La tiranía de la comunicación
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Esta es una breve reflexión sobre el libro de Ignacio Ramonet, “La tiranía de la comunicación”, especialmente en lo referido a la globalización de los media de la cual se habla en toda la obra y especialmente en el capítulo titulado Nuevos imperios mediáticos, en concreto en el apartado del mismo capítulo ”la sociedad de la información global”
Tal y como especifica Ramonet, las tres últimas décadas han sufrido una profunda transformación en el ámbito de las telecomunicaciones a partir de la aplicación en el sector de la comunicación de los nuevos avances tecnológicos, constantes en esta materia. Se ha producido lo que se ha venido a denominar una “convergencia” tecnológica entre los sectores de las telecomunicaciones, del ámbito audiovisual y la informática, generándose el concepto de la “sociedad de la información”. Este término se refiere a la creciente importancia de las nuevas tecnologías, así como al uso de los servicios avanzados que estas permiten, que están transformando todos los ámbitos de las sociedades modernas. Este fenómeno de concentración, el autor, lo describe como “una inmensa tela de araña a escala planetaria”. Se refiere a la nueva “infraestructura de información global”.
Este cambio es considerado por muchos autores como la cuarta revolución, después de la agricultura, la industria y los servicios; se genera de hecho, un sector cuaternario, el de las telecomunicaciones. Ha surgido una nueva sociedad, la sociedad de la información, donde esta información no sólo es una mercancía nueva, si no la principal, de forma que toda la economía y las relaciones sociales se estructuran alrededor de ella. A este fenómeno hace alusión en el tercer capítulo de la obra, “Ser periodista hoy”, cuando habla de que la principal característica de la información consiste en que es una “mercancía” por estar sometida a las leyes de la oferta y la demanda.
Dos han sido los fenómenos considerados como los factores detonantes de esta revolución silenciosa e imparable:
La digitalización de las redes y servicios, lo que permite un tratamiento homogéneo de las señales, pudiéndose combinar los diferentes soportes disponibles (telefonía, cable, satélites, televisión, comunicaciones móviles...) para dar acceso a todo tipo de aplicaciones. Además, las señales digitales permiten transmitir la información de forma más eficiente, implantándose técnicas cada vez más avanzadas de compresión de señal y mejorando de forma progresiva su calidad. Eso permite una mayor productividad en el uso de las redes, con costes menores y precios más bajos para los consumidores. El sector audiovisual también se ha incorporado a este proceso y esto está permitiendo una mejora y una expansión en la oferta de los servicios existentes (servicios interactivos y acceso a internet a través de soportes tradicionales como la radio y la televisión).
Por otro lado, se viene dando una normalización y estandarización a las nuevas aplicaciones, lo que permite una facilidad de manejo añadida para los usuarios, con independencia del medio empleado.
No hay ninguna duda sobre la enorme importancia y efectos que el desarrollo de esta nueva sociedad de la información tendrá sobre el progreso social y económico de los estados más avanzados (y también sobre el tercer mundo) durante las próximas décadas y en el horizonte de un futuro inmediato. Desde mi punto de vista, el papel de los poderes públicos y de las autoridades en este fenómeno es fundamental, en dos sentidos:
Fomentar el desarrollo y la extensión de los nuevos servicios y de los medios modernos, garantizar que la liberalización o introducción de competencia mejore efectivamente en el mercado y no excluya ninguno. La competencia ha de ser un factor positivo para el desarrollo del sector (se ha de terminar con los monopolios, sobre todo los privados generados por anteriores gobiernos), pero se ha de garantizar que se establezcan ciertas obligaciones de servicio público (universalidad y servicios mínimos), para que ningún colectivo ni ningún territorio permanezcan aislados del proceso sobre la base de criterios puramente económicos.
Precisamente, para evitar las nuevas desigualdades generadas por el avance tecnológico, el papel de las sociedades desde el gobierno ha de ser imprescindible. Las personas no preparadas para el acceso a Internet, ni para el uso de las nuevas tecnologías se quedarían aisladas y serían los “nuevos analfabetos”. Este es un riesgo evidente, real e inminente, contra el cual hay que combatir. Las nuevas generaciones, evidentemente, podrán ser formadas en los centros educativos, pero para la gente adulta, se tendrá que poner en marcha una intensa actividad de reciclaje, ligada con la preocupación genérica de formación continua y variada que se ha de exigir para garantizar la igualdad de oportunidades.
Al amparo de la globalización ha ido perfilándose una cultura que, aparentemente internacional, responde, sin embargo a una clara matriz occidental y se manifiesta a través de un hecho claramente perceptible: en casi todos los rincones del planeta se manejan las mismas informaciones, se ven las mismas películas, se conducen los mismos automóviles y se anuncian los mismos productos. El desarrollo de esa cultura internacional se halla estrechamente relacionado con el de nuevas tecnologías de información cuyo control recae sobre los centros tradicionales de poder.
Los procesos de globalización de la cultura no son nuevos, la expansión de las grandes religiones y el asentamiento de los imperios coloniales llevaron aparejados otras tantas oleadas de globalización de matrices culturales. En más de un sentido, la gestación de los estados nacionales supuso un freno en los esfuerzos de globalización cultural, contrarrestado, eso sí, por la fusión operada entre alguno de esos estados y las lógicas coloniales de las que hablamos. El resultado fue un nuevo impulso de globalización cultural que tuvo como núcleo el mundo occidental y que hizo que las ideologías, casi siempre diversas, que habían cobrado cuerpo en aquel se extendieran por todo el planeta.
La globalización multiplica, las posibilidades de manifestación y expansión de las culturas y obliga a estas a adaptarse a escenarios dispares. En un sentido distinto, la globalización provoca una reacción desde las culturas locales que no deja de tener una dimensión saludable. En último término, y destacando algunos de los efectos más benefactores de la globalización mediática, puede producir fórmulas de hibridación entre culturas.
Pero, pese a lo anterior, son muchos y graves los problemas para la mayoría de los legados culturales de los estados tradicionales. Aunque no faltan elementos de genuino mestizaje, son marginales en comparación con un flujo general en que se imponen las formas culturales propias de los que ostentan el poder.
El hecho de que algunos autores hayan subrayado que no existen cimientos en los que asentar una cultura que merezca el adjetivo de global ha venido a justificar que el papel correspondiente sea asumido por una cultura “nacional” como, al fin y al cabo, es la estadounidense, y ello en virtud de un proceso que no se asienta sobre la unión y el mestizaje, si no sobre la imposición. Los procesos en curso, han acabado con lo que hasta hace bien poco se antojaba una regla universal: la cultura había precedido siempre al mercado.
Al respecto del papel que corresponde a los media en la articulación de la globalización neoliberal, hemos de señalar una de las estimaciones más significativas: en los países industrializados, sólo el trabajo exige de la población más tiempo que el que reclama el consumo mediático. Bastará con recordar al respecto otra estimación, en Japón, cada ciudadano dedica a ver la televisión algo más de ocho horas al día, y que, en Estados Unidos, el tiempo asignado a ese mismo menester supera las siete horas diarias. En el conjunto del planeta existían a mediados del decenio de 1990, más de mil millones de televisores.
Los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo en la articulación ideológica de la globalización neoliberal. El modelo correspondiente, se impone no tanto por la coherencia de su lógica interna o por la brillantez de sus resultados si no por las presiones de grupos interesados que podemos agrupar bajo la conveniente etiqueta de “capital financiero internacional.” Los medios desarrollan al respecto una misión vital en la promoción de las virtudes del mercado y en la venta de sus productos. Su relieve queda bien atestiguado por el resultado de algunas encuestas como la que, en 1997, concluyó que 13 de los 50 hombres más influyentes del planeta pertenecían al mundo de los medios de comunicación. En Estados Unidos por otra parte, el sector del cine, la televisión y la información -incluidos ordenadores y telecomunicaciones- aportaba en el año 2000 nada menos que una sexta parte del producto interior bruto.
La expansión de los medios de comunicación es un proceso claramente controlado desde Estados Unidos, que muy inteligentemente ha pujado por una desregulación llamada a controlar esta situación de preeminencia, en espera de que el “mayor número de países posible abra sus fronteras al “libre flujo de información” o, lo que es lo mismo, a los gigantes de la industria estadounidense del ocio y de los medios de comunicación”.
No deja de ser paradójico que el desarrollo de nuevas tecnologías en el terreno de la comunicación haya llevado aparejado un formidable recorte en la pluralidad de los mensajes transmitidos por los medios. A ello no es ajena la creación de auténticos emporios que, como los configurados en torno a AOL-Time Warner, Berstelman, Disney, News Corporation y Viacom-CBS, las cuales son mencionadas en el capítulo de “los nuevos imperios mediáticos”, en buena ley deciden las recomendaciones incluidas en el canon neoliberal. Los efectos de ese proceso de concentración se aprecian de forma sencilla en el hecho de que en poco tiempo se han reducido a trescientos los periódicos ”independientes” existentes en EEUU, que antes contaba con 1500 publicaciones que presuntamente, satisfacían ese requisito. Aparte, los magnates de la prensa o de la televisión ya no son personas que han crecido en el ámbito del periodismo o de los medios de comunicación: son, más bien, hombres de negocios, como Rupert Murdoch o Berstelman, cuya voluntad de servicio público es la mayoría de las veces nula.
El principal resultado de todo lo anterior adopta la forma de graves distensiones en la descripción de lo que realmente ocurre en el planeta, inevitable consecuencia de la realidad afirmada por Madeleine Albright cuando era embajadora de Estados Unidos en la Naciones Unidas: “La CNN es el sexto miembro permanente del consejo de seguridad”. Aunque la manipulación de tantas informaciones no es el único efecto negativo: también destaca la progresiva marginación que estas van experimentando. La audiencia de los informativos de las principales cadenas y el número de lectores de los diarios más importantes parecen haber experimentado un retroceso en el decenio de 1990, mientras el espacio destinado a la información internacional padecía sucesivos recortes.
En los centros de poder no despunta ningún proyecto de control democrático y de descentralización de los medios de comunicación, y en particular de la televisión, que es por el momento, y con mucho, el principal instrumento de despliegue de las estrategias informativas, en la medida en que configura la única fuente de “información” de buena parte de la población del planeta. Aquí juega un importantísimo papel lo que Ramonet ha denominado “la información del pobre” cuando el autor especifica: “Las capas sociales más modestas apenas consumen otros medios de comunicación y casi nunca leen periódicos; por eso no pueden cuestionar, llegado el momento, la versión de los hechos propuesta por la televisión.” El entrelazamiento entre los intereses de determinadas opciones políticas y los grandes grupos mediáticos es evidente, como lo ilustra el constante respaldo dispensado por el grupo Murdoch a las sucesivas candidaturas electorales encabezadas por la que fuera primera ministra británica Margaret Thatcher. Por otra parte la lógica de la privatización se ha impuesto con radical fortaleza, de tal forma que los monopolios privados han reemplazado a los públicos de antaño y ha desaparecido toda huella de lo que de interés público y de servicio pudiese existir en la etapa precedente.
Los medios de comunicación desempeñan funciones decisivas en el ocultamiento del caos general y de la desorganización que, pese al optimismo que impregna la tesis de Fukuyama sobre el presunto fin de la historia, impregnan al orden liberal. También tienen mucho que ver los medios de comunicación con la aniquilación de los sueños colectivos en provecho de una invitación al consumo y de la repetición de mensajes instalados en el juego del “pensamiento único”
En mi opinión, “La tiranía de la comunicación”, es una obra ilustrativa que bajo una lectura crítica ha de servir para cuestionar la “información” que los medios nos ofrecen, se trata de una invitación a la reflexión inteligente sobre la veracidad de lo que los magnates de lo audiovisual quieren hacer pasar por la “realidad”.
LA TIRANÍA DE LA COMUNICACIÓN