración del difunto para lograr así compararse con Re, además de una solicitud para vencer a sus enemigos. El resto de sortilegios van encaminados a que el difunto encuentre su personalidad concediéndole de nuevo el uso de la palabra y obteniendo así su corazón.

Los siguientes capítulos que conforman este tercer apartado se centran en el difunto y en su capacidad para tomar los diferentes aspectos de Re. Embarcando junto a él, el muerto accede a las diferentes regiones que componen el mundo de Ultratumba. La sección termina con los capítulos que abarcan el Juicio del Alma ante Osiris.

Tras salir airoso del juicio, el difunto logra identificarse con Osiris. Este último apartado narra su posterior glorificación y examen, en el cual deberá demostrar que conoce desde los nombres de todos los dioses hasta las veintiuna puertas de la casa de Osiris en el Campo de las Juncias.

Los últimos sortilegios del libro son a la vez, una sección a parte sin ningún orden, y un complemento de las anteriores. Centrándose en torno a los últimos ritos funerarios, al difunto se le encamina en la preparación de la glorificación que debe hacerle a Osiris, su juez y verdugo.

El Libro de los Muertos pudo muy bien conocerse en la antigüedad como el “libro para salir al día”, pues éste era, el ra-u principal que proporcionaba al muerto la posibilidad de “salir a la luz”, es decir, de alcanzar la otra vida, la inmortalidad.

Pero la finalidad última de todo difunto no era solamente la de alcanzar la vida eterna, merecida tras haber sufrido las penalidades de la terrenal, sino la de lograr su identificación con el propio Osiris-Re.

Probablemente lo que mejor se conozca de todo el libro no sea otra cosa que el famoso Juicio de Osiris. La idea cristiana de la existencia de un juicio después de la muerte, y de un castigo para los impíos y de una recompensa para los justos era ya algo muy conocido por los egipcios.

Esta ceremonia de la psicostasia se realizaba en la sala de las dos Maat, o dos Verdades. Osiris acompañado de por otros dioses y 42 jueces presidía el juicio. Ante ellos el difunto debía realizar el acto de la confesión negativa por dos veces.

Primeramente ante Osiris y posteriormente ante loas divinidades-jueces. Tras declarar su inocencia se procedía a pesar su corazón en una balanza junto con la pluma de la diosa Maat, representación de la verdad y la justicia.

Si el difunto había pecado durante el transcurso de su vida realizando actos contra los hombres, el platillo del corazón pesaba más. El castigo que le esperaba no era otro que ser devorado por Ammit, monstruo con cabeza de cocodrilo, cuerpo de leona y patas de león e hipopótamo.

Si por el contrario el difunto era declarado justo de corazón su premio no era otro que la vida ansiada por los egipcios en el Iaru o paraíso.

No cabe duda de la importancia que tomaron estos textos que componían tan famoso libro funerario. Pero no todos los difuntos pudieron disfrutar por igual de los sortilegios, pues desgraciadamente la calidad y el número de fórmulas que uno podía permitirse entre sus vendas venían impuestos por su estatus social Y económico. Una vez más, tanto la desigualdad como lo material se imponen hasta en la propia Muerte.

EL MÁS ALLÁ

Llamado Neter-Khert, lo que está bajo el dios, o Amentet, el Occidente, el Más Allá egipcio era un lugar bien organizado en cuanto a la topografía y a sus componentes religiosos, y se localizaba en alguna parte del firmamento.

Como muchas otras religiones, en la egipcia encontramos también el concepto “bueno” y “malo”.

Si durante tu vida terrenal habías sido “bueno” y no habías cometido malas acciones contra tus semejantes, tu recompensa era el Iaru o paraíso.

Si por el contrario, durante tu vida habías hecho malas acciones contra los hombres, tu castigo era la negativa de una vida en el Más Allá.

Es por ello que para los que era declarados como maa-kheru o puros de corazón en el Juicios del Alma, el Más Allá representaba un lugar donde gozar y disfrutar de todas las maravillas habidas y por haber. Desde pasear por los caminos del Campo de las Juncias como espíritus o pasear junto a Re en su barca solar, hasta equiparase con los diferentes dioses de modo eterno.

Para aquellos cuya sentencia había sido la de isefty o culpables, el Más Allá se presentaba como un lugar horrible y tétrico en el que sufrirían un duro castigo, probablemente corporal del tipo mutilaciones.

El Más Allá se componía de varias regiones que se correspondían cada una de ellas a los ciclos por los que pasaba Re desde que anochecía navegando por el submundo hasta que amanecía con el renacer del nuevo día.