La problemática de la lectura

Escuela. Hogar. Medios Audiovisuales de Comunicación. Sociedad

  • Enviado por: Eduardo Rhó
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 23 páginas

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La problemática de la lectura

por Eduardo Rhó

http://www.comprension-lectora.lecturaveloz.com.mx

I N D I C E

I. PROBLEMÁTICA

I.a. LA ESCUELA

I.a.1. La primaria

I.a.1.a. “Calificacionitis”

I.a.1.b. Exceso de Tareas

I.a.1.c. Los programas de estudios

I.a.1.d. Facilidades escolares

I.b. EL HOGAR

I.b.1. El ejemplo de los adultos

I.b.2. Desinterés de los padres

I.b.3. Falta de libros

I.c. LOS MEDIOS AUDIOVISUALES DE COMUNICACIÓN

I.c.1. La televisión

I.c.2. La radio

I.c.3. Los juegos de video

I.d. LA SOCIEDAD

I.d.1. Leer es aburrido

I.d.2. El precio de los libros

I.d.3. ¿Y dónde están los libreros?

I.d.4. ¿Y dónde están las bibliotecas?

I. PROBLEMÁTICA

Las deficiencias en la lectura surgen principalmente en la infancia, en donde la escuela y el medioambiente influyen de manera determinante en el desarrollo de los hábitos. Pero por desgracia no podemos echar el tiempo atrás y corregir las circunstancias que no le permiten a un adulto, ahora, leer con eficiencia. Es por eso que analizaremos cada etapa, primero la de la infancia y adolescencia, y luego, la de la juventud y madurez, para así encontrar posteriormente, soluciones en cada caso que no sólo corrijan defectos actuales, sino que, además, eviten que éstos se vuelvan a presentar en generaciones futuras.

I.a. LA ESCUELA

¿Dónde empieza el problema de la lectura? ¿Dónde se encuentran los responsables de que los niños lean tan poco? No hay muchos lugares en donde buscar: o es en el hogar, o es en la escuela, y para mí no hay duda alguna: es en el ámbito educativo donde se genera y se afianza el desinterés de los niños por leer. No eximo a los padres de su complicidad en el problema, pero en la mente de los niños la escuela representa la fuente suprema de conocimientos y por lo tanto, definirá la actitud que durante toda su vida vayan a asumir frente a cualquier aspecto relacionado con el estudio, y la lectura es uno de ellos. Si a nuestros niños, o adolescentes, no les gusta leer, es porque en la escuela no les fomentaron el gusto por los libros.

Habrá maestros que se defiendan diciendo que difícilmente podrán formar lectores si en los hogares nadie colabora, pero, independientemente de que a continuación apoyaremos la acusación con argumentos irrefutables, mencionaremos uno que por sí solo sería determinante: si los maestros consideran importante para el futuro de nuestros hijos el que sean buenos lectores, y no lo logran, ellos son responsables del problema. Y si no les importa el que les guste leer o no, con más razón aún, ellos son responsables del problema. El hecho de que en el hogar a nadie le interese que el niño lea podrá ser por ignorancia, pero si eso sucede en la escuela siempre será por falta de voluntad.

Ahora, debo aclarar algo muy importante. Cuando uno generaliza en torno a un asunto tan grave, corre el riesgo de afectar a entidades inocentes y, por supuesto, esa no es mi intención. Estoy plenamente consciente de que hay personas, instituciones educativas y países, incluso, que desarrollan una actividad muy meritoria en relación al tema que aquí tratamos, y van hacia ellos, no sólo mis disculpas por cualquier comentario que sientan en contra suya, sino, además, todo mi aliento para que sigan por ese camino y que amplíen cada vez más su área de influencia. Pero por desgracia, todos ellos representan una pequeña minoría y se pierden en un universo de deficiencias demasiado grande. Seguiremos generalizando, pues, y como dice el dicho: “A quien le quede el saco, que se lo ponga”.

I.a.1. La primaria

La primaria es una de las etapas más importantes en desarrollo educativo de cualquier persona. Y lo es porque a esa edad el niño atraviesa por los años de mayor percepción, y es en su transcurso cuando formará los hábitos que regirán su conducta por el resto de su vida. Una buena primaria podrá suplir las deficiencias de una educación superior pobre, pero una buena universidad jamás podrá resolver los problemas causados por una educación básica deficiente.

Y sí, ustedes adivinaron, es en la primaria en donde se originan los problemas de lectura. Y no porque las técnicas que les enseñan a los niños para que aprendan a leer estén equivocadas. No, lo es porque el sistema educativo, a través de todos los elementos que lo conforman, se empeña constantemente en transmitirles, durante todos los años que los tienen a su cargo, la idea de que el estudio es aburrido, de que debe reemplazar al juego y que servirá para mantener sobre ellos una permanente amenaza de castigo. Se dejan llevar por el triste paradigma de que “se va a la escuela a sufrir”, y lo hacen con tanta “eficiencia” que el odio hacia el estudio, consciente o inconsciente, les dura a los niños por siempre.

Analizaremos el problema con detenimiento.

I.a.1.a. “Calificacionitis”

A los animales irracionales, y me refiero a los que no son humanos, porque también existen, se les amaestra utilizando la técnica tradicional del premio y el castigo. Si hacen lo que queremos los gratificamos con una galleta, o un pedazo de carne, o un pescado, según la especie en cuestión, y si no, les demostramos nuestro enojo negándoselos, o con un gesto de desaprobación, o incluso, por desgracia, con latigazos o golpes. Parece funcionar muy bien, porque si vamos a algún circo podremos verlos realizar las piruetas más inverosímiles una y otra vez con mucha seguridad. Y por lo visto, dado su éxito, los pedagogos, aunque no todos por suerte, la adoptaron para los niños: “Haces lo que te digo y te pongo una buena calificación, y todos te felicitarán. No lo haces y te pongo una mala, y ya sabrás cómo te va con tus padres”.

Genial. Entonces tenemos a millones de niños estudiando por un “diez”*, amenazados por un “cero”. Pero, ¿qué pasa cuando no hay en juego ni un “diez” ni un “cero”? Nada, por supuesto. ¿Por qué tendría que pasar algo?

Este tipo de “motivaciones” basado en los premios y los castigos tal vez produzca algunos resultados satisfactorios a corto plazo, pero estarán engendrando sentimientos que, a la larga, serán muy perjudiciales. Tarde o temprano la idea de que “yo no voy a estudiar porque me gusta sino porque estoy obligado a hacerlo” aflorará, y en ausencia de premios o castigos concretos derivará en desinterés y apatía. La falta de convicciones siempre tendrá como marco la mediocridad.

Pero las consecuencias de este sistema de calificaciones puede adquirir matices mucho más dramáticos. Mala es la desidia, pero peor es el miedo. Uno puede alejarse de algo tanto por falta de interés como por el temor a acercarse, y en este sentido las malas calificaciones tienen asegurado un lugar preponderante en nuestra memoria. Quién no sufrió sus consecuencias alguna vez. Quién no recuerda aquellas nefastas temporadas de exámenes que reproducían en nuestras mentes imágenes similares a las que debieron vivir los soldados en las trincheras en los momentos previos a la orden de ataque. Dime, en la actualidad, cuál es tu sentimiento ante cualquier tipo de evaluación si no es el de pánico. Dime qué palabra te viene a la mente cuando escuchas: “examen”, si no es la de: TERROR.

Son entonces los libros, por su asociación directa con el estudio, los que sufren las consecuencias. La desidia por un lado, y el miedo por el otro, sin duda tendrán mucho peso a la hora de decidir qué hacer con el tiempo, y por lo tanto, cualquier otra opción que ofrezca algún estímulo más tangible y agradable, y menos complejo y “peligroso”, como la radio o la televisión, siempre tendrán prioridad sobre la lectura.

Pero las consecuencias del sistema de calificaciones que se utiliza por estos rumbos no terminan allí, y es que, por desgracia, su verdadero sentido ha sido completamente deformado. Ya analizamos aquellas que afectan a la lectura, por lo tanto a las otras, es decir, a las que influyen negativamente en otros aspectos de la pedagogía, por no ser precisamente el tema de este libro, sólo las mencionaremos con el único afán de dejar constancia:

-Una calificación numérica, o alfabética, poco nos dice sobre las causas de las dificultades que un niño pueda tener con alguna materia, y así se diluyen las posibilidades de ayudarlo en el momento en que se detectan.

-Crean falsas expectativas y decepciones, haciendo creer que por tener buenas calificaciones el niño tiene el futuro asegurado o que, por el contrario, por tenerlas malas sus posibilidades de tener éxito en la vida desaparecen. Todos conocemos casos, si no el propio, en que excelentes alumnos jamás logran desarrollarse profesionalmente, u otros en los que pésimos estudiantes llegan a los primeros lugares del mundo científico o cultural.

-Se constituyen en el objetivo primordial de ir a la escuela, desplazando al verdadero que es el de despertar la necesidad de aprender. Un simple medio de evaluación se ha convertido en el fin en sí mismo.

-Las comparaciones son malas en el estudio. Aprender no es una carrera por obtener un primer lugar. El que un niño figure en el cuadro de honor no significa que sea mejor que otro, ni que tenga más mérito. Cada niño tiene ritmos de asimilación distintos, y el hecho de que no haya aprendido algo en un determinado periodo no quiere decir que nunca vaya a lograrlo, sino que no está listo aún para entenderlo. Los premios a esta edad pueden resultar muy injustos. Intentar desarrollar el espíritu de competencia antes que la seguridad en sí mismo, puede provocarle al niño severas frustraciones y sensibles bajas en su autoestima.

Pero claro, estarás pensando, es muy fácil criticar pero ¿qué hay con las propuestas? Si las calificaciones son tan malas, ¿de qué manera vamos a evaluar la actividad de los estudiantes?

Jamás me atrevería a hablar mal de algo si no tuviera una idea de cómo solucionarlo, aunque, si así fuera, no le restaría razón a la queja. Existen procedimientos de evaluación que han brindado excelentes resultados y que están operando con mucho éxito en países desarrollados, en los que se llevan controles cualitativos por alumno, dejando de lado las calificaciones numéricas o alfabéticas. Pero eso lo veremos más adelante. Por ahora hay muchos otros problemas por analizar.

I.a.1.b. Exceso de Tareas

Tareas: "Serie de actividades relacionadas con determinadas materias que los alumnos deberán llevar a cabo en sus hogares so pena de calificaciones reprobatorias".

Todos sabemos en qué consisten las tareas, y todos también hemos sufrido sus consecuencias, pero, ¿son necesarias? O, mejor dicho, ¿son convenientes?

El argumento oficial, y tradicional, es que el trabajo en la casa representa la única forma de reafirmar los conocimientos adquiridos en la escuela. Lo hemos escuchado tantas veces que hasta nos parece lógico, aunque veremos por qué ya empiezan a levantarse voces en contra.

El problema principal surge de esa falsa concepción que se tiene de la escuela, en la cual debemos asistir a un salón de clases para sentarnos frente a un maestro, que nos va a hablar sobre todo los que sabe, o de lo que se supone que sabe, y tratar de asimilar lo que dice. Se ve a la educación como un proceso de comunicación en un solo sentido: el maestro, parte activa, emite sus conocimientos, y el alumno, parte pasiva, los debe recibir sin cuestionarlos.

Pobre idea de lo que es una escuela, pero muy real. Los programas actuales giran en torno al maestro, cuando deberían hacerlo alrededor del alumno, que finalmente es la razón de ser de todo sistema educativo. Enseñar, según esta idea, es emitir datos, aprender es recibirlos y saber es recordarlos. Es entonces que la memoria empieza a jugar un papel preponderante. Un buen alumno no será el más creativo, o el que mejor razone, o el de mayor iniciativa o liderazgo, sino el que tenga mayor capacidad de retención. Y eso complica aún más las cosas.

Recordar vivencias, descubrimientos o el resultado de alguna experiencia creativa es muy sencillo; esa es la forma natural de aprender. Pero cuando debemos hacerlo con datos que muchas veces son ajenos a nuestro lugar o época, e incluso a nuestra forma de vida, con la única "motivación" de un cero pisándonos los talones, la labor necesitará de acciones muy enérgicas, y una de ellas será el trabajo forzado en la casa. Estudiar a disgusto sólo sirve para los exámenes. Su efecto es pasajero y al día siguiente se habrá olvidado. No hay peor enemigo de la memoria que el desinterés o el miedo.

Tú, por ejemplo, si yo te preguntara la fecha exacta de nacimiento del algún personaje histórico de tu país, ¿me lo podrías decir de memoria? Yo te confieso que no. Son pocos los datos concretos que normalmente recordamos de nuestra primaria. Haz tú un recuento de los conocimientos que te hayan quedado de aquella época y, fuera del descubrimiento de América y las capitales de los estados o provincias, y de algunos países, con seguridad son muy pocos. Y si alguno recuerdas, con seguridad fue por el trato muy especial que le dio tu maestro. Pero la educación primaria debe representar mucho más que eso.

Es cierto que aprendimos a leer y a escribir, y tal vez algo de aritmética, y que esas son cosas importantes, pero ¿son esos los únicos objetivos que deben perseguirse en ese periodo? ¿Que pasa con las manifestaciones físicas, o artísticas? ¿Qué sucede con el trabajo en equipo y el liderazgo, la investigación, la creatividad, el orden y la disciplina? Pues nada. Están todos tan ocupados "dictando cátedra" que se olvidan de esos aspectos, tal vez los más importantes en la formación de un individuo. Si nuestros diseñadores de sistemas educativos se dieran cuenta de que la escuela es un lugar para desarrollar habilidades y para fomentar el gusto por descubrir y crear, la asistencia a clases se consideraría un premio, más que un castigo como se toma en muchos lados, y el aprovechamiento sería mucho mayor.

-Pero es importante que los niños trabajen en la casa, que se hagan responsables -dirán muchos.

Todo tiene su momento. El crecimiento es un proceso en el que el orden no puede alterarse. Cada edad tiene una función única en el desarrollo y debe respetarse. Incluso los mecanismos de aprendizaje varían de una etapa a otra, y en la niñez éstos se basan en el juego. Enseña más la diversión que el aburrimiento. El trabajo en la casa podría hacerse con gusto si formara parte de alguna dinámica entretenida. El juego, guiado por supuesto, es mucho más provechoso que el trabajo forzado.

Y en cuanto a la responsabilidad, ésta debe surgir por convicción, no por obligación. Sólo cuando entendemos la importancia de nuestras decisiones en algún proceso que consideramos fundamental para el logro de un fin determinado, es que convertimos a la conciencia en guía de nuestros actos. Nadie se hace responsable de algo en lo que no está convencido y nadie puede ser convencido a "golpes".

-Bueno, pero finalmente, ¿cómo afecta todo esto a la lectura? ¿Por qué debemos considerar a las tareas enemigas del gusto por leer?

La respuesta es muy sencilla, y tú probablemente ya la descubriste. Los libros son el elemento más representativo de la tareas, y dado que éstas están directamente relacionadas con “trabajos forzados”, aburrimiento y presión, la asociación se establece con naturalidad: un libro significa experiencias negativas. La alternativa es un espacio educativo en el que se respete el derecho universal de los niños a jugar y en el que los libros sean parte de la diversión.

I.a.1.c. Los programas de estudios

Al hablar en contra de la igualdad, uno corre el riesgo de que lo cataloguen como un ente reaccionario, pero, créanme, está muy lejos de ser verdad. Estoy consciente del peligro, pero sería imposible tratar el tema de los programas de estudios oficiales sin hacerle frente. Si me refiero a desigualdades, jamás éstas tendrán que ver con los deberes o derechos ciudadanos, sino, más bien, con aspectos técnicos de la educación.

No existen dos niños iguales, aunque las autoridades educativas insistan en lo contrario. Pretenden imponer un mismo programa para todo el país, matizándolo a veces con pequeñas consideraciones regionales, y se sientan a esperar resultados positivos. Problema muy grave como verán.

No voy a analizar ahora las consecuencias pedagógicas de semejante error, aunque argumentos no me faltan. Tratando de circunscribirme estrictamente a nuestro tema central, sólo tocaré aquello que tenga injerencia en el problema de la lectura.

Ya no hablemos de dos niños que viven en puntos opuestos de un país. Hablemos de dos niños que viven en barrios o colonias de una misma ciudad, o incluso, de dos niños que asisten a un mismo salón de clases. Por más que pretendan generalizar, seguirán siendo distintos. Cada materia representará un reto distinto para cada uno y los ritmos de aprendizaje variarán, incluso, de acuerdo al tema que se trate.

Si las estrategias pedagógicas de un sistema educativo no permiten adaptar sus objetivos a las características de cada lugar, e incluso, de cada niño, estaremos sometiendo a todos ellos a presiones que, sin duda, los alejarán del rendimiento óptimo y reforzarán la idea preconcebida y generalizada de que a la escuela vamos a sufrir. La relación escuela/libro vuelve a surgir y la lectura es relegada una vez más a la categoría de las actividades indeseables.

Tal vez piensen que el concepto educativo que dejo entrever en las críticas que hago son producto de alguna fiebre idealista o que simplemente me dejo llevar por algún tipo de afán destructivo, pero en ninguno de los casos es así. Jamás me atrevería a hacer reclamo alguno si no supiera que los cambios que pretendo ya han dado buenos resultados en otros países, y que en ellos han basado su despegue tecnológico, social y económico.

Yo no tengo que ir tan lejos para comprobarlo. Mis hijas, jóvenes brillantes, estudiaron en un sistema en el que jamás en la etapa correspondiente a nuestra primaria les pusieron una calificación numérica, aunque sí se les llevaba individualmente un control detallado de sus avances y dificultades, materia por materia. Y si tenían que hacer algo en la casa era porque ellas lo querían, no porque estuvieran obligadas. Recuerdo su angustia por perderse algún día de clases. Actividades creativas, juegos y trabajo se mezclaban con lectura de cuentos, obras de teatro y cine, y con excursiones fuera de la ciudad para no perder el contacto con la naturaleza. Los programas de estudio eran establecidos por los propios maestros al inicio de cada periodo escolar y revisados semanalmente para evaluar su eficiencia. A la fecha mantenemos una gran amistad con varios de los maestros que las tuvieron a su cargo, y seguimos apreciándolos tanto por su valor personal como cultural. Y no les voy a hablar de los logros de mis hijas porque tal vez lo consideren una opinión muy parcial, pero difícilmente podré ocultarles el orgullo que siento por ellas. Creo que hay mucha gente que se merece ese sentimiento y por eso lo comparto. Todos sabemos que es necesario un cambio. Ojalá nuestras autoridades se decidan a realizarlo, y que antes de llevarlo a cabo sepan mirar hacia arriba.

I.a.1.d. Facilidades escolares

Para terminar con el análisis del ámbito escolar como factor preponderante en el problema de la lectura, sólo me resta hablar de las facilidades que se le ofrecen a los estudiantes dentro de la escuela para leer.

Podremos tener maestros preocupados por fomentar la lectura entre sus alumnos, pero tanto el espacio físico como la variedad de libros con que cuente la institución actuarán en su contra si son deficientes. Si, como sucede en muchos casos, en los hogares de los niños no existen los recursos o el interés por adquirir libros, y las bibliotecas públicas en la ciudad brillan por su ausencia, la escuela debería considerarse como su fuente principal de abastecimiento. Sin llegar a ser determinante, como vimos que son las metodologías de enseñanza, los maestros y los programas educativos, la existencia de una biblioteca escolar podría ser importante en el momento en que un maestro con buenas intenciones deba decidir si cuenta con los elementos para asumir la responsabilidad de emprender una campaña de fomento a la lectura.

I.b. EL HOGAR

En un día normal de escuela, de las catorce horas en que el niño está activo, restándole a veinticuatro diez de sueño, más de la mitad se la pasa atendiendo directa, o indirectamente, órdenes de su maestro. Entre el tiempo en que asiste al salón de clases y las tareas, más de siete horas por día está pensando en lo que él dice y hace, o en lo que él dijo o hizo. ¿Cuántas horas por día crees que sus padres logren ese mismo tipo de atención? Una, o tal vez dos. En la casa, el niño tiene que repartir el tiempo entre sus responsabilidades como hijo y la satisfacción de sus necesidades básicas. En la escuela, a excepción de los recreos, su tiempo le pertenece al maestro por completo.

Pero si bien los padres no pueden competir por el número de horas, sí pueden hacerlo en cuanto a la calidad de las mismas. Una orden de la mamá tendrá más peso que diez de cualquier maestro. Una sola mirada o un simple gesto de ella logrará lo que no podrán reportes a la dirección, calificaciones reprobatorias, llamadas de atención o, incluso, gritos.

La relación afectiva del niño hacia sus padres, y hacia el ambiente mismo del hogar, será un factor determinante en el momento en que deba tomar un decisión. Si le dan a escoger entre los maestros y los padres, el niño optará siempre por estos últimos. Si tuviéramos por un lado una escuela primaria preocupada por la lectura y por el otro un hogar en donde no les interese, es en este último en donde todo el esfuerzo de la primera sería destruido. Veremos ahora los distintos aspectos de esa influencia negativa y, posteriormente, cuando hablemos de las soluciones, analizaremos las formas de aprovechar el poder del hogar en favor de la lectura.

I.b.1. El ejemplo de los adultos

Al nacer, son los instintos los que nos guiarán en nuestras primeras acciones. Uno de ellos será el que nos permitirá, poco a poco, ir consiguiendo un lugar dentro de la sociedad que nos rodea: la imitación.

Aprendemos los patrones de conducta de los miembros de nuestra especie viendo lo que hacen los demás, para posteriormente intentar repetirlo. Es un proceso natural y, por cierto, muy efectivo, aunque deben aceptarse ciertos riesgos. Así como nos sirve para aprender a desenvolvernos en nuestro medio ambiente, también nos sirve para adquirir hábitos, que no en pocos casos han llevado a ese grupo social al colapso. El niño los seguirá aún sabiendo que el mundo exterior podría no aceptarlos. Tomará como costumbre todo aquello que los adultos hagan en forma reiterada frente a ellos. Así, verán televisión, dormirán, hablarán, gritarán y comerán, pero si nadie lee, ellos tampoco lo harán. En términos generales, podemos afirmar que un niño no lector, proviene de un hogar de no lectores.

I.b.2. Desinterés de los padres

Una de las características de nuestro comportamiento que nos ha permitido no sólo sobrevivir, sino además, evolucionar como especie, es la convivencia. El hombre es una criatura fundamentalmente sociable. Solo, en un medio ambiente tan hostil como el que lo rodeó en sus orígenes, hubiera desaparecido en pocas generaciones. El ser aceptado por los otros miembros de su grupo social debió ser entonces una cuestión de vida o muerte, y dados los alentadores resultados de tal necesidad, quedó grabada en sus genes. Es por eso que siempre nos preocupará, aunque lo neguemos, lo que los demás piensen de nosotros. Es instintivo. Por ello, difícilmente insistiremos, de niños, en hacer algo que nos aísle de nuestra gente, y leer, en un ambiente en el que nadie lee, provocará precisamente ese efecto.

Si ante los primeros contactos con la lectura, los padres dan muestras de disgusto, desaprobación o desinterés, los niños tomarán la experiencia como contraria a las costumbres del grupo y, ante el temor inconsciente a ser aislado, la desecharán para siempre.

I.b.3. Falta de libros

La escasez de libros adecuados para la edad del niño es en muchos casos un elemento decisivo para que deje de leer. Sus maestros podrán estar haciendo un gran esfuerzo por fomentar en él el hábito de la lectura, y tal vez sus padres son ávidos lectores, pero si el niño no tiene a la mano textos entretenidos, divertidos o emocionantes, su interés se desviará hacia aquello que le ofrezca las mismas sensaciones pero que tenga a su alcance, como por ejemplo la televisión, la radio, etc.

Podrán existir miles de volúmenes en una biblioteca, pero si no tiene los libros adecuados a los gustos del lector, de poco servirá para nuestro propósito. No existe peor enemigo de la lectura que un libro aburrido.

I.c. LOS MEDIOS AUDIOVISUALES DE COMUNICACIÓN

El hombre siempre se ha guiado por la ley del menor esfuerzo. Probablemente es una característica que heredamos de nuestros antepasados recolectores y estemos actualmente predispuestos a ello por nuestro código genético. Tomaremos primero lo fácil, lo sencillo de obtener, lo que esté cerca y requiera de poco esfuerzo, y si allí no lo encontramos, consideraremos, primero, prescindir de ello, y luego, si nos hace mucha falta, arriesgarnos a buscarlo un poco más allá. Las oficinas de patentes están repletas de inventos que ofrecen, como único fin, la comodidad, y los medios audiovisuales de comunicación son un claro ejemplo.

La lectura es el proceso intelectual por medio del cual interpretamos códigos para convertirlos en ideas, y como tal, exige un considerable esfuerzo de quien la realice. No es un proceso natural. Las imágenes y los sonidos, en cambio, llegan directamente a nuestros centros nerviosos. Es un proceso natural y no requiere de esfuerzo alguno. Desde el punto de vista de los recursos físicos, leer cuesta; ver y oír es gratis. Pero además de las vías que siempre tendrán abiertas hacia nuestro cerebro, cada medio de comunicación audiovisual tiene armas propias para sacarles el máximo provecho, las cuales analizaremos a continuación.

I.c.1. La televisión

La televisión, el gran monstruo del siglo veinte. Imágenes y sonidos programados en los hogares de todo el mundo. El sueño de la comunicación universal hecho realidad.

Sobre lo de "comunicación universal" creo que todos estamos de acuerdo. ¿Pero será realmente un "sueño hecho realidad"? Tal vez sí para quienes dominan los centros de poder. Bastará tener mucho dinero para tener la posibilidad de convencer al mundo entero de lo que uno quiera. Podrán argumentar sus defensores que hay programas, canales y países que la aprovechan para difundir cultura. Es cierto, pero su proporción es tan pequeña y se da en lugares tan lejanos que para nosotros tiene poca relevancia. En todo caso podríamos contestar que cada país tiene la televisión que se merece.

Pero, ¿por qué provoca adicción? ¿Por qué le cuesta tanto a la gente apagar el aparato receptor? Tal vez porque los dueños de las señales han comprendido "demasiado" bien el arma que tienen entre sus manos. Aprendieron que crear necesidades entre el público era muy fácil, y que luego satisfacerlas lo era aún más. Primero, nos dicen lo tontos que somos si no nos vestimos de cierta manera y si no hacemos o decimos otras cosas, y luego, que si compramos lo que ellos nos “sugieren”, dejaremos de serlo. Entran al subconsciente, juegan un rato con nuestros sentimientos, alejándonos de la realidad, y se retiran en el momento preciso para fortalecer la dependencia. Cualquier parecido con las drogas, es mera coincidencia.

Pero se le puede vencer. En primera instancia la lucha entre los libros y la televisión podría parecer desigual, pero el ingenio y la fuerza de voluntad pueden mejorar las posibilidades de ganar. De ello hablaremos en el capítulo de Soluciones.

I.c.2. La radio

La radio, a todas luces, es menos "peligrosa" que la televisión, pero su inocencia no es total. Si bien no transmite imágenes, el hecho de estar emitiendo señales sin necesidad de prestarle atención directa la convierte en el medio ideal para transmitir mensajes subliminales, es decir, frases o textos que escondidos en alguna secuencia publicitaria, aprovechando la distracción, burlan nuestras defensas psicológicas almacenándose como ciertas, aún sin haber sido analizadas.

Escuchamos radio mientras hacemos ejercicio, o mientras caminamos o corremos. También cuando manejamos, cocinamos, comemos, dormimos, trabajamos y todos los etcéteras posibles. Escuchamos radio una buena parte del día, y los dueños de las estaciones y las agencias de publicidad saben muy bien cómo aprovecharlo. Pero si bien los alcances de semejante bombardeo de ideas puede alterar nuestras decisiones, la radio tiene un efecto, para mí, mucho más perjudicial: invade nuestra privacidad. Prendemos la radio para no sentirnos solos. Es natural buscar compañía, es parte de la naturaleza del hombre, pero la soledad, en ciertos momentos es necesaria. Cuándo, si no en ese lapso de tiempo, podremos meditar sobre las experiencias y sacar conclusiones. Cuándo, si no, podremos intimar con nosotros mismos.

Por eso, ver a alguien con la radio pegada a la oreja todo el día, es ver a alguien que tiene miedo de enfrentar su realidad. Sé que las hay complejas y si ese fuera el caso deberíamos alegrarnos de que la evada escuchando música y no intoxicándose con alguna sustancia. Pero existen otros, la gran mayoría tal vez, que lo hacen por pereza. A mucha gente no le gusta pensar, y no precisamente por falta de capacidad.

Pero, ¿qué culpa tiene la radio de todo esto? -podrían preguntarme. Pues la misma que el alcohol en relación a un alcohólico. La radio no es más que un medio, pero existe, y es aceptado con demasiada ligereza, a mi entender, aunque en su defensa podría decir que, al ser socialmente aceptada su adicción, podría facilitarnos la detección de aquellos que necesitan ayuda. Porque todo aquel que por miedo o por desidia huya de sí mismo, sin duda la necesita.

Creo oportuno mencionar en este momento, que no estoy en contra, ni de la televisión ni de la radio, aunque tal vez les haya quedado esa impresión. Reconozco que estos medios, utilizados con inteligencia de ambos lados del aparato receptor, podrían ser de mucha utilidad. Pero de lo que sí estoy en contra es del exceso. Existiendo la literatura, en contraparte, pasar demasiado tiempo bajo la influencia de la televisión o de la radio, lo considero una brutal pérdida de tiempo.

I.c.3. Los juegos de video

En este punto, sí, manifiesto mi rechazo absoluto a este tipo de juegos. Me entristece saber de tantos niños idiotizados frente a una pantalla oprimiendo botones sin ton ni son, con la mente perdida en secuencias visuales y sonoras carentes de todo valor ético e intelectual.

De la televisión podríamos rescatar algunos programas culturales, científicos o de entretenimiento inteligente, e incluso ciertas películas que podrían considerarse artísticas. De la radio, secuencias de buena música, y también paneles de discusión sobre temas sociales de gran riqueza para el oyente. Ambos medios, utilizados con moderación pueden resultar de mucha utilidad para su público. Existen también juegos de computadora que ayudan a desarrollar habilidades, como la memoria y la concentración, y otros a impartir conocimientos, que incluso consideraría importante se utilizara en las escuelas. No estoy en contra de los avances de la tecnología, pero sí de los llamados juegos de video, entiéndase Nintendo y similares, a los que considero enemigos públicos, no sólo de la lectura, sino, además, del desarrollo de la inteligencia misma.

I.d. LA SOCIEDAD

Para nuestro análisis, consideraremos sociedad al medio que rodea a una persona, incluyendo a su familia, maestros, amistades, compañeros y a toda la información que entre en contacto con ella sin importar su fuente. A pesar de que ya revisamos individualmente varios de esos elementos, ahora los consideraremos como parte de un ente omnipresente que abarcará por completo la vida de esa persona.

Esta sociedad, la de cada uno de nosotros, que con vida propia nos encasilla en los límites, muchas veces inexpugnables, que desde nuestro nacimiento fija para nosotros, ejercerá su mandato dictatorial influyendo en cada decisión que tomemos, premiándonos si la seguimos y adulamos, y castigando nuestros intentos de rebeldía.

Dentro de una sociedad que no lee, hacerlo significará afrontar el riesgo a ser distinto, con todo lo que ello implica, y muchos no estarán dispuestos a correrlo. Es tal el miedo al aislamiento, que una gran mayoría, antes que abrir un libro, prefiere suicidarse, intelectualmente hablando, incorporando a sus preceptos filosóficos un triste concepto, y letal para su inteligencia, que los alejará para siempre del pensamiento liberador: “La felicidad se encuentra en la ignorancia”.

Así como un niño es el reflejo de los hábitos lectores de su familia, un individuo lo es en relación al grupo social en el que vive. Una persona “no lectora” proviene de una sociedad “no lectora”, dentro de la cual podremos encontrar ciertas características que claramente la identificarán como tal:

- El concepto generalizado de que la lectura es aburrida.

- La escasez y alto costo de los libros.

- Librerías sin oficio.

- La ausencia de bibliotecas.

I.d.1. Leer es aburrido

El aburrimiento surge cuando en determinada circunstancia no logramos encontrar la satisfacción de inquietud alguna. Pero el fracaso en esa búsqueda no surge por la inexistencia de motivaciones, sino, más bien, porque éstas, aún ocupando un lugar en nuestra consciencia, no coinciden con el momento de la experiencia. Algo que nos entretuvo ayer, hoy puede resultarnos tedioso, y todo porque las expectativas del día anterior llegaron a saturarse. Y ese es precisamente el problema de nuestra sociedad. Las expectativas intelectuales de nuestro grupo social se encuentran completamente saturadas.

En la antigüedad, el simple hecho de conseguir alimento y de sobrevivir en un medio tan hostil, incluso hasta no hace muchos años, nos obligaba a mantener a nuestra mente, y ya no digamos a nuestro cuerpo, siempre alerta y lista para actuar. Pero no sólo los jefes, o los miembros de la elite, sino todos. Cada miembro de la sociedad vivía en la búsqueda permanente de elementos que ayudaran a su gente a superar los obstáculos que día a día les ponía la naturaleza. El reto intelectual y físico ocupaba entonces un lugar preponderante entre las motivaciones de aquellos hombres.

Pero, ¿qué pasa hoy en día? La parte baja de la pirámide social se encuentra adormilada por el hambre, la del medio por los canales de difusión y la de arriba por el dinero. Es tan sólo un grupo minoritario de “inadaptados sociales” el que quiere pensar, aunque, para la tranquilidad de la cúpula, es tan pequeño que ni siquiera es tomado en cuenta dentro de las estadísticas.

La sociedad nos ofrece alpiste intelectual en abundancia, ya procesado y digerido, y nosotros comemos de sus manos hasta el hastío. Nuestro estómago mental se encuentra tan pesado que el solo intento de pensar nos causa nauseas. Es por eso que ya no leemos. El reto intelectual no es motivo de preocupación en la actualidad, y sin él la lectura siempre será una actividad aburrida.

I.d.2. El precio de los libros

La industria editorial, al menos la nativa de los países latinoamericanos, está atravesando una severa crisis. No sería para menos tomando en cuenta que en la mayor parte de nuestro subcontinente cada persona, en promedio, lee menos de un libro al año. Si sobreviven, es gracias a nuestros sistemas educativos, que obligan a sus alumnos a consumir una gran cantidad de material impreso. La literatura para ellos, entonces, en la mayoría de los casos, es considerada como un lujo, o simplemente como una forma elegante de pagar menos impuestos.

Cualquiera que haya ordenado un trabajo de impresión conocerá la relevancia del factor volumen en los precios unitarios. Mil folletos, por poner un ejemplo, pueden costar US $100.00 dólares. Dos mil llegarán, cuando mucho, a US $120.00. Y lo mismo sucede con los libros. Entre un tiraje de treinta mil ejemplares y uno de tres mil, el precio de cada volumen puede llegar a variar hasta en un cien por ciento.

Es la demanda la que guía los planes de producción de las editoriales y la que predeterminará los precios de venta, y cualquier intento por alterar este mandamiento, ya sea por error de cálculo o por algún ingenuo intento de excitar el mercado con precios bajos, resultará fatal desde el punto de vista económico. En muchos de nuestros países, aún regalados, los libros seguirían resultando caros. Porque caro, o barato, es un término relativo, y dependerá del valor que esa compra tenga para nosotros. No es lo que cuesta, sino el uso que le demos. Aunque todo tiene sus límites.

Podremos desear profundamente un libro y encontrarlo a un precio que por la importancia que reviste para nosotros resulte barato, pero si equivale a nuestro presupuesto en alimentos para una semana, con toda seguridad preferiremos quedarnos con las ganas de leerlo, lamentándonos, más que de la causa, del triste efecto de la escasez de lectores.

I.d.3. ¿Y dónde están los libreros?

Las especialidades surgen por la relevancia que cierta actividad va adquiriendo con el tiempo, y por la necesidad de profundizar en su desarrollo y así ejercerla con mayor efectividad. Surgen entonces, por ejemplo, dentro de la medicina, la ginecología, la urología, la pediatría, y dentro de ella, la neonatología. Hasta hace algunos años, un médico atendía a toda la familia; ahora cada miembro es atendido por un especialista. La cantidad de descubrimientos y avances científicos en cada rama harían imposible que una sola persona dominara todos los conocimientos.

Lo mismo sucede en todas las profesiones, y aún en ciertos oficios, aunque en el caso de los libreros, el proceso se ha invertido. De ser una persona que fungía como consejera de lectores, hoy, el supuesto apoyo de los sistemas de computación, los ha ido obligando a fundirse entre la masa intranscendente de empleados que, sin vocación alguna, atienden las librerías. Y digo: supuesto, porque el librero, como oficio, no existía con la única misión de conocer los inventarios, sino de sugerir títulos de acuerdo a las necesidades del cliente, haciendo, incluso, las veces de crítico literario y hasta de psicólogo. Bastaba llegar con una vaga idea de algún tema o autor, o dar ligeras muestras de algún sentimiento en particular, para salir cargado con obras que calarían hondo en nosotros y que recordaríamos por años. Si existen todavía, sólo será en aquellos lugares en donde aún se lea, seguramente lejos, muy lejos de nosotros.

Pero el problema va mucho más allá. Las librerías han dejado de ser esos “santuarios” para intelectuales, exuberantes en títulos y en ediciones antiguas, refugio de románticos buscadores de piedras filosofales, para convertirse, simple y tristemente, en burdos supermercados de papel encuadernado con tapas multicolores. Sus objetivos cambiaron de la difusión de cultura a la búsqueda fría de la utilidad económica. ¿Sabías tú que del precio de venta al público, la librería, por el simple hecho de exhibir el título, se queda con más del cincuenta por ciento? Pues así es. La editorial, que es quien debe hacer toda la inversión, recibe alrededor de un cuarenta y cinco por ciento, y el autor, quien, al fin de cuentas, es el que inicio la cadena, cobra un cinco por ciento o menos. Por supuesto que en estos números hay excepciones. Las “superestrellas” de la literatura tienen tratos, por lo general, muy ventajosos, pero aún así siempre será la librería la que se lleve la tajada mayor. Y no hablemos de los plazos para pagar. Un autor medianamente conocido podrá empezar a recibir sus regalías seis meses después de que su obra se puso a la venta, lo que significa, considerando su elaboración y edición, año, o año y medio, después de empezar a escribirla.

Pero si triste es el trato que las librerías le dan a editoriales, autores y, principalmente, al público, más lo es su cantidad. Dado que su objetivo es el de generar dinero, el mercado es un factor vital para su existencia, y en consecuencia, el número de establecimientos dedicados a la comercialización de libros será una muestra clara de las necesidades de lectura de ese lugar.

I.d.4. ¿Y dónde están las bibliotecas?

No existe elemento que exhiba con tanta claridad la pobre afición a la lectura, que la escasez de bibliotecas. Porque este tipo de establecimientos serían un excelente paliativo al problema del precio de los libros y del manejo deficiente de las librerías. Si yo no pudiera comprar un libro, iría a una biblioteca y lo pediría prestado. Es una idea que funciona desde hace siglos y ha beneficiado a muchas generaciones.

Pero también los gobiernos tienen que justificar sus gastos (casi siempre), y a menos que exista un clamor popular, prefieren destinar el dinero del presupuesto a obras de mayor provecho electoral. Si la escasez de librerías pudiera representar la falta de recursos económicos de los habitantes de un lugar para comprar libros, la de bibliotecas representará su desinterés total en la lectura.

La problemática de la lectura

por Eduardo Rhó