Leon Tolstoi

Literatura rusa. Escritores rusos del siglo XIX. Novelista ruso. Biografía de Liev Nikoláievich Tolstói. Guerra y Paz. Ana Karenina. La muerte de Iván Ilich. 28 de agosto de 1828

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LEV NIKOLAIEIVICH TOLSTOI

“El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere sino querer siempre lo que se hace”.

Novelista ruso, uno de los más eminentes autores de narrativa realista de todos los tiempos. Pero no le bastó con ser escritor, fue además filósofo, predicador y fundador de una nueva religión y ardiente defensor de los derechos del hombre. Para todo tenía su propia opinión, no reconocía ninguna autoridad y rechazaba cualquier norma establecida de pensamiento.

Nació el 28 de agosto de 1828. Era hijo de un conde terrateniente y de una princesa. Su primera infancia transcurrió en Poliana, la propiedad agrícola de su familia, al sur de Moscú. Sus padres murieron pronto y a la edad de nueve años ya era huérfano de ambos. De forma imperceptible fue adquiriendo amor casi físico a la naturaleza rusa y a los mujiks (campesinos). Los hermanos Tolstói fueron confiados a la tutela de dos tías paternas y en 1841 pasó a vivir con una de ellas en la ciudad de Kazán, en un ambiente religioso y culto. Recibió educación que correspondía a un noble de su linaje, tuvo tutores rusos, franceses y alemanes, institutrices inglesas y un enjambre de criados siervos. A los 16 años entró en la Universidad Kazán, donde cursó estudios de lenguas y leyes con miras a seguir la carrera diplomática.

Pronto se decepciona de estos estudios y prefiere las distracciones mundanas y la lectura, sus autores preferidos son Pushkin, Lérmontov, Schiller, Stendhal, Sterne y sobre todo está influido por los escritos del filósofo francés Jean Jacques Rousseau. Abandona sus estudios en 1847. La Biblia se convirtió en uno de sus libros de cabecera. “Rousseau y el Evangelio fueron mis dos grandes manantiales del saber” diría pasado el tiempo.

Se retira de esa vida de alta sociedad y se va de nuevo a Yasnaia Polaina cuya propiedad heredó de sus padres con el fin de “asentarse en la vida”, allí durante sus últimos meses de estancia ahonda en sus ideas de perfeccionamiento y opina que el sentido de la vida consiste en la perfección moral. A los 19 años es dueño de 330 campesinos y 1500 hectáreas de tierra. El joven terrateniente decide consagrar todas sus fuerzas a mejorar la vida de sus siervos y educarlos. Todavía no es capaz de comprender en toda su magnitud las contradicciones y la barrera que separa a los terratenientes de los campesinos-siervos. Pese a la sinceridad de sus propósitos los mujiks lo acogen con desconfianza y temor. Después de un año de dedicación en intentar mejorar las condiciones de vida de los siervos de sus tierras tropieza con la indiferencia burlona de éstos y con su desconfianza e ingratitud. Ve que sus esfuerzos son vanos, se siente desmoralizado y decepcionado de sus panes y decide ocuparse seriamente de su educación. Estudia Derecho Romano, inglés, latín, italiano, perfecciona el francés y el alemán; y estudia medicina práctica y matemáticas.

En 1851, se reunió con su hermano en el Cáucaso, donde su regimiento se encontraba acampado y, tras una breve permanencia, decidió incorporarse también al ejército. En el Cáucaso entró en contacto con los cosacos, que se convertirían en los protagonistas de una de sus mejores novelas cortas, Los cosacos (1863), en la compara el cansancio de la juventud moscovita con el vigor y la vida al aire libre de los cosacos, que representa con simpatía y profundo realismo poético.

En esa época concluyó una obra autobiográfica titulada Infancia (1852), a la que siguieron otras dos, Adolescencia (1854) y Juventud (1856), en las cuales reveló, sin rodeos ni sentimentalismo, una seria de recuerdos de carácter psicológico similares a los de la mayoría de los jóvenes. Estas obras fueron inmediatamente bien acogidas por el público, de igual modo que Sebastopol (1855-1856), tres historias basadas en la guerra de Crimea, que constituyen una soberbia exposición de la horrible realidad de la guerra y una descalificación del falso heroísmo de los mandos militares en contraste con la valentía de los soldados.

Tolstói regresó a San Petersburgo en 1856: “Mi carrera está en las letras. ¡Escribir! ¡Escribir!” afirma en su diario en 1855. Los círculos literarios de la capital le brindan una calurosa acogida. En 1857 viaja al extranjero. Primero va a París, luego sale para Suiza donde escribe Lucerna en el que narra un caso del que fue testigo involuntario: clientes de un hotel lujoso en el que se alojó que contemplan a un músico y éste con el rostro demacrado termina la canción y se quita el gorro esperando que alguien arroje alguna moneda, al final se aleja cabizbajo en tanto que la multitud de ociosos señoritos insolentes le siguen con la mirada riéndose de él. Lev queda muy indignado y al día siguiente se va a una pensión modesta, En su viaje visitó escuelas alemanas y francesas y, más tarde, abrió en Yasnaia Poliana centros de trabajo y una escuela para niños campesinos en la que aplicó como profesor sus métodos educativos, que anticipaban la educación progresista moderna.

En 1862 se casó con una mujer de una culta familia de Moscú a la que casi doblaba la edad. Sofía se convirtió en una verdadera esposa del escritor, pone gran entusiasmo en la obra de su marido, trabaja con él, escribe bajo su dictado y copia sus borradores. Durante los años siguientes formó una extensa familia (tuvo quince hijos), administró con éxito sus propiedades y escribió sus dos novelas principales, Guerra y paz (1863-1869) con la que crea una epopeya monumental: novela histórica y social, canto épico nacional, crónica de tres familias, todos esos géneros se conjugan armoniosamente creando una de las novelas más importantes de la literatura universal y Ana Karenina (1873-1877).

Después de escribir Anna Karénina Tolstói se siente cada vez más absorbido por la profunda crisis moral de la cual hace una detallada relación en Confesiónes (1882), el autor ruso describe su creciente confusión espiritual, se culpa a sí mismo de llevar una existencia vacía y autosuficiente y emprende una larga búsqueda de valores morales y sociales, que terminó por encontrar en dos principios del Evangelio cristiano: amor hacia los seres humanos y resistencia contra las fuerzas del mal. Recogió estos dos principios y los desarrolló en elocuentes ensayos, como Amo y criado (1894). Desde el centro de la autocrática Rusia de su época, atacó sin temor las desigualdades sociales y las formas coercitivas del gobierno y de las autoridades religiosas, clamó por una liberación de los odios individuales y por la adopción de modelos de vida dictados por la conciencia de cada uno.

En ¿Qué es el arte? (1898), una condena de casi todas las formas de arte, tanto clásicas como modernas, de la que no se salvan ni siquiera sus propias obras, a las que consideró dirigidas exclusivamente a una elite cultural, abogó por un arte inspirado en la moral, en el que el artista comunicara los sentimientos y la conciencia religiosa del pueblo. Estos ensayos didácticos, traducidos a muchas lenguas, ganaron rápidamente numerosos adeptos de distintos países, profesiones e ideologías, muchos de los cuales visitaron Yasnia Poliana en busca de consejos.

Tras esta serie de ensayos, Tolstói retornó a la narrativa, y escribió numerosos cuentos breves y de carácter edificante, situados en escenarios rurales, que se publicaron reunidos en el volumen Historias para el pueblo (1885). Escribió asimismo otras obras destinadas a lectores cultos, también decididamente moralizantes en cuanto a contenido, pero en las que se permite un mayor espacio para desarrollar su poderosa inventiva. La más conocida de ellas es la narración breve La muerte de Iván Ilich (1886), en la que describe la conversión de un hombre a punto de enfrentarse a su propia muerte. El cuento corto La sonata a Kreutzer (1889) trata de la educación sexual y el matrimonio; la obra teatral El poder y las tinieblas (1888) es una tragedia en la que se ve cómo la avaricia y la lujuria arrastran a la violencia, y su última novela Resurrección (1899), es la historia de la regeneración moral de un noble hasta entonces falto de escrúpulos.

Tolstói, partidario de la no-violencia y de la abolición de la propiedad, fue víctima de la contradicción entre su vida y sus convicciones morales. Profundamente convencido de que la única salvación sólo podría encontrarse en Dios, su misma fe le llevó a rechazar las instituciones y creencias de la iglesia rusa y a fijar como ideal de la vida la pobreza voluntaria y el trabajo manual. Intentó renunciar a sus bienes, pero la resistencia de su familia se lo impidió.

A los 82 años, y cada vez más atormentado por la disparidad entre sus criterios morales y su riqueza material, y por las continuas disputas con su mujer, que se oponía a deshacerse de sus posesiones, Tolstói, acompañado por su médico y la menor de sus hijas, se marchó de casa a escondidas en medio de la noche para liberarse al fin del “pecado de la propiedad”. Tres días más tarde, cayó enfermo de neumonía en la estación ferroviaria de Astápovo y, el 7 de noviembre de 1910, murió en la remota estación de ferrocarril. Desde entonces el reloj de la estación de Astápovo marca invariablemente esa hora: 6.05.

Fue enterrado sin ninguna ceremonia religiosa en Yásnaia Poliana, el día 22 de noviembre de 1910, donde de niño jugaba con sus hermanos. Sus restos yacen bajo la modesta tumba, a solas con la naturaleza rusa que tanto amó y que supo describir con arte incomparable.

Sus obras han dejado una huella imborrable en la historia de la literatura universal: la profundidad de sus intuiciones humanas y la precisión psicológica en la descripción de sus personajes lo erigen en uno de los pensadores morales más fecundos y más fascinantes de la literatura de todos los tiempos.

En 2001 un biznieto de Tolstói solicitó a la iglesia ortodoxa rusa la revocación de la excomunión pronunciada contra el escritor ruso en 1901 por la visión del cristianismo que daba en sus obras.

Se encuentra entre el realismo psicológico, por la calidad de los estudios de la evolución de sus personajes, y el realismo espiritualista, que trata de superar por medio de la bondad y la educación los mayores problemas de la sociedad de su tiempo. A Tolstói se le ha comparado con Shakespeare por su penetrante observación del ser humano y sus caminos interiores.

En la actualidad se le considera uno de los escritores con más fuerza moral del siglo XIX.

'Leon Tolstoi'

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