Las flores del mal; Charles Baudelaire

Literatura universal del siglo XIX. Narrativa contemporánea. Prosa baudeleriana. Biografía. Argumento. Lenguaje. Versos. Dolor. Juventud. Amor

  • Enviado por: Yia
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 13 páginas

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ADORADO POETA MALDITO

(A manera de introducción)

Pocos escritores han expresado con tanta exactitud el placer de los sentidos, el dolor de la conciencia ante la bestialidad y el pecado.

En el siguiente trabajo pretendo mostrar un poco de lo mucho que Charles Baudelaire dejo como legado para todos aquellos románticos, enamorados que se regocijan con el dolor, que buscan en sus líneas algo mas que simples palabras dulces tomando como base su obra Las flores del mal.

Las flores del mal son, en efecto, una metáfora, pero por lo mismo, mas honda que la realidad aparente. Baudelaire ofrece en ella su propia existencia.

Cabe mencionar que Baudelaire fue seleccionado para este trabajo, por que sentí la necesidad de trabajar con un autor que no fuese de los mas socorridos, el más romántico o conocido, Baudelaire es mi perfecto / adorado poeta maldito.

LAS FLORES DEL MAL

(la publicación)

El libro se puso a la venta el 25 de junio de 1857. sucedió lo que el poeta preveía. Produjo escándalo.

Las flores del mal. El titulo es hallazgo, contradicción, ironía. Desde muy antiguo se hacían retóricamente flores de la juventud, el amor, su perfume exótico, su poesía ponzoñosa. El nombre, como suele ocurrir, no era del todo suyo. Sea como sea, es un nombre rico, cromático, evocador. Esta lleno de sentidos.

Las flores del mal tenían, además, lejanos e ilustres antecedentes literarios: en Dante Alighieri, en los barrocos, en Shakespeare, en Milton. Se originaban en remotas mitologías. Eran, en realidad, un tópico, una constante simbólica.

BREVE RELATO DE LA VIDA DE CHARLES BAUDELAIRE

(los sucesos que dieron lugar a sus Flores malditas)

Las flores del mal; Charles Baudelaire

Charles Baudelaire, nace en París el 9 de abril de 1821. Tiene 6 años cuando su padre, un sacerdote que había colgado los hábitos convertido en funcionario, muere sexagenario. Su madre se vuelve a casar poco después con Aupick, un oficial que llegará a ser general comandante de la plaza fuerte de París. El niño siente aversión por este padrastro, y en los internados donde está pensionado, en virtud de las extravagancias de su detestado padrastro, se aburre, soñando ser «ora papa, ora comediante.

Después de su bachillerato, rechaza entrar en la carrera diplomática con el apoyo de su padrastro. No quiere ser sino escritor. En gran perjuicio de su familia burguesa, que él horroriza con sus calaveradas, frecuenta la juventud literaria del Barrio Latino. Un consejo de familia, bajo la presión del general Aupick, lo envía a las Indias, en 1841, a bordo de un navío mercante. Pero Charles Baudelaire no quiere probar la aventura en el confín del mundo. No desea más que la gloria literaria.
Durante una escala en la Isla de la Reunión, no acude a presencia del capitán y vuelve a París a tomar, puesto que ha alcanzado su mayoría de edad, posesión de la herencia paterna.

Se une a Jeanne Duval, una actriz mulata de la cual, a pesar de frecuentes desavenencias y numerosas aventuras, seguirá siendo toda su vida el amante y el sostén. Amigo de Théophile Gautier, de Gérard de Nerval, de Sainte-Beuve, de Théodore de Banville, participa en el movimiento romántico, juega a ser dandy, y contrae deudas. Sus excentricidades son tales que su madre y el general Aupick obtienen en 1844 del Tribunal que sea sometido a un consejo judicial. Baudelaire, herido, no se repondrá de esta humillación. Privado de recursos, no cesará desde entonces de evitar los acreedores, mudándose, escondiéndose en casa de sus amantes, trabajando sin descanso sus poemas intentando mientras tanto ganarse la vida publicando artículos.

Una primera obra marca sus comienzos como crítico de arte. Loa a su amigo Delacroix, critica a los pintores oficiales. Ese mismo año, una tentativa de suicidio le reconcilia provisionalmente con su madre. En 1846, descubre la obra de Edgar Poe, ese maldito de Ultramar, allende el Atlántico, ese otro incomprendido que se le asemeja, y, durante diecisiete años, va a traducirla y revelarla.

Después de la revolución de 1848, en la cual ha participado más por exaltación que por convicción (durante las revueltas, sugiere a sus compañeros de armas fusilar a su padrastro...) prosigue sus actividades de periodista y de crítico. En 1857, la publicación de Las Flores del Mal juzgadas obscenas, crea escándalo. Baudelaire debe pagar una fuerte multa. Sólo Hugo (que le escribirá «Usted ama lo Bello. Deme la mano. Y en cuanto a las persecuciones, son grandezas. ¡Coraje!»), Sainte-Beuve, Théophile Gautier y jóvenes poetas admirados le apoyan. Amargo, incomprendido, Baudelaire se aísla aún más.

Su salud comienza a deteriorarse. Se ahoga, sufre crisis gástricas y una sífilis contraída diez años antes reaparece. Para combatir el dolor, fuma opio, toma éter. Físicamente, es una ruina. En la soledad orgullosa donde él se ha encerrado, dos luces: los escritos admirados de dos escritores todavía desconocidos, Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine, sobre su obra que se resume en una única recopilación. Las Flores del Mal, a lo que hay que añadir los poemas en prosa del Spleen de París, ensayos, (Los Paraísos artificiales, estudio sobre los efectos del opio y del hachís), sus artículos de crítica y su correspondencia.

En 1866, durante una estancia en Bélgica, un ataque lo paraliza y lo deja casi mudo. Agoniza durante un año; amigos, para ayudarle a sobrellevar el dolor, acuden junto a su lecho a interpretarle Wagner. Se apaga a los 46 años, el 31 de agosto de 1867, en los brazos de su madre.

LOS VERSOS Y EL LENGUAJE BAUDELERIANO

Los versos

Baudelaire se aleja mucho de los versos matemáticamente medidos de los parnasianos. En vez de tallar la poesía con exactitud geométrica, la suya se desliza, ondea, vibra según el espíritu que la inspira. El metro no es nada per se, sino u reflejo del sujeto, del animo que lo templa.

La métrica: predominan los octosílabos y los endecasílabos agrupados flexible, elasticamente en cuartetos y sonetos libres. Rimas constantes, plenas, sonoras. Búsqueda deliberada de la musicalidad que a veces parece susurrar misteriosa, sobriamente, y otras se eleva estridente con timbre metálico; propósito indudable de que cada verso sea en sí mismo, música ondulante, atornasolada, cargada de afinidades y de presagios.

El lenguaje

Las Flores del mal están escritas en un francés no muy distinto al que empleaban los mejores románticos coetáneos. El léxico arraiga en los clásicos de los siglos VII y VIII: culto, depurado, suntuoso, propenso a lo barroco, perfumado de reminiscencias y versos latinos, y a la vez contrastado por voces populares y coloquialismos. Es una lengua noble, rica, altiva en la que pronto estalla (y esto es lo Baudeleriano), como una rara blasfemia, la injuria rufianesca.

AMBIGUO ENAMORADO DE AIRE INDOLENTE

Aunque Baudelaire conoció y amó a varias mujeres, casi toda su poesía, que es erótica en su mayor y mejor parte, esta movida por Jeanne Duval y la señora Sabatier. Sus sentidos, su pasión, su imaginación, estan, sin embargo sometidos a la servidumbre que le impuso la Duval, de cuya cadena se sentía preso. Ella es el objeto de sus deseos mas 3intensos, de sus dibujos, de sus caricaturas, de sus versos rendidos y rencorosos. Ella parece ijar los atributos, los epítetos, la esencia de la mujer en su obra.

Así como el primer romanticismo define un amor etéreo, volátil y angelical, existe también entre los románticos la de una mujer morena, cálida, tenebrosa. Aquella es casi siempre luminosa, alegre y ligera; a veces intangible, ideal, un tanto casta, fría y distante; a veces frívola, demasiado alegre. Ésta, por lo contrario, es densa, posesiva, insaciable. No es difícil ver al través de Las flores del mal qué versos traslucen a la clara señora Sabatier y que obras a la oscura Jeanne Duval. Entre las dos hay con todo, una nota común según Baudelaire: la estupidez. No es pues nada positiva la imagen que de

Las flores del mal; Charles Baudelaire

Jeanne Duval

la mujer se encuentra en el poeta. Siendo el tema central de su libro, de hecho la flor del mal, a ella se rinde pleno rencor, como la victima al verdugo.

Jeanne Duval es ejemplo concretísimo de mujer fatal, pero también símbolo de las contradicciones del amor y la ternura, del odio y la agresión.

DESPOJOS

El análisis del poema

La mujer, la carne de la mujer, el objeto en cuya trampa cruel cae el poeta, es a la vez su consuelo. En ella quiere borrar de su memoria el dolor de vivir, el reposo a su angustia existencial.

-A veces creo, que he vivido mil años._ (escribe Baudelaire)

en la mujer recuerda el ideal o llega al olvido. Se hunde el ella, se extasía en su perfume, en las profundidades de su cabellera negra (Jeanne Duval): bosque romántico, mar de ébano, tremolante pabellón de tinieblas.

Una de las poesías prohibidas, El Leteo, expresa a la perfección la índole de la angustia erótica que atormentaba a Baudelaire.

EL LETEO

Ven hasta mi corazón, alma cruel y sorda

tigre adorado, monstruo de aire indolente;

quiero hundir largo tiempo mis dedos temblorosos

entre el espesor de tus densos cabellos;

Y entre tus faldas que tu fragancia impregna

sepultar mi cabeza dolorida,

y respirar lo mismo que una flor ajada

de mi difunto amor el dulcísimo aroma.

¡Quiero dormir prefiero los sueños que la vida!

en un sueño muy largo más dulce que la muerte,

sin penas ni pesares sembraré mis caricias

sobre tu bello cuerpo pulido como el cobre,

Y para devorar mis sollozos ya en calma,

nada vale el abismo profundo de tu lecho;

el poderoso olvido habita en tu boca

y en tus besos derrama su corriente el Leteo.

A lo que es mi destino, desde hoy mi deleite,

obedeceré como un predestinado;

condenado inocente, mártir dócil,

cuyo inmenso fervor enciende las hogueras

sorberé, diligente, para anegar mi rencor,

el pérfido nepentes y la buena cicuta

en los breves pezones de tus agudos senos

tras los cuales jamás latió tu corazón.

Es el Leteo, el homérico rió de las aguas del olvido, el nepente que disipa los recuerdos.

Se sabe, por consiguiente, que los símiles y las metáforas citadas tienen un muy real y concreto punto de partida. Por Jeanne Duval sintió el poeta una irresistible atracción física. Por la Duval, según su amante y otros testimonios, era vulgar, infiel, ignorante y perezosa, insaciable. Malvivir con elle era un infierno, y para colmo se volvió borracha. Pero lo que mas le dolía a Baudelaire, al dandy exigente, perfeccionista, era el hecho de que la Duval era estúpida. Se alejo de ella en varias ocasiones, pero volvía a su éxtasis y su olvido. Conforme pasaron los años, y Jeanne se marchito de vejez y enfermedad (parálisis), Baudelaire añadió un nuevo elemento de tortura a ese maneje infernal: la piedad. Cerrado así el circulo, no le era posible escapar. En 1854 le había dicho en una carta a su madre que:

“Yo creo que mi vida ha estado condenada desde el comienzo, que estará para siempre”

Es imposible no ver ahí un reproche, un reprimido complejo de infancia cuando madre, casada en segundas nupcias, lo envió a un internado.

En vano quiso huir a esa maldición. Las flores del mal contienen muchas imágenes y palabras de escape. Hay, desde luego, un primer intento de evasión en el placer amoroso, en la causa misma de su dolor, un claro ejemplo de ello es el Leteo antes citado.

REBELIÓN

Segundo análisis

Ser lúcido y puro. ¿Cuántas veces nombrara el sol Baudelaire? Es un motivo, una imagen, una palabra obsesiva en su obra, escribió el poeta:

-Mi juventud, no ha sido una tenebrosa tempestad alumbrada aquí y allá por soles brillantes-

para Baudelaire, el sol tiene diversos significados, el sol es Febo, A9010, dios de la luz. El sol tiene ojos. El sol es inmortal. Pero hay muchas formas de decirlo.

Se vuela, se nada en el cielo, mediante las alas vigorosas del albatros y del espiritu. Se busca, en fin, una deidad, un ser lúcido y puro. El poeta esta hecho para volar, pero, resulta torpe, cómico en la realidad de la cotidianeidad. Simplemente, añora el cielo.

¿Quién es ese ser lúcido y puro? ¿Qué es el sol, el astro padre que todo lo ve, el apolíneo, el inaccesible? Es obvio que puede ser Dios; pero ¿no fue Baudelaire un poeta del mal, un devoto de Satán? Ya mucho se ha escrito sobre su religión. Entre lo que él mismo dijo e hizo, resulta claro que no fue Baudelaire hombre religioso en el sentido común del termino. Al igual que tantos otros escritores en su época, rechazo por completo la beaterÍa y el fariseísmo; fue blasfemo y anticlerical por que hacerlo estaba de moda, por que era un signo de rebeldía contra la burguesía bobalicona e hipócrita. Pero esto no significa que no haya vivido dolorosa, profundamente angustiado por la agonía cristiana, tanto mas intensa cuanto mas se le amargaba y ensombrecía la existencia.

Citaremos como ejemplo de la constante ambigüedad del poeta el siguiente poema titulado Las letanías de Satán (se encuentra en la sección de Rebelión de ahí el nombre de este capitulo), en el cual, hace referencia a un dios terrenal que entiende a los hombres por que siente y sufre lo mismo que ellos, un Satán bello, fuerte y comprensivo, un Satán que hasta cierto punto, puede ser el padre amoroso, ese que perdió a muy temprana edad, ese ser, tan grande que dará la justicia a los vencidos, a los olvidados, condenados por el mundo a vivir errantes entre la podredumbre, eso parece ser Satán para Baudelaire, ¿Bueno o Malo? Al fin y al cabo un ser superior en quien depositar la confianza y la esperanza, llamémoslo entonces Satán.

LAS LETANÍAS DE SATÁN

Oh, tú, el mas sabio y el mas hermoso de los Ángeles,

Dios traicionado por la suerte y privado de toda alabanza.

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Príncipe del exilio, que padece injusticia,

y que, aunque vencido, te levantas mas fuerte,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú que lo sabes todo, rey de lo subterráneo,

familiar curador de la angustia humana,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú que, aun a los leprosos y a los parias malditos

despiertas, por amor, el gusto al Paraíso,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú que das al proscrito esa mirada calma

que, en torno a un patíbulo, condena a todo un pueblo,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú que sabes en que rincones de tierras envidiadas

encierra el Dios las piedras más preciadas,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú, cuya mirada conoce los profundos arsenales

donde duerme sepultado el pueblo de los metales

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú, cuya larga mano oculta los precipicios

al sonámbulo que camina errante al borde de los edificios,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú, que mágicamente, suavizas los duros huesos

del borracho empedernido pisado por los caballos,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú que, para consolar al hombre frágil que sufre,

nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tu que imprimes tu marca, oh cómplice sutil,

en la frente de Creso despiadado y vil,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Tú que pones en los ojos y en el corazón de las jóvenes

el culto de las llagas y el amor por los andrajos,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Báculo de exiliados, lámpara de inventores,

confesor de colgados y de conspiradores,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

Padre adoptivo de aquellos, a quienes en su negra cólera

arrojo del paraíso terrenal el Dios Padre,

Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.

PEQUEÑA CONCLUSIÓN

Se pude decir que las conclusiones se han dado aun antes de haber leído cada poema, a pesar de ya haber leído a Baudelaire con anterioridad, no deja de fascinarme su estilo, todo el es sorprendente, ese ser atormentado por la vida, que no encuentra una razón que lo mantenga “vivo” por si sola, con este trabajo me ha gustado mucho mas.

Para mi es un romántico por excelencia.