Las religiones en la antigüedad tardía; Johman Carvajal Godoy

Religión hebrea. Religión egipcia. Religión celta. Religión griega y romana

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LAS RELIGIONES DE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA

Por: Johman Carvajal Godoy

Usualmente se ha señalado que la antigüedad tardía comprende los primeros siglos del cristianismo, esto es, todo el período en el que se lleva a cabo la expansión del cristianismo en el Imperio Romano. Por supuesto, que dicha expansión se hizo en territorios donde existían diversas y complejas prácticas religiosas, cuyas características no podemos comprender en términos generales y universales. La diversidad religiosa en aquellos tiempos era a la vez cultural y geográfica. Cultural si tenemos en cuenta que los intercambios eran comunes y corrientes, pero aparentemente unificada por el sistema político y militar del Imperio; y geográfica por los lugares en que se presentaban dichas manifestaciones, cuyos orígenes se remontaban a varios miles de años antes de Cristo, sustentados en una rica historia de grandeza y decadencia. Por supuesto que ese variado mundo religioso es contemporáneo del cristianismo primitivo.

En aquellos días no solamente debemos considerar el territorio judío en el cual se desenvuelve el naciente cristianismo, sino todo lo que tiene que ver con la cuenca mediterránea y con los territorios comprendidos entre Asia Menor y España, y entre el norte de África y el sur de las Isla Británicas. Sabemos que la semilla del cristianismo se siembra en Israel, pero es en los territorios mencionados donde va a encontrar su fuerza y su asentamiento definitivo. Por ello, me parece fundamental dar una idea del complejo mundo religioso de estos lugares geográficos, pues al fin y al cabo, es el contexto socio-cultural y religioso que se va a encontrar el primer cristianismo.

De las religiones de estos sitios voy a mencionar las que se van a encontrar los cristianos desde mediados del siglo primero hasta más o menos el siglo V: la religión romana, le religión griega, la religión de los egipcios, la religión de los celtas y, por supuesto, la religión de los hebreos. Aquí cabría una pregunta. ¿En este complejo mundo religioso qué influencias pueden tener las religiones orientales como el hinduismo, el budismo, el taoísmo, el confusionismo o las religiones tradicionales de China? Es cierto que habían rutas comerciales establecidas entre el lejano Oriente y Europa a través del Asia Menor, el Océano Indico, el Norte del Africa y través de Europa Oriental, pero eso no significa que hayan existido fuertes influencias de estas religiones, en las que se practicaban en las regiones que hemos mencionado y sobre todo en los lugares donde se va a desarrollar el cristianismo. Más bien se trataba de influencias aisladas en períodos de tiempo distintos que se pueden señalar fácilmente, como por ejemplo, la creencia en la reencarnación, que como se sabe es de origen hindú y no de otra parte, pues al fin y al cabo grandes grupos actuales de población de Oriente no creen en ella y consideran la muerte de otra manera como es el caso de los taoístas de la Isla de Taiwan y en algunos otros lugares de China continental.

Sabemos también que por su ubicación estratégica en el Asia Menor y en las islas del Mar Egeo, los griegos conocieron esta creencia, pero no es una constante en su religión. Y que además muchos grupos religiosos cristianos minoritarios como los Gnósticos hacia el siglo II d. de c., también creían en ella, lo que lleva a pensar a muchos estudiosos de las religiones comparadas, en una fuerte influencia de las creencias de las religiones Orientales en la cuenca del mediterráneo. Sin embargo, no ha sido posible demostrarlo. El resultado han sido vanos intentos que se quedan en meros registros de datos aislados como los que acabo de señalar.

Retorno a la idea de que es insuficiente hablar del contexto religioso existente en tiempos de Cristo, sino lo generalizamos a toda la cuenca mediterránea y sus áreas de influencia. La razón es muy sencilla: Cristo nació en Judea, pero Judea en ese tiempo era una colonia romana, un remoto rincón del Imperio Romano, con todo lo que ello significaba, esto es, la participación directa del pueblo judío en las formas de vida romanas, sus costumbres, su religión y su visión del mundo cosmopolita y universal; porque Roma es prácticamente el mundo conocido, con multitud de pueblos conquistados o aliados, cuyas remotas fronteras ocultan lazos culturales con otros pueblos bárbaros, para formar una pluralidad cultural y religiosa que de alguna manera toca las formas de vida del Imperio y de sus colonias cercanas o remotas. Es sabido que por su naturaleza de Imperio los romanos toleraban y respetaban las prácticas religiosas de los pueblos aliados o conquistados y que en la capital, Roma, permitían la construcción de templos de dioses extranjeros para que los visitantes de las colonias se sintieran como en su casa, como en su región, como en su capital, y tuvieran la facilidad de acercarse a sus divinidades sin tener la sensación de haberlas dejado en casa a cientos de kilómetros. Esto era considerado por los romanos como un asunto de Estado, como una técnica de conquista y seducción al extranjero; práctica característica de un Imperio enorme. Lo llamaban Elicio, o lo que es lo mismo, la capacidad de conquistar llamando a las divinidades de los pueblos bárbaros a su capital, según nos informa Robert Graves en Claudio el dios.

En el caso que nos ocupa sabemos que los romanos conquistan el territorio judío varias décadas antes del nacimiento de Cristo. Pero también sabemos que las relaciones entre el Imperio y la nueva colonia no fueron buenas, que fueron relaciones tormentosas, llenas de guerras, represión e imposición militar por parte de los romanos. La época del nacimiento de Cristo en Judea es turbulenta en lo que se refiere a lo político y lo religioso.

En lo político, en primer lugar, es la época de Herodes el Grande, un poderoso rey aliado del emperador Octavio Augusto -que fue emperador entre 31 a. de C. y 14 d. de C., es decir, que el nacimiento de Cristo y gran parte de su infancia ocurren cuando Octavio es el emperador de Roma y Herodes es el rey de los judíos-. Según nos cuenta Graves, Herodes no se caracterizaba, precisamente, por su piedad y su religiosidad. Un individuo cruel, que tuvo diez matrimonios, entre ellos con dos sobrinas de nombres desconocidos, y que ejecutó a tres de sus ocho hijos entre 6 y 4 a. de C. bajo sospecha de conspirar para tratar de quitarle el trono. Esto llevó a Octavio Augusto a afirmar aquella conocida expresión por los historiadores: “Es mejor ser el cerdo de Herodes que uno de sus hijos”.

Herodes el Grande propendía por una forma de vida al estilo de la corte romana. Un rey oriental con gustos de la nobleza romana. Un ejemplo de ello es que mandó construir una ciudad al estilo de las grandes ciudades romanas en las costas del territorio judío a la que llamó Cesarea. La construcción de Cesarea se inició en 22 a. de C. sobre un moribundo pueblo helénico, llamado Estratos, que albergaba toda clase de cultos religiosos y creencias. La pregunta es: ¿Toda clase de cultos religiosos y creencias en el territorio judío a 50 kms. de Jerusalem, considerando que los judíos se habían caracterizado históricamente por su rechazo a cultos extranjeros y por su fuerte y radical monoteísmo? Aquí tenemos un dato interesante: en tiempos del nacimiento de Jesús la influencia de la cultura greco-romana era notable, tan evidente que hasta lo más preciado de la tradición judía -su religión-, se veía asediada por cultos religiosos venidos de otras partes. En el futuro inmediato la romana Cesarea no va a cambiar mucho este panorama.

Herodes el Grande no construyó una ciudad judía. Cesarea era una extensión arquitectónica y cultural del Imperio Romano en Judea. El principal templo de Cesarea no era precisamente para el Dios de Israel. Herodes lo erigió sobre el puerto de la ciudad como un símbolo majestuoso de gratitud y lealtad a Roma y a Octavio Augusto, por haberlo hecho rey y por apoyar su posición de poder en el reino judío. El templo no era para Roma, la ciudad capital, sino para Roma, la diosa pagana, la representación alegórica del Imperio Romano, y Octavio Augusto, el emperador, como un dios, para que fuera adorado como tal. En las actuales excavaciones de Cesarea se conservan las estatuas de Roma y Octavio mandadas a hacer por Herodes. Increíblemente esto lo hacía al mismo tiempo que reconstruía el Templo de Jerusalem, el templo del Dios de Israel, el templo de Salomón. Es decir, que Herodes estaba haciendo algo inconcebible para un judío. Sin embargo, la verdadera intención del rey era establecer un equilibrio entre el Imperio y la tradición judía. Se trataba de quedar bien con el Imperio y quedar bien con los judíos, que lo odiaban por su oscura genealogía, como indica el historiador antiguo Flavio Josefo. Cesarea lo hacía romano. Allí se construyó un magnifico palacio que le permitía evadir las obligaciones religiosas que debía observar en Jerusalem como rey de los judíos.

La ciudad de Cesarea era, como se dijo, una ciudad romana. Su arquitectura, gobierno, cultura, teatros, anfiteatros, baños públicos, impresionantes acueductos -que traían agua del Monte Carmelo-, objetos lujosos, estatuas en todas partes de dioses, diosas, de emperadores, de nobles, de la diosa Cesarea -una alegoría como la diosa Roma-, la hacían romana, no judía. Así, en 10 a. de C., en las fiestas inaugurales de la ciudad, presentó en el anfiteatro competencias bélicas y juegos atléticos para entretener a sus benefactores romanos y a sus súbditos judíos. Posteriormente introdujo el mortal deporte romano de la batalla de gladiadores y la lucha de seres humanos con fieras, como emulación de sus amigos romanos y como expresión de la pasión del rey por los entretenimientos al estilo de Roma. Esta ciudad y este anfiteatro serían tristemente célebres. Muchos cristianos fueron encarcelados y ejecutados allí durante el siglo I, y cientos de judíos y cristianos enfrentaron fieras o fueron obligados a luchar con gladiadores. Hacia al año 66 d. de C. fue lugar donde comenzó la guerra entre los judíos y el Imperio tras la masacre de más 20.000 judíos por parte de los soldados romanos y los gentiles habitantes de la ciudad.

En lo religioso, en segundo lugar, es la época en que tres grupos de castas sacerdotales judías se encargan de dirigir la religión judía tradicional teniendo una poderosa influencia en el plano político. Las fariseos, los saduceos y los zelotas. Sin embargo, los grupos religiosos judíos no se circunscriben a estos tres. Desde el siglo II a.C., debemos considerar a los esenios -o los hijos de la luz, como se hacían llamar, una comunidad de místicos judíos que habían ocupado el enclave de Qumrán en las costas del Mar Muerto-. Allí floreció ésta importante comunidad religiosa del judaísmo tradicional hasta que Herodes el Grande llegó al reinado alrededor de 37 a. de C., cuando los esenios decidieron reintegrarse a la sociedad judía. Al parecer, según Graves, esta decisión se apoyaba en que Herodes y los esenios tenían como enemigo común a la dinastía hasmonea, pero más que eso, la simpatía que Herodes sentía por los esenios. Se ha llegado incluso a conjeturar que la simpatía mutua se apoyaba en que los esenios creían en la inminente llegada del Mesías, y que según la profecía de Jacob, en el Génesis, había una referencia explícita a que el Mesías vendría cuando el cetro de Israel ya no estuviera en manos de un Judío.

En efecto, Herodes no era judío sino idumeo o, lo que es lo mismo, edomita, era de una región al sur de Israel, con prácticas religiosas distintas al judaísmo tradicional. Edom es un lugar montañoso que se encuentra entre Arabia y Judea del sur. Herodes el Grande no pertenecía ni siquiera a una familia judía. Su madre era una mujer árabe, no judía. Debemos tener en cuenta que en la época, como actualmente, se es judío si se nace en una familia judía y, más estrictamente, si la madre es judía. La identidad directa se reconoce por línea materna. El historiador Flavio Josefo afirma que el origen judío de Herodes se remontaba a una generación, su padre, que era, además, converso, y no judío de nacimiento. Herodes, como sus descendientes Herodes Antipas y Herodes Agripa, siempre tuvieron conflictos serios entre la observancia de la ley religiosa judía, su innegable afición por la vida al estilo romano y su procedencia y conciencia como edomitas.

Herodes pronto defraudó a los esenios y decidieron regresar a Qumrán en los últimos años del reinado de éste y en el tiempo que duró en el trono su sucesor, su hijo Arquelao, esto aproximadamente entre 10 a. de C. y 6 d. de C. Desde estos años hasta el 68 d. de C. permanecen en Qumrám cuando los ejércitos romanos arrasan su monasterio en las campañas de represión militar para sofocar la revuelta judía comenzada dos años antes. Décadas de resentimiento judío terminan en guerra. Los esenios prácticamente desaparecen del panorama religioso judío desde este año, posiblemente, muchos de ellos combatieron contra los romanos en esta guerra y resistieron en la fortaleza de Masada, pues según el Pergamino de la Guerra -uno de los pergaminos encontrados en el desierto de Qumrán-, rechazan todo aquello que fuese corrupto para el sacerdocio judío y la ocupación de la Tierra Santa por parte de los infieles romanos, para lo cual estaban preparados para luchar hasta la muerte. En el 70, dos años después, el futuro emperador Tito arrasó Jerusalem y destruyó el Templo, el santuario sagrado de la fe judía o, lo que es lo mismo, el centro religioso por excelencia de los judíos.

Este hecho es fundamental en la historia de la religión judía pues ya no será la misma. Algunos grupos religiosos perderán o ganarán su influencia en el pueblo judío y en el Imperio Romano. La destrucción del Templo significó que los sacerdotes judíos interpreten este hecho desde una perspectiva espiritual muy particular. Para un sector de los fariseos había llegado el momento de dirigir de una manera total y absoluta la vida espiritual del pueblo de Israel. Los saduceos trataron infructuosamente de recuperar la influencia religiosa que habían perdido junto con la destrucción del Templo, fracaso que definitivamente los mantuvo al margen de la vida religiosa de su pueblo, hasta que desaparecieron, como organización sacerdotal, definitivamente, antes de finalizar el siglo I. Sin su Templo, y prácticamente sin sus sacerdotes, los judíos pierden su centro espiritual.

Estos conflictos político-religiosos entre los judíos y el imperio no son exclusivos del pueblo de Israel. Por el mismo tiempo los primeros cristianos, alrededor del año 60, comienzan a ser perseguidos por el emperador Nerón a través de todo el Imperio, a pesar de que al principio no fueron una amenaza política o religiosa. Las persecuciones se extenderán hasta principios del siglo IV cuando el emperador Constantino reconoce el cristianismo como religión oficial del Imperio. Sin embargo, entre el 60 y principios del siglo IV hay demasiado tiempo. Las persecuciones fueron una constante, pero no una cuestión absoluta. Algunos emperadores en este lapso de tiempo toleraron la presencia de los primeros cristianos.

El ambiente religioso mediterráneo, fuera del territorio judío, estaba dominado por la tradición greco-romana y por la religión de los egipcios, aunque ésta había entrado en decadencia desde que el emperador Octavio Augusto anexó Egipto al imperio romano en 31 a. de C., tras la guerra civil con Marco Antonio y la extensión de esta guerra contra Cleopatra, la última reina de una dinastía egipcia. Lo que no significa que los cultos a los dioses egipcios no se practicaran durante varios siglos después.

Tradicionalmente se ha creído que la religión de los romanos es una herencia directa de los griegos. Se ha llegado incluso a pensar, por ejemplo, que Zeus el todopoderoso dios de los antiguos griegos, había pasado de la tradición griega a la tradición romana con el nombre latino de Júpiter. Que era originariamente un dios griego y que los romanos simplemente le habían puesto el nombre latino. Y así, valía para los demás dioses del Olimpo que llanamente fueron convertidos, por razones culturales, en dioses romanos mediante al acto sencillo de darles nombres latinos, porque los griegos tenían lo que se ha llamado, una sofisticada religión, y que, por lo tanto, un pueblo civilizado, como los romanos, debía adoptar una religión sofisticada. El asunto es mucho más complejo de lo que parece. No se trataba de una simple herencia de dioses griegos para el poderoso pueblo romano. Más bien el griego Zeus y el latino Júpiter eran versiones de la misma divinidad indoeuropea antigua. De la misma manera que griegos y romanos tenían versiones de varias antiguas diosas egeas y, particularmente, tenían también dioses que pertenecían a tradiciones propias de cada uno de ellos.

Lo más conocido de la religión de los griegos es el panteón olímpico y la multitud de seres fabulosos que hacen de esta religión uno de los legados más ricos del mundo antiguo. Pero la religión griega y romana que se conoce en tiempos del nacimiento de Cristo, es el producto de un milenario proceso de formación donde van a existir generalidades religiosas de ciertos pueblos que colonizaron estos lugares, o también el enriquecimiento de esos universos divinos a través del intercambio cultural con otras religiones menores a través de procesos de conquista, invasiones o simples contactos comerciales o políticos. No en vano tanto el área de influencia de la cultura griega -pues la Grecia de hoy no es la Grecia antigua- como la península itálica, eran cruces de rutas comerciales importantes y puntos estratégicos para dominar militarmente la cuenca del Mediterráneo, como para controlar las rutas comerciales terrestres y marítimas.

Sabemos que en el tiempo en que nació Cristo, por ejemplo, judíos romanizados apóstatas, practicaban en Judea cultos a dioses romanos. La mayoría de los judíos practicaban y respetaban su tradición, pero algunas minorías que propendían por el estilo de vida romano, accedían fácilmente a cultos paganos -recordemos lo que ocurría en Cesarea-. Por aquel tiempo existían santuarios a dioses romanos y sirios en Judea, cuestión que no era muy bien vista por los zelotas o nacionalistas judíos que asiduamente atacaban estos lugares o a sus practicantes.

Entre la ciudad sagrada de Belén y Hebrón hacia las costas del mar Muerto, existió un famoso santuario de adoración a la romana Venus, diosa de la fertilidad y el amor, y al sirio Adonis. El mito de Adonis se origina en una leyenda siria a la que ya Hesíodo había hecho alusión en el siglo VIII a. de C. Sin embargo, los orígenes semíticos de la leyenda son evidentes. Según Pierre Grimal en su Diccionario de Mitología Griega y Romana, “el propio nombre del dios deriva de la palabra hebrea que significa ^Señor^”. Y prosigue: “El culto de Adonis se difundió por el mundo mediterráneo en la época helenística, y la leyenda aparece ya representada en algunos espejos etruscos.” Recordemos lo esencial del mito: cada año Adonis sufre una trágica muerte por una herida mortal producida por un jabalí y cada año con el florecer de la primavera la diosa Venus le otorga la vida nuevamente. Los adoradores de Adonis lloraban su muerte y celebraban su regreso a la vida. Así ocurría según la tradición romana, y así ocurría entre los judíos romanizados de Judea.

Ahora bien, la tesis más reciente que se maneja para dar cuenta de la conformación de la religión de los griegos y la religión de los romanos, afirma que alrededor de 2500 a. de C. pueblos de agricultores de las islas y de las costas del mar Egeo fueron desplazados por invasores provenientes del noroeste, es decir, desde las tierras del Asia Central, hacia Italia, el centro, sur y norte de Europa hasta las islas Británicas; y a través de Europa Oriental, Asia Menor, el norte del África y España, por rutas comerciales establecidas desde tiempos inmemoriales. Los habitantes de este lugar fueron denominados por los egipcios de aquel tiempo como los Pueblos del Mar.

Según Robert Graves en La diosa blanca, se caracterizaban por el culto a una diosa Madre ya fuera en un culto monoteísta o en cultos politeístas a través de las diversas manifestaciones de la diosa. Se le conocía como la diosa Madre egea cuyos rituales fueron llevados a cada uno de los sitios que colonizaron los Pueblos del Mar luego de ser desalojados de sus territorios originarios por los invasores asiáticos. Tenían además un sistema agrícola avanzado apoyado en su impresionante conocimiento de los ciclos de los cuerpos celestes, es decir, que eran excelentes astrónomos, pues basados en este conocimiento desarrollaron un calendario lunar que señalaba exactamente los tiempos sagrados de cosecha y recolecta que aseguraba su supervivencia. Este calendario lunar tenía 13 meses de 28 días para un total de 364 días. Ellos sabían muy bien que las estaciones no eran producidas por la Luna sino por el Sol, de manera que equiparaban el calendario lunar a la duración del calendario solar de 365 días. Simplemente aumentaban un día al final del año que no contaban, ese día equivale al actual 23 de diciembre. Así su primer día del año correspondía al 24 de diciembre y el último al 22 de diciembre, que para la época señalaba uno de los cuatro días más importantes del año: el solsticio de invierno, pues indica el nacimiento de una nueva estación y es el día en que los días comienzan a hacerse cada vez más largos hasta el más largo del año, el solsticio de verano, el 21 de junio.

Pero ¿por qué no consideraban al Sol como un dios más importante? La razón es que a pesar de que aparentemente el Sol fuera más importante, místicamente el significado religioso de la Luna lo era mucho más: del Sol depende la vida en la Tierra, pero la vida del Sol depende de la Luna. De la misma manera en que estas sociedades matriarcales sacrificaban anualmente al rey sagrado, la diosa Luna cada determinado tiempo sacrifica al Sol. Esto se veía representado en los eclipses de Sol como también en el menguado poder del Sol en determinadas épocas del año: en otoño y en invierno. La diosa Madre y la diosa Luna son la misma cosa y su poder se ve representado en el hecho de dar vida y de producir la muerte, sobre todo, la capacidad de dar muerte a aquello que potencialmente da la vida. No es gratuita la relación que históricamente se ha establecido en Occidente entre la Luna, la muerte, la noche, los fantasmas, espectros y los muertos, entre otros.

El calendario celebraba, también, los tres aspectos más importantes que presentaba la diosa Madre: la diosa virgen al inicio del año, la diosa adulta en la mitad del año y la diosa anciana en el fin del año. Pero hemos dicho, además, que la diosa Madre es la Luna. Los Pueblos de Mar consideraban que la Luna también se presentaba en tres aspectos: como Luna nueva era la diosa del nacimiento y la belleza, como Luna llena era la diosa de la batalla y el amor y como Luna menguante era la diosa de la adivinación y la Muerte. ¿Recuerdan que las diosas griegas del Olimpo eran seis? Ciertamente esas seis diosas griegas son versiones de la antigua diosa Madre egea. Recuerden que dos de ellas, Palas Atenea y Artemisa, son diosas vírgenes; dos son adultas y están relacionadas con el amor y la batalla, Afrodita y Deméter; y dos son ancianas y están vinculadas con la muerte y la adivinación, Hera y Perséfone. Entre los romanos estas mismas diosas egeas fueron conocidas como Minerva y Diana, las vírgenes; Venus y Ceres, las adultas; y Juno y Proserpina, las ancianas hechiceras. Entre los pueblos escandinavos también las encontramos, entre otras, Tuisto y Freya, las diosas que dan los nombres a los días de la semana anglosajones tuesday y friday.

¿Pero si Judea hacía parte del Imperio Romano, cómo veían los romanos las demás religiones del imperio? Hemos mencionado que tradicionalmente los romanos eran tolerantes con las religiones de sus pueblos conquistados. Pero una cosa es que fueran tolerantes, y otra las consideraciones de superioridad de su religión frente a las toscas religiones de los bárbaros. Los romanos consideraban las demás religiones como supersticiones, más o menos elaboradas, si se apoyaban en una determinada tradición que las sustentaran. De resto no tenían ninguna validez. Otro asunto importante era la imposición del culto de los dioses romanos y del emperador en todos los lugares y santuarios del Imperio. En muchas regiones esto no era un problema, pues las prácticas politeístas eran normales. Pero en el territorio judío esto era un verdadero problema. En los tiempos en que nació Cristo los judíos tuvieron que enfrentar serias dificultades tras algunos decretos imperiales que obligaban a celebrar la divinidad del emperador en cada santuario del imperio. Si algunos emperadores hacían caso omiso de esta circunstancia hubo algunos que, en efecto, impusieron sus pretensiones de divinidad, o en su defecto, llegaban a pactos con las autoridades religiosas judías.

Una idea de este asunto nos la presenta Robert Graves en Claudio el dios, a mediados del siglo I. El caso más celebre es el de Calígula -emperador entre 37 y 41 d. de C.- Este evento explica que a pesar de que siempre se ha pregonado la tolerancia religiosa romana, sí existieron conflictos religiosos entre la religión imperial y algunas religiones de pueblos conquistados. Calígula, como cualquier emperador, hacía parte de las divinidades romanas -salvo las objeciones de los detractores, que por ello podían ser ejecutados-. Hacia el año 41 d. de C. Calígula declaró su divinidad. Comenzó a cortar las cabezas de las estatuas de los dioses para sustituirlas por la propia y mandó erigir estatuas del emperador en todos los templos del Imperio, incluidas las sinagogas judías, el Templo de Jerusalem, los templos griegos y que tanto judíos, griegos y otros pueblos, utilizasen su divino nombre en los juramentos. En ciudades no judías, como Alejandría, en Egipto, que tenía una altísima población de judíos y de griegos, los judíos rechazaron el edicto imperial. En Alejandría el resultado fue un cruel programa de selección de la población judía y su feroz ubicación en las callejas de los sitios más miserables de la ciudad, la quema y saqueo de más de cuatrocientas casas de mercaderes judíos y el asesinato y mutilamiento de sus dueños. Los sobrevivientes recibieron incontables insultos.

Según escribe Graves, en Jerusalem se dio la orden de que la estatua de Calígula fuese colocada en el Templo y de que fuese sacada en los días de festividades públicas y adorada por todos los habitantes de Jerusalem judíos y no judíos. Cuando se leyó el edicto por el gobernador romano en Judea estallaron impresionantes motines que obligaron al gobernador a refugiarse en los campamentos romanos fuera de la ciudad y huir a Siria con un salvoconducto. El emperador se enteró y enfureció. ¿La orden? En una carta al gobernador de Siria le ordenó reunir una fuerza de auxiliares sirios y dos regimientos romanos, marchar a Judea y poner en vigor el edicto a punta de espada. Este gobernador, un tal Publio Petronio, armó los regimientos y escribió una carta al Sumo Sacerdote y a los principales notables judíos, informándoles de sus instrucciones y de su intención de ponerlas en práctica. La respuesta judía no fue una confrontación: unos diez mil judíos entre sacerdotes, ancianos y notables viajaron a encontrar el ejército romano con una súplica para que no fuera violado su Templo y ofrecieron su cabeza a la espada del gobernador. El gobernador no hizo nada. Sólo comunicó al emperador lo que estaba ocurriendo.

A los judíos los salvó una treta del rey judío Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, amigo personal del emperador Calígula, cuando le dijo que tenía claro que la obligación de todos era cumplir la voluntad del divino emperador, pero que los judíos no podían permitir que su divina majestad fuese insultada, pues ellos no adoraban a su dios sino que lo insultaban, que su dios era más bien un antidios, que era una estatua de un tosco y enorme asno, con largas orejas, enormes dientes y que todos los días santos los sacerdotes lo insultaban con los más viles cánticos y lo salpicaban de excrementos y desperdicios, y que luego lo paseaban en un carruaje por todo el patio interior del templo para que toda la congregación lo insultase de manera similar. Bajo ninguna circunstancia -proseguía Herodes- ellos podían permitir que la divina estatua del emperador pasara por este ignominioso acto. Calígula se creyó todo ésto y agradeció a Herodes y a los judíos, porque preferían morir antes que insultar a su emperador. Los judíos se salvaron de una masacre y una guerra. Al gobernador Publio Petronio no le fue tan bien. Por no cumplir la divina orden de Calígula este le envió una carta donde le ordenaba que se suicidara antes de que le diera la orden a la guardia de que lo ejecutara. Por problemas de transporte la carta del emperador no llegó a tiempo. Primero llegó la noticia de la muerte de Calígula. Petronio se sintió tan aliviado que casi abrazó el judaísmo.

La otra religión importante en la cuenca del Mediterráneo en tiempos del nacimiento de Cristo es la religión egipcia. Como se ha podido notar, hemos venido señalando las religiones mediterráneas por sectores geográficos. Ello puede dar la impresión de que cada una de esas religiones se circunscribe estrictamente a cada uno de los lugares mencionados, pero lo cierto es que si miramos la extensión que hay del Asia Menor a España y del norte del África al norte de Europa, el territorio no es muy extenso. Hagamos una simple comparación, podemos verlo en cualquier enciclopedia: comparativamente Europa tiene aproximadamente la misma extensión que Brasil; toda América es varias veces mayor que ella. Ahora bien, un lugar geográfico tan pequeño, con una historia tan convulsionada, llena de guerras, invasiones e intercambios culturales y, lo más importante, que las zonas continentales giren en torno al Mediterráneo como un referente de supervivencia y de dominio territorial, hacen muy difícil que la cultura, tradiciones y religión de un pueblo determinado permanezcan sin permear. Ya hemos mencionado el caso del culto a dioses romanos en territorio judío y lo vamos a ver más adelante a propósito del culto a la diosa egipcia Isis en la mayor parte del Imperio romano. De hecho en el territorio judío existían ciudades con nombres romanos, Cesarea o Tiberiades, o sitios geográficos con nombres romanos, el lago Tiberiades -actualmente el mar de Galilea-.

Ahora bien, veníamos diciendo que la otra religión bien visible en tiempos del nacimiento de Cristo era la religión egipcia. Era la religión más antigua de la cuenca del Mediterráneo, cuyos orígenes se remontan hasta 4000 años a. de C., aunque su organización, más o menos como la conocemos hoy, y que se conocía por el tiempo de Jesús, data aproximadamente de 3000 a. de C. Lo cierto es que en el período más remoto la religión egipcia giraba en torno a la adoración de fuerzas de la naturaleza y sobre todo de las prácticas totémicas. Lo que vamos a tener después es un remanente de un legado de eras muy primitivas y de un barbarismo del que los egipcios emergieron gradualmente.

Tenemos serios indicios de que originalmente los dioses egipcios locales eran animales o fuerzas de la naturaleza. Digo locales por la cantidad de dioses extranjeros o de otras regiones que ellos poseían. Dioses que habían llegado por invasiones de ellos a otros pueblos, de otros pueblos a ellos o por simple intercambio cultural o comercial. Recordemos que un buen número de las 30 dinastías egipcias no eran originalmente egipcias. ¿Un ejemplo? La última dinastía a la que perteneció la reina Cleopatra era de origen griego, la dinastía de los griegos ptolomeos. Descendientes de Ptolomeo, aquel general griego, que a la muerte de Alejandro el Grande, se queda con una porción de sus tierras conquistadas, Egipto.

Ahora bien, si los dioses egipcios originalmente, hacia 3000 a. de C. eran animales, no van a permanecer con esa apariencia durante mucho tiempo. Según, Max Muller, hacia la primera dinastía, eran animales. Pero durante la primera parte de la segunda dinastía eran mitad humanos y mitad animales. Y al finalizar esta segunda dinastía eran humanos con pequeños rasgos animales. Al menos en lo que tiene que ver con los siete dioses más importantes que son los que pertenecen al mito de renovación egipcio: Osiris, Isis, Seth, Neftis, Horus, Toth y Anubis. Desde la segunda dinastía alrededor de 2900 a. de C. los dioses egipcios prácticamente no cambian en nada, permanecerán así hasta los tiempos del Imperio Romano y mucho tiempo después del nacimiento de Cristo.

Osiris en sus orígenes era un toro, luego un dios mitad humano y mitad toro, y finalmente un dios con apariencia humana pero con dos enormes cuernos. Usualmente se le representaba también como Rá, el dios Sol, esto es, un dios con apariencia humana, dos enormes cuernos de toro y en medio de los dos cuernos el disco solar.

Isis originalmente era una vaca. Posteriormente mitad vaca y mitad humana, y finalmente, una bella diosa con apariencia humana con dos pequeños cuernos de vaca en la frente. También se le representaba y se le identificaba con Hathor, la vaca celestial.

Seth era originalmente un asno, luego mitad asno y mitad humano, y finalmente conserva sólo las orejas del asno. Se le conocía como el pelirrojo Seth.

Neftis era una serpiente, luego mitad humana y mitad serpiente, para ser, finalmente, una diosa con apariencia humana y cabeza de serpiente.

Horus era originalmente un halcón. Hacia principios de la segunda dinastía un dios mitad humano y mitad halcón, y hacia el final de la segunda dinastía un dios con apariencia humana, pero con cabeza de halcón.

Toth, el escribano real en los juicios de las almas de los muertos, era al principio un ibis, luego mitad ibis y mitad humano, y hacia la terminación de la segunda dinastía, era un dios con apariencia humana con cabeza de Ibis

Y finalmente, Anubis, el dios del embalsamamiento, era un chacal, que luego es mitad humano y mitad chacal, para finalmente ser un dios con apariencia humana pero con cabeza de chacal.

La importancia de hacer esta taxonomía radica en el hecho de resaltar un aspecto fundamental de la religión egipcia: la misma apariencia de los dioses durante un enorme lapso de tiempo, salvo las pequeñas modificaciones normales, entre más o menos 2900 a. de C. hasta el Imperio Romano por la época del nacimiento de Cristo. La implicación directa es que los mismos egipcios, los pueblos vecinos a Egipto y los demás pueblos mediterráneos conservaban una idea fija de la religión egipcia y no tenían que hacer mucho esfuerzo para conservar una visión panorámica de esta religión. Pocos cambios en la apariencia de la religión de los egipcios implicaba una forma sencilla de entenderla, comentarla y de tener una idea general, fácil de asir y de comprender. Pero esto pertenecía a la esencia misma de esta religión: una clase sacerdotal que conservaba celosamente la tradición permitiendo pocos cambios en la apariencia de los dioses, los rituales y la forma de presentarla a los extranjeros. ¿El resultado? El culto y el conocimiento de los dioses egipcios fuera de Egipto. Esto se puede demostrar fácilmente. Una de las más espectaculares descripciones de una diosa egipcia, la diosa Isis, no la hace un egipcio en los pergaminos, murales o en el Libro de los Muertos, sino un romano. Lo que explica cómo otros pueblos no egipcios, no sólo conocían a la diosa Isis sino que su culto era practicado en otras regiones mediterráneas. Este autor romano se llamaba Apuleyo. Aunque propiamente no nació en Roma, la capital del Imperio, sino en el norte de África cerca de la antigua Cartago en el siglo II de nuestra era. Nació en 114 y murió entre 185 y 190. Sin embargo, era un romano y no un bárbaro. Individuo versado en filosofía, retórica y excelente dominador del griego y el latín. Es una de las fuentes más ricas que tenemos acerca de la forma en que vivían los romanos de la época. Esta impresionante descripción de Isis aparece en una bello libro denominado El asno de oro.

En la historia de El asno de oro Lucio -el protagonista- se convierte en sacerdote del culto de Isis y por lo tanto del culto de Osiris. Dato interesante si tenemos en cuenta que el protagonista de la historia es Lucio, un romano. Esto es, un romano que se convierte en sacerdote de los principales dioses egipcios.

Es importante tener en cuenta que la fecha de escritura de este bello texto es el siglo II d. de C. De manera que el mundo romano estaba familiarizado con el culto a Isis en un período tardío en comparación con el apogeo de la religión de los egipcios en Roma, hacia el reinado de los emperadores Julio César y Octavio Augusto, unos cuantos años antes y después de Cristo.

Ahora bien, además de considerar panorámicamente las religiones judía, griega, romana y egipcia, como las principales religiones que se practican en la época del nacimiento de Jesús, hay otra religión que dominaba una extensión de territorios enorme, sólo comparable al mismo imperio romano: la religión de los celtas. Tradicionalmente en nuestro medio no se habla mucho sobre esta religión y no ha interesado tampoco, sobre todo cuando se trata de investigar nuestro antepasado cultural europeo. Siempre nos hemos identificado con la cultura griega y la cultura romana. Sabemos los nombres de los dioses greco-romanos -muchas veces de memoria- y la mayoría de los mitos que nos llegan a través de la literatura clásica: Homero, Hesíodo, Horacio, Ovidio, Apuleyo, etc. A los egipcios los abordamos como un pueblo muy civilizado que le enseñó cosas interesantes a los griegos, como los conocimientos en aritmética, geometría y astronomía, para que posteriormente los desarrollaran como conocimiento científico. ¿Y su religión? Algo interesante como cultura general y bellas representaciones jeroglíficas en los murales en frescos, y en los alto y bajo relieves en piedra. No más. Por ejemplo, sabemos más de los jeroglíficos egipcios que de la escritura jeroglífica de los centroamericanos mayas de los cuales podemos leer hoy el 90%. Los jeroglíficos egipcios los vemos como una impresionante representación de la tenacidad del ingenio humano, y los jeroglíficos mayas los vemos como vestigios de mensajes de los extraterrestres en la Tierra o como profecías por cumplir desde el boom de la Nueva Era, el misticismo y la denominada nueva espiritualidad del siglo XXI.

Pero de los celtas casi nada. Si hacemos el ejercicio de mencionar los dioses y las tradiciones celtas no pasamos de, tal vez, cinco dioses, mitos o leyendas celtas. Pero si hablamos del mago Merlín, la zaga del rey Arturo, los caballeros de la mesa redonda, Robin Hood, los cuentos de Canterbury, el pequeño Gwion, las escobas de las brujas, Blanca Nieves y los Siete enanitos, bosques sagrados, de hadas, trolls, duendes y seres fantásticos de los bosques, tenemos remembranzas culturales que conllevan una vasta familiaridad con lo que acabamos de mencionar. Así nos damos cuenta que de los celtas sabemos mucho y que si estamos familiarizados con la tradición cultural greco-romana y con los egipcios, con la cultura celta lo estamos igual o mucho más. Veámoslo más detalladamente, pues en los tiempos de Cristo aunque no eran muy conocidos, por supuesto, la leyenda del mago Merlín y del rey Arturo, o el cuento de Blanca Nieves, el mundo mediterráneo sí estaba familiarizado con la cultura celta y su religión.

Sabemos, por ejemplo, que entre Inglaterra, el centro y norte de Europa, y el norte de África y el Asia Menor existían rutas comerciales desde varios siglos a. de C. En tiempos de Jesús Inglaterra formaba parte de la red de comercio existente en todo el Mediterráneo; Inglaterra tenía estaño que era una mercancía valiosa en aquellos días; estaño que se comerciaba hasta Judea y el resto de Asia Menor.

Una fuente directa de la época es el emperador romano Julio César que conoció los celtas y escribió sobre ellos. Julio conoció a los celtas en la conquista de Galia -actualmente Francia- entre 59 y 51 a. de C. y en las campañas militares contra los Pompeyanos en España hacia 45 a. de C. Anne Ross, especialista en la cultura de los antiguos pueblos celtas, en su libro Druidas, dioses y héroes de la mitología celta, afirma que:

Hacia el 500 a. de c. se produjo la aparición de los formidables y apasionados celtas de La Tène, que recorrieron Europa en sus carros de guerra, de dos ruedas con llantas de hierro, venciendo a los etruscos, estableciéndose en la península italiana, en partes de Grecia y Asia Menor (Galacia), y llegando por el Oeste hasta la península Ibérica y las islas Británicas.

Para Ross:

Los demás pueblos les temían, pero a pesar de ello les admiraban por su habilidad técnica, su arte, su fervor religioso y su pasión por aprender. El año 390 a. de C. saquearon Roma, y el 279 a. de C. una tribu celta del Asia Menor, los galacios, atacó la ciudad griega de Delfos. Este ataque fracasó, pero los celtas se quedaron en los Balcanes, lanceros que sirvieron a muchos dirigentes, entre ellos Alejandro Magno, y que debieron viajar mucho, llegando probablemente hasta China.

El año 225 a. de C. su poder empezó a desmoronarse, cuando un gran ejército de celtas de Galia fue derrotado en Telamón, al norte de Roma, por dos ejércitos romanos. A partir de entonces, la supremacía celta en Europa declinó gradualmente, aunque aún pasarían doscientos años antes de que Julio César conquistara la Galia, en el 58 a. de C., y casi otros cien antes de que una gran parte de Gran Bretaña quedará incorporada al imperio romano [en tiempos del emperador Claudio, entre 41 y 54 d. de c.].

Según Ross:

El rey-druida Diviciaco fue amigo personal de Julio César y permaneció con él en Roma; así pues, cuando César escribía acerca de la estructura de la sociedad celta, estaba empleando información de primera mano. Según sus escritos, había dos clases de personas de cierta dignidad e importancia. A la gente común se la consideraba casi como esclavos. Las dos clases privilegiadas eran la de los druidas y la de los caballeros. Los druidas se ocupaban del culto a los dioses, supervisaban los sacrificios públicos y privados y explicaban las cuestiones religiosas. Tenían derecho a decidir en casi todas las disputas públicas y privadas; ejercían de jueces, imponiendo recompensas y castigos en los casos criminales y en las disputas por herencias y límites territoriales. Cuando una persona o una tribu desobedecía sus reglas, le prohibían asistir a los sacrificios. Se trataba de un castigo muy duro, pues la persona excluida se convertía en un marginado, sin derechos en la tribu.

Los druidas tenían un jefe que mandaba sobre todos ellos. Cuando moría le sucedía el más honorable de los demás; si la elección era difícil, se recurría a la votación o incluso al combate. En una época concreta del año, todos se reunían en asamblea en un lugar sagrado [en un bosque y no en otra parte], considerado como el centro de toda la Galia. Los que tuvieran algún pleito por resolver acudían allí y aceptaban la decisión de los druidas.

Probablemente, dice Ross, el punto de reunión de los druidas galos estaba en la actual ciudad de Chartres. Los irlandeses tenían un santuario druídico equivalente en Tara y los de Gran Bretaña tenían su centro en la isla de Anglesey.

Según César, los druidas aprendían de memoria enormes cantidades de poesía. Algunos de ellos prolongaban sus estudios durante veinte años. Consideraban inadecuado utilizar la escritura en sus estudios, aunque usaban el alfabeto griego para casi todo lo demás, en sus asuntos públicos y privados.

Una de las principales tareas religiosas de los druidas consistía en predicar a la gente que el alma nunca se destruye, sino que tras la muerte pasa de un cuerpo a otro. Esto daba valor a los guerreros, que así superaban el miedo a la muerte. Otro autor romano describió la eficacia de esta enseñanza. Según cuenta, algunos de los celtas despreciaban de tal modo la muerte, que iban al combate desnudos excepto por un ceñidor. Cuando dos ejércitos se enfrentaban los guerreros avanzaban por delante de los carros, desafiando a combate personal a los enemigos más valientes y blandiendo sus espadas y jabalinas con el fin de infundir terror.” [Por esta razón tenían fama de ser fieros guerreros y muchos pueblos les tenían verdadero respeto]. La creencia en que el alma pasa de cuerpo a otro, no es estrictamente la reencarnación hindú. Posiblemente la creencia celta y la creencia hindú tienen un antepasado común, pero esencialmente no son la misma.]

“En el amplio mundo celta había muchos dioses y diosas, la mayoría de los cuales sólo los conocemos por inscripciones, nombres geográficos, referencias romanas y, sobre todo, gracias a las historia que han sobrevivido en Irlanda, Gales, [Escocia y Palma de Mallorca en España]. Los celtas tenían una larga tradición oral, y las historias que contaban acerca de sus dioses y héroes reflejan un antiguo modo de vida que debió ser común a toda Europa. [Historia que de un modo u otro sabemos, pues se relacionan directamente con la mentalidad del europeo de varios siglos a. de c., y que se conservan en la memoria colectiva de las sociedades occidentales actuales]

Otras palabras más sobre ellos. El apogeo de la cultura celta data del 300 a. de c. aproximadamente. Ocupaban y dominaban todas las tierras desde el Mar Báltico -las actuales costas de Dinamarca, Suecia, Finlandia, Rusia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, y Alemania- hasta el Mediterráneo y desde el Mar Negro -en las actuales repúblicas del Cáucaso y Europa Oriental- hasta las costas de España y de Irlanda en las Islas Británicas. El origen de los celtas se remonta a las invasiones de los pueblos indoeuropeos desde las tierras al norte del Mar Negro -en distintos períodos entre 2500 a.c. y 1500 a.c.- a toda Europa, India, Asia Menor y el Norte de África.

Realmente hoy no sabemos como se llamaban originalmente los indoeuropeos. Los llamamos así porque entraron simultáneamente a India y Europa, llevando su religión patriarcal de adoración a una trinidad de dioses masculina que todavía en India se conocen como Indra, Varuna y Mitra, y que los griegos conocieron como Zeus, Poseidón y Hades, y los romanos como Júpiter, Neptuno y Plutón. Dioses representados como el Sol, armados de rayos y que expresaban la superioridad masculina frente a las mujeres, a través de la fortaleza física y el espíritu guerrero de estos pueblos nómadas originarios del Asia Central. Los griegos en tiempos del poeta Homero hacia el siglo IX a.c. los conocieron como los Aqueos, que se diferenciaban de los griegos primitivos denominados los pelasgos. “Los melenudos Aqueos” de que habla Homero, individuo enormes, muy violentos, guerreros por naturaleza, rubios y de una fortaleza física impresionante. Se les conocía como los Arii, los aryan, los Arios, los Caucásicos o la bestia Rubia. Se diferenciaban de los pelasgos de menor estatura y piel morena. Estos últimos tenían, entre los indoeuropeos, una pésima reputación por la costumbre de tatuarse todo el cuerpo -por lo que también los conocían como los Pictos- y por su fama de enfermos sexuales por sus costumbres endogámicas. Los pelasgos fueron prácticamente exterminados por los indoeuropeos.

Los celtas eran, pues, un pueblo de raza indoeuropea y culturalmente hablando es innegable la influencia de los pueblos celtas en la conformación de las formas de vida en la Europa posterior al siglo II a. de c. La lengua indoeuropea, el sánscrito, es la lengua a partir de la cual evolucionan la mayoría de los idiomas europeos y algunos dialectos hindúes. La religión celta pasará a hacer parte de la memoria colectiva de los europeos precristianos y de fuertes elementos culturales de la Europa Cristiana: toda la tradición que ha sobrevivido en los cuentos de seres mágicos de los bosques, bosques encantados, duendes, gnomos, hadas, animales mágicos, brujas, magos, príncipes encantados y doncellas semi-divinas, además de otros elementos que perduran en las festividades más importantes de nuestro tiempo, como el arbolito de navidad, cuya tradición se remonta a los antiguos cultos de adoración de los árboles o de los bosques sagrados por parte del pueblo celta y de sus sacerdotes, los druidas, o lo que es lo mismo, a las prácticas de la magia arbolaria de los sacerdotes druidas celtas.

Sus cultos de adoración giraban en torno de la magia arbolaria o de la adoración de árboles sagrados y de los animales sagrados de los bosques. En primer lugar, ellos veían en los árboles, tras en ciclo estacional, la sucesión de la vida y la muerte, y luego el renacimiento de la naturaleza. Esto lo aplicaban a sus creencias sobre el alma. De que el alma no muere sino que renace en otro cuerpo. Sucesión de vida-muerte-vida-muerte hasta el infinito. Los árboles sagrados son 13 y están dedicados a cada uno de los meses lunares de 28 días de su calendario estacional que tomaron de las antiguas sociedades matriarcales que mencionamos anteriormente. El significado de cada uno de los árboles está relacionado con los eventos más importantes de la vida de los celtas: el nacimiento, la muerte, la virginidad femenina o la pureza virginal, la virilidad masculina, la procreación, la guerra y la sabiduría.

En segundo lugar, la adoración de los animales también tenía el mismo sentido. Celebrar la vida y la muerte tal y como ellos la entendían. De los animales dependía su vida y su muerte. Tanto como alimento como para la guerra. Sus animales sagrados por excelencia eran el caballo y el ciervo. El caballo por lo que representaba para la guerra y el ciervo porque sus cuernos mudaban cada año de la misma manera que mudaba la naturaleza de la muerte al nacimiento, del invierno a la primavera.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Hemos visto, de una manera muy general y muy panorámica, y espero que me perdonen este abuso, el complejo mundo de las religiones mediterráneas en la antigüedad tardía, y sobre todo, de las religiones de los pueblos que culturalmente tienen que ver con el desarrollo del naciente cristianismo.

Hemos podido observar que aquellos días son tiempos difíciles en lo socio-político y lo religioso. De una pluralidad cultural muchas veces difícil de entender. Un mundo hostil cuyo telón de fondo es la violencia y opresión del Imperio Romano, pues la situación de las colonias era, generalmente, terrible y espantosa.

En ese complejo mundo religioso y en la horrible situación de imposición cultural del Imperio, florece la doctrina cristiana. Todos sabemos que eso no ocurre de un día para otro. Que tomó siglos el hecho de que el mundo antiguo comprendiera el mensaje cristiano. Fue un trabajo arduo, enorme y con muchas complicaciones.

GRAVES, Robert. Claudio el dios y su esposa Mesalina. Barcelona: Orbis, 1988.

Herodes inicialmente recibió la gobernación de Galilea de manos de Julio César y fue nombrado rey de los judíos por orden conjunta de Marco Antonio y Octavio Augusto.

A 56 kms. al norte de la actual Tel Avid en la costa mediterránea.

FLAVIO JOSEFO. Cuestiones judías.

Este hecho histórico convirtió la religión egipcia en una especie de novedad ornamental para la élite romana.

Sobre este asunto consultar el texto de CARDONA, Francesc-Lluís. Mitología romana. Barcelona: Edicomunicación, 1992.

GRIMAL, Pierre. Diccionario de Mitología Griega y Romana

GRAVES, Robert. La diosa blanca. Madrid: Alianza, 1983.

GRAVES, Robert. Claudio el dios y su esposa Mesalina. Op.Cit.

MULLER, Max. Mitología egipcia. Barcelona: Edicomunicación, 1990.

APULEYO. El asno de oro.

Salvo el bombardeo recibido en los últimos años a través del cine y la televisión, por ejemplo, El señor de los anillos, Harry Potter, Las nieblas de Avalon, Willow y las corrientes presentaciones en caricaturas de Walt Disney como Fantasía y Fantasía 2000, entre otras.

Ross, Anne. Druidas, dioses y héroes de la mitología celta. Madrid: Anaya, 1988.

La explicación entre corchetes es mía.

La explicación entre corchetes es mía.

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