Lectura estructuralista de Freud; Jacques Lacan

Psicoanálisis. Analistas. Interpretación de los sueños. Dirección de la cura. Deseos. Frustración

  • Enviado por: Julio Martín Cobos
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 4 páginas
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LECTURA ESTRUCTURISTA DE FREUD

por Jacques Lacan

La dirección de la cura y los principios de su poder

¿Quién analiza hoy?

El psicoanalista sin duda dirige la cura. El primer principio de esta cura es que no debe dirigir al paciente.

La dirección de la cura consiste en hacer aplicar por el sujeto a la regla analítica, o sea las directrices cuya presencia no podría desconocerse en la ``situación analítica ``.

Estas directrices están en una comunicación inicial planteadas bajo forma de consignas.

Esta basta para mostrarnos que el problema de la dirección se muestra, desde las directrices del punto de partida, como no pudiendo formularse sobre una línea de comunicación unívoca.

En el depósito de fondos de la empresa común al paciente no es el único con sus dificultades que pone toda la cuota. El analista también debe pagar:

  • pagar con palabras sin duda, si la transmutación que sufren por la operación

analítica las eleva a su efecto de interpretación;

  • pagar también con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la transferencia;

  • tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio mas intimo, para mezclarse en una acción que va al corazón del ser.

En cuanto al manejo de la transferencia la libertad se encuentra enajenada por el desdoblamiento que sufre allí la persona y es allí donde hay que buscar el secreto del análisis.

Los sentimientos del analista solo tienen un lugar posible: el del muerto; y si se le

reanima, el juego se prosigue sin que se sepa quien lo conduce.

Por esto el analista es menos libre de su estrategia que en su táctica.

Su acción sobre el paciente se le escapa junto con la idea que se hace de ella, si no

vuelve a tomar su punto de partida en aquello por lo cual esto es posible.

Es gracias a lo que el sujeto atribuye de ser analista como es posible que una interpretación regrese al lugar donde puede tener lugar desde donde puede tener alcance sobre la distribución de las respuestas.

El analista y lo que queda de él al pie del muro de la tarea de interpretar, es un hombre. El analista es animal de nuestra especie.

¿Cuál es el lugar de interpretación?

La interpretación en la función del significante que capta donde el sujeto se subordina a él hasta el punto de ser sobornado por él. La interpretación para descifrar la diacronía de las repeticiones inconcientes, debe introducir en la sincronía de los significantes que allí se componen algo que bruscamente haga posible su traducción lo que permite la función del Otro en la ocultación del código, ya que es a propósito de él como aparece su elemento faltante.

El efecto del significante es en el advenimiento del significado, única vía para concebir que inscribiéndose en ella la interpretación pueda producir algo nuevo. Esto se funda en el hecho de que el inconciente tiene la estructura radical del lenguaje.

La teoría traduce la manera en que la resistencia es engendrada en la práctica. No hay otra resistencia en el análisis que la del analista mismo.

El terapeuta debe superar el hacer de la interpretación el ideal de su acción, lo que sería una exigencia de la debilidad.

El una dirección de la cura se ordena como según un proceso que va de la rectificación de las relaciones del sujeto con lo real hasta el desarrollo de transferencia y luego a la interpretación.

¿Cómo actuar con el propio ser?

Los analistas se niegan a prometer la felicidad.

Vale más no comprender para pensar, y se pueden galopar leguas y leguas de comprensión sin que de ello resulte el menor pensamiento.

El pensamiento de los analistas es una acción que se desase.

El sujeto que habla en el análisis encuentra encadenado a asociaciones que lo oprimen, que desembocan en una palabra libre, plena, que le sería penosa.

El analista debe preservar en ello lo indecible, en el discurso debe tomar el camino del escuchar, del oír, y no auscultar. Escuchar de entendimiento. El analista no está obligado a responder a lo que oye. Se calla, así frustra al hablante y a él mismo también.

Si lo frustra es que le pide algo, que le responda. Su petición se despliega de una ley implícita: la de curarnos, hacerle conocer el psicoanálisis, hacerlo calificar como analista.

Se ha creado la demanda, si se puede decir radical. Por el intermedio de la demanda todo el pasado se entreabre hasta el fondo del fondo de la primera infancia. Pedir: el sujeto no ha hecho nunca otra cosa, no ha podido vivir sino por eso, y nosotros tomamos el relevo.

La regresión no muestra otra cosa que le retorno al presente de significantes usuales en peticiones para las cuales hay prescripciones.

Esta situación explica la transferencia primaria, y el amor el que a veces se declara.

Pues si el amor es dar lo que no se tiene, es cierto que el sujeto puede esperar que se le dé puesto que el psicoanalista no tiene otra cosa que darle. Pero esa nada, no se la da, y por esa nada se la pagan, porque de otra manera no tendría mucho valor.

Sin embargo el analista da su presencia que es la implicación del escuchar, y esta es la condición de la palabra.

El analista apoya la demanda, para que en la frustración reaparezcan los significantes en que esta retenido.

En la más antigua demanda se produce la identificación primaria, la que opera por el poder materno, que no solo suspende el aparato significante la satisfacción de las necesidades, sino que las fragmenta, las filtra, las modela en los desfiladeros de la estructura del significante.

La identificación con el analista siempre será una identificación con significantes.

El analista debe responder a la demanda desde la posición de la transferencia.

Hay que tomar el deseo a la letra

El deseo se articula en un discurso bien astuto.

Se reconoce A los mecanismos llamados inconcientes, condensación, desplazamiento, etc, atestiguando su estructura común: la relación del deseo con esa marca del lenguaje que especifica al inconciente freudiano y descentra nuestra concepción del sujeto. Las leyes que se articulan en la cadena significante son metáfora y metonimia.

Dice Freud, el sueño no es el inconciente, sino su camino real. Lo que interesa es la elaboración del sueño, su estructura de lenguaje. El deseo no hace más que sujetar y someter lo que el análisis subjetiviza.

El sueño sirve ante todo el deseo de dormir. Es repliegue narcisista de la libido y desocupación de la realidad.

Articulamos lo que estructura al deseo. El deseo es lo que se manifiesta en el intervalo que cava la demanda, en la medida que el sujeto al articular la cadena significante, trae a la luz la carencia en ser con el llamado a recibir el complemento del Otro, lugar de la palabra, también de esa carencia. Lo que no tiene que se llama amor, también el odio, y la ignorancia.

El sueño es el esfuerzo del pensamiento por situarse en la realidad.

El deseo del hombre es el deseo del Otro.

Es importante que se preserve el lugar del deseo en la dirección de la cura, que se oriente con relación a los efectos de la demanda.

El deseo no es otra cosa que la imposibilidad de esa palabra que al responder a lo primero no puede sino redoblar su marca consumando esa hendija que el sujeto sufre por no ser sujeto sino en cuanto que habla.

Ya se pretende gratificante o frustraste toda respuesta a la demanda en el análisis reduce en él en la transferencia a la sugestión, y es que la transferencia es también una sugestión que se ejerce a partir de la demanda de amor, que no es demanda de ninguna necesidad. Que esta demanda no se constituya como tal, sino en cuanto que el sujeto es sujeto del significante.

No hay que confundir la identificación con el significante de la demanda, y la identificación con el objeto de la demanda de amor.

La transferencia en si misma es ya análisis de la sugestión en la medida en que coloca al sujeto respecto de su demanda en una posición que no recibe sino de su deseo.

La frustración debe prevalecer sobre la gratificación, para el mantenimiento de ese cuadro de la transferencia. El deseo mantiene la dirección del análisis fuera de los efectos de la demanda.

Es la posición del neurótico con respecto al deseo, el que viene a marcar con su presencia la respuesta del sujeto a la demanda, la significancia de su necesidad. Esta significancia viene del Otro, del que depende que la demanda sea colmada. El camino del retorno hace al sujeto interrogarse sobre la carencia en la que se aparece a sí mismo como deseo.

El misterio de la redención de lo analizado esta en esa efusión imaginaria, de la que el analista es el oblato; ese objeto indiferente, es la sustancia del objeto: comed de mi cuerpo, bebed de mi sangre.

Se sabía desde antes de Fuere, que si el deseo es la metonimia de la carencia del ser, él Yo es la metonimia del deseo.

¿ A donde va la dirección de la cura? Tal vez basta con interrogar a sus medios para definirla en su rectitud.

  • Que la palabra tiene en ella todos los poderes, los poderes especiales de la cura.

  • Que estemos bien lejos en regla general de dirigir el sujeto hacia la palabra plena, ni hacia el discurso coherente, pero que lo dejemos libre de intentarlo.

  • Que esa libertad es lo que más le cuesta tolerar.

  • Que la demanda es la que se pone entre peréntesis en el análisis, puesto que esta excluido que el analista satisfaga ninguna de ellas.

  • Que puesto que no se pone ningún obstáculo a la confesion del deseo, es hacia eso hacia adonde el sujeto es dirigido e incluso canalizado.

  • Que la resistencia a esa confesión, en último análisis, no puede consistir aquí en nada sino en la incompatibilidad del deseo con la palabra.