La vida; Eloy Sánchez Rosillo

Literatura española contemporánea. Poesía de la experiencia. Novísimos. Poema elegíaco. Paso del tiempo. Ubi sunt. Símbología. Verano. Naturaleza. Noche. Infancia

  • Enviado por: Sonia
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NOTAS PARA LA LECTURA Y EL ESTUDIO

DE LA VIDA

De Eloy Sánchez Rosillo

Curso 2004-2005

NOTAS PARA LA LECTURA Y EL ESTUDIO DE LA VIDA

1. ELOY SÁNCHEZ ROSILLO Y LOS GRUPOS POÉTICOS DEL FINAL DEL XX

1.1. Los “novísimos”.

Rechazo de la “poesía social”:

Vuelta a “el arte por el arte”:

Culturalismo.

Pop art.

Vanguardismo, ruptura, provocación.

Ausencia de sentimentalismo.

1.2. La poesía de la experiencia.

Lenguaje conversacional:

Escenografía urbana y nocturna.

Biografismo, intimismo:

Ironía.

Tono narrativo.

Culturalismo “light”:

Métrica tradicional.

2. LECTURA, TEMAS Y ESTILO DE LA VIDA.

2.1. Introducción: un libro elegíaco de un poeta “clásico”.

2.2. Planteamiento y sentido general del libro.

2.3. Símbolos y motivos principales de La vida.

-El verano, la luz, la naturaleza: decorados y símbolos de la felicidad pasada.

-La ciudad, la noche, el invierno: decorado de la soledad presente.

-Ahora que no se vive: la escritura, la memoria.

-La identidad, la realidad, el sueño.

-El hijo, la infancia.

-Una lectura de la tradición barroca.

-La naturaleza cíclica.

2.4. Estilo: sencillez y clasicismo.

Lenguaje coloquial.

Narratividad.

Biografismo: la primera persona.

El símbolo.

3. NOCIONES SOB RE MÉTRICA

3.1. El verso rítmico.

1. ELOY SÁNCHEZ ROSILLO Y LOS GRUPOS POÉTICOS DEL FINAL DEL XX.

Para entender la poesía de Eloy Sánchez Rosillo no es estrictamente necesario conocer a sus contemporáneos, ni tenemos por qué empeñarnos en situarlo dentro de algún grupo poético determinado. Él mismo lo dejó claro cuando dijo: “ La voz de los poetas es siempre la misma pese a las modas. Son ingenuidades que no afectan a la poesía, como no afectan al canto del ruiseñor que cantaba igual con Safo, Catulo, Keats y ahora.” Ahí están sus poemas que hablan en su mayoría de un tema tan universal y sencillo como es el paso del tiempo. No obstante, desde un punto de vista didáctico, sí que es interesante hacer, aunque sea breve, un repaso del contexto literario de nuestro autor. Así conseguiremos dos cosas: la primera, entender un poco mejor su poesía; la segunda, saber qué ha pasado en los últimos treinta años en la poesía española, sea o no “murciana”. Para ello, explicaremos brevemente las dos tendencias más representativas de estos años: los “novísimos” y la “poesía de la experiencia”.

1.1. Los “novísimos”

El primer libro de Sánchez Rosillo se publica en 1978, tras ganar el prestigioso premio “Adonais”. La década de los 70 está dominada en España por los llamados “novísimos”. Este nombre les viene de una antología de 1970, cuyo título era Nueve Novísimos poetas españoles.

La aparición de este libro sacudió el panorama poético español, porque esos nueve poetas eran jóvenes, habían vivido una posguerra diferente a la de las generaciones anteriores, y su poesía era marcadamente rupturista, rebelde, recuperando el afán de provocación de las vanguardias de principio de siglo pero desde una perspectiva mucho más contemporánea. Los autores más destacados de esta corriente son Pere Gimferrer, Antonio Martínez Sarrión, Leopoldo María Panero y José María Álvarez.

Es conveniente insistir en que todos estos poetas tienen su propio estilo, sus temas y su visión del mundo. Pero compartían también muchas cosas en común:

· Rechazo de la “poesía social”: en los años 50 y 60 había una corriente de poesía que, ante la dictadura, imponía como criterio estético el hacer una poesía sencilla, combativa, desafiando la censura. Blas de Otero y Gabriel Celaya son sus mejores representantes (A la inmensa mayoría es el título de un poema de Blas de Otero, La poesía es un arma cargada de futuro, el de uno de Celaya). Los novísimos consideraban que ese tipo de poesía sacrificaba la calidad y la innovación en aras de una mayoría que realmente no existía; consideraban que el deber del poeta era el compromiso con la poesía y no con la política.

· Vuelta a “el arte por el arte”: es una consecuencia de lo que hemos explicado arriba. Lo importante es el poema, que se entiende como un espacio ajeno al mundo, que no tiene por qué explicar nada de la realidad ni comprometerse con ella. Se busca una belleza artificial, elaborada, basada en las palabras e imágenes del texto poético. Es lo que en las vanguardias se llamó la “autorreferencialidad” del poema. El poema se refiere a sí mismo, se alimenta a sí mismo y se explica a sí mismo.

· Culturalismo: otro elemento de unión entre estos poetas es la cultura. Todos ellos tienen una inmensa cultura forjada en lecturas españolas y extranjeras ( por ser más jóvenes, disfrutaron de una mayor relajación de la censura en lo referente a publicaciones extranjeras) y esas lecturas aparecen constantemente en sus poemas. De hecho, el tema de muchos de sus textos es precisamente un libro, un poema de otro autor, un cuadro, es decir, muchos de sus poemas no hablan de experiencias personales sino de lecturas, del mundo de la cultura. El abanico de autores es amplísimo: los clásicos griegos y latinos aparecen con frecuencia en sus textos, junto con vanguardistas de todo tipo: André Breton, Paul Celan, Tristán Tzara, Saint-John Perse...

· Pop art: en la década de los 60 y 70, Andy Warhol incorporaba los productos fabricados en serie y los iconos de la cultura popular ( Elvis, Marilyn) a su pintura, llevando esas imágenes a los museos del arte “con mayúsculas”. Esa tendencia no fue ajena a estos autores que, junto a todas las referencias literarias que hemos citado antes, introducen de forma deliberada iconos de la cultura de masas dentro de sus poemas, funcionando como antiguamente los mitos clásicos, pero con un componente a veces irónico. Así personajes de cómic como “el llanero solitario”, actrices como Marilyn Monroe, autores de literatura “popular” como Dashiel Hammett, música pop como Lou Reed o Pink Floyd y, en general, todo el mundo del cine, el cómic y la música popular desfilan por los poemas de estos autores mezclados con mitos clásicos o con complejos versos vanguardistas.

· Vanguardismo, ruptura, provocación : como ya se ha podido deducir de todas las características anteriores, una de las intenciones de los novísimos era recuperar el espíritu de experimentación, riesgo y provocación de las vanguardias de principio de siglo, espíritu que había sido truncado por la guerra, el exilio y la poesía franquista por un lado y la social por el otro, demasiado preocupada por hacerse entender por “la mayoría” y por extender su crítica social como para indagar esos camino estéticos. Una importante consecuencia formal de esa experimentación es la continua tensión a la que se somete al lenguaje, intentando violentarlo, alejarlo tanto de la poesía tradicional como de el lenguaje coloquial. El verso suele ser verso libre, sin rima, con un ritmo a veces oral y otras veces entrecortado, deliberadamente tosco, rompiendo la armonía. También se impuso la “moda” de no puntuar los poemas; otras veces la sintaxis se rompe, se violenta, haciendo difícil la comprensión del poema, dejando que las palabras expresen ellas solas su significado, haciendo que el lector no pueda relajarse y dejarse llevar, sino que tenga que estar continuamente alerta, recreando esas palabras, parándose a pensar en su significado. Es decir, lo mismo que pretendía la vanguardia de principio de siglo, lo que se llama la “desautomatización” del lenguaje.

· Ausencia de sentimentalismo: evidentemente, una poesía elaborada con los elementos que estamos viendo, no puede ser una poesía que trate de forma convencional los sentimientos como el principio o el fin del amor, el paso del tiempo, etc. La ausencia de esos sentimientos más o menos convencionales y compartidos por todos es una de las causas de su difícil lectura. Ese “hueco” dejado por los sentimientos socialmente establecidos es ocupado por otros elementos: la ironía, el cuestionamiento de la identidad, la muerte, la reflexión intelectual sobre el lenguaje, sobre la inteligencia, sobre los límites del conocimiento y la palabra para conocer el mundo...

1.2. La poesía de la experiencia

Evidentemente, la poesía de Rosillo no concuerda con los principios estéticos de los novísimos. Se acerca mucho más, aunque él es reacio a ser “encasillado” dentro de corrientes, a la que surge en los años 80, en cierto modo como reacción contra esa poesía difícil e intelectual, reclamando mayor sencillez en el lenguaje y una vuelta a los sentimientos y a la “realidad”, es decir, a la “experiencia”.

Los más importantes representantes de esta tendencia son Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes y su influencia todavía es importantísima hoy día, si bien ya empieza a sentirse el cansancio de ese estilo “de la experiencia”. Los principales patrones estéticos son los siguientes:

· Lenguaje conversacional: frente a la dificultad de la poesía de los novísimos, los poetas de la experiencia utilizan un lenguaje conversacional, sencillo, que no busca el principio de desautomatización de las vanguardias. Se busca la cercanía con el lector, la complicidad, el convertir lo cotidiano en poético.

· Escenografía urbana y nocturna: del mismo modo que el lenguaje es cotidiano, los espacios del poema también lo son. La ciudad, las calles, los taxis, todos los elementos habituales en la vida de un habitante de la ciudad se convierten en material poético. Además, se da cierta predilección por los ambientes nocturnos. Por un lado, se describe la noche en los bares, el alcohol, la vida nocturna; por otro lado, está también la noche en una vuelta al Romanticismo: la noche en soledad, el insomnio, la meditación, la soledad ( en esta vertiente se pueden situar algunos poemas de Rosillo).

· Biografismo, intimismo: por eso se llama “poesía de la experiencia”. El poeta pretende hablar de su vida, de sus experiencias, de las cosas cotidianas que le pasan y los sentimientos que éstas le provocan ( notar la oposición respecto a los novísimos). Es, por lo tanto, una poesía intimista, parecida a la que practicaron algunos autores de la llamada “generación del 50” como Gil de Biedma o Ángel González.

· Ironía: pese a ser una poesía de sentimientos, la evolución que ha seguido la poesía desde el Romanticismo ya no permite que el sentimentalismo se tome demasiado en serio y, ya desde los autores antes citados como modelos ( Biedma, González), el autor enfrenta sus experiencias personales con un velo de ironía, de distancia y, a veces, de humor.

· Tono narrativo: los poemas muchas veces cuentan una historia, algún acontecimiento cotidiano que ha sucedido al poeta ( o al personaje del poema) y que sirve para provocar alguna reflexión sobre lo sucedido o para explicar los sentimientos que ese acontecimiento narrado provoca en el poeta. Esta tendencia es contraria a la “poesía pura” de la generación del 27 y de muchos vanguardistas que consideraban que las anécdotas carecían de sentido poético y que había que eliminarlas para encontrar la idea o el sentimiento “puros”, alejados de cualquier elemento biográfico o narrativo. Muchos de los poemas de Rosillo utilizan esta técnica de narrar algún acontecimiento personal sobre el que se reflexiona para darle un sentido más universal y profundo.

· Culturalismo “light”: también estos poetas tienden a introducir libros, películas, canciones, cuadros, dentro de sus poemas, pero siempre de una forma más sencilla y cotidiana que en los novísimos.

· Métrica tradicional: en su búsqueda de sencillez, abandonan la tendencia vanguardista novísima e intentan una métrica elegante, en la que no abunda la rima, pero sí un ritmo suave, cadencioso, que busca una cierta naturalidad y elegancia basándose sobre todo en el predominio del endecasílabo combinado con el heptasílabo y el alejandrino; es decir, la métrica renacentista, clásica. También la poesía de Rosillo comparte este gusto por el endecasílabo.

2. LECTURA, TEMAS Y ESTILO DE LA VIDA.

2.1. Introducción: un libro elegíaco de un poeta “clásico”

La poesía de Eloy Sánchez Rosillo suele calificarse de “elegíaca”. Si buscamos “elegía” en un diccionario, se define como la “composición poética en la que se lamenta la muerte de una persona o un hecho triste”. Pero en un sentido más amplio, que es el que se aplica a Rosillo, se llama elegíaca a aquella poesía que se lamenta de todo lo que desaparece, lamenta la pérdida, en última instancia habla, por lo tanto, del paso del tiempo.

Ese es sin duda el tema fundamental de este libro y, en general, de toda la obra de Rosillo. (No es casual que su tercer libro, de 1984, se llame Elegías. ) en La vida encontraremos un lamento continuo por todas las cosas perdidas, especialmente la juventud, y una reflexión sobre el propio paso del tiempo, sobre la caducidad de todo lo humano y la fugacidad de la vida.

Este lamento se realiza sin dramatismos, en un estilo que se puede denominar de “clásico”. En primer lugar por esos temas universales ( tiempo, fugacidad, juventud pasada...) que han estado presentes en la poesía desde sus orígenes griegos y latinos, pasando por los clásicos españoles como Manrique, Garcilaso o Quevedo hasta llegar a modelos más directos como Antonio Machado, Leopardi, Cernuda. En segundo lugar, también se habla del clasicismo de Rosillo por su estilo sencillo, moderado, reflexivo y profundo, que no deja lugar a originalidades superfluas.

El propio Rosillo define lo que él entiende por elegíaco en las siguientes palabras: “ Mi poesía toda tiene un tono elegíaco. Yo veo el mundo así. Tengo una inclinación especial hacia el pasado. No es que me interese el pasado como pasado, como algo cerrado y alejado; me interesa porque forma también parte del presente para mí, y siempre veo todo lo que me está sucediendo como algo que se está yendo. Y, claro, la juventud, que ya quedó lejos por desgracia, me parece un momento culminante de la vida del hombre, aunque no tenga esa etapa de la vida muchas cosas que después vamos adquiriendo. Pero tales cosas se adquieren cuando uno ya no tiene, creo yo, la plenitud vital que tenía en el tiempo de la juventud, y eso es quizá lo que se echa de menos de ella, de no tenerla. Y de ahí se deriva el tono nostálgico, elegíaco

2.2. Planteamiento y sentido general del libro

Dentro de la variedad de temas, símbolos y motivos que Rosillo desarrolla en los 30 poemas que componen La vida, se puede encontrar una unidad de sentido relacionada con ese tono elegíaco, ese lamento por la juventud perdida y el paso del tiempo. Hay un esquema conceptual que posibilita que ese sentimiento se desarrolle de una manera original y efectiva. Este esquema se basa en unas ideas-clave.

En primer lugar, en casi todos los poemas, hay una dualidad: por un lado un AQUÍ / AHORA habitado por la vejez, la soledad, la tristeza y la escritura que se manifiesta también a través de los elementos simbólicos de la sombra, el invierno y la ciudad; por otro lado un ALLÍ / ENTONCES habitado por su infancia y su juventud, por la alegría, el amor y la plenitud vital que se manifiestan también a través de los elementos simbólicos del verano, la luz, la naturaleza.

Esa oposición es la clave del libro, ya que a través de ella se observa el paso del tiempo, el contraste entre un mismo “yo” en dos mundos completamente distintos pese a ser el mismo. Es su explicación de la fugacidad, del tempus fugit.

Pero hay otros elementos importantes que unen esos dos mundos y dan un sentido unitario a esa oposición. En primer lugar, la poesía, que se caracteriza como una actividad que se desarrolla en ese AQUÍ / AHORA de vejez y muerte pero que es un ejercicio de memoria y salvación. Desde esa vejez, el poeta rememora su vida, su juventud, a través del poema, y en cierto modo rescata esa vida pasada y consigue salvar algo de la muerte, iluminar un poco esa oscuridad de su presente. Por esto muchos poemas hablan de ese preciso momento de la escritura, una imagen constante en el libro es la del poeta sentado, escribiendo precisamente el poema que estamos leyendo.

Esta dualidad que es el sentido del libro se halla perfectamente recogida en el poema más corto del libro, de tan solo cuatro versos, titulado Hoy:

“Toqué entonces el mundo: lo hice mío, fue mío.

Han pasado los años.

Ahora ya sólo soy

el que recuerda, el que vivió, el que escribe”

El otro elemento de unión entre ambos mundos es la certeza, que se nos muestra en algunos poemas, de que ya en el ALLÍ / ENTONCES, es decir, ya en la juventud y la vida plena, se podía distinguir el germen, la semilla del AQUÍ / AHORA, la conciencia del tiempo inexorable. La infancia ya contenía la vejez desde la que ahora escribe, el verano, simbólicamente, ya contenía los primeros síntomas del otoño, el amor ya nació con la soledad dentro. Así consigue Rosillo una visión unitaria de la vida pese a la oposición que subyace en muchos poemas, una unidad a la que se da mucha importancia, pues con esa idea se cierra el libro. Los dos últimos versos de La vida insisten en ella:

“A la vez respiramos la luz y la ceniza.

Principio y fin habitan en el mismo relámpago”

2.3. Símbolos y motivos principales de La vida.

Hemos visto ese esquema conceptual que sustenta los poemas y que nos ayuda a entender mejor la obra. Pero la poesía no se hace sólo con esas ideas abstractas: cada poema desarrolla una serie de símbolos, utiliza unas determinadas palabras que van creando un mundo de significados mucho más rico que la simple oposición de ideas vida-muerte, pasado-presente.

A continuación iremos analizando de qué elementos poéticos concretos, de qué materiales están compuestas esas ideas, esos conceptos que nosotros hemos aislado por necesidades teóricas.

El verano, la luz, la naturaleza: decorados y símbolos de la felicidad pasada.

En La vida, el verano se convierte en un símbolo recurrente, que se da casi siempre asociado a ese ENTONCES / ALLÍ. Es la estación de la juventud y el pasado por lo tanto, la estación de la plenitud vital. Veamos algunos ejemplos de los poemas para entender mejor el funcionamiento de este símbolo y cómo va adquiriendo sus significados.

En el primer poema, Desde aquí, podemos leer lo siguiente:

Entreveo a lo lejos un verano

que no tuvo comienzo, y no termina

(siempre es verano cuando rememoro

desde la oscuridad la luz primera) :

una casa en el campo; estoy jugando junto

a la acacia que da sombra a la puerta;

mi madre cose o lee cerca de mí y me mira

con los ojos más dulces y más limpios que yo haya visto nunca”

Vemos así cómo, desde el primer poema, va definiendo Rosillo el carácter simbólico de ese verano, sin principio ni final, es decir, mítico, inseparable de sus recuerdos de infancia y juventud, de ese ALLÍ / ENTONCES que, con ese verano mítico se convierte en espacio de plenitud.

El otro gran símbolo que ya desde el principio aparece también ligado al verano y al pasado feliz es la luz, esa “luz primera” que se rememora “desde la oscuridad”, oponiendo así simbólicamente los dos tiempos: pasado-luz / presente-sombra.

A los dos grandes símbolos, verano y luz, ( con todos los semas que aportan de alegría, vida, plenitud, etc) se van añadiendo otros elementos simbólico-biográficos. En este primer poema vemos que al verano se asocia la casa de campo de la infancia, y con ella los elementos de la naturaleza junto con la imagen protectora y casi angelical de la madre, es decir, una presencia femenina, amorosa, antítesis de la soledad.

Esa madre quedará sustituida por la mujer o la muchacha en otros poemas en los que se rememore no ya la infancia, sino la adolescencia o la juventud. En cualquier caso, será una figura femenina positiva en un ambiente de verano y de luz muy parecido al del primer poema: “Una vieja ciudad totalmente tomada por la luz del verano(...) días que aparentaban / transcurrir muy despacio; / una muchacha llena / de alegría y de ganas de vivir.” Así se va construyendo poco a poco esa idea, ese símbolo del verano como la estación del pasado feliz, sin tiempo ( en el primer poema decía que era “sin principio ni fin”, y en este los días pasan “muy despacio”) y asociado con la luz como símbolo que ayuda a conferir el significado de vida plena, que es el que siempre quiere asociar Rosillo a la juventud y la infancia.

Pero el poema en el que el símbolo del verano como sinónimo de felicidad se desarrolla más claramente es Despedida. En este poema el verano no es simplemente el marco en el que sitúa al niño o al adolescente feliz, sino que el verano es ahora el tema y el protagonista absoluto del poema. En él vuelve a aparecer unido al símbolo de la luz, explicitando claramente la simbología luz-vida-alegría frente a sombra-vejez-muerte: “(el verano) Dispuso que las sombras se apartaran / del corazón del hombre y que creciera / la alegría en su pecho. Estaba todo / lleno de luz, de intensidad...”

También aparece aquí la unión verano-naturaleza, para contribuir a la idea de plenitud y de sencillez: la naturaleza es la vida plena y sin complicaciones ni recovecos, como lo son el niño y el adolescente, puros, seres que viven su plenitud sin otra preocupación que vivirla. Así es la imagen de la naturaleza que Rosillo incluye en su verano: “(el verano) Venía, jubiloso, por los campos / y a su paso las tierras se colmaban / de espigas y frutos”

En conclusión, al ser Despedida un poema cuyo tema central es el verano, hay una personificación continua de éste, al que no podemos evitar imaginar como un adolescente lleno de vida que va recorriendo feliz los campos. Es decir, que al personificar al verano vemos en él reflejada también la idea principal del libro: la juventud, la vida, felicidad son fugaces y dentro de ellas ya está presente la vejez, la muerte y la soledad, del mismo modo que dentro del verano hay ya un indicio del otoño. Con esa idea termina el poema: “ Los días, poco a poco, van menguando. / Y un indicio de otoño que hay en el aire dice / que es muy fugaz la dicha

La ciudad, la noche, el invierno: decorado de la soledad presente.

Si el verano y lo luminoso y natural eran el marco simbólico elegido por Rosillo para situar el pasado feliz y la vida plena, el ALLÍ / ENTONCES, de una forma casi inevitable sus antónimos serán los que el poeta elija para hablar de un AQUÍ / AHORA que quiere mostrar como contrario. Lo contrario de la juventud y la vida plena exige también la contrario del verano, la luz y la naturaleza para expresarse. Así, encontraremos en varios poemas que el entorno urbano, la falta de luz y la estación invernal se convierten en marco de la vejez, del presente en el que no se vive sino que se recuerda y escribe y se está solo. Esto se puede ver ya desde el primer poema: “Pero en un solo instante se ha cerrado la noche; / crecen las sombras, y es invierno, y llueve, / y no hay nadie en mi casa (...)”

También podemos encontrar poemas como Volver, en el que se insiste más en la oposición ciudad-naturaleza como paralelo simbólico de la oposición vejez-juventud : “Cómo me gustaría estar ahora / lejos de la ciudad, / andando por los campos aquellos de mi infancia”

En cualquier caso, toda esta simbología, que es constante en la obra, se trata de forma más evidente en el poema Septiembre, en el que Rosillo reinterpreta la comparación clásica entre las edades del hombre y las estaciones de la naturaleza. A pesar de lo manido del tema, consigue que no suene gastado, y lo introduce de una forma personal, añadiendo esa oposición naturaleza-ciudad: “Hoy comienza septiembre, y la melancolía / del final del verano, puntualísima, acude / a su cita conmigo. Hay que volver mañana / a la ciudad

En este poema, la madurez, simbolizada en la ciudad, la rutina, el trabajo y el otoño, se considera como una vida falsa comparada con la vida del verano (simbólicamente, la juventud) que se considera como una vida plena. Por último, aparece el invierno, la última estación como la última edad, la vejez anterior a la muerte. No obstante, el tema se trata con cierta distancia, usando un lenguaje coloquial que evita dramatismos en un tema tan repetido: “Así, sin mucha pena / y sin gloria ninguna, transcurrirá el otoño. / Y después, de muy malas maneras, implacable, / tomará posesión de mi vida el invierno”.

Ahora que no se vive: la escritura, la memoria.

Estos dos elementos, escritura y memoria, son los otros dos “pilares” de ese esquema general conceptual que articula el significado de La vida: se sitúan estas dos actividades en el AQUÍ/ AHORA, en la madurez y la nostalgia de la juventud. Ya hemos ido viendo a través de los anteriores símbolos cómo el pasado se consideraba la vida verdadera, intensa y plena, mientras que en el presente poco o nada queda para vivir de verdad: en el presente se recuerda ese verano, se escribe sobre aquella luz, tal como se expresa perfectamente en Hoy: “Toqué entonces el mundo: lo hice mío, fue mío./ Han pasado los años. Ahora ya sólo soy / el que recuerda, el que vivió, el que escribe”

Pese al sentido negativo que contiene el poema anterior, la actividad poética es vista como algo positivo, con una función redentora, como la única actividad que salva ese presente oscuro, iluminándolo con la luz del pasado. Esta idea aparece en varios poemas, pero es especialmente intensa en Acaso. En este poema la voz poética se reencuentra con la poesía tras un largo tiempo de silencio, y ese encuentro es visto como la llegada de la luz ( con todo lo que ese símbolo tiene de positivo para Rosillo) que hace que se retire la oscuridad: “ No sé si se me otorga nuevamente / el don de hacer poemas(...) mas dejo / sobre el papel estas palabras que hoy / vienen de no sé dónde y me aproximan / a las cosas del mundo, a los afanes / de mi antigua persona. Tanto tiempo / de sombras en mi vida, y de repente / llega otra vez la luz que me redime, / la misericordiosa claridad / que me salva por dentro y da a mi pecho / libertad y consuelo. Abro los ojos / y miro. ¿Rompe el alba? Se diría / que acaba la tiniebla. Y que amanece.

Ahondando en este tema, de una forma estremecedora tras la que se adivina la sinceridad y la necesidad de la escritura, encontramos el poema El abismo. En él la escritura aparece como la última tabla a la que agarrarse para sobrevivir, lo único que da sentido a su vida. Fuera de la escritura lo único que hay es solamente la nada, el vacío. El dramatismo del poema estriba precisamente en su falta de dramatismo. La voz poética aparece distanciada, fría, mientras nos explica su terrible situación: está jugando con el abismo, se está negando voluntariamente a escribir y está sintiendo la atracción de esa nada, de ese vacío que es el que se nota en su voz cargada de indiferencia, de hastío: “ Sin embargo, persisto / en la inactividad, mirando, absorto, / lleno de culpa y de desasosiego, / al fondo del abismo: la nada que desdice / mis viejas ilusiones, la fe que me sostuvo, / mi voluntad de ser frente a la muerte.”

Pero además de ser esa “luz” y esa “fe” dentro de la oscuridad del presente, otra idea que se asocia a la poesía en varios poemas de La vida es la unión de vida y poesía que en última instancia es como la certeza que se tiene, mientras se vive, de que ese instante es fugaz, y su fugacidad solo podrá eternizarse en un poema. Eternidad y fugacidad de la mano, en un mismo instante, vida y recuerdo unidos en el momento en que algo ocurre pero se presiente ya cómo será el recuerdo de eso que se está viviendo, que está pasando. Así lo vemos en Roma 1984, donde se cuenta una anécdota biográfica que contiene esa experiencia: un hecho sin importancia, una tormenta, la lluvia sobre una iglesia, que de repente toman otra dimensión porque en ese instante ya se dejaba ver el poema, ya se sentía la futura nostalgia de esa imagen: “...siento ya / nostalgia de esas horas. Cuando los años pasen, / ocurrirá de nuevo en mi memoria / una antigua tormenta de verano. La lluvia / de esta mañana líquida de Roma / será entonces la lluvia que alguien irá escribiendo / con emoción y melancolía

Exactamente la misma idea desarrolla el poema La siesta que repite la imagen del poema que se escribe a sí mismo, el poema que termina en el momento en que se dice que se está escribiendo, cerrando un círculo que une el hecho vivido en el pasado, su recuerdo, y el instante presente el que se está escribiendo ese poema. Con esto consigue mostrar de una forma magistral las dos caras del tiempo: muestra en su poema, dentro de él, de su estructura, el paso del tiempo, el entonces y el ahora; pero al mismo tiempo consigue captar la unidad del tiempo y de la vida: hay un solo tiempo como hay un solo poema dentro del cual está la vida, el recuerdo, el presente y el pasado: todo unido en el acto de escribir. Así lo dice también en La siesta: “ La memoria / guardará todas estas / horas de oro fugaz, sencillas horas / tuyas de adolescencia. / Algún día dirás tales historias, / tan lejanas, tan viejas. / Y escribirás con mano melancólica / este mismo poema

Final muy similar también al del poema Cuando abrimos los ojos: “Hace frío y la noche / cae sobre las palabras con que te recuerdo”.

La identidad, la realidad, el sueño.

Esa división del mundo en un AQUÍ / AHORA enfrentado y casi opuesto a un ALLÍ / ENTONCES provoca también algunas cuestiones que van más allá del lamento por el paso del tiempo. Esa división en dos mundos también provoca la presencia de dos identidades, de dos “yos” diferentes. Uno es el que vivió ese verano eterno de vida plena, otro el que ahora escribe, que en poco se parece a aquel. Así, de esta dualidad que ordena todo el libro, surge también la cuestión de la identidad en La vida, y junto con la identidad, viene también la pregunta sobre la realidad y el sueño.

Este tema lo encontramos ya en el primer poema, el cual, ya desde el título, (Desde aquí) nos presenta ese desconcierto de un presente en el que, mirando hacia atrás, la historia de su vida, no reconoce ninguno de sus recuerdos, no entiende ese presente desde el que escribe y en el que no hay certeza de ningún tipo, solo hay inseguridad, duda, que se encarna en la imagen de la niebla: “Esta extraña pendiente por la que voy bajando / discurre entre la niebla (...) Me he perdido en el tiempo. Avanzo y retrocedo, / y no consigo asir las formas puras / del existir que en las que me apoyaba / cuando era firme el mundo

Así pues, desde esa niebla, al no tener la certeza de que su pasado sea real, al ver la semejanza entre los recuerdos y los sueños, entre lo vivido y lo inventado, lo real y lo irreal, surge la duda también sobre la identidad: “¿Quién soy? ¿Quién desde dentro de mí me desconoce? / ¿Fui niño un día, o fabulé una historia / que en lo malos momentos a vivir me ayudara?”

De esta manera avanza el poema, invocando recuerdos y constatando que todo ha desaparecido en la niebla en la que ahora se encuentra: el niño, el joven, el amor, su hijo, todas esas cosas que componen la identidad han desaparecido y solo queda esa niebla del presente en la que las imágenes del pasado aparecen frágiles como sueños: “¿Y qué ha sido de mí, de los seguros / convencimientos que me sostenían? / Un extraño me habita. En los espejos veo / la mirada perpleja, interrogante, / de un rostro ajeno, de alguien que en nada se parece / al que fui alguna vez. no sé su estoy soñando, / no sé si estoy despierto, si imagino o recuerdo. Quizás siempre soñamos. Vivo en la incertidumbre. / Me he perdido en el tiempo. Doy pasos en la niebla”

El tema de la identidad, de la negación de la identidad, es sin duda uno de los temas más recurrentes de la literatura y del pensamiento posmoderno. Sin embargo, en Rosillo, este tema aparece tratado con su habitual clasicismo y sencillez, sin entrar en complicados recovecos filosóficos, emparentándolo con el tema clásico de la vida como sueño y llevándolo también a su preocupación principal: el tiempo ( “Me he perdido en el tiempo”).

Ese clasicismo consiste también muchas veces en un modo de ver la vida, en una sabiduría madura y tranquila que recuerda el estoicismo de los poetas latinos y que le lleva a una aceptación de su identidad como una identidad traspasada por el tiempo, dividida por él: “Ahora ya sólo soy el que recuerda, el que vivió, el que escribe” . Y con ese estoicismo y con esa claridad se disuelve la niebla del primer poema, se acepta el presente, y se acepta que el pasado realmente existió, no fue un sueño, y es el sustento del presente, de su identidad, el sentido de su vida, como parece decir en el poema “Al mirar hacia atrás” con esos versos finales en que sí se traza una estrecha unión entre pasado y presente, entre el “yo” que vivía y el “yo” que ahora recuerda y escribe, feliz de haber vivido, sin sentirse en este caso habitado por ningún extraño, sino sólo por sí mismo, su pasado, su memoria: “Cuando miran / mis ojos hacia atrás y considero / los ya no pocos años que he vivido, / ninguna oscuridad viene a negarme / la dicha que la vida tuvo a bien concederme. / A lo lejos aún veo / la quietud sin origen de la infancia, / sus aguas transparentes; / la fascinante intensidad y el vértigo / que fue la juventud; / los días y las noches del amor; la sonrisa / y el gesto y la palabra / de los seres que amé y que me quisieron; / tanta luz verdadera y compasiva / que no se apaga nunca y habrá de acompañarme / mientras mi tiempo dure.”

El hijo, la infancia.

Ya hemos visto que la infancia es uno de los motivos más repetidos en La vida. Hasta ahora ha aparecido siempre en ese ENTONCES / ALLÍ, en el pasado, como sinónimo de vida luminosa, alegre y verdadera, una vida la de la infancia que no conoce el tiempo, ni la muerte; solo la plenitud de sí misma, como el verano.

Pero la infancia también está en la figura de su hijo, elemento de cierta importancia dentro del libro. El hijo del poeta aparece en ese primer poema que es una especie de recorrido por el pasado de la voz poética. En ese recorrido el hijo es la última presencia positiva ( las otras han sido, cronológicamente, su propia infancia, su juventud y el amor) y también la última pérdida, porque todo en La vida está sometido al tiempo, a la pérdida, especialmente la infancia. En este primer poema la imagen de su hijo desaparece, como todas las demás, desvanecida en la niebla del tiempo, cerrando el círculo del recuerdo en el que también había un niño, pero era él mismo.

Hay otro poema en que su hijo tiene mucho protagonismo, Un jilguero. Aquí Rosillo intenta aprehender ese sutil y terrible momento en que el niño, su hijo, deja de ser un niño. Para ello utiliza la figura del jilguero con una intención argumental por un lado y simbólica por otro. Argumentalmente lo utiliza para mostrar el paso del tiempo, para distraer los ojos de la voz poética que están mirando al niño, pero se distraen un segundo cuando el jilguero se posa en una rama sobre sus cabezas. Cuando vuelve a mirar a su hijo el milagro terrible ya ha sucedido, ya no es un niño: “ Te miré / de nuevo a ti. Pero una luz distinta / te habitaba los ojos(...)Me mirabas, ahora, / de forma diferente. Se había ido / tu infancia no sé adónde” Tras ese uso argumental del jilguero viene el uso simbólico, lo inapresable de ese momento solo se puede comparar a lo inapresable del vuelo repentino de un pájaro que abandona una rama: “(la infancia) alzó, de súbito, / como el jilguero, el vuelo. Comenzabas, / sin saberlo, a ser otro. / Un gran silencio / cayó sobre el jardín. Atardecía.” Así consigue Rosillo en este poema volver a encerrar en unos pocos versos el misterio del paso del tiempo. Desde el primer verso, que comenzaba con ese premonitorio “Eras un niño” hasta el “Atardecía” del final, el tiempo ha estado presente en cada uno de los versos, en ese pequeño despiste del padre que deja de mirar a su hijo, en el vuelo del pájaro, en el uso de los tiempos verbales, en la aparición del “otro” y en la figura del hijo, claro, tiempo encarnado.

Con toda intención, inmediatamente después de este poema en el que nos ha contado cómo su hijo deja de ser niño, encontramos un poema en el que la voz poética nos cuenta la pérdida de su infancia, cómo él mismo dejó de ser niño. Como contraposición al carácter simbólico del poema anterior, la voz poética recurre ahora a lo biográfico, situando la pérdida de su propia infancia el día de la muerte de su padre. Es un poema sencillo, narrativo, en el que cuenta sin dramatismo, desde la perspectiva del niño que era, cómo fue la noche en que su padre murió: las luces encendidas en la noche, las carreras, los murmullos, la noticia dada por la sirvienta, los llantos. Al final del poema llega la anagnórisis, el descubrimiento del cambio: “ Entonces no lo supe. / Pero hoy sé que esas horas en que tomé conciencia / del tiempo y de la muerte arrasaron mi infancia: / dejé allí de ser niño.

Tiempo y muerte son, según Rosillo, las dos cosas ajenas a la infancia, lo que el niño no debe conocer para seguir siendo niño. Pero este poema tiene otro punto importante: el presente en el que se escribe, ese círculo que ya hemos explicado con el que se intenta atrapar el tiempo dentro del poema, tiene aquí un sentido más concreto y amenazador: “Tenía / siete años yo entonces y tenía mi padre, / cuando murió, la misma edad que tengo ahora. / Casi cuarenta años han pasado y aún / respiro aquella angustia. Mientras mi mano intenta / escribir estos versos, voy viviendo de nuevo / los momentos terribles de esa noche remota.” Vemos que el poema cuenta un hecho del pasado, pero, al mismo tiempo, el poema está siendo escrito cuando ese niño del poema tiene ya la edad del padre que murió. El círculo del tiempo vuelve a cerrarse en el hecho de la escritura, pero aquí con mayor dramatismo por ser ahora el tiempo de la muerte.

Una lectura de la tradición barroca.

En la colección de poemas encontramos, en relación con el paso del tiempo, una lectura barroca, asentada en el empleo del símbolo del relámpago, las antítesis fuertemente marcadas y el uso de las gradaciones normalmente al final del verso.

El tiempo evocado, el de la infancia, trascurre en los poemas de Eloy con la brevedad del fulgor del relámpago. Este símbolo de la brevedad e intensidad de esa experiencia que es la vida aparece con más peso en libros anteriores como Autorretratos, donde da nombre a uno de los poemas más significativos del libro. Estos símbolos son recurrentes a lo largo de la obra de Eloy, debido a que su evolución poética no es lineal sino más bien como una espiral. Eloy vuelve en cada libro a los mismos temas y va depurando los mismos símbolos en los que se apoya, dando entrada paulatinamente a otros que va desarrollando. Así sucede con elementos que adquiere un valor simbólico en su obra como la casa familiar, la acacia, la luna, la habitación desde la que el poeta contempla el mundo, igual que Leopardi, imágenes que en muchas ocasiones vienen de sus lecturas del romanticismo.

Aparece la vida como un paréntesis, como un relámpago, como algo inesperado, cuando el poeta ha perdido toda esperanza aparece el recuerdo, la evocación con su luz para consolarlo, aún como un eco “pues no se trata de la misma luz/ que brillara una vez en nuestro pecho,/ sino de un eco suyo” (Al mirar hacia atrás), otras veces se presenta la oportunidad, como un carpe diem a destiempo, en los momentos sombríos del invierno de la vida (Este es el tema del poema El fulgor del relámpago, en el libro Autorretratos). Como un relámpago la vida es intensa, es la luz de la infancia condensada, concentrada en su intensidad máxima, una intensidad que el poeta sólo podrá recoger como un eco, y fugaz, no admite vacilaciones, pues cualquier vacilación nos la puede arrebatar, la vida dura lo que un parpadeo, un segundo, “tal vez dure/ un instante el milagro” (La vida).

Así aparece todo en el poema Recanati, Agosto de 1829:

“Soy un muerto que alienta. Sí, la vida

Dura en verdad bien poco. Es un fulgor

Muy intenso que cesa de repente

Cuando acaban los años juveniles.”

El poeta expresa el paso del tiempo a través de antítesis de sabor barroco. Ese paréntesis que es la vida, ese trayecto entre la cuna y la sepultura, ese ir muriendo que es la vida aparece en el poemario con unas expresiones antitéticas de rasgos conceptista que nos recuerdan al Quevedo más angustiado. En la estrofa señalada anteriormente vemos ese “Soy un muerto que alienta”, que se sirve de la paradoja para poner de manifiesto la verdad de lo que es la vida. Como para el hombre barroco Eloy acentúa la idea de que el propio origen ya anuncia el final: “que en la semilla,/ de cuanto llega a ser/ la muerte está escondida. (Melancolía). Este sentimiento aparece a lo largo del poemario normalmente de forma lapidaria cerrando los poemas: “Y la vida nos deja al final del trayecto/ con los ojos cerrados en brazos de la muerte.” (Sobre la experiencia).

Los últimos versos del libro ilustra muy bien estos dos aspectos, el símbolo del relámpago y el uso de las antítesis:“A la vez respiramos la luz y la ceniza./ Principio y fin habitan en el mismo relámpago.”. (Principio y fin).

Estas antítesis que se presentan como los dos paréntesis que acotan la vida tienen un valor estructural en el poema. En ocasiones se vale de la antítesis para marcar un cambio de ritmo en el poema, para dar un salto temporal que nos deja prácticamente sin aliento, como en el poema Desde aquí: “mientras sucede lenta, lentamente,/ una mañana de primavera./ Pero en un solo instante se ha cerrado la noche.”

Frente a esa brevedad del fulgor, se presenta, como nos dice el poeta en uno de los últimos poemas, Inscripción, la muerte ilimitada:

“la vida fue muy corta; la muerte no termina:

siempre está comenzando una vez que comienza”.

Pese a este sentido de la vida como algo breve, encontramos que cuando el poeta la evoca lo hace no obstante atribuyéndole un valor intemporal, como suspendida en el tiempo, no la vida, sino la evocación de la vida, el eco de la infancia y la juventud, su luz y sus veranos. “Estaba todo/ lleno de luz, de intensidad. “Entreveo a lo lejos un verano/ que no tuvo comienzo y no termina/ (siempre es verano cuando rememoro/ desde la oscuridad la luz primera).” (Desde aquí). “Se hicieron/ inmensas las mañanas y las tardes/ no terminaban nunca.” (Despedida).

Como último elemento aprendido de la lectura de la tradición barroca está el uso de las gradaciones en los versos finales, que nos recuerdan a Quevedo y a Góngora. Sirvan como ejemplo:

“No hay ayer, ni presente, ni mañana” (Desde aquí).

“Un hombre triste, derrotado y solo” (La luz no te recuerda).

La naturaleza cíclica.

Otro elemento que acentúa el dolor y el desconcierto del poeta ante el tiempo es la constatación de los movimientos temporales circulares de la naturaleza. La luz de los veranos que vuelve una y otra vez, de forma cíclica con las estaciones, la luna, que ha conocido una y otra vez en las distintas edades al poeta que describe su periplo en el tiempo de una manera lineal, desde el principio al fin.

Ante este movimiento circular de la naturaleza que se repite, y al que podríamos llamar movimiento órfico, el poeta se pregunta por los distintos estadios de su vida. Sabe que las estaciones vuelven, que se repetirán infinitamente los veranos, que la luna saldrá en la noche reiteradamente. Este movimiento perpetuo de repetición da a las cosas una sensación de estar fuera del tiempo, frente a su vida que está dentro del tiempo y que es el reloj del propio tiempo. “Luna llena que observas/ Desde fuera del tiempo mi vivir en el tiempo.” (Noche de luna). Ante estos movimientos cíclicos el poeta se pregunta si frente a los días de junio él sigue siendo el mismo. Es una interrogación retórica pues frente al verano que vuelve él sabe que no retorna su juventud, que su juventud quedó en otro verano y que éste no le traerá de nuevo sus dones. Así aparece en el poema Extrañeza:

“Idéntico a sí mismo

retorna junio.

¿Son los mismos de entonces

sus frutos de oro?

Vuelve el verano.

Más con él no regresa

mi juventud.”

Los elementos con los que él ha relacionado a su infancia, a su juventud se repiten cíclicamente, como la luz del verano, pero ahora esa luz vuelve y él ya es otro, mayor, que recuerda, y que sabe que la luz vive en un presente al que él ya no pertenece:

“Entra la luz hoy en el cuarto como/ entraba la otra tarde. Pero no/ nos encuentra aquí juntos de nuevo: no has venido”(...) Pero la luz no te recuerda, porque/ la luz ama el presente. Regresa sin memoria/ a la estancia vacía”. (La luz te recuerda).

Esa contraposición de tiempos, que recuerda al juego becqueriano de la Rima LII, donde el poeta va augurando la vuelta de las golondrinas, la madreselvas, pero no la intensidad de su amor, aparece con tintes dramáticos, pero dentro de la moderación emocional clásica, en el poema Noche de luna, que concluye con la certeza de que volverá la luna (que ha visto morir al infante, al joven, al muchacho que escribe versos entregado a la noche y que ahora mira al hombre cansado) y lo buscará en vano, porque ya no estará. “y un día cuando vuelvas,/ me buscarás en vano.”

2.4 Estilo: sencillez y clasicismo.

El estilo de Eloy Sánchez Rosillo puede denominarse como “clásico”. Por clasicismo se entiende aquel estilo que intenta desaparecer, es decir, que busca una claridad expositiva y una sencillez en el lenguaje que hagan el poema accesible a todos los lectores ( si recordamos la disputa entre “novísimos” y “poetas de la experiencia”, veremos que el clasicismo de Rosillo es opuesto al culturalismo y vanguardismo de los novísimos, que exigen un lector mucho más preparado).

Esta sencillez en el plano expresivo se manifiesta en la escasez de metáforas, metonimias, sinestesias, etc. que desaparecen en favor de un lenguaje sencillo, a veces incluso coloquial, con un tono sereno, profundo y reposado. Esta sencillez no es sinónimo de simpleza: en sus poemas hay una hondura reflexiva y emocional ante cuestiones universales: el tiempo especialmente, pero también el amor, la identidad, la poesía.

En conclusión, se puede afirmar que en Rosillo la voluntad estilística está al servicio de la emoción, de esa verdad profunda que une a todos los hombres: el paso del tiempo, la pérdida de la juventud. El propio poeta declara sus ideas clasicistas sobre el estilo cuando dice: “ Cualquier otra virtud que pueda haber en el poema ( que tenga colores muy bonitos, metáforas, rimas, una música extraordinaria, que está escrito en endecasílabos o en alejandrinos...) de nada vale si este en su totalidad no nos conmueve. La piedra de toque del poema es esa. Un buen poema es el que cuando lo leemos nos pone la carne de gallina y casi nos tira de espaldas. Sentimos que hay allí una verdad muy honda, una verdad que no es una ocurrencia del poeta ni le pertenece en realidad sólo al poeta, sino que concierne a todos los humanos”

A continuación vamos a intentar distinguir algunos elementos más concretos que componen ese estilo sencillo: la narratividad, el lenguaje coloquial, el símbolo, la primera persona y la métrica.

Lenguaje coloquial.

El léxico que utiliza el poeta en La vida es siempre sencillo. No cree en el concepto vanguardista de la “desautomatización”, que propugna que las palabras están gastadas por el lenguaje común y que han perdido su fuerza y significación. Por ello, la poesía debe restaurar el poder de las palabras mediante metáforas y todo tipo de recursos estilísticos que consigan que la palabra suene a nueva, a recién creada, y pueda así significar de nuevo, al margen de su uso cotidiano.

En Rosillo tenemos lo contrario: a la tristeza se le llama “tristeza” y a la muerte, “muerte”, a pesar de su posible desgaste por el uso cotidiano. La fuerza del poema se encomienda a esa verdad profunda de la que hablaba arriba, y para ello necesita un lenguaje sencillo.

Esa sencillez se apoya a veces en giros de lenguaje coloquial, lo que aporta una mayor cercanía y cotidianeidad, ayudando también a que la emoción del poema se sienta más sincera y cercana, como si no hubiera pasado por el filtro del estilo.

Los ejemplos son abundantes y siempre están perfectamente incluidos en el tono del poema, sin que destaquen por excesivamente vulgares, del mismo modo que tampoco hay expresiones que destaquen por excesivamente cultas. Baste con un ejemplo en el que podemos ver cómo expresiones coloquiales y cotidianas entran en su poesía sin ninguna violencia: “Sucede siempre / cuando menos los esperas. Puede pasar que vayas / por la calle, deprisa, porque se te hace tarde / para echar una carta en correos...”

Narratividad.

Este recurso está muy unido al anterior, al lenguaje coloquial. Muchos poemas de este libro cuentan una anécdota, una breve historia de la que el poeta extrae una reflexión. De este modo el poema se hace sencillo, claro, casi transparente y cotidiano. Los ejemplos serían numerosísimos. Citaremos solo algunos en que se observa con mayor claridad ese acercamiento a la vida cotidiana del lector que proporcionan estas breves narraciones con su tono biográfico y sincero. Así ocurre por ejemplo en Vieja canción: “He escuchado en la radio, por azar, hace un rato, / una vieja canción, / una canción romántica que estuvo muy de moda / en la playa, durante los meses de un verano / maravilloso de mi adolescencia.”

Este uso de lo narrativo y biográfico es contrario a una corriente poética, de mucho auge en el 27, llamada “poesía pura” ( J.R.Jiménez, P.Salinas, J.Guillén) que consideraba antipoética toda anécdota biográfica y, por supuesto, toda narración de ellas dentro del poema. Decían que había que eliminar la anécdota y escribir solo la emoción pura. Evidentemente, Rosillo no sigue esa tendencia que, por otra parte, ya no es su contemporánea. Las anécdotas son para él un material perfectamente válido y a través de ellas consigue plasmar el paso del tiempo, a la vez que su poesía se hace cercana y accesible. Baste un último ejemplo de esto, extraído del poema Un recuerdo de entonces: “ Te he esperado esta tarde como nunca he esperado / a ninguna mujer: hecho un imbécil, / un pobre desgraciado que miraba el reloj.”

Biografismo: la primera persona

La gran mayoría de los poemas del libro está escritos en primera persona del singular, creando un “yo” poético que constantemente hace referencia a sí mismo, a sus experiencias, a su pasado, a su infancia, su adolescencia, sus amores, su hijo...Consigue así el autor un tono confesional y sincero. El riesgo de este “yo” constante es el exceso de sentimentalidad y patetismo, pero Rosillo siempre salva ese obstáculo, incluso cuando habla de la muerte del padre, gracias a la distancia. En este caso es la distancia entre el “yo” que escribe y el “yo” que vivió los hechos que se cuentan, es la distancia del tiempo, la distancia entre la vida y la escritura. Por lo tanto, podríamos decir que el “yo” de La vida es doble.

Pero para no cansar con ese único “yo”, aunque sea doble, el autor utiliza diversos recursos. El más notable es el “monólogo dramático”. Este es un recurso literario muy querido por los poetas de la experiencia, que consiste en escribir en primera persona pero desde la perspectiva de alguien ajeno, generalmente ilustre. El “inventor” de esta técnica fue el poeta inglés Robert Browning. En La vida hay dos monólogos dramáticos. Uno, en el cual la primera persona corresponde al poeta italiano, muy admirado por Rosillo, Giacomo Leopardi es Recanati, Agosto de 1829; el otro da voz a Paris, el personaje de La Ilíada y se llama Paris y Helena.

Es interesante comentar cómo, aunque use una voz ajena, es decir, una biografía ajena a la suya propia, en el caso del poema de Leopardi, vemos los mismos temas y preocupaciones que en los demás poemas en que al “yo” se le supone la biografía del autor. No así en el de Paris y Helena no de los pocos del libro en que no está presente el tema del tiempo, y que sirve como una especie de confirmación del clasicismo de Rosillo con ese homenaje a Homero.

Junto a la primera persona del singular, es importante estilísticamente el uso también frecuente de la primera persona del plural. Esta se usa para hacer reflexiones de tipo general, pasando del “yo” con el que relata los sucesos biográficos a un “nosotros” con el que quiere universalizar determinados sentimientos o reflexiones. Se puede ver un ejemplo de este recurso en el poema Al mirar hacia atrás: “Mucho pesa el dolor, y, aunque sea breve, / cuánto tarda en pasar. Pero nos deja / una huella más honda / la ingrávida, la frágil alegría. / Si se halla entre nosotros, apenas la advertimos.”

Este tipo de reflexiones generales, que pretenden ser en la mayoría de los casos verdades universales, también pueden expresarse a veces usando la segunda persona. Así consigue contar anécdotas sin perder la sinceridad biográfica al mismo tiempo que la universaliza y la hace válida a todos los lectores: “Tal vez dura / un instante el milagro; después las cosas vuelven / a ser como eran antes de que esa luz te diera / tanta verdad, tanta misericordia. / Mas te sientes conforme, limpio, feliz, salvado.”

Además de este uso de las personas gramaticales, se da también la primera persona del plural para referirse a la pareja en poemas de tema amoroso como La tregua o Melancolía y la segunda del singular para referirse tanto a la amada ( Cuando abrimos los ojos) como al hijo ( Un jilguero).

El símbolo

Ya se ha señalado que el clasicismo del escritor pasa por la escasez, por la ausencia de metáforas y todo tipo de recursos que “personalicen” demasiado la expresión y obliguen a la interpretación. Por lo tanto, el recurso semántico que más brilla en los poemas de La vida es el símbolo.

El símbolo permite hablar de cosas de la realidad llamándolas por su nombre, con sus características habituales, pero potenciando su significado connotativo y profundo gracias a recursos sencillos como la adjetivación, la disposición en el poema, la presencia de contrastes, paralelismos, oposiciones, etc. en este sentido la poesía de Rosillo es heredera directa de otro poeta español que también uso el símbolo de una manera sencilla y universal: Antonio Machado.

Los símbolos de La vida ya han sido explicados: el verano y la luz como símbolos de la juventud y la vida plena; el invierno y la sombra como símbolos de la vejez y del presente de una vida falsa o menos plena. Además de esos símbolos centrales, que se extienden por todo el libro, hay otros que aparecen solo en un poema determinado, como el jilguero simbolizando la pérdida de la infancia.

3. NOCIONES SOBRE MÉTRICA.

Los poemas de Eloy Sánchez Rosillo están escritos sobre una métrica clásica, combinaciones de heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos, y en alguna ocasión el eneasílabo. Estos versos de métrica impar se prestan a su combinación en estrofas libres con versos blancos (sin rima).

Encontramos cierta semejanza con la silva, composición que constaba de una sucesión de heptasílabos y endecasílabos que el poeta ordenaba y rimaba libremente, aunque la comparación es un poco forzada, ya que en la silva no podía quedar ningún verso libre de rima y vemos que en Eloy Sánchez, como en la mayor parte de los poetas actuales, los versos quedan liberados del ritmo estridente de la rima. Sin embargo en algunos poemas, como en Melancolía, observamos una rima asonante en los versos pares que recuerda a las composiciones en romance. Eloy escoge esta métrica porque no impone un ritmo muy marcado, a diferencia del octosílabo, más propio de textos épico-líricos, y se presta a la reflexión y a la evocación.

Es necesario que nos detengamos un poco en el estudio de la naturaleza del verso. Y que lo analicemos como verso rítmico, haciendo hincapié en el elemento acentual. Vamos a centrarnos en el endecasílabo ya que es el verso central en la escritura del autor que nos ocupa.

EL VERSO RÍTMICO

Un verso tiene como mínimo dos acentos rítmicos.

  • parte final

  • variable (en las primeras cuatro sílabas)

  • Anacrusis período rítmico final de verso

    No se puéde prever. Sucede siempre

    Denominación

    Acentos rítmicos

    ejemplos

    CLASE A

    enfático

    1ª Y 6ª

    Flérida para mí dulce y sobrosa

    heroico

    2ª y 6ª

    Revuelto con el ansia el rojo velo

    melódico

    3ª y 6ª

    Despidió contra sí rayos al cielo.

    CLASE B

    4ª y la 8ª

    El hombro diestro del feroz tirano

    Sáfico

    4ª y 6ª

    Copia gentil es de mi amada

    Gallego-portugués

    4ª y 7ª

    Tus claros ojos ¿a quién los volviste? (Garcilaso)

    Veamos algunos ejemplos en el poema “En el atardecer”


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