La vorágine; José Eustasio Rivera

Literatura hispanoamericana contemporánea del siglo XX. Novela colombiana. Narrativa. Personajes. Argumento. Espacio. Temas

  • Enviado por: Mary
  • Idioma: castellano
  • País: Costa Rica Costa Rica
  • 20 páginas

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S=Personajes

Arturo:

Es un poeta originario de Antioquia que narra la historia. Al principio no ama del todo a Alicia. Luego trata de despertarle celos seduciendo a Griselda. Al final de la primera parte está loco por Alicia. Cuando cree que el negocio con Zubieta le va a aportar mucho dinero se sueña rico, viviendo con Alicia y con su hijo. Es un personaje machista muy egocéntrico.

Alicia:

Es la compañera de Arturo y la que hace que las emociones del narrador cambien a lo largo de la primera parte. Es decidida. Quiere estar segura de que Arturo la ama.

Griselda:

Trata de ser infiel a su compañero seduciendo a Arturo. Es la patrona de La Maporita. Es la compañera de Fidel.

Sebastiana:

Mulata, es la sirvienta de Franco y la madre de Antonio Correa. Le dicen Tiana y Bastiana. Ella no se quiere ir a las caucherías, se quiere quedar en La Maporita.

Antonio Correa:

Es mulato, es hijo de Sebastiana, se interesa por los caballos. Está más que todo del lado de Fidel. Es el que acompaña a Arturo cuando él se va del Hato.

Fidel Franco:

Era teniente. Ahora es el dueño de La Maporita, es calmado y es amigo de Arturo. Es la persona más honorable y con más valores de toda la primera parte.

Don Rafael:

Él guió a Arturo y Alicia hasta Casanare. Era amigo del padre de Arturo y ahora lo es del narrador. Él quiere vender baratijas en Casanare pero no puede debido a la competencia de Barrera. Representa un soporte para Arturo y para Alicia porque además de guiarlos los aconseja.

Barrera:

Es alguien deshonesto, adulador y farsante que quiere llevarse a la gente de Casanare a trabajar a las caucherías del Vichada. Por causa de sus mercancías (que vende baratas) don Rafael no puede vender sus baratijas. Se aprovecha de Clarita.

Zubieta:

Dueño del Hato, hace un falso negocio con Franco y Arturo. Se adueña de Clarita y la explota. Hace trampa en las apuestas de gallos.

Millán:

Sirve a Barrera, muere cuando un toro le atraviesa la sien con los cachos.

Clarita:

Prostituta venezolana que quiere regresar a Venezuela a vivir con sus padres. Hace todo lo que le dicen Barrera y Zubieta, con tal de que la lleven a Venezuela. Ve en Arturo una esperanza que pierde al saber de Alicia.

Gámez y Roca:

Gendarme de Villavicencio. Trata de aprovecharse vulgarmente de Alicia diciendo que a cambio liberará a Arturo. Es corrupto y alcohólico.

José Isabel Rincón Hernández (Juez de Orocué):

Corrupto, explota a su sirviente, sólo quiere dinero. Es el único juez que persigue a Franco y lo hace por capricho personal.

Sirviente del Juez:

Sirve al juez. Él estaba bien orientado antes de que Arturo los mandara en la dirección opuesta. Es como un secretario.

Mauco:

Es como un curandero. Es tuerto y reza para curar a la gente y para salir de apuros. Ayuda a Arturo. Se considera amigo de todo el mundo.

José Morillo Nido (Pipa):

Es un cuatrero, que le robó el caballo a Arturo. Cuando Arturo y los vaqueros están disparándole a unos indios, encuentran a Pipa que le pide perdón a Arturo.

Miguel:

Es el que llega una noche a La Maporita y hace un trato con Arturo: van a matar a Barrera. Pero Miguel dice que va a ir a llevarle la curiara a Barrera y desaparece traicionando la confianza de Arturo.

Un hombre adinerado busca el amor perfecto y cuando ya no espera encontrarlo cree haberlo encontrado en una joven de Bogotá llamada Alicia. Se da a la fuga con ella y se da cuenta de que no es su amor perfecto y que le estorba. Alicia se enferma y debe pasar toda una semana en un mismo pueblo.

En su huida la pareja despertó sospechas de ser acuñadores de monedas. Por eso los alcanzó un tal Pipa que dijo que era comisario y que traía una notificación del Alcalde en contra de los acuñadores de monedas. Con el pretexto de que había que firmar ese documento Pipa se queda con la pareja y aprovecha para robarle al narrador el caballo.

Queda claro que todo lo anterior son recuerdos que tiene el narrador en Casanare. Aquí recuerda también cuando en una casucha de Villavicencio, el Jefe de la Gendarmería, borracho, intentó llevarse a Alicia a cambio de no echar al narrador, y cómo éste lo golpeó y luego huyó con Alicia y con don Rafo.

Los tres llegaron a Casanare. Aquí el narrador describe a don Rafo, amigo de su padre. Explica que el gendarme Gámez y Roca engañó a don Rafo diciéndole que no quería encarcelar al narrador. Don Rafo conoce a Pipa como un astuto salteador.

Caminaron por un territorio desolado, pantanoso y desértico. El narrador se manifiesta preocupado por el bienestar de Alicia. Acamparon cerca del abrevadero. Se fueron a buscar agua, pero el narrador tuvo que matar a un enorme güío, lo cual le dio náuseas a Alicia, porque estaba embarazada. Esto hace que el narrador tome conciencia de todo lo que está pasando.

l narrador y don Rafo dialogan. Don Rafo le aconseja casarse con Alicia. Lamenta no haber realizado su sueño de amor ideal, y como todo esto lo dijo alzando la voz, teme y sospecha que Alicia lo haya escuchado.

Una semana después llegan a la fundación de La Maporita, que parece ser una hacienda. Ahí hay una mulata llamada Tiana y una joven, Griselda, los recibe. Ella cuenta que se quiere ir con su compañero Fidel a las caucherías del Vichada, contratados por un tal Narciso Barrera. Les ofrece posada a los viajeros.

Don Rafael trata en vano de vender su mercadería. Dos días después llegan a La Maporita unos hombres armados que compran a precio rebajado algunas baratijas de don Rafo, y luego lo amenazan diciéndole que son enviados de Barrera y que éste no quiere competencia. En la noche llega el patrón de La Maporita, Fidel Franco, con algunos hombres, preocupado porque supo que Barrera envió a unos matones a amenazar a don Rafael. Alicia se dirige al narrador y lo llama Arturo. Sospechando que uno de sus servidores (Miguel o Jesús) sea cómplice de Barrera, y dado que éstos se han hecho muy vagabundos, Franco envía a Sebastiana a echarlos. Luego Franco describe el desorden y la ruina en que ha quedado la fundación del Hático, a causa del caos que ha creado Barrera, y declara que él defenderá su fundación (La Maporita) tanto de los indios como de Barrera y sus matones.

Al siguiente día Sebastiana y Arturo dialogan durante el desayuno. Ella le cuenta todo lo que ha hecho para impedir que su hijo Antonio se vaya. Aparecen Griselda y Alicia con Barrera, quien habla muy bien, es zalamero y adulador. Arturo reacciona contra Barrera con gran hostilidad. Barrera finge no darse cuenta, e insiste en disculparse por lo ocurrido, diciendo que los hombres que llegaron a amenazar a don Rafo no habían sido enviados por él. Arturo está en contra de la inmigración de venezolanos. Cuando Barrera se va, Arturo revienta contra el suelo el perfume que éste le regaló a Alicia.

Se narra cuando el mulato Antonio Correa doma un brioso caballo, un padrote salvaje que acaban de capturar en la sabana.

Arturo comete el error de intentar seducir a Griselda. Ella rechaza sus pretensiones. Arturo no lo intenta de nuevo sobre todo por lealtad con su amigo Fidel. Alicia se distancia de Arturo y se vuelve indiferente, y esto hace que él sienta que fue miope y que no la supo apreciar a tiempo. Arturo trató de inspirarle celos a Alicia, pero fue en vano.

Don Rafo le propone a Arturo un negocio. Juntarían mil cabezas de ganado, que venderían en Bogotá, y luego le pagarían al dueño, que era un tal Zubieta. Alegres brindan por la fortuna que ven venir, pero advierten que en realidad debieron haber brindado por el dolor y la muerte, lo cual deja suponer que el negocio será un fracaso o es una estafa.

Griselda trata de seducir a Arturo, pero éste la rechaza. Alicia manifiesta celos. Sebastiana expresa todas las razones por las cuales ella se va a quedar en la fundación. Antonio explica la violencia de los indios y justifica así su creencia de que los blancos deben matarlos. Griselda conoce un brebaje afrodisíaco.

Arturo se considera a sí mismo como un ser inseguro y de sentimientos contradictorios. Despedirse de don Rafo le produce gran angustia. Trata de consolar a Alicia quien lo rechaza bruscamente. Entonces delante de ella Arturo seduce a Griselda, que trata de “embrujarlo” con el vengavenga, pero no lo logra porque Arturo ya no bebe más esa tarde.

Al día siguiente Arturo se despertó deprimido. Llegó Miguel a reclamar un gallo suyo y Arturo se dio cuenta que la montura del caballo era la que Pipa le había robado. Entonces amenazó a Miguel y lo obligó a hacer como él decía para tratar de atrapar al cuatrero. Hábilmente logró que las mujeres se acostaran sin sospechar nada y salió con la escopeta de dos cañones.

Llegó al canei con Miguel. Le preguntó cómo era Barrera y Miguel le dijo que Barrera conseguía todo lo que uno necesitara y que tenía cita con dos mujeres, la idea de que Alicia le fuera infiel lo atormentaba, aunque no estaba seguro de si eran una o dos mujeres. Miguel cantó con el tiple. Las mujeres encendieron luz y Sebastiana pidió silencio. Miguel le dijo a Arturo que tenía que llevarle la curiara al sospechoso. Y le dijo que cuando volvieran disparara al de adelante y que el le tiraría el cuerpo a los caimanes. Arturo esperó hasta el amanecer y nadie regresó.

Al amanecer Arturo discute con Griselda, le critica el que ande con Barrera y le dice que se irá de su casa indigna, Griselda ofendida le insinúa que quien anda con Barrera es Alicia, entonces Arturo enloquece de celos y amenaza a Alicia con que va a matar a Barrera, a ella y a él mismo. Se da cuenta de que Sebastiana, Alicia y Griselda huyeron y monta su caballo y se va con la escopeta gritando amenazas e insultos.

Se fue al Hato a desafiar a Barrera, ahí estaba Zubieta, tirado en la hamaca y Arturo le dice que le pagará al contado los mil toros. Barrera lo recibe con su habitual hipocresía. Juegan a los dados con varios hombres y gracias a la ayuda de Clarita, Arturo va ganando. Barrera se espera hasta el final y le propone a Arturo jugarlo todo en una sola apuesta. “Disimuladamente” Barrera cambia los dados por unos falsos, pero Arturo se percata entonces se abalanza sobre él y empieza una riña. Se apaga la luz, Arturo cierra la puerta, queda adentro y Barrera afuera. Barrera grita que Arturo es un asesino, que desde la noche anterior está tratando de matarlo a él y que hay que liquidarlo. El tuerto Mauco le pasa un winchester a Arturo quien dispara a todas partes y se entera de que está apuñaleado en un brazo. Por la luz de los disparos parece que no hay nadie afuera, pero escucha voces. Se desangra durante la noche y al tuerto Mauco y a Clarita les parece que está agonizando.

Al amanecer el tuerto Mauco, que es curandero y Clarita se ocupan de la herida de Arturo. Zubieta se convence de que Barrera es un tramposo y decide echarlo del Hato. Arturo está muy débil. Clarita le cuenta su triste historia: engañada por su compañero un guerrillero venezolano, vive con la única esperanza de que Zubieta se case con ella y la lleve donde sus padres, para lo cual tiene que complacerlo bebiendo.

Mauco sigue cuidando la herida de Arturo e informándole sobre Barrera, quien se la pasa metido en su toldo, enfermo. A los días, Arturo pudo levantarse y conversa más con Zubieta acerca del negocio de las reses. Clarita lleva la cuenta de lo que Zubieta le debe a Arturo y Zubieta le propone arreglar la deuda al día siguiente en la riñas de gallos.

Barrera le escribe una carta a Arturo Cova, aduladora e hipócrita, en la que le pide perdón, lo llena de elogios y le ofrece unos toros que tiene en el corral de Zubieta.

La carta aduladora enfurece a Arturo, y Clarita le ayuda a tramar una venganza: se ponen de acuerdo para espantar la manada de toros a medianoche. Logran asustar al ganado con una piel de tigre, el cual sale en estampida.

Ese día domingo se lleva a cabo la pelea de gallos. Zubieta apuesta por el gallo requemado y Arturo llevado por su orgullo, desobedece a Clarita y apuesta por el canaguay. Un tercer asistente apuesta también contra Zubieta. En la batalla muere el canaguay y gana el requemado. Aparece Franco por el tranquero, seguido de varios jinetes, lo que hace empalidecer a Arturo.

Zubieta se impresionó al ver llegar a Franco, quien le propone recoger el ganado que se fue en estampida. Pero Zubieta dice que no quiere más correteos en sus sabanas. Franco le señala que al día siguiente empezarán la cogida de los toros que negociaron, pero Zubieta niega haber hecho algún trato. En eso llega el gallero perdioso y le dice a Zubieta que Barrera quiso que él apostara en su contra, porque sabía que él había enfermado con quinina al gallo canaguay, y que entonces lo dejara en paz con la trampa de los dados, porque él también hacía trampa en los juegos. Franco los interrumpió, porque quiere aclarar lo del negocio y le señala a Zubieta que con él nadie juega y que por eso cogerá siempre el ganado. Zubieta se asusta. En eso el gallero perdidoso vuelve a lo suyo y le pide a Zubieta que les pague a él y a Barrera, pero este, enfurecido, le da un puntapié.

Franco quiso matar a Barrera cuando supo lo de la herida que le hizo a Arturo. Entonces este le confesó su comportamiento indigno con Alicia y Griselda, pero Franco lo perdonó. Clarita, al saber de la existencia de Alicia vuelve con Barrera por despecho. Arturo solo sueña con volver con Alicia. Franco se va con los quince vaqueros a recoger el ganado. Al salir el sol llegó el mulato Correa, con la noticia de que Griselda y Alicia iban a venir. Arturo siente temor de que Alicia venga a ver a Barrera. Decidió irse del Hato sin esperarlas, para aparecer después, confundido con los vaqueros. Iban para Mata Negra. Para que nadie los siguiera, el mulato dijo que se dirigían a la vaga del Pauto. El mulato le cuenta que Clarita ha querido seducirlo y le ha pedido que le ayude a colgar a Zubieta para que éste le diga dónde tiene el oro enterrado. Pero el mulato sabe que todo esto está planeado por Barrera. Arturo tiene sed y entonces se dirigen a un bebedero. Desde ahí divisan a unas personas que andan perdidas y que se les acercaron. Una de ellas dijo que su acompañante era el doctor, juez de Orocué y que él era su secretario y vaquiano. Arturo preguntó si era José Isabel Rincón Hernández, porque sabía que éste era un sinvergüenza. Y el tipo respondió que sí. El tal juez les ordenó que los llevaran a Hato Grande, donde un tal Cova comete crímenes cotidianos, por lo que su amigo Barrera está en peligro y el prófugo Franco abusa de su tolerancia. Arturo le dice que está muy equivocado en todo. El tal juez le impuso una multa por irrespetuoso, pero Arturo le indicó con muchas señas por donde quedaba el Hato Grande, y como era por donde el juez había querido ir antes, volcó su enojo contra el vaquiano secretario, sin saber que Arturo lo había enviado por el camino opuesto.

Correa le contó a Arturo que Franco era Teniente de guarnición, y que el Capitán lo dejaba en servicio para ir a perseguir a la niña Griselda. Franco, al conocer las intenciones de su jefe, abandonó una noche el puesto y corrió a su habitación, de la cual salió el capitán con dos puñaladas en el pecho, de las que murió, no sin antes exonerar de toda culpa a los sospechosos, quienes huyeron de ahí esa misma noche. Nadie los perseguía, salvo el juez de Orocué, por capricho personal.

Mientras caminaban por la estepa, se desató un terrible huracán. Cuando pasó la tromba, la brigada había desaparecido y cabalgaron para perseguirla hasta perderse entre yerbales y llegar cerca de donde estaban los indios. Así anduvieron vagando hasta que amaneció. Entre la llanura encontraron las reses pastando y unos jinetes que estaban tratando de reunir, con quienes entablan conversación. Ellos cuentan que hubo un pleito entre Millán y Fidel, porque Millán reclamaba los corrales de Mata Negra para meter los toros del Barajuste y Franco lo insultó. La gente de Barrera anda por ahí recogiendo ganado. Dijeron que lo peor es que el juez está en El Hato y que lo anda buscando a él.

Se apareció Fidel que no quiere hablar del altercado con Millán. Arturo intenta atrapar un toro, pero el animal hirió al caballo y luego huyó, y en eso Millán trató de atraparlo, con tan mala suerte que el toro lo enganchó con su cuerno por el oído, de parte a parte, lo arrastró por el pajonal, pisándolo le arrancó la cabeza de un golpe y despedazaba su cuerpo con las pezuñas hasta que Fidel le disparó en la cabeza. Gritaron pidiendo auxilio, hasta que al fin llegaron unos vaqueros, hacia los cuales corrieron pálidos del susto.

Cuando regresaron al sitio de la tragedia, unos vaqueros trasladaban el cuerpo de la víctima. Buscaron en vano la cabeza del muerto. Entre algunos vaqueros empieza el rumor de que Franco le disparó a Millán. Arturo describe con detalle la repulsiva apariencia del cadáver.

Franco, Arturo y siete peones, deciden ir a buscar las caballerías, mientras que otros se van con “la novia” y el cadáver. Arturo envía a un muchacho para darle noticias a Alicia. De repente, los perros se lanzaron alrededor de una laguna, de cuyos juncos saltó una tropa de indios que huía de los perros. Sin gritos ni lamentos las indias se dejaban asesinar y los indios caían bajo las balas. Aunque no por eso dejaron de atacar. Trató Arturo de proteger a un indio, que finalmente se identificó como Pipa, y pedía piedad. Para librarse de los perros, Pipa saltó sobre el caballo de Arturo y desde ahí relató un cuento para justificar el robo del caballo. Por las llanuras, lograron alcanzar la caravana, que se había llevado el cadáver. Los caporales habían resuelto tirar el cadáver al caño, porque estaba hediondo. Algunos vaqueros decidieron irse, y los cuatro que quedaron se fueron en busca del Hato. Ahí Arturo obliga a Pipa a apearse del caballo.

Al acercarse al Hato sintió un raro temor. Mauco y unas mujeres le aconsejaron que se fuera porque lo perseguían. Difícilmente el hombre logró contarle que habían asesinado a Zubieta y que el juez, custodiado por Barrera, hizo firmar a todos una declaración que culpaba del asesinato a él y a Franco. Arturo se percata que entre las mujeres está Sebastiana, y entonces le pregunta insistentemente por Alicia. La mulata le informa que las dos mujeres se fueron. Arturo llora. Franco le dice que hay mejores mujeres que ellas. Esto despierta su despecho y entonces salta sobre el caballo enloquecido, para perseguirlas y matarlas. Desea desplazar a Barrera. Franco galopa adelante. Al llegar a La Malorita, Franco incendia su propia casa, mientras que la casa del Hato ardía también en llamas, el incendio se propagó por los campos y por la selva. Arturo ve morir su ilusión y sus ambiciones, y termina riendo como un loco.

Personajes

Clemente Silva:

Su hija huyó con un joven, y su hijo, Luciano, escapó a causa de la vergüenza, su mujer murió de dolor. Clemente siguió los rastros de su hijo tratando de encontrarlo. Terminó siendo esclavo en las caucherías. Tuvo muchas aventuras que denuncian las injusticias que vivían los caucheros.

Clemente ama a su hijo Luciano. Es el esclavo de Zoraida Ayram y tiene un mal concepto de ella. Se siente amigo del Moscú porque lo ayudó siendo él esclavo. Le tiene mucho respeto. Detesta al Cayeno porque es un esclavizador.

Helí Mesa:

Es un cauchero que escapó de un barco de Barrera cuando tiraron a un bebé a los caimanes y su madre se tiró a salvarlo. Todos estaban distraídos y él aprovechó la situación para escapar. Llegó donde Arturo y reconoció a Franco que había sido un amigo del ejército. No tiene código apreciativo ni de Zoraida Ayram ni del Cayeno ni de Luciano Silva porque no los conoció. Llega a respetar a Clemente Silva.

Luciano Silva:

Era el hijo de Clemente Silva. Cuando su hermana Maria Gertrudis escapó con su novio el huyó a causa de la vergüenza. Tenía doce años cuando empezó a trabajar como esclavo y murió de diecinueve aplastado por un árbol.

Fue por su huída que su padre fue a buscarlo y llegó a las caucherías, y es gracias al relato del padre que se denuncian las injusticias de las caucherías.

Zoraida Ayram:

Es una mujer turca muy adinerada, que tiene una pulpería en Manaos. Compra a Clemente Silva con el fin de que sea su esclavo. Trabajando para ella Clemente llega a una embajada de Colombia ahí se entera de que lo busca la justicia por un crimen que no cometió.

Mosiú:

Era un explorador francés naturalista que estaba en contra de la esclavitud. Fue muy bondadoso y afable con Clemente Silva. Intentó sacar a la luz las injusticias de las caucherías, pero los amos lo hicieron desaparecer.

El Cayeno:

Era un bandido. Lo llamaban el Cayeno porque había huido de Cayena. Era un gran esclavizador y por eso muchos estaban en contra de él.

Argumento

Arturo describe poéticamente la manera como se siente atrapado en la gran selva.

Huyendo de las falsas acusaciones tienen que soportar hambre y frío. Arturo espera un tiempo que don Rafo regrese para volver con él a Bogotá. Pero Franco tiene que continuar su vida nómada por temor de ser condenado como desertor, Arturo decide acompañarlo, y por eso se deciden por el Vichada.

Con la ayuda del Pipa se unen a una tribu guahiba, seminómada. Deben abandonar sus caballos para internarse en canoa aún más lejos.

En la curiara descendieron por el río Meta hasta llegar a un rancho solitario donde pasaron la noche tomando precauciones por si el Pipa los quería traicionar de nuevo.

Pipa le narra a Arturo su penosa vida, como fue sirviente explotado al punto que un día un viejo le tiró el caldo hirviendo en el cuerpo y él, enfurecido, lo mató por lo que tuvo que huir el resto de su vida. Por esto ha vivido siempre entre indios y les ha enseñado a defenderse. Pipa le pide a Arturo que ya no desconfíe más de él y que no lo ponga a dormir a la par de Correa.

Monólogo de Arturo, en el que muestra su personalidad contradictoria, apasionada que vacila entre el supuesto amor a Alicia, el despecho, y el sentimiento de que nunca la amó y de que ella en realidad no valía la pena.

Se describe la llegada de los aborígenes del bohío, que son indios guahiba: su apariencia sus enseres, alimentos y algunas de sus costumbres. Arturo, Franco y el Pipa se ponen de acuerdo para dejar esa guarida y continuar hacia el Vichada que queda a unos siete días por una senda terrestre. El Pipa irá a Orocué a comprar algunas cosas necesarias y está tratando de convencer algunos indios para que sirvan de cargueros.

Describe la blancura y belleza de las garzas reales y la gran variedad de animales peligrosos que habitan el pantano: caimanes, caribes, rayas, güíos, etc., que hacen muy peligrosa la tarea de recoger garzas para venderlas en las lejanas ciudades.

Arturo de nuevo se sumerge en sus tristezas y aflicciones.

Después de un penoso viaje logran llegar al lugar donde habían quedado las canoas en las que remontaron los sinuosos ríos hasta llegar a un pequeño establecimiento indígena. Arturo trajo del garcero dos patos grises, sin saber que los indios creían que sus almas residen en distintos animales y que la del cacique residía en un pato gris. Arturo sacó uno de los patos que estaba muerto y al verlo el cacique se dio por muerto y le dio como un ataque. Arturo supo que lo acusarían de homicidio, y entonces sacó rápido el otro pato y lo dejó volar. El cacique creyó que el pato había resucitado y entonces se recuperó. A partir de ese momento los indios creyeron que Arturo era un ser superior con poderes extraordinarios. Y a partir de ese momento se pusieron a su disposición.

Los indios que fueron a Orocué a intercambiar sus mercancías por las cosas que necesitaban para el viaje fueron estafados. Luego se describe un baile de indios en el que se emborrachan y se drogan. Bailan y al final gritan expresando un dolor profundo, el mismo que expresan los amigos de Arturo, por lo que él encuentra que el dolor del indio es el mismo que el de todo ser humano.

El Pipa tomó yagé, hierba hipnótica que lo dejó como en trance, y empezó a tener visiones en las que la naturaleza se queja de la acción del hombre y manifiesta su deseo de recuperar el poder en la tierra.

Para llegar al Vichada tuvieron que atravesar todo un territorio hostil, inclemente tanto en invierno como en verano. Atraparon el paludismo, temblaban de fiebre, al punto que Arturo llegó a pensar que lo mejor era matar a todos sus amigos y suicidarse él después para liberarse de tanto dolor.

Llegó a donde estaban un joven llamado Helí Mesa que había estado bajo las órdenes de Franco cuando había sido Teniente. Helí contó cómo Barrera había engañado a muchos y los había vendido como esclavos. También informó que con Barrera estaban Griselda y Alicia. Describió la manera como había logrado escaparse de Barrera. Se puso a las órdenes de Franco para ir a rescatar a los esclavos y a vengarse de Barrera. Queda la duda de si Alicia y Griselda son esclavas, si las han prostituido, y Arturo piensa en otras posibilidades, desde imaginársela martirizada cargando caucho, hasta imaginársela rica y feliz en la casa de algún empresario.

Siguen un trayectote dura meses. El mulato Correa, que sigue enfermo tiene miedo de que el Pipa le haya hecho maleficio. Arturo le ordena al Pipa dejar tranquilo al mulato. El Pipa le asegura que el maleficio es contra Barrera.

Arturo encuentra una huella humana, que según Helí Mesa es de la indiecita Mapiripana, una especie de diosa cruel de las aguas y de las profundidades del bosque, que esclavizó y martirizó hasta la muerte a un cura que quiso destruirla.

Arturo pasa por un periodo parecido a una crisis de locura. Tiene alucinaciones y cree que las cosas le hablan. Cuando se sintió un poco mejor, le dio un ataque de catalepsia: su mente estaba despierta, pero su cuerpo quedó inmóvil como un cadáver. Con un esfuerzo enorme logró mover los ojos, y al sacudirlo Franco, resucitó.

Los indios maipureños que venían con Helí Mesa no querían continuar hasta el Isana porque en el istmo del Papunagua vivían prófugos que los matarían o los harían esclavos por el resto de sus vidas. En la noche estos indios quisieron recuperar su curiara para regresar. Al ser descubiertos, dijeron que el Pipa les había aconsejado huir. Por esto Arturo manda a latigar al Pipa. Durante semanas siguieron por los ríos y en un momento dado Helí Mesa ordenó a dos de los indios descender de la curiara a una laja y saltar rápido de nuevo a la curiara para balancearla pero fueron absorbidos por el remolino y se ahogaron.

Arturo disfruta y encuentra muy bella la forma de morir de los indios que se ahogaron. Los demás compañeros tratan de salvarlos, y Arturo le grita a Franco que no lo intente más, lo cual indignó a Franco, quién montó en cólera y le gritó a Arturo todo lo que pensaba de él. Le dijo que era un desequilibrado tan impulsivo como teatral. Arturo reacciona ante los insultos de Franco insultándolo él también, tanto que Franco comienza a revelar secretos. Confiesa que él no mató al capitán, sino que fue Griselda. Arturo medita y supone que la mala influencia de la Griselda influyó en la fuga de Alicia.

El Pipa y los guahibos se fugaron esa noche. Arturo entonces les dice a los restantes que son libres de seguirlo o no. Siguen a pie por la orilla del río y encuentran trazas de presencia humana.

Llegan a un barracón, donde sólo hay un anciano, lleno de llagas. Le preguntan por unos cadáveres. El anciano sólo sabe que lo dejaron abandonado por enfermo, que el Coronel Funes vive en guerra con el Cayeno, y les advierte que no se puede comer el mañoco de esa zona porque es veneno.

Por la noche la gente de Arturo conversa con el anciano, llamado Clemente Silva. Les dice que vio pasar tres nadadores. Puede tratarse de él Pipa. Al amanecer Franco acompaña a Clemente a lavarse las llagas, ocasionadas por las sanguijuelas. Llega Arturo. Clemente cree que la selva se defiende de sus verdugos, y al fin el hombre resulta vencido. Arturo descubre que en las llagas de Clemente hay gusanos, y se dispone a curárselos. Arturo le pide a Clemente jurar lealtad, le cuenta que todos son compatriotas, y se abrazan todos como colombianos. Clemente les cuenta que probablemente el Cayeno no regresará ya que la madona Zoraida Ayram vendrá a cobrarle. Clemente conoce Yaguanarí y entonces todos le piden que los conduzca allí. Dice que según la turca Zoraida llegaron a Yaguanarí veinte colombianos y varias mujeres a picar goma.

Don Clemente les propone todo un plan para presentarse en las barracas de El Cayeno, advirtiéndoles de todos los riesgos y peligros. A él lo despojaron de su salvoconducto, y el Cayeno lo tiene esclavizado desde hace dieciséis años.

Don Clemente silva comienza a narrar su triste historia. La fuga de su hija María Gertrudis con su novio destruyó su hogar. El hermano de María Gertrudis, Luciano huyó a causa de la vergüenza. La esposa de don Clemente murió de dolor y él lo dejó todo para ir en busca de su hijo perdido.

Don Clemente narra lo ocurrido cuando hubo un carnaval: licor, bailes, mujeres. Les tiraban regalos que eran chucherías. En medio del bullicio. Don Clemente seguí buscando a su hijo. Un cuadrillero vertió petróleo sobre el cuerpo de unos indios y luego les prendió fuego. A culatazos enrolaron a don clemente en una cuadrilla entonces él gritó: “¡Luciano, Luciano, aquí está tu padre!”. Al día siguiente le preguntó al tenedor de libros cuanto valía su hijo. El tenedor le dijo que dos mil doscientos soles, pero no le informó si Luciano estaba ahí o no. En eso entró en negrote que le habló mal al contador de don Clemente, éste golpeó al contador y entonces el negro le dio un gran puntapié.

Apareció un hombre llamado Arana, que era el amo. El contador y el negro le inventaron que don Clemente los había amenazado con apuñalearlos y lo había tratado a él de ladrón. Pero Arana no les hizo caso porque ya tenía otro plan: le propuso a don Clemente que asaltara barracones para así saldar la cuenta suya y la de su hijo. Arana le dijo que confiaba en su honradez, y aprovechando esto don Clemente le dijo que por eso mismo no quería comprometerse sin tener la seguridad de cumplir y que por eso le gustaría ir primero al Caquetá como rumbero, para estudiar la región y abrir una trocha estratégica, con lo que Arana está de acuerdo. Arana le dice que pida un wínchester y un indio gratis como carguero. Arana le dio a don Clemente un pasaporte muy bueno, pero que no le sirvió de mucho. Cierto día sorprendió a un ladrón a quién perdonó y éste le informó que Luciano trabajaba con un tal Juan Muñeiro. Después de picar trocha por más de seis meses se encontró con una cuadrilla de El Pensamiento, cuyo capataz le dijo que Muñeiro probablemente se había fugado con algunos peones y caucho, y que algunos pensaban que a esa gente se la había llevado don Clemente. Don Clemente pensó que si su hijo untaba en el extranjero él ya podía pasar el resto de su vida como esclavo en cu propia tierra. Regresó al encanto a darse preso, y ahí lo flagelaron y lo torturaron cruelmente. Así perdió todas las ventajas que había logrado.

Por esa época vivió un periodo más tranquilo, gracias a la llegada de un explorador francés, que lo trataba bien

Don Clemente encontró en el francés a un amigo y un protector pero éste, al descubrir tanta injusticia, actuó imprudentemente. Se puso a tomar fotos de todas las injusticias que veía, enojó a los patronos y lo hicieron desaparecer. Las crueldades siguieron. Por ejemplo, por solo el hecho de estar leyendo un artículo que denunciaba tales injusticias, le cosieron los párpados con fibras de cumare al que leía y a los que escuchaban les echaron en los oídos cera caliente. El capataz que hizo esto obligó a don Clemente conducirlo por entre el monte hasta El Encanto para mostrar la hoja. Ahí había llegado un visitador. Don Clemente le dio su nombre, redijo que no quería trabajar ahí, y le enseñó las heridas de su espalda. Para justificarlas, uno de los explotadores dijo que esas heridas las hacía un árbol llamado mariquita y agregó que los empresarios, patriotas, habían pedido la autoridad peruana que militarizara las cuadrillas, para que se respetaran los derechos de todos, a lo cual, el Visitador hizo signo de complacencia.

Un anciano llamado Balbino Jácome, colombiano, visitó al anochecer a don Clemente. Éste le reprocha ser abyecto y servil de los explotadores. Balbino le demuestra con muchos ejemplos cómo ha fingido ser todo eso para poder ayudar a los oprimidos. Le cuenta que él envió los periódicos con los artículos que denunciaban esa situación, para que los peones pudieran leerlos y entonces don Clemente le cree. Balbino cree que la llegada del visitador agrava la situación, porque el muy tonto no se dio cuenta de nada.

Balbino dice que el visitador vino muy poco tiempo. Que su llegada había sido prevista por los patronos y que la prueba del crimen perpetuo estaba en los libros que llevan los patronos, pero que el visitador nunca podrá ver, porque los tienen bien escondidos, y que eso de que van a militarizar la zona va a ser peor, porque serán militares comprados por los patrones.

Balbino le tiene un plan a don Clemente. Dice que cuando éste se portó valiente frente el visitador, la madona Zoraida Ayram lo observó con el binóculo complacida, y que entonces él aprovechó para recomendarle que lo comprara. Y así ocurrió. Ésta era una vieja de muy mal carácter y ambiciosa que cree que Luciano participó del robo que le hizo Juan Muñeiro, cosa que le refuta con humildad y amor de padre don Clemente, pero con mucha valentía.

El altercado con la madona lo hizo respetable. Al llegar decidió ir al consulado de Colombia a denunciarlo todo, pero dio vueltas y vueltas y no lo encontró. Al final de la tarde se le ocurrió preguntar por el consulado de Francia. Pero cuando llegó ya estaba cerrado.

La ciudad, la luz, la “libertad” agobiaban a don Clemente. El motorista y el timonel le anunciaron que el día siguiente partirían a Manaos y una mujer le da una pista de cómo encontrar al cónsul de Colombia. Cuando encuentra al supuesto cónsul, éste le cuenta que el gobierno francés acusa a un hombre apodado el Brújulo (que es el propio don Clemente) de la desaparición del sabio francés. Entonces don Clemente se va rápido a la embarcación donde uno de los tripulantes le informa a don Clemente que a su hijo Luciano lo mató un árbol y que hay que esperar tres años para sacar sus huesos, que están en el raudal de Yavaraté, contra las raíces de un jacarandá.

3 parte

El Cayeno:

Lo llaman de este modo porque huyó de la famosa prisión de la ciudad de Cayena. Cuando regresó a retomar sus crueldades fue atacado por los que allí estaban.

Lo tiraron a una barca en la que lo mataron los perros de la niña Griselda.

Alicia:

Da a luz a su bebé justo cuando llega Arturo. Se va con él a la selva a esperar a don Clemente huyendo de los apestados; se pierde con los demás y no se vuelve a saber de ella.

Arturo:

Al final llega a reunirse con Alicia, y ve nacer a su hijo. Mata a Barrera. Toma la desición de hacer un “campamento” en la selva esperando a Silva, porque teme que los apestados que acaban de llegar contagien a Alicia o al bebé. Clemente nunca los encuentra, Arturo queda perdido en la selva con los demás.

Barrera:

Arturo lo encontró desnudo, empezaron a luchar hasta que Arturo consiguió sumergirlo en el río. Ahí los caribes (pirañas) lo devoraron dejando solo el esqueleto.

Zoraida:

En esta parte la conocen. Es una turca que debe haber sufrido mucho en su vida. Se enamora de Arturo. Confiesa que Luciano se suicidó delante de ella y que fueron amantes.

El Váquiro:

En realidad se llamaba Aquiles Vácares. El narrador lo describe como alguien sucio, repugnante. Es el que fue dejado “al mando” durante la ausencia de el Cayeno.

Tiene rivalidades con Zoraida y es analfabeto.

Esteban Ramírez:

Es un hombre sereno y muy culto. Era un amigo de Arturo, que huyó en la ciudad en la que vivía porque en esa ciudad vivía la mujer que él amaba, pero que no podía tener porque era de una clase social más baja que ella. Es gracias a su testimonio que Arturo llega a saber de la masacre que hizo Funes en el pueblito de San Fernando.

Manuel Cardoso:

Su mujer había sido flagelada por un turco llamado Pezil. La pobre había mandado a Silva a mandarle un mensaje a su querido en el que le explicaba lo sucedido. Este era Manuel Cardoso, y al enterarse de la suerte de ella, fue a vengarse de Pezil.

Petardo Lesmes:

Es un capataz muy cruel. Lo llamaban el Argentino. Explotaba el trabajo de los caucheros. Los hacía pagar el caucho con mañoco y los flagelaba. Como era tan cruel conquistó al Cayeno, que lo iba a contratar para sustituir al Váquiro.

Lauro Coutinho:

Joven brasileño compañero de Clemente Silva, que lo ayuda a salvar a los caucheros de las tambochas. Ordena a su querido hermano que se suba a un árbol para ver si vienen las tambochas, éste dice que si vienen, entonces de la impresión Coutinho lo mata.

Argumento

Se describe de nuevo la vida terrible que lleva el cauchero, sus desgracias, sus enfermedades, y la terrible explotación que sufre. Arturo le expresa a don Clemente su total solidaridad. Le proponen a don Clemente que se escape, pero él por ninguna razón dejará abandonados los huesos de su hijo. Lo que hay que evitar es que los tome presos Funes. El mulato Correa desea regresar, y Arturo le dice que ya no es tiempo de indecisiones. Helí Mesa desea incendiar el tambo, pero Arturo prefiere que no se quemen los mapires envenenados, porque tal vez con ellos se envenenen los cazadores de indios.

Comenzaron a internarse en la selva guiados por don Clemente. Arturo cree que tiene un buen plan: entregarse como rehén al Cayeno, mientras Silva va a Manaos con un pliegue de acusaciones dirigido al cónsul de Colombia. Mientras caminaba, comenzó a sentirse mal, y le dio como una especie de delirio. Cuando volvió en sí don Clemente le explicó que los árboles desangrados persiguen y combaten al hombre, lo hipnotizan y lo extravían, y que él también ha sentido eso.

Se describe la selva virgen, aplastante, inhumana, llena de voracidad y de violencias que luchan entre sí

. Horror que invita a la huída. Sin embargo el hombre civilizado es el más destructivo. Ha hecho desaparecer especies, y así hace fraude contra las generaciones del porvenir.

Al Cayeno, se le dice así porque escapó del célebre presidio de Cayena, sometió a los caucheros y monopolizó la explotación de goma. Se adelanta una profecía: ¡Quién nos hubiera dicho en ese momento que nuestros destinos describirían la misma trayectoria de crueldad!

Caminaban durante días. Arturo era el más débil y se iba quedando siempre atrás. Esto hería su orgullo. Como el jefe era Silva sintió rivalidad contra él, y hasta odio contra los que tenían que estar parando para esperarlo. Temió que Silva no lo estuviera llevando donde el Cayeno, y entonces lo amenazó con pegarle un tiro si no lo llevaba donde él quería.

Llegaron cerca de las barracas y se escondieron entre la fronda. Arturo felicitó a don Clemente por ser tan buen guía. Se da un diálogo entre Arturo y Silva, y luego sigue Arturo describiendo diferentes aspectos de la vida de Silva, en las que se destaca como excelente guía. Narra cómo un día venían las hormigas tambochas, dejando a su paso todo desierto y cómo fue Silva el único que se atrevió a ir a la ciénaga de “El Silencio” a avisarles a cinco hombres que venían las hormigas. Solo un joven brasileño lo acompañó, porque ahí estaba su hermana.

Marcharon apresurados hacia la ciénaga. El brasileño le dijo que había llegado el momento de fugarse y así lo hace, junto con los otros caucheros. Cada uno de ellos lleva un sueño en su cabeza. Se dirigieron a Umarituba, a pedirle amparo al señor Constanheira Fontes, que era muy bueno. Al cuarto día Silva perdió el rumbo, y tuvo que confesarles a los demás que andaban perdidos. Esto les provocó desesperación y pánico. Quisieron matar a Silva pero como era la única esperanza de encontrar el camino, decidieron más bien amarrarlo para que no escapara. Continuaron caminando con don Clemente amarrado. Él les aconsejaba no mirar los árboles pero ellos no hacían caso. Los nervios los pusieron a gritar y don Clemente los amenazó con que si no se callaban iban a atraer al tigre y entonces sí guardaron silencio, cuando ya estaban roncos de gritar. Al caer la noche encendieron la hoguera. Don Clemente busca en su mente algo que lo oriente, y se percata de que lo que lo salvaría sería poder ver el sol, pero es imposible en aquella selva cerrada. Al ver a sus compañeros presos de pánico Clemente prefirió mentirles para tranquilizarlos y les dijo que estaban salvados.

Amaneció. Estaban decididos a regresar. Pero en eso llegaron las tambochas y tuvieron que sumergirse en un rebalse. Las hormigas pasaron y pasaron, destruyéndolo todo. Cuando quisieron salir se dieron cuenta de que estaban hundidos en el fango. El indio Venancio logró salir y luego ayudó a los otros a salir. Pedro Fajardo, vomitó sangre y ahí mismo murió. Lauro Coutinho obligó a su hermano a subirse a un árbol para ver el sol. El muchacho subió todo lo que pudo sin lograr ver nada. En eso intentó bajarse gritando que venían las tambochas, y su hermano le disparó y lo mató. Esto enloqueció al grupo y cada uno salió corriendo por su lado.

Noches después Silva los sintió gritar, pero no se les acercó por temor de que lo asesinaran. Sin embargo regresó a buscarlos, y halló las calaveras y algunos huesos. Silva vagó dos meses perdido, comiendo semillas, hongos y raíces hasta que llegó al río Tiquié, donde lo encontraron los Albuquerques, que lo condujeron al barracón. Al terminar el año, se fugó de nuevo en una canoa para el Vaupés.

Aquí termina la narración que hace Arturo sobre esta aventura de Silva. Llegaron al Isana. Decidieron que Arturo iría desarmado y los demás esperarían escondidos. Arturo llegó al chinchorro del patrón, llamado Aquiles Vácares. Ahí estaba Zoraida Ayram. Arturo se presenta a Aquiles y éste le devuelve el saludo.

Se describe al Váquiro (general Vácares) como un ser sucio, hediondo y vulgar. Cuando Arturo comienza a conversar con el Váquiro aparecieron los compañeros de Arturo desarmados. Entonces Arturo tiene que idear una mentira. Inventó que eran barraqueros del río Vaupés, que tenían en Manaos un buen cliente, la casa Rosas, pero que por desgracia, a causa de los raudales del Vaupés, perdieron un trambuque, en el correntón de Yavaraté, con la cosecha de tres años. Zoraida Ayram se interesa por saber si ellos conocen el río Vaupés, así como el precio que ellos dicen que tiene el caucho. Zoraida le reclama al Váquiro que le devuelva la plata pagada de más. Ellos dos discuten y entonces el Váquiro le pide a Arturo que vayan a conversar donde nadie los interrumpa.

Arturo le propone a Vácares que le tripulen una canoa para enviar un correo a Manaos, para avisar de la catástrofe y traer dinero. Vácares le dice que no tienen marino. Arturo propone que le den un boga y que el mulato Correa se irá con él. Zoraida le ofrece vender un boga. Vácares y Zoraida discuten de nuevo. Ella le dice que el que manda es el Cayeno y no él. Vácares, para demostrar que sí manda le ofrece la embarcación a Arturo. Arturo ofrece traer muchos bienes, entre ellos licor. Luego Arturo le hace jurar a Vácares que contarán con su ayuda.

Al atardecer, Zoraida Ayram comienza a seducir sutilmente a Arturo, éste imagina la vida de ella, dura, solitaria, triste. En la noche, ella toca el acordeón y Arturo intenta quererla, como a todas las otras, por sugestión.

Por la mañana Franco busca a Arturo para informarle que Zoraida quiere habarle. Arturo va donde ella, que está arrecostada y le habla directamente de amor. Ella le dice que está equivocado, pero él insiste con caricias y toqueteos. La madona lo estrecha contra el seno y dice llorando: “¡Ángel mío, prefiérame en el negocio!”

Una decena de niños hambrientos se acercaron tímidamente a pedir mañoco. Zoraida, para alardear de generosidad les llenó sus vasijas de afrecho. En eso una vieja envidiosa los asustó con el viejo. A los niñitos los asustaban diciéndoles que Clemente Silva los iba a perder en el bosque. Pero según Clemente el temor de los niños es que ven reflejado en él su propio futuro. Más lejos había un grupo de niñas, hambrientas, semidesnudas, tiradas en el suelo. Habían sido vendidas o cambiadas y prostituidas desde los diez años.

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Arturo encuentra, medio ciego y miserable, a un viejo amigo, llamado Esteban Ramírez, hombre muy culto. Se entabla un diálogo entre ellos, en el que se critican los prejuicios de la sociedad hipócrita. Ambos se cuentan algunos aspectos de sus dolorosas vidas.

Parece ser que Esteban Ramírez presenció las tragedias de San Francisco del Atabapo. Parece que Funes enterraba a la gente viva. Ramiro trabajó para “El Argentino” que utilizaba el hambre para someter a los siringueros. Cuando regresaron los trabajadores Ramiro le dice a Arturo que el tal Argentino no es otro que el famoso Petardo Lesmes quién, con abrigo impermeable que venía con un látigo insultando y maltratando a los trabajadores. Este tipo le preguntó a Arturo el nombre y cuál era su cuadrilla, a lo cual Arturo responde con una gran ironía, demostrándole que conoce su oscuro pasado. El tipo se perturba, Arturo le arrebata el látigo y con el le cruzó el rostro. El petardo salió corriendo buscando una carabina, completamente humillado.

La canoa saldrá esa misma noche para Manaos, Franco y Arturo quedarán como rehenes. La madona le confiesa a Arturo que Luciano Silva se suicidó. En eso se oyeron gritos y lamentos. Don Clemente Silva y sus camaradas gritaban enfurecidos, porque habían botado al río los huesos de su hijo, solo porque la madona les tenía escrúpulo. Don Clemente se va en la canoa, mientras le promete a Arturo que volverá y le pide que los mate a todos, menos a la pobre Alicia.

Arturo aprovecha ese tiempo para escribir sus memorias. Lo hace con el propósito de impresionar a Ramiro Estévanez y de darle un ejemplo para sacudirle su carácter pusilánime. El Váquiro, quien es analfabeta, encuentra bien que Arturo escriba y le recuerda que está con el Cayeno, porque quiere evitar tener que matar al Funes, el cual es un asesino que debe más de seiscientas vidas.

Se describe la masacre que llevó a cabo Funes en el pueblecito de San Fernando el 8 de mayo de 1913 Funes. Además de ser un hombre asesino, es también un sistema funesto: es la sed de oro, la envidia, la tiranía. En una región en la que no hay ley ni autoridad imparcial, solo impera la ley del más fuerte. Ahí, el gobernador Roberto Pulido dispuso que el caucho se pagara en San Fernando con oro o con plata, y no con pagarés girados contra el comercio de Ciudad Bolívar. Esta decisión le creó muchos enemigos. Funes aprovechó la situación para acaparar el poder. Trajeron a muchos hombres armados y esa noche mataron a Pulido y a muchos hombres más. La masacre fue terrible: a bayonetazos despedazaron cuerpos, cortaron cabezas, dispararon contra mujeres y niños que huían. Después de esto, los sobrevivientes quedaron totalmente sometidos y sumisos. El pánico se extendió, también las atrocidades. Se cometían muchos crímenes en nombre de Funes, pero nadie en realidad prosperaba en esas zonas. Los trabajadores pagaban con su vida y su esclavitud. Pero los dueños también caían en servidumbre vitalicia, y también debían morir ahí. “Un sino de fracaso y maldición persigue a cuantos explotan la mina verde. La selva los aniquila, la selva los retiene, la selva los llama para tragárselos.”

Arturo está agobiado y decaído. Se siente harto de la madona y recuerda la dignidad de Alicia. Como siempre lo hacen al final de cada semana los siringueros invadieron el zarzo de las mujeres, para gozarlas como premio de su semana. Dos niñas gritaban de dolor, porque todos los hombres las preferían y les era imposible resistir más. Entonces el Váquiro las amenazó con un látigo. Desesperada, una de ellas se tiró al suelo y se rompió un brazo. Arturo la recogió y le ofreció protección. Un hombre le propuso cambiarla por la madona para probarla, lo cual enfureció a Zoraida. Al día siguiente, tratando de reconciliarse Arturo llegó a acariciarla y descubrió que la madona llevaba las esmeraldas de la niña Griselda.

El rostro de Franco se ensombreció al saber que Zoraida portaba las esmeraldas de Griselda. Como la turca se acercaba a ellos con un cigarrillo sin encender, Franco le ofreció fuego, y cuando ella se agachó, él pudo constatar que efectivamente eran las esmeraldas de Griselda. Desde ese momento Arturo entra en la dramática situación de quien está absoluta e irreversiblemente obligado a convertirse en asesino. Su destino es matar a Barrera. Hasta Ramiro Estévanez que es tan prudente, considera esto inevitable.

Franco y Helí han visto a la niña Griselda en una embarcación que transporta goma robada. Una noche, ocultos en un escondite, vieron la fila de indios que llevaban la siringa robada, y al final desfilaba también la madona Zoraida Ayram. Franco y Helí se hicieron pasar por indios que llevaban, en la fila, siringa al barco, para conocer la ruta que tomaba el barco. Los perros encontraron a Griselda, quien se los llevó. Franco logró ver a Griselda, quien está anémica y consumida. Arturo teme que el barco no regrese más, pero el catire entonces propone una estrategia: desenterrar las armas que tienen escondidas y buscar entre las lagunas la Guarida del Bongo. Arturo sabe que no puede confiar en nadie, menos en la y en el gobierno, que ni siquiera ha sido capaz de hacer un mapa correcto. Sigue fingiendo ante la madona. Arturo va enredando a Zoraida para sacarle información, le dice que un hombre con quien tuvo negocios que vive en los alrededores generosamente, sin conocerlo le envió dinero para que le enganchara indios y peones, y que este hombre se llama Barrera. Al oír este nombre Zoraida reacciona y cuenta que los peones de Barrera son los más desgraciados, enfermos y hambrientos, que con el andaban unas colombianas enfermas, y que le había vendido una a precio de costo. Zoraida quiere saber más de esto, pero Arturo le dice que está al tanto del robo de caucho que ella lleva a cabo y que el Cayeno ya fue informado de eso, a lo que Zoraida contesta: “¡Mentira!, ¡Mentira!” Arturo le dice que los gomeros encontraron el escondrijo de su barco pirata y ella exclama: “¡Alá, que hago, me roban todo!”, con lo cual se denuncia sola.

El Váquiro está en su hamaca totalmente ebrio, y, disgustado contra Arturo le ordena que se entregue preso. Entonces Zoraida le confesó a Estávanez que el Petardo Lesmes llegaría con el Cayeno en la tarde y que pesaban contra ellos algunas sospechas. Entonces Arturo expresó su lealtad al general Vácares a lo cual asintió el Váquiro y explicó que sus amigos estaban ausentes porque habían ido a trabajar para corresponder la hospitalidad del Váquiro, con lo cual este también estuvo de acuerdo. Finalmente Arturo dice que el cónsul de Manaos, quien es su amogo personal surca ya el río negro y viene a corregir algunos abusos, tal y como se lo anunció en su última carta, noticia que asusta al Váquiro y a la madona.

El Váquiro no desea verse involucrado en la masacre de Funes. Zoraida quiere sacarle provecho a la supuesta visita del cónsul, y confiesa que el caucho que roba es de pésima calidad. Arturo aprovecha el interés de Zoraida, e inventa que Griselda sabe cosas importantes. Zoraida dice que les tiene miedo a esas colombianas porque le cortaron la cara a Barrera. Arturo la convence de que ha que interrogar a Griselda, y Zoraida accede y la trae.

Esa noche Arturo le propone a la turca fugarse juntos. El Váquiro le expresa muchas inquietudes a Arturo, y éste lo tranquiliza con mentiras, Arturo tomó tanto que se le adormeció una parte del cuerpo, y cuando vio venir a las dos mujeres casi no pudo avanzar, por el adormecimiento. Griselda corrió a abrazarlo, pero él la detuvo y la saludó secamente.

Arturo escribe sobre las últimas tres semanas. Primero, un diálogo con Griselda, en el que ella le explica sus aventuras, que Barrera la vendió a ella a la madona, que Barrera le vendió a Clarita a Funes. Griselda da testimonio de la lealtad y honorabilidad de Alicia e informa que todavía está encinta y que fue ella la que cortó la cara de Barrera para defenderse cuando él quiso violarla. Narra la fiebre y la parálisis que le produjeron el beriberi. La dificultad para evadir al Váquiro y poder fugarse y como Ramiro Estévanez se niega a huir con él renunciando a la libertad, a su juventud con tal de no volver fracasado y mendigante.

Ramiro y Arturo dialogan. El Váquiro se ha dado cuenta de que le falta caucho y que se lo robaron. La madona le ha dicho al Váquiro que Arturo responderá por eso. Ante este problema Arturo prefiere recuperar las armas escondidas. Ramiro le recomienda calma, y que espere a que el Váquiro duerma la siesta. Arturo aprovecha para insistirle a Ramiro que se fugue con él. De repente, asustado, Ramiro ve venir al Cayeno.

Llegó el Cayeno. Castigó a Vácares por no haber defendido el caucho, guindándolo por los pies y poniéndole humo en la cabeza. Interpeló a la madona quien acusó a Arturo, quien quiso defenderse, pero su pierna enferma no se lo permitió. Entonces el Cayeno lo pateó y lo fueteó hasta dejarlo ensangrentado. En la tropa de indios venía el Pipa, quién denunció a Arturo diciendo que él era el espía de San Fernando. Pero el cauchero que los traía, un hombre corpulento la emprendió contra el Pipa y, reprochándole las crueldades que le hacía a los indios, lo arrastró furibundo y le cortó los brazos con el machete. Al regresar el Cayeno le exigió a Arturo devolver el caucho, lo metió en una canoa y Ramiro y Zoraida lo miraron llorosos y espantados.

Llegan al Batelón donde la niña Griselda trata de enredar al Cayeno y donde atisban escondidos Fidel y el Catire, el Cayeno los vio escondidos, al acercarse a ellos Fidel le agarró el arma, e Catire lo sujetó por la cintura, y antes de que se soltara y se tirara al río, la niña Griselda logró darle un golpe en la cabeza. Los perros se lanzan al agua contra él, los hombres le disparan y al fin logran matarlo.

Siguen su camino. En el villorio de San Joaquín, frente a la boca del Vaupés, los habitantes no los dejaron desembarcar; no quieren colombianos enfermos y lanzan maldiciones contra Barrera. En San Gabriel, otro pueblo, el prefecto apostólico Monseñor Massa los acogió, les ofreció gasolina y les dio la buena noticia de que don Clemente había bajado hace tiempo, y que el Cónsul de Colombia subirá, a fines de la semana, en el vapor Inca, que hace el recorrido entre Manaos y Santa Isabel.

Joao Castanheira Fontes les dio ropa, mosquiteros, provisiones, y una canoa equipada para el viaje a Yaguanarí; el beriberi le dejó la pierna dormida e insensible a Arturo, pero su espíritu renace son la esperanza. En Santa Isabel dejó una carta para el cónsul en la que invoca sus sentimientos humanitarios para aliviar el dolor de sus compatriotas. Arturo presiente que su senda toca a su fin y percibe la amenaza de la vorágine.

Bogan rápidamente acacia Yaguanarí porque Barrera va a salir hacia Barcelos, y puede llevarse a Alicia. Arturo le da al Catire el revólver, por precaución.

Se describe la muerte de Barrera, que Arturo escribe desde el Barracón de Manuel Cardoso así: Cuando llegó a Yaguanarí, buscó desesperado a Barrera y lo encontró desnudo en el río Yurubaxí. La lucha entre ambos fue atroz, hasta que Arturo pudo herirlo con sus dientes y sumergirlo bajo la linfa para asfixiarlo. En ese momento millones de Caribes devoraron a Barrera. Arturo corre a buscar a Alicia y alzándola le muestra el esqueleto del opresor. Acostaron a Alicia en el fondo de la curiara, lívida y exánime con síntomas de aborto.

Arturo escribe que hace dos noches, entre la miseria, la oscuridad y el desamparo nació el bebé sietemesino. Arturo está determinado a llevarlo de regreso a su tierra lejos del dolor y la esclavitud.

La lancha de Naranja los ataca reiteradamente y trata de someterlos. Ellos se defienden. Franco y Helí vigilan la peña. La flotilla de colombianos enfermos pide ayuda, pero Arturo no puede arriesgar la salud de Alicia y de su bebé.

Los enfermos y hambrientos colombianos ven en Arturo a su redentor. Arturo piensa que deberían irse al caney de Yaguanarí a esperar al vapor Inca que arribará pronto. Si los enfermos acosan mucho los obligarán a irse al monte.

Arturo, Franco, Griselda, Alicia, Helí, Martel y Dólar deciden improvisar un rancho y guarecerse en la selva. Arturo lleva en sus brazos al bebé.

Arturo deja una carta a don Clemente en la que le dice que no pueden esperarlo en el barracón de Manuel Cardoso, porque los apestados desembarcan, le deja el manuscrito que ha venido escribiendo con la recomendación de que se lo entregue al cónsul, como testimonio de la desolada historia de los caucheros.

Finalmente le dejan un mensaje al viejo Silva diciéndole que estarán situados a media hora de esa barraca, en dirección del caño Marié y una súplica de que no se tarde porque solo tienen víveres para seis días.